jueves, 17 de agosto de 2017

La ninfa salvadora.

   El bosque estaba realmente tranquilo ese día. Al menos en apariencia. Entre los árboles estaba una gran criatura que dejaba entrever un poderoso físico mezclado con el mas enfático respeto y amor a la naturaleza. la enorme cabeza reposaba sobre las patas delanteras mientras el enorme cuerpo verdoso estaba totalmente relajado, dejándose acariciar por las brisas que descendía de entre las ramas hasta su cuerpo de pelo verde y hojarasca. A sus orejas llegaban todos los sonidos del bosque; desde la brisa misma hasta las ardillas y todas las aves. Escuchaba el chapoteo de los peces o a las osas alimentando a los oseznos con esos mismos pescados. Dejaba escucharse de vez en cuando la pisada del ciervo, que siempre pretende ser sutil, o la veleidosa canción de aquellos pájaros que celebraban su particular festival del amor. Todos estos sonidos estaba a su vez solapando otros mucho mas sutiles. 

   Las potámides chapoteaban tranquilamente entre las pequeñas olas a la vera de sus ríos. Sus cuerpos elegantes y bellos estaban en constante movimiento, al igual que el curso de los ríos que custodiaban. Ente los árboles se escuchaba el canto y las risotadas de las dríades, perseguidas por los silfos. Aquellas criaturas de patas peludas y algo desagradables en el trato al sexo opuesto estaban permanentemente deseosos de prodigar todo tipo de servicios a las ninfas que corrías y reían alegremente. Aquellas grandes orejas podían incluso escuchar el sonido del batir de las alas de una mariposa, con lo cual, en medio de su letargo, se entretuvo a ratos. Hasta que algo le cayó encima de la cabeza. 

   Un enorme ojo se abrió y barrió toda la zona que tenía delante de si antes de mirar hacia arriba. Nada. Un pequeño sonido de desaprobación surgió de su garganta mientras se proponía dormitar de nuevo. Hasta que le cayó otro pequeño objeto de entre las ramas de los árboles. Esta vez el proyectil fue a parar en frente del gran hocico del lobo verde y los grandes ojos observaron lo que parecía un fruto rojizo. Una baya silvestre. Curioso era que el árbol bajo el cual estaba tumbado era un roble y no había ninguna planta de carácter frutal en unos cuantos metros, como bien indicaba su gran olfato. El enorme animal abrió la boca y emitió lo que parecía un bostezo mezclado con un reclamo de tranquilidad a la nada. Le contestó una risotada. De nuevo se abrió uno de aquellos enormes ojos y las orejas se orientaron hacia el tronco de aquel árbol bajo el cual estaba descansando. Desde el fondo de su garganta comenzó a emerger una especie de sonido muy grave que hacía vibrar levemente el suelo. nada ocurrió y parecía que el destino le había dejado de nuevo tranquilo. 

   Hasta que le cayó encima una baya de color negruzco, y eso fue el acabose. 

   El gran lobo abrió la boca y giró su enorme cabeza hacia el tronco. las grandes fauces se cerraron en torno y los dientes se clavaron en lo mas profundo de la corteza para a continuación, haciendo un movimiento de torsión, el enorme árbol comenzó a salir de su lugar. A todo esto le acompañaban gritos de alarma de su atacante.

   -¡No, AAAAAAAAAA!.-Y algo mas pesado cayó sobre el lobo y se abrazó a el. Era una bella criatura de gran sonrisa y que se reía entre las hojas y el pelaje verde de su guardián. Ella extendió todo el cuerpo a lo largo de aquella frondosa mata de hojas verdosas y se dedicó a acariciarle.-Pobrecito que no le dejan dormir.
   -Sí, el mundo es cruel conmigo.-Dijo el enorme lobo con cierta ironía. 
   -¿Que escuchan tus orejas, mi lindo lobo?.-Preguntó la ninfa, paseando los dedos alrededor de su enorme cabeza hasta donde le alcanzaban los brazos. Le encantaba apoyarse encima de él y acariciarle suavemente mientras le deleitaba con su voz y su respiración, meciendo todo su cuerpo con cada bocanada de aire. 
   -Pájaros y ardillas, una cabra en el monte y un rebaño de ovejas cercano. Van hacia el sur llevadas por un par de hombres. No, un hombre y una mujer. Hay mucha carne en esa dirección. -El lobo tenía hambre. hambre de muchas cosas. 
   -No debemos molestar a los hombres, mi dulce guardián.-Dijo el espíritu de los bosques.
   -Pero tengo hambre y...-El guardián se quedó quieto y alzó la cabeza levantando en consecuencia parte del cuerpo de ella.-Dolor. Huelo dolor.-Poniéndose en pie con su protegida encima partió a la carrera.
   La ninfa lo quiso detener pero solamente acertaba a sostenerse a las ramas y las hojas que componían el mixto pelaje de su guardián y amante ocasional. Atravesaron los árboles como una exhalación y vieron por el camino a algunas de aquellas hermanas del bosque y de los ríos mirándolos con cierta confusión y desconcierto. Llegaron entonces, silenciosamente, a donde un hombre se encontraba en el suelo. Se agarraba la pierna y de vez en cuando parecía a punto de lamentarse de un gran dolor. A pesar de la absurda cercanía ambos estaban perfectamente camuflados en la floresta. 
   -Creo que es mejor que te encargues tú, ninfa mia.-Dijo el lobo mientras mirada al ser humano en el suelo. 

   La ninfa se acercó y sucedió casi lo habitual. La mirada del humano pasó de expresar dolor a una gran fascinación. Se quedó absorto mirando a la ninfa mientras ella le preguntaba como se encontraba y que le había pasado. Algunos tardaban en reaccionar pero este fue rápido y mas cuando la ninfa apoyó la mano sobre lo que parecía un tobillo fracturado por una caída. En seguida la atención de hombre se centró en su actual problema y la protegida de aquella bestia se dedicó a sanarlo con paciencia. El lobo observaba el rostro del hombre atentamente, a la espera de que diera algún tipo de señal de bienestar o malestar, de deseo o avaricia. Nada. Fue entonces que oyó una especie de traqueteo en la distancia. Emitió un pequeño gruñido que se escuchó en todo el páramo. Lo ninfa lo entendió al momento y tras un par de chapuzas con unas plantas a la vera del camino se marchó como una ventisca. 
   -Vámonos de aquí, lobito, vienen muchos humanos por lo que has dado a entender. 
   -Sí, bella ninfa, y una cosa es un testigo y otra muy distinta es toda una compañía armada o quien sabe que malhechores.

   Caminaron por entre los árboles, tranquilamente, dejando un rastro de hojas y vida a su paso. la ninfa se dedicaba a jugar con las ramas y hojas de su pelaje, o a veces le acariciaba entre las orejas mientras su improvisada montura esquivaba los árboles mas grandes. Con sus manos, la ninfa iba atrapando algún que otro fruto del bosque pero esta vez, en vez de tirárselos para molestar, se los daba a comer. había sido un día interesante, donde habían interactuado con humanos, algo poco usual al menos en ellos. Entonces el lobo se paró en seco y la mano de la ninfa casi le queda atrapada en las fauces de su guardián. Las orejas de su verdoso guardián se movían y el rostro de ella reflejaba confusión e interrogantes. 
   -Llantos.-Dijo el guardián.-Llantos de angustia. Llantos de dolor. Llantos de no poder dormir.

   A cierta distancia, en un claro, donde el camino normalmente estaba poco transitado por criaturas mágicas y sí por muchos mas humanos, un grupo de hombres y mujeres emigraba a tierras mas cálidas. Entre ellos había unos cuantos niños, bebés, mujeres, ancianos. Era un grupo nutrido. Dio la casualidad de que entre aquellos seres había un bebé, apenas un recién nacido que no parecía conforme con los horarios de la siesta y estaba llorando a pleno pulmón. Los sonidos de aquel bebé llevaron al lobo y a su compañera hacia ese lugar. Observaron la escena durante unos cuantos minutos.
   -Mi dulce ninfa, siempre sentiste fascinación por los humanos. 
   -Sí mi excelso lobo, siempre me parecieron interesantes, y a tí también.
   El lobo la miró durante unos segundos pero no dijo nada. Su bella ninfa le conocía bien. 
   Salieron poco a poco de entre la espesura, ella delante de el, caminando con su paso ligero y elegante. Todos los presentes se quedaron abstraídos en su belleza mientras el gran lobo verdoso se quedaba a cierta distancia observando. Ella se acercó al bebé, que lloraba desconsoladamente. 
   -No le haga caso, señora.-Dijo la madre.-Creo que ha tiene algo de fiebre y trato de calmarlo lo mejor que puedo. 
   -¿Puedo?.-Pregunto sencillamente la ninfa, con su mejor y mas elaborada sonrisa. 
   Había ciertas dudas en el rostro de la mujer pero terminó dejando que el niño fuera a los brazos de aquel ser magnífico, puro, bello y travieso. Fue entonces que la ninfa se puso en pie y soltó un suave silbido de varias notas. Entre la floresta surgió la imponente figura de un lobo de color verde, que iba con la cabeza ligeramente bajada. Los presentes vieron. atónitos, como sobre el lobo de aquel lobo se empezaban a mover ramas y hojas, formando una especie de pequeña cuna. a enorme bestia se tumbó en el suelo, mirando a la madre de la criatura, que contemplaba la escena con una especie de sensación de irrealidad. la ninfa tomó al niño entre su brazos y lo fue a depositas en la cuna-lobo. Fue entonces se el lobo comenzó a emitir un quedo arrullo que a los pocos segundos tenía al bebé sumido en un profundo sueño. Fue entonces que la ninfa examino al bebé. 
   -En efecto, tiene fiebre.-Dijo la ninfa mientras examinaba al niño.-Le daré unas cuantas plantas que tendrás que mezclar con un poco de agua y dárselo de beber cada noche.-Dijo la ninfa con toda resolución.
   Entretanto el lobo se había fijado en un tozo de carne que se asaba lentamente en la hoguera. Uno de los hombres mas mayores se dio cuenta de eso y tomó el trozo de carne para poderlo dar a comer al lobo, que lo devoró con ganas. 
   -Gracias.-Dijo escuetamente el gran y fiel compañero de aquella bella ninfa.
   -No hay de que, todo sea por ayudar a la naturaleza.-Dijo el anciano mientras sonreía amablemente.
   El niño en la improvisada cuna se despertó un par de veces con lloros quedos. Estaba molesto por las sensaciones de al fiebre y algo desconcertado pero aquel lugar lleno de ramas y hojas estaba caliente y el continua arrullo de aquel lobo le tranquilizaba de vez en cuando, invitándole a sonreír y a jugar con el pelo y el follaje. Pronto se volvió a quedar dormido mientras la ninfa preparaba una pequeña receta milenaria de hierbas curativas. 
   -Se lo debe dar siempre su madre, o la persona que mas le quiera en el mundo, para que tenga todo el efecto posible.-La ninfa sacó al niño de la improvisada cuna y lo dejó entre las patas del lobo, que miró al niño y este le miró a su vez antes de sonreír. Una escena preciosa. 
   Con el tiempo, según transcurría el día y la noche se asentaba, los niños y las demás personas se fueron tomando unas mayores confianzas con el enorme animal de pelo y follaje verde. Algunos lo miraban, otros le daban caricias y los dos mas osados trataban de subirse encima de él. Algunos lo conseguían y soltaban risotadas. Otros fueron incluso mas allá y el lobo tuvo que girar su enorme cabeza para sorprender a una infante tirando de su cola, haciéndole gruñir con cierta desaprobación. 
   A la noche, la madre del bebé enfermo se dedicó a darle el remedio de la ninfa a su retoño. Mientras lo hacía tarareaba una canción de su pueblo, de esas que pasan de generación en generación. La ninfa, conociendo todas las canciones pues las musas eran parientes de ella se unió y todos se maravillaron con su voz. El lobo se quedó observándola, e toda su bella estampa, con su vestido y toda su clase. Pronto el niño se quedó de nuevo dormido para despertar al día siguiente perfectamente sano.  
   -Es casi un milagro ¡Gracias!.-Decía la madre.-Llevaba con estas fiebres casi una semana.-La mujer no supo como expresar en palabras su agradecimiento.-¿Que podemos hacer u ofrecer como compensación por su ayuda?.
   -No es necesaria ninguna compensación, sencillamente que la vida siga avanzando.-Dijo la ninfa mientras se montaba en su precioso lobo verde.-Eso y no toquen o rompan nada que pueda molestar a mis hermanas, no todas son tan consideradas como nosotros.-Y dicho esto ambos se marcharon, dejando a la comitiva sorprendida y con una fascinante historia que contar. 

jueves, 27 de julio de 2017

La ninfa y el lobo.

   La brisa soplaba dulcemente entre las ramas de los árboles. Su lento mecer esparcía los aromas del bosque por todos lados y a donde se fuera se apreciaba el canto de los pájaros o el aroma de las bayas silvestres. Los árboles eran de todas las formas posibles, pero siempre altos y robustos, que parecían estar teniendo una particular conversación entre el silbido del aire y el mecer de las ramas. Entre sus raíces las criaturas de tierra tenía sus madrigueras. Entre las hojas estaban los nidos de los pájaros o los refugios de roedores y trepadores como las ardillas. Por un claro pasaba un río, ni muy caudaloso ni muy profundo, pero desde luego no era un riachuelo sencillo de sortear con un salto.
   Desde uno u otro lado se escuchaban las risotadas de aquellas criaturas que no deberían de existir pero los dioses colocaron ahí hace mucho tiempo. Quien afinara un poco la vista podía ver entre las ramas, hablando mas rápido que las ardillas, a las hadas del bosque. Entre los árboles, corriendo y jugar, los silfos, con sus flautas o instrumentos varios, persiguiendo el eterno objetivo de sus anhelos y deseos mas básicos: las ninfas. Estas corrían a veces totalmente desnudas, representando la libertad y la alegría de la naturaleza, dejando tras de si esencias perfumadas de todo tipo de hierbas aromáticas. Entre sus cabellos había quizás hojas punteada de pino o quizás algún pétalo y en lo alto se ponían coronas de flores vistosas y únicas. 
   Era justamente en el río donde muchas de aquellas ninfas normalmente se dedicaban a bañar sus cuerpos, a purificar con el agua que Gaia les proporcionaba todo aquello que las pudiera siquiera llegar a ensuciar. Pero esta vez, por avatares del destino, solo una estaba ahora reposando sobre una de las rocas, cantando dulcemente una canción. Era de ojos oscuros y largo cabello negro. Su cuerpo estaba totalmente expuesto, dejando a un lado toda vergüenza. A diferencia de todas sus hermanas ella había renegado de cualquier adorno en su cabello y gustaba de vez en cuando de esos momentos de soledad. 
   Se escuchó entonces un sonido y la piel de aquella mujer de los bosques se erizó un poco, producto del temor y la sospecha. No lejos de ahí unos arbustos se movieron y al momento salieron dos figuras humanas. Portaban arcos y armas varias y sonreían con descaro y lascivia. Sus ojos repasaban las formas de aquella mujer. Ella al momento echó a correr, con elegancia absoluta, entre los árboles, que parecían apartarse a su paso e impedir el avance de los cazadores haciendo aparecer raíces donde un segundo antes no estaba. Los saltos por encima de troncos y alguna oquedad le daban a la ninfa un aire elegante, como si flotara por el aire. Por mucho que trataban de seguir, la ninfa cayó igualmente en la trampa y una red le cayó encima junto a otras dos figuras. Sentía el aroma de sus ropas, eran ropas mundanas, hechas en las ciudades que habían matado parte de su hogar. Ella se resistió como pudo y gritó pidiendo ayuda, haciendo a las aves y a todos aquellos animales cercanos salir corriendo, dejando los sonidos del bosque como apenas un eco de la realidad diaria que se desarrollaba entre las ramas. . 
   -¡JA! grita todo lo que quieras. Te vamos a vender a buen precio el castillo de nuestro señor.
   Fue entonces, que mientras trataban de atar a la ninfa, uno de los cazadores se dio cuenta de una cosa. 
   -Jefe.-Dijo el mas cobarde de todos y por tanto, con toda probabilidad, el mas listo.-¿No oye eso?
   -¿A que puñetas te refieres? No oigo absolutamente nada.-le espetó con contundencia el que parecía el líder de aquel grupo de cazadores poco experimentados. 
   -Exacto...no se oye nada.-Dijo, a la par que su rostro se ponía pálido pues había reparado en algo mas.-Je-je-je-jefe. detrá de usted.

   Cuando se giraron, amparado por el silencio mas absoluto, dos grandes ojos miraban desde un seto a los extraños visitantes. Empezó a sonar entonces un sonido que había temblar las hojas de los árboles, como si una vibración en el aire tocara lo mas profundo del propio ser. 
   -Habéis invadido el bosque.-Dijo entonces una vez desde los setos.-habéis ofendido a mi protegida y por tanto a mi.,-La voz destilaba rabia.-Os daré una oportunidad para escapar si no queréis lamentarlo.-Era una voz profunda, decidida, llena de grandes matices como la rabia, la inmisericordia, el reproche, el asco. 
   La criatura dio unos cuantos pasos, revelando que aquella bestia parlante no era sino un lobo de grandes proporciones. Sus ojos estaban inyectados en sangre mientras avanzaba hacia la comitiva invasora. Los dientes de aquel ser eran del tamaño de brazos de niño pequeño. Pero lo curioso era el pelaje. No era pardo (no del todo al menos),  negro, gris o blanco, era sencillamente una mata de pelo verdoso con finas líneas amarronadas. Ni siquiera era todo pelaje, parecía que tenía pegadas hojas que salían a los laterales y por el lobo del animal, que miraba fijamente a los intrusos. Al momento el animal arremetió contra uno de los hombres, que cayó al suelo por el empujón y no fue necesario mas trasiego para que salieran corriendo.

   Con un rugido el lobo se quedó mirando como los malhechores salían corriendo y se acercó a su protegida, que se había desembarazado de la red con ciertas dificultades.
   -Mi guardián.-dijo suavemente, con ternura, mientras pasaba los dedos por aquel fino híbrido entre lobo y planta.
   -Los podría perseguir y no te volverían a molestar.-Dijo aun con cierto enfado aquel ser extraño de color verde.
   -No.-Dijo con la misma aterciopelada ternura aquella ninfa, bella entre las bellas, mientras deslizaba los dedos por entre las hojas del cuerpo del animal.-Quédate conmigo y paseemos, hablemos, juguemos. Quiero estar contigo mi guardián.

   Se sucedieron entonces los soles y las lunas. Los otoños apelmazados y algo lluviosos dio paso al frío invierno. Durante aquella estación la ninfa se tapaba con el pelaje invernal de aquel lobo grande y fiero que mostraba su rostro mas tierno con ella. Dormía entre las raíces de un árbol gigantesco cuyas raíces se decía que llegaban al mismísimo centro de la tierra. Las hermanas de aquella ninfa de vez en cuando paseaban sus caballeras llenas de pétalos de flor y coronas de flores cerca de ellos y jugaban con ellos. Algunas veces cantaban o bailaban, pero el lobo solamente miraba por el bienestar de su protegida. Aunque no siempre era así y a veces era ella su cuidadora, quien lo consentía y cuidaba de los peligros. En las primaveras contemplaban las flores o se atrevían incluso a salir al paso de algún viajero.
   En cierta ocasión se encontraron (o mas bien él los encontró) con un músico de voz tan bella que hacía llorar a las ninfas en als canciones tristes y las hacía bailar en las canciones alegres. Durante su recorrido por los bosques encontró a la ninfa que no tenía flores en el cabello, a la que había tomado por una humana particularmente bella. Mientras se acercaba al río, a la figura de aquella criatura divina, un sonido se abría paso entre el canto de los pájaros y el rumor del viento entre las hojas. Desde algún punto indeterminado lo que parecía el sonido de la tierra temblando se abría paso hasta lo mas profundo del alma. Desaprobación, En aquel sonido había desaprobación.
   La ninfa se enderezó de pronto, mostrando su desnudez y se giró para encontrarse de frente con aquel músico, provocando una reacción lógica: La ninfa gritó y al momento el sonido que había estado por encima y alrededor de ellos se convirtió en un rugido, haciendo salir al guardián de su refugio. Una masa enorme de carne, huesos, músculos, hojas y magia cayeron sobre el intruso y unos dientes grandes como brazos de niño casi le arrancan la cabeza antes de que unos brazos rodearan su cuello y lo abrazaran. Unos brazos desnudos y húmedos por el agua del río.
   -¡No! No le hagas daño, no venía con malas intenciones. Mira sus ojos.-Dijo suavemente a la peluda oreja verde la ninfa a su fiel guardián.
   El lobo miró a los ojos de aquel hombre. En efecto, había bondad, cariño, ternura, sentimientos profundos por la naturaleza y el amor. Durante largo rato se miraron mientras el lobo se apartaba para tener mas perspectiva de él. Era un ejemplar grandecito, podría alimentarse de él durante unos cuantos días pero su protegida no se lo perdonaría. Conocía esa mirada de cuando algo le agradaba. Y casi todo lo que no fueran cazadores o crueldad le agradaba. El lobo se rindió y se acomodó cerca de un árbol, se tumbó y se quedó mirando la escena mientras la ninfa le pedía que cantara, acercándose y tumbándose al lado de su lobo guardián, de aquel ser de carácter fuerte, celoso pero tierno en los momentos de intimidad. Una vez recuperado del susto, el hombre se acomodó el laud y comenzó a cantar sobre amor, el tiempo, sobre la vida, sobre las relaciones entre hombres y dioses. En un par de canciones la ninfa dejó caer alguna lágrima con cierta canción realmente cargada de humanidad.
   Fue un bello recital donde el lobo permanecía con los ojos cerrados, concentrado en sus propios pensamientos, mas una de sus orejas estaba permanentemente girada hacia aquel hombre de buenas intenciones. El primero en muchos siglos que entraba en sus dominios con una verdad incontestable en la mirada y bellos ideales en el corazón.
   Al terminar el recital, la bestia, levantándose lentamente se acercó al músico y lo miró fijamente. Durante un largo minuto, que para aquel forastero era toda una eternidad, mantuvo su mirada. Finalmente la gran bestia verde pasó por su lado, rozando apenas su lomo con una de sus manos y se perdió al momento en la maleza.
   -¿Que acaba de suceder?.-Dijo el músico, casi atragantado al verse solo con la ninfa delante de él, vestida con una túnica ligera y muy corta de color verdoso que favoreacía cada rasgo de su rostro.
   -Le has caído en gracia pero es muy orgulloso y un poco bebé.-Dijo, marcando el énfasis en la última palabra.
   De entre la espesura se escuchó un gruñido seguido de unas palabras referentes a la edad de la ninfa.
   -Tomar, buen hombre. Un regalo de todas nosotras para un ser puro como tú.-Y en sus manos apareció un laud de cuerdas plateadas, de maderas fina pero resistente.
   El músico hizo sonar una de las cuerdas y al momento su corazón se hinchó de alegría y gozo, haciéndole soltar una lágrima.
   -Quien toque con las musas a su alrededor será el mejor músico del mundo. Pero solo pueden portarlo aquellos que sean puros, como lo eres tú, noble viajero.-Dijo la ninfa mientras tomaba una flor del pasto que había caído desde un árbol floral cercano y se la colocaba en el cabello.
   El viajero partió feliz y contento, bendecido por las ninfas, con la mente llena de ideas para nuevas canciones y con dos ojos clavados en él.
   Momentos después la ninfa, en toda su gloriosa desnudez, se acomodó sobre el lobo y le cantó una canción al oído para que su apasionado corazón se calmara. 

sábado, 22 de julio de 2017

Tiffany.

   El general bajó de su montura cuando esta se detuvo del todo. Los hombres estaban formados a ambos lados del lugar de destino. Sus ojos miraban al frente, esperando las órdenes pertinentes con las que alcanzarían la victoria. Todo el conjunto de oficiales habían lustrado especialmente sus armaduras y portaban las armas en la mano. Cuando el encargado de formar al batallón se bajó del caballo y se giró todas las tropas se pusieron firmes, con una expresión de tensa serenidad en el rostro. Al otro lado de toda la tropa estaba el campamento del ejército. El hombre recién llegado había mirado a unos cuantos de aquellos posibles héroes o mártires a los ojos. En unos veía miedo, en otro añoranza por el hogar que dejaron atrás. Otros no mostraban nada, parecían muertos en vida. En un par de aquellos rostros vio locura, frenética locura, ansias de sangre, de matar. Los enviaría los primeros para asegurarse de que no contagiaran sus estupideces a los demás.

   -Señor.-Dijo uno de los ayudantes del estado mayor.-Aquí tiene todos los datos necesarios sobre los hombres, las armas los víveres y las disposiciones defensivas.
   Los ojos grises se giraron hacia quien le interpelaba y lo estudió detenidamente. Había respeto y admiración. Tenía el cabello bien cortado, tenía porte noble. No, no era porte noble, era algo mil veces mejor. Era la planta de una persona honrada y honesta que no esconde nada. En efecto, podría haber sido noble de no ser por que sus manos le delataron.
   -Fuiste campesino.-Dijo el general mientras tomaba los papeles.-¿Trigo?.-Preguntó el máximo cargo ahí presente mientras tomaba los papeles, esperando la respuesta.
   El informador pareció desconcertado durante un rato, pero al momento la sorpresa se le coló por la mirada. Tenía los ojos verdes y en ese momento algo iluminados. Parecía feliz de su profesión y gratamente sorprendido por la deducción del Comandante.
   -En efecto, mi general, una excelente deducción.-Dijo el ayudante mientras se cuadraba tras entregar los papeles. Era un buen fajo de informes, con todas las disposiciones anteriormente mencionadas por el joven que tenía delante.
   El hombre de mayor rango ahí pasó revista a las tropas, siguiendo con el análisis de aquellos ojos, de aquellos rasgos o de aquellas expresiones. En aquellos semblantes había de todo; rostros jóvenes que estaban llenos de miedo, rostros jóvenes que no tenían miedo nada porque lo habían perdido todo. Algún que otro hombre poseía los ojos de la determinación, de la ambición o la indiferencia. A esos también los mandaría primero. Todos aquellos hombres habían sido reclutados de forma no muy honrada. Él mismo había hablado con su majestad para preguntarle porque este reclutamiento forzoso. Sus razones fueron estúpidas. La guerra se estaba librando con buen tino, sin muchas pérdidas y el rey se mantenía en sus trece de terminar lo antes posible. "Cuanto mas mejor", habían sido sus palabras. la riqueza le había absorbido el seso. A dios gracias la lejanía del campo de batalla le daba cierta libertad para hacer y deshacer a su antojo. Continuó mirando algunos rostros hasta que llegó al último y trato de mirar de forma mucho mas ligera todo el conglomerado.
   -Muchos hombres, pocos soldados. Solamente veo niños asustados, hombres rotos y algún que otro pobre diablo que no sabría ni sostener una espada..-Dijo a uno de sus comandantes.
   -El supuesto regalo de su Majestad.-Dijo un hombre grande, bastante entrado en años pero que parecía tan o mas preparado para la guerra que cualquiera de ellos. Tenía un gran mostacho y unos ojos azules como el color del cielo  En el brillo de su mirada había experiencias que sus medallas atestiguaban.- No creo que sea necesario usar la totalidad de nuestras fuerzas, mi general.-Dijo el hombre mas anciano del campamento.  Era alguien sabio, que había visto muchas desgracia y fortunas con sus propios ojos.
   -¿Que tiempo tenemos para hoy?.-Preguntó el general mientras miraba los papeles.-Oh. Niebla. Genial. Que doblen la guardia y que me traigan algo de beber, ha sido un viaje reaslmente largo hasta aquí.
   -Pero he de suponer que mejor destino que las frías habitaciones de palacio ¿cierto, señor?
   -En verdad sí, no aguanto todas las retorcidas hebras de la conspiración y la intriga.-Dijo el mayor rango del campamento.-Iré a mi tienda.
   Todos los hombres se cuadraron a su paso mientras miraba hacia el frente. Todos aquellos hombres y alguna que otra mujer escondida estaban por obligación. Al menos la mayoría. Se lo veía en la mirada. No portaba todas las medallas pero llevaba el distintivo de alto rango para que se le pudiera distinguir. No se había traído la armadura puesta, la tenía en el carruaje que le había acercado hasta esa zona. Miró a su alrededor. Poca moral, miedo a morir y unas cuantas bocas desesperadas por comer.
   Al llegar a la tienda en la que se alojaría durante esos días encontró todo en orden. Unos cuantos arcones tenía posesiones, mapas y parte de los emolumentos destinados a los altos rangos. Una mesa bastante grande estaba en el centro, plagada de mapas, plumas pero no tinta pues desde hacia unos años, a raíz de un incidente, los tinteros reposaban en la parte baja, en una especie de pequeños cajones bajo la parte principal de la mesa. En las paredes de tela se habían colgado unos cuantos estandartes tanto de batalla como de las familias. un poco apartado, para que la humedad no se acercara a los papeles de la batalla, una jarra y una copa. nada mas había en la mesa. Demasiado material ya de por sí. El general advirtió que habían comenzado a ordenar su armadura en un maniquí, de esos que sirven para presentar piezas pesadas en los puestos de herrero. Se acercó a ella al conjunto de placas de metal. Habían puesto ya el casco y el peto, faltaban las protecciones de las piernas y la del brazo derecho. Era una armadura magnífica cuando estaba entera, de color negro.  El color era lo único que había exigido con todas las ganas el general. Le gustaba ese color.  Aun conservaba unas cuantas abolladuras de una batalla largo tiempo acontecida. Muchos años atrás. Los recuerdos le asaltaron por un momento. Sus ojos paseaban como si el alma se hubiera marchado, repasando las pequeñas vetas que el maestro herrero había dejado. Aquel montón de metal tan bello parecía perfecto, pero quien se fijara en los detalles veía mas defectos de los que correspondía a la armadura de un general como él.
   Los hombre confiaban en él pero si supieran todos los recuerdos que pasaban por su cabeza. Toda aquella tienda estaba ahora mismo a sus espaldas, con solamente esa armadura delante de sus narices. hacía tiempo que no le daba la espalda a una puerta, arriesgándose a ser atacado por algún traidor. Como un mazazo, la realidad le golpeó de pronto al escuchar algo, o mas bien a alguien. Una risa. Se giró. Todo estaba en su sitio. los mapas, los estandartes, la mesa, los cofres. Y una muñeca de trapo al lado de la jarra y la copa.
   La niña entró por un lateral, atravesando la densa tela de la tienda. Aunque esperaba algo como eso, siempre le sorprendía aquel tipo de acontecimientos. La muñeca de trapo ahora se encontraba en el regazo de la niña. Era apenas una criatura de unos siete años. En sus pies lucían unos pequeños zapatos, acordes a una pequeña dama de la aristocracia. Su vestido estaba raído , con quemaduras y manchas de sangre por todos lados. Una de las mangas había ardido y en su pequeño y delgado brazo se apreciaba una gran quemadura que permitía ver casi hasta el hueso. Pero lo peor era su rostro. Seguramente habría sido el deleite para muchos hombres de la corte en un futuro pero ahora, donde estaba la cara, se encontraba el hundimiento de parte de esta, dejando el ojo izquierdo mirando hacia arriba por la rotura de los músculos interiores, como clamando constantemente a alguna Potencia Superior por su rescate de aquel tortuoso existir. Parte de su rostro desfigurado, como si algo contundente le hubiera caído en el rostro. El cabello castaño apenas poseía un par de tirabuzones que antaño habrían decorado aquella cabecita inocente y con tanta vida por delante.
   -Tuve mucho miedo.-Dijo la niña.-Estaba jugando con Tiffany cuando de pronto todo se vino abajo.-Una pequeña lágrima rodó desde el ojo verde y sano mientras que el otro exudaba una especie de líquido rojo y negro: sangre y ceniza.-Me dijeron que todo estaría bien, que todo se pasaría pero entonces algo me cayó en la cabeza después de una gran explosión. Y ahora no entiendo que ocurre, porque estoy aquí ¡Tengo miedo!.-Y la niña empezó a llorar con lágrimas de sangre y pus, de vergüenza y desgracia, de vida sesgada.
   -Yo tengo una hija como tú.-Dijo el general, hincando una rodilla en tierra.-Ella es el motivo de cada una de mis mañanas.
   El general tomó las manos manchadas en sangre y hollín de la niña. Tras recuperarse del susto inicial pudo obrar con cierta naturalidad. Aquellas apariciones se sucedían una vez al año. Desde que había prestado juramento de ayudar a todas las almas esa había sido su penitencia. Con delicadeza tomó a la niña entre sus brazos y la abrazó suavemente. La niña comenzó a llorar de nuevo.
   -¿Como puedo hacer que estés feliz?-Preguntó el hombre mientras la niña sollozaba.
   -¿Podrías tomar conmigo el té?.-preguntó la niña con curiosidad y temor entremezclados en el ojo sano. 
   -Para mi será un placer.-Dijo el general, asomándose una pequeña sonrisa en su rostro habitualmente circunspecto. 

   Y al amparo de la noche, un gran hombre y una niña tomaban el té junto a Tiffany, que dama una excelente conversación. Aquella niña le estuvo hablando largo rato de sus padres, de su vida, de sus desgracias, de lo que había visto y escuchado. El general hacía todo lo posible por ser un invitado ejemplar y seguir su conversación, la cual era acelerada. La otra vida era al parecer realmente interesante, pero el general tenía aun muchas deudas que pagar en la existencia de los hombres. 

jueves, 6 de julio de 2017

Querido Josep

Estas son probablemente de las palabras mas duras que jamás he escrito a un amigo. Y es que ya eres inmortal en nuestro recuerdo. Eras pasión hecha persona, un cúmulo de virtudes intachables, tanto en el mundo real como en el virtual, donde nos conocimos. Yo no esperaba tener en mi vida a un hombre que representara tan bien el término de amistad, con sus bromas, sus dosis de innegable realismo y madurez, apoyando en los momentos malos y buenos, haciendo jugadas buenísimas como AD Carry, enseñándole todo tu saber a Faker o Bang y aportando sus ideas en la vida real. Eras, fuiste y serás un gran amigo, alguien a quien siempre me encantaba aportarle material solo por conocer sus ingeniosas respuestas, con el que reír juntos.
La noticia de que te habías ido a correr entre las estrellas aun me tiene bastante impactado. Esperaba que adquirieras un poco mas de experiencia e los circuitos de aquí, de la Tierra pero bueno, todas las curvas son casi iguales y ahí supongo que hasta puedes volar. Pensé que te ibas a tomar tu tiempo, compañero, que aun te quedaban unos cuantos kilómetros por recorrer hasta Coruña para que pudiéramos ver juntos el mar o reunirnos en el Sham o el Castle. Y aunque es un día de calor de mierda las carreteras lloran tu muerte, porque eras el vivo ejemplo de la equidad y la corrección, siempre responsable, no haciendo las estupideces que hacen algunos tontos que se creen el dios Hermes o Helios, veloces deidades a las que ahora le echarás alguna carrera. A tus pies estamos nosotros y se que nos observas y nos cuidas.
Y encima, tras informaciones varias, me entero de que en tu último aliento, en tu última voluntad, diste la vida por ella, la mujer que estuvo a tu lado durante tantos años. Eso demuestra no solamente el hecho que me venía temiendo de que eras una buena persona, sino que también eres un héroe, como se diría coloquialmente, un grande. Fuiste querido pero ahora eres amado entre todos nosotros, quienes te agradecemos que hayas estado en nuestra vida. Aunque no me parece muy justo que te hayas ido tan pronto, eso sí, eso me enfada y me entristece en parte, si te soy sincero. Todos aquí te echamos ya de menos a pesar de que no han pasado ni dos días desde que te has ido. Espero que al menos te hayan recibido por todo lo alto a las puertas del cielo, el Valhalla o el mas allá. Te vi en momentos bajos pero siempre te venías arriba, como si tu espíritu hiciera un caballito e hiciera sonar el motor con un potente rugido, gritándole al mundo "No voy a caer ante ti, Desgracia, porque yo soy mi propio destino".
Y ya no se que decir, mis dedos están secos, como mis ojos, que guardan las lágrimas hasta que decidan soltarse, y cuando se suelten irán con el rugido de tu alegría por vivir.

QEPD Josep "Darak" Diaz Gallud

domingo, 11 de junio de 2017

El gato triste.



   La ciudad bullía de actividad a pesar de que las luces del día estaban apagándose poco a poco y las primera farolas comenzaban a indicar el camino para no ser atropellado por algún carruaje presuroso. Las pequeñas vidas humanas que vivían entre cuatro paredes no se distanciaban en exceso de aquellas que no contaban con un hogar en el que guarecerse. El empedrado de las carreteras sacaba sonidos de traqueteo a los coches tirados por caballos que pasaban por aquí y por allá transportando a las buenas gentes propias y extrañas de la ciudad. En algún momento un puesto ambulante clamaba sus mercancías de carne, pescado, ropas y en el mar ambicioso de los proyectos comerciales, especias. Los transeúntes de aquel lugar se apartaban los unos de los otros o dejaban caer alguna moneda a los mendigos, que desde la última crisis se habían multiplicado. La luna comenzaba asomar y su plateada majestad iluminaba con sus rayos mortecinos algunas escenas mas propias de la nocturnidad y la vergüenza que otra cosa.
   Uno de esos coches doblaba una esquina cuando de pronto el cochero, un hombre serio, de afán notable por el juego y conocido en ciertos lugares de dudosa reputación, no advirtió la presencia de uno pequeños tunantes que pasaron como exhalaciones por delante de los rampantes caballos. Estos se asustaron y casi pisotean a uno de los pequeños. 
   -¡Soooooo!.-Grito el cochero, el conductor de aquella diligencia.-¡¿Que diablos hacéis, niños?!.-Dijo el hombre saltando del carruaje para agarrar a uno. 
   Apenas era un niño de unos doce años, con las ropas raídas y el miedo en el rostro, probablemente un alma sin futuro que moriría en pocos meses o años. Sus ojos estaban perdidos en los pequeños ojillos del cochero, todo un profesional del transporte pero de genio vivo y a veces inmisericorde con todo aquello que asusta a sus flamantes caballos negros. Con todo el movimiento, su sombrero de copa se había caído al suelo y se había ensuciado, mas lo que era prioritario en aquel momento era aleccionar al niño. 
   -Perdóneme señor, se lo ruego, tengo hermanos y un perro.-El niño no quería morir. Su perro moría de hambre.-Señorita, dígale algo.-Dijo, mirando por encima del hombro del conductor. 
   El cochero se giró y al momento soltó al niño, bajando la mirada en gesto de respeto. La pasajera de aquel carromato se había bajado sin apenas emitir un solo sonido. Su figura era de porte fino, elegante. Iba ataviada con un vestido propio de aquella época, de larga falda, un corpiño y los colores verdes y negros decorándolo. Su rostro estaba semi-oculto por un sombrero a la moda, una redecilla que daba intimidad a la naturaleza de sus ojos, que ocultaba estos de todo extraño poco hecho al contacto visual con su poderosa aura. Lo poco que se atisbaba de su faz era de una blancura poco propia de aquellos tiempos calurosos. Sus labios eran rojos como la sangre. Aunque lo mas peculiar era lo que portaba entre sus brazos.
   Reinando en la escena como el emperador hastiado de su propia gloria y victoria, un gato negro se había quedado mirando la escena con curiosidad. Durante el largo viaje hasta aquella ciudad, el traqueteo había supuesto un tranquilizante para su frenética actividad. Había pasado el día entre los brazos de su acompañante, que se deleitaba con el fino pelaje color noche de aquel caballero de la oscuridad. Los fríos dedos habían deslizado sus yemas por el lomo y la cabeza de quien le había prestado tan buenos servicios durante aquellos meses en teatros, batallas y escenas pintorescas. 
   -Señorita, este jovenzuelo casi atropella a mis caballos..-Dijo el hombre, reteniendo al niño con un fuerte brazo acostumbrado a cargar con grandes pesos.-Estaba a punto de corregirlo por su actitud y enseñarle que no es bueno meterse entre los caballos de un carruaje como el que transportaba a su elegante persona. 
   La mujer dio unos cuantos pasos. pareciera que flotara sobre el pavimento empedrado, no emitía ni un solo sonido. El niño la miró yen su interior sintió que se ruborizaba cuando advirtió aquella mirada semi oculta. Bajo la redecilla se apreciaba un brillo de una gran fuerza.
   -Me temo que estoy en contra de la violencia física para aplicar correctivos, señor conductor, así que le pido con toda amabilidad que suelte a ese joven.-Su voz era una pared ineludible, como un mazo que se acerca directamente a la cara y golpea con toda contundencia, anulando cualquier posible respuesta. 
   El pequeño hombre soltó al niño de inmediato, turbado ante el sonido de su voz y la imperante educación. Se dedicó a mirar el suelo mientras la mujer pasaba por su lado y se acercaba al niño. El gato miraba al chico con toda curiosidad y al momento cerró los ojos, apartando la mirada. Aquel sencillo gesto dejó claro que la situación no requería de su atención y ya estaba totalmente solucionada. Con todo la dama puso sobre los brazos del niño al gato y de su discreto escote sacó una pequeña tarjeta. 
   -¿Me podría indicar la dirección de este lugar, por favor?.-Dijo con toda serenidad mientras mostraba una tarjeta muy elaborada en sus letras.
   -Disculpe señorita, pero apenas se leer las letras que escriben los hombres y las mujeres.-la vergüenza se dibujaba en su rostro al verse tan ignorante frente a una dama tan distinguida. 
   -Oh, comprendo.-Dijo la dama entonces leyó la dirección. 
   -Oh, esa calle sí que se donde queda. No está lejos, señorita, apenas unas calles en esa dirección.- Dijo el niño señalando con la cabeza pues tenía los brazos ocupados con el oscuro emperador, que había comenzado a emitir pequeños ronroneos.
   -¿Podría guiarme?.-Dijo la mujer, que de pronto,sin perder la compostura, pareció reparar en la figura del cochero.-Creo que puedo prescindir de sus servicios por unos momentos, caballero, iré andando lo que me queda de camino.
   Como si de pronto le entraran las ansias de salir de ahí, la pequeña y enjuta figura del conductor de aquel carruaje hizo una reverencia y se subió a su puesto, llevando el transporte fuera de la vista de aquellos dos desconocidos. 
   El gato se estiró y de pronto giró su cabecita hacia los ojos del niños. Durante un rato se miraron, como midiéndose el uno al otro en un duelo realmente épico, lleno de misteriosas ideas y vaivenes. Antes de que pudiera decir nada, la mujer se había colocado a su lado y había tomado el brazo del niño. Sintió como se ruborizaban sus mejillas. En ningún momento de su existencia una mujer tan distinguida había hecho si quiera el gesto de percibir su presencia. 
   Durante el camino el niño habló para distraerse y le contó todas las aventuras posibles vividas entre los callejones y en los rincones oscuros de aquella ciudad. La actividad ciudadana se había visto reducida a unos cuantos hombres bebiendo para olvidar o quizás varias damas de la noche haciendo acopio de todo el calor posible,tratando de ignorar el frío que se colaba por sus pronunciados escotes.
   -Por cierto, señorita.-Dijo de pronto el niño.-¿El gato es suyo? Es un animal realmente bonito. 
   -¿Mio? No sabría como responder a esa pregunta.-Dijo la mujer, aun agarrada al delgado brazo de aquel joven.-Digamos que somos compañeros ocasionales de aventuras.-Dijo la dama,dedicándole una pequeña sonrisa de medio lado aquel niño, que al momento miró al frente mientras rascaba la cabeza del gato, cómodo y aceptando el transporte gratuito como un privilegio necesario para su gloriosa majestad. 
   -Pues quizás necesite descansar, porque su gato está algo triste. Quizás el viaje ha sido largo. Algunos animales no llevan bien lo de los viajes largos. Quizás él sea uno de ellos, aunque tiene la mirada que tenía yo cuando me dejó mi novia. 
   -Tan joven y ya con el corazón roto.-Dijo la mujer.En lo que se advertía de su rostro había cierta gravedad y diversión entremezcladas. 
   -Sí, fue hace dos semanas. Un mes de relación a la mier...a la porra porque uno mas grande y fuerte le mostró que yo era débil y la gente débil no merecía tener una novia tan bonita como ella.-El niño dejó salir un suspiro realmente sentido.-Pero bueno, hay muchos peces en el mar, quizás no con sus pecas o su cabello rojo pero sí que sea menos superficial.
   -¿Y nuestro peludo amigo tiene la misma mirada?.-Preguntó la mujer. 
   -Sí, señorita. Cuando ella me dejó todos mis amigos dijeron que mis ojos se habían apagado un poco, como si hubiera perdido la alegría de vivir. Y es que creo que parte de mi alma se fue con ella y sus alegres caminares. 
   -¿Son todos los jóvenes de esta ciudad como usted?.-Preguntó la dama, caminando con su acompañante a la luz de las farolas de reciente instalación.
   -Bueno, verá, soy alguien que a pesar de mi juventud ha perdido muchas cosas. Cosas que nadie le va a poder devolver y que yo mismo no podré recuperar. Eso antes me traía por la calle de la amargura que por cierto, está dos calles mas allá, hasta que un sabio vagabundo ya fallecido me dijo que cuando pierda algo material no me preocupe, que lo que prevalece es el recuerdo o el conocimiento. Y es verdad. Así que cuando pierdo o me roban o me rompen algo, trato de aprender de la experiencia.-El niño pensó que quizás hablaba demasiado y que quedó callado unos instantes-Por cierto. Veo que nuestro amigo no ha pasado hambre.
   Aquello al momento provocó una reacción en el gato de lo mas esclarecedora de su opinión sobre su peso corporal. Levantó la cabeza, lo miró con la ofensa mas viva que se pudiera imaginar por parte de un felino y de un salto fue a los brazos de su amiga de piel fría, que no tuvo problema en sostenerlo con un solo brazo sin soltarse de su sabio guía.
   -En verdad le tenemos algo consentido en la casa.-Dijo la mujer con una pequeña sonrisa.
   La viva imagen del orgullo era aquel gato en ese momento, que se giró hacia la mujer antes de volver a aposentarse sobre su discreto escote.
   -¿"Lo tenemos"? ¿Tiene novio, señorita?.-Preguntó el niño de pronto.
   La mujer lo miró a través de la pequeña redecilla.
   -No. El amor en ese aspecto siempre me ha evitado. De vez en cuando unas pocas conocidas y yo nos instalamos en una casa y este pequeño caballero oscuro es el rey durante el dia y parte de la noche. Creo que es esta la casa.-Dijo, quedándose quieta frente a una mansión de gran gala. Aquel era una de los barrios mas ricos de la ciudad.-¿Le gustaría pasar esta noche con nosotras? Debe de tener mucho frío.
   -Oh, no es necesario, señorita. Saliendo de este sitio puedo encontrar un refugio para gente que esté lejos de su casa o no tenga seguramente ahí esté mi hermano mayor.-Dijo el niño mientras hacía una reverencia de lo mas educada.-Voy a ser la comidilla de los bajos fondos por acompañarme de una dama tan bella como usted y buena y amable.-Dijo, levemente ruborizado. 
   Aquel pequeño acto de sonrojo enterneció a la mujer, que se acercó y dejó un suave beso en su mejilla. Fue un beso cargado de hielo, de peligro, un acto que de forma inconsciente paralizó y activo todos los instintos en el cuerpo de aquella pequeña y, de pronto, indefensa criatura. 
   -Espero que nuestros caminos se crucen dentro de poco tiempo. Entonces hasta pronto. Nuestra puerta estará abierta para usted en cualquier momento.
   El niño se marchó tranquilamente mientras la dama llamaba a la puerta. Le abrió una jovencita encantadora, de grandes ojos azules que cuando vio al gato no dudo en sacarlo de su lugar de placentero reposo y alzarlo por los aires. 
   -¡Señor nekito!.-Dijo la encantadora señorita que se lo llevó para que reposara sobre sus piernas.-¿Quiere dulces señor neko?.-preguntó toda curiosa.-Hoy he visto muchas cosas raras. La gente es educada pero se equivocan al conducir por el lado que no es.-Dijo mientras sus dedos paseaban por el pelaje del señor gato con sus grandes ojos azules llenos de ternura e ilusión.
   -Quiere una amada.-Dijo la dama de vestido verde tras sacarse el tocado de la cabeza con la pequeña red y revelar unos grandes ojos del color de la sangre. 

domingo, 21 de mayo de 2017

El Inquisidor.

   Los cascos del caballo resonaron por el camino, estruendosamente a pesar del terreno húmedo por las lluvias. Era una pequeña estela de tierra por donde circulaban habitualmente los carros y los transeúntes que se movían entre los dos pueblos. Las telas de la túnica del jinete se movían como alas escarlatas. Las pocas personas que lo reconocían en la distancia al momento se apartaban en señal de respeto. El caballo negro devoraba la distancia como si fueran apenas unas pocas briznas de hierba para su boca y se enfocaba en seguir el recorrido obedientemente, veloz como el viento. Su propietario estaba pegado a su compañero de viajes, con la cabeza levemente inclinada, mirando hacia delante, en una postura que le permitía ganar algo mas de velocidad. Los campos se extendían a ambos lados, tanto los ya cultivados como aquellos que esperaban a ser trabajados, pertenecientes a los pastos mas tardíos del año. Los pocos agricultores que estaban arando la tierra lo miraban desde la distancia, con clara curiosidad, mucha extrañeza y algo de temor y miedo. Ver a un Inquisidor no era habitual por esas tierras, pero eso solo significaba que el diablo caminaba cerca.
   A las entrada del pueblo vino a recibirle un pequeño grupo de personas. Según se iba acercando el grupo aumentó y entre sus rostros veía todo tipo de cosas: miedo, curiosidad, ira, fervor, ¿placer?. El hombre de rojo desmontó de su caballo y caminó hacia el grupo. Se adelantó un hombre realmente malgastado por la vida. Aun a pesar de sus ojos claros, estos tenían grandes bolsas debajo delos ojos, poco caballo en la cabeza y le faltaba algún que otro diente. 
   -Bienvenido, señor Inquisidor.-Dijo el hombre.- Soy el alcalde de este pueblo, Nos alegra que haya recibido nuestra llamada pero no le esperábamos tan temprano aquí.
   El juez, hasta el momento ignorando al hombre,  mirando las caras de los demás, se fijó en él. El representante de Dios miró al representando del pueblo desde su altura y con abierta curiosidad, como si le resultara extraño que alguien se le hubiera podido acercar tanto sin él darse cuenta. Miró de nuevo al grupo y avanzó hacia la muchedumbre, que al momento bajó la cabeza en señal de respeto, menos un par de niños. Los observó también durante un rato. Miedo, había miedo en sus rostros. Los ojos del Inquisidor se volvieron hacia el alcalde. 
   -Mi caballo está cansado y yo también.- Dijo sencillamente quien sería reconocido mast  arde como una figura de importancia -Después de descansar trataremos los asuntos que me traen aquí en nombre de Dios.
   -Por supuesto señor.-Dijo el alcalde.-Por favor por aquí. 
   -¿Tienen taberna?-Preguntó de pronto el Inquisidor.
   -¿Disculpe?.-Dijo el alcalde, sorprendido ante esa pregunta- S-sí, por supuesto. Por aquí entonces.
   -Le sigo.- dijo el recién llegado con voz firme pero tranquila.

   La taberna era un lugar humilde, como prácticamente todo el pueblo. Unas pocas lámparas de aceite le daban un toque acogedor al lugar, pero sin duda el ambiente estaba algo cargado de tensión. El Inquisidor aspiró el aire. Trataban de disimular las malas esencias con lavanda. Sin duda los responsables del lugar se esmeraban en hacer sentir cómodo al recién llegado. 
   -Buenos días señor.- Dijo el tabernero junto a la que parecía o su hermana o su esposa.-No le esperábamos tan temprano en nuestra humilde taberna. 
   -Nadie espera encontrarse a la Inquisición española.-Dijo el siervo de Dios, con una pequeña sonrisa.-Tengo sed y hambre pues no he comido ni bebido en todo el día. 
   -Oh Dios mio.-Dijo la mujer.-Eso no se puede permitir.-¿Le apetece algo en concreto?
   -Agua, algo caliente y nada mas. Aunque debo exigirles con todo descaro una cosa.-Dijo aquel hombre que habían consagrado la vida a servirle al Altísimo
   Ambos encargados de la taberna se miraron. Nunca habían atendido a un Inquisidor, y quien sabe que extraño ritual culinario les podía pedir, o favores.
   -Permítanme pagarles. Creo que es lo justo para con Dios y para con ustedes que yo, humildemente, les de buen precio a personas tan honradas y trabajadoras.-Dijo el siervo divino.
   Ambos se relajaron. Suspiraron de alivio. A pesar de que la Inquisición velaba por los buenos cristianos, era verdad que algunos semejantes eran mas propensos a dejarse tentar por el poder de su puesto. Aunque claro, quien denunciaba eso terminaba pagándolo, y no precisamente con dinero. 
   La comida fue humilde. El vaso de agua reposaba sobre la mesa, al lado de un pequeño cuenco de carne con unas pocas verduras. Las intenciones de agradar y hacer sentir cómodo al cliente eran sinceras. Sin duda lo tendría en cuenta para cuando informara a sus superiores. Una pequeña chimenea estaba tratando de abarcar con su luz toda la estancia. Aunque era de día, las nubes estaban flotando en los cielos y aquella chimenea tenía mucho mas trabajo que realizar. Los pocos hombres ahí presentes lo miraban de vez en cuando, atendiendo ocasionalmente a sus bebidas y sus cuencos de comida. Se abrió entonces la puerta y los niños que el Inquisidor había visto a su llegada entraron a la taberna.
   -¡Por favor, no mates a mi hermanita!.-Dijo uno de los niños.
   -¡Niños! ¡Por Dios!.-Dijo la encargada, que como una ventisca se plantó entre el enviado de Dios y los niños, tratando de echarlos.-
   -Mi buena señora.-Dijo el hombre de rojo, levantándose un momento para poner orden.-No importunan lo mas mínimo con su presencia mi deliciosa comida, La cual ha preparado con tanto esmero.-Con lo que parecía una sonrisa tranquilizadora invitó a los niños a sentarse.-Bien, niños. ¿Sabéis quien soy?
   Uno de ellos asintió, el otro mas pequeño sencillamente miraba.
   -¿Tenéis hambre?.-Preguntó el Inquisidor, mirando a ambos fijamente. Estaban claramente algo sucios, con un poco de barro en la cara,ropas sencillas, de trabajo. Muy jóvenes para trabajar. "Los niños tienen que jugar",pensó el hombre escarlata.
   Los niños asintieron ante su pregunta.
   -Bien.-Se giró hacia la mujer, que estaba cerca, con todos los feligreses escuchando.-¿Podrían ponerles un poco de comida a estos valientes? No todos los días un hijo de Dios ve a un Inquisidor y lo encara como él -señaló al mas mayor de los niños, de unos ocho años- ha hecho.
   Después de comer y beber un poco mas de agua, los niños le contaron su historia. Al parecer lo que estaba causando tanto revuelo era la supuesta posesión de su hermana. El demonio se había instalado en aquel pueblo para causar el pánico usando a la pequeña de doce años para sus malévolos fines. Su madre había muerto hacia unos pocos años y su padre se encargaba de todas las tareas del campo y del hogar. Hacía un año que la hermana de su madre, tia de los niños, había decidido hacerse cargo del papel materno y hacía unos meses que habían comenzado todos los problemas.
   El hombre escuchaba. Alternaba la mirada entre el mayor y el mas pequeño,que lo miraba fijamente. era perturbador pero la curiosidad infantil a veces era abrumadora en sus claroscuras intenciones. el metódico análisis de los rostros revelaban algo realmente sorprendente: la absoluta verdad.
   -¿Puedo ver su espada?.-Dijo el mas pequeño de pronto.
   -¿Que espada?.-Dijo entonces el niño mas mayor.-Los hombres de la Iglesia no llevan espada. No seas tonto.
   -Pues yo soy una excepción.-Sonrió el hombre escarlata tras ponerse en pie y apartar un poco la túnica para revelar el pomo de una espada.-Eres observador, hijo.-Dijo el hombre, mirando al mas pequeño.-Ahora os tengo que dar una orden.-Sonrió ante la visible tensión delos infantes.- Decirle a vuestro padre que venga. Y al alcalde.
   Los niños desparecieron como una exhalación tras apurar los últimos restos de sus cuencos.

   Momentos después entraban el alcalde, con su mirada cansada y el padre de las criaturas. No se sabría decir cual ofrecía un espectáculo mas lamentable. Si de por sí el líder de aquella aldea parecía estar en una constante amenaza de caer desmayado, el padre de la acusada y por tanto de los dos niños tenía ese brillo en la mirada de ausencia absoluta. Estaba totalmente destrozado. Esos ojos habían estado llorando. No tenía cansado el cuerpo, tenía cansado el corazón y rota su alma.
   -¿Hay algún lugar donde podamos hablar en privado?.-Preguntó el Inquisidor, dirigiendo una mirada a los curiosos feligreses, alguno mas en los brazos de Baco que otra cosa, pero nunca se sabía quien podía fomentar falsos rumores.
   -Por supuesto señor.-Dijo el alcalde.- Si gusta puedo guiarle a mi casa, Habíamos preparado justo unas pocas horas antes una cama. No esperábamos que se presentara aquí tan temprano.
   -Nadie espera encontrarse a la Inquisición.- Los labios del siervo escarlata se curvaron en una sonrisa. Solamente él parecía entender el chiste.
   Durante el camino, con el propio alcalde abriendo paso, el Inquisidor se dirigió al padre de los niños.
   -Hábleme de su hija.-Dijo tan solo. No había exigencia, a revés, su petición era en tono de sugerencia, y el tono de usted era sincero en todo momentos.
   -No es una mala niña, señor, se lo puedo jurar por lo que mas quiero, que son mi esposa, en paz descanse y mis hijos.-Aquella voz desesperada hizo pararse en seco al interrogador, girarse hacia el y mirarlo fijamente. El hombre titubeó, como si pensara que ha dicho algo malo.-¿He dicho algo malo, señor?.
   -¿Su esposa ha fallecido?.-Preguntó el Inquisidor, con la incipiente melena ondeando al viento.
   -Sí, señor,-Dijo el padre de la niña.-En un invierno enfermó y antes de la primavera se había reunido con Dios.-En su voz había un dolor apenas contenido. Sus puños cerrados y su tensión definían a un hombre que había realizado la gran hazaña de aquellos tiempos tan difíciles: amar.
   -En caso de demostrarse que ha sido una buena sierva de Dios, que ha cumplido con los mandamientos en todo momento y que no ha causado mal alguno a esta honrada comunidad, entonces no tiene nada que temer.-Dijo aquel hombre serio pero tranquilo en su proceder, mirando una última vez al padre antes de indicarle que siguieran caminando hacia la casa del alcalde.
 
   La casa del alcalde era realmente confortable. Estaba construida toda de madera, con un suelo de piedra. La esposa del alcalde los recibió con toda su afabilidad; se trataba una señora agradable, entrada en carnes pero con un aura de gran atractivo y muy despierta, a diferencia de su marido. El Inquisidor observó la habitación a donde le llevaron, donde se hacían las reuniones y las quejas, y que en un futuro podría servir de sala de interrogatorios. No era digna de palacio, pero podía albergar a unas cuantas personas, en su mayoría a los denunciantes y denunciados. Había una gran mesa con sillas. El hombre de rojo observó todo con detenimiento. Sin duda sería un buen sitio. Habría agradecido una puerta un poco mas gruesa, para que no entrara ni saliera ningún sonido del exterior pero no se le podían pedir peras al olmo.
   -Señor.-Dijo el Inquisidor a padre de la niña.- Usted va a ser mi primer testigo, veamos que tan bien funcionan las estancias de esta casa para los procedimientos inquisitoriales..- Se sentó en una silla y señaló la que tenía en frente.
   -Pues usted dispondrá, señor Inquisidor.-Dijo el padre, visiblemente afectado ante la sorprendente invitación a sentarse delante de alguien que tenía el destino del alma de su hija en sus manos.
   -Hábleme de ella dándome todos los detalles de su comportamiento en lo últimos meses.
   Y el padre habló. Habló durante unas cuantas horas, tratando de enhebrar todos los detalles puros y buenos de su hija, pero asombrosamente sin dejarse los defectos que caracterizan a todo ser humano. Al parecer la niña era dulce, pero con carácter, gustaba a casi toda la comunidad. Desde el alcalde hasta la tabernera le tenía aprecio. Cada granjero la conocía de vista como mínimo y habían hablado con ella de cosas varias. Era inteligente pero terca, producto de la joven edad o como rasco natural, quien sabe. A las dos horas de interrogatorio llegó el momento de hablar de los fenómenos extraños: cosechas que se echaban a perder cuando la niña pasaba cerca, vacas que abortaban, agua dulce que se volvía salada. En este punto el interrogador estaba mas serio,atendiendo a todas las explicaciones que le daba el padre de la criatura. Durante esos momentos, ante un sentimiento de impotencia el padre parecía a punto de echarse a llorar. El Inquisidor no movía ni un solo músculo de la cara mientras le escuchaba. Una vez finalizado el testimonio despidió al hombre que debería dormir en su propia casa esa noche.
   -Por cierto.-Dijo el recién llegado cuando el padre estaba a punto de salir.-¿Sus cultivos también se han echado a perder?
   -Sí, señor.-Dijo el padre, algo contrariado por la repentina pregunta.
   -Entonces, sea lo que sea que ronde estos lares, ha de ser realmente maligno como para que ni el amor qué su hija siente hacia usted impida que sus bienes se echen a perder.- El espadachín se dio cuenta a destiempo de lo desafortunado de su comentario, pero no había vuelta atrás.-Traiga a su hija junto a unos cuantos testigos mañana por la mañana. La niña será interrogada por la tarde.
   El padre de la posible bruja se retiró compungido. A veces aquel hombre vestido de rojo no tenía mucho tacto con las personas afectadas en su corazón por la posible pérdida de un ser querido, y mas cuando había lazos tan fuertes de por medio.
   El Inquisidor se acostó en la cama que le habían proporcionado y se sumió en profundos sueños que lo llevaron a tiempos pasados, donde se derramaba la sangre en nombre de Dios, donde todo lo bello estaba prohibido, donde la duda ante la fe era perseguida. Eran aquellos tiempos, y los de ahora era iguales, nada había cambiado. Soñó con las caderas de aquella mujer, con sus ojos,con sus labios. Era la guerra y tuvo que decidir. Mientras dormía lloraba, cuando enterró la espada en su corazón supo que nunca mas las cosas serían igual. Recordaba el olor de la madera quemada, el sentimiento del amor mezclado con la tristeza mas honda. Sintió en su mejilla aquella última caricia, el sabor de sus labios mezclado con el de sus lágrimas. Nadie apreció el cambio. Solamente le juró a Dios que no tomaría parte, siempre que le fuera posible, en esas atrocidades.

   Despertó de golpe, con unas palabras en la cabeza, con ese acento de Oriente, con su voz tan dulce y tan aterciopelada. Era como un espacio en blanco donde la imaginación, la sugestión, lo que fuera, se transformaban, en este caso, en una revelación. Escuchó su voz, sintiendo una mano que acariciaba su rostro en los primeros segundos donde el sueño y la realidad se mezclan, reconocería esa caricia en cualquier sitio y esa voz en cualquier lugar: "La niña es inocente". El hombre miró a la nada, aquella habitación bastante humilde en la que habían colocado una Biblia junto a la espada,apoyada esta sobre contra la pared, acierta distancia. Se vistió, desayunó decentemente abusando por última vez de la hospitalidad de aquel matrimonio de gran importancia política en el pueblo y salió a investigar.
   Al principio había reticencia en lo que a hablar se refiere. Los pueblos eran lugares donde todo se sabía. Que el forastero, aun siendo representante de Dios, lo llegara a descubrir, era otra cosa. Granjeros, ganaderos, un par de canteros, señoras de su casa o incluso otros niños, tenían buen concepto de ella, de la acusada. Durante el interrogatorio habló con las víctimas de sus hechizos, algunos ya estaban hasta el límite de las fuerzas ante tanta desgracia. Aparecían de vez en cuando testimonios de que su existencia era un sin vivir a pesar de todas las ofrendas a santos y todos los rezos a Dios. La situación sin duda era extraña.
   Llegó el momento de hablar con la tía de la niña, la hermana de su madre.
   -Créame, señor Inquisidor, que yo solamente quiero que mi querida sobrina esté realmente feliz, que tenga una vida normal, pero parece atraer la desgracia sobre todos aquellos que pretenden algún bien a esta comunidad. Hago todo lo posible por tratar de llenar el hueco que dejó su madre.Esos niños no pueden crecer sin una madre. Dios creó al hombre ya la mujer para que juntos cuidaran a los retoños que concibieran.
   -¿Considera al padre de la niña incapaz de cuidar el solo a sus hijos?.-preguntó el Inquisidor a la mujer, que al momento pareció ponerse algo nerviosa.
   -No, por supuesto, pero ya sabe, dicen que siempre está bien un pequeño toque femenino en este tipo de asuntos.
   El Inquisidor la miró fijamente a los ojos durante unos segundos.
   -Hábleme de ella. Hábleme de la madre de la niña.-Dijo el Inquisidor con una voz susurrante.
   -Era mi hermana, señor Inquisidor, ¿que mas le podría decir? que nos criamos juntas, que pasamos buenos y malos momentos. Las cosechas se sucedieron y llegaban los amores de verano, que nos peleábamos por chicos o por un par de collares de cuentas. No se que podría hablar de ella que no sea algo común entre las hermanas.
   -¿Que le gusta hacer?.-Preguntó el Inquisidor.-¿Alguna afición en particular?
   La mujer le miró algo desconcertada.
   -¿Montarás un improvisado juicio para investigar mis actividades?-La tía de la niña sonrió y el Inquisidor apreció incluso algo de nerviosismo pero la mujer se lanzó al momento.- Cuando está todo hecho me gusta dar algún que otro paseo por el bosque y sus cercanías. Antes de mudarme a vivir con mi cuñado y sus maravillosos niños vivía en el pueblo. Ellos viven en los alrededores, donde las granjas mas grandes y que requieren mas espacio. A veces ayudo a la anciana que vive en medio del bosque, la cual dicen que es una hechicera pero a mi solo me parece una mujer necesitada de cariño.
   -Ajá... ya veo.-Dijo el Inquisidor anotando unas cosas.-Creo que eso es todo. Muchas gracias por haberme dedicado su tiempo.
   -Todo sea por el bien de la niña, es inocente, dulce y muy cariñosa. El vivo retrato de su madre.-Dijo la mujer, tía de la niña, hermana de aquella pobre cristiana muerta en circunstancias lamentables.

   El hombre de la Iglesia estaba exhausto después de dar tantas vueltas buscando información, aun así llevó a cabo una última acción de investigación. Se dejó llevar por los pies, por las señales que Dios le diera.
   -Señor.-Dijo el hombre de rojo, sujetándose su el sombrero del mismo color que lo protegía de las lluvias torrenciales o del sol infernal.-Se que te he pedido muchas cosas pero sabes que casi soy tan siervo de la Verdad como de ti. Déjame encontrar el camino a la verdad.
   Al momento se hizo el silencio. El viento dejó de soplar, el sol comenzó a iluminar pero no se escuchaba un solo insecto siquiera. Todo se quedó quieto. El hombre se quedó estático, mirando con toda sorpresa aquel lugar,como si lo redescubriera. Una sensación de paz le invadió durante unos segundos hasta que un sonido por encima de su cabeza llamó su atención y una paloma blanca voló hasta las inmediaciones de un bosque.
   El Inquisidor siguió aquella señal y los pies le llevaron hasta donde se alzaba una pequeña casa de madera. Había un pequeño huerto y no sea preciaba la mano del hombre en nada mas, como si la casa pretendiera molestar lo menos posible en el crecimiento de aquel bosque. El Inquisidor se acercó a aquella casa y trató de ver por la única ventana que había. Apenas podía distinguir unas pocas sombras del mobiliario. Las zarzas y hiedras se estaban apoderando cada vez mas de los laterales de la casa. Se acercó a la puerta y llamó un par de veces. Cuando iba a darse por rechazado las puerta se abrió sola.
   El siervo de Dios dudó durante un momento pero se decidió a entrar. Lo que tuviera que ser que fuera ahí y ahora. El interior estaba lleno de ramilletes colgantes de varios tipos de plantas y flores. En el fondo de la estancia un caldero y algunas cabezas de animales muertos y disecados.
   -¿Que ven mis ojos?.-Dijo una voz centenaria.-¿Un demonio que viene a clamar venganza?
   El hombre miró en todas direcciones, sin ver nada que pudiera delatar la presencia de nadie que no fuera él. Su rostro era una máscara de piedra que vigilaba en todas direcciones para poder identificar un posible ataque mientras llevaba la mano al pomo de su espada.
   -No finjas.-Dijo la voz.-No te hagas el asustado. Tu corazón está totalmente tranquilo, apenas te has alterado tras el susto inicial y solamente deseas buscar respuestas.
   Apareció entonces frente a el una mujer anciana, bajita, de cabello grisáceo pero ordenado. Quien usara la imaginación podría adivinar que en tiempos pasados habría atraído mas de una mirada. Los largos dedos se sostenían los unos a los otros y su rostro reflejaba calma pero sus ojos parecían inquietos. Los ojos pequeños estudiaron a la figura roja que tenía delante. Se acercó un poco mas y pareció oler el aire que le rodeaba.
   -Ahhhh amor perdido en la tragedia entre Dios y Alá. Adelante, adelante, pasa.-Dijo con tono burlonamente cálido.
   -¿Que sabes, bruja?.-Preguntó el Inquisidor mientras se acercaba a donde ella le indicaba, cerca del caldero que borboteaba entre aromas variopintos y nunca percibidos por su nariz.
   -La niña es inocente.-Dijo la bruja mientras removía el caldero haciendo que vapores de diversas coloraciones salieran de su interior. Tuve la oportunidad de hablar con ella y supe que era realmente alguien especial pero no para sembrar el caos. Al revés. Cuando salió de mi casa tuve que rociar con sangre de rata toda la casa para que se estabilizara el aura.
   Cierto, había algo en aquel lugar que alteraba los sentidos de una u otra forma que ocultaba las realidades que se extendían mas allá del aspecto extravagante de aquella vivienda. El mal fario, el mal agüero. 
   -Alguien venía a pedirte ayuda. Alguien quería algo que solo tú le podías ofrecer pero tú no eres el mal de este pueblo. Eres una especie de intermediaria de ese mal.-Dijo el hombre acercándose a la bruja, que le había dado la espalda, como si lo ignorara. Cada una de los elementos de aquella casa, si se afinaba la vista, estaban diseñados para todo tipo de males. pero también algún bien. Colgado de una de las paredes había un rosario, un pequeño chillido salió de ninguna parte: ratones.-Estamos en tiempos en los que una sola envidia puede matar a varias personas. 
   -Ahhh el hombre rojo no es tan tonto. Los de tu calaña por lo general primero queman y luego suele hacer las preguntas consecuentes, nunca aceptan sus errores. Me gusta como piensas. seguro que entre las múltiples razones de su amor, ella te amaba con todo su corazón por esa cabecita tan inteligente..-La bruja le miró, esperando su respuesta.
   -Creo que ya tengo la respuesta que ansiaba,-El inquisidor le dio una bolsa llena de monedas, que la bruja cogió al vuelo, con sorprendentes reflejos.-¿Tiene algo para las pesadillas? 
   -Para las pesadillas sí, para causarlas y quitarlas. No quiero presumir pero con mis conocimientos puedo incluso hacer abortar a las vacas. Pero tú no tienes pesadillas, sencillamente es que no te perdonas a ti mismo, demonio español-Dijo la bruja, en clara referencia al pasado de aquel hombre que había consagrado durante unos meses su vida mas al amor que a Dios, y este le había castigado con dureza. 
   -Con gran aflicción me despido entonces, señora.-Dijo el Inquisidor,cerrando la puerts a sus espaldas. 

   -Bueno bueno bueno.-Dijo el Inquisidor, mirando a la niña sospechosa.-Por fin te conozco.-Dijo el Inquisidor sonriendo por primera vez desde que había llegado al pueblo. 
   -¿Me va a llevar a la hoguera?.-Dijo la niña. era una pequeña infanta de apenas unos diez años que no podía llegar con los pies al suelo desde la alta silla.-Me dijeron que los Inquisidores llevan a las niñas malas a las hogueras, que todos los hombres buenos y mujeres de bien no deben temer el fuego de Dios pero yo tengo miedo ¿soy mala?
   -¿Que? No,`por el amor de Dios. Eso lo dice alguna persona que está quemada de la vida.-El Inquisidor pensó eso último.- bueno haremos como que no he dicho eso último.-Entonces el Inquisidor sacó algo de un maletín que había suscitado las sospechas de todo tipo cuando medio pueblo le vio entrar en la habitación con él. Puso sobre la mesa dela improvisada sala de interrogatorios un papel y unos cuantos lápices.-Quiero que dibujes a tu familia. Y te voy a decir algo realmente importante: quiero que la dibujes con el corazón, como los ves tú. Solamente yo veré ese dibujo. 
   -¿Dios no lo verá?.-Preguntó la niña.-A lo mejor dibujo algo que no es de su agrado. 
   -Dios respetará tu intimidad tanto como tu lo desees. Así que ahora estamos tú, yo y Dios, que está mirando a otro lado pero de una forma u otra nos ayudará.-Dijo el Inquisidor. 
   La niña se puso manos a la obra mientras el Inquisidor se dedicaba a leer un libro que sacó de una de las mangas de sus ropajes. Fueron transcurriendo los minutos. 
   -Señor.-Dijo la niña.-Me falta azul.
   El hombre bajó el libro y miró todos aquellos colores desperdigados por la mesa.
   -Oh, perdón.-Dijo, acercándose a la niña, aproximando la mano a su oreja y sacando un lápiz de color azul.-Todo tuyo.- sonrió el Hombre de forma cálida. 
   -¿Como ha hecho eso?.-Dijo la niña toda sorprendida. 
   -Algún día te lo enseñaré.-Aseguró el mago rojo con una risotada. 
   La niña puso pucheros pero se dedicó al dibujo para no contrariar o enfadar a un representante de Dios tan estrambótico para sus compañeros de la Iglesia. 
   De vez en cuando el Inquisidor le preguntaba algunas cosas que iba anotando mientras la niña seguía dibujando.Sin duda lo poco que el hombre de Dios estaba viendo parecía bastante elaborado, con fondo de paisaje y todo. Siguió leyendo su libro sobre un pensar que estaba causando gran revuelo entre sus compañeros. Le gustaba comprender aquello que no entendía y quizás asimilar las ideas del enemigo para futuros debates.
   -Ya está.-Dijo la niña, entregándole el dibujo mientras movía las pequeñas piernas por debajo de la mesa, con su humilde vestido. 
   El Inquisidor miró el dibujo atentamente. Una gran figura masculina estaba en el centro junto a una casa. La niña se había representado a sí misma como mas grande que sus hermanos a pesar de la edad. Era valiente. Había dos figuras femeninas. Una al lado, mas cerca de un bosque hecho con unos pocos árboles que de la familia y otra que parecía observarlo todo desde las alturas. 
   -¿Quienes son estas dos mujeres, encanto?.-preguntó la alta figura. 
   -Esta de aquí.-Dijo la niña señalando la figura que se internaba en el bosque.-es mi tía, que da muchos paseos por el bosque. Y esta es mi mamá, que seguramente está con Dios porque enfermó y se reunió con él para estar mucho mejor. O eso me dijo papá.-Dijo la niña, triste, bajando la mirada.
   -En efecto, ella está bien.- dijo el Inquisidor, poniendo una mano sobre la mano de la niña.-Me mandó una señal Dios y a través de una paloma blanca encontré aquello que necesitaba, para saber la verdad.
   Dijo entonces una voz muy sutil.
   "Siempre será mi princesa de barro"
   -Que siempre serás su princesa de barro.- Dijo el Inquisidor, sintiendo una mano sobre su hombro en el momento en que escuchó las palabras de aquella esposa y madre que había nacido para amar. 
   -¡Así me decía mamá!.-Dijo la niña-¿Entonces es verdad que ella me cuida. 
   "Y siempre lo haré, mi amor,a ti y a tus hermanos"
   -Y siempre lo hará. A ti y a tus hermanos, que te quieren.-Dijo el siervo divino.-Puedes irte, encanto, Gracias por ayudarme y toma.-Dijo tendiéndole el dibujo. 
   -No, señor, quédeselo. Puedo hacer otros dibujos parecidos pero usted no verá uno igual al mio, nunca. Es todo suyo como regalo. 
   -Gracias.- Dijo en apenas un susurro.-Te acompaño, pues he tomado un veredicto. 
   
   -A las claras la niña es inocente.-Dijo el Inquisidor al alcalde ya todos los reunidos alrededor del hombre de rojo.- El mal tiene muchas caras, pero sin duda mis pesquisas han revelado que Dios no hace mas que amar a cada segundo a esa criatura inocente. Lo que me ha traído aquí no es las malas cosechas, no los abortos de animales, ni la leche agria. Lo que me ha traído aquí es un plan maligno para secuestrar la voluntad de un hombre, destruyendo la alegría que había en su corazón. Lo que me ha traído aquí ha sido la envidia hacia una buena mujer que dio todo por hacer feliz a su esposo y por darles todo a sus hijos, que nada les faltara.
   El Inquisidor sacó la espada y la blandió en alto con una sola mano. la bajó y señaló a la tia de la niña, ahí presente. 
   -Eras su hermana. Era tu sobrina la niña a la que querías mandar a la hoguera. 
   -¿Que? ¿yo? No, señor.-Dijo la mujer, visiblemente sorprendida y nerviosa.-No me diga que la niña le ha hechizado a usted. 
   -He hablado con tu amiga de los bosques, mujer. Tú te asegurabas de envenenar el ganado. Curioso es que solamente era el ganado o los cultivos de aquellos con los que disentías. Y ella.-Dijo el Inquisidor señalando con el dedo a la niña,.- Es el vivo retrato de aquella  mujer que fue tu hermana pero odiaste en cuanto conquistó con el corazón al hombre que tú decías amar. La envidia te corrompió, y cuando la madre murió no podías evitar ver a tu hermana y rival en los ojos de esa niña, de esa viva imagen de su madre que te recordaba a cada rato los pecados que habías cometido.

   Lo que siguió fueron gritos, disputas y un par de gestos amenazantes con un martillo y una oz. la mujer confesó. Había estado toda la vida detrás de un hombre que nunca le correspondió y cuando la hermana de aquella pretendienta llegó al pueblo desde la ciudad, todo fue demasiado rápido para que el corazón, espíritu y escrúpulos de aquella mujer pudieran templarse y organizó un plan desmesurado para que la madre no solo muriera sino que la niña iba a seguir por el propio camino. la arrogancia y la vanidad hicieron acto de aparición y ahí la primera equivocación: quería que la niña ardiera y cada uno de los viles actos que la tía organizaba estaban destinados al descrédito y la condena pública. La mujer fue ajusticiada por la espada del Inquisidor, que no quiso quedarse mucho mas en aquel pueblo. El pueblo aclamó la sabiduría del hombre. 

   Por el camino, montado en su caballo, una figura se presentó de la nada. Los mimos ojos que la niña a la que había salvado, pero sin duda mucho mas mayor, mas avejentada por la enfermedad que la había matado hacía un tiempo. Se miraron largo tiempo.Entonces el fantasma alzó la mano, como queriendo ofrecer algo al hombre solitario en el camino.
   -Ella me lo ha dado para ti.-Dijo con voz lejana.
   Al desaparecer la figura fantasmagórica. unos bellos crótalos dorados estaban sobre la palma de su mano. 
   El Inquisidor rompió a llorar. 

miércoles, 26 de abril de 2017

El caballero Halcón.

La bruma cubría el mar con un manto de desconocimiento e intriga. El oleaje era bajo, pero aquella calma relativa no hace sino poner mas nerviosos a todos los marineros presentes. Hacía semanas que habían emprendido la travesía y sehabían encontrado con un buen viento y buen clima hasta ese momento, en el que las velas languidecían por momentos. Se escuchaba el crujido de la madera ya gastada por los años. Un bajel de buena edad era aquel barco, un buque de líneas estilizadas, rápido y eficaz. No les faltaban provisiones pero era algo realmente aterrador no saber lo que se venía a mas de dos metras delante de las propias narices. Era momento de quietud y silencio. Los observadores, en lo alto del mástil central, no acertaban a ver tierra o agua, y era ese el motivo por el que se había ordenado parar la embarcación en seco y quedarse quietos hasta que la bruma cesara.
   -Esta bruma me cala los huesos y me da dentera, y he estado cerca del Polo Sur un par de veces.-Dijo un hombre de avanzada edad que viajaba como pasajero. Un señor hasta el momento encantador pero también callado y algo taciturno, que pasaba mas rato en el camarote que fuera de él.
   -No se preocupe, buen hombre.-fijo un grumete, recién contratado y que daba mucho que hablar a las damas de buena vida del puerto.-En estas latitudes es normal encontrarse bancos de niebla así, aunque la verdad me preocupa que se allá aposentado tan rápido la niebla. Y no es niebla, es bruma, se ven los grumos casi en el ambiente.-Bromeó, recordando cierta gracieta en una cantina hace unos meses.-Tenemos víveres y todo lo demás está mas que agarrado y amarrado. Solo nos toca esperar.
   El anciano se quedó mirando al gran espacio blanco que se extendía mas y mas allá. Como bien se sabe había sido un viaje sin supuestos accidentes pero en aquel momento todo había sufrido un parón demasiado abrupto, un frenazo en la ruta que dejaría muchas dudas de si llegarían a tiempo según pasara el ídem.

   Dentro del barco, en uno de los camarotes, otro hombre se encontraba afanado en estudiar los intrincados mecanismos de un aparato de medición cronológica, también conocida como reloj, mas exactamente un reloj de su entera propiedad que había dejado de sonar hacia mucho tiempo y que cada cierto espacio de tiempo, cuando tenía oportunidad, trataba de arreglar. Toda la estancia estaba ocupada con libros y manuscritos. Aquel hombre era un hombre de ciencia, dela corriente de la razón que había comenzado a azotar a las mentes mas abiertas y liberales. Era un autodidacta esclavo del aprendizaje, sometido a los mandatos de la diosa Atenea. En su cabeza había todo tipo de datos, inquietudes y preguntas. Se aposentaba a si mismo en un trono digno de su alto nivel intelectual pero que a su vez le impedía ver las obviedades de su alrededor. Mirando entonces un reloj auxiliar se dio cuenta de que faltaba poco para la noche y procedió a la investigación de un campo hasta ahora poco explorado: la astronomía. Así es que tomó su telescopio, subió a la cubierta,ignorando las caras de extrañeza de la tripulación y del anciano, el cual había decidido bajar a su camarote para calentarse un poco, y con toda la razón de su experiencia instaló l telescopio en donde consideró que no debía de molestar mucho.
   -¿Se lo dices tú o se lo digo yo?.-Preguntó un marinero a otro.
   -Ninguno de los dos. Es un hombre de ciencia.-Dijo el segundo poniendo tono pomposo.
   Hicieron falta mas o menos unos diez minutos para que el hombre esclavo de Atenea se diera cuenta de que la diosa Fortuna no estaba presente y el estudio de las estrellas, planetas, cometas y demás tenía que esperar.
   -Maldición.-Dijo el aprendiz de sabio.

   Entonces todo el barco, varias toneladas de madera, se inclinó hacia un lado, de forma repentina, tirando a muchos de los presentes en cubierta al suelo. Dentro de los camarotes, los pasajeros habían salido al pasillo pero respetando el paso de aquellos que estuvieran empleados en la embarcación, los cuales como un solo hombre se pudieron a trabajar en el informe de daños y lo que fuera que chocara contra ellos.
   -¡No!¡mierda mierda mierda!.-Se quejaba el hombre de ciencia al descubrir que su telescopio se había roto.
   Unas manos lo agarraron por los hombros y lo apartaron en el momento en que una bola de cañón hacía estallar el telescopio en mil pedazos y dejaba un gran boquete sobre la cubierta.
   Al momento salía el capitán para poner orden y concierto entre sus hombres.
   -Informe de daños.-Dijo con una gran calma mientras le entregaban un catalejo, el cual desechó una vez se dio cuenta de la niebla.-Sáquenos de aquí timonel.
   -Haré todo lo posible, capitán.-Dijo el timonel, un hombre de brazos fuertes y espaldas anchas.
   -Contaba con ello de antemano.-Dijo el capitán al aire.-Partiremos de la premisa de que son piratas. Mantengan la calma, hagan su trabajo y luchen por cada trozo de madera.
   -¡Sí, Capitán!.-Dijeron el segundo oficial, el oficial de derrota y todos los que le hubieran escuchado. Se impartieron las órdenes, se hizo un informe de daños. Se habían abierto varias vías de agua pero los carpinteros estaban trabajando en ello. la brea hacía su función junto al martillo y los clavos.
   Los grandes buques de línea estaban diseñados para tener un equilibrio entre velocidad, ataque y resistencia, y aquel barco no era una excepción. Por debajo de la cubierta, un enjambre de marineros estaban perfectamente coordinados para poder devolver desde los cañones de la batería de estribor el fuego enemigo. Mas no dispararon hasta tener al barco enemigo a tiro, lo que tardó tiempo y puso bastante nerviosos a los tiradores. Entre todos ellos había un oficial que paseaba con una pequeña sonrisa entre aquellos que estaban a sus órdenes. La guerra lo seducía como aquella mujer en cierto puerto lejano, entre cervezas y muchos marineros borrachos.. Le llegaba el aroma de la pólvora y de la sangre. En muy poco tiempo la pacífica travesía había incurrido en una pelea a muerte contra un enemigo casi invisible. pero finalmente había aparecido.
   El enemigo era un barco mucho mas tosco, antiguo, pero sin duda sabía como moverse para poder tomar por sorpresa en aquel lugar a sus enemigos. Aunque la niebla ciertamente había ayudado.  nadie de aquella tripulación le parecía que semejante bruma viniera en una época y lugar adecuados. Era realmente extraño y mas cuando se trataba de un oportuno ataque sorpresa consecuente a eso. Dentro de toda esa actividad, los pocos pasajeros que iban se habían refugiado dentro de sus camarotes, en el centro de la embarcación. El anciano veía junto a una niña a todo los marineros pasando de aquí para allá mientras gritaban órdenes. El científico se encontraba en un rincón, entre sus libros y escritos,con miedo, mucho miedo. Tenía cientos de ideas en su cabeza pero ahora todas giraban en torno a la certeza casi absoluta de que podría morir.
   Los cañones seguían escupiendo y el abuelo y su nieta estaban realmente atemorizados, con mucho miedo.
   -¡Abuelo tengo miedo, tengo mucho miedo!-Los grandes ojos de la niña estaban anegados en lágrimas, era un espectáculo desolador para cualquier corazón con un poco de sentimiento en su interior.
   -Tranquila, mi bella princesa, todos estos hombres valientes nos protegerán. Estoy seguro de ello.-Decía el anciano tratando de proteger a su nieta todo lo posible.
   Desde el otro barco salió una andanada de bolas de cañón que dejó casi sin timón a aquel elegante buque, con la mala fortuna de que unos cuantos hombres resultaron muertos.

   Curiosamente una de las explosiones fue a provocar un agujero en la pared de una de las habitaciones. En ella, hasta hace un momento, había estado dormitando el pasajero mas silencioso y menos molesto de toda la embarcación. Pero el agujero en su pared le había descolocado el sombrero de media ala. Dos ojos con la determinación del halcón se abrieron de par en par y emitieron sus labios un quejido producto de la pereza. A diferencia de los pasajeros, él no había usado su cama en todo el viaje, Dormía en un rincón que le permitía vigilar el único acceso: la puerta.
   -Estaba durmiendo.-Dijo con voz acerada. nadie le escuchaba pero gustaba de expresar sus pensamientos en voz alta.- Aunque Su Majestad se va a enfadar si se entera de que no hice nada.-Entre sus temas sacó una pequeña botella y bebió un trago. Su capa de viaje estaba algo raída. Sus ropas eran oscuras y tenía dos cintas de balas cruzadas al pecho. Su rostro afilado dejó claro su desagrado cuando de pronto le llegó el aroma a pólvora y sangre.-Fin de la siesta.
   Agarró entonces un estuche y sacó un magnífico fusil, un milagro tecnológico de los últimos años. A diferencia de las armas de fuego de esos tiempos, este rifle permitía disparar varias veces en un minuto. El complejo sistema de resortes y gas estaba protegido por una cubierta metálica, lo que le añadía peso pero también fiabilidad y resistencia. Un intrincado conjunto de lentes le permitía tener al objetivo mas cerca aun estando a varios cientos de pasos. El agujero en medio de la pared le sirvió de buena posición. Apuntó y miró a los ojos de uno de los tiradores de cañón del barco que estaba tratando de abordarlos. .
   Sus ojos eran la clave. Hacía muchos años había entregado cosas muy preciadas para poder tener aquel don. Había sido reclutado entre los tiradores mas expertos del Reino para tener algo de lo que enorgullecer a su familia, especialmente a su padre. Había crecido como un niño tonto y asustado, que poco a poco fue recibiendo lecciones de vida muy duras para su temprana edad. Un día conoció a una mujer, una supuesta hechicera y adivina que leía el futuro y supueastamente prodigaba milagros a cambio de un sacrificio. Le pidió una gota de sangre. No parecía mucho, aunque la realidad sería mucho mas dura.
   -Tú tienes los ojos del halcón.-le había dicho la anciana, llena de verrugas y con una extraña aura de poder a su alrededor.-Podrás ser el cazador que nadie escucha, aquel que mata desde las alturas sin ser visto. Podrían depender reinos enteros de tu golpe certero.-Decía con una rotundidad realmente intimidante.
   -¿Mi padre estará orgulloso de mi?.-Preguntó aquel joven de nariz y rasgos afilados, esperanzado de no ver esas miradas de profundo odio.
   -Ay hijo.-Dijo la mujer, mostrando por primera vez un rasgo de sentimiento en su voz.-Lo siento, tu padre acaba de morir.
   La noticia de la muerte de toda su familia a manos de unos rufianes sin alma lo dejó en un profundo estado de apatía. Su vida se vio truncada en un solo momento. Aquel había sido el auténtico sacrificio que había ofrecido, pues su madre y hermanas eran realmente buenas con él, y nunca supo pagarles toda esa generosidad y misericordia. Cuando llegó a la casa era tarde. Los cimientos ya se habían derrumbado sobre ellos y estaban todos muertos. Su corazón se quemó en esa casa. Luego llegaron las peregrinaciones a ninguna parte, las peleas de taberna, el alcohol. Y finalmente un día fue reclutado para las filas del Reino. Tres disparos a distancias de casi un kilómetro y un instructor despierto y con sentido común fueron mas que suficientes para que se notificara sobre sus capacidades a la mismísima Reina. Esta quiso recibirlo y aquel día, en aquellos ojos, vio el brillo del recuerdo, del dolor, de alguien que con un color totalmente distinto de ojos, mostraba la misma vida llena de pérdidas.

   Los ojos de halcón fijaron el objetivo. Un disparo de esos de gala, de exhibición, sería mas que suficiente. Espero. la espera era importante. El cañón había sido cargado y a él solo le hacía falta seguir los movimientos de la antorcha, que brillaba entre la humareda. Sus ojos lo veían prácticamente todo, nada le molestaba o entorpecía su visión cuando fijaba el objetivo.

   -Es importante llevar el tempo en la batalla.-Le decía uno de sus compañeros de armas, cuando ya había sido nombrado Caballero.- En el momento exacto se puede ganar una batalla con muy poco.

   Esperó, y entonces vio como la antorcha bajaba. Cualquiera lo podría ver, pues ambas embarcaciones ya se estaban acercando casi a distancia de abordaje. Entonces disparó. La bala de su fusil salió hacia la boca del cañón justo en el momento en el que la bola de explosivos salía del cañón del barco pirata. El impacto de ambos proyectiles hizo que la bola explotara, causando el caos en aquella cubierta baja del barco enemigo. Sabedor del tiempo que tenía comenzó a disparar,aprovechando la confusión del momento. mató a tres piratas y entonces cambió de posición. Se levantó y corrió como una exhalación, casi al mismo tiempo con el que subía el humo de la explosión inicial.
   "El halcón necesita un sitio alto para cazar". Esa era la frase que resumía su filosofía de vida. La cubierta de arriba estaba totalmente inundada de gente que disparaba, corría o trataba de rechazar a los primeros piratas que querían abordar el barco. El capitán luchaba contra tres, demostrando que era un excelente espadachín. Se mantenía tranquilo pero apuraba mucho el cambio de posición. Un disparó y el capitán solo tendría que luchar contra dos. Se le unió en la pelea, con dos dagas especialmente diseñadas para el. No le gustaba usarlas pero a veces la situación lo requería.
   -Gracias. buen hombre.-Dijo el capitán, observando el rifle.-Curioso arma.
   -Son tiempos curiosos.-Dijo el hombre de colores pardos antes de subir por las escaleras hacia donde estaba el timón, en la parte trasera. Entre un montón de cajas encontró una buena posición. le quitaba la vista de muchos tiradores de cañón pero en aquel momento lo importante era despejar y proteger la cubierta principal. Apunto y disparó con tranquilidad. Cada segundo contaba, sí, pero como le había dicho una vez una anciana, si tienes prisa, vístete despacio. Cada bala era un disparo perfecto.
   La batalla duró uno cuantos minutos mas. Se notaba que el capitán del barco pirata tenía buen sentido estratégico, pero había errado en la presa, a la cual solo le pudo dar unos pocos mordisco pero sin llegar a arrancar nada de carne. Un halcón la custodiaba.
   -¡Se retiran, capitán!.-Dijo uno de los novatos reclutados en el último puerto, que había estado durante toda la refriega protegiendo unas escaleras... debajo de ellas.
   -Muchas gracias por esa información tan útil, casi tanto como su defensa de las escaleras que conducían directamente hacia los camarotes de nuestros pasajeros.-Dijo el capitán.

   Apenas unos minutos después el barco continuaba su camino, algo mas renqueando, pero llegaría sano y salvo a casa. Al fin el halcón podría volver a su nido.