jueves, 1 de marzo de 2018

Al fin libres.

Él la abrazó por detrás. Sus cuerpos se rozaron aun con las ropas puestas. Se escuchaba de fondo el caos que se extendía a todo su alrededor. Los gritos y el llanto. Aquel lugar era todo un caos con ciertos de voces alrededor que invocaban a fuerzas desconocidas e intangibles. 
   -Van a terminar matándose.-Susurró aquella voz con el dulce acento de tierras lejanas. 
   -Todos aquellos a los que quiero están a salvo. Sangrarán unos cuantos días mas pero se repondrán.-Dejó aquellas palabras susurrantes contra la piel de su cuello desnudo. La noche había caído hace rato pero en lo mas mínimo se habían apaciguado los gritos y todo el estruendo. 
   -¿Que ha cambiado?.-Preguntó ella. Su piel se había erizado notoriamente, y mas al sur notaba las manos de su amante acariciando su cuerpo, con delicadeza pero decisión. 
   -Nada, solamente te deseo esta noche, y aquellas que las que nos permitamos estar.-Dijo con un deje de ansiedad en su voz, como el viajero que lleva mucho tiempo sin beber y ya está deseando beber.
  -¿Solo esta noche?-Murmuró ella, dejándose besar toda la extensión de su cuello, girando todo su cuerpo hecho para la tentación y rodeando el cuello de él con sus brazos. 
   Sus cuerpos se pegaron un poco mas. cada una de aquellas partes era mas interesante que la anterior a ojos de su amante. Ella acarició los labios de su apasionado ángel caído en un beso lento que se fue intensificando. Las lenguas y los alientos se mezclaron para dar paso a caricias mucho mas cercanas, mas confiadas y astutas. 
   -Mi ángel caído.-susurró ella suavemente mientras se acomodaba sobre él tras tirarlo encima de un sofá de aquella habitación. Colocando ambas piernas a cada lado de su cuerpo se comenzó a mover suavemente, tentando a aquel derrotado de los cielo y expulsado del paraíso. El deseo brillaba en sus ojos. 
   Las manos de aquel hombre dejaban entrever la ansiosa necesidad de que la ropa desapareciera, de que aquellas molestas prendas, por muy cortas y reveladoras que fueran en el caso de ella, desapareciera de una vez por todas. Por debajo de la tela las reacciones se hicieron notables y sus ansias de mas les hicieron arrancar la ropa el uno del otro. Ella acarició su torso, él paseó las manos por enésima vez a lo largo de aquella extensión de piel deliciosamente maldita. Ella se acercó mas, las bocas se volvieron a unir junto a otro punto de sus anatomías. 

  Un suspiro, el nombre de ella y el de él salieron al mismo tiempo de sendas bocas. las caderas de ella marcaban un ritmo. Las manos de él tomaron un punto de apoyo y siguieron el ritmo de sus caderas, marcando cada paso hacia la gloriosa y dulce agonía del placer mas bendito. Los lechos que habían sido ocupados con anterioridad quedaban atrás, las viejas memorias que dictaban cada retazo del pasado habían sido quebrados, salvo aquel que hablaba de una preciosa dama que había tentado con sus artes a un caballero. De mente sensual y maneras educadas aquel hombre se había convertido en el dador de placer y en el principal aclamador de las formas de ese cuerpo firme y fresco por la juventud. Ella tomó las manos para que explorara libremente. incitándole a tocar todo aquello que alcanzara. Esa noche eran el uno del otro, desde una simple posesión hasta los amos absolutos de la voluntad ajena. Eran los amos del infierno, en medio de la tierra, celando a todos los ángeles puros del cielo. Cada movimiento de cadera se acompañaba de un cadencioso suspiro o sonidos capaces de ruborizar al mismísimo Casanova. Ella acariciaba el torso de su "víctima" mientras se movía con insistencia, con demanda, deseando obtener hasta el mas exquisito suspiro de placer. 

   Los movimientos se sucedieron entre susurros, palabras, juramentos, promesas, deudas, destrucción y dolor fuera de esas puertas. Dentro de aquella habitación había dos amantes que se regocijaban en la absoluta libertad que les embargaba cuando se ataban por unos breves instantes en comparación a toda la eternidad. Cada uno con su vida, sus frustraciones, su dolor, su pasado, pero ahí eran libres. Sí, ahí eran al fin libres. 


Dedicado a la que probablemente sea una de las mujeres mas libres que jamás haya conocido.