martes, 5 de julio de 2022

Cuando se invocó la primavera.

   Nota previa del Autor: Sin duda, los que me conozcan saben que mi estilo y capacidad de inspiración es bastante tendente a la pura fantasía, sin referencias reales. Este relato sin embargo pasará a la historia como el primer relato con referencias bastante directas a gente real, a gustos personales y las clásicas cuestiones fantasiosas de un mente a la que le gusta imaginar. La maravillosa Alejandra se ha prestado una vez mas, con su mero existir, a inspirar a este hombre enamorado de la buena literatura y la belleza del mundo. Ella ha sido núcleo de otras historias anteriores. Pido perdón de antemano ante las posibles incoherencias o sinsentidos argumentales. Espero que disfruten de leerlo tanto como yo de escribirlo. 

   Aunque las nieves habían llegado a la ciudad donde se desarrolla esta historia, sus habitantes no podían remolonear mucho con los primeros rayos de sol. Los hombres y mujeres de aquella selva de cristal, acero y hormigón tomaban su desayuno caliente para afrontar el frío. Los hornos de panaderías y fábricas se encendían en el extrarradio y los obreros entraban para levantar el país. Se iluminaban las ventanas de los grandes edificios de oficinas. Los niños se quitaban las legañas y se sentaban a la mesa para ir al colegio con cierta desgana, salvo algunas buenas excepciones, que abrazaban el aprendizaje como un tercer progenitor. Entre todas las almas, una muy elegante despertaba y se disponía a salir de su casa cuando se encontró con una persona que cambiaría todo. Al menos ese día.

   Ante la bella mujer vestida en colores oscuros se encontraba un hombre de colores similares. Portaba la gorra de la policía del Interior, una de las divisiones más temidas y al mismo tiempo respetadas. La metodología de su funcionamiento era algo bastante comentado en los periódicos, entre feroces críticas, desinformación y alabanzas. A pesar de sus aires estrictos en su mirada había un brillo de cierto nerviosismo y timidez.
   — ¿Señorita Aleksandra?.—Preguntó el hombre tras un saludo entre una reverencia y un gesto de respeto.
   —Sí, soy yo. —Ella no quería llegar tarde pero evidentemente tampoco quería contrariar a un elemento de la autoridad nacional.
   Antes de que pudiera siquiera decir nada su teléfono móvil sonó con la señal de un mensaje. Lanzó una mirada de disculpa al hombre que tenía delante, que a su vez hizo un gesto para que procediera con calma y miró de quien se trataba. Era su jefe, deseándole que se recuperara lo antes posible del accidente doméstico que había sufrido, que una de sus compañeras y amigas le había hecho saber el asunto y que estaría una semana ausente, pero sin duda con todo el salario intacto. Un mensaje que denotaba una profunda preocupación e interés en su bienestar, nada sospechoso salvo por el hecho de que aquel hombre era probablemente el mayor explotador y acosador que había conocido en mucho tiempo.
   —Creo que ya puede acompañarme hasta el lugar de reunión con mi superior, señorita. Por favor, por aquí. —Dijo el agente, que apenas superaba la edad de la futura modelo de éxito y orgullo nacional.

   Apenas caminaron tres calles hasta llegar a un establecimiento ambientado en el rock de los años cincuenta. Un lugar lleno de referencias a esa maravillosa década en la que Elvis comenzaba su andadura por los corazones de sus enloquecidas fans y una década después, cuatro coleópteros venidos de Liverpool harían lo propio en los corazones de medio mundo. El reproductor de vinilos en ese momento esparcía la voz de Jim Morrison a un volumen discreto. Aleksandra abarcó el local con la mirada hasta que reparó en el motivo de su inesperado cambio de planes.
   Al fondo del local, en un rincón más oscurecido, se encontraba un grupo de tres hombres, también con el mismo uniforme que su improvisado acompañante de ese momento. Otros dos estaban de pie, mirando en todas direcciones y vigilando cada movimiento de los clientes. De aquellos que estaban sentados en la mesa, uno especialmente se destacaba de los demás por su mayor cantidad de medallas y una gorra con una insignia algo más detallada. Aleksandra lo conocía de sobra y sonrió al ver a aquel histriónico amigo suyo. Cuando este alzó la vista y se encontró con su mirada no tardó ni un segundo en ponerse en pie, siendo seguido por los otros dos.
   —Sea este el día que, en medio de un invierno cruel, se invocó la primavera. Ni el mismo Enrique V se sintió tan triunfante en aquel día de San Crispín, cuando los franceses cayeron bajo las flechas inglesas. Mi querida Aleksandra.—Dijo el hombre tras prácticamente pasar por encima de la mesa para no perder tiempo esperando a que sus subalternos le permitieran pasar. Ella sonrió con su habitual discreción. De todas las personas del mundo a la que menos esperaba encontrar era a aquel hombre que tanto la alababa —No quepo en mí de felicidad. Nos voy a dar un poco más de intimidad. —Y dicho esto se giró hacia sus hombres y con un gesto les indicó que ya podían marcharse. Los que se encontraban en pie también se marcharon y quedaron protegiendo la entrada del local. —Ya podemos hablar tranquilamente, espero que no haya sido mucho inconveniente traerte de forma tan improvisada.
   —En absoluto, pero debo preguntar...— La bella mujer se quedó pensativa. — ¿Tiene algo que ver el hecho mensaje que recibí de mi jefe contigo? — En las praderas verdes de sus ojos flotaba una cierta circunstancia.
   — ¡Evidentemente querida! —Dijo con toda transparencia su interlocutor con una sonrisa que parecía digna de un anfitrión disfrutando de una charla de lo más elaborada. — Uno es paciente hasta ciertos puntos así que, si Mahoma no va a la montaña, la montaña va a Mahoma. En este caso la primavera y el invierno aunadas en una sola mujer que con cada paso podría derretir los corazones más duros.
   —Siempre tan halagador, querido. —Dijo ella, con una sonrisa. —pero en verdad no me gustaría que hubiera problemas en mi trabajo. Mi jefe ya me perdonó el otro día una pequeña metida de pata.
   —Todos cometemos errores, querida. Algunos más que otros. Yo casi cometo el error de no hablarte aquella vez y míranos, aquí estamos, la deidad deslumbrante y el pobre hombre que sabe cosas. Decía mientras ordenada los papeles que había sobre la mesa con toda parsimonia y los dejaba todos apilados. — Con todo creo que te está yendo bastante bien.
   —Oh sí. Son muy amables, el ambiente es bueno y todos nos ayudamos entre nosotros. Hay mucha cooperación con otros lugares y para la semana que viene haré un viaje para una sesión de fotos en París.
   — ¡París! La ciudad de luz. Tengo buenos amigos por esa bella ciudad que encantados podrían conseguirte una buena habitación de hotel, entradas en espectáculos y muchas más cosas, querida Aleksandra. Por cierto, hablando de espectáculos. —El hombre sacó un sobre del bolsillo. —Creo que esto hará que tu día pase de “diferente” a “Maravilloso”— Puso sobre le mesa dos papeles. — Entradas VIP para el chico ese de sangre joven que tanto parece gustarte y que estoy seguro de que le encantará conocerte. Son dos entradas así que elige sabiamente.
   La bella dama se quedó en shock por un momento.
   —Pero creo que me toca trabajar ese día justamente por la tarde noche y la noche.
   —Para el día del concierto aún pueden pasar muchas cosas, no hay de que preocuparse. Dicen que, si crees muy fuerte en algo o lo deseas, se hace realidad—Dijo el hombre de poderosos contactos y gran sonrisa. — ¡Ah! ¡Por fin! Le estoy tomando bastante cariño a esta tarta. —Dijo con toda desenvoltura —Por favor pide algo. Invita el demonio más temido del país.
   Aleksandra pidió un desayuno ligero y escuchó todo aquello que su amigo tan bien disfrutaba.
   — ¿Alguna vez pensaste en la existencia de otros mundos? — Le preguntó el conocedor de los secretos más oscuros del mundo a la futura super modelo.
   —Alguna vez creo que lo hemos pensado todos, sin duda, pero no es algo que se pueda comprobar. — la mujer sonrió. — Estoy segura de que dentro de la división no hay muchos filósofos.
   — ¡Al contrario! Las pocas veces que no tenemos nada que hacer nos dedicamos a discutir animadamente sobre cuestiones metafísicas. Entre los manos superiores se da ese caso al menos, con mayor o menor nivel de pedantería. Los auténticos héroes que andan ahí fuera. —Dijo señalando con un gesto de la mano a los hombres que custodiaban la entrada. — ya es otro tema. Me gustan mis hombres. Son chicos buenos y leales, inteligentes, mortíferos y encantadores, pero claro, están centrados en hacer las cosas bien Como yo, pero con armas.
   — ¿Y alguna conclusión a la que hayáis llegado? — preguntó ella, disfrutando del día con su amigo.
   —Imagínate un mundo regido por la mano de una especie de dios creador que dirige el destino de todos y redacta todos los elementos circunstanciales necesarios para entramar historias de todo corte y pelaje. Y hablando de pelaje. — El hombre se agachó por debajo de la mesa. Durante un momento se escucharon sonidos y lo que parecían maullidos quejumbrosos —Querida te presento a la dama que te ha derrotado.
   Una bella gata blanca fue posada en la mesa, la cual se hizo una bola blanca de pelo y miró con unos poderosos ojos verdes a su rival, casi como quien trata de saber qué hace una intrusa tan cerca de su dueño. Era de un blanco brillante, increíblemente bien cuidada, al contrario que su desgarbado amigo. Durante un rato ambas se miraron, como midiendo las distancias, aunque por motivos totalmente contrarios. Sin embargo, algo había en la mirada de la gata.
   —Parece que me esté... mmmmmm analizando. —Dijo ella con toda la curiosidad del mundo.
   —En realidad creo que te está juzgando. Es de un elitista esta maravillosa y pequeña diosa peluda que asusta incluso a la propia Anna Recorrido Turístico Victorioso
   — ¿Quién? — Dijo su amiga algo desconcertada
   —Anna Wintour.
   Aleksandra miró a su amigo con cara de divertimento mientras él hacía un gesto de disculpa ante el mal chiste
   —Conmigo también lo hace. Ser así de peripuesta en sus actitudes. Pero también me da una especial sensación de confort cuando me acuesto y se presta a darme algo de su compañía. Si es que me dejan dormir en casa ese día.
   — ¿Y cómo se llama tu amada? —Dijo Aleksandra con tono divertido.
   —Curiosamente no tiene nombre. Me la encontré entre los escombros de un edificio que habían volado por los aires unos chicos que no están muy de acuerdo con ciertas ideas. No se pudo hacer nada por la mujer con la que vivía, pero sin duda lo poco que quedó de la casa denotaba muy buen gusto. — la gata bufó. — No amor, no es mi amante. — El hombre miró a su amiga. — Es algo celosa.
   — ¿Puedo acariciarla?
   —Evidentemente, querida. Tienes demasiada belleza y elegancia para que ella no te lo permita.
   La mujer que tenía la primavera en su mirada alargó la mano y acarició el pelaje de la gata. Era de una suavidad sobrenatural. La gata ni se inmutó y quedó claro que cumplía los estándares de aquella peluda señorita de la alta sociedad.
   — ¿Intuyo que, a pesar de lo evidente, andas trabajando ahora? —preguntó Aleksandra.
   —Pues sí... pero entraré dentro de dos minutos a trabajar en serio porque van a venir unos amigos al edificio de al lado con la intención de poner una bomba y pues estamos esperando a que aparezcan.
   —Pero van a ver a tus hombres. —Inquirió ella.
   — ¡Bien observado querida! mas no te preocupes. Este chico travieso en concreto tiene demasiado ego para anular un plan y más aun sabiendo que estoy yo aquí así que la perspectiva de darme en las narices le atrae demasiado.
   Sonó entonces el teléfono de aquel extravagante caballero adicto a la información. Contestó en un perfecto coreano y seguidamente colgó.
   —Bueno. Parece ser que toca entrar a trabajar. — El responsable de conocerlo todo de antemano se levantó toda parsimonia. Por favor querida, ve a casa y tómate un día de relax. El estrés que sentías estos días ya me preocupaba. —En la cara de ella se reflejó un sutil gesto de desconcierto. —Lo sé todo sobre cada movimiento de tropa en el exterior ¿Cómo no lo voy a saber todo sobre mis amigos? — Y dicho esto, se acercó y besó gentilmente la mano de la dama. — esto en otros mundos no sucede, querida. — Dijo su buen amigo y se marchó con tranquilidad, dispuesto a todo. La gata se quedó en la mesa, dejando salir un pequeño maullido.
   Muchas horas después, lejos de la casa de Aleksandra, un hombre refugiaba entre sus brazos a una minina de lo más demandante, de piel blanca como el mármol y unos poderosos ojos verdes.
   — ¿Aun sigues molesta, amor? — Dijo el hombre, con toda la ternura y cierta pizca de dramatismo. — Se que debería de haberte avisado.
   La señorita era menor en estatura que aquella portentosa modelo con la que su rescatador se había reunido, pero destilaba algo único: más dignidad que la de muchos que salían en la televisión hablando de consenso. Su rostro de rasgos finos se escondió en el pecho de él mientras murmuraba unas cuantas cosas.
   —Es guapa. — Admitió finalmente ella. — Pero yo lo soy más. — Dijo mirándolo con lo que pareciera un puchero.
   El hombre miró sus grandes ojos, acarició su cabello. Se quedó en silencio unos minutos, simplemente mirándola y sintiendo entre las yemas de los dedos lo sedoso de aquellas hebras.
   —Evidentemente, amor mío. Evidentemente.

miércoles, 12 de enero de 2022

El vampiro y el cisne.

 Las llamas de la chimenea bailaban, dándole la única iluminación a esa amplia habitación central donde la mansión solía recibir a sus invitados. Personas con mucho poder había bebido, fumado y realizado actos diversos en aquel lugar. Las paredes tenían pinturas de todos los estilos, aunque ninguna de ellas resultaba abstracta. Eran paisajes o eventos donde el hombre se imponía al mal. Al mal interno en forma de pecado o al mal externo en forma de otro hombre. Un reloj daba las doce. El "Ding dong" de cada campanada llenaba el lugar con un aire de sentencia. Un día terminaba y otro empezaba.  

Sentado en un gran butacón se encontraba un hombre mirando las llamas. O algo similar a un hombre. Sus facciones eran clásicas. Podrían encontrarse en las esculturas de la antigua Grecia, que sus pies había recorrido hacía tantos siglos. Su cabello estaba oscuro pero mantenía un brillo por obra y gracia de las llamas, penado hacia atrás y dándole el porte señorial que ya de por si tenía su postura. En su mano una copa y en la otra un pequeño libro. Eran poemas cortos, de todo tipo de estilos y que hablaban de todo tipo de hechos y personas, en clave de ensalzarlo o de mofarse. Algunos eran ridículamente sencillos, no mas de dos pareados medio conectados. Otros tenían un complejo sistema de métrica que le causó mas de una conmoción, apenas reflejada en su rostro inexpresivo. 

Entró entonces ella, con falda larga y vaporosa, bailando con la fluidez de una náyade, la gracia de una dríada y dejando el impacto en el corazón a quien la pudiera contemplar. Una pequeña doncella de apenas diez años que fue bailando hasta donde se encontraba el hombre sentado. En contraposición a él, ella era todo luz, amor simpatía. Tenía de esos rostros que enamoran de muchas formas, que enamorarán a varios reyes en un futuro. 

-¡Papi!.-Dijo ella.-¡Mira lo que hice!.-Y antes de que pudiera decir nada, el hombre de rostro circunspecto tenía una corona de margaritas en la cabeza. 

Unos ojos rojizos miraron a la pequeña dama, que daba vueltas por ahí, practicando los jetés y los développés que había aprendido hoy en la escuela. Unos finos labios quebraron la impasible máscara para formar una sonrisa. 

-Ya estás hecha un cisne, mi pequeña reina de las hadas.-Dijo con voz cálida, sin atisbo de formalidad, aquel hombre que había visto nacer el ballet en Paris, allá por el siglo XVII. 

Tras unos cuantos saltos y giros ya se hizo notar el día de clase y los ejercicios caseros, mostrando cansando en sus movimientos. La niña fue a la cocina para tomar un vaso de agua y volver, sentándose en uno de los brazos del gran butacón y mirando el libro de poemas. 

-¿Quien crees que fue la primera bailarina de Ballet, papi?

-Bueno....-Dijo su padre, rememorando nombres y caras.- No es que tenga muchos datos al respecto, pero te aseguro que no tuvo una vida fácil. Su vida estuvo tan marcada por la pobreza como la de cualquier alumno de la escuela de Paris en 1713... 

Al momento la niña estaba escuchando como su padre disertaba sobre los bailes, la evolución y las leyes y mandatos de Luis XIV. 

-¿Cuando nació ese señor, papi?.-Preguntó la niña, acomodada sobre la piernas de su protector y caballero. 

-El 5 de septiembre de 1638, mi princesa de los cisnes. 

-¿Era bueno? 

El hombre que había caminado en Francia por aquellas épocas la miró pensando que decirle, si introducirla en el mundo fascinante del despotismo ilustrado o dejar eso para otro día. Optó por lo segundo y trató de ser lo mas esclarecedor posible en su explicación. 

-Para unos sí y para otros no. Los grandes mandatario siempre se mueven en esa fina línea entre la luz y la oscuridad. aunque hay casos de quienes eligen claramente la oscuridad...

La niña abrazó a su padre ajustándole la corona de margaritas. 

-No se te puede caer de la cabeza o las hadas no te visitarán.

-No me la quitaré entonces, princesa.-Dijo el hombre vestido con una sencilla camisa negra y unos pantalones a juego. 

-¿Por que la primera alumna fue pobre?.-preguntó entonces la pequeña bailarina. 

-Los primeros alumnos de la escuela eran todos provenientes de la pobreza, amor, para enseñarles el ballet de forma gratuita. Se los sometía a unas cuantas pruebas para ver si eran buenos sujetos dignos de aprender la profesión. 

-Seguro que la primera alumna era muy guapa. 

-No mas que tú, amor. 

miércoles, 5 de enero de 2022

Targaryen y Bolton.

Nota previa: No soy amigo de los fanfics, y esto se aleja ligeramente de ese concepto al no haber como tal personajes de la novela o la serie implicados. Es una historia dedicada a una bella dama que ha inspirado mas de una aventura fantasiosa y a la que le tengo bastante aprecio.  Espero que disfruten de leerla como yo de escribirla. Y esta vez hasta puedo dar tiempos: 40 minutos me llevó hacer este pequeño retazo de... bueno ustedes ya verán


 Los sonidos de la batalla se escuchaban aun a lo lejos. La reina Targaryen miraba por la ventana mientras retumbaban el sonido de las espadas, de las explosiones. La sala donde se encontraban las damas estaba atestada de gente. personas con vidas de lujo en su mayoría. la reina no miraba por ellos, no les importaba sus vidas. Entró un mensajero y entregó unos papeles a varios generales que tomaban las decisiones desde ahí.  

"Ese viejo sarnoso está aquí mientras él está ahí fuera, divirtiéndose de forma peligrosa e injusta." Pensó la reina mientras seguía mirando por la ventana hasta que algo le distrajo. Otro informe mas con varios nombres de los heridos que iban llegando. No estaba el nombre que no quería ver bajo ninguna circunstancia. 

-Mi señora.-Le dijo una de sus doncellas, una pequeña y encantadora dama de la casa Florent que había entrado al servicio de la reina hacia solo unos meses.-Quizás si rezamos...-la chica no terminó la frase ante la mirada llena de visceral rabia que le dirigió la reina. 

Otro mensaje mas, otra lista, mas tecnicismo en las notas de los informes. De todas las palabras escritas ella solo buscaba una, una apellido concreto. Bolton. 

En mas de una ocasión le había parecido escuchar su voz. O mas bien su risa. Una risa enloquecida, un torbellino de dolor hacia los enemigos que estaban siendo tan molestos y que se habían atrevido a importunar no solo la tranquilidad del reino, sino una de sus veladas de sexo desenfrenado en un lugar secreto del castillo. Ella se llevó la mano a un colgante. Se lo había regalado él después de la tercera descarga de semen que había recibido y había notado que este estaba incluso algo caliente por el contacto con la piel al descubierto. Un vestido que él adoro verle puesto y que también adoraba quitarle. 

-Loras Tyrell avanza sin parar por la defensa mi señora.-Dijo uno de los generales. 

"Eso lo va a enrabietar mas" pensó la reina Targaryen. "Y mas aun si no tiene tiempo para disfrutar de sus juegos con las personas de su entorno. Odia no tener tiempo para jugar". Sin mediarlo con nadie se decidió a abrir la ventana. Sus genes también necesitaban sentir algo de ese panorama extasiante que era la guerra. A pesar de ir contra el protocolo nadie le detuvo y se escucharon mas nítidamente los sonidos de la guerra, los aullidos de combate, los arcos disparando, las espadas chocando y la gente suplicando piedad. Afinó el oído y juraría que escuchó, muy sutilmente, una risa. 

Pasaron las horas. Otro informe mas y este cargado de amarga victoria. El enemigo se retiraba, los heridos estaban siendo llevados hacia los hospitales improvisados en los alrededores y entonces sucedió. Bolton, Lord Bolton, estaba herido. 

Las puertas de la enfermería se abrieron de par en par. Debía de mantener la compostura. la reina entró y fue recibida con una reverencia por parte del cirujano jefe. 

-Su majestad  nos honra con su presencia. Tenemos muchas bajas y una buena cantidad de heridos. Los lores están siendo atendidos en esa sala, mi señora.. por favor acompañarme. 

Pasando entre las camas reconoció un motón de rostros. Chicos jóvenes en estado lamentable. Los destrozos de la guerra en sus ojos y cuerpos había hecho que parecieran la sombra de lo que eran antes. Muchos habían soñado con la idea de triunfar, de conseguir grandes honores, de seducir a las damas con sus medallas en forma de cicatrices. Pero algunos, por no decir muchos, nunca podrían levantarse, caminar o si quiera pensar dos ideas con coherencia. 

Y entonces ahí estaba él.  

Lo encontró con el torso al aire y lleno de cortes. Tenía un puñal en la mano y miraba al techo. Sonreía. Sonría de esa forma animal, enloquecida. 

"Cuando se recupere... me va a destrozar". De solo pensarlo entre sus piernas se sintió esa sensación de placer anticipado, que los años de práctica le habían enseñado a disimular muy bien. Su mirada se encontró con la de él. 

Por milagros inexplicables en sí mismos el hombre se incorporó y apartó al maestre que trataba de encargarse de él. Tomó el cuchillo por la hoja y se lo ofreció a aquella mujer tan poderosa. 

-Que sea ella quien me la saque.-

La reina no comprendió hasta que reparó en el agujero que no paraba de salir sangre de su abdomen. 

-Mi señora.-Dijo el maestre después de incorporarse tras el empujón de Lord Bolton.-Si no le sacamos la punta de la flecha entonces podría infectarse y morir. Lord Bolton es muy preciado para todos nosotros pero se resiste a dejarse atender. 

Su Majestad no dudó apenas en cuanto el maestre terminó de hablar. Hizo marchar a todo el mundo, con los gemidos y los llantos de los heridos revoloteando por el resto de la sala, el aroma de la sangre, la orina y la mierda entrando por las fosas nasales, los cubos llenos de miembros amputados o tripas reventadas. 

Se miraron a los ojos. 

-Hola Su Majestad.-Esa sonrisa era maníaca, asesina, se sentía violar constantemente por todos los poros de la piel.-¿Me vas a curar como una buena chica?.-Dijo en un tono de voz entretejido con risotadas producto del éxtasis de la guerra. 

-Vengo a curaros.-Y bajando el tono de voz susurró.-mi señor. 

La hoja del cuchillo se clavó en la herida, dando con algo sólido. Los gritos contenidos se hicieron presentes en su rostro. La miraba. Sentía la mirada clavada en su cuello. 

"Que bella está cuando tiene miedo, aunque eso pocas veces lo he visto. Pero ahora lo tiene. Que palpitación tan jodidamente sensual es la de su yugular". Si hubiera matado a una sola persona menos, Lord Bolton convertiría a la reina Targaryen en su última obra de arte antes de ser ejecutado. Pero ese día hubo suerte. "La voy a destrozar"

"Me va a destrozar" pensó, casi sin poder contener un gemido de placer cuando una de las manos de Lord Bolton simplemente se posó en el muslo que quedaba al descubierto por el vestido que ella llevaba para él. Hizo palanca y notó como algo se desplazó hacia arriba. Apenas vaciló cuando metió los dedos y sacó algo puntiagudo. la punta d la flecha estaba entera. 

Aunque la locura le amparaba y esta daba capacidades casi sobrehumanas a cualquier hombre, aquello fue un límite insoportable y lord Bolton se desmayó. Antes de llamar al cirujano y entregarle la punta de flecha en mano, con la manga del vestido ensangrentada dejó un beso en los labios de su amante, sabiendo que la noche en que apareciera en su alcoba sería para no olvidar nunca. 

sábado, 20 de noviembre de 2021

El poeta y la dama Nívea

   El poeta suspiró. No por tristeza, desamor o cualquier otra razón sentimental. Miraba desde su improvisado refugio la ventisca que transcurría delante de su prominente nariz. Que tan frustrante vicisitud le había llevado ahí será ignorado. Solo poseía la compañía de la hoguera que había improvisado, su comida y poco mas. El viento aullaba sin cesar y sacudía las telas de la tienda de campaña que había montado en el interior de una abertura rocosa. La distancia que lo separaba de la civilización era digno de congoja en aquellas circunstancias, por lo que decidió obviar ese hecho y centrarse en cosas mucho mas agradables. La fortuna, junto a un hueco dedicado exclusivamente para ello en su petate de explorador, le permitió tomar un libro y dedicarse a leer tranquilamente. 

   Se centró mas en los dibujos de los planos de batalla antes que en las descripciones pormenorizadas de aquel gran historiador que había conocido hacía unos meses en cierto congreso multidisciplinar (tanto que historiadores, poetas y filósofos naturales se juntaron y ahí se armó una buena marimorena). El fuego seguía crepitando cuando algo pareció llamar su atención. 

   Era realmente sutil, cualquiera que no tuviera los ojos lo suficientemente entrenados no se habría dado cuenta. Los típicos dibujos que la nieve forma en el aire, algo que parece hecho a la suerte y sin pretensión alguna de darle forma concreta, fueron adquiriendo el aspecto de una mujer alta, alargada. Los copos se fueron arremolinando en un torbellino de frío desgarrador y elegante caminar. Una dama surgió de toda esa vorágine y se encaminó hacia el protagonista de esta gélida historia. 

   El hombre al momento se puso en pie y sonrió ampliamente. Unos la habrían tomado por un fantasma, otros por el diablo, otros por alguien de otro mundo. Y en verdad esto último sí era cierto, mas con ciertas sutilezas y matices. Su cuerpo estaba cubierto con un vestido hecho del mismo viento de invierno, en su cabeza había una corona hecha de rosas de cristal con copos de nieve entre sus pétalos. Dicho cristal se movía con la naturalidad de un rosal mecido por el viento. El contrapunto a la blancura de aquella visión eran los ojos verdes dignos de la mas frondosa primavera, que observaban al simple mortal con la misma naturalidad con la que se observa un paisaje recorrido rutinariamente. 

   -No puedo sentirme mas afortunado de contar con tu presencia en este cálido paisaje, querida deidad del invierno y  la belleza.

   La dama sonrió levemente, con una elegante y transparente sinceridad. Tiempo hacía de la última reunión, en circunstancias no muy agradables. La mujer se sentó sobre un pequeño tocón, que se cubrió de una fina escarcha. Su vestido, abierto en un lateral, dejó ver una larga pierna que habría vuelto loco a mas de un hombre con poca contención pasional. Vio que el humilde caballero aun estaba de pie y le invitó a sentarse, lo cual hizo para arrebujarse en las mantas que había traído consigo. 

   -¿Qué trae a un hombre tan cálido como tú a las cercanías de mi humilde morada?.-Preguntó con toda amabilidad y educación ella, probablemente la mujer mas bella que caminaba sobre la faz de la tierra. O al menos hasta donde ese hombre de poco mundo y mucha imaginación sabía. 

   -Justamente buscaba un verso en la nieve, querida dama de la gélida eternidad, pero no consigo nada que no sean simples alegorías al frío. Es como conjuntar la clorofila de tus ojos con la frescura del incipiente invierno. Sucede, sí, pues transición haberla la hay, pero ¿Cómo la describo?

   A esto le siguió una exposición al por mayor de todas las diversas interpretaciones que hombres y mujeres del pasado dieron al invierno, al viento, a las estaciones, a la vida, la muerte, el sentido de la existencia. La dama escuchaba y daba sus apuntes, sus observaciones, las cuales eran pocas pero alegremente recibidas por su interlocutor. 

   Hay hombres que tienen fortuna material, pero son sin duda los hombres que tienen la fortuna de tener a mujeres como aquella en su vida los que son dignos de envidia. Si a quien lea esto se le describiera tal espectáculo de la naturaleza en forma de espíritu de las nieves, nadie creería a quien lo contara, que pudiera caminar sobre la tierra alguien dotada de una elegancia, saber hacer y carácter como ella, un retazo vivo de arte, una mente que crea e imagina tanto como ese hombre que le hablaba desmesuradamente, solo que con mas calidad obviamente.

   Dedicado a la bella Alejandra, una excelente creadora de arte y una modelo sin igual, que ha escuchado mis disertaciones históricas y políticas con gran paciencia y de la que he aprendido mucho. 

martes, 25 de agosto de 2020

El sabio y la dríada

 Nada mas verle abrir los ojos, ella supo que en su mente había algo nuevo por hacer ese día. Ella, amante y fiel devota de la tierra y el amor entre hombres y mujeres en direcciones y formas diversas, acarició el rostro barbudo de su amado, que mostraba un rostro circunspecto. 

-Tengo algo que hace.-Dijo el con el ceño fruncido.-Observaremos algún acto humano y reflexionaré sobre la naturaleza misma. Pero antes me gustaría un beso tuyo.-Dijo él, inesperadamente dulce. 

-Todos los que quieras, amor.-Dijo la amada de ese hombre de ciencia. Besó sus labios con delicadeza pero firme convicción de entrega. Su cabello largo y ondulado cubrió ambos rostros cuando se inclinó sobre él y le demostró cuanto quería tener cerca a ese hombre, humano en apariencia pero de mente divina. 

Tras el dulce despertar se asearon por separado, un ritual que ella respetaba. Ella regó unas plantas con un método solamente visto en las gentes del bosque, entre canciones y pequeños bailes, algo que él respetó indudablemente. En su mente siempre analizaba la curvatura de las piernas, el arco de los brazos, el arqueado de su sonrisa y la sonoridad de su voz, de esa voz cristalina. Aun no había hecho ningún descubrimiento y tomar notas se había vuelto un ejercicio vano pues siempre se quedaba secretamente extasiado en aquella danza. 

Los grandes ojos de ella, de una oscuridad insondable, era una de tantas pequeñas señales de sus orígenes y contemplaban a su vez el rostro profundamente meditabundo de su amado. Otra señal, mucho mas sutil si se alejaba de la habitual convivencia, era que nunca comía carne.

-Señor.-Dijo el mayordomo tras servir el ligero desayuno de siempre.-¿leerá el correo después del desayuno?

-Lo dudo.-Dijo sin mas explicaciones.-Hoy saldremos. Puedes tomarte el día libre. 

-Sí, señor.-dijo el mayordomo, ocultando la sorpresa de esa orden.-Gracias señor. 

-Amor.-Dijo ella de pronto, con una sonrisa que mostraba unos dientes perfectos.-¿iremos al bosque?

Entonces el sonrió, algo raro, aunque de forma discreta, eso sí. 

-Solo quiero pasear, pero dicho paseo está sujeto a cambios de rumbo que seguramente te agraden. Por una vez en mucho tiempo, no tengo un plan fijo. 


Él se puso el abrigo y se aseguró de que tenía todo los necesario en los bolsillos. Cartera, monedero, lápiz, bloc de notas, papeles sueltos, cuchillo en miniatura y un pequeño objeto que servía para ver a largas distancias. 

Cuando salieron de la casa, ella iba vestida en un sencillo vestido de colores boscosos, que combinaban con exquisito gusto el otoño y el verano. Las mujeres ricas de la ciudad, cuando los veían pasar, dedicaban murmullos de envidia a ella. Cuando se disponían a salir para caminar, él se paró frente a un pequeño rincón del jardín que estaba sin cultivar e hizo una señal con la cabeza. Ella sonrió y fue casi flotando hasta ese lugar y posó las manos sobre la tierra, hundiendo los dedos en ella. 

Ella lo percibía todo, desde el desarrollo natural de las raíces hasta el arrastrar de lo gusanos y lombrices que tan buena causa cometían al oxigenar la tierra. 

-Dos días, amor.-Dijo ella, con una sonrisa, sin molestarse en limpiarse la tierra de las manos y rodeando el brazo de su amado con toda delicadeza y alegría. 

El hombres asintió y finalmente empezaron el paseo. 

Salieron de casa y se dirigieron a donde el río entraba en la pequeña población. No era una gran ciudad, pero contaba con un número decente de personas que vivían sus vidas apaciblemente entre edificios de tres o cuatro plantas y tenían en las afueras un incipiente lugar donde las fábricas hacían su aparición para no marcharse nunca mas. A los bordes de la cinta de agua cristalina los niños se entretenían jugando en el agua, en un día acalorado, que invitaba mas a la siesta que a la actividad. Contemplaron a los niños, él con cierta simpatía y una pequeña sonrisa, ella con infinito amor. Unos cuantos pasos mas allá se podía ver a un par de estudiantes de la escuela de artes dibujando el paisaje que se extendía ante ellos, con sus casas y un pequeño embarcadero. 

-Amor. Ayer en la plaza del mercado escuché a la señora tan simpática que vende vestidos que llegaría una nueva remesa este día. ¿Podemos ir a verlos?.-Dijo ella mientras, con dulce y melodiosa voz.

No le tomó mucho tiempo al varón de la pareja hasta que se decidió a satisfacer el deseo de su amada, que sonriente (mas aun), demostró su alborozo con un estrechamiento mas fuerte del brazo de su amado. 

La mujer que vendía los vestidos los recibió con un sonrisa y unos potentes besos en cada mejilla. Eran de sus clientes mas habituales. Mientras ellas se ponían a contar todo aquello que había sucedido desde el día anterior, el hombre miró la máquina de coser. "Intrigante instrumento, sin duda". Siempre se quedaba mirando ese aparato que tan bellas obras producía, ahí expuestas sobre rudimentarias tallas de madera realizadas por los jóvenes del aserradero y los carpinteros locales. 

-¿Algún día podré darle clases de costura, señor?.-Dijo la mujer, regordeta y de resultas maneras.- ¿Quizás me haga un competidor en este alegre lugar?

-¿Que? oh, no señora.-Dijo él.-Mis manos son torpes para estas cosas. Cien veces he intentado aprender los rudimentos de la costura y la creación textil y cien veces he fracasado. 

En ese momento, pasando su amada por su lado,esta le susurro:

-Doy fe, pues se te da mejor quitarme la ropa que crearla.-Provocando un sonrojo evidente en ese rostro normalmente resuelto a la calma y el decoro. 

La mujer de los vestidos no pasó por alto ese detalle y rió como reiría en una ópera la soprano.

-Veo que el frío hombre de ciencia tiene sus calideces.

-Su gran corazón lo es..-Dijo ella, examinando el vestido verde de la entrada.-Que delicia. ¿Sería posible pasarlo a recoger mañana?

-Por supuesto, señora.-Dijo la amable dependienta de la tienda. 

Salieron de nuevo a las afueras de aquella pequeña urbe en camino de ser una gran ciudad con el paso de las décadas. Fueron al ansiado y anhelado bosque, donde hacía unos años, un joven y prometedor estudioso de la flora y la fauna se había encontrado lo mágico e imposible. 

Ella se separó entonces del brazo de él y antes de que pudiera decirse nada el vestido que llevada puesto se desprendió del cuerpo mientras ella desaparecía entre los árboles con pasos alegres que al momento dejaron de escucharse, así como de verse el cuerpo que le había cortado la respiración cada vez que lo veía expuesto. 

El hombre se dedicó a caminar y a disfrutar de la flora. Muchas de aquellas plantas las había catalogado él cuando era joven. Algunos de los animales también se habían dejado catalogar cuando estaban por la labor. Las risas a veces se escuchaban a la derecha, otras veces a la izquierda. Sintió de vez en cuando una caricia en diversas partes del cuerpo y risas mas cargadas de intención. El científico no podía evitar recordar como se la había encontrado, él todo torpe y sin gracia alguna, demasiado sesudo en sus explicaciones, y ella simplemente mágica y perfectamente desprovista de vergüenza. 

Tantas habían sido las ocasiones en que había recorrido aquel bosque que hasta juraría que podría recorrerlo con los ojos cerrados. "Dos abedules iguales a la vuelta de la esquina", y ahí estaban. "un ciprés inclinado como en una reverencia por aquí", y ahí estaba el dicho ciprés. "Y ahora un claro con un árbol en medio". Y había árbol pero no claro.

La sorpresa  fue soberbia y los ojos del hombre de ciencia se desencajaron al ver que aquel claro era un lago perfectamente natural y se juraría que aun mas perfectamente redondo, lo cual en sí no era nada natural. En sus aguas se encontraba su amada, nadando felizmente, disfrutando de las aguas cristalinas. Aunque lo mas imponente era quien se encontraba bajo el árbol, aislado del resto del mundo por un montón de tierra.

La Reina de las Dríadas se acercó a él caminando sobre el agua como Cristo había hecho aquella vez. Los pájaros volaban a su alrededor y tenía dos ardillas en cada hombro. Era una mujer alta, con cabello del color exacto de la tierra y porte de una digna emperatriz. Estaba ataviada por unas telas de seda ligera que se agitaban a pesar de que no soplaba una sola brisa. Su cabeza estaba coronada con una tiara de madera de factura aparentemente simple pero que al ojo del carpintero era un trabajo sesudo y muy original. Cuatro joyas de color incierto pero que inevitablemente hacían pensar en las cuatro estaciones eran el motivo principal de atención. 

-Majestad.-Dijo el hombre, haciendo una profunda reverencia.-nos honra con su presencia y yo así de humilde me muestro ante vos.

-Yerno.-Su rostro era una máscara impasible e irradiaba formalidad en su voz.- Me honras con tu saludo. En lo que llegabas, mi hija una vez mas me ha dicho lo feliz que es contigo a pesar de tu presencia de ropa excesiva y tus costumbres puramente humanas. 

-Su majestad sin duda tiene razón una vez mas, mas por una vez he de decir que todo ser vivo tiene extrañas costumbres al compararlas a las propias. 

La Reina de las Dríadas tenía unos ojos que evocaban en ese momento la llegada del Otoño y por tanto al verde del Verano le estaban sustituyendo unas pintas amarillas y pardas, pero ello solamente le confería mas intimidación. 

-Indudablemente, querido.-Dijo la Reina y ofreció su mano. Tras ser honrada con un simple roce de labios y no mas, la alta mujer (mas que su hija, que nadaba aun alegremente), señaló en una dirección.-Debo manifestar mi preocupación por la fauna que en la desembocadura del río se encuentra, pues esas casas grises con altas chimeneas parece que hacen daño a los sirvientes de las náyades. Y a las náyades, todo sea dicho.

-Tendré en cuenta este problema y lo solventaré lo antes posible, mi señora. 

-Bien.-Dijo sin mas la dama mas poderosa de los bosques y se agachó para acariciar el cabello de su hija y besar su frente antes de desaparecer en forma de ráfaga de hojas. 

El hombre tuvo que sentarse para asimilar todo, pues raro era que su suegra se presentara así como así. En la última ocasión casi le hace azotar con un látigo hecho de ortigas por discrepar con ella en unas cuestiones. 

-Ven amor.-Dijo una de las cientos de hijas de aquella figura que se había disuelto en el aire hacía escasos momentos.-Báñate conmigo. 

El científico la miró y recordó el motivo de su desconcierto inicial. 

-¿Como es posible que ayer hubiera aquí un claro con un árbol en medio y ahora ese claro sea un lago?

A la sencilla y perfecta sonrisa le siguió una sencilla y mágica respuesta. 

-Ayer fue ayer, y ayer no es hoy, por lo tanto este claro no es un claro, y es un lago. 

El amado de esa dríada le deleitó con el mas desconcertado de sus rostros, algo que la hizo reír animadamente. A ese tipo de razonamientos él le llamaba "respuestas driáticas", respuestas que encajaban en la realidad pero no en la lógica. Ella le salpicó para sacarlo de su desconcierto y salió del agua, desnuda como estaba. Nunca se acostumbraría a esa visión. Siempre se le cortaba el aliento ante esa perfección casi hiriente. Con habilidosas manos le hizo desprenderse del chaleco tan forma, de la camisa, de los pantalones, de los calzones, botas, calcetines y todo lo que no fuera natural en su cuerpo. 

-Te amo.-Fue todo lo que acertó a decir ella antes de abalanzarse contra sus labios y caer ambos al agua entre chapoteos y risas. 


lunes, 6 de julio de 2020

La dama y el Lobo

   El lobo se acercó a la mujer que leía tranquilamente. Llegaba cansado de intentar cazar a la cierva blanca. A pesar de su excelente forma física, en el movimiento de su negro pelaje se reflejaba las amplias respiraciones para recuperar el aliento. Ni siquiera había un movimiento en su cola. La mujer seguía leyendo, no por miedo o preocupación, al contrario, era perfectamente consciente de la presencia de ese cazador del bosque que podía comerse a una persona de dos bocados y a un buey de cuatro. 

   Se encontraban ambos en un descampado de un bosque cerca del castillo de la reina y era uno de sus lugares favoritos. la enorme bestia pisaba las flores de colores que salían a su paso y que parecían inclinarse ligeramente, con expectación, hacia la mujer que leía tranquilamente un tratado de venenos. Los árboles estaban llenos de pájaros, insectos pequeños y no tan pequeños, y la risa acariciaba las ramas emitiendo una canción tan antigua como mágica. Si se aguzaba bien el oído se podía escuchar el canto de un pequeño riachuelo de agua cristalina y limpia y el chapoteo de algún pez. 

   La mujer, como ya se dijo, leía tranquilamente y no prestaba mucha atención (aparentemente) a lo que le rodeaba. Sintió el temblor del enorme cuerpo que se desplomaba  su lado, la enorme pata que se posaba en la pierna descubierta por el tajo del vestido y se quedaba dormido con un breve pero grave gruñido que contaba toda la emoción y frustración de esa cacería en concreto. Los ojos azules de ella pasaron entonces a su acompañante de ese día. Acarició el pelaje entre las orejas con sus finos dedos y empezó a tararear una canción de cuna. 

   -Oh, mi amor.-Dijo ella, con una sonrisa llena de absoluta ternura, como quien mira a un cachorro de labrador o un gatito recién nacido. Acarició suavemente la mandíbula capaz de romper el mármol blanco.- ¿Esa cierva mala de nuevo se te escapó?.- Su voz tenía cierto tono cálido con algo de chanza. 

   La bestia gruñó en sueños aunque perfectamente se podía tomar como respuesta. Los dientes quedaron al descubierto , con grandes colmillos, peligrosamente cerca de una de las largas piernas de la dama de graciosa figura y similar al color de su madre, la luna. La mujer no temía. Acarició la línea de la mandíbula, subió a su mejilla, y con cada caricia el rostro de la criatura parecía relajarse poco a poco. Se dejo llevar por su instinto y acarició detrás de las orejas. Mas allá de los pies de la dama, una de las enormes y poderosas patas traseras del ser comenzó a moverse involuntariamente. 

   Se escuchó un sonido entre las hojas de unos arbustos cercanos y la cierva blanca apareció. Aquella no era una cierva blanca normal (dentro de lo que pueda considerarse como normal una cierva totalmente blanca). Parecía emitir una luz propia. Era extraño que un ser tan destacable entre la vegetación nunca hubiera sido capturada, ni siquiera rozada con una flecha, haciéndose luz o esfumándose delante de sus captores al mínimo despierte.

   Entretanto la dama había cerrado su libro y lo había dejado dentro de la cesta de comida que había traído para disfrutar con su amado, sumido en el sueño mas profundo gracias a las atenciones de aquellas manos expertas en muchas artes. Vio avanzar a la cierva blanca y acercarse lo suficiente para que se pudiera apreciar cada uno de los pelos de su cuerpo. 

   -Has agotado a mi amado.-Dijo la mujer con terciopelo en la voz y una mirada de infinita adoración a la enorme bestia que emitiría pequeños gruñidos en sueños.-Una carrera ardua, seguramente. Por favor, noble Cierva, la próxima vez no lo canses tanto porque quería disfrutar de un bello picnic con él. 

   La cierva dio un par de saltos sobre sus patas, regocijándose en su poderío y gracilidad capaces de cansar al mas resistentes, fuerte y enorme cazador de todos los tiempos. Entonces la cierva miró al lobo largamente con sus enormes ojos. 

   -Claro que está dormido del todo. No hay trampa alguna en su sueño. 

   Entonces la Cierva Blanca acerco su cabeza a la del lobo y la dejó hay unos segundos, en un gesto de conciliación y respetuoso reconocimiento al adversario. Luego miró a la mujer directamente a los ojos. Ella no hizo gesto alguno de querer tocarla, solamente la miró con ternura y se deleitó en la luz propia que emanaba y la calidez que desprendía solo ver su piel de pelo corto. Y sin mas, esta desapareció.  

martes, 21 de abril de 2020

Lucy y el Señor Smith

El señor Smith abrió los ojos cuando escuchó abrirse la puerta. La pequeña Lucy entró en la habitación, con sus dieciséis años cumplidos hace dos semanas. Los ojos del "monstruo" refulgían en la oscuridad, aunque realmente estos no veían del todo bien. Se asemejaban a los de la mantis marina pero mucho mas grandes de tamaño y menos sofisticados. 
—Señor Smith.—Dijo Lucy, muy bajito, mirando los ojos enormes y luminosos de su amigo invisible.—He aprobado el examen de matemáticas.— Dio unas cuantas palmadas sin apenas emitir sonido. 
El señor Smith dejó entrever una hilera doble de afilados dientes. Sus largos brazos se acercaron a la niña y tantearon los hombros y los brazos para rodear completamente con sus blancos dedos, capaz de rodear al pastor alemán que tenía el señor Fossoway de perro guardián. 
El señor Smith medía mas de cuatro metros de altura y era un problema tenerlo sentado en ángulo recto en aquella habitación tan humilde pero no exenta de detalles dignos de una decoración mas bien adolescente.
—¡Que gran noticia, Lucy! ¡Y era tú la que dudabas!.—Dijo el señor Smith, con una voz entre sibilina y acerada, pero cargada de profundidad ancestral.
La jovencita puso algo de música y se sentó para hacer los deberes. Le gustaba la historia, dudaba en las matemáticas y odiaba la geografía. El señor Smith era un ser curioso que sentía fascinación por esa y muchas otras cosas. 
Al uso, alguien que pudiera verlo diría que era un primo cercano del afamado Slenderman, pero nada mas lejos de las intenciones aterradoras de ese monstruo nacido en Alemania a principios del siglo XVIII. El señor Smith llegó a la vida de Lucy cuando ella, paseando un día de lluvia cerca de un río crecido, padeció las consecuencias habituales de un resbalón. Con un giro del destino, el señor Smith, en aquel momento falto de alguien a quien servir como mayordomo o como ayudante de cámara, decidió rescatar a la pequeña Lucy. Ella, una joven cualquiera de un pueblo cualquiera, se convirtió entonces en su protegida y a su vez protectora. 
—Señor Smith.—Dijo de pronto la pequeña Lucy.— Creo que a Chester le pasa algo. 
El Señor Smith dejó de mirar los deberes de Lucy, prometedoramente divertidos y con sus largos dedos empezó a tantear la Jaula donde Chester, el hamster de la pequeña Lucy habitaba. Ella abrió la puertecita. El amigo invisible de Lucy era ciego pero al mismo tiempo podía ver algunas cosas como emociones o el calor, mas no así otras cuestiones mas banales como las formas de las cosas. Y para ello tenía unos dedos provistos de unas garras afiladas pero extremadamente sensibles a innumerables cosas. 
Los dedos de la criatura se colaron y después de sortear un laberinto de algodón y frutos secos dio con el encantador y siempre activo Chester. 
—Lucy.—Dijo, mientras dos dedos se deslizaban por el pelaje del pequeño roedor. en su voz había cierta pena, incluso sus grandes ojos parecían traslucir cierta emoción— Temo informarte de que Chester probablemente no pase de esta noche. Su reloj de la vida está dando sus últimas campanadas.
Lucy se quedó en silencio. Los dedos de el señor Smith tantearon de nuevo a la joven adolescente normal. Y como es normal, Lucy traslucía pena, tristeza, emociones intensas y contenidas. Levantó el tejado de la pequeña casa de Chester, lo tomó en sus manos y le dedicó mucho rato, dejando a un lado los deberes de química.
—No se marche señor Smith.—Dijo la pequeña Lucy mientras se acostaba en la cama con Chester sobre su pecho.—Tranquilo Chester. No te pienso dejar. 
Chester abrió los ojos. Movía un poco el cuerpo, señal de que aun respiraba. 
El señor Smith callaba y hasta su sonrisa aparentemente amenazadora se había difuminado un poco. Lucy puso una recopilación de las canciones favoritas de Chester cuando este se encontraba en la rueda de su jaula. 
—Señor Smith.—Dijo Lucy mientras acariciaba el cuerpecito peludo de su amigo en los últimos cinco años.— ¿Como es la muerte?
La criatura invisible a los ojos de todos menos de su amiga humana la miró con los ojos y la tanteó con los dedos. Aunque capaces de cortar el granito, estos nunca le había hecho una sola marca al cuerpo o a la ropa de Lucy o de cualquiera de sus enseres.
—Lo mas cerca que estuve de morir fue hace mas de cinco siglos en un ritual de lo que hoy llamaríais "vudú". Hay muchas fuerzas curiosas en la naturaleza y algunas muy poderosas y esta fue una que casi me manda a un lugar que no quería visitar. Me gusta pensar que la muerte es algo mas agradable que simple miedo o negación o lloros desesperados por lo inevitable. Creo que es una fase mas de la vida. 
Se formó otro silencio. Lucy volvió hablar. 
—¿Que hacías en un ritual vudú?
—No era Vudú al uso, era algo parecido pero este desde luego no estaba siendo realizado por charlatanes. Esto era energía muy extraña, ni buena ni mala, pero sin duda no me dejó indiferente. 
—¿Pero que hacías ahí?
—Casualidad. 
—¿Casualidad? ¿Como aquella que hizo que me salvaras la vida?
—Podríamos entrar en debate pero diría que sí, solo que la casualidad de hace cinco siglos casi me mata mientras que la de hace un par de años contigo me hizo sentir feliz. 
Otro nuevo silencio, aunque esta vez Lucy sonreía ante aquello último. Chester intentaba escuchar, sintiendo las vibraciones de la voz en el pecho de Lucy. A su vez le reconfortaba los pequeños tanteos que el señor Smith le aplicaba de vez en cuando. Así es como a las dos treinta y siete de la madrugada Chester pasó a mejor vida. Lucy dejó resbalar amargar lágrimas, sosteniendo en sus manos el cuerpo sin vida de el mejor corredor de rueda de todo aquel pueblo, un campeón de campeones. 
Le siguió un ritual de entierro digno de todo un atleta. El ataúd de Chester fue una caja de zapatos bien rellena de algodón, con comida suficiente para la carrera al otro lado. Lucy lo enterró en el jardín de atrás. Aquí tenemos que hablar de otra característica del señor Smith, quien ahora se encontraba de pie, al lado de la pequeña Lucy, con sus largos dedos sobre los hombros de la joven, prestándole un consuelo mayor que el de cualquier ser humano.
El señor Smith era extraño en su forma de desplazarse y esa era quizás su mayor ventaja. Ya que sería extraño que un ser de cuatro metro no rompiera algo intentando salir de una pequeña habitación de adolescente, él se movía o mas bien se transportaba a voluntad en ciertas ocasiones como aquella. Por lo general caminaba cuando se encontraba en espacio abierto pero para entrar y salir de la habitación de la joven Lucy debía de usar ese recurso. 
—Chester siempre fue una gran compañía en las tediosas horas de estudio.—Dijo Lucy, dejando salir libremente las lágrimas.—Él siempre me recibía el primero, incluso antes que tu, señor Smith. 
—Sin duda era rápido hasta para eso.— dijo el señor Smith sin ápice de resentimiento.
—Nunca olvidaremos, en los registros históricos, su marca de velocidad y sus hitos en el deporte casero. Descanse en paz, Chester, gran corredor, mejor Hamster.
Entonces el señor Smith entonó un canto extraño. Pocas veces se había escuchado al ser de otra dimensión cantando, pero esta era una melodía que, aunque sin una letra distintiva, evocaba el camino, el viaje, el cambio de estado o simplemente el partir a un lugar mejor. 
—Nunca había escuchado esa melodía..—Dijo Lucy cuando estaban de nuevo en la habitación.
—En mi pueblo se le llama "la canción del caminante", aunque tiene un nombre mas largo e intrincado, que ni siquiera pueda traducirse a ningún idioma.—explicó el ser mientras tomaba entre sus garrar un libro y lo metía dentro de la mochila de la joven.— No se como la aprendí pero la aprendí y se que es de mi pueblo. 
—¿Alguna vez me hablarás de tu pueblo? cuando tengas ganas y motivación. 
—Es probable.—Dijo el Señor Smith mientras depositaba otro libro de ciencias y unos cuantos cuadernos.— Me sigue pareciendo inhumano que os carguen a los jóvenes con tanto peso de libros y cuadernos.— Las delicadas y afiladas garras cerraron la mochila de la protegida y protectora.—
Lucy ya estaba en cama, con los ojos aun algo rojos por la lágrimas. Había tomado una taza de chocolate preparado por su madre después de que se le comunicó a tan encantadora señora que Chester había partido a la carrera eterna. La taza estaba apoyada en la mesilla de noche. 
—Buenas noches señor Smith.—Dijo Lucy
—Buenas noches, Lucy.—Dijo con su voz sibilina y su sonrisa algo menos notoria por el luto en esa casa. 

sábado, 11 de enero de 2020

La bella Loba.


Que bello era estar en su presencia, casi tanto como sus ojos. Sus manos finas delineaban el torso de aquel afortunado mientras hacía sentir la calidad de su cuerpo contra el de él. Ella era joven, una noche oscura se prendía en su cabello constantemente, de sus ojos traslucían la raza dulce y gentil. Detrás de esa mirada había una pequeña loba, una exquisita loba que buscaba la cercanía, que deseaba con fuerza tener alguien a quien amar y alguien que la amara. Los brazos de aquel que había sido elegido rodeaban su fino talle y mantenía los ojos cerrados, disfrutando de aquel calor humano que despertaba instintos antiguos como el propio hombre.
Una de sus largas piernas subió ligeramente, afianzando su presa sobre aquel que ahora suspiraba lentamente, deslizando unos blancos dedos hasta donde el muslo terminaba.
-¿Que piensas?.-Preguntó ella, con esa voz de cristal que quería a veces seducir y otras veces no era consciente de su propio hechizo de amor, de una de tantas formas de amar. 
-En lo afortunado que me haces cada vez que estás aquí, cerca de mi, cada vez que dejamos los bosques para abandonarnos a la humanidad mas sencilla. Pienso en el sol que hora nos ilumina, que pronto será luna llena y seremos de nuevo un par de excepciones mas en la aburrida vida del hombre. Pienso en el calor y el color de tu piel, en los prados que recorreremos y en como la hierba complementa el color de tu pelaje.

Ella se alzó apenas lo justo para poder mirarle a los ojos. No tuvo apenas tiempo de decir nada mas aquel hombre sencillo antes de que ella le besara con suavidad, le diera a probar de unos labios. Poco a poco se sentó ahorcajadas encima de el y tomó sus manos, las besó mirando sus ojos en todo momento y las paseo por esa anatomía de mujer. Él suavemente dejó que los dedos hicieran su trabajo, quitando poco a poco la ropa que la envolvía a ella. Su blusa quedó a un lado, luego sus sostén, seguidamente su falda. Ella era una luz en medio de aquella oscuridad creciente que llegaba en la noche. La cama era mudo testigo de lo que aquellos cuerpos se demostraban mutuamente, donde no había mas que palabras hechas gesto.

Él se desprendió de esas capas artificiales y molestas. tomó las caderas de ella y acompasó sus movimientos, en una danza suave y lenta. Ella se entregaba mientras él la miraba con deseo, sin esconder un solo retazo de su pasión.  Hicieron el amo, dejaron a un lado los momentos de duda y simplemente fueron uno por una noche mas.

Entonces al llegar la luna a su cenit, dos lobos, uno grande y otra loba preciosa, fueron vistos entre los bosques con gruñidos que asemejaban risas y una genuina diversión. 

martes, 24 de diciembre de 2019

Lucy y el señor Smith


El señor Smith abrió los ojos cuando escuchó abrirse la puerta. La pequeña Lucy entró en la habitación, con sus dieciséis años cumplidos hace dos semanas. Los ojos del "monstruo" refulgían en la oscuridad, aunque realmente estos no veían del todo bien. Se asemejaban a los de la mantis marina pero mucho mas grandes de tamaño y menos sofisticados.
-Señor Smith.-Dijo Lucy, muy bajito, mirando los ojos enormes y luminosos de su amigo invisible.-He aprobado el examen de matemáticas.- Dio unas cuantas palmadas sin apenas emitir sonido.
El señor Smith dejó entrever una hilera doble de afilados dientes. Sus largos brazos se acercaron a la niña y tantearon los hombros y los brazos para rodearla completamente con sus blancos dedos, capaz de rodear al pastor alemán que tenía el señor Fossoway de perro guardián.
El señor Smith medía mas de cuatro metros de altura y era un problema tenerlo sentado en ángulo recto en aquella habitación tan humilde pero no exenta de detalles dignos de una decoración mas bien adolescente.
-¡Que gran noticia, Lucy! ¡Y era tú la que dudabas!.-Dijo el señor Smith, con una voz entre sibilina y acerada, pero cargada de profundidad ancestral.
La jovencita puso algo de música y se sentó para hacer los deberes. Le gustaba la historia, dudaba en las matemáticas y odiaba la geografía. El señor Smith era un ser curioso que sentía fascinación por esa y muchas otras cosas.
Al uso, alguien que pudiera verlo diría que era un primo cercano del afamado Slenderman, pero nada mas lejos de las intenciones aterradoras de ese monstruo nacido en Alemania a principios del siglo XVIII. El señor Smith llegó a la vida de Lucy cuando ella, paseando un día de lluvia cerca de un río crecido, padeció las consecuencias habituales de un resbalón. Con un giro del destino, el señor Smith, en aquel momento falto de alguien a quien servir como mayordomo o como ayudante de cámara, decidió rescatar a la menuda estudiante de instituto. Ella, una joven cualquiera de un pueblo cualquiera, se convirtió entonces en su protegida y a su vez protectora.
-Señor Smith.-Dijo de pronto la pequeña Lucy.- Creo que a Chester le pasa algo.
El Señor Smith dejó de mirar los deberes de la niña, prometedoramente divertidos y con sus largos dedos empezó a tantear la jaula donde Chester, el hamster de la pequeña Lucy habitaba. Ella abrió la puertecita. El amigo invisible de Lucy era ciego pero al mismo tiempo podía ver algunas cosas como emociones o el calor, mas no así otras cuestiones mas banales como las formas de las cosas. Y para ello tenía unos dedos provistos de unas garras afiladas pero extremadamente sensibles a innumerables cosas.
Los dedos de la criatura se colaron y después de sortear un laberinto de algodón y frutos secos dio con el encantador y siempre activo Chester.
-Lucy.-Dijo, mientras dos dedos se deslizaban por el pelaje del pequeño roedor. en su voz había cierta pena, incluso sus grandes ojos parecían traslucir cierta emoción- Temo informarte de que Chester probablemente no pase de esta noche. Su reloj de la vida está dando sus últimas campanadas.
Lucy se quedó en silencio. Los dedos de el señor Smith tantearon de nuevo a la joven adolescente normal. Y como es normal, Lucy traslucía pena, tristeza, emociones intensas y contenidas. Levantó el tejado de la pequeña casa de Chester, lo tomó en sus manos y le dedicó mucho rato, dejando a un lado los deberes de química.
-No se marche señor Smith.-Dijo la pequeña Lucy mientras se acostaba en la cama con Chester sobre su pecho.-Tranquilo Chester. No te pienso dejar.
Chester abrió los ojos. Movía un poco el cuerpo, señal de que aun respiraba.
El señor Smith callaba y hasta su sonrisa aparentemente amenazadora se había difuminado un poco. Lucy puso una recopilación de las canciones favoritas de Chester cuando este se encontraba en la rueda de su jaula.
-Señor Smith.-Dijo Lucy mientras acariciaba el cuerpecito peludo de su amigo en los últimos cinco años.- ¿Como es la muerte?
La criatura invisible a los ojos de todos menos de su amiga humana la miró con los ojos y la tanteó con los dedos. Aunque capaces de cortar el granito, estos nunca le había hecho una sola marca al cuerpo o a la ropa de Lucy o de cualquiera de sus enseres.
-Lo mas cerca que estuve de morir fue hace mas de cinco siglos en un ritual de lo que hoy llamaríais "vudú". Hay muchas fuerzas curiosas en la naturaleza y algunas muy poderosas y esta fue una que casi me manda a un lugar que no quería visitar. Me gusta pensar que la muerte es algo mas agradable que simple miedo o negación o lloros desesperados por lo inevitable. Creo que es una fase mas de la vida.
Se formó otro silencio. Lucy volvió hablar.
-¿Que hacías en un ritual vudú?
-No era Vudú al uso, era algo parecido pero este desde luego no estaba siendo realizado por charlatanes. Esto era energía muy extraña, ni buena ni mala, pero sin duda no me dejó indiferente.
-¿Pero que hacías ahí?
-Casualidad.
-¿Casualidad? ¿Como aquella que hizo que me salvaras la vida?
-Podríamos entrar en debate pero diría que sí, solo que la casualidad de hace cinco siglos casi me mata mientras que la de hace un par de años contigo me hizo sentir feliz.
Otro nuevo silencio, aunque esta vez Lucy sonreía ante aquello último. Chester intentaba escuchar, sintiendo las vibraciones de la voz en el pecho de Lucy. A su vez le reconfortaba los pequeños tanteos que el señor Smith le aplicaba de vez en cuando. Así es como a las dos treinta y siete de la madrugada Chester pasó a mejor vida. Lucy dejó resbalar amargar lágrimas, sosteniendo en sus manos el cuerpo sin vida de el mejor corredor de rueda de todo aquel pueblo, un campeón de campeones.
Le siguió un ritual de entierro digno de todo un atleta. El ataúd de Chester fue una caja de zapatos bien rellena de algodón, con comida suficiente para la carrera al otro lado. Lucy lo enterró en el jardín de atrás. Aquí tenemos que hablar de otra característica del señor Smith, quien ahora se encontraba de pie, al lado de la pequeña Lucy, con sus largos dedos sobre los hombros de la joven, prestándole un consuelo mayor que el de cualquier ser humano.
El señor Smith era extraño en su forma de desplazarse y esa era quizás su mayor ventaja. Ya que sería extraño que un ser de cuatro metro no rompiera algo intentando salir de una pequeña habitación de adolescente, él se movía o mas bien se transportaba a voluntad en ciertas ocasiones como aquella. Por lo general caminaba cuando se encontraba en espacio abierto pero para entrar y salir de la habitación de la joven Lucy debía de usar ese recurso.
-Chester siempre fue una gran compañía en las tediosas horas de estudio.-Dijo Lucy, dejando salir libremente las lágrimas.-Él siempre me recibía el primero, incluso antes que tu, señor Smith.
-Sin duda era rápido hasta para eso.- dijo el señor Smith sin ápice de resentimiento.
-Nunca olvidaremos, en los registros históricos, su marca de velocidad y sus hitos en el deporte casero. Descanse en paz, Chester, gran corredor, mejor Hamster.
Entonces el señor Smith entonó un canto extraño. Pocas veces se había escuchado al ser de otra dimensión cantando, pero esta era una melodía que, aunque sin una letra distintiva, evocaba el camino, el viaje, el cambio de estado o simplemente el partir a un lugar mejor.
-Nunca había escuchado esa melodía..-Dijo Lucy cuando estaban de nuevo en la habitación.
-En mi pueblo se le llama "la canción del caminante", aunque tiene un nombre mas largo e intrincado, que ni siquiera pueda traducirse a ningún idioma.-explicó el ser mientras tomaba entre sus garrar un libro y lo metía dentro de la mochila de la joven.- No se como la aprendí pero la aprendí y se que es de mi pueblo.
-¿Alguna vez me hablarás de tu pueblo? cuando tengas ganas y motivación.
-Es probable.-Dijo el Señor Smith mientras depositaba otro libro de ciencias y unos cuantos cuadernos.- Me sigue pareciendo inhumano que os carguen a los jóvenes con tanto peso de libros y cuadernos.- Las delicadas y afiladas garras cerraron la mochila de la protegida y protectora.-
Lucy ya estaba en cama, con los ojos aun algo rojos por la lágrimas. Había tomado una taza de chocolate preparado por su madre después de que se le comunicó a tan encantadora señora que Chester había partido a la carrera eterna. La taza estaba apoyada en la mesilla de noche.
-Buenas noches señor Smith.-Dijo Lucy
-Buenas noches, Lucy.-Dijo con su voz sibilina y su sonrisa algo menos notoria por el luto en esa casa.

viernes, 25 de octubre de 2019

Una noche trémula de octubre.


Una noche trémula de Octubre, se encontraba el hombre alcanzado por la pena contemplando la lumbre de la chimenea. Qué pasaba por su cabeza, se desconocía, pero en sus manos, un libro de funestas alegorías, dejaba entrever variopintas verdades sobre los símbolos en el mundo. Sus ojos se deslizaban con la pereza de algún minino demasiado alimentado y sus manos acariciaban el dorso de la página como si fueran las frágiles hebras de una cordura hace tiempo perdida o quebrada.
Alcanzaban las luces de las velas unos pocos rincones, los que mas utilidad pudieran poseer. La iluminación era, pues, pobre como aquellas esperanzas apenas pergeñadas en un pasado baldío de esperanza. Los libros permanecían rectos y solemnes, acumulados en precarias columnas o formadas en pelotones de saber, fantasía, drama, dolor o poesía. No faltaban los sesudos tratados de saberes incipientes en aquel nuevo mundo donde el hombre sorprendía al hombre con nuevas maneras de transportarlo largas distancias o matarlo desde el otro lado de un país. Aun con todo, aquellas no eran las motivaciones para esa pena gris que parecía reptar entre los singulares enlaces sinápticos de su memoria o de su emoción. Lo que traía a este pobre desdichado, escritor de muchas cosas, por sendas oscuras y  tortuosas, era la certeza de su muerte. De su muerte actual.
Lejos de una posibilidad remota de incertidumbre, el hombre leía aquellas líneas en las cuales se detenía minuciosamente a analizar cada una de esas sentencias formes, que lo llevaban a una realidad funesta. Aquel libro, anciano entre ancianos manuscritos, señalaba con demasiada seriedad y abnegada frialdad, lo que era la muerte en vida.
Hablaba de la apatía, de una cierta forma de contrición ante lo nunca dicho. En aquellas líneas justas, donde sus ojos acusados de cierta añoranza pasada se posaban, trataba el momento exacto donde todo se termina para el vivo y empieza a ser destierro del alma a otro mundo. Otro tema era la falta de ánimo espiritual, la incapacidad de llenarse de las experiencias ajenas y propias. La insatisfacción afectaba al muerto en vida, impidiéndole que las alegrías de los seres, antaño querido y ahora vistos como desconocidos, pudieran enraizar en parte del árbol vital de la experiencia y la vida.
Ahí solo estaba el hombre, afectado de la quietud mas extrema, dispuesto a aceptar la muerte definitiva, de aquella que se acompaña con una fría mirada al reloj que cuelga de la muñeca del doctor forense y certifica un momento último de existencia: El abrazo final de la Parca. El hombre cerró los ojos, aceptando su destino mordaz, en aquellas ensoñaciones. Él, que había predicado tanto sobre la alegría de vivir, sentía su corazón apagarse.
El fuego de la chimenea acariciaba su rostro, una de sus manos colgantes por encima del butacón que perteneció por tres generaciones a una familia de exiguos pensadores y truhanes poco decorosos, de los cuales él era el mas contenido. Tanto que aquello podría ser su perdición.
El fuego pareció reavivar su mensaje de luz, sus intenciones capaces de soliviantar cualquier acto frío y sin lustre vital. La luz se hizo intensa y de pronto todo pareció apagarse. El hombre, tendido ya en aquellas horas de noche trémula, aceptando aquella habitación del saber como un mausoleo involuntario, abrió los ojos. Una diosa Fortuna le había sonreído de paso, algo prendido en compasión o puro sentimiento pasional.
Las manos de aquella inesperada dama hechas llama tomaron aquel rostro pálido, delgado y desgastado por las horas de pensamientos nublados de agorera sensibilidad. Unos labios, dos destellos rojos que apenas se amilanaban ante el tacto de las llamas mas intensas, se amoldaron a los del pobre hombre, que sintió recorrer por toda su espina una electrizante sensación. Sus manos acostumbradas a tomar la pluma mas que la espada dejaron clara señal de su inesperada actividad, con una larga caricia, apenas un roce, sobre puntos imprecisos de sus caderas.
De aquel carrusel de emociones apenas propias de la vida misma había surgido, como por invocación de la misma Afrodita, un ser mitad ángel y mitad súcubo que resucitaba cada hebra de aquel ser desamparado de toda esperanza. Su cuerpo cálido apenas podía dejar salir mas calor de su piel sin llegar a quemar el cuerpo chupado y enjuto de su sorprendida presa. Otro tirón que atravesó todo el cuerpo y sintió arder hasta su alma en destellos jubilosos, en pensamientos que evocaban pasados realmente inhóspitos en la memoria de los hombres, donde había una auténtica libertad de amar y ser amado.