domingo, 11 de junio de 2017

El gato triste.



   La ciudad bullía de actividad a pesar de que las luces del día estaban apagándose poco a poco y las primera farolas comenzaban a indicar el camino para no ser atropellado por algún carruaje presuroso. Las pequeñas vidas humanas que vivían entre cuatro paredes no se distanciaban en exceso de aquellas que no contaban con un hogar en el que guarecerse. El empedrado de las carreteras sacaba sonidos de traqueteo a los coches tirados por caballos que pasaban por aquí y por allá transportando a las buenas gentes propias y extrañas de la ciudad. En algún momento un puesto ambulante clamaba sus mercancías de carne, pescado, ropas y en el mar ambicioso de los proyectos comerciales, especias. Los transeúntes de aquel lugar se apartaban los unos de los otros o dejaban caer alguna moneda a los mendigos, que desde la última crisis se habían multiplicado. La luna comenzaba asomar y su plateada majestad iluminaba con sus rayos mortecinos algunas escenas mas propias de la nocturnidad y la vergüenza que otra cosa.
   Uno de esos coches doblaba una esquina cuando de pronto el cochero, un hombre serio, de afán notable por el juego y conocido en ciertos lugares de dudosa reputación, no advirtió la presencia de uno pequeños tunantes que pasaron como exhalaciones por delante de los rampantes caballos. Estos se asustaron y casi pisotean a uno de los pequeños. 
   -¡Soooooo!.-Grito el cochero, el conductor de aquella diligencia.-¡¿Que diablos hacéis, niños?!.-Dijo el hombre saltando del carruaje para agarrar a uno. 
   Apenas era un niño de unos doce años, con las ropas raídas y el miedo en el rostro, probablemente un alma sin futuro que moriría en pocos meses o años. Sus ojos estaban perdidos en los pequeños ojillos del cochero, todo un profesional del transporte pero de genio vivo y a veces inmisericorde con todo aquello que asusta a sus flamantes caballos negros. Con todo el movimiento, su sombrero de copa se había caído al suelo y se había ensuciado, mas lo que era prioritario en aquel momento era aleccionar al niño. 
   -Perdóneme señor, se lo ruego, tengo hermanos y un perro.-El niño no quería morir. Su perro moría de hambre.-Señorita, dígale algo.-Dijo, mirando por encima del hombro del conductor. 
   El cochero se giró y al momento soltó al niño, bajando la mirada en gesto de respeto. La pasajera de aquel carromato se había bajado sin apenas emitir un solo sonido. Su figura era de porte fino, elegante. Iba ataviada con un vestido propio de aquella época, de larga falda, un corpiño y los colores verdes y negros decorándolo. Su rostro estaba semi-oculto por un sombrero a la moda, una redecilla que daba intimidad a la naturaleza de sus ojos, que ocultaba estos de todo extraño poco hecho al contacto visual con su poderosa aura. Lo poco que se atisbaba de su faz era de una blancura poco propia de aquellos tiempos calurosos. Sus labios eran rojos como la sangre. Aunque lo mas peculiar era lo que portaba entre sus brazos.
   Reinando en la escena como el emperador hastiado de su propia gloria y victoria, un gato negro se había quedado mirando la escena con curiosidad. Durante el largo viaje hasta aquella ciudad, el traqueteo había supuesto un tranquilizante para su frenética actividad. Había pasado el día entre los brazos de su acompañante, que se deleitaba con el fino pelaje color noche de aquel caballero de la oscuridad. Los fríos dedos habían deslizado sus yemas por el lomo y la cabeza de quien le había prestado tan buenos servicios durante aquellos meses en teatros, batallas y escenas pintorescas. 
   -Señorita, este jovenzuelo casi atropella a mis caballos..-Dijo el hombre, reteniendo al niño con un fuerte brazo acostumbrado a cargar con grandes pesos.-Estaba a punto de corregirlo por su actitud y enseñarle que no es bueno meterse entre los caballos de un carruaje como el que transportaba a su elegante persona. 
   La mujer dio unos cuantos pasos. pareciera que flotara sobre el pavimento empedrado, no emitía ni un solo sonido. El niño la miró yen su interior sintió que se ruborizaba cuando advirtió aquella mirada semi oculta. Bajo la redecilla se apreciaba un brillo de una gran fuerza.
   -Me temo que estoy en contra de la violencia física para aplicar correctivos, señor conductor, así que le pido con toda amabilidad que suelte a ese joven.-Su voz era una pared ineludible, como un mazo que se acerca directamente a la cara y golpea con toda contundencia, anulando cualquier posible respuesta. 
   El pequeño hombre soltó al niño de inmediato, turbado ante el sonido de su voz y la imperante educación. Se dedicó a mirar el suelo mientras la mujer pasaba por su lado y se acercaba al niño. El gato miraba al chico con toda curiosidad y al momento cerró los ojos, apartando la mirada. Aquel sencillo gesto dejó claro que la situación no requería de su atención y ya estaba totalmente solucionada. Con todo la dama puso sobre los brazos del niño al gato y de su discreto escote sacó una pequeña tarjeta. 
   -¿Me podría indicar la dirección de este lugar, por favor?.-Dijo con toda serenidad mientras mostraba una tarjeta muy elaborada en sus letras.
   -Disculpe señorita, pero apenas se leer las letras que escriben los hombres y las mujeres.-la vergüenza se dibujaba en su rostro al verse tan ignorante frente a una dama tan distinguida. 
   -Oh, comprendo.-Dijo la dama entonces leyó la dirección. 
   -Oh, esa calle sí que se donde queda. No está lejos, señorita, apenas unas calles en esa dirección.- Dijo el niño señalando con la cabeza pues tenía los brazos ocupados con el oscuro emperador, que había comenzado a emitir pequeños ronroneos.
   -¿Podría guiarme?.-Dijo la mujer, que de pronto,sin perder la compostura, pareció reparar en la figura del cochero.-Creo que puedo prescindir de sus servicios por unos momentos, caballero, iré andando lo que me queda de camino.
   Como si de pronto le entraran las ansias de salir de ahí, la pequeña y enjuta figura del conductor de aquel carruaje hizo una reverencia y se subió a su puesto, llevando el transporte fuera de la vista de aquellos dos desconocidos. 
   El gato se estiró y de pronto giró su cabecita hacia los ojos del niños. Durante un rato se miraron, como midiéndose el uno al otro en un duelo realmente épico, lleno de misteriosas ideas y vaivenes. Antes de que pudiera decir nada, la mujer se había colocado a su lado y había tomado el brazo del niño. Sintió como se ruborizaban sus mejillas. En ningún momento de su existencia una mujer tan distinguida había hecho si quiera el gesto de percibir su presencia. 
   Durante el camino el niño habló para distraerse y le contó todas las aventuras posibles vividas entre los callejones y en los rincones oscuros de aquella ciudad. La actividad ciudadana se había visto reducida a unos cuantos hombres bebiendo para olvidar o quizás varias damas de la noche haciendo acopio de todo el calor posible,tratando de ignorar el frío que se colaba por sus pronunciados escotes.
   -Por cierto, señorita.-Dijo de pronto el niño.-¿El gato es suyo? Es un animal realmente bonito. 
   -¿Mio? No sabría como responder a esa pregunta.-Dijo la mujer, aun agarrada al delgado brazo de aquel joven.-Digamos que somos compañeros ocasionales de aventuras.-Dijo la dama,dedicándole una pequeña sonrisa de medio lado aquel niño, que al momento miró al frente mientras rascaba la cabeza del gato, cómodo y aceptando el transporte gratuito como un privilegio necesario para su gloriosa majestad. 
   -Pues quizás necesite descansar, porque su gato está algo triste. Quizás el viaje ha sido largo. Algunos animales no llevan bien lo de los viajes largos. Quizás él sea uno de ellos, aunque tiene la mirada que tenía yo cuando me dejó mi novia. 
   -Tan joven y ya con el corazón roto.-Dijo la mujer.En lo que se advertía de su rostro había cierta gravedad y diversión entremezcladas. 
   -Sí, fue hace dos semanas. Un mes de relación a la mier...a la porra porque uno mas grande y fuerte le mostró que yo era débil y la gente débil no merecía tener una novia tan bonita como ella.-El niño dejó salir un suspiro realmente sentido.-Pero bueno, hay muchos peces en el mar, quizás no con sus pecas o su cabello rojo pero sí que sea menos superficial.
   -¿Y nuestro peludo amigo tiene la misma mirada?.-Preguntó la mujer. 
   -Sí, señorita. Cuando ella me dejó todos mis amigos dijeron que mis ojos se habían apagado un poco, como si hubiera perdido la alegría de vivir. Y es que creo que parte de mi alma se fue con ella y sus alegres caminares. 
   -¿Son todos los jóvenes de esta ciudad como usted?.-Preguntó la dama, caminando con su acompañante a la luz de las farolas de reciente instalación.
   -Bueno, verá, soy alguien que a pesar de mi juventud ha perdido muchas cosas. Cosas que nadie le va a poder devolver y que yo mismo no podré recuperar. Eso antes me traía por la calle de la amargura que por cierto, está dos calles mas allá, hasta que un sabio vagabundo ya fallecido me dijo que cuando pierda algo material no me preocupe, que lo que prevalece es el recuerdo o el conocimiento. Y es verdad. Así que cuando pierdo o me roban o me rompen algo, trato de aprender de la experiencia.-El niño pensó que quizás hablaba demasiado y que quedó callado unos instantes-Por cierto. Veo que nuestro amigo no ha pasado hambre.
   Aquello al momento provocó una reacción en el gato de lo mas esclarecedora de su opinión sobre su peso corporal. Levantó la cabeza, lo miró con la ofensa mas viva que se pudiera imaginar por parte de un felino y de un salto fue a los brazos de su amiga de piel fría, que no tuvo problema en sostenerlo con un solo brazo sin soltarse de su sabio guía.
   -En verdad le tenemos algo consentido en la casa.-Dijo la mujer con una pequeña sonrisa.
   La viva imagen del orgullo era aquel gato en ese momento, que se giró hacia la mujer antes de volver a aposentarse sobre su discreto escote.
   -¿"Lo tenemos"? ¿Tiene novio, señorita?.-Preguntó el niño de pronto.
   La mujer lo miró a través de la pequeña redecilla.
   -No. El amor en ese aspecto siempre me ha evitado. De vez en cuando unas pocas conocidas y yo nos instalamos en una casa y este pequeño caballero oscuro es el rey durante el dia y parte de la noche. Creo que es esta la casa.-Dijo, quedándose quieta frente a una mansión de gran gala. Aquel era una de los barrios mas ricos de la ciudad.-¿Le gustaría pasar esta noche con nosotras? Debe de tener mucho frío.
   -Oh, no es necesario, señorita. Saliendo de este sitio puedo encontrar un refugio para gente que esté lejos de su casa o no tenga seguramente ahí esté mi hermano mayor.-Dijo el niño mientras hacía una reverencia de lo mas educada.-Voy a ser la comidilla de los bajos fondos por acompañarme de una dama tan bella como usted y buena y amable.-Dijo, levemente ruborizado. 
   Aquel pequeño acto de sonrojo enterneció a la mujer, que se acercó y dejó un suave beso en su mejilla. Fue un beso cargado de hielo, de peligro, un acto que de forma inconsciente paralizó y activo todos los instintos en el cuerpo de aquella pequeña y, de pronto, indefensa criatura. 
   -Espero que nuestros caminos se crucen dentro de poco tiempo. Entonces hasta pronto. Nuestra puerta estará abierta para usted en cualquier momento.
   El niño se marchó tranquilamente mientras la dama llamaba a la puerta. Le abrió una jovencita encantadora, de grandes ojos azules que cuando vio al gato no dudo en sacarlo de su lugar de placentero reposo y alzarlo por los aires. 
   -¡Señor nekito!.-Dijo la encantadora señorita que se lo llevó para que reposara sobre sus piernas.-¿Quiere dulces señor neko?.-preguntó toda curiosa.-Hoy he visto muchas cosas raras. La gente es educada pero se equivocan al conducir por el lado que no es.-Dijo mientras sus dedos paseaban por el pelaje del señor gato con sus grandes ojos azules llenos de ternura e ilusión.
   -Quiere una amada.-Dijo la dama de vestido verde tras sacarse el tocado de la cabeza con la pequeña red y revelar unos grandes ojos del color de la sangre. 

domingo, 21 de mayo de 2017

El Inquisidor.

   Los cascos del caballo resonaron por el camino, estruendosamente a pesar del terreno húmedo por las lluvias. Era una pequeña estela de tierra por donde circulaban habitualmente los carros y los transeúntes que se movían entre los dos pueblos. Las telas de la túnica del jinete se movían como alas escarlatas. Las pocas personas que lo reconocían en la distancia al momento se apartaban en señal de respeto. El caballo negro devoraba la distancia como si fueran apenas unas pocas briznas de hierba para su boca y se enfocaba en seguir el recorrido obedientemente, veloz como el viento. Su propietario estaba pegado a su compañero de viajes, con la cabeza levemente inclinada, mirando hacia delante, en una postura que le permitía ganar algo mas de velocidad. Los campos se extendían a ambos lados, tanto los ya cultivados como aquellos que esperaban a ser trabajados, pertenecientes a los pastos mas tardíos del año. Los pocos agricultores que estaban arando la tierra lo miraban desde la distancia, con clara curiosidad, mucha extrañeza y algo de temor y miedo. Ver a un Inquisidor no era habitual por esas tierras, pero eso solo significaba que el diablo caminaba cerca.
   A las entrada del pueblo vino a recibirle un pequeño grupo de personas. Según se iba acercando el grupo aumentó y entre sus rostros veía todo tipo de cosas: miedo, curiosidad, ira, fervor, ¿placer?. El hombre de rojo desmontó de su caballo y caminó hacia el grupo. Se adelantó un hombre realmente malgastado por la vida. Aun a pesar de sus ojos claros, estos tenían grandes bolsas debajo delos ojos, poco caballo en la cabeza y le faltaba algún que otro diente. 
   -Bienvenido, señor Inquisidor.-Dijo el hombre.- Soy el alcalde de este pueblo, Nos alegra que haya recibido nuestra llamada pero no le esperábamos tan temprano aquí.
   El juez, hasta el momento ignorando al hombre,  mirando las caras de los demás, se fijó en él. El representante de Dios miró al representando del pueblo desde su altura y con abierta curiosidad, como si le resultara extraño que alguien se le hubiera podido acercar tanto sin él darse cuenta. Miró de nuevo al grupo y avanzó hacia la muchedumbre, que al momento bajó la cabeza en señal de respeto, menos un par de niños. Los observó también durante un rato. Miedo, había miedo en sus rostros. Los ojos del Inquisidor se volvieron hacia el alcalde. 
   -Mi caballo está cansado y yo también.- Dijo sencillamente quien sería reconocido mast  arde como una figura de importancia -Después de descansar trataremos los asuntos que me traen aquí en nombre de Dios.
   -Por supuesto señor.-Dijo el alcalde.-Por favor por aquí. 
   -¿Tienen taberna?-Preguntó de pronto el Inquisidor.
   -¿Disculpe?.-Dijo el alcalde, sorprendido ante esa pregunta- S-sí, por supuesto. Por aquí entonces.
   -Le sigo.- dijo el recién llegado con voz firme pero tranquila.

   La taberna era un lugar humilde, como prácticamente todo el pueblo. Unas pocas lámparas de aceite le daban un toque acogedor al lugar, pero sin duda el ambiente estaba algo cargado de tensión. El Inquisidor aspiró el aire. Trataban de disimular las malas esencias con lavanda. Sin duda los responsables del lugar se esmeraban en hacer sentir cómodo al recién llegado. 
   -Buenos días señor.- Dijo el tabernero junto a la que parecía o su hermana o su esposa.-No le esperábamos tan temprano en nuestra humilde taberna. 
   -Nadie espera encontrarse a la Inquisición española.-Dijo el siervo de Dios, con una pequeña sonrisa.-Tengo sed y hambre pues no he comido ni bebido en todo el día. 
   -Oh Dios mio.-Dijo la mujer.-Eso no se puede permitir.-¿Le apetece algo en concreto?
   -Agua, algo caliente y nada mas. Aunque debo exigirles con todo descaro una cosa.-Dijo aquel hombre que habían consagrado la vida a servirle al Altísimo
   Ambos encargados de la taberna se miraron. Nunca habían atendido a un Inquisidor, y quien sabe que extraño ritual culinario les podía pedir, o favores.
   -Permítanme pagarles. Creo que es lo justo para con Dios y para con ustedes que yo, humildemente, les de buen precio a personas tan honradas y trabajadoras.-Dijo el siervo divino.
   Ambos se relajaron. Suspiraron de alivio. A pesar de que la Inquisición velaba por los buenos cristianos, era verdad que algunos semejantes eran mas propensos a dejarse tentar por el poder de su puesto. Aunque claro, quien denunciaba eso terminaba pagándolo, y no precisamente con dinero. 
   La comida fue humilde. El vaso de agua reposaba sobre la mesa, al lado de un pequeño cuenco de carne con unas pocas verduras. Las intenciones de agradar y hacer sentir cómodo al cliente eran sinceras. Sin duda lo tendría en cuenta para cuando informara a sus superiores. Una pequeña chimenea estaba tratando de abarcar con su luz toda la estancia. Aunque era de día, las nubes estaban flotando en los cielos y aquella chimenea tenía mucho mas trabajo que realizar. Los pocos hombres ahí presentes lo miraban de vez en cuando, atendiendo ocasionalmente a sus bebidas y sus cuencos de comida. Se abrió entonces la puerta y los niños que el Inquisidor había visto a su llegada entraron a la taberna.
   -¡Por favor, no mates a mi hermanita!.-Dijo uno de los niños.
   -¡Niños! ¡Por Dios!.-Dijo la encargada, que como una ventisca se plantó entre el enviado de Dios y los niños, tratando de echarlos.-
   -Mi buena señora.-Dijo el hombre de rojo, levantándose un momento para poner orden.-No importunan lo mas mínimo con su presencia mi deliciosa comida, La cual ha preparado con tanto esmero.-Con lo que parecía una sonrisa tranquilizadora invitó a los niños a sentarse.-Bien, niños. ¿Sabéis quien soy?
   Uno de ellos asintió, el otro mas pequeño sencillamente miraba.
   -¿Tenéis hambre?.-Preguntó el Inquisidor, mirando a ambos fijamente. Estaban claramente algo sucios, con un poco de barro en la cara,ropas sencillas, de trabajo. Muy jóvenes para trabajar. "Los niños tienen que jugar",pensó el hombre escarlata.
   Los niños asintieron ante su pregunta.
   -Bien.-Se giró hacia la mujer, que estaba cerca, con todos los feligreses escuchando.-¿Podrían ponerles un poco de comida a estos valientes? No todos los días un hijo de Dios ve a un Inquisidor y lo encara como él -señaló al mas mayor de los niños, de unos ocho años- ha hecho.
   Después de comer y beber un poco mas de agua, los niños le contaron su historia. Al parecer lo que estaba causando tanto revuelo era la supuesta posesión de su hermana. El demonio se había instalado en aquel pueblo para causar el pánico usando a la pequeña de doce años para sus malévolos fines. Su madre había muerto hacia unos pocos años y su padre se encargaba de todas las tareas del campo y del hogar. Hacía un año que la hermana de su madre, tia de los niños, había decidido hacerse cargo del papel materno y hacía unos meses que habían comenzado todos los problemas.
   El hombre escuchaba. Alternaba la mirada entre el mayor y el mas pequeño,que lo miraba fijamente. era perturbador pero la curiosidad infantil a veces era abrumadora en sus claroscuras intenciones. el metódico análisis de los rostros revelaban algo realmente sorprendente: la absoluta verdad.
   -¿Puedo ver su espada?.-Dijo el mas pequeño de pronto.
   -¿Que espada?.-Dijo entonces el niño mas mayor.-Los hombres de la Iglesia no llevan espada. No seas tonto.
   -Pues yo soy una excepción.-Sonrió el hombre escarlata tras ponerse en pie y apartar un poco la túnica para revelar el pomo de una espada.-Eres observador, hijo.-Dijo el hombre, mirando al mas pequeño.-Ahora os tengo que dar una orden.-Sonrió ante la visible tensión delos infantes.- Decirle a vuestro padre que venga. Y al alcalde.
   Los niños desparecieron como una exhalación tras apurar los últimos restos de sus cuencos.

   Momentos después entraban el alcalde, con su mirada cansada y el padre de las criaturas. No se sabría decir cual ofrecía un espectáculo mas lamentable. Si de por sí el líder de aquella aldea parecía estar en una constante amenaza de caer desmayado, el padre de la acusada y por tanto de los dos niños tenía ese brillo en la mirada de ausencia absoluta. Estaba totalmente destrozado. Esos ojos habían estado llorando. No tenía cansado el cuerpo, tenía cansado el corazón y rota su alma.
   -¿Hay algún lugar donde podamos hablar en privado?.-Preguntó el Inquisidor, dirigiendo una mirada a los curiosos feligreses, alguno mas en los brazos de Baco que otra cosa, pero nunca se sabía quien podía fomentar falsos rumores.
   -Por supuesto señor.-Dijo el alcalde.- Si gusta puedo guiarle a mi casa, Habíamos preparado justo unas pocas horas antes una cama. No esperábamos que se presentara aquí tan temprano.
   -Nadie espera encontrarse a la Inquisición.- Los labios del siervo escarlata se curvaron en una sonrisa. Solamente él parecía entender el chiste.
   Durante el camino, con el propio alcalde abriendo paso, el Inquisidor se dirigió al padre de los niños.
   -Hábleme de su hija.-Dijo tan solo. No había exigencia, a revés, su petición era en tono de sugerencia, y el tono de usted era sincero en todo momentos.
   -No es una mala niña, señor, se lo puedo jurar por lo que mas quiero, que son mi esposa, en paz descanse y mis hijos.-Aquella voz desesperada hizo pararse en seco al interrogador, girarse hacia el y mirarlo fijamente. El hombre titubeó, como si pensara que ha dicho algo malo.-¿He dicho algo malo, señor?.
   -¿Su esposa ha fallecido?.-Preguntó el Inquisidor, con la incipiente melena ondeando al viento.
   -Sí, señor,-Dijo el padre de la niña.-En un invierno enfermó y antes de la primavera se había reunido con Dios.-En su voz había un dolor apenas contenido. Sus puños cerrados y su tensión definían a un hombre que había realizado la gran hazaña de aquellos tiempos tan difíciles: amar.
   -En caso de demostrarse que ha sido una buena sierva de Dios, que ha cumplido con los mandamientos en todo momento y que no ha causado mal alguno a esta honrada comunidad, entonces no tiene nada que temer.-Dijo aquel hombre serio pero tranquilo en su proceder, mirando una última vez al padre antes de indicarle que siguieran caminando hacia la casa del alcalde.
 
   La casa del alcalde era realmente confortable. Estaba construida toda de madera, con un suelo de piedra. La esposa del alcalde los recibió con toda su afabilidad; se trataba una señora agradable, entrada en carnes pero con un aura de gran atractivo y muy despierta, a diferencia de su marido. El Inquisidor observó la habitación a donde le llevaron, donde se hacían las reuniones y las quejas, y que en un futuro podría servir de sala de interrogatorios. No era digna de palacio, pero podía albergar a unas cuantas personas, en su mayoría a los denunciantes y denunciados. Había una gran mesa con sillas. El hombre de rojo observó todo con detenimiento. Sin duda sería un buen sitio. Habría agradecido una puerta un poco mas gruesa, para que no entrara ni saliera ningún sonido del exterior pero no se le podían pedir peras al olmo.
   -Señor.-Dijo el Inquisidor a padre de la niña.- Usted va a ser mi primer testigo, veamos que tan bien funcionan las estancias de esta casa para los procedimientos inquisitoriales..- Se sentó en una silla y señaló la que tenía en frente.
   -Pues usted dispondrá, señor Inquisidor.-Dijo el padre, visiblemente afectado ante la sorprendente invitación a sentarse delante de alguien que tenía el destino del alma de su hija en sus manos.
   -Hábleme de ella dándome todos los detalles de su comportamiento en lo últimos meses.
   Y el padre habló. Habló durante unas cuantas horas, tratando de enhebrar todos los detalles puros y buenos de su hija, pero asombrosamente sin dejarse los defectos que caracterizan a todo ser humano. Al parecer la niña era dulce, pero con carácter, gustaba a casi toda la comunidad. Desde el alcalde hasta la tabernera le tenía aprecio. Cada granjero la conocía de vista como mínimo y habían hablado con ella de cosas varias. Era inteligente pero terca, producto de la joven edad o como rasco natural, quien sabe. A las dos horas de interrogatorio llegó el momento de hablar de los fenómenos extraños: cosechas que se echaban a perder cuando la niña pasaba cerca, vacas que abortaban, agua dulce que se volvía salada. En este punto el interrogador estaba mas serio,atendiendo a todas las explicaciones que le daba el padre de la criatura. Durante esos momentos, ante un sentimiento de impotencia el padre parecía a punto de echarse a llorar. El Inquisidor no movía ni un solo músculo de la cara mientras le escuchaba. Una vez finalizado el testimonio despidió al hombre que debería dormir en su propia casa esa noche.
   -Por cierto.-Dijo el recién llegado cuando el padre estaba a punto de salir.-¿Sus cultivos también se han echado a perder?
   -Sí, señor.-Dijo el padre, algo contrariado por la repentina pregunta.
   -Entonces, sea lo que sea que ronde estos lares, ha de ser realmente maligno como para que ni el amor qué su hija siente hacia usted impida que sus bienes se echen a perder.- El espadachín se dio cuenta a destiempo de lo desafortunado de su comentario, pero no había vuelta atrás.-Traiga a su hija junto a unos cuantos testigos mañana por la mañana. La niña será interrogada por la tarde.
   El padre de la posible bruja se retiró compungido. A veces aquel hombre vestido de rojo no tenía mucho tacto con las personas afectadas en su corazón por la posible pérdida de un ser querido, y mas cuando había lazos tan fuertes de por medio.
   El Inquisidor se acostó en la cama que le habían proporcionado y se sumió en profundos sueños que lo llevaron a tiempos pasados, donde se derramaba la sangre en nombre de Dios, donde todo lo bello estaba prohibido, donde la duda ante la fe era perseguida. Eran aquellos tiempos, y los de ahora era iguales, nada había cambiado. Soñó con las caderas de aquella mujer, con sus ojos,con sus labios. Era la guerra y tuvo que decidir. Mientras dormía lloraba, cuando enterró la espada en su corazón supo que nunca mas las cosas serían igual. Recordaba el olor de la madera quemada, el sentimiento del amor mezclado con la tristeza mas honda. Sintió en su mejilla aquella última caricia, el sabor de sus labios mezclado con el de sus lágrimas. Nadie apreció el cambio. Solamente le juró a Dios que no tomaría parte, siempre que le fuera posible, en esas atrocidades.

   Despertó de golpe, con unas palabras en la cabeza, con ese acento de Oriente, con su voz tan dulce y tan aterciopelada. Era como un espacio en blanco donde la imaginación, la sugestión, lo que fuera, se transformaban, en este caso, en una revelación. Escuchó su voz, sintiendo una mano que acariciaba su rostro en los primeros segundos donde el sueño y la realidad se mezclan, reconocería esa caricia en cualquier sitio y esa voz en cualquier lugar: "La niña es inocente". El hombre miró a la nada, aquella habitación bastante humilde en la que habían colocado una Biblia junto a la espada,apoyada esta sobre contra la pared, acierta distancia. Se vistió, desayunó decentemente abusando por última vez de la hospitalidad de aquel matrimonio de gran importancia política en el pueblo y salió a investigar.
   Al principio había reticencia en lo que a hablar se refiere. Los pueblos eran lugares donde todo se sabía. Que el forastero, aun siendo representante de Dios, lo llegara a descubrir, era otra cosa. Granjeros, ganaderos, un par de canteros, señoras de su casa o incluso otros niños, tenían buen concepto de ella, de la acusada. Durante el interrogatorio habló con las víctimas de sus hechizos, algunos ya estaban hasta el límite de las fuerzas ante tanta desgracia. Aparecían de vez en cuando testimonios de que su existencia era un sin vivir a pesar de todas las ofrendas a santos y todos los rezos a Dios. La situación sin duda era extraña.
   Llegó el momento de hablar con la tía de la niña, la hermana de su madre.
   -Créame, señor Inquisidor, que yo solamente quiero que mi querida sobrina esté realmente feliz, que tenga una vida normal, pero parece atraer la desgracia sobre todos aquellos que pretenden algún bien a esta comunidad. Hago todo lo posible por tratar de llenar el hueco que dejó su madre.Esos niños no pueden crecer sin una madre. Dios creó al hombre ya la mujer para que juntos cuidaran a los retoños que concibieran.
   -¿Considera al padre de la niña incapaz de cuidar el solo a sus hijos?.-preguntó el Inquisidor a la mujer, que al momento pareció ponerse algo nerviosa.
   -No, por supuesto, pero ya sabe, dicen que siempre está bien un pequeño toque femenino en este tipo de asuntos.
   El Inquisidor la miró fijamente a los ojos durante unos segundos.
   -Hábleme de ella. Hábleme de la madre de la niña.-Dijo el Inquisidor con una voz susurrante.
   -Era mi hermana, señor Inquisidor, ¿que mas le podría decir? que nos criamos juntas, que pasamos buenos y malos momentos. Las cosechas se sucedieron y llegaban los amores de verano, que nos peleábamos por chicos o por un par de collares de cuentas. No se que podría hablar de ella que no sea algo común entre las hermanas.
   -¿Que le gusta hacer?.-Preguntó el Inquisidor.-¿Alguna afición en particular?
   La mujer le miró algo desconcertada.
   -¿Montarás un improvisado juicio para investigar mis actividades?-La tía de la niña sonrió y el Inquisidor apreció incluso algo de nerviosismo pero la mujer se lanzó al momento.- Cuando está todo hecho me gusta dar algún que otro paseo por el bosque y sus cercanías. Antes de mudarme a vivir con mi cuñado y sus maravillosos niños vivía en el pueblo. Ellos viven en los alrededores, donde las granjas mas grandes y que requieren mas espacio. A veces ayudo a la anciana que vive en medio del bosque, la cual dicen que es una hechicera pero a mi solo me parece una mujer necesitada de cariño.
   -Ajá... ya veo.-Dijo el Inquisidor anotando unas cosas.-Creo que eso es todo. Muchas gracias por haberme dedicado su tiempo.
   -Todo sea por el bien de la niña, es inocente, dulce y muy cariñosa. El vivo retrato de su madre.-Dijo la mujer, tía de la niña, hermana de aquella pobre cristiana muerta en circunstancias lamentables.

   El hombre de la Iglesia estaba exhausto después de dar tantas vueltas buscando información, aun así llevó a cabo una última acción de investigación. Se dejó llevar por los pies, por las señales que Dios le diera.
   -Señor.-Dijo el hombre de rojo, sujetándose su el sombrero del mismo color que lo protegía de las lluvias torrenciales o del sol infernal.-Se que te he pedido muchas cosas pero sabes que casi soy tan siervo de la Verdad como de ti. Déjame encontrar el camino a la verdad.
   Al momento se hizo el silencio. El viento dejó de soplar, el sol comenzó a iluminar pero no se escuchaba un solo insecto siquiera. Todo se quedó quieto. El hombre se quedó estático, mirando con toda sorpresa aquel lugar,como si lo redescubriera. Una sensación de paz le invadió durante unos segundos hasta que un sonido por encima de su cabeza llamó su atención y una paloma blanca voló hasta las inmediaciones de un bosque.
   El Inquisidor siguió aquella señal y los pies le llevaron hasta donde se alzaba una pequeña casa de madera. Había un pequeño huerto y no sea preciaba la mano del hombre en nada mas, como si la casa pretendiera molestar lo menos posible en el crecimiento de aquel bosque. El Inquisidor se acercó a aquella casa y trató de ver por la única ventana que había. Apenas podía distinguir unas pocas sombras del mobiliario. Las zarzas y hiedras se estaban apoderando cada vez mas de los laterales de la casa. Se acercó a la puerta y llamó un par de veces. Cuando iba a darse por rechazado las puerta se abrió sola.
   El siervo de Dios dudó durante un momento pero se decidió a entrar. Lo que tuviera que ser que fuera ahí y ahora. El interior estaba lleno de ramilletes colgantes de varios tipos de plantas y flores. En el fondo de la estancia un caldero y algunas cabezas de animales muertos y disecados.
   -¿Que ven mis ojos?.-Dijo una voz centenaria.-¿Un demonio que viene a clamar venganza?
   El hombre miró en todas direcciones, sin ver nada que pudiera delatar la presencia de nadie que no fuera él. Su rostro era una máscara de piedra que vigilaba en todas direcciones para poder identificar un posible ataque mientras llevaba la mano al pomo de su espada.
   -No finjas.-Dijo la voz.-No te hagas el asustado. Tu corazón está totalmente tranquilo, apenas te has alterado tras el susto inicial y solamente deseas buscar respuestas.
   Apareció entonces frente a el una mujer anciana, bajita, de cabello grisáceo pero ordenado. Quien usara la imaginación podría adivinar que en tiempos pasados habría atraído mas de una mirada. Los largos dedos se sostenían los unos a los otros y su rostro reflejaba calma pero sus ojos parecían inquietos. Los ojos pequeños estudiaron a la figura roja que tenía delante. Se acercó un poco mas y pareció oler el aire que le rodeaba.
   -Ahhhh amor perdido en la tragedia entre Dios y Alá. Adelante, adelante, pasa.-Dijo con tono burlonamente cálido.
   -¿Que sabes, bruja?.-Preguntó el Inquisidor mientras se acercaba a donde ella le indicaba, cerca del caldero que borboteaba entre aromas variopintos y nunca percibidos por su nariz.
   -La niña es inocente.-Dijo la bruja mientras removía el caldero haciendo que vapores de diversas coloraciones salieran de su interior. Tuve la oportunidad de hablar con ella y supe que era realmente alguien especial pero no para sembrar el caos. Al revés. Cuando salió de mi casa tuve que rociar con sangre de rata toda la casa para que se estabilizara el aura.
   Cierto, había algo en aquel lugar que alteraba los sentidos de una u otra forma que ocultaba las realidades que se extendían mas allá del aspecto extravagante de aquella vivienda. El mal fario, el mal agüero. 
   -Alguien venía a pedirte ayuda. Alguien quería algo que solo tú le podías ofrecer pero tú no eres el mal de este pueblo. Eres una especie de intermediaria de ese mal.-Dijo el hombre acercándose a la bruja, que le había dado la espalda, como si lo ignorara. Cada una de los elementos de aquella casa, si se afinaba la vista, estaban diseñados para todo tipo de males. pero también algún bien. Colgado de una de las paredes había un rosario, un pequeño chillido salió de ninguna parte: ratones.-Estamos en tiempos en los que una sola envidia puede matar a varias personas. 
   -Ahhh el hombre rojo no es tan tonto. Los de tu calaña por lo general primero queman y luego suele hacer las preguntas consecuentes, nunca aceptan sus errores. Me gusta como piensas. seguro que entre las múltiples razones de su amor, ella te amaba con todo su corazón por esa cabecita tan inteligente..-La bruja le miró, esperando su respuesta.
   -Creo que ya tengo la respuesta que ansiaba,-El inquisidor le dio una bolsa llena de monedas, que la bruja cogió al vuelo, con sorprendentes reflejos.-¿Tiene algo para las pesadillas? 
   -Para las pesadillas sí, para causarlas y quitarlas. No quiero presumir pero con mis conocimientos puedo incluso hacer abortar a las vacas. Pero tú no tienes pesadillas, sencillamente es que no te perdonas a ti mismo, demonio español-Dijo la bruja, en clara referencia al pasado de aquel hombre que había consagrado durante unos meses su vida mas al amor que a Dios, y este le había castigado con dureza. 
   -Con gran aflicción me despido entonces, señora.-Dijo el Inquisidor,cerrando la puerts a sus espaldas. 

   -Bueno bueno bueno.-Dijo el Inquisidor, mirando a la niña sospechosa.-Por fin te conozco.-Dijo el Inquisidor sonriendo por primera vez desde que había llegado al pueblo. 
   -¿Me va a llevar a la hoguera?.-Dijo la niña. era una pequeña infanta de apenas unos diez años que no podía llegar con los pies al suelo desde la alta silla.-Me dijeron que los Inquisidores llevan a las niñas malas a las hogueras, que todos los hombres buenos y mujeres de bien no deben temer el fuego de Dios pero yo tengo miedo ¿soy mala?
   -¿Que? No,`por el amor de Dios. Eso lo dice alguna persona que está quemada de la vida.-El Inquisidor pensó eso último.- bueno haremos como que no he dicho eso último.-Entonces el Inquisidor sacó algo de un maletín que había suscitado las sospechas de todo tipo cuando medio pueblo le vio entrar en la habitación con él. Puso sobre la mesa dela improvisada sala de interrogatorios un papel y unos cuantos lápices.-Quiero que dibujes a tu familia. Y te voy a decir algo realmente importante: quiero que la dibujes con el corazón, como los ves tú. Solamente yo veré ese dibujo. 
   -¿Dios no lo verá?.-Preguntó la niña.-A lo mejor dibujo algo que no es de su agrado. 
   -Dios respetará tu intimidad tanto como tu lo desees. Así que ahora estamos tú, yo y Dios, que está mirando a otro lado pero de una forma u otra nos ayudará.-Dijo el Inquisidor. 
   La niña se puso manos a la obra mientras el Inquisidor se dedicaba a leer un libro que sacó de una de las mangas de sus ropajes. Fueron transcurriendo los minutos. 
   -Señor.-Dijo la niña.-Me falta azul.
   El hombre bajó el libro y miró todos aquellos colores desperdigados por la mesa.
   -Oh, perdón.-Dijo, acercándose a la niña, aproximando la mano a su oreja y sacando un lápiz de color azul.-Todo tuyo.- sonrió el Hombre de forma cálida. 
   -¿Como ha hecho eso?.-Dijo la niña toda sorprendida. 
   -Algún día te lo enseñaré.-Aseguró el mago rojo con una risotada. 
   La niña puso pucheros pero se dedicó al dibujo para no contrariar o enfadar a un representante de Dios tan estrambótico para sus compañeros de la Iglesia. 
   De vez en cuando el Inquisidor le preguntaba algunas cosas que iba anotando mientras la niña seguía dibujando.Sin duda lo poco que el hombre de Dios estaba viendo parecía bastante elaborado, con fondo de paisaje y todo. Siguió leyendo su libro sobre un pensar que estaba causando gran revuelo entre sus compañeros. Le gustaba comprender aquello que no entendía y quizás asimilar las ideas del enemigo para futuros debates.
   -Ya está.-Dijo la niña, entregándole el dibujo mientras movía las pequeñas piernas por debajo de la mesa, con su humilde vestido. 
   El Inquisidor miró el dibujo atentamente. Una gran figura masculina estaba en el centro junto a una casa. La niña se había representado a sí misma como mas grande que sus hermanos a pesar de la edad. Era valiente. Había dos figuras femeninas. Una al lado, mas cerca de un bosque hecho con unos pocos árboles que de la familia y otra que parecía observarlo todo desde las alturas. 
   -¿Quienes son estas dos mujeres, encanto?.-preguntó la alta figura. 
   -Esta de aquí.-Dijo la niña señalando la figura que se internaba en el bosque.-es mi tía, que da muchos paseos por el bosque. Y esta es mi mamá, que seguramente está con Dios porque enfermó y se reunió con él para estar mucho mejor. O eso me dijo papá.-Dijo la niña, triste, bajando la mirada.
   -En efecto, ella está bien.- dijo el Inquisidor, poniendo una mano sobre la mano de la niña.-Me mandó una señal Dios y a través de una paloma blanca encontré aquello que necesitaba, para saber la verdad.
   Dijo entonces una voz muy sutil.
   "Siempre será mi princesa de barro"
   -Que siempre serás su princesa de barro.- Dijo el Inquisidor, sintiendo una mano sobre su hombro en el momento en que escuchó las palabras de aquella esposa y madre que había nacido para amar. 
   -¡Así me decía mamá!.-Dijo la niña-¿Entonces es verdad que ella me cuida. 
   "Y siempre lo haré, mi amor,a ti y a tus hermanos"
   -Y siempre lo hará. A ti y a tus hermanos, que te quieren.-Dijo el siervo divino.-Puedes irte, encanto, Gracias por ayudarme y toma.-Dijo tendiéndole el dibujo. 
   -No, señor, quédeselo. Puedo hacer otros dibujos parecidos pero usted no verá uno igual al mio, nunca. Es todo suyo como regalo. 
   -Gracias.- Dijo en apenas un susurro.-Te acompaño, pues he tomado un veredicto. 
   
   -A las claras la niña es inocente.-Dijo el Inquisidor al alcalde ya todos los reunidos alrededor del hombre de rojo.- El mal tiene muchas caras, pero sin duda mis pesquisas han revelado que Dios no hace mas que amar a cada segundo a esa criatura inocente. Lo que me ha traído aquí no es las malas cosechas, no los abortos de animales, ni la leche agria. Lo que me ha traído aquí es un plan maligno para secuestrar la voluntad de un hombre, destruyendo la alegría que había en su corazón. Lo que me ha traído aquí ha sido la envidia hacia una buena mujer que dio todo por hacer feliz a su esposo y por darles todo a sus hijos, que nada les faltara.
   El Inquisidor sacó la espada y la blandió en alto con una sola mano. la bajó y señaló a la tia de la niña, ahí presente. 
   -Eras su hermana. Era tu sobrina la niña a la que querías mandar a la hoguera. 
   -¿Que? ¿yo? No, señor.-Dijo la mujer, visiblemente sorprendida y nerviosa.-No me diga que la niña le ha hechizado a usted. 
   -He hablado con tu amiga de los bosques, mujer. Tú te asegurabas de envenenar el ganado. Curioso es que solamente era el ganado o los cultivos de aquellos con los que disentías. Y ella.-Dijo el Inquisidor señalando con el dedo a la niña,.- Es el vivo retrato de aquella  mujer que fue tu hermana pero odiaste en cuanto conquistó con el corazón al hombre que tú decías amar. La envidia te corrompió, y cuando la madre murió no podías evitar ver a tu hermana y rival en los ojos de esa niña, de esa viva imagen de su madre que te recordaba a cada rato los pecados que habías cometido.

   Lo que siguió fueron gritos, disputas y un par de gestos amenazantes con un martillo y una oz. la mujer confesó. Había estado toda la vida detrás de un hombre que nunca le correspondió y cuando la hermana de aquella pretendienta llegó al pueblo desde la ciudad, todo fue demasiado rápido para que el corazón, espíritu y escrúpulos de aquella mujer pudieran templarse y organizó un plan desmesurado para que la madre no solo muriera sino que la niña iba a seguir por el propio camino. la arrogancia y la vanidad hicieron acto de aparición y ahí la primera equivocación: quería que la niña ardiera y cada uno de los viles actos que la tía organizaba estaban destinados al descrédito y la condena pública. La mujer fue ajusticiada por la espada del Inquisidor, que no quiso quedarse mucho mas en aquel pueblo. El pueblo aclamó la sabiduría del hombre. 

   Por el camino, montado en su caballo, una figura se presentó de la nada. Los mimos ojos que la niña a la que había salvado, pero sin duda mucho mas mayor, mas avejentada por la enfermedad que la había matado hacía un tiempo. Se miraron largo tiempo.Entonces el fantasma alzó la mano, como queriendo ofrecer algo al hombre solitario en el camino.
   -Ella me lo ha dado para ti.-Dijo con voz lejana.
   Al desaparecer la figura fantasmagórica. unos bellos crótalos dorados estaban sobre la palma de su mano. 
   El Inquisidor rompió a llorar. 

miércoles, 26 de abril de 2017

El caballero Halcón.

La bruma cubría el mar con un manto de desconocimiento e intriga. El oleaje era bajo, pero aquella calma relativa no hace sino poner mas nerviosos a todos los marineros presentes. Hacía semanas que habían emprendido la travesía y sehabían encontrado con un buen viento y buen clima hasta ese momento, en el que las velas languidecían por momentos. Se escuchaba el crujido de la madera ya gastada por los años. Un bajel de buena edad era aquel barco, un buque de líneas estilizadas, rápido y eficaz. No les faltaban provisiones pero era algo realmente aterrador no saber lo que se venía a mas de dos metras delante de las propias narices. Era momento de quietud y silencio. Los observadores, en lo alto del mástil central, no acertaban a ver tierra o agua, y era ese el motivo por el que se había ordenado parar la embarcación en seco y quedarse quietos hasta que la bruma cesara.
   -Esta bruma me cala los huesos y me da dentera, y he estado cerca del Polo Sur un par de veces.-Dijo un hombre de avanzada edad que viajaba como pasajero. Un señor hasta el momento encantador pero también callado y algo taciturno, que pasaba mas rato en el camarote que fuera de él.
   -No se preocupe, buen hombre.-fijo un grumete, recién contratado y que daba mucho que hablar a las damas de buena vida del puerto.-En estas latitudes es normal encontrarse bancos de niebla así, aunque la verdad me preocupa que se allá aposentado tan rápido la niebla. Y no es niebla, es bruma, se ven los grumos casi en el ambiente.-Bromeó, recordando cierta gracieta en una cantina hace unos meses.-Tenemos víveres y todo lo demás está mas que agarrado y amarrado. Solo nos toca esperar.
   El anciano se quedó mirando al gran espacio blanco que se extendía mas y mas allá. Como bien se sabe había sido un viaje sin supuestos accidentes pero en aquel momento todo había sufrido un parón demasiado abrupto, un frenazo en la ruta que dejaría muchas dudas de si llegarían a tiempo según pasara el ídem.

   Dentro del barco, en uno de los camarotes, otro hombre se encontraba afanado en estudiar los intrincados mecanismos de un aparato de medición cronológica, también conocida como reloj, mas exactamente un reloj de su entera propiedad que había dejado de sonar hacia mucho tiempo y que cada cierto espacio de tiempo, cuando tenía oportunidad, trataba de arreglar. Toda la estancia estaba ocupada con libros y manuscritos. Aquel hombre era un hombre de ciencia, dela corriente de la razón que había comenzado a azotar a las mentes mas abiertas y liberales. Era un autodidacta esclavo del aprendizaje, sometido a los mandatos de la diosa Atenea. En su cabeza había todo tipo de datos, inquietudes y preguntas. Se aposentaba a si mismo en un trono digno de su alto nivel intelectual pero que a su vez le impedía ver las obviedades de su alrededor. Mirando entonces un reloj auxiliar se dio cuenta de que faltaba poco para la noche y procedió a la investigación de un campo hasta ahora poco explorado: la astronomía. Así es que tomó su telescopio, subió a la cubierta,ignorando las caras de extrañeza de la tripulación y del anciano, el cual había decidido bajar a su camarote para calentarse un poco, y con toda la razón de su experiencia instaló l telescopio en donde consideró que no debía de molestar mucho.
   -¿Se lo dices tú o se lo digo yo?.-Preguntó un marinero a otro.
   -Ninguno de los dos. Es un hombre de ciencia.-Dijo el segundo poniendo tono pomposo.
   Hicieron falta mas o menos unos diez minutos para que el hombre esclavo de Atenea se diera cuenta de que la diosa Fortuna no estaba presente y el estudio de las estrellas, planetas, cometas y demás tenía que esperar.
   -Maldición.-Dijo el aprendiz de sabio.

   Entonces todo el barco, varias toneladas de madera, se inclinó hacia un lado, de forma repentina, tirando a muchos de los presentes en cubierta al suelo. Dentro de los camarotes, los pasajeros habían salido al pasillo pero respetando el paso de aquellos que estuvieran empleados en la embarcación, los cuales como un solo hombre se pudieron a trabajar en el informe de daños y lo que fuera que chocara contra ellos.
   -¡No!¡mierda mierda mierda!.-Se quejaba el hombre de ciencia al descubrir que su telescopio se había roto.
   Unas manos lo agarraron por los hombros y lo apartaron en el momento en que una bola de cañón hacía estallar el telescopio en mil pedazos y dejaba un gran boquete sobre la cubierta.
   Al momento salía el capitán para poner orden y concierto entre sus hombres.
   -Informe de daños.-Dijo con una gran calma mientras le entregaban un catalejo, el cual desechó una vez se dio cuenta de la niebla.-Sáquenos de aquí timonel.
   -Haré todo lo posible, capitán.-Dijo el timonel, un hombre de brazos fuertes y espaldas anchas.
   -Contaba con ello de antemano.-Dijo el capitán al aire.-Partiremos de la premisa de que son piratas. Mantengan la calma, hagan su trabajo y luchen por cada trozo de madera.
   -¡Sí, Capitán!.-Dijeron el segundo oficial, el oficial de derrota y todos los que le hubieran escuchado. Se impartieron las órdenes, se hizo un informe de daños. Se habían abierto varias vías de agua pero los carpinteros estaban trabajando en ello. la brea hacía su función junto al martillo y los clavos.
   Los grandes buques de línea estaban diseñados para tener un equilibrio entre velocidad, ataque y resistencia, y aquel barco no era una excepción. Por debajo de la cubierta, un enjambre de marineros estaban perfectamente coordinados para poder devolver desde los cañones de la batería de estribor el fuego enemigo. Mas no dispararon hasta tener al barco enemigo a tiro, lo que tardó tiempo y puso bastante nerviosos a los tiradores. Entre todos ellos había un oficial que paseaba con una pequeña sonrisa entre aquellos que estaban a sus órdenes. La guerra lo seducía como aquella mujer en cierto puerto lejano, entre cervezas y muchos marineros borrachos.. Le llegaba el aroma de la pólvora y de la sangre. En muy poco tiempo la pacífica travesía había incurrido en una pelea a muerte contra un enemigo casi invisible. pero finalmente había aparecido.
   El enemigo era un barco mucho mas tosco, antiguo, pero sin duda sabía como moverse para poder tomar por sorpresa en aquel lugar a sus enemigos. Aunque la niebla ciertamente había ayudado.  nadie de aquella tripulación le parecía que semejante bruma viniera en una época y lugar adecuados. Era realmente extraño y mas cuando se trataba de un oportuno ataque sorpresa consecuente a eso. Dentro de toda esa actividad, los pocos pasajeros que iban se habían refugiado dentro de sus camarotes, en el centro de la embarcación. El anciano veía junto a una niña a todo los marineros pasando de aquí para allá mientras gritaban órdenes. El científico se encontraba en un rincón, entre sus libros y escritos,con miedo, mucho miedo. Tenía cientos de ideas en su cabeza pero ahora todas giraban en torno a la certeza casi absoluta de que podría morir.
   Los cañones seguían escupiendo y el abuelo y su nieta estaban realmente atemorizados, con mucho miedo.
   -¡Abuelo tengo miedo, tengo mucho miedo!-Los grandes ojos de la niña estaban anegados en lágrimas, era un espectáculo desolador para cualquier corazón con un poco de sentimiento en su interior.
   -Tranquila, mi bella princesa, todos estos hombres valientes nos protegerán. Estoy seguro de ello.-Decía el anciano tratando de proteger a su nieta todo lo posible.
   Desde el otro barco salió una andanada de bolas de cañón que dejó casi sin timón a aquel elegante buque, con la mala fortuna de que unos cuantos hombres resultaron muertos.

   Curiosamente una de las explosiones fue a provocar un agujero en la pared de una de las habitaciones. En ella, hasta hace un momento, había estado dormitando el pasajero mas silencioso y menos molesto de toda la embarcación. Pero el agujero en su pared le había descolocado el sombrero de media ala. Dos ojos con la determinación del halcón se abrieron de par en par y emitieron sus labios un quejido producto de la pereza. A diferencia de los pasajeros, él no había usado su cama en todo el viaje, Dormía en un rincón que le permitía vigilar el único acceso: la puerta.
   -Estaba durmiendo.-Dijo con voz acerada. nadie le escuchaba pero gustaba de expresar sus pensamientos en voz alta.- Aunque Su Majestad se va a enfadar si se entera de que no hice nada.-Entre sus temas sacó una pequeña botella y bebió un trago. Su capa de viaje estaba algo raída. Sus ropas eran oscuras y tenía dos cintas de balas cruzadas al pecho. Su rostro afilado dejó claro su desagrado cuando de pronto le llegó el aroma a pólvora y sangre.-Fin de la siesta.
   Agarró entonces un estuche y sacó un magnífico fusil, un milagro tecnológico de los últimos años. A diferencia de las armas de fuego de esos tiempos, este rifle permitía disparar varias veces en un minuto. El complejo sistema de resortes y gas estaba protegido por una cubierta metálica, lo que le añadía peso pero también fiabilidad y resistencia. Un intrincado conjunto de lentes le permitía tener al objetivo mas cerca aun estando a varios cientos de pasos. El agujero en medio de la pared le sirvió de buena posición. Apuntó y miró a los ojos de uno de los tiradores de cañón del barco que estaba tratando de abordarlos. .
   Sus ojos eran la clave. Hacía muchos años había entregado cosas muy preciadas para poder tener aquel don. Había sido reclutado entre los tiradores mas expertos del Reino para tener algo de lo que enorgullecer a su familia, especialmente a su padre. Había crecido como un niño tonto y asustado, que poco a poco fue recibiendo lecciones de vida muy duras para su temprana edad. Un día conoció a una mujer, una supuesta hechicera y adivina que leía el futuro y supueastamente prodigaba milagros a cambio de un sacrificio. Le pidió una gota de sangre. No parecía mucho, aunque la realidad sería mucho mas dura.
   -Tú tienes los ojos del halcón.-le había dicho la anciana, llena de verrugas y con una extraña aura de poder a su alrededor.-Podrás ser el cazador que nadie escucha, aquel que mata desde las alturas sin ser visto. Podrían depender reinos enteros de tu golpe certero.-Decía con una rotundidad realmente intimidante.
   -¿Mi padre estará orgulloso de mi?.-Preguntó aquel joven de nariz y rasgos afilados, esperanzado de no ver esas miradas de profundo odio.
   -Ay hijo.-Dijo la mujer, mostrando por primera vez un rasgo de sentimiento en su voz.-Lo siento, tu padre acaba de morir.
   La noticia de la muerte de toda su familia a manos de unos rufianes sin alma lo dejó en un profundo estado de apatía. Su vida se vio truncada en un solo momento. Aquel había sido el auténtico sacrificio que había ofrecido, pues su madre y hermanas eran realmente buenas con él, y nunca supo pagarles toda esa generosidad y misericordia. Cuando llegó a la casa era tarde. Los cimientos ya se habían derrumbado sobre ellos y estaban todos muertos. Su corazón se quemó en esa casa. Luego llegaron las peregrinaciones a ninguna parte, las peleas de taberna, el alcohol. Y finalmente un día fue reclutado para las filas del Reino. Tres disparos a distancias de casi un kilómetro y un instructor despierto y con sentido común fueron mas que suficientes para que se notificara sobre sus capacidades a la mismísima Reina. Esta quiso recibirlo y aquel día, en aquellos ojos, vio el brillo del recuerdo, del dolor, de alguien que con un color totalmente distinto de ojos, mostraba la misma vida llena de pérdidas.

   Los ojos de halcón fijaron el objetivo. Un disparo de esos de gala, de exhibición, sería mas que suficiente. Espero. la espera era importante. El cañón había sido cargado y a él solo le hacía falta seguir los movimientos de la antorcha, que brillaba entre la humareda. Sus ojos lo veían prácticamente todo, nada le molestaba o entorpecía su visión cuando fijaba el objetivo.

   -Es importante llevar el tempo en la batalla.-Le decía uno de sus compañeros de armas, cuando ya había sido nombrado Caballero.- En el momento exacto se puede ganar una batalla con muy poco.

   Esperó, y entonces vio como la antorcha bajaba. Cualquiera lo podría ver, pues ambas embarcaciones ya se estaban acercando casi a distancia de abordaje. Entonces disparó. La bala de su fusil salió hacia la boca del cañón justo en el momento en el que la bola de explosivos salía del cañón del barco pirata. El impacto de ambos proyectiles hizo que la bola explotara, causando el caos en aquella cubierta baja del barco enemigo. Sabedor del tiempo que tenía comenzó a disparar,aprovechando la confusión del momento. mató a tres piratas y entonces cambió de posición. Se levantó y corrió como una exhalación, casi al mismo tiempo con el que subía el humo de la explosión inicial.
   "El halcón necesita un sitio alto para cazar". Esa era la frase que resumía su filosofía de vida. La cubierta de arriba estaba totalmente inundada de gente que disparaba, corría o trataba de rechazar a los primeros piratas que querían abordar el barco. El capitán luchaba contra tres, demostrando que era un excelente espadachín. Se mantenía tranquilo pero apuraba mucho el cambio de posición. Un disparó y el capitán solo tendría que luchar contra dos. Se le unió en la pelea, con dos dagas especialmente diseñadas para el. No le gustaba usarlas pero a veces la situación lo requería.
   -Gracias. buen hombre.-Dijo el capitán, observando el rifle.-Curioso arma.
   -Son tiempos curiosos.-Dijo el hombre de colores pardos antes de subir por las escaleras hacia donde estaba el timón, en la parte trasera. Entre un montón de cajas encontró una buena posición. le quitaba la vista de muchos tiradores de cañón pero en aquel momento lo importante era despejar y proteger la cubierta principal. Apunto y disparó con tranquilidad. Cada segundo contaba, sí, pero como le había dicho una vez una anciana, si tienes prisa, vístete despacio. Cada bala era un disparo perfecto.
   La batalla duró uno cuantos minutos mas. Se notaba que el capitán del barco pirata tenía buen sentido estratégico, pero había errado en la presa, a la cual solo le pudo dar unos pocos mordisco pero sin llegar a arrancar nada de carne. Un halcón la custodiaba.
   -¡Se retiran, capitán!.-Dijo uno de los novatos reclutados en el último puerto, que había estado durante toda la refriega protegiendo unas escaleras... debajo de ellas.
   -Muchas gracias por esa información tan útil, casi tanto como su defensa de las escaleras que conducían directamente hacia los camarotes de nuestros pasajeros.-Dijo el capitán.

   Apenas unos minutos después el barco continuaba su camino, algo mas renqueando, pero llegaría sano y salvo a casa. Al fin el halcón podría volver a su nido. 

lunes, 10 de abril de 2017

Las ondinas.

   Los vapores llenaban la estancia con aromas exquisitos, finamente elegidos para que alguien de la nobleza no se sintiera molesto o contrariado por el gusto de su anfitrión a la hora de prodigar la higiene personal en aquel lugar lleno de mil detalles, habitaciones y pasillos. Aquel lugar de relajación estaba decorado con las estatuas de las ondinas que habían inspirado a los poetas a hablar maravillas del mar. Algunas vertían cántaros de agua eterna sobre la superficie. las pareces estaban recubiertas de mosaicos que reproducían escenas de lo mas cotidianas en las antiguas sociedades griegas. En el centro, Dominando la mayor parte de la extensión, había una bañera. Aunque bañera era quedarse realmente corto. Era mas bien un depósito de aguas termales que habían sido conducidas a aquel lugar para ser motivo de relajación de los invitados. Aunque ahora no estaba realmente concurrido. Solamente una persona se encontraba relajándose después de un día duro. O no tan duro.
   La bella dama estaba totalmente hechizada por los aromas. las esencias y sales de baño la habían llevado a lugares lejanos. Se había perdido entre sus pensamientos, mirando el crecimiento de una flor o viviendo grandes aventuras y experiencias repentinas de cambio y muchos dulces. Su cuerpo parecía hecho para ser expuesto como una estatua similar a las que decoraban aquel ambiente tan sumamente relajante. largas piernas, cintura fina acompañada de unas caderas acostumbradas a bailar. busto firme y digno, rostro de facciones dulces como la miel y ojos azules como el cielo despejado. Su mente estaba llena de planes, ideas y pensamientos de todo tipo, pues no solamente viajaba por el mundo sino que visitaba otras realidades diariamente, acompañada de grandes amigos de mucha confianza.
   Habría que hacer una corrección. No estaba sola. Un gato de estambre, recientemente conocido, había sido nombrado como encargado de velar por su seguridad. Sus ojos aparentemente vacíos no perdían detalle del entorno. había sido orientado hacia la única puerta de entrada para poder tener un buen punto de partida en caso de que se produjera algún tipo de problema. Aquella estancia también contaba con una ventana alta por la que se colaba la luz de la luna. La iluminación eléctrica brillaba por su ausencia pero muchas velas se encargaban de darle un ambiente mucho mas íntimo, recogido y tranquilizador. Las esencias del ambiente relajaban los músculos y las tensiones que pudieran agobiar a la encantadora criatura.
   -Me encantaría visitar la tienda que me dijeron que hay en la ciudad de ese caballero. Dicen que hay muchos dulces.-La felicidad y la ilusión se reflejaba en su voz.-Y me gustaría visitar su ciudad y conocer a su gente. Me pregunto si habrá morados en aquel lugar. ¿Que? No, no creo que sea tan adinerado como para comprarme toda la tienda. Pero mira.-Le dijo a su amigo de estambre.
   La encantadora criatura se inclinó para alcanzar una caja que le habían traído hace poco. En ella había muchísimos dulces distintos: desde caramelos duros sin relleno hasta bombones con rellenos de todo tipo.
   -Mira este bombón.-Dijo, sacando un pedazo de chocolate con la forma de castillo mas bella que haya visto nunca cualquier artesano o ser humano.-No me lo comí aun porque es precioso ¿no crees? Y aquí hay dulces de todo tipo mira.-saco un dulce de sonreír mucho.-¿Quieres?.-le ofreció al guardián de estambre, que rechazo cortesmente lo que le ofrecían.-Oh vamos...vas a quedarte en los huesos si no comes algo.-Ante la insistente negativa la señorita decidió comerse ella el dulce y al momento estaba sonriendo.-¡Soy feliiiiiiiiiz!-Volvió a darle la espalda al guardián para desplazarse un poco por el lugar, mirando de cerca los detalles de las estatuas de mujeres y hombres que vertían el líquido caliente en aquellas aguas termales. Algunas de las ninfas estaban desnudas y otras se cubrían tímidamente ante la mirada pétrea pero lasciva de unos silfos de piedra que echaban agua por los cuernos. En el centro había un grupo de silfos y ninfas que descansaban apoyados los unos contra los otros. Uno de ellos miraba hacia la entrada, la que estaba vigilando justamente en ese momento el gato de estambre, unos metros mas allá. Entonces a la señorita se le ocurrió una gran idea y decidió presentar al amigo de estambre y al de piedra para que los dos vigilaran la puerta. hacían una pareja excelente.

   Los minutos pasaron. La mente de la dama se ponía a viajar de aquí para allá, pensando en cosas varias. Los vapores de aquellas aguas termales reproducían frente a ella todo tipo de visiones. Juraría que en mas de una ocasión había escuchado risas cristalinas y dulces o flautas e instrumentos extraños sonar. Cuando abría los ojos no había nadie pero esos sonidos no le daban miedo. Sabía que era un lugar seguro y se le había advertido de las propiedades de aquel lugar, pero siempre era bueno tener a un protector tan eficiente como aquel gato de estambre. Apoyó la espalda contra las piernas de una ninfa que parecía a punto de ponerse a bailar. Su expresión era tan viva, su cuerpo tan absolutamente detallado, que parecía real. Tal vez lo fuera. Quizás había sido o es una persona de verdad, pero no tenía tanta conversación como su amigo gatuno.
   -Hola.-Le dijo igualmente a la ninfa.-¿le importa que me apoye aquí para que pueda tener otra perspectiva?.-
   Se escuchó entonces que la puerta se abría. La dama llegó a ver el momento justo en que el picaporte se giraba para abrir la puerta. Los efectos del dulce de sonreír mucho se le pasó de pronto y se dio cuenta de que la caja de dulces estaba fuera de su alcance. Se fue nadando hasta donde estaba su amigo de estambre, el cual agarró. No sabía quien entraría pero era bueno prevenir. Los vapores se fueron condenando a su alrededor creando una niebla espesa que apenas le dejaba ver quien estaba al otro lado cuando la puerta se abrió.
   Lo que la señorita no vio fue que un caballero de negro pelaje había entrado en aquel lugar. Con paso seguro y sigiloso se dejó llevar por los aromas. Había estado durmiendo hasta hace un momento pero los vapores lo habían atraído hasta aquel lugar. Y algo mas que no tardó en detectar pues los dulces le encantaban, al igual que a la señorita que en ese momento tenía un poco de nervios por saber de quien se trataba. El gato de estambre protegía a la bella y dulce dama con ahínco mientras el visitante daba cuenta de lo que había en la caja. Finalmente hizo saber su presencia con un maullido.
   -Me suena ese mullido.-Dijo la encantadora señorita. Se fue acercando, con su amigo de estambre entre los brazos.
   Los vapores se fueron despejando y entonces la señorita vio al gato negro comiéndose un bombón en forma de barco, magníficamente detallado. 
   -Hola señor nekito.-Dijo ella. Para los poco instruidos en japonés, "nekito" era una forma inventada de diminutivo de la palabra "neko",que en japonés significa "gato".
   El caballero de negro pelaje miró a la dama con dos grandes ojos castaños que pasaron a naranja al momento. Aquella capacidad la dejó fascinada durante unos segundos. Sus ojos cambiaban el tono constantemente; de rojo a verde, de verde a amarillo y luego a morado. Se acercó a aquella mujer, reconociéndola como una prodigadora de cariño y ella, con unos dedos humedecidos y algo arrugados por el agua le acarició suavemente el lomo. La bola de pelo negro se acercó a la señorita y frotó su cabeza contra esas firmes colinas que serían el descanso ideal para muchos guerreros. La dama sonrió mientras sentía el suave pelaje contra su pecho y siguió dándole mimos:
   -¿No te quieres bañar? el agua está templada y hay muchas sales y aromas en el ambiente.-Dijo con una sonrisa la mujer, que había acomodado al gato en el regazo. 
   Este la miró unos instantes con unos ojos que fueron pasando del color azul claro mas intenso de los violetas. Y sin pensarlo dos veces, saltó al agua, salpicando a la alocada criatura divina, que se asombraba de lo bien que nadaba el señor gato. Este se dirigió hacia donde se encontraba el grupo de estatuas de elfos y silfos junto a las ninfas y se aposentó encima de la cabeza de uno de aquellos seres maravillosos, convirtiéndose en un vigilante mas. 

lunes, 20 de marzo de 2017

Medicina prodigiosa.

   Una ciudad al lado de un bosque. Puede parecer algo sencillo, casual, hasta incluso bello como contraste y como pequeño contrapunto entre el hogar de Gaia y el mundo artificial del ser humano. El verde se mezclaba con lo gris, la vida mas auténtica con la existencia mas gris y a veces deshumanizada, como si fuera el propio hombre quien se quisiera desposeer de aquel maravilloso don que son las emociones y los sentimientos. Acompañaba a todo ello un cielo que parecía plomizo, que sentía la necesidad de estar descargando agua cada poco tiempo. Además,  todo el mundo sabe que al lado de un bosque siempre hay cientos de historias y leyendas sobre seres maravillosos. Aquellos seres a veces se mezclaban con la humanidad, entre aquellos que les consideraban extraños y a veces incluso malignos. Tiempo había pasado desde que un hombre sabio determinó y, mas importante aun, convenció a sus iguales de que aquellos seres en su mayoría no eran malignos. En su mayoría.


   El doctor se había levantado como cada mañana y se había despedido de su mujer, como cada día. Las grandes personas tenían grandes horarios, pero él no era un gran hombre, solamente un médico de criaturas fantásticas. Un tipo de especialista en seres no-humanos, criaturas vivientes, formas de vida no clasificadas, especímenes raros, entidades inefables y la lista continuaba. Como siempre, llegó puntual. Ah por cierto, que ese médico no era especialista exactamente en todo eso. Era doctorado en el cuidado y bienestar de las crías, bebés, cachorros o creaciones recientes de todos los entes anteriormente mencionados. Y mas, mucho mas. Poco tiempo había pasado desde que el primer par de hadas habían estudiado leyes en lo que se consideró uno de los grandes choques culturales entre la humanidad y la no-humanidad (El concepto "no-humanidad" aun estaba en debate entre muchos filósofos y biólogos). No duraron muchos años, apenas completaron un par de cursos pero la facultad de derecho tiene los mejores jardines de todo el país. A día de hoy los jardineros de la universidad cercana no se han tenido que preocupar por un solo pétalo.

   Llegó debidamente tranquilo, conforme a sus pacientes fueran llegando trataría de cumplir el servicio a la sanidad pública lo mejor posible y para casa. La consulta parecía normal, con sus lámparas, sus instrumentos y todo eso, pero si uno afinaba la vista veía de todo, y cuando se dice de todo es que es de todo. Se abrió la puerta y entró una madre con su bebé. esta parecía bastante alarmada y sinceramente a punto del ataque de nervios. La enfermera presente trató de calmarla mientras rápidamente el doctor, con su apacible tranquilidad se encargaba del niño. Era regordete, de sonrisa encantadora, manitas y pies muy activos, mirada inquieta y ojos grises. Sería todo un portento entre las damas. Aun no tenía los dientes. se le veía saludable. Midió pulso, temperatura... todo normal. El doctor alzó la ceja levemente, preguntándose a que venía tanto revuelo por parte de su madre. 
   -¡Doctor!.-Dijo la progenitora de la criatura.- ¡Mi hijo se ha vuelto verde!.-
   El médico se giró de nuevo al niño, que le devolvió una mirada brillante y llena de encanto:
   -Ah, pues sí.-Dijo con toda tranquilidad. Sonrió levemente.- Pues sí, es verde.  Tomó al niño en brazos y lo sentó en la mesa de las consultas, frente a él.- A ver, muchachito. Vamos hacer la prueba de fuego.
   Encima de la mesa había un jarrón con unas flores, para darle un toque alegre a todo lo blanco de aquel lugar. Tomó una de las flores y la puso al alcancé de la mano del niño. Este instintivamente la agarró y la flor, cerrada hasta ese momento, se abrió de golpe.
   -Señora...-Dijo el médico pero la mujer le interrumpió. 
   -¡Señorita, que soy soltera y muy orgullosa!
   No aguantaba a ese tipo de madres, preocupadas mas del título o estado civil que de sus hijos. 
   -Señorita.-Dijo el buen hombre tras tomar aire para tranquilizarse.-Su hijo ha sido bendecido por un espíritu venusiano, creadores innatos de vida. El color verde se irá haciendo cada vez mas pálido pero dejará una marca en alguna parte de su cuerpo. A partir de ahora nada de carne, solo alimentos vegetales y mucha fruta. 
   -Pero pero...-La mujer se quedó como en shock.-¿No será normal nunca mas?
   -Solo hasta donde el quiera serlo. Él y solo Él-Recalcó el "Él" muy bien, pues intuía de que pie cojeaba la señora- Puede decidir su destino. 
   El rostro de la mujer pasó de confusión a indignación, seguidamente a ofensa, y luego tomó a su hijo y se fue sin mucha educación. 
   
   El siguiente paciente no tardó mucho en llegar. Este sí que era preocupante. Desde lo que probablemente sería un embalse natural, un matrimonio de castorianos trajo a su hijo. Al momento estaba en la cama. Eran seres realmente curiosos, conservaban grandes rasgos humanos, podían caminar a dos patas pero tanto las manos como los pies eran palmeados. No llegaban a mas de un metro cincuenta y solían evitar las urbes. Salvo que fuera cuestión de vida o muerte. 

   El pequeño estaba totalmente paralizado, con la mirada desencajada, como si estuviera viendo los mas grandes horrores. Sus dientes, tan útiles para morder la madera, estaban temblando. 
   -No sabemosh que le pasha a mi niño doctor.-la madre estaba al borde de un ataque de nervios. Quien hablaba era el padre, que se abrazaba a su desconsolada esposa. 
   El hombre encargado de aquel asunto descorrió las persianas. La ventana daba al mar. La visión del mar era buena para los castorianos y los tranquilizaba. Mismamente la madre y esposa, así como su marido parecieron sentir el influjo del vaivén de las olas. Con el fonendoscopio escuchó el corazón ty la respiración.La respiración fallaba. 
   -Señora.-Dijo el doctor.- Necesito que me diga lo mas rápida y completamente posible la vegetación predominante en su hogar.
   La memoria de los castorianos para lo que había y no había en su territorio era algo demencial:
   -Shietemil doscientos cincuenta eucaliptos, cuatrocientosh dos roblesh, ciento veintitresh abedulesh y...-la señora castoriana se puso pálida.-No...-La mujer miró a su hijo.-Le dije que no se acercara.
   -Enfermera, pinzas.-Dijo y sin ningún tipo de delicadeza, abrió la boca del niño e introdujo las pinzas en la garganta cuando aquella mujer se las alcanzó. El cuerpo del pequeño se sacudió, las manos palmeadas casi le arañan la cara. Los castorianos estaban acostumbrados a defender su territorio con uñas y dientes. Fueron minutos angustiosos pero al fin, en alto, las pinzas sostenían un fragmento de madera color pardo rojizo con un poco de sangre del pobre niño.
   Al momento el chico pareció despertarse de un mal sueño, estaba pálido y sudoroso, temblaba y parecía algo desorientado. Al ver a su madre, alargó los brazos entre lágrimas y padre, madre e hijo se abrazaron mientras el doctor depositaba la astilla en un tarro y lo cerraba. Les dejó un rato para que todos se tranquilizaran y una vez sentados cada uno en su lugar, con el niño refugiado en el pecho de su madre, les extendió un papel.
   -La dirección de un ferretero también especializado en maderas. Denle esto.-Acuñó y firmó el papel.-maderas blandas durante un mes, nada de exquisiteces como bog y bambú. Y ébano mucho menos.
   -¿Esho es madera blanda, doctor?.-preguntó entonces el niño mirando el tarro lleno de depresores de madera lingual.
   -Sí, pero creo que durante el proceso alguien fue acusado de acercarse a cierto árbol al que se le dijo que no se acercara..-Dijo el doctor.- Pero también soy consciente delo que es el miedo a este tipo de cosas así que toma.-Le dio un par de ellos.-Creo que eso es todo.-Dijo levantándose al mismo tiempo que los padres y el niño y acompañándolos a la salida.
   Nada mas salir, el rostro de ese hombre se volvió serio y anotó en un papel que debía de telefonear al departamento de guardas forestales para que tomaran cartas en el asunto. No se podía permitir nunca que un tejo estuviese en las cercanías de un bosque habitado por castorianos. Los niños podrían atragantarse.
   -Que pase el siguiente.-Dijo el hombre que se encargaba de curar a eso pequeños querubines.
   Cerca de él, donde se encontraban las flores en el jarrón, todas empezaron a florecer de repente. El médico se las quedó mirando un instante hasta que se abrió la puerta y la enfermera hizo pasar a los reyes del bosque.
   -Majestades.-Dijo el hombre poniéndose en pie y haciendo una reverencia, componiendo su mejor sonrisa.
   Los reyes del bosque eran los dos seres mas poderosos del bosque, los que estaban mas en armonía con la vida hasta el punto de hacer aparecer esta con solo su presencia. El Rey Fauno y la Reina Ninfa, la pareja mas bella del mundo. El mitad hombre y mitad cabra (se ofendía si le decían eso) siempre iba ataviado con sus ropajes agrestes, su orgullo y su absoluto deseo de que se le obedeciera en todo, aunque siempre era cabal y se sometía a las indicaciones médicas pertinentes. Reconocido internacionalmente como uno de los mejores músicos de la época, causaba la admiración de muchas y la envidia de muchos. La marcada virilidad de sus facciones eran a su vez el marco de unos ojos azules y de extrema frialdad. Todo ello estaba enmarcado con un cabello negro que parecía traslucir tonos verdes.
   La Reina Ninfa era casi el opuesto a su marido en carácter. Era bondad y belleza absolutas. Se decía que la misma muerte se había enamorado de ella y que por eso a ella ya su marido les había concedido la inmortalidad. A su estilizada figura se acompañaba un aura de algo que no se podía describir. La vida le rodeaba por todas partes. Dos orejas puntiagudas sobresalían por los lados de la cabeza, enmarcada en una cabellera similar a la de su marido pero con todos dorados. Cada paso era como si flotara. Sus ojos eran del color de la miel mas pura y la dulzura con que lo miraban todo era proporcional. Todos los ojeadores de belleza se fijaron en ella. Sus gestos destilaban pulcritud, dignidad y amor absoluto hacia todo aquello que fuera bueno. Su cuerpo estaba cubierto con un vestido de gasa blanco que confería pureza a toda la atmósfera. Era realmente complicado no quedarse estático ante la impresión de su estampa.
   Detrás de ellos estaban los pacientes. Una pareja mixta de gemelos que habían nacido hacia muchos años. Ella era un calco de su madre pero tenía los ojos de su padre, incluida la frialdad. El niño tenía pequeños cuernos en la cabeza, apenas unos puntos a ambos lados de la frente. El niño rezumaba felicidad, aunque se llevaba de vez en cuando las manos a los cuernos y componía una cara de dolor muy notable para el observador aunque discretamente disimulada por el orgullo. Su hermana una cara de pocos amigos como pocas se han visto en la historia de esa consulta. Nunca se separaban ambos hermanos.
   -Al Príncipe le duele la cabeza.-Dijo la niña al momento con sonrisa burlona.
   -¡No es verdad!.-Dijo el niño, llevándose al momento las manos a la cabeza.
   -¡Comportaos, no avergoncéis a la familia!.-Dijo el Rey mientras se adelantaba un paso. Un genio vivo de voz profunda.
   -No curre nada Majestad.-Dijeron el doctor y la enfermera al mismo tiempo. se miraron,sonrieron y el médico habló.-Veamos.
   El médico se acercó al niño, haciendo amablemente a un lado a la niña, bajo la mirada atenta de sus padres. Posó sus manos sobre la cabeza del niño. Palpó largo rato. Notaba la continuación de los pequeños cuernos. El niño miraba a la nada con su rostro teñido de dolor, dignidad y orgullo. Era un valiente, digno calco de su padre.
   -Bien.-Dijo entonces el doctor apartándose.- Si me permite, me gustaría que levantara los brazos lo mas arriba que pueda.-Dijo levantando él también los brazos, alcanzando una enredadera que había salido mágicamente del techo. El aura de vida de aquella pareja llegaba a los rincones mas inesperados.-Ahora estire.-El niño estiró todo lo que pudo mientras ignoraba el clavel que salía del suelo.-mas-
   -No puedo estirar mas, doctor.-Dijo el Príncipe. Ambos padres se habían encargado de que sus hijos no ostentaran su posición y trataran con educación y respeto a los profesionales de todos los empleos habidos y por haber.
   -Y ahora hace así.-Bajó los brazos de pronto sin dejar de tenerlos estirados, hasta parecer que era una momia de las clásicas películas de hace décadas.
   El niño lo imitó y entonces se produjo el milagro. Los cuernos salieron. Sin embargo eso trajo consecuencias; toda la sala explotó en vida y de pronto las pocas plantas que había empezado a germinar se multiplicaron. Esto fue apenas unos pocos segundos. El médico miró en todo momento el rostro del niño, que era la viva imagen del dolor y el placer. Mas dolor que placer. Cuando te sacan los cuernos de golpe no es precisamente algo fácil de asimilar. Unos flamantes cuernos con puntas rojizas adornaban la cabeza del príncipe. Esto no le impedía estar conteniendo un grito de dolor. Su madre se adelantó y se puso a su altura tras apartar un pequeño matorral.
   -Has sido muy valiente hijo.-Dijo con el infinito amor que le caracterizaba pero probablemente su corazón temblaba de tristeza al haber visto el dolor en uno de sus principales motivos de existencia.
   Quien se había quedado totalmente congelado era el progenitor. Miraba a su hijo con ojos desorbitados. No se creía lo que acababa de ver y luego dirigió la mirada al doctor.
   -¿Como lo ha hecho? ¿Como lo sabía?.-El Rey compuso de nuevo su gesto digno y orgulloso, el cual realmente nunca había perdido. No del todo.
   -Verá Majestad.-Dijo el doctor mientras escribía en un papel.- El primer día que vine aquí a trabajar me pusieron como primer caso una niña con gripe. No fue problema y la despaché pronto. Mi siguiente caso fue un niño, un bebé mas bien, que cuando estornudó desapareció delante de mis narices. Su madre se puso histérica porque nunca sabía donde iba a parar. Tuve que pensar rápido y entonces le pregunté cuales eran los gustos culinarios de su hijo. Ella empezó a decirme y descubrí que cerca de aquí hay una tienda de golosinas. Solo tuvimos que esperar y entonces cayó en la trampa.-El médico sonrió entregándole el papel.-Imaginación. Solo he usado la imaginación..
   El Rey Fauno inclinó la cornuda cabeza en señal de respeto y los niños, pegados a sus padres se marcharon también con digna reverencia. Algo unía a los gemelos que hizo que en el momento del latigazo de dolor, la hermana dejara la sonrisa burlona y abrazara a su hermano,susurrándole palabras tranquilizadoras. Probablemente a ella le esperaba el largo y lento proceso de crecimiento de las orejas, y siempre podrían contar con el doctor para cualquier problema.
   Entonces este se giró para hacer balance de daños. Se habían caído unos cuantos frascos, instrumental que fue directamente a la basura, pero nada grave. Era algo que muchas veces suponía un gran esfuerzo a las cuentas y al presupuesto. En ciertas ocasiones el propio doctor había tenido que poner de su bolsillo para mantener todo el material a punto y los aparatos en su sitio. Fue justo cuando ponía en una esquina la máquina de electrocardiograma cuando se dio cuenta de que aquellos seres apenas gastaban electricidad.
   La puerta se abrió de nuevo y encontraron un padre con su niña, ambos realmente pálidos. Se sentaron y el doctor miró al caballero y luego a la bella criatura, con una sonrisa. El hombre era realmente atractivo, de rasgos suaves, rezumaban confianza, autoridad, seducción. Tenía buen gusto para la ropa, como tratando con mucho éxito de mantener un toque clásico pero a un mismo tiempo estar a la moda. La niña traía un  La enfermera, fuera del campo de visión del doctor miraba a ese hombre, tan elegantemente vestido. La niña era un caso similar, de piel realmente pálida, ojos azul claro, como su padre. Se sabía que eran parientes por no solo el color sino por todo el contorno, la forma de mirar y un par de gestos muy característicos de su especie: reacción instintiva al sonido y análisis del entorno. Miraron a todos lados, como buscando una amenaza.
   -¿Y bien? ¿Que les trae por estos humildes lares, caballero y señorita?.-Dijo el doctor al ver que ninguno de los dos iniciaba la conversación o exponía el problema.
   -Verá doctor.-Dijo el padre.- Mi hija ha tenido un pequeño accidente. Vamos cariño, enséñale lo que tienes en la mano.
   La niña miró a su padre con algo que parecía resentimiento y futuros planes de venganza ante una ofensa que el doctor no captaba. Entonces, derrotada e impotente, alzó una de sus manos y el doctor se sorprendió al descubrir que en la extremidad faltaban dos dedos. En su lugar había dos muñones que echaban lo que parecía humo.
   -Oh, entiendo. Pues creo que...-Se interrumpió al irse la luz.-Pues vaya por dios.
   En aquellos días habías muchas tormentas y a veces la red eléctrica fallaba pero no solían ser apagones muy prolongados. A cambio, al quedar la habitación a oscuras se sabía que posición ocupaba el adulto y cual la niña porque en medio de la oscuridad se veía un par de esferas a mayor altura que otro par de haces de luz azul.
   -¿Ocurre algo doctor?-preguntó el padre, intrigado. Los vampiros no notaban en lo mas absoluto la diferencia entre oscuridad y luz artificial como la de los fluorescentes que se habían apagado de pronto.
   -Un apagón tan solo.-Dijo el doctor mientras rebuscaba en un cajón. Encontró un mechero y lo encendió. Prendió un par de velas de emergencia y las dejó a un lado para escribir una nota para el boticario. Los boticarios volvieron a resurgir tras ese contacto entre el mundo humano y el mágico.-Échele esto en la herida un par de días. En ese tiempo tendrá de nuevo los dedos bien.
   Las dos esferas mas altas y las dos mas bajas se elevaron un poco al mismo tiempo, indicando que se habían puesto en pie tras tomar el papel con toda delicadeza.
   -Gracias doctor. Que tenga buen día. - Y sin mas se fueron.
   -Gracias doctor.-Dijo la niña, pero su voz no sonó desde la puerta, sino justo en su oído, antes de que la fría presencia se desvaneciera.
   -A este paso me jubilo antes delos cuarenta.-Dijo el médico en medio de la oscuridad.-¿Alguien mas? O mejor aun, esperemos a que se restablezca el flujo de corriente, por favor.
   -Sí, doctor.-Dijo la enfermera mientras se acercaba a las velas para rellenar informes varios de pacientes.
   Tras volver la luz pasó el siguiente caso. Dos masas incorpóreas y oscuras llegaron a través de la pared. Iban seguidas de una tercera masa que era mas blanquecina y se mostraba remolona. Parecían emitir pequeños latidos y pulsos de calor. Para los días fríos eran perfectos aunque solían ser entidades muy independientes.Y ese era un día frío, como casi siempre en aquella ciudad (de ahí la presencia de vampiros). La masa mas pequeña, blanquecina, se mantenía al margen. Los fumus se situaron en dos lugares distintos de la consulta pero se observaba la unión de ambos con la pequeña masa blanquecina.
   -Muy bien, veamos que pasa.-Dijo el doctor, sacando de uno de los cajones de la mesa una linterna. Se dio cuenta entonces de que podría haberla usado en el apagón.-Soy tonto, pero que se le va hacer. Comenzó entonces a hacer señales de morse apuntando a ambas nubes oscuras.-enfermera encárguese de l niño, son mas propensos a atender a razones de mujeres.
   Como era posible que una entidad sin oídos ni orejas pudiera distinguir el género de una persona era extraño, todo un misterio, pero así era con los fumus. Al parecer la nube A era el padre y la B la madre. No había urgencia como tal, solamente el chequeo rutinario de la pureza.
   -Muy...bien...ahora ...procederé a... ver....como....está....el...chaval.-Dijo el doctor y se acercó a la nube blanca, a la que la enfermera estaba indicándole que se acercara a la camilla y se posara en ella. Porque decirle a una nube que se tumbara era muy relativo.
   El doctor se puso a mirar entre los frascos mientras la enfermera le indicaba a la nube blanca que se elevara un poco. Era un proceso complicado. Primero había que poner una placa de cristal debajo del paciente. Entonces el doctor eligió uno de los frascos de mas arriba. Contenía una mezcla de agua pura con colorante. Agitó un poco el frasco, llenó un cuentagotas y echó tres gotas sobre la nuba. Estas atravesaron limpiamente al fumus dejando tras de su un rastro vertical que se fue extendiendo, revelando lo que para muchos eran venas. En realidad era la maduración "cerebral" del individuo. Las tres gotas se deslizaban dejando su rastro en la sección central de la pequeña nube y se dejaron caer remolonas sobre la placa de cristal que fue recogida y depositada bajo el microscopio que esperaba en un rincón a ser usado. No había nada realmente preocupante. el doctor le reveló el diagnóstico a los padres o creadores de esa pequeña criatura etérea y se marcharon, dando por finalizada la sesión de consultas. Las entidades se fueron atravesando una de las paredes y se quedó todo mas frío pues la principal fuente de calor se había desvanecido.

   Una vez terminados todos los papeleos y demás, el doctor se dirigió a su casa. El día había sido realmente movido, lleno de pequeños inconvenientes pero todo había salido a pedir de boca. Por el camino reflexionó sobre algunos pequeños detalles como aquella madre tan...especial que no aceptaba que su hijo o fuera a ser "normal" nunca mas. Reflexionó sobre los vampiros, los zombies, los fumus, los silfos, elfos, faunos, ninfas y todo aquello que les podía aquejar. Pensó en aquella niña vampiro que tenía los dedos quemados. No la conocía, no sabía que deseos tendría en relación a los demás niños, si los quería conocer o prefería evitarlos. Aun se maravillaba de como se había producido el acercamiento entre aquel mundo tan gris, artificial, progresivo, tecnológico y dirigido por unos pocos con ese mundo lleno de color, magia, misterio, fascinación y equidad. Había una jerarquía pero los puestos en dicha jerarquía no los determinaba el dinero, sino la madre de todos. Gaia. 

martes, 24 de enero de 2017

Me lleva a ti.

Me lleva a tí tu calor, siempre me siento protegido cuando estás cerca. protegido y protector. Me pierdo en tu mirada, pozos dignos de hundirse en ellos, cielos donde surcar nubes, sombras de un duro pasado que luchas por desterrar. Veo que sonríes cada día, que sientes dentro de ti la fuerza de vivir y eso se me contagia, muevo los cielos y revuelvo la tierra por aquella señal de que algo vive dentro de nosotros que nos une. Porque la vida es una cosa maravillosa y siempre podría tener a mi lado a alguien como tú hasta que te lleven los dulces compases de un baile eterno. Armonía y frenesí, así te quiero a ti, veleidosa diosa, tierna dama, joven niña, encantadora y noble alma que me hace soñar. Besaría tus labios mil veces hasta familiarizarme con cada respiración, con cada sonrisa contra mis labios, con cada suave suspiro que siempre precede al baile de los alientos. Sí, te deseo abiertamente, no me importa reconocerlo, quiero unir nuestras carnes en una sola, que nuestra música milenaria sea los nombres de aquellos pecados que vamos a cometer: lujuria, ira, vanidad pero nunca envidia ni pereza, pues te apoyo, te siento cerca siempre y deseo darte todo, moverme en un infinito bucle de despertares donde solamente continuemos aquel sueño que dejamos después de hacer el amor.

Me lleva a ti tu luz, esa guía en la niebla del desconocimiento, de la circunstancia, del miedo. Acaricio la idea de tocar esa luz con alguna de mis apalabras de poder sentir cerca de mi corazón tu corazón, tan palpitante, lleno de vida, sencillo pero tan complejo en las motivaciones que le llevan a su irrefrenable tic tac natural, animado por la vida misma. Para mi no es un corazón normal, es un metrónomo, algo que me marca las horas, los días. Que el mundo se mueva con el ritmo de tu corazón por favor, que ese volcán tierno lance su lava en forma de abrazo a todos los que queramos permanecer a tu lado para verte brillar, para  maravillarnos con las explosiones de genialidad que tu cabeza expulsa al mundo. Bendita sea aquella vez que te vi sencillamente existir, liberarte, desatarte de todo lo que te mantiene con los pies en la tierra y te vi soñar en mil cuentos y tierras, entre versos y prosas románticas o dramáticas.