martes, 14 de noviembre de 2017

Damas y Caballeros.

   Que lozanos los niños, alegres cantaban en aquellos carromatos que venían de todas las partes posibles. En las escuelas de la capital y alrededores, donde se situaba el Fuerte de Cristal. ese día no habría clases. Se dejarían a un lado las lecciones de Historia y de matemáticas para poder deleitarse con un espectáculo anual hecho para adultos y niños pero sobretodo especialmente preparado para la siguiente generación de Damas y Caballeros. Las calles habían extremado seguridad y todos aquellos que habían acudido deberían de ser registrados antes y después. Incluso en los tejados estaba situado algún que otro guardia, de aquellos hombres entrenados por un misterioso Caballero que se movía en las sombras y ese día no tendría un papel tan protagónico en el festival, aunque alguna sorpresa se cociera
   Llegaban los niños de muchas escuelas, esperando ansioso a ver a sus representantes favoritos del valor o el honor. Los grandes hombres de negocios se frotaban las manos mientras que las manos de los niños aplaudían de antemano antes de ver o escuchar absolutamente nada.
   Una comitiva de pequeños, provenientes de un orfanato a los que pocas cosas les habían faltado, de la Capital, se encontró deseando cruzar una calle, mas el tráfico de caballos y carros eran tan denso que pensaban que llegarían tarde. Entonces todo el mundo se paró y los niños finalmente pudieron cruzar. Una pequeña comitiva de jinetes se habían parado impidiendo que el resto del mundo que estaba queriendo llegar avanzara. La mujer que cuidaba aquellos niños tan tiernos e inocentes levantó la mirada para encontrarse con dos de los ojos azules mas bellos del mundo. Y el rostro de igual factura, porcelana cincelada al detalle por algún dios. Era la viva representación de la dignidad. Los niños, al alzar la vista, se quedaron casi petrificados, hasta que otra de las cuidadoras, que guardaba la retaguardia, dio un empujón a los niños de atrás para que volvieran los ánimos de moverse.
   -Que pasen un excelente día.-Dijo aquella mujer, y su voz era un canto de cristal que hacía estremecer el agua y los corazones de los hombres. Quien diría que portara una armadura con la elegancia con la que se lleva un vestido. Dirigió una sonrisa que pareció iluminar la calle entera.
   Una vez pasados los niños, la dama siguió su camino seguida de sus compañero de aventuras, no sin antes dirigirse a uno de sus compañeros de una forma muy precisa.
   -Mi siempre amable y caballeroso Halcón, creo que deberíamos hacer una ruta de paso para gente a pie, para que los carros vayan por un lado y las personas por otro, o de lo contrario se obstaculizarán.
   El hombre interpelado, con dos ojos del color y casi la forma de los de un halcón y una clara expresión de cierto hastío aunque coincidiendo con la dama, portaba a la espalda una funda con algo de forma extraña y alargada. Dio media vuelta, se presentó ante unos cuantos guardias que eran comandados por un teniente y presentó un sello de plata. Los que antes parecían recelosos de escuchar al momento se cuadraron y empezaron hacer caso.
   Todos los demás siguieron su camino, mientras los seguían con la mirada. los pocos que habían visto de refilón aquel rostro puro y de absoluta belleza murmuraban un nombre: Dama Luna.
   En los tejados, hombres vestidos de colores pardos o de negro vigilaban a la muchedumbre que se iba congregando para pasar al patio de armas. No era un patio de armas normal, aquel lugar había sido ampliado en varias ocasiones para poder acoger al público que venía y a un ejército entero que defendería el castillo en caso de necesidad. Aquellos niños fueron llegando junto a otros cientos mas, que luego fueron miles, situados en las gradas mas cercanas a la improvisada arena. Por todos lados colgaban pendones representando a cada uno de los que participarían, a familias nobles invitadas desde muy lejos, de otros reinos, de algunas islas del mar del sur. Asistían comerciantes o artesanos para tomar ideas en los combates sobre nuevos negocios. había gatos, perros, pájaros. Incluso, camuflados entre la multitud, un par de elfos.
   -Profesora.-Dijo uno de los niños, de vista privilegiada y buen cuerpo para el porte de caballero, aunque inocente y algo despistado.-¿quienes son esos señores?.-Dijo señalando a os tejados.
   -Parte de la guardia de la reina, están en todos lados , entre la gente del público incluso, guardándonos a todos nosotros de que no nos pase nada. Si alguien malo se presentara aquí ellos o cualquier hombre de la Reina seguramente termine con él.
   -¿Lo matarían?.-Dijo el niño todo sorprendido, asustado y con un cierto sentimiento de fascinación ante la dama muerte.
   -Claro que no, este es uno de esos días donde se prohíbe el derramamiento de sangre. Teóriamente está prohibido todos los días del año pero hay ocasione mas especiales que otras. Y este es un día para que vosotros disfrutéis.-Dijo con una sonrisa, aquella mujer de cabello color cobre.
   -Papi.-Dijo una niña de vestido blanco.-¿Por que no estás con la Reina protegiéndola?.-Dijo la pequeña criatura, moviendo los pies que le colgaban en el banco de las gradas.
   -Porque hoy no estoy de servicio, cariño.-Dijo un hombre de mirada cansada y anhelante, ofreciéndole un poco de naranja a su pequeña princesa.-Así que los dos podremos disfrutar de este maravilloso día juntos.

   En los barracones, abandonados ese día para dejar paso a la preparación de los Caballeros y Damas, había mucho movimiento, aunque era un movimiento ordenado.  las mujeres habían tenido su intimidad igual que un par de hombres. No era tanto que el deseo de intimidad como que el Muflón Escarlata se pasaba el día dando latigazos de toalla a sus compañero de compañía. Justo en ese momento, en el barracón de la Damas, todas las mujeres se estaban preparando para dar lo mejor de sí, tenían que representar la viva estampa de la gloria y la habilidad en combate. También contaba con la presencia de una figura esencial en la diplomacia del Reino. Aquella gata blanca, de toque elitista en el proceder, observaba la escena con desinterés absoluto. Ni se inmutó cuando la Dama Luna o su compañera de aventuras burocráticas pasaron desnudas delante de ella.
   Volviendo al barracón de los Caballeros, el Muflón Escarlata se ponía su gran armadura cuando el Caballero Lobo vio un tatuaje que este tenía en una zona poco decorosa.
   -Bonito tatuaje.-Dijo con su voz siniestra, cavernosa, mientras le soltaba un toallazo en toda la nalga.
   -¡AAAAH! Es un recuerdo de juventud, maldito.-Dijo el Muflón tratando de agarrar a ese hombre de mirada feroz. El Muflón era quizás el Caballero mas grande de todo el Reino, en lo que a físico se refería. Él solo podía cargar con varias vigas de madera que necesitarían la ayuda de varios hombres. Su número era algo que carecía de toda elegancia pero sin duda resultaba de lo mas visual. Y casi tan famoso como su prodigiosa fuerza era su poblado bigote que a veces el Gato comparaba con un cepillo de limpiar juntas.
   El estilizado cuerpo del Caballero Gato se paseaba entre las armaduras, mientras se vestía. Tenía la necesidad de moverse constantemente, entrenando la memoria muscular, los movimientos. A veces hacía pequeños giros. Tenía unos ojos verdes algo mortecinos pero de viva luz soñadora cuando tocaba el violín o cualquier otro instrumento. Había dado varios conciertos privados para la Reina y unas pocas nobles afortunadas de escuchar y deleitarse en la belleza de aquel hombre de rasgos tan finos. Cada movimiento era elegante, marcado y calculado. Decían que cinco espadachines le habían salido al paso estando el desarmado y los estuvo haciendo bailar a lo largo de la calle principal durante una hora hasta que cayeron exhaustos.
   El Joven y el Mayor estaban ya preparados, arrodillados frente a un improvisado altar y rezando. Ellos eran la herencia de la misma cultura de la caballería. Rezaban a todo aquello que les era bueno, que les daba fuerza para seguir, ya fuera la memoria del ser amado o el deseo de superarse cada día en el entreno con la espada o cualquier arma. Tenía las espadas envainadas y el resto de armas a un lado. habían sido bendecidas.
   -¿Cual ha sido el centro de tus rezos?.-Preguntó el caballero mas joven de aquel barracón y de todas las órdenes de Caballería. Su voz transmitía dignidad y profundo interés.
   -He rezado por todas esas buenas gentes, por la Reina y por tí. ¿Que has pensado tú?
   El Joven sonrió y tomó su espada.
   -Exactamente lo mismo que tú y añado que darte un buen combate. Espero ser un alumno digno.-Dijo el Joven mientras sonreía levemente, recogiendo sus armas y enfundando, con su armadura grisácea puesta. El Mayor llevaba una similar pero de colores cobrizos, de aspecto quizás algo anticuado pero en todas las pruebas de resistencia había cumplido. Decían que amb conjuntos estaban bendecidos. Los ojos negros del Joven rebosaban determinación pero también profunda devoción hacia ese hombre, y un respeto absolutos. El Mayor veía al chico enérgico que había sido hace años, carente de experiencia y madurez, pero con intenciones nobles.

   Los niños estaban ya expectantes. Algunas jovenzuelas hablaban sobre la moda y los vestidos que habían visto llevar a la Dama Luna, otros de la magnífica técnica de lucha. Una gata blanca de mucho talante de altos barrios se había acercado a un grupo de huérfanos, que la acariciaban y admiraba lo suave y blanco de su pelaje. En los tejados, tras sus pequeñas peripecias con el tráfico, un hombre con sombrero de media ala llegaba a donde se encontraba uno de sus ayudantes. Estos eran los que patrullaban tejados y todas las zonas altas. Eran considerados los mejores tiradores y los lideraba aquel hombre de ojos de halcón, que en ese momento desenfundó su maravillosa arma, bendecida por la Reina y las manos de su amada. Siendo quizás el arma mas moderna y precisa del mundo, en buenas manos (como las del Caballero Halcón) era capaz de alcanzar objetivos muy pequeños a distancias muy grandes, como el cerebro de algún muerto viviente o desiluminado.
   Cerca de ese lugar dos niñas estaban en plena discusión sobre la propiedad de una de las muñecas favoritas de la una y la otra. Aunque les quedaba un rato para poder entrar a aquel improvisado estadio de exhibición cuando de pronto un hombre se plantó delante de ellas y las miró. Ellas se quedaron asombradas al ver semejante rostro, tan bello, de rasgos suaves, una sonrisa pícara, similar a la del Gato pero con unos ojos mucho mas bondadosos. Hizo una reverencia. Toda la multitud lo reconoció al momento. El joven Caballero Diamante, poseedor de una de las mejores espadas del mundo, hecha a partir de una estrella que cayó del firmamento hace muchos años. Esta se encontraba envainada ahora mismo en lo que aquel atractivo hombre se acercaba un poco mas a las niñas.
   -¿Cual es el problema, encantadoras señoritas?-Preguntó el hombre, con toda la calidez y el encanto del mundo. Su cabello levemente rizado le daba un toque angelical que hacía suspirar a muchas nobles y no tan nobles.
   -Por favor, perdónelas, gran Caballero.-Dijo un hombre de rostro algo tosco pero intenciones sinceras.-Cosas de niños, ya sabe.-Dijo el agreste hombre. había hecho un largo viaje con esos dos pequeños demonios de mirada vivaz y energías aparentemente inagotables.
   -No se preocupe buen hombre.-Dijo el Caballero, siendo ahora el centro de atención de todo el que estuviera cerca, y puso una rodilla en tierra para estar a la altura de aquellos rostro infantiles.-Mis queridas señoritas.-Dijo con una sonrisa que hacia resaltar los hoyuelos de su rostro. En la distancia hubo un desmayo.-he de suponer por el parecido que sois hermanas.
   Ambas niñas ansintieron.
   -Y he de suponer que en algún momento habéis escuchado que compartir es una gran virtud.-Dijo el joven armado con una de las armas mas temidas en el campo de batalla.
   Ambas asintieron de nuevo.
   -Y que la combinación del color del vestido de vuestra muñeca y sus zapatitos no combinan nada bien.-Dijo acentuando aun mas su sonrisa.
   Aquellas criaturas inocentes se miraron y luego miraron a la muñeca. Seguidamente el Caballero de Diamante se giró hacia uno de sus escuderos y le pidió una de las monedas de plata que llevaba en un saco de cuero.
   -Señor, en verdad no es necesaria una limosna.-Dijo el padre de las niñas entre algo ofendido ante la condescendencia y el acto de humildad.
   -No es limosna alguna, buen hombre, no tienen curso legal, no al menos en todos los lugares del Reino, solamente aquí.-Le entregó la moneda a una de las niñas.-Cuando termine el espectáculo iréis a una de esas tiendas de ahí.-Señaló el jovencito mas atractivo de aquella calle.- Ahí vive el hombre mas versado en este tipo de asuntos de juguetes y moda. Una extraña combinación ¿no creen? denle la moneda y la muñeca, el sabrá que hacer.- comentó mientras se ponía en pie.- Que disfruten del espectáculo.-Dijo, y sin mas se fue ante grititos agudos de la admiración de muchas seguidoras de sus gestas.

   La nobleza embargaba a los corazones de todos y cada uno de aquellos que habían jurado servir a la Reina. Esta se encontraba ya en el palco de honor, con un vestido ligero para demostrar humildad y servicio ante sus súbditos. Siempre elegía ese tipo de prendas, carentes de adorno, para mostrar una imagen humilde. Trataba de predicar con el ejemplo. Sonaron trompetas, timbales y tambores. El público aclamó a su majestad, que era ejemplo de dicha y fortuna para el Reino. Ella se levantó y así lo hizo el pueblo entero ahí presente.
   -Señores, señoras y sobretodo mis queridos niños..-Dijo la Reina abarcando con un gesto de la mano a las primeras filas de aquellas gradas.-Hoy es un día maravilloso para ver a nuestras Damas y Caballeros en todo su esplendor de poder, de habilidad, de sabiduría. Y este año, en vista a los prodigiosos tratos que hemos llevado a cabo con reinos lejanos, donde se ha brindado una mutua amistad, tendremos invitados muy especiales, cuyas identidades no revelaremos por el momento. Deseamos que sea una sorpresa de su agrado. Y ahora pasemos a las primeras demostraciones de este maravilloso día.
   Salieron por un lateral el Caballero Joven y el Caballero mayor, a caballo, con sus armaduras. Eran probablemente dos de los mejores justadores del Reino, si no los mejores. El público se quedó en silencio cuando ambos caballeros se pudieron en los extremos de la arena. Se respiró de pronto una gran tensión. Desde la distancia ambos se miraron a los ojos. El código de caballero les pedía ese momento de concentración de preparación hasta que se diera la señal. Dada por la mismísima Reina, Esta dejó caer un pañuelo de seda blanca. Con una coordinación perfecta ambos caballeros avanzaron hacia su respectivo contrincante. El enfrentamiento sería a una sola lanza. La punta de la lanza del caballero Mayor era en forma de cabeza de león, la del Joven en forma de halcón. Los escudos recibieron sendos golpes, haciendo que con la fuerza del impacto absolutamente todo el estadio temblara. Un hombre normal habría quedado prácticamente desintegrado ante todas las astillas y la fuerte onda de energía que se liberó en el centro. Vestido de damas, plumas de sombreros o estandartes se agitaron de golpe. Probablemente el mejor lance de la historia de ese siglo. No por nada se rumoreaba que solamente esos dos hombres de una sola carga habían volado por los aires a varias decenas de hombres. El público se quedó tan impresionado que tardo un tiempo en reaccionar pero al momento explotó en aplausos de los niños y la admiración de los buenos hombres. Ambos cabaleros pasaron uno por el lado del otro levantando las lanzas rotas mientras se levantaban las viseras de los yelmos y se dedicaban el respetuoso y formal saludo.
   Mientras varios voluntarios limpiaban la arena, el Muflón Escarlata salía de los barracones y se preparaba. Lucía una imponente armadura roja, realmente gruesa y pesada, sin adornos, no los necesitaba para destacar. era probablemente el caballero mas fuerte y alto de todo el mundo conocido. Apenas existían balanzas que pudieran calcular con precisión su peso. Todas se rompían. Este hombre de portentoso físico avanzó ante las aclamaciones del público. Habían puesto sobre la arena una plancha de madera de roble sostenida sobre dos troncos y un poco mas adelante habían encendido unas brasas que se extendían sobre el suelo, a las cuales le daban aire constantemente para poderlas mantener encendidas y al rojo vivo. Mas allá había una gran mole de roca. Al lado una carromato tirado por seis mulas. .
   -Vamos a ver de lo que puede ser capaz este humilde servidor de ustedes.-Dijo el Muflón Escarlata, con su poblado bigote..-¿Quien se quiere subir a la plancha?
   Al momento había cientos o miles de manos alzándose. Todos querían estar encima de esa plancha de roble y ser cargados por el hombre mas fuerte del mundo. El hombre eligió a varios niños y niñas y a algunas mujeres adultas, entre ellas la rolliza propietaria de un hostal que servía una de las mejores carnes del Reino.
   Debajo de la plancha había unas sujeciones de cuero y metal que permitían mantener la plancha en posición horizontal. Se subieron entonces aquellos niños ilusionados por vivir una experiencia única en la vida, con risas y grititos nerviosos de las nobles y la que mejor mantenía la compostura era la dueña de aquel hostal.
   Nadie podría calcular cuando peso estaba levantando pero sin duda era mas de lo que muchos hombres presentes pudieran imaginar. El peso de la armadura, añadido al de su archiconocido mandoble, la plancha y toda esa gente encima no le impidió avanzar hasta donde se encontraban las brasas. Tras un momento de concentración el Muflón Escarlata comenzó a avanzar ante el aliento contenido del público. Los niños y las nobles que estaban encima de la tabla notaban levemente el calor, los pies de aquel hombre tan fuerte lo notaban con toda plenitud y fuerza. A su paso saltaban ascuas y pequeñas llamas que daban hasta el suelo. La gente comenzó a animar a ese hombre que a medida que avanzaba dejaba claro que aquello no lo podría tumbar.  Su corazón era fuerte, su determinación a llevar a esas personas al otro lado era su único rumbo en esos momentos. No dejaría caer a nadie, no dejaría a nadie atrás. Fue un recorrido, apenas unos metros, pero el público sufrió con él, con ese hombre que había pasado tantas penurias hasta que entró a esa Compañía. Recordaba perfectamente las tabernas, las peleas, las apuestas. recordaba el sudor y la sangre. Avanzó con rauda confianza y dejando el tablón sobre el suelo con todos los ocupantes ilesos dio su clásico grito de batalla, avanzó sin inmutarse hacia la enorme roca, sacó su mandoble y de un solo golpe hizo que la parte superior callera sobre el carromato.
   Todo el público, en especial los infantes, esos niños maravillosos y esas niñas brillantes aplaudieron casi al punto de romperse las manos. ¿Quien podía vencer a ese hombre tan fiero y fuerte?
   El Muflón Escarlata entró de nuevo en los vestuarios siendo recibido por sus compañeros. En el escenario de exhibición estaban preparando la siguiente prueba. El Caballero Gato salió a la arena, siendo recibido por todas sus admiradoras. por aquellas que se sentían fascinadas ante sus bailes con las dagas y su peligrosidad.
   -Adoro a ese hombre, cada vez que viene a mi taberna no me caben las monedas de oro en las manos.-Dijo un posadero a un amigo con el que asistía.-Y ten por seguro que por mucho que beba no falla nunca.
   Los ayudantes habían colocado a varios muñecos de paja simulando una fila de contrincantes. Salió ataviado con sus ropas negras. Tenía un cabello también negro y sedoso que se movía libremente. Apenas le caía por los hombros pero parecía que cada pelo se movía solo a la mínima brisa. Sin dejar de moverse se acercó al palco donde estaba la Reina e hizo una reverencia. Ella correspondió y, tras dejar caer un pañuelo blanco al suelo, este no llegó a tocar el suelo. pues con solo dos dedos, El Caballero Gato lo recogió en un fluido movimiento y se lo quedó.
   -Tan caprichoso como siempre.-Dijo la Reina a su mas elegante siervo.
   -Tan excelsa como de costumbre.-Dijo el caballero, moviéndose fluidamente hacia los hombres de paja y tomando posición.
   Fue la demostración mas rápida de todas. El Gato pidió silencio, todo el mundo se quedó callado. Sus manos se posaron en las dagas y con la que sostenía el pañuelo , dejó caer este al suelo.
   En menos de un segundo los muñecos de paja estaban todos descabezados y lo único que se escuchó en todo el estadio fue el desenvainar de dos hojas de acero con el peso, medidas y dimensiones exactas para el asesino mas bello de todo el Reino. Al medio segundo el pañuelo era atrapado de nuevo antes de que tocara la impúdica arena. esa pieza de majestuosa seda no merecía el tormento de la arena pisada por los vulgares hombres. El Caballero Gato miró entonces hacia los montones de paja. Había uno entero, pero el público había estallado en aplausos. El Gato hizo una reverencia a todo el mundo, en las cuatro direcciones. En una de ellas, un cuchillo se apareció en su mano y voló.
   Desde una larga distancia, un hombre miraba a través de unas lentes muy especiales. Sonrió ante esa demostración de rapidez.
   -Vamos a bailar.-Dijo el Caballero Halcón, y cuando vio ese cuchillo volar no dudó en disparar con su magnífico fusil, ese invento tan maravilloso y preciso. El proyectil voló y el público solo pudo ver como aquel cuchillo que iba a terminar con la vida del muñeco de paja salía por los aires. A ello le siguió el sonido atronador de aquel disparo mágico que demostraba la preparación de los tiradores del Reino.
   Entre el público se escucharon exclamaciones de sorpresa. Un gran "oohhhhhhhh" invadió casi toda la ciudad cuando el público se enteró de lo que había pasado.
   -Saluden al Caballero halcón.-anunció el Gato desde su posición, señalando al tejado.
   Todos los rostros infantiles se giraron para poder ver a aquel hombre en las alturas, escoltado por dos de sus subalternos, armados y preparados para defender el Reino. El Caballero halcón levantó el fusil en señal de saludo. El Gato le dirigió una de sus sonrisas pícaras o burlonas y correspondió alzando una de sus dagas.Los aplausos de toda aquella multitud se hicieron ensordecedores. Después de que el público se hubo calmado un poco y todos aquellos halcones, rifle en mano, volvieron a sus posiciones, el Gato se dedicó a hacer reverencias a todos los presentes antes de retirarse.
   Salieron de nuevo los ayudantes a quitar todo para poner cinco dianas. Mucha gente ya sabía lo que eso significaba y la mayoría de los hombres empezaron a estar expectantes.
   En los barracones, una de las dos mujeres mas bellas del Reino estaba reunida con sus alumnas. Cinco pequeñas damas de todo tipo de orígenes, desde una noble hasta una huérfana. La Dama Luna no distinguía por los orígenes, sino por otro factor que a día de hoy era inexplicable. Sus pupilas se colocaron alrededor de su maestra con sus uniformes respectivos. Era una mezcla de metal, tela y cuero realmente bien combinado, donde nada sobresalía pero tampoco ningún detalle se quedaba atrás. A diferencia de los uniformes o las armaduras de los soldados, la Dama Luna les daba la oportunidad siempre de dar algún toque personal. Mismamente, una de esas cinco jovencitas tenía un sombrero casi idéntico al del Caballero Halcón, de media ala con una pluma roja decorándolo. Una joven noble, de una de las familias mas ricas de todo el territorio conocido había bordado el escudo de su casa justo sobre el corazón, ya que para ella la familia era lo mas importante y sus orígenes el principal motivo de orgullo.
   En su formación, la Dama Luna era muy exigente, mostraba mucha flexibilidad pero al mismo tiempo no dejaba a sus niñas desviarse del camino y de los entrenamientos. las adoptaba casi como si fueran hijas, pero en momento alguno se inmiscuía en sus vidas, mas allá de escuchar sus problemas y aconsejarlas. Todas encontraban en ella a una madre, una maestra, una amiga, una confesora.
   -Muy bien chicas. Hoy es ese día para el que llevamos entrenando mucho tiempo.-Dijo la Dama Luna, arco en mano. Era un armaformidable, único en el mundo, parecía hecho de cristal y la cuerda destallaba como si se tratara de plata.- Sois uno de mis grupos mas prometedores, tengo confianza en vosotras así como vosotras espero que la tengáis en mi.-Su voz era una caricia constante a los sentidos. Su mirada resplandecía con afabilidad y sincera alegría y emoción.
   -Hasta que nuestros brazos se caigan de tanto disparar nunca perderemos el amor por el Reino y por nuestra maestra.-Dijo una de las mas mayores, la niña noble que sentía tanto orgullo por su familia.
   La Dama luna la miró con ternura.
   -Elegante como la rosa.-Dijo la maestra arquera.
   -Firme como la roca.-Dijeron las jóvenes damas al mismo tiempo.
   El público recibió a ese grupo de jóvenes prometedoras como si fueras recién llegadas de la guerra. La Dama Luna iba delante de ellas y estas se iban colocando delante de las dianas que habían situado a cierta distancia unas de las otras. Una vez que se quedó a solas, la Dama Luna, con el arco a la espalda caminó hacia donde estaba el palco de la Reina, que la observó entre alegre de tener presente a su amiga y curiosa ante lo que tenían preparado.
   -Majestad.-Dijo la mujer mas bella de todo el reino, con la humildad en las maneras y en la voz.
   En el palco había comerciantes, nobles, algún huérfano. Y todos ellos apenas podían respirar ante esa arrebatadora belleza física y ese aura de serena y poderosa elegancia.-Este año hemos estado entrenando muy duro para dar el mejor espectáculo de todos.- Si me permite empezar. Será breve pero creo que nadie lo olvidará.
   -Hoy parece que es día de exhibiciones cortas pero intensas.-Dijo la Reina, y con un gesto de la mano dio una señal de que por favor procedieras. Se sentó y todos los presentes se sentaon a la espera de que comenzara el espectáculo.
   Las dianas estaban frente al palco principal, donde la Reina se situaba y ahora la Dama Luna. Esta miró a sus pupilas, que a su vez la miraban a ella. Se sentía orgullosa de todas ellas, habían realmente sudado sangre y llorado mares por estar ahí, habían perdido seres queridos, habían ganado fortunas, se habían arruinado, habían conocido el amor y el desamor, y ahora eran casi mujeres, fuertes, feroces, que no se amilanaban ante peligro o palabra alguna. Tomó aire y sacó su arco de cristal y plata. Sin embargo no puso una flecha sobre la cuerda. Puso cinco.
   Desde un rincón, ya preparado para su entrada en el número, el Caballero Lobo observaba a su amada. Estaba tan bella, no podía quitarle los ojos de encima. Después de tantos años juntos aun no creía tener la fortuna de que un alma tan pura y bella se hubiera fijado en una bestia inmundo como él. En su garganta reverberaba las ansias de carne y sangre, de salir a dar un magnífico espectáculo. Sus ojos amarillos mostraban energía, ferocidad, respeto, reverencia. Amor.
   La Dama Luna disparó las cinco flechas al mismo tiempo y estas, con cinco silbidos distintos se clavaron en un punto muy pequeño de las dianas situadas a una buena distancia. Justo en el centro. El público empezó a aplaudir como loco, ante semejante demostración de precisión. La Dama Luna no solamente era una mujer de gran belleza sino que además era considerada la mejor arquera del mundo entero. Excelente bailarina y se rumorea que hechicera en ciertas ocasiones, dicen que nació con el arco que porta siempre y que hasta la fecha no ha fallado un solo blanco.
   Fue entonces el turno de la primera alumna de la Dama. Había llegado a la tutela de su maestra como un huracán de emociones, sentimientos y caprichos, aprovechando su belleza para conseguir las cosas por el camino fácil. Era de formas finas y en su mirada estaba presente el orgullo que solo unos pocos afortunados puede poseer. Con el tiempo su templanza se fue haciendo notoria. Su arco era extraño en diseño para esas tierras, muy largo, y hasta sus flechas eran mas largas de lo normal. Fue un regalo de su tío, un gran y ambicioso comerciante que tenía en su sobrina mucho aprecio. Provenía del taller de un artesano de tierras orientales, especialista en ese tipo de arcos. Las flechas que disparaban se situaban en el tercio inferior en vez de en la clásica mitad del arma. Durante un minuto entero permaneció con el arco tenso. Una persona normal ya estaría sintiendo calambres pero ella no, no iba a mostrar debilidad en un momento donde era obligada tanta fortaleza de cuerpo y mente. Y sin mas disparó. La vara con punta metálica atravesó el espacio en apenas un segundo y se clavó justo en el centro. El público estalló en aplausos.
   Fue el turno de la segunda niña. Fue encontraba en un callejón, inconsciente y con signos de haber sido atacada. Fue depositada en uno de los orfanatos hasta que un día, una comitiva recién llegada de una campaña militar pasó por delante de aquel orfanato. Todos los niños se habían situado al borde de la valla que delimitaba las dependencia de aquel lugar cálido y acogedor para quedarse mirando a esos hombres y mujeres aguerridos que habían dado a veces la vida o parte de su cuerpo por la gloria y el honor. Entre ellos se encontraba la Dama Luna, siempre acompañada por su amado. Fue aquel día que saludando con su resplandeciente sonrisa a los niños y cuidadores, vio en la distancia a una niña de rodillas raspadas que poseía un arco de juguete. Y fue casi como un segundo amor a primera vista. A los pocos días la niña era una de las pupilas de la Dama. Y a día de hoy aquella niña huérfana aun visitaba a sus amigos y les traía regalos. No había perdido sus raíces.
   Aquella huérfana, de ojos enormes y cabello oscuro, apuntó a la diana con un arco corto de doble curva, sencillo, humilde, digno de los desheredados. Pero no disparó, se lo pensó, bajó el arco y sacó un trozo de tela de unos de los bolsillos de su atuendo que mezclaba lo tradicional, lo elegante y lo militar a partes iguales. Se vendó los ojos y todo el público al momento estaba expectante. Entre las gradas un hombre le propuso a su primo que apostaran un par de monedas. Este hombre apostó a favor, el primo, escéptico, apostó en contra.
   Fue entonces que la niña se quedó quieta, con el arco bajo. Parecía tratar de captar algún sonido. Y de pronto, como activada por una especie de resorte automático, con la rapidez casi del Gato, puso la flecha en la cuerda, apunto y disparó limpiamente acertando justo en el centro.
   Los ojos del Gato estaban abiertos de par en par, observando el espectáculo desde un rincón.
   -¿Que pasa? ¿Te ha comido la lengua el gato?.-Dijo el Muflón Escarlata con su potente voz y dándole una palmada en al espalda que casi lo tira a la arena de no ser porque el caballero mas ágil del reino se lo esperaba y pudo esquivarlo.
   -El día que supo el número exacto de monedas que tenía quien nos proporciona las flechas dentro de su saca de contabilidad supe que tenía un don, Y fue capaz de saber cuantos ratones tenían que cazar nuestros gatos en los dormitorios. Contó veintitrés solo por el sonido de sus patas.-Le dijo la Dama Luna a su mejor amiga, la Reina.
   -¿Como supo que era esa la diana. que tenía que apuntar y disparar ahí?.-Preguntó la Princesa, hasta el momento callada, impresionada por ese disparo.
   -Sus flechas tienen un par de agujeros a lo largo del asta que hace que el aire pase por ellos y suene, Excelencia. Ella sencillamente escuchó y disparó.-Explicó la Dama Luna, con su habitual y amable sonrisa.
   El público fue dejando de aplaudir poco a poco. La tercera alumna de la Dama estaba lista. Tenía un arco estándar, con unas curiosas marcas rojas a todo lo largo de la madera. Su aljaba estaba repleta de flechas a diferencia de las seis o siete de sus otras compañeras. En la madera, quien tuviera ojo suficiente, podría leer el lema que las había traído hasta ahí. Era una de las tradiciones de las alumnas de la Dama Luna, tener el emblema de aquellas excelentes mujeres grabado en algún sitio: había quien lo grababa a la espalda, en una manga, un par de veces en la historia fue grabado en la piel y en otras ocasiones como aquella, a lo largo de la madera del arco. Los espectadores esperaban impacientes la siguiente maravilla. Aquella niña era, en un principio, hija de unos molineros que habían pasado una fase crítica en la vida seguida de una época de estabilidad. Cuando no entrenaba bailaba, y sus ojos color avellana brillaban de felicidad. Pero en aquel momento su mirada estaban plenamente enfocados en la diana. Su rostro era serio pero de rasgos suaves.
   Apunto a la diana y de pronto levantó el arco hasta casi ponerlo en vertical. Finalmente disparó al cielo. la gente miró a las nubes mientras la joven pupila, una de las mas jóvenes en verdad, comenzaba a bailar lentamente, como si solo ella escuchara la música. Mientras lo hacía sus manos se movía con una excelente armonía, tomando una flecha, colocándola y dejándola debajo de la flecha de la Dama Luna, y otra por encima, y otra mas por debajo.
   -Parece que no todas las alumnas aciertan sus disparos.-Dijo u no de los comerciantes mas ricos de la ciudad.-ya sabía yo que no podían ser tan perfectas.
   -Y sin embargo. mantiene la verticalidad en su dibujo, miren que bien alineadas están las flechas, señores.-Dijo la Dama Luna. Con todo, aquella excelente arquera le aclaró a Su Majestad que ella desconocía los programas de sus alumnas, les había dado pie a usar todos los elementos y el número de flechas que quisieran.
   Aquella pequeña molinera terminó de lanzar todas las flechas mientras bailaba. La gente no sabía si mirar la diana, a la niña, a la Dama Luna o al mirlo que se había posado en una de las vallas de seguridad. Fue entonces que de pronto, llegada del cielo, aquella flecha lanzada al aire cayó desde las alturas con toda su cinética y atravesó las flechas colocadas en fila y quedando sostenida por estas. El público arrancó a aplaudir como loco. Quizás el mejor número de todos aunque ninguna de ellas debía ser despreciada en lo mas absoluto. Hasta sus compañeras le aplaudieron por ese maravilloso acto de precisión y armonía con los elementos. La niña, volviendo a su matiz mas formal, hizo un reverencia a su Majestad, que le devolvió el gesto con una respetuosa inclinación de cabeza mientras le aplaudía, como había hecho con todas las demás.
   La cuarta alumna era la mas tímida de todas. Venía de una familia de artesanos que querían que su niñita se dedicara por exclusiva a la religión, a la fe, hasta que la Dama Luna intervino en su favor. Era muy detallista, encantadora cuando se abría un poco al mundo. Cabe citar que las alumnas de aquella gran mujer recibían una educación muy estricta y se sometían a muchos exámenes de disciplinas diversas. Y aquella niña tan tímida iba a hacer una demostración. Su uniforme había sido cosido por ella misma para poner una capucha. No le gustaba mostrar su rostro de tan tímida que era. Sus compañeras le tenían un gran aprecio por aquel maravilloso don de la oportunidad. Cuando era mucho mas pequeña, su compañera de familia noble y la huérfana discutieron y todo terminó en una muñeca rota y una guerra indiscriminada de manotazos. Aquella niña de rostro cubierto logró reconstruir la muñeca rota pieza a pieza, y las tres se hicieron grandes amigas. pero ese día demostraría otras habilidades mucho mas directas. Aquella mujercita de cuerpo menudo se echó la capucha hacia atrás revelando una larga cabellera oscura. Sus rasgos eran finos, casi dotados de nobleza pero había dos elementos aun mas destacables: la cicatriz en su rostro y las dos orejas puntiagudas.
   -Una elfa.-Dijo un ilustrado erudito de la geografía y las sociedades extranjeras. estaba asombrado y hasta se llegó a limpiar las gafas un par de veces.
   -Fue interesante decirle al arquitecto real que queríamos un jardín interior con árboles frutales para que se sintiera como en casa, porque sabemos que la raza élfica necesita estar en continuado contacto con la naturaleza.-Contó la Dama Luna a la Princesa.
   -¿Por que tiene esa cicatriz?.-preguntó la Princesa, curiosa.
   -Eso, Excelencia, es una secreto que guarda desde que entró en la academia. Mucha gente intentó que se lo contara por medios diversos, y admito que me carcome la curiosidad pero hay que respetar el mundo interior de cada uno.-Aclaro la Dama Luna a la Princesa.
   La pequeña elfa se quedó mirando la diana. A diferencia de su predecesora, en su aljaba solamente había dos flechas. Una de de las flechas tenía las plumas amarillas y la otra tenía las plumas rojas.
   -No solamente es única en su especie y una excelente cuidadora de los animales de las cuadras.-Comenzaba a decirle la Dama Luna a la Princesa y a todo aquel que la escuchara.-Es una excelente oradora cuando se atreve hablar y tiene grandes dotes de inventiva a nivel narrativo y a nivel práctico. Aparte de una gran alquimista.
   La elfa apuntó con un arco hecho de una maderas extremadamente pálida por un lado y en el otro lado negro y disparó justo al centro de la diana,a travesando la flecha de su maestra. La gente aplaudió, aunque esperaban algo mas espectacular dado el despliegue de habilidad de sus predecesoras. Seguidamente tomó la otra flecha y disparó. Tras alcanzar el centro, de pronto la diana estalló en llamas. Con un sonoro "Ohhhhhh" el público se quedó sorprendido y algunas personas se echaron tan hacia atrás que chocaron con las paredes o con otras personas. Hasta la Reina dejó entrever por un momento el gesto de sorpresa que ponía cuando era niña.
   -Se que somos tiradores especialmente seleccionados para misiones concretas señor pero imagine cuatrocientas de esas flechas seguidas de otras cuatrocientas.-Dijo un chico joven vestido con colores pardos y portando su rifle al Caballero Halcón.
   -En verdad puede que el arco aun tenga un par de siglos mas entre nosotros en connivencia con nuestras chicas de hierro y madera.-Dijo el jefe de aquellos hombres capaces de acertar a blancos lejanos y cercanos sin ser vistos nunca. Y eran declaraciones de peso dadas las constantes discusiones entre él y la Dama Luna sobre que arma era mejor.
   Una vez que se hubieron extinguido las llamas de la diana con unos cuantos cubos de agua, fue el turno de la cuarta pupila. Era sin duda grande, muy grande. De rasgos toscos. Todo era proporcional a su tamaño.
   -Que rasgos tan particulares y que físico tan portentoso-Dijo una mujer observando desde lo alto de una torre.-parece esculpida de la misma roca, del granito, quizás.-Sus ojos destellaban el color del vino.
   Al momento sintió dos brazos pálidos y firmes rodearla por detrás. Aquel hombre que había dedicado décadas e incluso siglos a mirar por el bien del Reino, acarició suavemente la curva del cuello de su compañera con toda delicadeza, deleitándose en el aroma y el sabor de su piel.
   -No seas maliciosa, querida.-Susurró una voz aterciopelada, teñida con rasgos de fascinante deseo.-Ella es parte de un grupo de mortales que podrían ponerse a nuestra altura con la suficiente preparación.
   La joven se movió entonces hacia el lateral de las dianas. El público loa siguió desconcertado pensando que se marcharía pero no. Sencillamente se reposicionó. Su uniforme estaba adornado con un sombrero como el de los tiradores situados en los tejados, pendientes de la seguridad y de sus movimientos y lo que parecía una pluma de gaviota. Aquel sombrero le había costado bastante conseguirlo y la pluma fue un acontecimiento fortuito, pero era innegable que era una gran admiradora de los halcones que comandaba su Caballero favorito después de la que consideraba como a una madre. Levantó el arco. Este era una pieza sólida de madera que denotaba como necesaria una gran fuerza siquiera para tensarlo y soltar. Las flechas eran grandes también, de buena longitud. Frente a ella tenía los laterales de todas las dianas, menos la de la niña noble que había sido girada en dirección hacia la última alumna. Todo el mundo parecía asombrado y escéptico de lo que pudiera suceder. Lo joven de orígenes tan humildes y prodigiosa fuerza tensó el arco.
   -A día de hoy no hubo nadie que pudiera colocarle la cuerda a ese arco sin destrozarse los tendones y los músculos.-Puntualizó una de las asistentes de la Dama Luna, entre el público, a una amiga suya.
   La niña sencillamente puso una flecha sobre la cuerda. Era una flecha visiblemente mas grande que las flechas hasta el momento lanzadas. Superaba en dos tercios las flechas de la niña noble y el grosor de muchas lanzas ahí presentes por parte de guardias y portaestandartes. Aun con todo demostró una gran estabilidad cuando soltó la cuerda y se notó en el ambiente toda la fuerza de aquella madera liberando la energía, que se transmitió de forma rápida a esa flecha, que comenzó a volar.
   Tras impactar contra la primera diana, la suya, esta fue atravesada limpiamente, luego fue a la diana quemada de la alumna élfica, seguida de todas las demás, rompiendo por el camino el bello cúmulo de flechas de la niña bailarina y llegando hasta la diana de la noble, que recibió todo el impacto y quebró de un solo golpe el soporte del blanco, hecho de madera y refuerzos de metal.
   -¿Que pasa? parece que el gato te haya comido la lengua.-Dijo un hombre de inusitada agilidad, al Caballero mas fuerte de todo el Reino, que contempló aquello francamente impresionado.-Sin pretender caer en el tópico pero podría ser pariente tuyo.
   El público, en especial los niños, consideraron que se fue un final maravilloso para el número y empezaron a aplaudir como locos. Todos querían ser como esa niña grande, o la elfa, o la noble. las futuras generaciones contarían con toda ilusión infantil, por mucho que pasan los años, como habían sido testigos de todos aquellos prodigios. Y los que aun quedaban. Las cinco alumnas caminaron hacia el frente del balcón e hicieron una reverencia a la Reina, que les correspondió de la misma forma y otra hacia cada lado de aquel estadio. Que alegres se mostraban los niños, ellos deberían de ser siempre así de felices, aprender todos los valores necesarios para ser buenos hombres y grandes mujeres, como aquellas cinco damas de talento sin igual.
   De nuevo limpiaron la arena y sacaron todos los restos de las dianas destrozadas.  lejos, en una torre del palacio, dos cuerpo, muertos en vida hace mucho tiempo, hacían el amor con la parsimonia de las aguas del río.
   -Oh, mi amor.-Suspiraron unos labios carnosos mientras dos manos acariciaban una espalda tensa por los constantes movimientos de placer.-Te deseo tanto.
   Una vez que la arena estuvo limpia y el campo despejado entraron dos grandes carros con dos grandes piedras. Eran cilindros cortados de lo que parecía granito, pero cada uno debería de pesar varios cientos de kilos. Incluso a los ocho bueyes les costaba arrastrar semejante paso. Los dejaron en medio, un cilindro al lado del otro, con una separación de apenas medio metro.
   La Reina se puso en pie y con ella todos sus diplomáticos, comerciantes, los padres y madres, huérfanos, nobles, artistas. Por instinto, aunque no se les viera, todos los Caballeros y Damas se cuadraron.
   -Como bien he dicho antes, este año tenemos, gracias a nuestras relaciones de amistad con reinos lejanos, una visita muy especial. Desde las lejanas tierras orientales, el maestro Bambú dos de sus alumnas han venido desde muy muy lejos para poder deleitarnos con sus artes. Les aseguro que no olvidaremos este buen gesto. Por favor, que demuestren que nuestro pueblo es el mas agradecido con un gran aplauso.
   Se abrieron las puertas al palco y entraron tres personas. Los tres rostro que ingresaron al lugar eran tan distintos como similares. Sus ojos eran oscuros, rasgados y denotaban tres aspectos de la humanidad muy distintos: alegría, sabiduría, determinación. Justo en ese orden. Las dos pequeñas iban a ambos lados de su anciano maestro. Este era un hombre espigado, de larga barba blanca y que vestía con colores y ropas humildes. Cuando llegaron frente a la Reina hicieron un saludo típico de su tierra, inclinándose en señal de máximo respeto. Ella correspondió de buena gana, feliz de tener a tan distinguidos invitados.
   -Majestad, venimos de lejanas tierras para poder demostrarle al mundo la fuerza de nuestras escuelas.-Dijo Bambú.
   -Y nosotros nos sentimos honrados de su presencia y estamos deseando ver todo el talento que estas dos magníficas alumnas suyas nos pueden demostrar.-Dijo su majestad.
   La Princesa estaba al lado de su madre y estrechó la mano de las dos alumnas e hizo una reverencia al maestro Bambú.
   -Espero que lo hayan encontrado todo de su agrado y a su plena disposición.
   -Este lugar obedece plenamente a lo que sus diplomáticos describieron a su Majestad Imperial.-Dijo Bambú, con una sonrisa que demostraba afabilidad y humildad.- Estas son mis alumnas mas destacadas. Loto y Crisantemo.
   Según fueron mencionadas, Loto y Crisantemo se inclinaron como gesto de saludo. Loto tenía una mirada brillante, irradiaba energía y mucha vida, obedeciendo a lo esperado en una niña que contemplaba la existencia con mucha ilusión. El observador casual no se daría cuenta pero a pesar de su aparente quietud parecía irradiar movimiento sin moverse. Crisantemo por otro lado parecía la hermana mas conservadora, miraba todo con aparente indiferencia, o una tranquilidad muy adulta para una niña. Aunque el tiempo se acelerara ella parecería congelada en el mismo.
   -¿Le parece que comencemos, Majestad?.-Dijo el maestro Bambú.
   -Por supuesto.-Dijo su Majestad a los invitados.-Nuestros diplomáticos las pusieron en un altar.
   Fue entonces que de pronto apareció un invitado inesperado y la pierna del maestro Bambú fue rozada por algo suave y peludo. Aquella famosa gata de habilidades diplomáticas intachables, requería de la atención de uno de los grandes maestros de oriente.
   -El gato porta la elegancia del aire, la fluidez del agua y la sabiduría del tiempo.-Dijo el Maestro.-Dijo con toda calma mientras observaba al felino, que lo miró y maulló dándole toda la razón.-Bien, ahora sí, comencemos.-Desde aquel lugar señaló a las dos columnas de piedra, de mas de dos metros cada una y dijo unas pocas palabras en su idioma nativo.
   Como una sola unidad, las dos gemelas saltaron hacia delante y con un mortal cayeron limpiamente sobre el suelo. La Dama Luna cedió amablemente su asiento al maestro de aquellas dos niñas, que corrieron hacia las dos columnas y se quedaron a pocos centímetros de estas.
   -¿Obedece a alguna historia en particular sus nombres, maestro Bambú?.
   -Sí, majestad. Cuando eran bebés fueron depositadas en uno de nuestros orfanatos imperiales. Dos cunas, una blanca y otra negra. Bueno decir cunas sería ser muy amable. Eran vulgares cestos de mimbre. Y sobre el pecho de cada una había un loto y un crisantemo. Así pues las sacerdotisas lo tomaron como una señal y así las bautizaron.
   -¿Nunca se supo quienes fueron sus padres?
   -No sabemos nada de sus padres u orígenes de ningún tipo, majestad. Un día las encontré peleando por la autoría de un jarrón de barro y la forma que tienen de moverse no tiene precedente alguno en nuestra historia. Junto a otros dones.
   Comenzó Crisantemo, que de un salto subió a lo alto de esa columna tan alta en comparación a su pequeño cuerpo. Cuando llegó a la cima se quedó quieta y con un gesto de invitación le dijo unas palabras a su hermana, que dando un pequeño salto de alegría dio un salto similar y se quedó frente a su hermana. Los niños ya estaban eufóricos aunque eso era lo mas leve que las dos hermanas podían hacer. Las dos subieron una piernas hasta formar un ángulo de ciento ochenta gratos y la fueron bajando hasta que la planta del pie de una coincidió con la de otra. Se tomaron de las manos e hicieron lo que parecía...
   -Estiramientos. Están haciendo sencillos estiramientos.-Dijo el Caballero Lobo.-pero parecen de goma.
   -Y me encanta como se visten, puede que les copie el estilo para adaptarlo a chicos interesados en la cultura oriental.-Dijo a su lado el Caballero Diamante.
   Tras los estiramientos comenzaron a intercambiar golpes al aire y a llevarse los aplausos de los niños y el asombro de los adultos. Parecían conocerse a la perfección y paraban cada golpe en el momento exacto.  Ahí, a carios metros de altura se movían con una seguridad pasmosa. Crisantemo tenía seguridad y firmeza, Loto fluidez y elegancia junto con algo mas de imaginación.
   -Crisantemo es muy conservadora, tiene un estilo maravilloso y una gran resistencia, considera que la eficiencia está por encima de muchas cosas junto a la practicidad. Loto es mas alocada, energía pura hecha materia. Y adora la vida hasta puntos mágicos.-Dijo en un susurro el maestro bambú a Su Majestad.
   Tras una cadena muy prolongada de golpes y patadas el puesto de ambas fue intercambiado en dos saltos, Crisantemo pasó al lugar de Loto y viceversa. El público estaba maravillado. Cuando aquella parte de la exhibición terminó ambas saltaron a la arena y cayeron como felinos de una sola vez e hicieron una reverencia. El público aplaudió aunque eso no era todo.
   -Ha sido un ejercicio magnífico.-Dijo la Dama Luna, hablando por primera vez en un buen rato.
   -Sí, pero aun no ha terminado, señorita.-Dijo el maestro de aquellas dos prodigiosas niñas.
   Ambas estaban frente a sus respectivas columnas. Crisantemo avanzó un par de paso y colocó la punta de los dedos a unos centímetros de aquella mole de piedra De pronto el ambiente se comenzó a cargar de algo que no se sabría decir. Era ligeramente opresivo pero al mismo tiempo daba mucha energía al ambiente.
   -¿Espera que pensemos que va a romper la columna? Incluso a mi me costaría.-Dijo el Muflón Escarlata, que aun estaba sorprendido por la demostración anterior.
   -Las he visto en acción.- dijo su compañera de armadura plateada y estilo estático pero seguro.-Cuando hice uno de mis últimos viajes en la misión de turno fui invitada. Su golpe no rompe. Su golpe deshace.
   Y dicho y hecho. Toda la energía cargada en el ambiente pareció confluir en la palma de la mano de aquella niña tan pequeña y tras tocar la columna de piedra esta al momento se partió en varios trozos grandes y al segundo siguiente se deshicieron creando un fino polvo. El público de nuevo soltó un clamoroso "ohhhhhhhh" antes de explotar en alabanzas y vítores. Crisantemo se quedó quieta, hizo un saludo al público, otro al palco, miró a su maestro, que aprobó su exhibición y se mostró algo mas relajada. Su hermana Loto daba saltos de alegría, feliz por lo bien que lo había hecho su hermana. Loto daría la vida por su hermana y su hermana por ella aunque esta se hiciera la digna.
   Loto se colocó en posición. Miró la columna durante unos segundos y parecía estar calculando la altura aproximada. Luego pareció cambiar de idea y miró a su alrededor a la arena y dirigió una mirada al público. Mientras miraba se movía sin parar, parecía el Caballero Gato pero mucho mas enérgica. Miró de nuevo a la columna e hizo un gesto de cierta conformidad. Y sin mas golpeó el suelo con el puño.
   Lo que mejor podría definir aquello es algo tan inaudito como descriptivo. La vida explotó. El lugar donde el puño había golpeado el suelo, hizo resurgir la vida vegetal. Un manto de hierba comenzó a extenderse en dirección a la columna. Una vez llegado a esta, el manto comenzó a ascender para formar enredaderas que exhibían vivas flores. Alrededor se empezó a extender la vida y los límites de la arena fueron invadidos por plantas y pequeños rosales y demás flores. Todo el mundo se quedó maravillado, hasta la Reina tuvo dificultades para mantener la compostura. El maestro Bambú miraba el prodigio de su alumna orgulloso de tenerla bajo su tutela. La hierba dio paso a arbustos y en lo alto de la columna, solitario, se formó, abriendo sus pétalos con toda la armonía del entorno, un magnífico loto. Contenta con su obra, Loto dio saltos de alegría gritando algo en ese idioma tan curioso de su tierra.
   -Parece muy feliz con su obra.-Dijo la Dama Luna.
   -Lo es. Ella es la alegría de nuestro Imperio. La madre naturaleza la ama hasta el punto de que los días que enferma, que son pocos por fortuna, el cielo se vuelve gris.
   -Que poético.-Dijo la Princesa.
   De un salto Loto alcanzó la flor en lo alto de la columna, volvió a saltar abajo y fue corriendo hasta el palco real y entregó, tras otro portentoso salto, al flor a su majestd, todo ante la mirada de varios miles de personas, las mejores arqueras y los mejores tiradores del Reino, el cuerpo diplomático, los principales y no tan principales comerciantes, artesanos y labradores, las dos mujeres mas bella de todas aquellas tierras, un violinista y un sinfín de espectadores mas.
   La Reina agradeció poderosamente el gesto.
   -Nosotros también tenemos un regalo para ustedes.-Dijo la Reina, que hizo llamar a uno de los soldados que la custodiaban las veinticuatro horas del día.-Esto es para sus dos alumnas. Y están invitados a la cena de esta noche.
   Le entregó personalmente a ambas niñas una caja que contenía un reproducción exacta de un crisantemo y de un loto hecho en cristal con incrustaciones de esmeraldas uno y de rubíes otro. Crisantemo, haciendo gala de su conservadurismo facial se limitó a una reverencia y abrir un poco mas los ojos cuando vio esa pieza tan fina. Por otro lado Loto no cabía en sí de felicidad y no paraba de mirar con ojos brillantes aquel maravilloso regalo. Aquellas piezas provenían de uno de los mejores cristaleros del Reino, que era capaz de auténticas maravillas en sus hornos y funciones de cristal. Había sido uno de sus mejores trabajos. las esmeraldas y los rubíes a su vez provenían de una joyería muy humilde pero con buen gusto para la selección del material a usar. Y ahí estaba el resultado, cumpliendo su propósito.
   El maestro bambú y sus dos alumnas fueron despedidas con la mayor tormenta de aplausos hasta el momento.
   Lejos de ahí, mientras las alumnas de la Dama Luna dejaban las armas en sus respectivos cajones de equipamiento, la puerta sonó. Aquella niña de rasgos vulgares pero de prodigiosa fuerza fue a abrir, con su sombrero a imitación de los tiradores del Caballero Halcón aun puesto. No se lo quitaba ni aunque le pagaran una fortuna por ello. Si bien una de sus compañeras, la que tenía sangre casi azul, había comentado mas de una vez sobre lo poco que combina su uniforme con aquel sombrero "digno de truhanes de cuento", aquella señorita corpulenta y de incipientes curvas le hacía caso omiso. Y bien que hizo, pues al abrir la puerta, frente a ella se encontraba el Caballero Halcón.
   La joven primero se quedó mirando a ese hombre que tenía el mismo sombrero que ella, miró aquellos ojos, calco de los del ave rapaz en honor a la cual lucía su actual nombre. Iba con sus clásicas ropas pardas.
   -¿Puedo pasar?.-Dijo aquel hombre con una educada inclinación de cabeza.
   La niña se había quedado muda y sus compañeras la miraban sonriendo, sabedoras de que aquel era un momento muy especial para ella.
   Le seguían a este hombre dos de sus pupilos, que iban como escolta de honor.  Uno rubio de ojos verdes y el otro de gesto duro y grave. ojos color café y mirada en constante movimiento. Los tres pasaron mientras las chicas se reunían con ellos y el Caballero Halcón tomó su sombrero.
   -Señorita, debo admitir que hemos quedado francamente impresionados por esa maravillosa demostración con el arco, así que nos gustaría nombrarla fusilera honoraria y entregarle un obsequio a título personal. -Dijo aquel hombre de mirada fina y pulso firme. Y sin mas se quitó la pluma del sombrero que tenía desde hacía tanto tiempo y se la entregó a aquella niña que había demostrado un valor y un talento sin igual.
   -Gra...gra....cias-Su rostro estaba completamente sonrojado y sin mas se acercó al hombre y le abrazó, soltando el consecuente chillido producto de la emoción de ver a esa persona que ha sido motivo de sueños durante tanto tiempo.
   Sus compañeras sonrientes se acercaron para darle la enhorabuena por su reciente nombramiento de fusilera honoraria. Sustituyó la pluma de gaviota por la de halcón y aquel sombrero y pluma se convirtieron en su pertenencia mas preciada, por encima de muchas cosas con claramente mas valor económico.
   Salían en aquel momento los jardineros reales, que fueron a ayudar a los voluntarios que limpiaban la arena. Todo estaba cubierto de hierbas y maravillosas flores.
   -Una pena que las tengan que segar.-Dijo la Princesa y miró de reojo quien era el siguiente.-oh el Caballero Lobo.
   Salió al centro, sin que aun terminaran de cortar todo aquello y se quedó mirando al público, que lo animaba. Era un hombre de espaldas anchas y buena musculatura. Archiconocido por su mirada similar a la de los lobos, con ojos color amarillento y rostro de bestia salvaje pero con su atractivo. era el único de aquellos hombres y mujeres que luchaba con dos espadas y además poseía el estilo mas salvaje de todos, convirtiéndose en una tormenta de acero. Así pues, tomó sus espadas y comenzó la danza de aquel hombre que iba por ahí cortando las hierbas. Al momento los ayudantes se habían echo a un lado para dejarle toda la arena mientras salían otros a colocar muñecos de paja. Era todo realmente dinámico porque según iban saliendo y siendo situados, los muñecos de paja perdían un brazo o la cabeza. Todo eso se intercalaba con lo que parecían gruñidos. 
   -Disculpe majestad, tengo que intervenir en la actuación de nuestro amado Caballero Lobo.-Dijo la Dama Luna y bajó hacia el lugar donde se llevaba a cabo la exhibición.
   Aquella persona que tanto amaba estaba desplegando toda su furia y seguramente no faltaría mucho para el momento final donde todos los adultos y niños se sobrecogían. Aquel hombre, o bestia, entraba por momentos en una suerte de frenesí que descontrolaba todo aquello que lo anclaba a la cordura y entonces se desencadenaba la transformación. De la nada parecía surgir a forma del gran lobo que todos habían visto alguna vez. Era una bestia enorme, que ocupaba casi toda la extensión de aquella arena. Se decía que en su hocico solo se podían sentar dos o tres hombres. Por ser un día especial, aquella gran vestida no tendría la armadura de batalla pero aun así resultaba imponente. Una vez lograda aquella metamorfosis, el lobo les dedicó a todos su mas enérgico aullido. El mundo se quedó asombrado de la fuerza de su voz, de aquel sonido tan puro y milenario, casi tan puro como el amor que aquella bestia descomunal sentía por la dama que se acercaba a él. Eran los amantes mas famosos de todo el Reino. Pareciera que se habían conocido desde siempre y cada día parecían amarse un poco mas. El Caballero se acercó a aquella mujer y se tumbó en el suelo, dejando caer parte de peso con todo su cuerpo y haciendo temblar un poco a todo el mundo. la mujer se acercó a él y posó ambas manos sobre el gran hocico de su amado. 
   -No se como te amo mas, no se bajo que apariencia podría sentir este amor tan grande, mas grande que tú bajo esta forma mi amor.-Dijo la mujer, apoyando la cabeza sobre aquel pelaje tan oscuro y suave.
   -Que ñoños.-Dijo Crisantemo, desde un rincón, con su rostro impasible habitual. 
   -Que bello.-Dijo Loto, saltando de alegría al ver esa muestra de amor, de vida al corazón que siente.
   Y tomando aire la Dama Luna subió al lomo de su amado y cargó su arco, comenzando a disparar a los muñecos de paja que quedaban mientras el lobo de grandes dimensiones atacaba a todo lo que tuviera inamovibles ganas de perecer. Un par de muñecos fueron tragados enteros. 
   -Amor mio.-Dijo la Dama Luna- recuerda que la última vez que hiciste eso te dolió la barriga.
   Por toda respuesta y como final a aquella breve actuación el lobo finalizó su número soltando un poderoso rugido en dirección al palco e inclinando la cabeza en señal de saludo a Su Majestad. Por su parte la Dama Luna hizo lo propio y ambos se retiraron, teniendo que agacharse el caballero lobo para salir por el gran portón, hacia una de las calles principales. Necesitaba salir de esa ciudad y aquella era una calle muy ancha donde podría correr hasta las afueras, al bosque mas cercano y comer todas las energías que le sobraban. La Dama Luna le acompañaba sobre su lomo.
   Una vez que se hubo tranquilizado el ambiente llegó el momento del combate final donde el Caballero de Diamante y la Dama Plateada se enfrentarían. Ella fue recibida con aplausos. Era la principal artífice de tratos e intercambios culturales entre La Corona y los demás reinos e imperios. Su amiga, su ayudante o mas bien su jefa estaba ahora mismo deleitando con su presencia a unas cuantas mujeres de los arrabales de la ciudad, de moral algo dudosa pero con un buen fondo. Aquella gata blanca era el deleite de muchos hombres y mujeres y sobretodo de niños. Tenía mucho carisma y era tratada como un elemento mas del amplio cuerpo diplomático del reino. Normalmente no se dejaba acariciar por cualquiera, pero tras unos cuantos tratos con su amiga, cedió finalmente a cambio de una compensación alimentaria de mayor calidad.
   Mientras tanto, la Dama Plateada se preparaba para el combate. Era una mujer de fe inquebrantable en el poder de la palabra, que había visto mil prodigios ante sus propio ojos grises. De cabello muy corto, al contrario que la moda que imperaba entre las mujeres del reino, de maneras a veces demasiado directas con quienes le molestaban, gentil en el trato con los demás hombres y mujeres de la diplomacia, buena cocinera y una magnífica alquimista. Quizás bailar no era lo suyo pero sí que tenía uno de los mejores estilos de lucha con la espada. Dicha espada era una hoja fina de lo que parecía plata pura. Fue recibida con aplausos del público, aunque no tantos como con el Caballero Diamante, en especial por parte de las féminas. 
   Era probablemente el hombre mas guapo del reino, con su sonrisa blanca perfecta, sus hoyuelos, su cara de niño bueno. Rubio con rizos de querubín. Las damas presentes gritaban con todo su fervor al ver a ese hombre que parecía sacado del mismo cielo, como si fuera uno de los ángeles mas bellos de aquel lugar. Era justo y valiente, carismático y muy querido. Tenía en su poder una de las mayores colecciones de libros del Reino y era de familia humilde, nacido del vientre de una verdulera y un zapatero. Nunca había renegado de sus orígenes y a día de hoy visitaba a su madre y a su padre para ayudarles en sus tareas. Durante esos días las ventas se multiplicaban por cuatro. 
   -Un buen día para luchar.-Dijo el Caballero Diamante a su formal y siempre educada amiga. 
   -Ciertamente.-Dijo con esa arrebatadora sonrisa. 
   -¿Como estás en el día de hoy?-Preguntó ella, siempre preocupada por el estado de sus compañeros de aventuras. 
   -Oh muy bien. La verdad es que mejor después de verle. Era mucho tiempo sin reunirnos en algún sitio para hablar. 
   -Lo quieres ¿verdad?.-Dijo con una pequeña sonrisa aquella mujer de rostro habitualmente pétreo. 
   -Creo que lo amo.-Dijo ese hombre que, a pesar de tenerlo todo, no había pedido la timide y la humildad.- Bueno, vamos a darles el mejor duelo no sangriento de la historia.-Dijo aquel hombre de corazón sensible y brazo fuerte como el acero. 
   Salieron ambos a la par, con sus armaduras, plateada la de ella, impolutamente blanca la de él. las mujeres presentes no disimularon su fanatismo y gritaban como locas. era maravilloso ver tanta alegría. Los niños se quedaron impresionados ante ese espectáculo que era ver a las mejores espadas del Reino a punto de enfrentarse. Ambos fueron al centro de la arena, ya mas despejada de tanta vegetación y saludaros al público. La gata blanca se había deslizado, con toda su incomparable elegancia entre vatios hombres y volvió con aquellos niños, que eran la mayoría del público, dejándose hacer, aunque solo fuera por ese día.  Ella gustaba de sentirse adorada. 
   La Dama Plateada desenvainó y el Caballero Diamante hizo lo propio.  Todo el mundo se quedó e n silencio al llenar el estadio aquel sonido cristalino de la espada del caballero. Muchos decían que era del mismo material que el arco de la Dama Luna pero su brillo era mas intenso. Todos los grandes armeros habían hecho una y mil pruebas: golpes, ácidos, hojas de corte, sierras, mas golpes, estampados, mas golpes aun y nada, la hoja nunca había perdido filo ni brillo. Una de las pocas espadas capaces de hacerle frente estaba frente a aquel Caballero. 
   -Mmmmmmmm.-Dijo aquel hombre con ojos de Halcón, ahora sin su pluma.-Decirle a Gato y Muflón que vayan al palco de la reina, no sabemos que puede pasar aquí pero no quiero heridos.-Dijo el Caballero Halcón. Uno de sus hombres bajó de tejado en tejado y fue directo a dar el mensaje. 
   El primer choque de espadas fue sutil. primero unos pasos hacia delante, luego unos cuantos hacia los lados, como si se midieran. El Caballero Diamante fue el primero en cargar frontalmente y la dama lo paró en seco con un movimiento que parecía practicado desde siempre.
   -No seas tan obvio, por favor.-Dijo la mujer con un leve alzamiento de ceja. A continuación cargó de arriba hacia abajo, con un quiebro de cadera y atacó por un lado. Fue detenida en seco por su sonriente contrincante. 
   Y de pronto todo se aceleró. El sonido de las espadas fue de menos a mas, con un repiqueteo constante que no cesaba. Los niños estaban boquiabiertos, deseando entrenar esos movimientos con una rama o una espada de madera. Los comerciantes hacían números sobre el valor de esas espadas, la damas jóvenes y adultas tenían el corazón en un puño. Desde un lugar entre las multitudes, un hombre de cabello corto y mandíbula cuadrada miraba al amor de su vida. Aun a pesar de sus grandes manos manejaba la aguja con gentil delicadeza para coser vestidos de muñecas o de damas de la corte. No podía estar mas feliz de ser correspondido por aquel Caballero de destreza sobresaliente.  
   Entre choque y choque se comenzó a sentir otra sensación. El aire se fue cargando, como si Crisantemo fuera a cargar uno de sus golpes, pero entre medias se escuchaban lo que parecían bufidos, rugidos, gruñidos. Entre los choques se saltaban chispas verdes, azules, rojas, amarillas, blancas e incluso moradas o negras. 
   El clímax se produjo cuando ambos combatientes dieron un gran salto hacia atrás y al mismo tiempo clavaron las espadas en el suelo, provocando la reverberación de la tierra. De pronto, de la parte de la hoja mas visible salieron dos entidades incorpóreas, que con los segundos fueron tomando un aspecto mas "físico" que representaban lo que parecía un león y un tigre. Salieron en dirección al contrario que tenían en frente y chocaron en una tormenta de blanca luz y rugidos fieros. 
   -Mi león.-Susurró sin poderlo evitar aquel hombre de manos fuertes y habilidosas.
   Las invocaciones se unieron a la batalla y ambos espadachines se centraron en combatirse el uno a la otra. cada vez que un movimiento era ventajoso la invocación pertinente tomaba ventaja. Las dos criaturas mágicas chocaron de nuevo después de una tormenta de mordiscos y garras. Un par de veces aquellas criaturas casi se estrellan contra el inocente público pero pudieron remediarlo a tiempo. Un par de arbustos aun presentes ante la actuación de Loto fueron aplastados completamente. Los golpes de espada venían por todos lados y parecían retumbar en toda la arena y parte de la ciudad capital.
   Con una floritura final, ambos espadachines señalaron a sus bestias y estas volvieron al interior de su armas y con la estocada final, que no dio en el blanco en ninguno de los casos al tratarse de una exhibición, ambos contendientes se saludaron y el público, enardecido, aplaudió probablemente el mejor duelo de espada de la historia de aquel lugar.  
   Así es como se reforjó la leyenda de las Damas y los Caballeros del Reino.

jueves, 12 de octubre de 2017

El cumpleaños del Infante.

   La fiesta transcurría tranquilamente. La Reina había convocado a todos para celebrar el cumpleaños de uno de sus hijos. Los grandes señores y parte del pueblo estaban presentes. De no ser por el aforo limitado le habría encantado invitar a todo el reino, pero el espacio y la comida estaban ligeramente limitados por la llegaba del invierno y los muros del castillo. La sala de fiestas, con todo, era enorme, decorada con blasones de los grandes señores que hacían acto de presencia, cuidando de que no hubiera acercamientos entre los símbolos que poseyeran una historia común de enfrentamientos. La princesa, una encantadora criatura de 10 años estaba con su hermanito, el cumpleaños en los brazos de su hermana y unas cuantas amigas y mujeres nobles. El niño, último producto del amor de la Reina con el Rey, era un querubín de ojos preciosos y llenos de luz para el mundo. Todos los hombres y las mujeres que pasaban por delante hacían una reverencia o bien le daban algún regala, que un asistente recogía y depositaba en la cámara de los regalos. ya eran cientos aquellos obsequios. Todo aquel lugar, la sala de fiestas, estaba iluminado a las mil maravillas, pareciera incluso que hubiera una iluminación viva que se presentaba en el momento necesario. Las grandes galas estaban adornando los cuerpos de cada invitado. había nobles ancianos, jóvenes comerciantes, viejos capitanes y artesanos, que habían puesto todo su arte al servicio de la Corona.
   La Reina estaba exultante. Mantenía la compostura pero se la veía realmente bella con un vestido que combinaba un sinfín de colores a su alrededor, con pequeñas tiras de gasa, sin escote, bien cubierto. El maquillaje era discreto pero realzaba aquellos ojos que habían hecho soñar a muchos hombres. Y que aun lo hacían. Los pasos que daba entre la multitud siempre estaban acompañados de una sonrisa, de una reverencia, de un intercambio corto o largo de palabras. Tenía tiempo para todo el mundo. Fue entonces que un sirviente le entregó un mensaje. La Reina lo leyó y salió lo mas discretamente de aquel lugar para dirigirse a sus aposentos, os cuales compartía con el rey. Subió un buen tramo de escaleras y entró elegantemente en la estancia. Esta ya se encontraba iluminada por unos cuantos candelabros que los sirvientes se encargaban de mantener siempre encendidos. Salvo un rincón. En el techo de aquella estancia aun se veían las vigas y en una de ellas había colgado un ser. Estaba boca abajo. Parecía un hombre normal de no ser por su gran palidez, por sus ojos rojos y su postura contraria a la de la reina en algunos asuntos como la educación de los niños nobles.
   -¿Tan temprano, aun con la luz del sol ocultándose, mi entrañable caballero?.-Dijo la Reina, cerrado la puerta detrás de ella y acercándose a aquella criatura colgante.
   Su rostro estaba totalmente fijo en ella y los ojos parecían brillar en la incipiente oscuridad. Era una visión realmente fascinante pero a los primerizos les solía asustar.
   -Quería presentar mis respetos al jovencito que va a cumplir años.-La ropa no parecía obedecer a la ley de la gravedad, recientemente descubierta. Era quizás la única prenda de vestir que la desafiaba en toda la tierra conocida.-También quería hacerle un regalo. Y le sugiero que lo pase por el filtro de seguridad que ha colocado en la cámara de regalos. Le aseguro que mis intenciones no son malas, se que usted lo sabe y yo se que usted sabe que yo lo se.
   El vampiro dio un pequeño salto y quedó justo de pie delante de aquella mujer que le había hecho suspirar una vez tras siglos sin usar los pulmones. la Reina le miró fijamente. Tenía unos rasgos distinguidos y claros, de rostro delgado y en sus ojos había algo que no había perdido ni siquiera tras morir: orgullo, dignidad, honor, tormento, tristeza. Fue solo una vez cuando vio a aquel ser arrepentido por la sangre que consumía sonreír. Aunque no directamente.
   Fue un día, hace muchos años, cuando la Reina era niña, apenas una pequeña criatura de cinco años. Ella estaba jugando y ese ser la mitraba desde la torre donde ahora se encontraban. Ella sabía de su presencia, pero no así el resto del reino, tan solo su padre, el Antiguo Rey, el que Mucho Vivió y mas Debió Haber Vivido y unos pocos hombres y mujeres de extrema confianza. Fue la madre de la Reina quien lo vio y en el lecho de muerte, en plena crisis de la en aquel momento Princesa, le había dicho a su hija, tomando su mano, que aquel ser lleno de tristeza y rabia había sonreído mirándola y había afirmado con rotundidad "Esa niña le dará a este reino el futuro que merece".
   En aquel momento, al caballero de oscura armadura de tela negra se le veía decidido a cumplir su cometido. Se llevó la mano al bolsillo y con un sencillo gesto le entregó un pequeño medallón a la Reina. Era de un material oscuro que desprendía pequeños destellos rojizos. En el centro había una piedra de tantos colores como los que estaban presentes en el vestido de la reina. A su alrededor la decoración presentaba la forma de una estrella de cinco puntas, quedando la que era sostenida por la cabeza hacia abajo.
   -Vuestro mago seguramente lo encuentre un reto interesante. Si es sabio de verdad a lo sumo probará un par de hechizos.
   -¿Y ese empeño en probar a mis magos?.-Preguntó la reina, sentándose a la mesa de aquel lugar, donde a veces comía con su marido. Le hizo un gesto para que se sentara.
   El buen hombre se acercó y se sentó frente a la Reina, que le miraba con una cierta curiosidad y al mismo tiempo calidez en la mirada. Su vestido era precioso, con ese abanico de colores que parecían combinar tan bien unos con otros. Su cuerpo conservaba la finura de quienes la habían creado con tanto amor. El hombre de las sombras se quedó en silencio, eludiendo con una pequeña sonrisa su pregunta.
   -¿Podremos veros en la fiesta?.-Preguntó la Reina. Aquello era una reminiscencia de la pequeña Princesa que había sido en su momento, cuando preguntaba a su muy querido protector nocturno si asistiría a tal o cual reunión con su padre o a tal o cual fiesta de nobles. había intentado todo, recibiendo siempre una educada negativa, pero nunca se sabía con estas cosas.
   -Me temo que no, Majestad. Además de que tengo unos cuantos asuntos que atender en esta bella noche, aunque alguno de ellos son un complemento indecente a lo grandioso del momento. Y si bien aquí abunda la luz, en otros rincones de la ciudad hay sombras que incluso a mi me hacen plantearme si adentrarme en ellas o no. Igualmente no se altere majestad, pues para mi es todo un deber, un honor y a veces un placer serviros. Y no, no correrá la sangre esta noche por orden vuestra.-El caballero oscuro miró a los ojos de la mujer mas bella de toda la corte.-Además de que tengo una cita.
   -¿La conozco?.- Preguntó la reina, con un brillo en la mirada que denotaba la aparición de aquella pequeña o adolescente que quería saber todo sobre las nobles de la corte.
   -Es una dama que viene del extranjero y que conocí en unos de mis recientes viajes. No esperaba que se aproximara por estos lares tan pronto pero supongo que la ocasión de los festejos por el cumpleaños del Infante lo merece.-Dijo con toda tranquilidad el hombre de las sombras.-Pero eso será algo mas tarde.
   -Seguramente la deslumbrarás.-Dijo la Reina, con una sonrisa cálida.
   -Me vais a ruborizar, Majestad.-Dijo el vampiro exponiendo una sonrisa que, dejando a un lado cualquier situación sentimental o estado civil, podía encandilar a cualquier mujer.
   -Siempre fuisteis un hombre modesto, incluso cuando servíais a ese rey tan antiguo y casi olvidado.-Dijo la Reina con el orgullo por sus antepasados en la mirada.
   -Fue un gran hombre. Quizás la definición de hombre que todos los demás deberían cumplir..-Dijo el vampiro poniéndose en pie. Por desgracia debo partir, majestad. Y sugiero, si no es mucho pedir, que esta noche todos los habitantes del castillo duerman en las habitaciones interiores.-Y sin mas desapareció entre las sombras, deshaciéndose con aquel rincón en sombras.

   Unos minutos después, un carruaje salía de la ciudad, al menos de la que era considerada la parte principal, donde se encontraban los grandes talleres artesanos, algunos barracones del ejército y todo se entremezclaba con callejuelas. Los guardias se encontraban sonrientes ante la celebración y unas cuantas botellas vacías estaban sobre una mesa, en donde se refugiaban cuando hacía frío o querían descansar después de tantas horas sentados. Las puertas estaban cerradas y fue necesario solamente enseñar un anillo de plata con el símbolo de la Corona para que los hombres le dejaran pasar. Muy pocos hombres y mujeres tenían ese anillo, ese sello que demostraba ausencia de lazos de sangre pero sí una confianza casi ciega y plena por parte de quien regía aquellas tierras.
   El carruaje se dirigió hacia las afueras, donde las casas de gran despliegue técnico y arquitectónico daba paso a algo mucho mas humilde. Fue entonces que el hombre ordenó detener el carruaje. El conductor paró en sexo con el relincho de los cuatro caballos que lo tiraban.
   -¿Que ocurre señor?-Preguntó el cochero, desconcertado por aquel repentino parón.
   -Seguiré de aquí en adelante, buen hombre, no se preocupe.-Dijo de forma bastante convincente. 
   -Que tenga buena noche, caballero.-Dijo el cochero retirándose de aquel lugar con cierta sensación de desasosiego.
   Tantos siglos que habían pasado y aquel olor estaba presente cada vez que pasaba cerca de un acto luctuoso. Era un aroma dulce, agradable, que acariciaba las fosas nasales, haciendo notar su presencia pero sin definirse del todo. Caminó unos cuantos pasos en una dirección indeterminada, siguiendo un pequeño camino entre varias casas hasta que dio con lo que buscaba. Llegaba justo en el momento en que el moribundo llegaba a su tumba. 
   Era un chico realmente joven que había muerto por un accidente. Su rostro y su cuerpo entero estaba cubierto, quizás por discreción para que no vieran el resultado de lo que había sucedido de forma tan desgraciada. Su madre lloraba, su padre apretaba el puño que tenía libre, mirando al suelo y cargados aquellos ojos de impotencia. El hombre que tanto tiempo atrás se había encontrado con la muerte bajó la mirada en señal del mas profundo respeto. Sentía fascinación, envidia, atracción por la muerte. Enviaba a ese chico, a esa vida tan corta sesgada de golpe, estando el condenando a tener una apariencia que era eso, apariencia. Se acercó un poco mas mientras el cura se preparaba para dar su letanía y despedir o enviar así el alma de aquel joven al mas allá. Los seres de su condición tenía unos ojos que permitían ver a aquellos que habían partido.  
   Vio que del ataúd se desprendía una especie de voluta plateada. El ser de las sombras siguió aquella voluta con la mirada. Esta se paseó entre los presentes, como si tratara de discernir a través de pequeños contactos, realmente sutiles, la condición o la identidad de aquellas personas. Cuando la voluta se acercó al hombre que tenía el puño apretado se escuchó una voz tranquila. 
   -No hagas locuras papá, se que mi jefe no te caía bien pero él no fue mi asesino.-Apenas era un hilo de voz pero aquello pareció ser mas que suficiente para que la voluta humo tomara la forma corpórea de un joven pleno de fuerzas, con un aspecto realmente glorioso y ascendiese rápidamente a los cielos. 
   Tras estas palabras se respiró al momento en el ambiente una sensación de liberación. El puño del padre se había relajado y tenía un rostro sereno. Incluso estaba sonriendo levemente. 
   -Murió aprendiendo aquello que quería que fuera su sueño.-Dijo el hombre antes de echarse a llorar. 
   El caballero de la oscuridad decidió dejar a todo el mundo mientras las palabras de los textos sagrados se extendían por toda la planicie. A las personas de su particular condición le resultaba desagradables las palabras de textos sagrados. Y peor aun, él, antes de su nueva forma de vida, era un devoto de las escrituras sagradas. Y ahora huía de ellas. La vida estaba cargada de ironía.
   Continuó caminando durante un buen rato hasta encontrarse con un bosque a las afueras de aquel territorio domado por el hombre y sus aparejos de cultivo. Los árboles se comenzaron a suceder cada vez de forma mas numerosa, dejando claro que aquel lugar era aun territorio de Gaia y sus misterios. la frondosa espesura dio pie a un claro, a donde su olfato le había llevado. Tras pasar a tener una nueva vida era capaz de oler cosas que antes no se le habrían pasado por la cabeza, y lo mismo con los ojos y el oído. Y la encontró, en medio de un claro. 
   La única mujer cuya belleza era capaz de recordar que respirar no le habría servido de nada. Iba con un vestido rojo del color de la sangre. Sin embargo, con la luna creando una halo a su alrededor, sus ojos centelleaban azulados como zafiros a través de la luz del sol. Se movió lentamente, casi flotando, sobre la hierba y se quedó a apenas unos pocos centímetros de él. Cualquier hombre habría enloquecido con solo mirarla. Él, alimentado por la experiencia y el dolor del pasado, tuvo el privilegio de poder resistirse un poco mas.El hombre hizo na reverencia cuando la dama se estaba acercando. 
   -Que bello día para que me enseñe la ciudad, caballero.-Dijo la mujer, mirándolo fijamente a los ojos, con toda formalidad. Le recordaba en cierto aspecto a la Reina.-Parece ser que he elegido la mejor fecha para que alguien de su porte y clase me muestre cada rincón de luz y cada parte de oscuridad. 
   -Espero ser un guía mas que decente.-Dijo tan solo el caballero, tenía que medir mucho las palabras cada vez que ella estaba presente, no por temor a ofenderla, sino por temor a revelar demasiado de sus intenciones. Aunque por tiempo no sería, les podía aguardar la eternidad. 
   Él ofreció su brazo, ella se enganchó con suma delicadeza a él y ambos caminaron entre las sombras, sin perder un solo detalle, compartiendo visiones del mundo, gustos, deseos, opiniones. Llegaron incluso a tocar un tema taboo: la vida pasada. El pasado para aquellas gentes destinadas a vagar entre las sombras, era un recordatorio de todo lo que habían tenido y habían perdido de una u otra forma. Pero sin duda fue una experiencia enriquecedora. 

   Lejos de ahí, en el castillo, el Infante que cumplía años, se encontraba entre los brazos de su madre, ambos dormidos apaciblemente en las habitaciones interiores. Las caras de extrañeza no fueron pocas cuando, en pleno verano, donde la brisa acompaña a dormir mucho mejor en la torre mas alta del astillo, la Reina pidió que se habilitara aquel cuarto para el Infante, la Reina y la Princesa, un poco mas allá. Veinte caballeros de élite estaban dispuestos en ese pasillo y otros cincuenta a lo largo de todo el castillo y controlando las salidas. La noche era apacible pero había sombras. Mientras dos posibles amigos, o confidentes, o amantes paseaban tranquilamente por las calles de la ciudad, un gato negro muy elitista, de esos que no se dejan acariciar por cualquiera y con una curiosa preferencia por la compañía femenina, los miraba desde lo alto de un palacete de nobles artesanos. 

miércoles, 4 de octubre de 2017

Tres reinas.

   Había en aquel reino de bellos paisajes un palacio. Dicho palacio era la máxima expresión de lo que las manos humanas podían hacer para reverenciar a aquellas entidades a las que adoraban todos lo que tenían alguna necesidad. Eran tres aquellas deidades hechas mujer que ayudaban a los mas desamparados con sus favores. Eran reinas entre los hombres aquellas sentadas en los tronos de un reino lejano de envidias, miedos o ignorancia. Cada una de ellas representaba una virtud aunque no estaban exentas de otros excepcionales dones. La sala de los tronos estaba en ese momento vacía a excepción de las tres reinas, que reposaban sobre aquellos tronos realmente elaborados por los mejores artesanos de aquel lugar. Una de aquellas reinas era la mas bella, otra la mas fuerte y finalmente la mas sabia.

   La reina mas Sabia es de gran belleza, con un cuerpo de curvas generosas y el brillo de la inteligencia irradiándose en su mirada como un sol. Es un ser único en el mundo que se gana el temor y el respeto de quienes lo merecen. En su cabeza el conocimiento rebosa, la inteligencia y la mas absoluta de las perspicacias vuela libre y no se le escapa nada del alma humana a sus ojos siempre abiertos y sus oídos siempre atentos a cada palabra. Los corazones falsos, mentirosos, llenos del veneno de la envidia o algún otro mal no pueden esconderse de su juicio, certero en sentencia y castigo. Los secretos de las personas sin embargo ella los respeta y disfruta de juntarse con otros hombres y mujeres para poder conocer mas el mundo. Ella no prejuzga, no tiene tiempo de ello, pues en pocos minutos sabe lo que esconden las intenciones de cada ser viviente. Muestra una paciencia y el tiempo le es indiferente cuando se trata de conocer. De no ser por sus obligaciones las horas o los días pasarían dentro de las animadas conversaciones que tiene con aquellos a los que regala su presencia. Al igual que a la diosa Atenea, ella tenía posado sobre su hombro un mochuelo que a veces le contaba secretos

La reina mas Bella era un portento para la vista y el refinamiento. Verla ahí sentaba, en aquel trono de plata y terciopelo negro era mas que suficiente para que mas de una mujer llorara de pura envidia al contemplar su rostro pálido. Muchos hombres caminarían por la eternidad en aquellas praderas verdes que eran sus ojos. Era silenciosa como la brisa, elegante como el caminar del ciervo aunque en absoluto asustadiza. En su corazón había sentimientos y en su cabeza curiosidad y ansias de saber mas sobre las artes. Era silenciosa, lo que convertía sus palabras en una valiosa bendición para quienes lograban escuchar su voz. Los grandes poetas y artistas le daban todo tipo de obsequios, a la espera de recibir su favor. Su largo cabello era una mezcla de luz y cobre. Cuando recorría el mundo, las telas de su vestido parecían ser acariciadas con adoración por la mismísima brisa de las estaciones. Su rostro parecía cincelado en cada detalle para dejar sin aliento a quienes se la encontraban por sorpresa buscando inspiración en lejanos parajes o en medio de fiestas populares. Siempre aparecía, tarde o temprano, cuando se la echaba en falta, le recordaba al mundo que la esencia de la belleza tenía un rostro y un alma llena de deseo por explorar el mundo. 

La reina mas Fuerte nació de la forja de la libertad, el amor y la supervivencia. Había sido golpeada mil veces y se había levantado mas fuerte, había padecido mil tormentos que la vida le puso delante para probarla y había sobrevivido. Y no solamente su resistencia venía del dolor del pasado, también en sus ojos se reflejaba el fuerte amor y la pasión que sentía por la felicidad de aquellos a los que quería, con el ardor del fuego del volcán era capaz de destruir cualquier cosa que amenazara a sus seres queridos. Se la veía muchas veces sentada, hablando animadamente con aquellos que los que aceptaba en su círculo, dándole paz a todos los que sufrían tormento interior, alejando los fantasmas de quienes recordaban el pasado y querían reparar el presente para tener un mejor futuro. Era toda una valquiria, no solo por su belleza y fortaleza sino también por su discurrir, callando cuando era necesario o luchando por la verdad cuando era era obligado. 

Así eran pues, las tres reinas, que bendijeron a este humilde servidor con su mera presencia. 

miércoles, 13 de septiembre de 2017

El caballero y el médico.

   El caballero se desmontó de su montura. En medio de aquel lugar, de aquel verdoso paisaje no existía nada mas que probara la presencia de gente que aquella pequeña taberna. Era un edificio de dos plantas, con cuatro habitaciones para huéspedes en aquella planta superior. A la altura del tejado estaba todos los suministros, las reservas para que a los clientes nunca les faltara nada a la hora de comer. Un estómago lleno era un problema menos. Los cansados ojos del hombre miraron aquel sitio. No se veía realmente poco lustroso, pero tenía algo que denotaba el paso de los años y cierto descuidado en el exterior. El signo inapelable de que era una taberna era un cerdo asado que pendía de las típicas dos cadenas ligeramente chirriantes. El clima no acompañaría en los siguientes días aunque las primeras lluvias se manifestaban con aire frío y unas pocas gotas, pero pronto arreciaría.

   El interior de aquel lugar era bastante agradable a pesar de la presentación humilde de cada uno de los elementos. Era una taberna tan típica como acogedora en verdad. Al principio uno puede tener la impresión de que es una taberna mas pero con el paso de los minutos, cuando uno se sienta en alguno de los pequeños bancos, sillas o taburetes, siente que ha estado ahí mas veces, le acoge un sentimiento de familiaridad. Los laterales de aquella estancia estaban decorados con un par de tapices que representaban por un lado lo que toda taberna tendría que tener: gente bebiendo. Por otro había una escena de una batalla entre un caballero de blanca armadura y una bestia extraña, que el recién llegado nunca había visto. Tenía forma y al mismo tiempo no la tenía, parecía tener garras, pero estas pasaban de tener una presencia sólida a parecer que se difuminan en el fondo. Lo mismo con lo que parecían unas alas y unas patas bastante deformes.

   -¿Que le pongo, noble caballero?.-Preguntó la dueña de aquel lugar, con una sonrisa entre afable y coqueta. Era una señora bien entrada en carnes que poseía ese típico atractivo basado no solamente en físico sino también en carisma o, sencillamente, aura.
   -La nobleza es algo que perdí hace tiempo, mi buena señora.-Dijo el caballero mientras se acomodaba en la silla, algo astillada pero que daba una buena base a su espalda para descansar después de la tensión del viaje. El tono usado para esa frase fue entre circunspecto y amable.-Cualquier carne que tenga será suficiente. El camino ha sido largo, las aventuras pocas pero intensas, me he encontrado alguna pasión junto a la muerte y ahora mismo deseo aislarme de todo eso para reflexionar y guardar luto por los compañeros caídos.
   -Lamento sus pérdidas.-Dijo la mujer con un rosto apenado y una humildad llena de conmiseración y empatía.-Ahora le traeré el guiso mas delicioso del mundo.
   En efecto. Era el guiso mas delicioso del mundo para un hombre que había llegado de la batalla, que durante el camino de vuelta a su castillo había lidiado con los fantasmas y las imágenes de lo acontecido.
   Fue entonces que se abrió la puerta y entró otro par de invitados de lo mas dispares.
   El noble era eso, un noble como los que ya no quedaban, con la cabeza levantada de orgullo por la familia, por la tierra, por la patria. Se sentó recto, como su sentido interior de la justicia, como si su espalda estuviera compuesta por una solida vara de hierro con la que su padre le había pegado en alguna que otra ocasión. Alzó una ceja ante el ambiente que se respiraba en aquel lugar, tan lejos de aquel palacio que había abandonado hace unos meses. Observó el entorno y fue cuando tuvo una idea de seguridad ante la presencia de la dueña del establecimiento que apenas se permitió relajarse. No iba solo. Le seguía un angelito de unos cinco años, de sonrisa enorme y ojos casi tan grandes como el corazón de quien la había traído hasta ahí. Ambo estaban vestidos con tela de colores discretos pero a simple vista se notaba la buena factura, no todo el mundo se podía permitir esos precios.  Ella exudaba inocencia, con sus tirabuzones y piel morena, sus ojos claros, que destacaban en contraste al color de la piel bronceada por el sol del camino y los juegos en los campos. 
   El caballero los observó y la inocencia de la niña junto a la experiencia del hombre de armas se cruzaron en forma de larga mirada, con un saludo de la pequeña manita al final. El gentil maestro de la espada y la lanza hizo un saludo realmente respetuoso a la pequeña dama. Ella bajó la mirada en un repentino gesto de timidez. 
   -Hija.-Dijo el noble con tono pomposo.-No deberías hacer esperar a la buena mujer que nos atiende. ¿Que es lo que deseas para comer?-Dijo con pomposidad pero una leve sonrisa. 
   -Lo que está comiendo ese señor., señalando muy discretamente al viejo hombre de armas, que seguía con su guiso tranquilamente.-Y de beber un poco de vino. 
   -Mi encantadora hija tomará agua.-Dijo el noble obviando la última petición de la que era su hija.-Yo tomaré un poco de sopa y agua también. 
   -Pero papá...-Comenzó la niña con un puchero. 
   -Nada de vino hasta que seas mas mayor. Ya lo hemos hablado, hija.-Dijo el noble. 
   La escena pareció hacerle gracia a la tabernera que se afanaba con una sonrisa en servir lo demandado con tanta educación. La niña y el noble, quien era su padre, estaban francamente impresionados por el buen sabor de la comida.
   -Prueba esto, papá, está muy rico.-Dijo con una vocecita realmente encantadora. 
   -Disculpe mi buena señora.-Dijo con una leve sonrisa de satisfacción el noble, tras probar un poco de guiso de su hija.-No soy un cocinero experto pero ¿detecto lo que podría llamarse en ciertas tierras como "el oro rojo"?.
   La mujer se giró después de servir un poco mas de bebida al caballero que había llegado antes que ellos. En su rostro había una sonrisa cómplice. 
   -Mi cuñado, un hombre de aventuras y peligrosas tramas que se arriesga a todo con tal de que su cuñada sirva buenos guisos y demás viandas a los invitados. Aunque en sí el buen sabor se debe a las ganas que le pongo en cada plato. Mi abuela siempre me decía que hay que poner una parte del corazón en lo que se hace, que es así como se consigue lo mejor de una mismo. 
   -Un sabio consejo.-Dijo el caballero de improviso, mientras terminaba cuenco de guiso.-Creo que iré a dormir. ¿Queda alguna habitación libre?-Dijo el caballero, pero antes de que pudiera decirle nada la dueña la puerta se abrió de golpe. 
   -¡SOCORRO!.-Era un hombre joven, poderoso físico, que al entrar en la taberna casi tira la puerta abajo del poderoso envite que le dio.-¡Necesito ayuda!¡Mi esposa se muere!¡Algo la ha poseído!
   -Papá.-Dijo la niña, pero antes de que pudiera hacer o decir nada  mas, su padre ya se había levantado. 
   -Lléveme hasta ella, por favor. 
   A medio camino entre la puerta de la taberna y la carreta que probablemente transportaba a los recién llegados, una mujer se encontraba en el suelo. Su cuerpo se encontraba temblando violentamente y de su boca salía mucha espuma, sus ojos estaban en blanco. El noble no dudo un solo segundo en actuar. Sin mucha delicadeza tomó el rostro de la joven y trató de abrirle la boca. Lo logró. Sacó de entre las telas de su ropa un objeto de madera y lo colocó entre los dientes de la mujer, a la que después le giró el rostro.
   -Necesito un trapo húmedo.-Dijo.-Por favor ayúdeme a ponerla en un lugar fresco. la sombra del carromato será suficiente. 
   El hombre fuerte ayudó en seguida al noble para resguardar a su amada en un lugar fresco. Al momento de llegar el trapo húmedo se lo pusieron en la cabeza y comenzó un cierto proceso en el que las aguas se pudieron en su lugar. El caballero había mirado la escena atónito ante la rápida actuación del que podría ser el salvador de una vida. Esperaba encontrar una indiferencia ante la vida o quien sabe que cosas propias de los elitistas nobles de la corte, pero no. La actuación había sido perfecta.
   Pasados los minutos, con toda la escena de aquel momento mas tenso ya siendo parte del pasado, colocaron a la mujer en una de las camas de la habitación de arriba. 
   -Hay que desvestirla y lavarla. Asegurarse de que tiene ropa fresca puesta y que coma algo en cuanto despierte.-Dijo el noble con toda tranquilidad.-Aceptaré obviamente una negativa de mi ayuda en relación a desvestirla. 
   -No, no tiene una negativa por mi parte, señor. Usted le ha salvado la vida.-El hombre se quedó mirando a su amada con esos ojos de absoluta devoción.-Sin ella yo no se que haría en la vida.-Miró de nuevo al noble.-Vamos a ello. 
   Se afanaron con el máximo cuidado posible en desvestir a la mujer. Era de esas bellezas que no sabes decir exactamente donde radica lo mas destacado de su rostro pero tenía aura, ángel, como se diría en latitudes mas campesinas a los ojos del noble. Su cuerpo era menudo, seguramente ella le llegaría por el pecho a él. La encargada de aquel lugar de aprovisionamiento y descanso les echó una mano en cierto momento trayendo toallas, mantas y todo lo que necesitaran. Desde el carromato que la pareja tenía fuera llegaron las ropas limpias y mas livianas. 
   -Es importante ponerle ropa que no apriete, que deje pasar la circulación de la sangre y el aire por la piel. Suena muy obvio pero poca gente lo piensa al momento.-Dijo el noble. 
   -Señor.-Dijo el caballero.-Sois hombre instruido en las artes de la sanación. Yo pensaba en algún tipo de posesión demoníaca. 
   -Su majestad suele padecer este tipo de ataques a menudo..-Dijo con toda ligereza y normalidad.-En palacio estamos acostumbrados.
   -¿Sois el médico del rey?.-Preguntó el caballero, asombrado pero al mismo tiempo no le extrañaba aquella información.
   -Médico al servicio de su majestad en general y del Reino en particular. Y vos sois Caballero Juramentado de la Orden de Protectores Reales..-Dijo el médico real al Caballero, mirando enfáticamente el anillo con la cabeza de león plateada que llevaba el hombre de armas en el dedo.
   -¡Señores!.-Dijo la mujer que atendía aquel lugar con tanto aprecio y cariño.-Ha despertado. 
   -Magnífico.-Dijo el médico con toda elegancia y pompa, dirigiéndose a las escaleras, para llegar hasta la habitación, seguido de su hija y el caballero.-Demasiada gente.-Dijo el médico noble.-Hija, señor, señora, por favor dejen al profesional trabajar. usted no, buen hombre, los familiares se pueden quedar. Ah eso sí, mi buena señora. tenga a bien de traer algo ligero, un caldo, quizás algo de pan.
   Entonces en el rostro del médico se produjo un cambio facial asombroso. Su pompa y tono elitista pasó a ser un tono tierno. Tomó la mano de la mujer y apretó levemente su muñeca. 
   -Buenos días señorita. Voy hacerle unas cuantas preguntas antes de que pase nada. Le aclaro que son de los mas sencillas.-Y sonrió de forma encantadora por unos momentos.-Bien, comencemos. 
   Le hizo preguntas de lo mas básica como su nombre, su edad, de donde venía, a donde se dirigía, que era la último que recordaba antes de despertarse. La mujer contestaba con cierta dificultad pero eran respuestas acertadas en lo que su amado confirmaba cada cosa. Una vez que la sopa llegó la mujer tomó una poca y se dio cuenta del hambre que tenía. 
   -Este tipo de cosas da mucha hambre. Se pierde mucha energía durante el proceso y es importante la hidratación. Mi buena señora, por favor traiga un poco de agua para la señorita.
   -En seguida, doctor.-dijo la buena mujer, al momento trajo una jarra llena de agua del pozo cercano. 
   Una vez alimentada e hidratada todo el mundo se fue tranquilizando con el paso de las horas. Quien no se despegaba de aquella cama era el hombre fuerte, que como mínimo agarraba la mano de su amada con toda delicadeza. Era asombroso como esas manazas se deslizaban por la mejilla de ella, con una suavidad y nunca visto por ninguno de los otros dos hombres hasta el presente. A la posadera aquellas maneras le dieron cierta envidia. 
   Fue entonces que pasaron una noche realmente apacible. Donde no faltaron los cuidados y las anécdotas. El Caballero venía de ver un infierno, el doctor noble, de ver a una distinguido paciente de identidad y síntomas desconocidos. Su hija le había hecho una corona de flores a la paciente, que se lo agradeció con una gran sonrisa. Los amantes se quedaron dentro de la habitación mas cercana a las escaleras de acceso. 
   Llegó el día siguiente y la mujer estaba mejor. El hombre de las medicinas le recetó un par de hierbas relajantes. En caso de que pasara de nuevo aquella crisis el médico le indicó como debería de actuar aquel hombre fuerte y rotundamente enamorado de quien había sido para él la salvación de su alma. 
   Partieron el noble y la niña junto al Caballero pues el mismo destino les aguardaba, en palacio real, a uno en su laboratorio y al otro junto a sus hombres. 
   -¿Puedo saber como murió su padre?
   -En batalla... decapitado. 
   -Con la cabeza bien alta. 
   -Exacto. 
   -Es decir que dejó expuesto el cuello a la espada de quien se la cortó. 
   El noble miró al hombre que tenía a su lado. De pronto la espalda de aquel señor de orgulloso porte comenzó a arquearse un poco mientras miraba al frente. La verdad que le acababan de rebelar le dio un buen golpe. 
   -Él siempre decía que su muerte iba a ser una ironía.
   -Entonces el abuelo era adivino.-Dijo la niña, entre los brazos de su padre, sobre la silla de montar.
   EL noble se quedó reflexivo durante casi todo el camino salvo para dirigirse a su hija cuando esta le hacía alguna pregunta. Fue un camino tranquilo, lleno de bellos paisajes y de anécdotas de la vida guerrera y médica, las cuales no se diferenciaban en mucho.