lunes, 24 de septiembre de 2012

Susurros cristalinos



En lo alto de una colina descansaba una dama ataviada con sus ropajes de diario. Arduo trabajo le esperaba en el campo cuidando a todas aquellas ovejas que tenía a su cargo. La humildad estaba presente en su mirada y sus movimientos eran los de toda habitante de un pueblo cualquiera en medio de una inmensa llanura con hierba verde y fresca que alimentara a todo ese rebaño. El frío había marchado hacía ya mucho tiempo para dar paso a la radiante primavera que tanto alborotaba a las almas mas jóvenes de aquel lugar. Ella no era una excepción y su mente volaba hasta los brazos de aquel joven caballero que por lo visto había ignorado el estatus y la trataba con la igualdad con la que trataba a reinas y princesas auténticas, de gran poder económico y aun mas grande ego. Todo parecía que estaba bien, todo en su lugar. Quizás él ahora estuviera en algún torneo o debatiendo con sus amigos de las altas esferas de la nobleza sobre algún importante tema. Y pronto quizás lo vería en sus múltiples viajes a aquella aldea que formaba parte de un feudo como otro cualquiera. Todo era magnífico. 

La noche caía lentamente. Las estrellas se fueron reuniendo poco a poco en torno a ese mundo tan falto de problemas, en aquella llanura se podía ver sin ningún tipo de contaminación luminosa que impidiera ver aquel magno espectáculo de la naturaleza, una recreación de mil historias en forma de pequeños brillos parpadeantes. La sencilla aldeana decidió entonces encaminarse hacia otro lugar para poder dejar a la hierba crecer libremente hasta su regreso a las pocas semanas de esa primera parada. A lo lejos se podía ver las luces de las demás pastoras y pastores que estaban dejando pastar a sus ovejas y tomarían uno u otro rumbo, en busca de buenos alimentos y de una futura y buena obtención de lana y leche en caso de los que tuvieran cabras. Aquello era muy duro, como seguramente sería el trabajo de aquel joven caballero que había mirado sus ojos y se había prendado de ella. Se deshizo de la pereza que la empezaba a envolver y llevó el rebaño hasta una nueva área de esa gran llanura que podía aprovisionar a miles y miles de animales. Sus pasos la llevaron al linde de un bosque del que muchos cuentos se contaban valga la redundancia. 

Era un conjunto de especies forestales sueltas que poco a poco se juntaban las unas con las otras para formar, en ocasiones, murallas fortificadas y naturales e las que se encontraban, según leyendas, todas las grandes dependencias de reinas y reyes élficos. Aquella pastora y seguramente aquel caballero habían escuchado muchas veces cuentos de ancianos y trovadores que decían sobre aquellos lugares en los que la maravilla y la belleza eran el plato de cada día. Ellos, los elfos, eran fuertes y bellos así como ellas eran inteligente, ágiles e igualmente dignas de alabanza por su belleza física. Siempre congelados en el tiempo por una inmortalidad ya ni se sabe si perseguida o innata, permanecían en sus lujosos refugios naturales. El pueblo élfico de los cuentos era un pueblo que dominaba todas las artes, desde la caza hasta la orfebrería, la guerra y la paz. Se basaban en todo lo que tenían a su disposición, respetando siempre los equilibrios de la vida y la naturaleza (estas dos ya de por si conectadas desde el inicio de los tiempos) y agradeciendo cada uno de los dones y bendiciones con las consabidas oraciones en su extraña y mágica lengua. 

Todas aquellas fantasías habían llenado siempre la cabeza de aquella joven que poco a poco había crecido lejos de los peligros de comerciantes avariciosos o esclavistas que secuestraran y violaran gratuitamente antes de vender a las mujeres como si fueran ganado. Los ojos de ella siempre buscaban mas alguna evidencia de magia que de chicos atractivos como era el caso de sus otras amigas de humilde procedencia. Ella gustaba de leer y era una inteligente y prometedora jovencita que quizás terminara casada con algún hombre de bien. Pero de momento tenía que esperar y rezar porque el hombre que no le tocara fuera algún lobo con piel de cordero, que mostrara un corazón puro y afable, que la tratara como lo que ella ignoraba que era, algo realmente grande. Aquella pequeña don nadie ante los ojos de muchos poderosos podría llegar a convertirse en la gran figura. Ella podía suponer un reto a los grandes estadistas, a los generales, reyes y emperadores. Aquellas fantasías la devoraron lentamente y el balido de una oveja la despertó. En su haber tenía una pequeña oveja a su cargo que siempre la acompañaba, era muy inteligente y parecía que entendía mas que sus desmemoriadas compañeras. Quizás un buen carnero le diera una buena familia algún día. 

Mirando a su lanuda acompañante se quedó abstraída un momento en algo que vio por el rabillo del ojo, algo que parecía que estaba ahí y al momento había desaparecido entre sombras. Se centró y su amiga de lana se había internado en el bosque, algo que la alarmó pues no eran solamente elfos lo que ahí habitaba, en aquella frondosa espesura. Con paso apresurado fue a perseguirla para que no se perdiera entre los misteriosos lindes de aquel misterioso monte. Sus pasos trataban de ir lo mas apresurados posibles pero las piedras la hacían trastabillar unas cuantas veces. La carrera le obligaba a esquivar algún fino árbol que fue cobrando en grosor y tenebrosidad. Se escuchaban lo sonidos de los animales de aquel bosque y su experiencia le hacían pensar en jilgueros y algún abejaruco, pero muchos de los sonidos eran como de otros tantos animales que emitían ritmos y cadencias extrañas para ella, para esa pequeña e indefensa pastorcilla que ahora estaba en medio de una nada boscosa, lo cual era algo, pero ciertamente poco esperanzador. Los sonidos la llevaron hasta lo que pareció un susurro y se quedó congelada dando que había sonado cerca de ella y algo la paralizó. El miedo latente en sus venas, en cada latido de aquel acelerado corazón la tenía completamente estática pero reuniendo un valor que no supo de donde salió giró hacia donde estaba el origen de aquel susurro. En la lejanía se perfilaba un brillo verde, como si alguien hubiera encendido un fuego de ese color en la lejanía. Sus pasos la llevaron inmediatamente hasta ahí. 

Atravesó los grandes y apretados conjuntos de altos habitante silvestres que se interponían en su camino, acercándola cada vez mas hasta lo profundo de aquellos bosques que no parecían tener mas fin que aquel linde abandonado hace mucho tiempo. Temía por muchas cosas, por su rebaño, por su familia. Si no volvía y nadie cuidaba las ovejas su familia estaría en problemas. No tenían mucho dinero y su humildad y honradez les impedía abandonarse al asalto y el robo, mas aun con un padre viejo y enfermo que guardaba dentro de si un buen corazón y que el había enseñado que el árbol de la honradez, aunque tardaba en florecer, siempre daba unos frutos abundantes y duraderos, dulces como el primer beso de un amante e intenso en su sabor como la pasión de este durante la noche y el día. Pero tenía que saber que había junto a aquel fuego verde que parecía hondear. En cuanto lo descubriera daría media vuelta para contarlo a sus amigas y familia y olvidaría el asunto. Se dio prisa pues estaba en esa doble batalla contra la curiosidad y al mismo tiempo siendo hostigada por las obligaciones familiares. 

Cada vez aquello se hacía mas brillante e imagino a los altos elfos y elfas, con sus vestidos hechos de hojas dedicándose a danzar en honor a las estrellas, los elementos, haciendo algún ritual de magia que propiciara la crecida abundante de frutos en todos los árboles de la redonda, usando sus voces que sonaban como los arroyos de cristal. O tal vez fuera alguna fábrica descubierta de metales preciosos donde trataban extraños materiales para hacer sus armas del color de las nubes o de los cielos claros y tormentosos las cuales imitaban hasta su vasto poder. Lo dudaba pero aquel brillo no era normal. Esta salió corriendo hacia la luz y al grito de ´´espera´´ la pastorcilla corrió tras ella, centrándose de nuevo en esa blanca mata de lana y no en otra cosa, sin darse cuenta de donde entró de pronto. Alzo la vista y la visión que le esperaba la perseguiría agradablemente todas las noches durante un largo tiempo. 

En lo alto estaban las ramas de los árboles, pero sus hojas no eran esas clásicas hojas que los pobres mortales como ella estaban acostumbrados a ver. En su entrechocar emitían un sonido cristalino, como si estas fueran de un material rígido que emitía una armoniosa melodía en todo momento con el movimiento de la brisa. No se podía creer esto que estaba viendo con sus propios ojos. En lo alto las ramas no eran tampoco normales, se movían con una fluidez al mas puro estilo de las ondas acuáticas. El color que destellaban era similar al de las hojas pero algo mas apagado, sin embargo igualmente bonito, reluciente y flamante. Y ahí no acababa el espectáculo ya que a medida que se acercaban a la tierra, los troncos de aquellos extraños pilares de la naturaleza se transformaban hasta adquirir el aspecto de algo similar a columnas de algún templo dedicado a la oración. Por los troncos serpenteaban enredaderas de distintos colores que iban hasta lo mas alto, cuyas hojas eran de un color plateado. A eso se unía la entrada en masa de la luz de la luna a través de una cristalera sostenida por un marco de nudosos brazos, fuertes, de los propios árboles, que custodiaban aquello celosa e inquebrantablemente. Era una luz filtrada en miles de colores que no parecía echar en falta ninguna tonalidad. El rostro de la pastorcilla er toda una epopeya sobre los sentimientos de sobrecogimiento y éxtasis que le afligían en ese momento. 

La luz se intensificó y el recinto, impregnado de una esencia sagrada, se inundó de un sonido mudo pero al mismo tiempo evidente. Algo tapaba la visión de esa cristalera y descendía lentamente hasta donde la pastorcilla se encontraba. La verdad se reveló ante ella. El sonido había sido el de dos alas que se despliegan de golpe y por su inmenso tamaño habían ocupado casi todo el ancho de la cristalera. Ante ella tenía a un ser alargado de cuerpo y algo de rostro que la miraba con una sonrisa y unos ojos que parecían sacados de la paleta de colores de un pintor loco que buscara un nuevo color. Las alas que lo hicieron descender frente a ella con el mas suave de los aterrizajes acusado de cierta elegancia eran de cun color azulado que según los reflejos que arrancara la luz parecía volverse de otros muchos colores, desde un apagado gris hasta un verde vivo como el de la hierba que pastaban las ovejas. Si piel blanca era lo que podía llegar a asustar pues se asemejaba a la de los muertos pero por lo demás y quitando el detalle de las alas no poseía una característica de belleza extrema. Las miradas se encontraron durante un buen rato entre los tintineos de las hijas de cristal. El ser alado se acercó finalmente e hizo una pronunciada reverencia antes de hablar. 

-Seas bienvenida a este remanso de paz... -Dijo con la mas aterciopelada de las voces.- Veo que tienes asuntos mas urgentes que atender-Dijo dirigiendo una sonrisa a la pequeña y lanuda acompañante que daba vueltas por el lugar, expresando las ansias de exploración que la dueña sentía en esos momentos pero había menguado al iniciar la conversación con su interlocutor.- Seré breve. Soy alguien que no conoces, llevo alas pero eso no me hace mas extraño que vosotros los habitantes de este mundo. Tengo debilidades y fortalezas. Y una de esas fortalezas se parece a ti. -Una mano blanca se extendió hasta alcanzar aquella mejilla e internarse por unos momentos en su cabello negro y liso, muy largo y brillante.- No te entretendré mucho bella habitante de los verdes prados. Has de mantener tu calma en las duras pruebas que te esperan. Y él vendrá o tu irás a él. Aquel caballero en el que tanto confías te quiere como no tienes idea. El va a darte todo aquello que creas que te falta, se esforzará por mejorar cada día mediante el ejercicio de tu compañía. Confía en mi. -Dijo con una pequeña sonrisa.- Tienes mucha gente a tu alrededor que te quiere. Confía en ellos y saldrás victoriosa. Apóyate en tus virtudes y no en tus defectos. Si la tristeza te invade recuerda todas aquellas palabras que te susurró, que siempre se repiten en este lugar. Si no me crees afina bien el oído pequeña criatura. 

Y eso hizo hasta que de pronto entre los cristalinos sonidos escuchó su nombre como a él le gustaba pronunciarlo. Escuchó esas primeras palabras, su risa cuando estaba feliz, todas aquellas tiernas formas que tenía de llamarle, los versos que había improvisado y no había escrito, las grandes y eternas horas, las miradas, los gestos de ternura en formas variadas, tantas como estrellas había en el cielo. La pastorcilla no se podía creer lo que escuchaban sus oídos en ese momento y miró de nuevo a esa criatura que de un momento a otro se había alejado de ella, como si le diera intimidad a ella y a su galante caballero que en ese momento se encontraba lejos de ella. Sonreía con una mezcla de ternura y afecto. Quizás por los recuerdos que despertaba en aquella extraña criatura la visión de su persona o a lo mejor pensamientos mas allá de su comprensión. Con un fluido movimiento el ángel hizo una reverencia y elevó sus ojos a esa cristalera, a esa gran rosa compuesta por infinidad de pequeños cristales que desparramaban su luz y alegría en el lugar. En sus ojos había luz, emoción, ternura, felicidad, cariño, anhelo 

Tras un ´´ te quiero´´ en aquellos finos labios una dama despertaba rodeada de riquezas, de tapices en movimiento y con un hombre abrazado a ella, que la observaba prendado de su belleza y aun medio dormido tras las plumas de unas alas azules que desplegaban muchos destellos a la luz de aquel rosetón azulado también que los protegía de la fría noche. Mientras se miraban se decían mil cosas sin usar las palabras. Las sábanas y las alas los protegían del insistente frío y la piel contra la piel aseguraba que se dieran calor las almas. Aquella dama de negro cabello y grandes ojos sonrió, acarició aquel rostro una sola vez y juntos se durmieron de nuevo, abrazados, queriéndose hasta el final. 



domingo, 9 de septiembre de 2012

La Flor mas bella

Aquella sonrisa se extendía por su rostro como nunca lo había hecho nadie en su persona. Sus pasos resonaban con apenas un murmullo por aquel campo tan vasto y lleno de bellas flores portadoras de colores y aromas nunca antes experimentados con ojos y nariz. En la cálida brisa se arrastraba el recuerdo de aquella noche mágica e intensa que no cesaba de rememorar aquella mente algo perturbada. Sus pies lo llevaban por instinto a donde ella estaría. A través de todo ese lugar repleto de una belleza única, justo en su centro estaría la mas bella Flor que jamás haya podido ver un ser humano, acariciar sus pétalos y seguir cerdo ante las sensaciones que despertaba el roce de su piel contra la piel. El rostro permanecía en una constante alegría y nerviosismos entremezclados en aquellas facciones no muy agraciadas pero que sin duda y por una vez no eran de mucho valor ante los ojos de aquella persona con la que se iba a reunir. Un suspiro salió de sus labios y trató de calmar aquellos pasos tan presurosos que amenazaban con hacerlo tropezar. En un caminar un poco mas pausado pudo apreciar cada detalle de cada flor que ahí crecía,

Había flores conocidas por todos aquellos que gustasen del arte o el conocimiento de las mismas o bien las plantas en general. Las margaritas estaban dispersas al igual que las petunias o los lirios. Las tigridias estaban totalmente abiertas de par en par exponiendo sus rojos flameantes y pausados violetas. Unos pequeños iris estaban diseminados mas allá de los dominios de aquellas plantas procedentes de la tierras de fuego. Por doquier se repartían también los girasoles, permanentes observadores del astro rey rivalizando con los jaguarzos. Las osadas gerberas, las austeras diplarrenas y los hibiscos del bañado también estaban presentes. Era un abanico tal de colores que habría sido el mas imposible de lo retos para un pintor el estampar de tal manera toda aquella variedad de colores con esa exactitud. Cada una de esas flores estaba dispuesta para que la belleza entre ellas fuera complementaria, creando un tapiz lleno de igualdad y al mismo tiempo una amplia diferencia. Cada pequeña flor era todo un mundo, un mensaje que dejaba claras las intenciones de expresión de aquel que caminaba entre las gardenias y los tulipanes. Sus deseos mas fervientes estaban puestos en cada flor, en cada pétalo resplandeciente que parecía una joya tan delicada como el mismo manto de los sueños. Y si fuera poco entre las flores las había de cristales variados en forma y color, depositados elaboradamente, como si Dios los colocara uno a uno para crear joyas únicas. Brillaban también algunas gemas como la dulce amatista, la apasionada cornalina, la camaleónica turmalina,
incluso la extraña moldavita, con su mas extraña procedencia. No faltaban los pétalos y tallos de diamante, zafiro, cristal de refinada factura austriaca. El poder del interior de la tierra se había unido fuertemente a los bosques, las praderas y los montes. 

Entre tanta exquisitez inimitable en cualquier otro mundo una persona normal habría perdido el sentido, se habría desmayado ante tanta belleza. Pero él no era normal y hasta podría decirse que algo cabezota como para permitirse el lujo de frenar su avance. Algo mucho mas importante que contemplar unas pocas plantas le esperaba. Toda aquella magnificencia perdía sentido y valor cuando el objetivo auténtico se hacía valer por encima de los sencillos y banales entretenimientos. Solo se paró a contemplar la tranquilidad con la que la flor de loto permanecía en aquel pequeño lago, entre juncos y otros parientes lejanos de este. La inmensidad del universo podía concentrarse en aquello que tenía en mente, en aquel breve instante donde todo se dejaba atrás, no había ningún mal acechando y solamente las cristalinas aguas del riachuelo cercano a aquel lugar podía igualar el atemporal movimiento de los helechos o dos alas que a veces volaban mas rápidas que la luz a abrazar aquellas formas tan agradables, tan bellamente talladas en forma de cuerpo femenino, continente de una esencia fulgurante incluso para el mas frío de los corazones. Ni una sola nube pasaba en ese momento por encima de tan magnas obras de arte creadas por una entidad de humilde corazón. 

La música llegó vagamente a sus oídos. Unas pocas cuerdas que soltaban notas en un trabajado azar, casi como si imitaran el cantar de rara avis musical, de prodigiosa ejecución. Aquel sonido venía de entre los árboles, de debajo de la tierra, desde los cielos. Tales acordes llenaba todo aquel espacio, hasta el último rincón, desatando una explosión de vida en las reinas vegetales de aquel lugar, cada una abriéndose al mismo tiempo para recibir debidamente aquello que el destino les regalaba. Una miríada de pájaros hicieron los compases de acompañamiento. Aquella música llegaba a lo mas adentro, con una fuerza tormentosa y a la vez una suavidad digna de sedas y terciopelos como los llevados en las cortes reales de reyes y emperadores. Cada segundo de aquella melodía ejecutada suponía una carga menos que se marchaba en dirección a donde soplaba el viento, muy lejos de ese remanso de paz prácticamente infinita. Poco a poco la música fue creciendo en lo que aquel rastreador buscaba el origen de esa música alta y clara, inconfundible para quien al escuchaba solo una vez pues esta se quedaría dentro de uno, resonando y regocijando a todo aquel que la recordara en los momentos malos y buenos. Buscaba el origen de aquella risa. 

El origen se encontraba disfrutando de una agradable velada con criaturas de todo tipo, a la sombra de un gran árbol que regalaba constantes movimientos de sus ramas para hacer oír los susurros de la brisa, que narraba las historias de los ciervos y los lobos, los zorros y los peces, las ranas, los bisontes o los pumas. Otras tantas criaturas mas inofensivas estaban a su alrededor, acompañando con su presencia las expresiones de aquella veleidosa e inspiradora dama, símbolo inequívoco de que el ser humano se podía acercar mucho a la perfección. Estuvo mirándola un rato, viéndola disfrutar de aquellas compañías silvestres, sin nada ni nadie que la molestara, que le causara el mas mínimo problema. El sol se colaba entre las rendijas dejadas por las ramas, arrancando así unos brillos sobrenaturales a su cabello, danzarinas luminosidades que irradiaban en todas direcciones como si se tratase de la aparición de alguna diosa. Pero lo mas impresionante, aquello que no tenía descripción posible en lengua alguna eran aquellos ojos y esa sonrisa de cuento de hadas. 

Aquella sonrisa unida a sus ojos era como si de pronto la luz decidiera dejar de cegar al hombre pero no por ello dejar de impresionarlo y se presentara cada pocos segundos en aquel bello rostro. Era mirar uno de los espectáculos mas bello del mundo, estar a los pies de un banco de luz de un abismo que, lejos de asustar, daba esperanza y fuerza para seguir adelante. En aquel rostro estaba presente una variedad tal de virtudes que no bastaría una vida humana para enumerarlas todas y mucho menos describir sus efectos en los corazones faltos de alegría y ganas de vivir, como estos parecen renacer, fortalecerse y avanzar raudos como la mas potente de las máquinas. Ante el parecer de él sus ojos eran de un esplendoroso aspecto que no por el color sino por lo que transmitían y eran capaces de hacer sentir, eran sin duda uno de los baluartes de la esperanza y la bondad, la seducción y la inteligencia mas aguda en un mundo decadente, diferente a aquel habitado por flores diamantinas o zafireas procedentes de mil y un mundos. Mirar esos ojos era encontrar El Dorado. Que esos ojos te miraran era la bendición de de una Flor con formas de mujer. 

Tomando la última de las flores que delimitaban aquella extensión tan rica en colores, olores y matices, se acercó y con suavidad rodeó aquella cintura con ambos brazos. El contacto con el cálido cuerpo de ella lo enfrentó a su parte mas apasionada. Por un lado aquella pasión ferviente, aquel deseo de tenerla por siempre entre sus brazos, jugar ambos entre las sábanas incansablemente. Por el otro lado quería que el tiempo se congelara, que los caminos nunca se separaran porque no habría mas espacio que el que ellos ocupaban en ese momento. Ella parecía sonreír mas si cabe, sabedora de que aquel fiel guardián estaba presente, de que daría todo por aquella sonrisa que ya nunca mas pudo sacarse de la cabeza, al igual que su mirada, su voz, sus sonrojos. Posó sus finas manos sobre los pálidos dedos de él, tomando al mismo tiempo aquella flor azul entre sus manos, esa representante de algo que empezó como lo que aun seguía siendo: un mensaje que pretendía decir ´´eres tan única como esta flor´´. Sus brazos la envolvieron un poco mas y el aroma de su cabello impactaba en su nariz llenando su sentido olfativo de una fragancia exquisita. Sentí como se relajaba entre sus brazos. No había prisas ni problemas, todo estaba tranquilo y en equilibrio. 

Junto a la Flor mas bella