jueves, 3 de noviembre de 2016

Una luz herida (3ª parte)

   El coche se detuvo tras recorrer durante varias horas el desierto. En su interior había varios hombres armados y una mujer. Todos miraban por la ventana a excepción de la mujer, que estaba en el centro, tensa, nerviosa, pero no alterada. Era de noche y hacía frío. Aquella dama de melena leonina estaba preguntándose cuando pararían a descansar o a su destino. Ninguno de aquellos hombres hablaba su idioma y eso la hacía sentirse sola a pesar de la multitud y que no haber un solo hueco mas en aquel trato de a saber qué año.

   Entonces hubo un intercambio de palabras y tres de los ocupantes se bajaron en lo que parecía un control militar algo extraño, pues estaba en medio de la nada. Probablemente el oasis que se extendía unos metros más allá era el motivo de tanta vigilancia. El coche continuó un rato mas hasta que se detuvo. Daban botes y mas botes. Desde luego no se podía quejar de la suspensión. Bueno realmente sí. la mujer miraba una y otra vez la carta junto a los billetes de avión que había necesitado para viajar hasta ahí. Según el Ministerio de Turismo viajar a países en guerra eximía a dicho Ministerio de cualquier responsabilidad para con el ciudadano. Si ella desparecía el Gobierno no tenía porque responsabilizarse.

   El coche paró frente a un edificio que parecía más bien una mansión-fortaleza. Era un edificio reciente, de menos de diez años de antigüedad. la arena había hecho su trabajo así como las consecuentes tormentas que habían sacudido aquella zona del desierto. Llegaron a la puerta de la muralla exterior. Esta se encontraba vigilada por diez guardias armados igual que sus compañeros de viaje. El conductor hizo de improvisado presentador de la dama y le abrieron las puertas. Entraron y la buena mujer vio como varios hombres entrenaban formas varias de lucha, tanto desarmados como armados. Se escuchaban disparos a lo lejos por lo que se intuía un campo de tiro detrás del edificio. O al menos esperaba que se tratara de disparos de práctica.

   La guiaron a la entrada de aquella mansión y todo cambio de pronto. l cerrarse la puertas se notaba un silencio sepulcral. Todo estaba bellamente decorado, con detalles de otras culturas como España, Francia, Italia, Vio sobre una mesa de origen francés una muñeca matriushka rusa. La mujer se habría detenido a ver cuántas muñecas habría dentro de no ser porque la celeridad del paso de su guía era realmente apremiante. Había tratado de entablar conversación con él un par de veces pero no obtuvo respuesta alguna. Subieron por un tramo de escaleras y por un tramo de pasillos. O quizás fueron dos.

   Entonces abriendo una puerta se encontraron un largo pasillo. Otro cambio súbito. La rica decoración y las paredes habían desparecido. En su lugar había un corredor que estaba decorado con cuadros. El guía no pasó de ese punto y le indicó que recorriera sola el sitio.
   -¿No me acompaña?.-Preguntó educadamente.
  El tono de la pregunta debió de ser entendido de alguna forma pero el guía improvisado hizo un gesto extraño, como si tratara de apartar algo de su lado que no le hiciera bien. El guía sencillamente inclinó la cabeza y se retiró, dejando a la mujer sola frente a ese pasillo con cuadros.
   -Bueno, he recorrido muchos kilómetros. Espero que al otro lado haya por lo menos una bañera, un poco de agua y una buena conversación.-Dijo la mujer, aunque ello no le impediría verlos cuadros por si le podían dar una pista sobre quien estaba al otro lado.

   El primero era una reinterpretación de un cuadro bastante conocido: Saturno comiéndose a sus hijos. Solo que en este caso Saturno devoraba un cuerpo mucho mas adulto y se apreciaban formas de mujer. Se lo quedó mirando unos instantes. Una punzaba de intuición.
   El siguiente cuadro era Napoleón sobre su caballo. Nada apreciable mas allá de los tecnicismos que de un observador ducho en arte pudiera decirle a algún tipo de público más o menos culto. Aunque fijándose un poco más, la dama recordaba a un napoleón mucho más bajo en estatura.
   Mas y mas cuadros que fueron tomando un cariz incluso violento y oscuro. No era una progresión pero se pasaron de algunos cuadros renacentistas a la pinturas mucho más oscuras y siniestras del Bosco. Goya también estaba presente, con ese aquelarre y el diablo presidiendo todo el encuentro en las brujas y los demonios. La mujer miraba los cuadros uno a uno. Se dio cuenta de un detalle. Aquellos en los que aparecían personajes reales de la historia, tenían algún pequeño detalle que en cierto modo cambiaban totalmente la dimensión o el propósito del cuadro. El de napoleón había sido el más discreto. Miranda, libertador de varios países sudamericanos, aparecía con barba de chivo. Leopoldo II de Bélgica aparecía completamente afeitado y con los ojos medio cruzados, mirando en direcciones opuestas, con sangre en la cara. Algunos le hicieron sacar una sonrisa y otros eran cuadros directamente hechos para la nausea, en la que se representaban escenas de matanzas, de batallas que no dejaban un solo detalle de lado para darle mucha más crudeza a la escena. Por todos lados se veían entrañas o asesinos terminando con vidas inocentes de forma sádica o fría o cruel, o todo a la vez. Pinturas impresionantes todas ellas, realizadas con buena mano y buena técnica.
   -Lo mas modernos no pasa del siglo XIX.-Dijo la mujer.-O sí.-Comentó para sí misma ante una especie de mala broma visual, un mal chiste gráfico.
   Frente a ella, entre la batalla de Waterloo y la batalla naval de Solebay había un cartel a imitación de esos anuncios estadounidenses de los años cincuenta en los que una mujer con una gran y blanca sonrisa cocinaba lo que parecía un guiso. En letras rojas sobre fondo amarillo se leía: "¿hablan mal de tí? cómetelos. No permitas que tus vecinos digan por ahí que eres una mala persona"
   La dama se quedó completamente perdida. Lo que antes e formulaba en su cabeza a como un adicto al arte y el humor histórico ahora había desajustado sus esquemas. Aunque aun quedaba una opción.
Entonces emprendió el camino. ya se le había pasado la sed e incluso las ganas de ir al baño. Siguió cruzando el pasillo mirando los cuadros pero esta vez deseando saber quien estaría al otro lado de la puerta. Entonces llegó a su destino, abrió la puerta y entró.

   Una gran habitación blanca, como si fuera una sala de quirófano vacía, le dio la bienvenida. Era todo pura blancura, absoluta e impoluta claridad. En el centro tan solo había una silla al lado de una bañera y alguien tenía la cabeza y un brazo fuera, perfectamente blancos en contraste a la sangre que llenaba aquel gran recipiente casi hasta el tope. La estampa era, cuanto menos, inesperada.
   -No puedo negar que cada día que pasa te superas a ti mismo.-Dijo mas para sí que para su anfitrión.
   -Oh.-Dijo suavemente el anfitrión, girando la cabeza levemente hacia ella, sin abrir los ojos aun,  como si no quisiera perturbar la tranquilidad del contenido de aquella bañera.-Pasa pasa, espero que no te desagrade la falta de decoración. Aun lo tengo que amueblar.-Sonrió de esa forma que hacía gracia a unos e incomodaba a otras.
   -Mmmmmm.-Dijo la mujer mientras avanzaba lentamente.-Tiempo hace que no nos vemos.
   -Sí.-Dijo el hombre usando el aire de un suspiro cargado de lánguida tranquilidad.-Las vueltas que da la vida.- Entonces abrió los ojos, como mas animado de pronto.-Por favor toma asiento ¿Que tal el viaje?¿ viste algún camello?
   -Tantos como agua hay en la bañera.-Dijo ella, sin saber que mirar, si a los ojos de su interlocutor o toda la sangre que estaba llenando la bañera.
   El hombre sonrió y extendió un poco su mano, para estrechar a modo de saludo la de la señorita. Probablemente, vigilando todos los detalles, había estado esperándola con el brazo fuera para que este no se manchara y por tanto , en el saludo, no se le manchara a ella.
   -¿Como escapaste?.-Fue directa al grano.
   El hombre volvió a su posición original sin perder la sonrisa. Muy suavemente, con todo el terciopelo de su voz sencillamente dijo:
   -Contactos.-Dijo en medio de otro suspiro.
   -¿De quien es la sangre?-Preguntó la dama. en su voz no había miedo o temor alguno, ni preocupación o angustia. Era una mera y simple curiosidad. Era lo mejor que se podía reflejar cuando se trataba con alguien tan extraño y único en el mundo.
   -De los contactos que quisieron aprovecharse de mi situación una vez me trajeron a este maravilloso lugar. Todas las ideas que tenían de riqueza y aprovechamiento terminaron hoy justamente poco antes de llegar tú.-El asesino la miró, sonriendo de esa forma que ella le gustaba.-Me encanta ese estilo único que tienes tanto para vestir como para gesticular.-Dijo, sin venir a cuento, pero él era una especia de gato a la hora de hablar, decía lo que quería cuando quería y como quería, siempre calculando previamente la posible reacción.
   -¿Y por que aquí? ¿Por que una casa en medio del campo en tu querido país?.-Preguntó ella.-Aparte de que venir aquí ha sido muy frustrante.-Dijo ella.
   Otro cambio en el, ahora estaba sorprendido, como dando rasgos de humanidad y sincera sorpresa a su expresión.
   -¿Frustrante?.-Preguntó tan solo.
   -Sí. Nadie hablaba mi idioma, todo el mundo me miraba raro y alguno creo que hasta me insultó. O al menos no se dirigían a mi con mucho respeto. Según nos  íbamos acercando al punto, el desprecio en la voz se cambió por respeto, y luego por reverencial temor.
   -Todo un clásico en las relaciones interpersonales donde tu apareces en la ecuación, El temor reverencial hacia la dama inteligente que estudia, analiza y luego ataca. Yo también hice algo parecido aquel día. Aunque no tuve mucha conversación.
Entonces, ante el recuerdo, el anfitrión sacó a relucir aquella vieja risa, ese momento que hacía reír a la invitada, y esta no pudo evitar como mínimo, sonreír.
   -¿Por que los cuadros?.-Preguntó la dama.
   -Mmmmmmm .-Dijo el hombre cerrando de nuevo los ojos. Su brazo, la única parte del cuerpo que no estaba machada de sangre, junto al rostro, seguía en su sitio, como si lo dejara a disposición de la dama para lo que fuera.- Esperaba que me hicieras tú misma el análisis del porqué los cuadros y sacarás una magnífico conclusión.
   -Bueno, veamos. -Dijo la dama.-Eres una persona culta.-Comenzó a decir.-Tienes mucho conocimiento de la historia. Y siempre que la has contado ha sido para culturizarnos a nosotros o entretenernos. Recuerdo tus observaciones sobre personajes varios, como lo contabas, como si hubieras estado al lado de ellos.-la mujer se había interrumpido al ver como la miraba su anfitrión. -¿Que he dicho?
   -Que estuve con ellos.-Dijo sencillamente.-Continúa, por favor.
   - Pues los personajes históricos están caricaturizados mientras que los cuadros de batallas o los cuadros digamos "no bélicos" están tal cual a excepción de pequeños toques. El de Saturno devorando a sus hijos, el cuerpo del bebé era muy grande y juraría que era una mujer.
   -Exacto.-Dijo el anfitrión, con una pequeña sonrisa.
   -Espero que no me comas.-Dijo la mujer, sabiendo que eso nunca pasaría.
   El hombre en la bañera sonrió. Había tenido los ojos cerrados un buen rato, escuchándola y abrió de nuevo los ojos para mirarla.
   -Si fuera cierta esa creencia de que comer el cerebro de tus enemigos concede mas inteligencia unida a la tuya, ya estarías siendo parte de esta bañera.-Dijo sonriendo ampliamente, con toda la calidez y sinceridad del mundo.-Pero se acabarían esas conversaciones contigo que tanto me animan cuando la tormenta y los fantasmas se instalan en mi cerebro.
   -¿Ese día tus fantasmas estaban presentes?
   -Al principio sí.-Dijo, ahora como si se sintiera entre avergonzado y feliz, una extraña combinación.-Pero pensé que no había lugar para los fantasmas a la hora de afrontar una venganza. Pensar que ese maldito degenerado había hecho a una de las mujeres mas bellas de la nación. Pues no es solamente bella por fuera, sino también por dentro. Aunque muy introvertida, y eso le da un cierto encanto cuando la conoces.
   -¿Te sentiste bien?.-preguntó. Era una pregunta algo tonta a nivel psiquiátrico, pero a veces lo sencillo era lo mas efectivo en ese tipo de situaciones.
   -Mucho.-Dijo sin mas mientras la miraba y luego miraba al techo, en el cual se apreciaba una cúpula, muy al estilo arquitectónico de aquellas tierras.-¿Viste sus últimas fotos? Es preciosa, magnífica, como una luz invernal, que es fría pero al mismo tiempo es una luz, y la luz siempre es sinónimo de cosas buenas. Y ella le dará cosas buenas al mundo, que serán alabadas por todas las personas que tengan un gusto cuanto menos decente.
   La dama escuchaba, sonriendo. Podían cambiar las personas, los tiempos, los procesos judiciales, las condiciones legales de su amigo, las fronteras, el país en el que se encontraran, La religión mayoritaria de dicho país, pero aquel asesino siempre sería un romántico.
   -Le tienes mucha estima.-Otra obviedad, pero otra necesidad también.
   -Por supuesto. Mi amistad con ella no fue producto de una casual conversación o captar su interés. Fue producto del valor que pude reunir para dirigirme a ella. El año anterior yo la había visto pasar unas cuantas veces y parecía destacar por encima del resto. Y me pareció especial. Me siento feliz de haber atravesado ese pequeño e invisible muro de hielo que la rodea de forma inconsciente. Ella creo que no lo pretende pero una vez traspasas la puerta, solamente puedes sorprenderte ante el amplio mundo interior que tiene. No es de esas personas estúpidas que hablan por hablar ni de las que han tenido una vida de aventuras desenfrenada y que te cuenta anécdotas que rozan mas los relatos de Tom Clancy que la vida de un adolescente con sus dolencias y afectaciones. Y sabe tanto, y es tan elegante. Y si estas palabras llegan a ella, aunque contradiga esa ley no escrita de la conquista romántica de que no hay que alagar en exceso, me da igual, en estos momentos, en mi mundo, estoy por encima del bien y del mal.-La miró, a su bella e inteligente amiga, que al momento comprendió.
   -Si la veo le pasaré el mensaje.-Dijo ella.
   -Gracias.-Dijo, sencillamente.-Me estabas hablando de los cuadros.
   -Ah sí. Impresionantes aunque hubo uno que me llamó la atención.
   -¿La batalla de Trafalgar? la perdimos por estúpidos.
   -No, una especie de cartel publicitario, o de propaganda. Una mujer estaba cocinando personas. Conozco tus inclinaciones pero no me esperaba esa interpretación tan anacrónica.
   -Es una pretensión de transgresión de mi persona con la sociedad, que cada vez se ve mas obligada a afrontar las críticas con una pasividad casi ovina
   -No cuela. No eres tan hipster.-Dijo ella, con la cara totalmente impasible pero la luz de la diversión en la mirada.
   Los dos comenzaron a reír hasta que se escuchó un golpe a lo lejos.
   -¿Que ha sido eso?.-Dijo ella, algo nerviosa de pronto.
   -Pues si vuelve a sonar, te lo vuelvo a decir.-parecía tranquilo, pero el anfitrión también tenía cierto desconcierto en el rostro.- les dije que nada de juguetes que explotan en las cercanías del edificio.-Ahora en su voz había un tono infantil.
   Otra vez de nuevo el sonido de un golpeo una explosión.
   -Vale.-Dijo el hombre.-No es ni TNT, ni amonitol ni el C4 que mató a Carrero Blanco.-Miró a la dama tras decir eso último.-ups , no tenía que haber dicho eso.
   Entonces ruidos, disparos a lo lejos. hasta el momento se había escuchado solamente sus voces pero ahora parecía que todo el encanto de aquel lugar, ese silencio idílico acompañado del análisis pre-psiquiátrico y el aroma de la sangre quedó apartado por el sonido de armas automáticas, tan artificiales y mundanas.
   La mujer miró a la puerta pero al momento una mano tomó la suya. Se giró y su amigo estaba ya algo mas incorporado, abandonando su posición inicial e imperturbable hasta ese momento.
   -¿Confías en mi?-Preguntó. Su voz era tranquila y de nuevo, por un momento, al final de aquella pregunta, asomó esa sonrisa de depredador, de peligro. También se escuchaba la excitación, la felicidad por una carga que desaparece, por ese momento en el que se abandona todo lo malo, todo lo que ata al ser humano a una condición que no es la suya.
   -Sí.-Dijo sin mas.
   -Quiero que te sitúes justo ahí, lo mas lejos de la puerta posible y que cuando se abra cierres los ojos.
   -Pero dime que pasa.
   -¿Recuerdas que siempre digo que lo primero siempre es una respuesta diplomática? Bueno pues alguna gente no se conforma con eso la mayoría de las veces. Hazme caso, por favor.-Había súplica en su voz. Del éxtasis por la sangre a la súplica había un largo camino.
   La bella doctora le hizo caso y se fue al otro lado de la habitación.
   Lo que siguió fue rápido y, cuanto menos inesperado. Tras abrirse la puerta, cinco mas personas armadas, todas ellas aparentes milicianos de alguno de esos comandos de guerrillas que salían en las noticias, entraron. parecían cansados, estresados, algunos con manchas de sangre enemiga en la ropa y el rostro. Y temerosos. Hablaron unas palabras en u n idioma que la mujer no conocía. Entonces el caballeroso anfitrión miró a la dama, girando su rostro hacia ella, sonriendo.
   -Cierra los ojos, encanto.-dijo, sonriendo con toda la amabilidad del mundo.
   La mujer cerró los ojos y en su particular oscuridad escucho algo extraño. Un siseo, como el de una serpiente, seguido de un sonido gutural, como el de la bestia a punto de atacar y lo que parecía gritos de personas que al momento se silenciaron.
   -Ya está.-escuchó entonces la voz de su amigo, susurrándole al oído.- puedes abrir los ojos.


   Cuando abrió los ojos, aquella invitada era la anfitriona de su propia habitación, en su casa. Todo había sido un sueño.