martes, 25 de agosto de 2020

El sabio y la dríada

 Nada mas verle abrir los ojos, ella supo que en su mente había algo nuevo por hacer ese día. Ella, amante y fiel devota de la tierra y el amor entre hombres y mujeres en direcciones y formas diversas, acarició el rostro barbudo de su amado, que mostraba un rostro circunspecto. 

-Tengo algo que hace.-Dijo el con el ceño fruncido.-Observaremos algún acto humano y reflexionaré sobre la naturaleza misma. Pero antes me gustaría un beso tuyo.-Dijo él, inesperadamente dulce. 

-Todos los que quieras, amor.-Dijo la amada de ese hombre de ciencia. Besó sus labios con delicadeza pero firme convicción de entrega. Su cabello largo y ondulado cubrió ambos rostros cuando se inclinó sobre él y le demostró cuanto quería tener cerca a ese hombre, humano en apariencia pero de mente divina. 

Tras el dulce despertar se asearon por separado, un ritual que ella respetaba. Ella regó unas plantas con un método solamente visto en las gentes del bosque, entre canciones y pequeños bailes, algo que él respetó indudablemente. En su mente siempre analizaba la curvatura de las piernas, el arco de los brazos, el arqueado de su sonrisa y la sonoridad de su voz, de esa voz cristalina. Aun no había hecho ningún descubrimiento y tomar notas se había vuelto un ejercicio vano pues siempre se quedaba secretamente extasiado en aquella danza. 

Los grandes ojos de ella, de una oscuridad insondable, era una de tantas pequeñas señales de sus orígenes y contemplaban a su vez el rostro profundamente meditabundo de su amado. Otra señal, mucho mas sutil si se alejaba de la habitual convivencia, era que nunca comía carne.

-Señor.-Dijo el mayordomo tras servir el ligero desayuno de siempre.-¿leerá el correo después del desayuno?

-Lo dudo.-Dijo sin mas explicaciones.-Hoy saldremos. Puedes tomarte el día libre. 

-Sí, señor.-dijo el mayordomo, ocultando la sorpresa de esa orden.-Gracias señor. 

-Amor.-Dijo ella de pronto, con una sonrisa que mostraba unos dientes perfectos.-¿iremos al bosque?

Entonces el sonrió, algo raro, aunque de forma discreta, eso sí. 

-Solo quiero pasear, pero dicho paseo está sujeto a cambios de rumbo que seguramente te agraden. Por una vez en mucho tiempo, no tengo un plan fijo. 


Él se puso el abrigo y se aseguró de que tenía todo los necesario en los bolsillos. Cartera, monedero, lápiz, bloc de notas, papeles sueltos, cuchillo en miniatura y un pequeño objeto que servía para ver a largas distancias. 

Cuando salieron de la casa, ella iba vestida en un sencillo vestido de colores boscosos, que combinaban con exquisito gusto el otoño y el verano. Las mujeres ricas de la ciudad, cuando los veían pasar, dedicaban murmullos de envidia a ella. Cuando se disponían a salir para caminar, él se paró frente a un pequeño rincón del jardín que estaba sin cultivar e hizo una señal con la cabeza. Ella sonrió y fue casi flotando hasta ese lugar y posó las manos sobre la tierra, hundiendo los dedos en ella. 

Ella lo percibía todo, desde el desarrollo natural de las raíces hasta el arrastrar de lo gusanos y lombrices que tan buena causa cometían al oxigenar la tierra. 

-Dos días, amor.-Dijo ella, con una sonrisa, sin molestarse en limpiarse la tierra de las manos y rodeando el brazo de su amado con toda delicadeza y alegría. 

El hombres asintió y finalmente empezaron el paseo. 

Salieron de casa y se dirigieron a donde el río entraba en la pequeña población. No era una gran ciudad, pero contaba con un número decente de personas que vivían sus vidas apaciblemente entre edificios de tres o cuatro plantas y tenían en las afueras un incipiente lugar donde las fábricas hacían su aparición para no marcharse nunca mas. A los bordes de la cinta de agua cristalina los niños se entretenían jugando en el agua, en un día acalorado, que invitaba mas a la siesta que a la actividad. Contemplaron a los niños, él con cierta simpatía y una pequeña sonrisa, ella con infinito amor. Unos cuantos pasos mas allá se podía ver a un par de estudiantes de la escuela de artes dibujando el paisaje que se extendía ante ellos, con sus casas y un pequeño embarcadero. 

-Amor. Ayer en la plaza del mercado escuché a la señora tan simpática que vende vestidos que llegaría una nueva remesa este día. ¿Podemos ir a verlos?.-Dijo ella mientras, con dulce y melodiosa voz.

No le tomó mucho tiempo al varón de la pareja hasta que se decidió a satisfacer el deseo de su amada, que sonriente (mas aun), demostró su alborozo con un estrechamiento mas fuerte del brazo de su amado. 

La mujer que vendía los vestidos los recibió con un sonrisa y unos potentes besos en cada mejilla. Eran de sus clientes mas habituales. Mientras ellas se ponían a contar todo aquello que había sucedido desde el día anterior, el hombre miró la máquina de coser. "Intrigante instrumento, sin duda". Siempre se quedaba mirando ese aparato que tan bellas obras producía, ahí expuestas sobre rudimentarias tallas de madera realizadas por los jóvenes del aserradero y los carpinteros locales. 

-¿Algún día podré darle clases de costura, señor?.-Dijo la mujer, regordeta y de resultas maneras.- ¿Quizás me haga un competidor en este alegre lugar?

-¿Que? oh, no señora.-Dijo él.-Mis manos son torpes para estas cosas. Cien veces he intentado aprender los rudimentos de la costura y la creación textil y cien veces he fracasado. 

En ese momento, pasando su amada por su lado,esta le susurro:

-Doy fe, pues se te da mejor quitarme la ropa que crearla.-Provocando un sonrojo evidente en ese rostro normalmente resuelto a la calma y el decoro. 

La mujer de los vestidos no pasó por alto ese detalle y rió como reiría en una ópera la soprano.

-Veo que el frío hombre de ciencia tiene sus calideces.

-Su gran corazón lo es..-Dijo ella, examinando el vestido verde de la entrada.-Que delicia. ¿Sería posible pasarlo a recoger mañana?

-Por supuesto, señora.-Dijo la amable dependienta de la tienda. 

Salieron de nuevo a las afueras de aquella pequeña urbe en camino de ser una gran ciudad con el paso de las décadas. Fueron al ansiado y anhelado bosque, donde hacía unos años, un joven y prometedor estudioso de la flora y la fauna se había encontrado lo mágico e imposible. 

Ella se separó entonces del brazo de él y antes de que pudiera decirse nada el vestido que llevada puesto se desprendió del cuerpo mientras ella desaparecía entre los árboles con pasos alegres que al momento dejaron de escucharse, así como de verse el cuerpo que le había cortado la respiración cada vez que lo veía expuesto. 

El hombre se dedicó a caminar y a disfrutar de la flora. Muchas de aquellas plantas las había catalogado él cuando era joven. Algunos de los animales también se habían dejado catalogar cuando estaban por la labor. Las risas a veces se escuchaban a la derecha, otras veces a la izquierda. Sintió de vez en cuando una caricia en diversas partes del cuerpo y risas mas cargadas de intención. El científico no podía evitar recordar como se la había encontrado, él todo torpe y sin gracia alguna, demasiado sesudo en sus explicaciones, y ella simplemente mágica y perfectamente desprovista de vergüenza. 

Tantas habían sido las ocasiones en que había recorrido aquel bosque que hasta juraría que podría recorrerlo con los ojos cerrados. "Dos abedules iguales a la vuelta de la esquina", y ahí estaban. "un ciprés inclinado como en una reverencia por aquí", y ahí estaba el dicho ciprés. "Y ahora un claro con un árbol en medio". Y había árbol pero no claro.

La sorpresa  fue soberbia y los ojos del hombre de ciencia se desencajaron al ver que aquel claro era un lago perfectamente natural y se juraría que aun mas perfectamente redondo, lo cual en sí no era nada natural. En sus aguas se encontraba su amada, nadando felizmente, disfrutando de las aguas cristalinas. Aunque lo mas imponente era quien se encontraba bajo el árbol, aislado del resto del mundo por un montón de tierra.

La Reina de las Dríadas se acercó a él caminando sobre el agua como Cristo había hecho aquella vez. Los pájaros volaban a su alrededor y tenía dos ardillas en cada hombro. Era una mujer alta, con cabello del color exacto de la tierra y porte de una digna emperatriz. Estaba ataviada por unas telas de seda ligera que se agitaban a pesar de que no soplaba una sola brisa. Su cabeza estaba coronada con una tiara de madera de factura aparentemente simple pero que al ojo del carpintero era un trabajo sesudo y muy original. Cuatro joyas de color incierto pero que inevitablemente hacían pensar en las cuatro estaciones eran el motivo principal de atención. 

-Majestad.-Dijo el hombre, haciendo una profunda reverencia.-nos honra con su presencia y yo así de humilde me muestro ante vos.

-Yerno.-Su rostro era una máscara impasible e irradiaba formalidad en su voz.- Me honras con tu saludo. En lo que llegabas, mi hija una vez mas me ha dicho lo feliz que es contigo a pesar de tu presencia de ropa excesiva y tus costumbres puramente humanas. 

-Su majestad sin duda tiene razón una vez mas, mas por una vez he de decir que todo ser vivo tiene extrañas costumbres al compararlas a las propias. 

La Reina de las Dríadas tenía unos ojos que evocaban en ese momento la llegada del Otoño y por tanto al verde del Verano le estaban sustituyendo unas pintas amarillas y pardas, pero ello solamente le confería mas intimidación. 

-Indudablemente, querido.-Dijo la Reina y ofreció su mano. Tras ser honrada con un simple roce de labios y no mas, la alta mujer (mas que su hija, que nadaba aun alegremente), señaló en una dirección.-Debo manifestar mi preocupación por la fauna que en la desembocadura del río se encuentra, pues esas casas grises con altas chimeneas parece que hacen daño a los sirvientes de las náyades. Y a las náyades, todo sea dicho.

-Tendré en cuenta este problema y lo solventaré lo antes posible, mi señora. 

-Bien.-Dijo sin mas la dama mas poderosa de los bosques y se agachó para acariciar el cabello de su hija y besar su frente antes de desaparecer en forma de ráfaga de hojas. 

El hombre tuvo que sentarse para asimilar todo, pues raro era que su suegra se presentara así como así. En la última ocasión casi le hace azotar con un látigo hecho de ortigas por discrepar con ella en unas cuestiones. 

-Ven amor.-Dijo una de las cientos de hijas de aquella figura que se había disuelto en el aire hacía escasos momentos.-Báñate conmigo. 

El científico la miró y recordó el motivo de su desconcierto inicial. 

-¿Como es posible que ayer hubiera aquí un claro con un árbol en medio y ahora ese claro sea un lago?

A la sencilla y perfecta sonrisa le siguió una sencilla y mágica respuesta. 

-Ayer fue ayer, y ayer no es hoy, por lo tanto este claro no es un claro, y es un lago. 

El amado de esa dríada le deleitó con el mas desconcertado de sus rostros, algo que la hizo reír animadamente. A ese tipo de razonamientos él le llamaba "respuestas driáticas", respuestas que encajaban en la realidad pero no en la lógica. Ella le salpicó para sacarlo de su desconcierto y salió del agua, desnuda como estaba. Nunca se acostumbraría a esa visión. Siempre se le cortaba el aliento ante esa perfección casi hiriente. Con habilidosas manos le hizo desprenderse del chaleco tan forma, de la camisa, de los pantalones, de los calzones, botas, calcetines y todo lo que no fuera natural en su cuerpo. 

-Te amo.-Fue todo lo que acertó a decir ella antes de abalanzarse contra sus labios y caer ambos al agua entre chapoteos y risas. 


lunes, 6 de julio de 2020

La dama y el Lobo

   El lobo se acercó a la mujer que leía tranquilamente. Llegaba cansado de intentar cazar a la cierva blanca. A pesar de su excelente forma física, en el movimiento de su negro pelaje se reflejaba las amplias respiraciones para recuperar el aliento. Ni siquiera había un movimiento en su cola. La mujer seguía leyendo, no por miedo o preocupación, al contrario, era perfectamente consciente de la presencia de ese cazador del bosque que podía comerse a una persona de dos bocados y a un buey de cuatro. 

   Se encontraban ambos en un descampado de un bosque cerca del castillo de la reina y era uno de sus lugares favoritos. la enorme bestia pisaba las flores de colores que salían a su paso y que parecían inclinarse ligeramente, con expectación, hacia la mujer que leía tranquilamente un tratado de venenos. Los árboles estaban llenos de pájaros, insectos pequeños y no tan pequeños, y la risa acariciaba las ramas emitiendo una canción tan antigua como mágica. Si se aguzaba bien el oído se podía escuchar el canto de un pequeño riachuelo de agua cristalina y limpia y el chapoteo de algún pez. 

   La mujer, como ya se dijo, leía tranquilamente y no prestaba mucha atención (aparentemente) a lo que le rodeaba. Sintió el temblor del enorme cuerpo que se desplomaba  su lado, la enorme pata que se posaba en la pierna descubierta por el tajo del vestido y se quedaba dormido con un breve pero grave gruñido que contaba toda la emoción y frustración de esa cacería en concreto. Los ojos azules de ella pasaron entonces a su acompañante de ese día. Acarició el pelaje entre las orejas con sus finos dedos y empezó a tararear una canción de cuna. 

   -Oh, mi amor.-Dijo ella, con una sonrisa llena de absoluta ternura, como quien mira a un cachorro de labrador o un gatito recién nacido. Acarició suavemente la mandíbula capaz de romper el mármol blanco.- ¿Esa cierva mala de nuevo se te escapó?.- Su voz tenía cierto tono cálido con algo de chanza. 

   La bestia gruñó en sueños aunque perfectamente se podía tomar como respuesta. Los dientes quedaron al descubierto , con grandes colmillos, peligrosamente cerca de una de las largas piernas de la dama de graciosa figura y similar al color de su madre, la luna. La mujer no temía. Acarició la línea de la mandíbula, subió a su mejilla, y con cada caricia el rostro de la criatura parecía relajarse poco a poco. Se dejo llevar por su instinto y acarició detrás de las orejas. Mas allá de los pies de la dama, una de las enormes y poderosas patas traseras del ser comenzó a moverse involuntariamente. 

   Se escuchó un sonido entre las hojas de unos arbustos cercanos y la cierva blanca apareció. Aquella no era una cierva blanca normal (dentro de lo que pueda considerarse como normal una cierva totalmente blanca). Parecía emitir una luz propia. Era extraño que un ser tan destacable entre la vegetación nunca hubiera sido capturada, ni siquiera rozada con una flecha, haciéndose luz o esfumándose delante de sus captores al mínimo despierte.

   Entretanto la dama había cerrado su libro y lo había dejado dentro de la cesta de comida que había traído para disfrutar con su amado, sumido en el sueño mas profundo gracias a las atenciones de aquellas manos expertas en muchas artes. Vio avanzar a la cierva blanca y acercarse lo suficiente para que se pudiera apreciar cada uno de los pelos de su cuerpo. 

   -Has agotado a mi amado.-Dijo la mujer con terciopelo en la voz y una mirada de infinita adoración a la enorme bestia que emitiría pequeños gruñidos en sueños.-Una carrera ardua, seguramente. Por favor, noble Cierva, la próxima vez no lo canses tanto porque quería disfrutar de un bello picnic con él. 

   La cierva dio un par de saltos sobre sus patas, regocijándose en su poderío y gracilidad capaces de cansar al mas resistentes, fuerte y enorme cazador de todos los tiempos. Entonces la cierva miró al lobo largamente con sus enormes ojos. 

   -Claro que está dormido del todo. No hay trampa alguna en su sueño. 

   Entonces la Cierva Blanca acerco su cabeza a la del lobo y la dejó hay unos segundos, en un gesto de conciliación y respetuoso reconocimiento al adversario. Luego miró a la mujer directamente a los ojos. Ella no hizo gesto alguno de querer tocarla, solamente la miró con ternura y se deleitó en la luz propia que emanaba y la calidez que desprendía solo ver su piel de pelo corto. Y sin mas, esta desapareció.  

martes, 21 de abril de 2020

Lucy y el Señor Smith

El señor Smith abrió los ojos cuando escuchó abrirse la puerta. La pequeña Lucy entró en la habitación, con sus dieciséis años cumplidos hace dos semanas. Los ojos del "monstruo" refulgían en la oscuridad, aunque realmente estos no veían del todo bien. Se asemejaban a los de la mantis marina pero mucho mas grandes de tamaño y menos sofisticados. 
—Señor Smith.—Dijo Lucy, muy bajito, mirando los ojos enormes y luminosos de su amigo invisible.—He aprobado el examen de matemáticas.— Dio unas cuantas palmadas sin apenas emitir sonido. 
El señor Smith dejó entrever una hilera doble de afilados dientes. Sus largos brazos se acercaron a la niña y tantearon los hombros y los brazos para rodear completamente con sus blancos dedos, capaz de rodear al pastor alemán que tenía el señor Fossoway de perro guardián. 
El señor Smith medía mas de cuatro metros de altura y era un problema tenerlo sentado en ángulo recto en aquella habitación tan humilde pero no exenta de detalles dignos de una decoración mas bien adolescente.
—¡Que gran noticia, Lucy! ¡Y era tú la que dudabas!.—Dijo el señor Smith, con una voz entre sibilina y acerada, pero cargada de profundidad ancestral.
La jovencita puso algo de música y se sentó para hacer los deberes. Le gustaba la historia, dudaba en las matemáticas y odiaba la geografía. El señor Smith era un ser curioso que sentía fascinación por esa y muchas otras cosas. 
Al uso, alguien que pudiera verlo diría que era un primo cercano del afamado Slenderman, pero nada mas lejos de las intenciones aterradoras de ese monstruo nacido en Alemania a principios del siglo XVIII. El señor Smith llegó a la vida de Lucy cuando ella, paseando un día de lluvia cerca de un río crecido, padeció las consecuencias habituales de un resbalón. Con un giro del destino, el señor Smith, en aquel momento falto de alguien a quien servir como mayordomo o como ayudante de cámara, decidió rescatar a la pequeña Lucy. Ella, una joven cualquiera de un pueblo cualquiera, se convirtió entonces en su protegida y a su vez protectora. 
—Señor Smith.—Dijo de pronto la pequeña Lucy.— Creo que a Chester le pasa algo. 
El Señor Smith dejó de mirar los deberes de Lucy, prometedoramente divertidos y con sus largos dedos empezó a tantear la Jaula donde Chester, el hamster de la pequeña Lucy habitaba. Ella abrió la puertecita. El amigo invisible de Lucy era ciego pero al mismo tiempo podía ver algunas cosas como emociones o el calor, mas no así otras cuestiones mas banales como las formas de las cosas. Y para ello tenía unos dedos provistos de unas garras afiladas pero extremadamente sensibles a innumerables cosas. 
Los dedos de la criatura se colaron y después de sortear un laberinto de algodón y frutos secos dio con el encantador y siempre activo Chester. 
—Lucy.—Dijo, mientras dos dedos se deslizaban por el pelaje del pequeño roedor. en su voz había cierta pena, incluso sus grandes ojos parecían traslucir cierta emoción— Temo informarte de que Chester probablemente no pase de esta noche. Su reloj de la vida está dando sus últimas campanadas.
Lucy se quedó en silencio. Los dedos de el señor Smith tantearon de nuevo a la joven adolescente normal. Y como es normal, Lucy traslucía pena, tristeza, emociones intensas y contenidas. Levantó el tejado de la pequeña casa de Chester, lo tomó en sus manos y le dedicó mucho rato, dejando a un lado los deberes de química.
—No se marche señor Smith.—Dijo la pequeña Lucy mientras se acostaba en la cama con Chester sobre su pecho.—Tranquilo Chester. No te pienso dejar. 
Chester abrió los ojos. Movía un poco el cuerpo, señal de que aun respiraba. 
El señor Smith callaba y hasta su sonrisa aparentemente amenazadora se había difuminado un poco. Lucy puso una recopilación de las canciones favoritas de Chester cuando este se encontraba en la rueda de su jaula. 
—Señor Smith.—Dijo Lucy mientras acariciaba el cuerpecito peludo de su amigo en los últimos cinco años.— ¿Como es la muerte?
La criatura invisible a los ojos de todos menos de su amiga humana la miró con los ojos y la tanteó con los dedos. Aunque capaces de cortar el granito, estos nunca le había hecho una sola marca al cuerpo o a la ropa de Lucy o de cualquiera de sus enseres.
—Lo mas cerca que estuve de morir fue hace mas de cinco siglos en un ritual de lo que hoy llamaríais "vudú". Hay muchas fuerzas curiosas en la naturaleza y algunas muy poderosas y esta fue una que casi me manda a un lugar que no quería visitar. Me gusta pensar que la muerte es algo mas agradable que simple miedo o negación o lloros desesperados por lo inevitable. Creo que es una fase mas de la vida. 
Se formó otro silencio. Lucy volvió hablar. 
—¿Que hacías en un ritual vudú?
—No era Vudú al uso, era algo parecido pero este desde luego no estaba siendo realizado por charlatanes. Esto era energía muy extraña, ni buena ni mala, pero sin duda no me dejó indiferente. 
—¿Pero que hacías ahí?
—Casualidad. 
—¿Casualidad? ¿Como aquella que hizo que me salvaras la vida?
—Podríamos entrar en debate pero diría que sí, solo que la casualidad de hace cinco siglos casi me mata mientras que la de hace un par de años contigo me hizo sentir feliz. 
Otro nuevo silencio, aunque esta vez Lucy sonreía ante aquello último. Chester intentaba escuchar, sintiendo las vibraciones de la voz en el pecho de Lucy. A su vez le reconfortaba los pequeños tanteos que el señor Smith le aplicaba de vez en cuando. Así es como a las dos treinta y siete de la madrugada Chester pasó a mejor vida. Lucy dejó resbalar amargar lágrimas, sosteniendo en sus manos el cuerpo sin vida de el mejor corredor de rueda de todo aquel pueblo, un campeón de campeones. 
Le siguió un ritual de entierro digno de todo un atleta. El ataúd de Chester fue una caja de zapatos bien rellena de algodón, con comida suficiente para la carrera al otro lado. Lucy lo enterró en el jardín de atrás. Aquí tenemos que hablar de otra característica del señor Smith, quien ahora se encontraba de pie, al lado de la pequeña Lucy, con sus largos dedos sobre los hombros de la joven, prestándole un consuelo mayor que el de cualquier ser humano.
El señor Smith era extraño en su forma de desplazarse y esa era quizás su mayor ventaja. Ya que sería extraño que un ser de cuatro metro no rompiera algo intentando salir de una pequeña habitación de adolescente, él se movía o mas bien se transportaba a voluntad en ciertas ocasiones como aquella. Por lo general caminaba cuando se encontraba en espacio abierto pero para entrar y salir de la habitación de la joven Lucy debía de usar ese recurso. 
—Chester siempre fue una gran compañía en las tediosas horas de estudio.—Dijo Lucy, dejando salir libremente las lágrimas.—Él siempre me recibía el primero, incluso antes que tu, señor Smith. 
—Sin duda era rápido hasta para eso.— dijo el señor Smith sin ápice de resentimiento.
—Nunca olvidaremos, en los registros históricos, su marca de velocidad y sus hitos en el deporte casero. Descanse en paz, Chester, gran corredor, mejor Hamster.
Entonces el señor Smith entonó un canto extraño. Pocas veces se había escuchado al ser de otra dimensión cantando, pero esta era una melodía que, aunque sin una letra distintiva, evocaba el camino, el viaje, el cambio de estado o simplemente el partir a un lugar mejor. 
—Nunca había escuchado esa melodía..—Dijo Lucy cuando estaban de nuevo en la habitación.
—En mi pueblo se le llama "la canción del caminante", aunque tiene un nombre mas largo e intrincado, que ni siquiera pueda traducirse a ningún idioma.—explicó el ser mientras tomaba entre sus garrar un libro y lo metía dentro de la mochila de la joven.— No se como la aprendí pero la aprendí y se que es de mi pueblo. 
—¿Alguna vez me hablarás de tu pueblo? cuando tengas ganas y motivación. 
—Es probable.—Dijo el Señor Smith mientras depositaba otro libro de ciencias y unos cuantos cuadernos.— Me sigue pareciendo inhumano que os carguen a los jóvenes con tanto peso de libros y cuadernos.— Las delicadas y afiladas garras cerraron la mochila de la protegida y protectora.—
Lucy ya estaba en cama, con los ojos aun algo rojos por la lágrimas. Había tomado una taza de chocolate preparado por su madre después de que se le comunicó a tan encantadora señora que Chester había partido a la carrera eterna. La taza estaba apoyada en la mesilla de noche. 
—Buenas noches señor Smith.—Dijo Lucy
—Buenas noches, Lucy.—Dijo con su voz sibilina y su sonrisa algo menos notoria por el luto en esa casa. 

sábado, 11 de enero de 2020

La bella Loba.


Que bello era estar en su presencia, casi tanto como sus ojos. Sus manos finas delineaban el torso de aquel afortunado mientras hacía sentir la calidad de su cuerpo contra el de él. Ella era joven, una noche oscura se prendía en su cabello constantemente, de sus ojos traslucían la raza dulce y gentil. Detrás de esa mirada había una pequeña loba, una exquisita loba que buscaba la cercanía, que deseaba con fuerza tener alguien a quien amar y alguien que la amara. Los brazos de aquel que había sido elegido rodeaban su fino talle y mantenía los ojos cerrados, disfrutando de aquel calor humano que despertaba instintos antiguos como el propio hombre.
Una de sus largas piernas subió ligeramente, afianzando su presa sobre aquel que ahora suspiraba lentamente, deslizando unos blancos dedos hasta donde el muslo terminaba.
-¿Que piensas?.-Preguntó ella, con esa voz de cristal que quería a veces seducir y otras veces no era consciente de su propio hechizo de amor, de una de tantas formas de amar. 
-En lo afortunado que me haces cada vez que estás aquí, cerca de mi, cada vez que dejamos los bosques para abandonarnos a la humanidad mas sencilla. Pienso en el sol que hora nos ilumina, que pronto será luna llena y seremos de nuevo un par de excepciones mas en la aburrida vida del hombre. Pienso en el calor y el color de tu piel, en los prados que recorreremos y en como la hierba complementa el color de tu pelaje.

Ella se alzó apenas lo justo para poder mirarle a los ojos. No tuvo apenas tiempo de decir nada mas aquel hombre sencillo antes de que ella le besara con suavidad, le diera a probar de unos labios. Poco a poco se sentó ahorcajadas encima de el y tomó sus manos, las besó mirando sus ojos en todo momento y las paseo por esa anatomía de mujer. Él suavemente dejó que los dedos hicieran su trabajo, quitando poco a poco la ropa que la envolvía a ella. Su blusa quedó a un lado, luego sus sostén, seguidamente su falda. Ella era una luz en medio de aquella oscuridad creciente que llegaba en la noche. La cama era mudo testigo de lo que aquellos cuerpos se demostraban mutuamente, donde no había mas que palabras hechas gesto.

Él se desprendió de esas capas artificiales y molestas. tomó las caderas de ella y acompasó sus movimientos, en una danza suave y lenta. Ella se entregaba mientras él la miraba con deseo, sin esconder un solo retazo de su pasión.  Hicieron el amo, dejaron a un lado los momentos de duda y simplemente fueron uno por una noche mas.

Entonces al llegar la luna a su cenit, dos lobos, uno grande y otra loba preciosa, fueron vistos entre los bosques con gruñidos que asemejaban risas y una genuina diversión. 

martes, 24 de diciembre de 2019

Lucy y el señor Smith


El señor Smith abrió los ojos cuando escuchó abrirse la puerta. La pequeña Lucy entró en la habitación, con sus dieciséis años cumplidos hace dos semanas. Los ojos del "monstruo" refulgían en la oscuridad, aunque realmente estos no veían del todo bien. Se asemejaban a los de la mantis marina pero mucho mas grandes de tamaño y menos sofisticados.
-Señor Smith.-Dijo Lucy, muy bajito, mirando los ojos enormes y luminosos de su amigo invisible.-He aprobado el examen de matemáticas.- Dio unas cuantas palmadas sin apenas emitir sonido.
El señor Smith dejó entrever una hilera doble de afilados dientes. Sus largos brazos se acercaron a la niña y tantearon los hombros y los brazos para rodearla completamente con sus blancos dedos, capaz de rodear al pastor alemán que tenía el señor Fossoway de perro guardián.
El señor Smith medía mas de cuatro metros de altura y era un problema tenerlo sentado en ángulo recto en aquella habitación tan humilde pero no exenta de detalles dignos de una decoración mas bien adolescente.
-¡Que gran noticia, Lucy! ¡Y era tú la que dudabas!.-Dijo el señor Smith, con una voz entre sibilina y acerada, pero cargada de profundidad ancestral.
La jovencita puso algo de música y se sentó para hacer los deberes. Le gustaba la historia, dudaba en las matemáticas y odiaba la geografía. El señor Smith era un ser curioso que sentía fascinación por esa y muchas otras cosas.
Al uso, alguien que pudiera verlo diría que era un primo cercano del afamado Slenderman, pero nada mas lejos de las intenciones aterradoras de ese monstruo nacido en Alemania a principios del siglo XVIII. El señor Smith llegó a la vida de Lucy cuando ella, paseando un día de lluvia cerca de un río crecido, padeció las consecuencias habituales de un resbalón. Con un giro del destino, el señor Smith, en aquel momento falto de alguien a quien servir como mayordomo o como ayudante de cámara, decidió rescatar a la menuda estudiante de instituto. Ella, una joven cualquiera de un pueblo cualquiera, se convirtió entonces en su protegida y a su vez protectora.
-Señor Smith.-Dijo de pronto la pequeña Lucy.- Creo que a Chester le pasa algo.
El Señor Smith dejó de mirar los deberes de la niña, prometedoramente divertidos y con sus largos dedos empezó a tantear la jaula donde Chester, el hamster de la pequeña Lucy habitaba. Ella abrió la puertecita. El amigo invisible de Lucy era ciego pero al mismo tiempo podía ver algunas cosas como emociones o el calor, mas no así otras cuestiones mas banales como las formas de las cosas. Y para ello tenía unos dedos provistos de unas garras afiladas pero extremadamente sensibles a innumerables cosas.
Los dedos de la criatura se colaron y después de sortear un laberinto de algodón y frutos secos dio con el encantador y siempre activo Chester.
-Lucy.-Dijo, mientras dos dedos se deslizaban por el pelaje del pequeño roedor. en su voz había cierta pena, incluso sus grandes ojos parecían traslucir cierta emoción- Temo informarte de que Chester probablemente no pase de esta noche. Su reloj de la vida está dando sus últimas campanadas.
Lucy se quedó en silencio. Los dedos de el señor Smith tantearon de nuevo a la joven adolescente normal. Y como es normal, Lucy traslucía pena, tristeza, emociones intensas y contenidas. Levantó el tejado de la pequeña casa de Chester, lo tomó en sus manos y le dedicó mucho rato, dejando a un lado los deberes de química.
-No se marche señor Smith.-Dijo la pequeña Lucy mientras se acostaba en la cama con Chester sobre su pecho.-Tranquilo Chester. No te pienso dejar.
Chester abrió los ojos. Movía un poco el cuerpo, señal de que aun respiraba.
El señor Smith callaba y hasta su sonrisa aparentemente amenazadora se había difuminado un poco. Lucy puso una recopilación de las canciones favoritas de Chester cuando este se encontraba en la rueda de su jaula.
-Señor Smith.-Dijo Lucy mientras acariciaba el cuerpecito peludo de su amigo en los últimos cinco años.- ¿Como es la muerte?
La criatura invisible a los ojos de todos menos de su amiga humana la miró con los ojos y la tanteó con los dedos. Aunque capaces de cortar el granito, estos nunca le había hecho una sola marca al cuerpo o a la ropa de Lucy o de cualquiera de sus enseres.
-Lo mas cerca que estuve de morir fue hace mas de cinco siglos en un ritual de lo que hoy llamaríais "vudú". Hay muchas fuerzas curiosas en la naturaleza y algunas muy poderosas y esta fue una que casi me manda a un lugar que no quería visitar. Me gusta pensar que la muerte es algo mas agradable que simple miedo o negación o lloros desesperados por lo inevitable. Creo que es una fase mas de la vida.
Se formó otro silencio. Lucy volvió hablar.
-¿Que hacías en un ritual vudú?
-No era Vudú al uso, era algo parecido pero este desde luego no estaba siendo realizado por charlatanes. Esto era energía muy extraña, ni buena ni mala, pero sin duda no me dejó indiferente.
-¿Pero que hacías ahí?
-Casualidad.
-¿Casualidad? ¿Como aquella que hizo que me salvaras la vida?
-Podríamos entrar en debate pero diría que sí, solo que la casualidad de hace cinco siglos casi me mata mientras que la de hace un par de años contigo me hizo sentir feliz.
Otro nuevo silencio, aunque esta vez Lucy sonreía ante aquello último. Chester intentaba escuchar, sintiendo las vibraciones de la voz en el pecho de Lucy. A su vez le reconfortaba los pequeños tanteos que el señor Smith le aplicaba de vez en cuando. Así es como a las dos treinta y siete de la madrugada Chester pasó a mejor vida. Lucy dejó resbalar amargar lágrimas, sosteniendo en sus manos el cuerpo sin vida de el mejor corredor de rueda de todo aquel pueblo, un campeón de campeones.
Le siguió un ritual de entierro digno de todo un atleta. El ataúd de Chester fue una caja de zapatos bien rellena de algodón, con comida suficiente para la carrera al otro lado. Lucy lo enterró en el jardín de atrás. Aquí tenemos que hablar de otra característica del señor Smith, quien ahora se encontraba de pie, al lado de la pequeña Lucy, con sus largos dedos sobre los hombros de la joven, prestándole un consuelo mayor que el de cualquier ser humano.
El señor Smith era extraño en su forma de desplazarse y esa era quizás su mayor ventaja. Ya que sería extraño que un ser de cuatro metro no rompiera algo intentando salir de una pequeña habitación de adolescente, él se movía o mas bien se transportaba a voluntad en ciertas ocasiones como aquella. Por lo general caminaba cuando se encontraba en espacio abierto pero para entrar y salir de la habitación de la joven Lucy debía de usar ese recurso.
-Chester siempre fue una gran compañía en las tediosas horas de estudio.-Dijo Lucy, dejando salir libremente las lágrimas.-Él siempre me recibía el primero, incluso antes que tu, señor Smith.
-Sin duda era rápido hasta para eso.- dijo el señor Smith sin ápice de resentimiento.
-Nunca olvidaremos, en los registros históricos, su marca de velocidad y sus hitos en el deporte casero. Descanse en paz, Chester, gran corredor, mejor Hamster.
Entonces el señor Smith entonó un canto extraño. Pocas veces se había escuchado al ser de otra dimensión cantando, pero esta era una melodía que, aunque sin una letra distintiva, evocaba el camino, el viaje, el cambio de estado o simplemente el partir a un lugar mejor.
-Nunca había escuchado esa melodía..-Dijo Lucy cuando estaban de nuevo en la habitación.
-En mi pueblo se le llama "la canción del caminante", aunque tiene un nombre mas largo e intrincado, que ni siquiera pueda traducirse a ningún idioma.-explicó el ser mientras tomaba entre sus garrar un libro y lo metía dentro de la mochila de la joven.- No se como la aprendí pero la aprendí y se que es de mi pueblo.
-¿Alguna vez me hablarás de tu pueblo? cuando tengas ganas y motivación.
-Es probable.-Dijo el Señor Smith mientras depositaba otro libro de ciencias y unos cuantos cuadernos.- Me sigue pareciendo inhumano que os carguen a los jóvenes con tanto peso de libros y cuadernos.- Las delicadas y afiladas garras cerraron la mochila de la protegida y protectora.-
Lucy ya estaba en cama, con los ojos aun algo rojos por la lágrimas. Había tomado una taza de chocolate preparado por su madre después de que se le comunicó a tan encantadora señora que Chester había partido a la carrera eterna. La taza estaba apoyada en la mesilla de noche.
-Buenas noches señor Smith.-Dijo Lucy
-Buenas noches, Lucy.-Dijo con su voz sibilina y su sonrisa algo menos notoria por el luto en esa casa.

viernes, 25 de octubre de 2019

Una noche trémula de octubre.


Una noche trémula de Octubre, se encontraba el hombre alcanzado por la pena contemplando la lumbre de la chimenea. Qué pasaba por su cabeza, se desconocía, pero en sus manos, un libro de funestas alegorías, dejaba entrever variopintas verdades sobre los símbolos en el mundo. Sus ojos se deslizaban con la pereza de algún minino demasiado alimentado y sus manos acariciaban el dorso de la página como si fueran las frágiles hebras de una cordura hace tiempo perdida o quebrada.
Alcanzaban las luces de las velas unos pocos rincones, los que mas utilidad pudieran poseer. La iluminación era, pues, pobre como aquellas esperanzas apenas pergeñadas en un pasado baldío de esperanza. Los libros permanecían rectos y solemnes, acumulados en precarias columnas o formadas en pelotones de saber, fantasía, drama, dolor o poesía. No faltaban los sesudos tratados de saberes incipientes en aquel nuevo mundo donde el hombre sorprendía al hombre con nuevas maneras de transportarlo largas distancias o matarlo desde el otro lado de un país. Aun con todo, aquellas no eran las motivaciones para esa pena gris que parecía reptar entre los singulares enlaces sinápticos de su memoria o de su emoción. Lo que traía a este pobre desdichado, escritor de muchas cosas, por sendas oscuras y  tortuosas, era la certeza de su muerte. De su muerte actual.
Lejos de una posibilidad remota de incertidumbre, el hombre leía aquellas líneas en las cuales se detenía minuciosamente a analizar cada una de esas sentencias formes, que lo llevaban a una realidad funesta. Aquel libro, anciano entre ancianos manuscritos, señalaba con demasiada seriedad y abnegada frialdad, lo que era la muerte en vida.
Hablaba de la apatía, de una cierta forma de contrición ante lo nunca dicho. En aquellas líneas justas, donde sus ojos acusados de cierta añoranza pasada se posaban, trataba el momento exacto donde todo se termina para el vivo y empieza a ser destierro del alma a otro mundo. Otro tema era la falta de ánimo espiritual, la incapacidad de llenarse de las experiencias ajenas y propias. La insatisfacción afectaba al muerto en vida, impidiéndole que las alegrías de los seres, antaño querido y ahora vistos como desconocidos, pudieran enraizar en parte del árbol vital de la experiencia y la vida.
Ahí solo estaba el hombre, afectado de la quietud mas extrema, dispuesto a aceptar la muerte definitiva, de aquella que se acompaña con una fría mirada al reloj que cuelga de la muñeca del doctor forense y certifica un momento último de existencia: El abrazo final de la Parca. El hombre cerró los ojos, aceptando su destino mordaz, en aquellas ensoñaciones. Él, que había predicado tanto sobre la alegría de vivir, sentía su corazón apagarse.
El fuego de la chimenea acariciaba su rostro, una de sus manos colgantes por encima del butacón que perteneció por tres generaciones a una familia de exiguos pensadores y truhanes poco decorosos, de los cuales él era el mas contenido. Tanto que aquello podría ser su perdición.
El fuego pareció reavivar su mensaje de luz, sus intenciones capaces de soliviantar cualquier acto frío y sin lustre vital. La luz se hizo intensa y de pronto todo pareció apagarse. El hombre, tendido ya en aquellas horas de noche trémula, aceptando aquella habitación del saber como un mausoleo involuntario, abrió los ojos. Una diosa Fortuna le había sonreído de paso, algo prendido en compasión o puro sentimiento pasional.
Las manos de aquella inesperada dama hechas llama tomaron aquel rostro pálido, delgado y desgastado por las horas de pensamientos nublados de agorera sensibilidad. Unos labios, dos destellos rojos que apenas se amilanaban ante el tacto de las llamas mas intensas, se amoldaron a los del pobre hombre, que sintió recorrer por toda su espina una electrizante sensación. Sus manos acostumbradas a tomar la pluma mas que la espada dejaron clara señal de su inesperada actividad, con una larga caricia, apenas un roce, sobre puntos imprecisos de sus caderas.
De aquel carrusel de emociones apenas propias de la vida misma había surgido, como por invocación de la misma Afrodita, un ser mitad ángel y mitad súcubo que resucitaba cada hebra de aquel ser desamparado de toda esperanza. Su cuerpo cálido apenas podía dejar salir mas calor de su piel sin llegar a quemar el cuerpo chupado y enjuto de su sorprendida presa. Otro tirón que atravesó todo el cuerpo y sintió arder hasta su alma en destellos jubilosos, en pensamientos que evocaban pasados realmente inhóspitos en la memoria de los hombres, donde había una auténtica libertad de amar y ser amado.

lunes, 9 de septiembre de 2019

Tú eres mía.

   Ella era la dama mas deseada del lugar. Los ojos se posaban en ella nada mas aparecer, con un vestido negro que marcaba toda su figura y que hacía despertar el deseo a su paso. Las edades no importaban mucho, desde jóvenes herederos o simples secretarios hasta ricos hombres de negocios o caballeros de extenso historial en guerras o prácticas varias. Todos posaban los ojos sobre ella. La espalda al aire y el pronunciado escote hacían delirar las fantasías de todos los presentes. Su cabello caía a un lado, por encima de su hombro derecho mientras paseaba entre los invitados, consciente de sus miradas, de que podría elegir a cualquiera de ellos.

   -Señorita.-Dijo un valiente hombre de rasgos bellos y muy varoniles.-¿Me permite este baile?
   La mujer le dedicó una sonrisa que encerraba el peligro de la seducción y el veneno de lo oscuro del corazón humano.
   Su cuerpos se juntaron en la próxima pieza, una balada clásica que no pegaba del todo con los tiempos modernos llenos de tecnología. Bailó con aquel hombre, que le habló de sus viajes y experiencias. Ella escuchó con esa sonrisa peligrosa, algo que debilitaba la voluntad de muchos hombres y los hacía perderse pronto en algún rincón solitario de aquella gran mansión para finalmente sucumbir a placeres varios.
   Aun así no siempre era todo pasión, a veces eran pequeños gestos. Uno se atrevió a ser posesivo con ella, poniendo su mano en el lugar indecoroso que solo un hombre había tocado de esa forma. Fue expulsado de la casa con unas cuantas heridas hechas por cortes profundos y una mirada de terror. Nadie se dio cuenta del suceso ni escuchó un solo grito.
   Ella buscaba a alguien. Nadie de aquellos hombres parecía estar a la altura. Su cuerpo ya había sido rozado, acariciado y hasta besado por unos cuantos de aquellos pretendientes. Ella sonreía de esa forma, con el sabor de la sangre de un par de ellos aun en el paladar. la noche fue avanzando y ella se retiró para poder airearse un poco. Salió al balcón, a uno de aquellos que poseía esa casa tan bien decorada.
   Una sombra se recortó contra la luna. Fue solo un segundo pero reconoció esas alas negras al momento. Ella se apartó un poco de aquel lugar.
   -Mi ángel caído.-Susurró ella al aire.-Ven a mi.
   Él apareció frente a ella. Aunque la poca luz presente creaba sombras que tapaban el rostro de aquel al que tanto deseaba, notaba sus ojos puertos en su cuerpo, quitándole la ropa con anticipación. Avanzó hacia ella mientras las puertas de la habitación se cerraban misteriosamente y solo dejaba entrar la luz de la luna. Sus pálidas manos rodearon esa cintura y sus labios ansiosos se amoldaron a aquella diablesa hecha para el pecado carnal mas básico y exquisito.
   -¿Que estoy oliendo y escuchando, mi demonio?.-Preguntó el ángel caído mientras sus manos paseaban por la piel de la espalda desnuda de su presa en esa noche cálida.
   -No lo se mi ángel. ¿Qué hueles y que escuchas?.-preguntó ella, pegando su cuerpo a ese hombre con alas negras y traje a juego.
   -Hombres que te han querido marcar. Pobres estúpidos que no saben como hay que marcarte, como hay que acariciarte, besarte y morderte para que seas de otra persona.
   Las manos blancas agarraron la tela con suavidad y la empezaron a desgarrar en un gesto brusco, con maneras posesivas, como ansiosas. la calma volvió a sus palabras.
   -Tú eres mía...-Susurró suavemente contra ese cuello fino, sin apenas joyas mas allá de una fina cadena de plata.- Que otros te quieran marcar me pone muy celoso.
   -Solo tú sabes como marcarme, mi ángel caído, solo tú puedes hacerme sentir un demonio, una súcubo y una mujer de verdad.-Se acercó a él, desnuda ya con el vestido hecho jirones, desabotonando la chaqueta de aquel hombre y dejándola caer, mientras sus pasos y sus caderas los guiaba a ambos hacia la cama.
   Se besaron largo rato, diciéndose la necesidad que experimentaban, expresando cada deseo y cada secreto arranque de locura carnal que pasaba por sus labios. Ella mordió su cuello, acariciando el cuerpo alado y con un vaivén constante de esas caderas que provocaban y mandaban la cordura a un lugar muy lejano en la mente de aquel hombre. Las manos agarraron ese par de caderas y ambos giraron, con ella totalmente abierta, demostrando la necesidad, el deseo que los recorría.
   -Soy tuya, mi ángel caído, hazme tuya otra vez, borra las marcas débiles de esos hombres y pon tu impronta mas salvaje sobre mi piel, dentro de mi cuerpo.
   Los cuerpo se unieron, él empezó a embestir con ganas, con ansias, gimiendo ese nombre que lo volvía loco, que sacaba su bestia interior y le volvía posesivo, egoísta, egocéntrico, celoso y ansioso por mas de todo aquello. Los dientes de aquel ser alado mordieron el cuello desnudo, saboreando la sangre que manaba de ese cuerpo hecho de deseo y pecado. Aquello era lo que hacía mucho tiempo le había hecho caer del cielo, aquella mujer que le mostraba abiertamente su lado mas oscuro. Unas uñas femeninas arañaron la piel, despertando  instintos aun mas primitivos, redoblando el ansia por conquistar cada centímetro de aquella piel.
   Los sonidos de placer pasaron a ser gruñidos de desesperación por querer llegar algo mas profundo o por desear clavar las uñas mas hondo en la piel de una espalda que batía las alas de vez en cuando cada vez que ella dejaba escapar sus instintos animales mas de la cuenta. En la fiesta mucha gente se preguntaba donde había ido aquella dama oscura de tentador caminar. Ella sin embargo se había olvidado de todos los rostros y los nombres de quienes la habían intentando seducir para entregarse a ese hombre, a ese ser extraño, posesivo y salvaje, sin conmiseración con el uso que le daba a los dientes en su cuello y en el resto de su piel, que se dejaba desgarrar la piel para seguidamente vengarse y ser mas indómito y demostrar mas hambre por la carne ajena. 
   Los brazos y las piernas se entremezclaban con los suspiros y los juramentos de pertenencia eterna. Los movimientos se fueron tornando cada vez mas violentos hasta que ambos llegaron a rozar el cielo desde ese infierno desatado entre las sábanas de esa casa tan ricamente decorada. Él permaneció durante unos momentos en aquel interior cálido que se había rendido a la evidencia del mutuo deseo, besó sus labios y ella se quedó quieta, apreciando el lienzo de placer y dolor que había dejado en la espalda de su amante. Se besaron y durante el resto de la noche se entregaron mutuamente lejos de las mentiras de la sociedad. 

domingo, 9 de junio de 2019

Carta a los pretendientes.

   Mis muy estimados señores:

   Estas líneas, hechas desde la mas absoluta humildad, no tienen el objetivo, en momento alguno de asustarles o intimidarles a ustedes, buenos señores. Al contrario, espero que les anime a tomar conciencia de una realidad concerniente a aquella mujer que ustedes miran a diario. Esa que sí, puede que les incite a mirarla, a hacerse desear pero que solamente podrán unos pocos disfrutar de la entera fortuna de su presencia. Y muchos menos de su desnudez. Aunque les diré un dato sorprendente, motivo principal y núcleo fundamental de esta misiva: ella es una demonio

   No, no es de esas viles criaturas que se arrastran por los infiernos ante el juicio de los hombres, ni de esas busca-fortunas que son objeto de indecoroso trato por parte de los caballeros de las altas esferas. Ella es una diablesa capaz de mitigar con sus encantos las penas mas hondas, de alabar el cuerpo del hombre que la posee (o por quien se deja poseer hasta donde ella decida) durante interminables noches. Tiene la capacidad de hacer florecer la lascivia mas indecorosa incluso al mas santo, puro y casto de los hombres y mujeres. Yo era uno de esos hombres. Podría decirse que lo soy a día de hoy pero siempre es bueno quitarse el abrigo en las épocas de calor ¿verdad?

   El motivo principal que me impulsa a escribir esto es el deseo de advertirles de que no se lleven a engaño. La maldad que se le pueda llegar a achacar es algo tan relativo como el espacio y el tiempo. He sabido de mujeres que han sufrido sus palabras afiladas, de hombres que han enloquecido entre alucinaciones y desesperación. Ella, en su personal trono de reina infernal, puede hacer su voluntad. Aquellos que tengan el privilegio de deleitarse en su desnudez, de ver la absoluta libertad que ella representa, caerá en la cuenta, sin mucho esfuerzo, de que su libertad y la de su presa es lo primero. Y quien dice "su presa" dice el afortunado inteligente, sensible, cálido, dulce y atormentado por la vida que pueda terminar entre sus brazos. "Pero yo no quiero terminar entre sus brazos, quiero terminar entre sus piernas", pensaréis. Si ese es vuestro objetivo principal debo decirte, buen caballero, que estás cruzando una línea muy fina entre el deseo y el respeto. Le pondré un ejemplo práctico, estimado y precipitado siervo de la ignorancia.

   Yo la deseo, es algo que confieso abiertamente a los que lean esto. Su cuerpo, su actitud de infernal fiera insaciable, su calor y su ocasional ternura, son míos. Pero no porque yo sea su propietario, sino porque ella desea que sean míos, porque confía en este humilde servidor. Cuando la noche nos abraza, cuando es la luz de las estrellas lo único que nos tapa, somos tan libres como la sangre que se desparrama desde la garganta del degollado hasta el suelo. Les recomiendo con todo desinterés que sean claros y sinceros con ella, que abran su corazón y su mente. Ella nunca les pedirá nada que ustedes, buenos hombres y mujeres, no quieran. Ella será mas que clara en lo que desea, cuando lo desea y como lo desea. Eso siempre me ha parecido maravilloso por su parte.

   No la dañen, no se crean nunca superiores a ella. Compartan sus sensaciones de sentirse poderosos pero no le especifiquen que son mas poderosos que ella. Pueden perder su capacidad reproductora por el camino o arriesgarse a una venganza poco decorosa y gráficamente desagradable. Es hija del mismísimo Satanás, que como buen padre quiere lo mejor para su pequeña y se rodea de amigos poderosos que pueden arruinar sus vidas en seguida. No importa cuanto corran o donde se escondan, se les encontrará y borrará del mapa en seguida. De todas formas ella es mas que suficiente para arruinar tu vida con unas pocas palabras. 

   Si se me permite el momento sensible, ella es muy especial para mi. La forma de unión que tenemos es algo que los simples mortales no entienden. Ella me hizo caer en los pecados mas salvajes, yo le enseñé lo que un alma sensible puede hacer en un corazón roto. Son muchos años de cuidados, de caricias de gemidos y de deseo incontrolado. Tiene un par de manías que ya descubrirán (o no) algún día de estos, pero ella es sin duda una de las mejores entidades físicas que ha recorrido este mundo y en especial mi vida. 

   Poco mas tengo que añadir mas allá de que nunca podrán encontrarla si la buscan, deben dejar que ella les encuentre antes y los observe atentamente. Abran su corazón y acepten con respeto lo que venga. 

   Atte: un ángel caído. 

jueves, 30 de mayo de 2019

Noche de reflexión.

   El atardecer llegaba hasta esos lares tan frondosos del bosque. La bestia descansaba tranquilamente mientras su cola negra se movía de una lado a otro, producto de los agradables sueños que acudían a su espíritu y su recuerdo. Los árboles parecían querer abrigarlo mientras algunos animales se quedaban en silencio o alerta por si este despertaba. El pelaje negro de aquel lobo estaba siempre lustroso y era acariciado por el viento. Las primeras estrellas no tardarían en verse, pero aun antes llegaría una inesperada visita. 

   La pequeña criatura se precipitó sobre aquel feroz ejemplar con total confianza. Lucía su larga caballero negra totalmente suelta y sus ropas eran de lo mas modernas. Sus manos pequeñas se hundieron en aquel pelaje cuando el lobo despertó y sonrió, mostrando unos afilados dientes. Ella era alguien especial para el lobo, una especie de pequeño ángel con trazas de demonio, bondadosa, tímida, simplemente encantadora, como todas las mujeres de la tierra de donde ella procedía. El lobo la recibió con la lengua paseándose por su mejilla, una lengua que podría cubrir todo el cuerpo de ella de una sola pasada. Ella rió alegremente y se abrazó de nuevo al cuello de aquella bestia. 
   
   -Buenas tardes pequeña.-Dijo la bestia mostrando de nuevo los dientes afilados, capaces de comerse un caballo de un solo bocado. 
   Los enormes ojos de aquella criatura se habrían asustado hace tiempo pero ahora solo quería abrazarse al lobo negro que la hacía sentir segura y que le enseñaba tantas cosas. 
   -Hola noble alfa.-Dijo la señorita, dejando caricias por aquel pelaje espeso pero suave de su nuevo amigo, de aquel que le mostraba un mundo de fantasía que no existía as allá de aquellos árboles.-¿Como está el lobo mas grande del mundo?
   El lobo rió estruendosamente y se tumbó en el suelo, haciendo de respaldo para aquella dama que comenzó a relatarle el día que había tenido. No tardó en presentarse el primer bostezo por parte de ella. 
   -¿Hay sueño?.-Preguntó la bestia, dejando la cabeza sobre las piernas estiradas de aquella pequeña humana, quien ahora se dedicaba a acariciar su pelaje con maneras distraídas pero muy eficientes a la hora de plasmar el cariño que sentía por él. 
   -Mucho.-Dijo a la par que se acomodaba sobre aquella anatomía fuerte.-Echaré un pequeño sueñecito. No te marches.-Dijo ella, con aquel acento tan exquisito y esa voz teñida de la dulzura y el encanto mas hechizantes. 

   La noche llegó rápida. Ella dormía tranquilamente mientras el lobo observaba a su querida invitada. Ella había llegado de una forma bastante inusual, como todas las personas especiales que había en la vida de aquella bestia. Ni siquiera movía la cola para no importunar aquel sueño. Era como un enorme respaldo de sofá con pelo y blandito en ciertos puntos de su anatomía como el caso de su costado. Ella era especial a sus ojos.

   La veía como una niña encantadora, de esas que en las viejas historias tenía el corazón de toda la población a sus pies y desprendía luz. En su voz había juventud y mucha alegría de vivir, educación, saber estar, y era endiabladamente transparente. La transparencia era una de aquellas formas indescifrables de nexo que los había unido desde el primer momento. Ella contaba todo lo que tenía dentro de su mente y de su corazón y él hacía lo propio, revelando pequeñas verdades ocultas e íntimas que un alfa rudo y violento no habría contado ni por toda la comida del mundo. Aquello había generado roces, buenos y malos, pero seguían ahí juntos, haciéndose mutua compañía en un mundo que no los entendía. Y es que tan difícil no era de comprender, pues a las claras aquel mundo de fantasía que había en la mente de su pequeña loba era simplemente maravilloso y deseaba mostrarse al mundo real, algo que mucha gente de su entorno parecía no comprender, a veces ni ella misma. Así pues el le trataba de explicar algunas cosas. 
   
   A su vez ella era una mujer, consciente del poder que podía ejercer sobre los demás, consciente de las armas de seducción que la componían y que podían hacer caer la voluntad de todos aquellos a los que ella quisiera cazar algún día. pensó en el hombre que acompañaba a esa pequeña criatura, alguien que había decidido estar con ella y que no la comprendía. Era un tipo con suerte. De haber podido habría aparecido delante de sus narices en esa forma tan particular de canis lupus para decirle un par de cosas, precio conocimiento de la versión de él obviamente. La había visto llorar como mujer herida, despechada, como joven confusa y que elije el mal camino. la había visto decidir mal, decidir peor, estrellarse y volverse a levantar. Y aquello simplemente le parecía admirable, pues había visto la compasión, la ternura, la sinceridad, la espontaneidad de la juventud en aquellos ojos, en sus actos. Sí, le faltaba madurar, sí, le faltaba solvencia y entereza pero aquello era algo que forjaba el tiempo. 

   Las estrellas brillaban en lo alto de la bóveda celeste, ella descansaba, seguramente entre sueños que querría olvidar pronto. la bestia se fue deslizando poco a poco hasta colocar la cabeza al lado de aquella cabeza diminuta en comparación. Reflexionó sobre aquella relación, sobre el nexo que los unía. 

   Dedicó unos cuantos minutos, que luego fueron horas, a reflexionar sobre aquello que les unía y en especial sobre su propio pasado. Había querido a mucha gente, se había alegrado por los éxitos de amigos y camaradas y había sido envenenado por los celos, la envidia, la ira, la frustración. había sido apuñalado varias veces por la mentira, pero ella parecía carecer de todo eso. Nunca había sentido de forma tan necesaria mostrar su rostro mas sincero, mas absolutamente conforme y alegre en cuanto a los éxitos de ella. Su cola se comenzó a mover un poco, creando un  "frufrú" que se fue mezclando con el sonido de la brisa entre los árboles. La quería, sin duda quería a esa pequeña criatura de cierta tierra luchadora y maravillosa. 

   Ella se despertó de un salto. Se abrazó a su cuello y se puso a sollozar. Una pesadilla. la bestia se quedó quieta mientras arrullaba una suave canción, notas dulces llenas de un sentimiento de sincera y cariñosa compañía, que buscaba reconfortar aquel corazón herido por los avatares del destino. 
   -Tranquila, pequeña, aquí estoy.-Dijo la bestia con voz dulce, profunda, feroz pero relajada.-Nadie te hará daño mientras yo esté aquí. 
   La bestia se afanó para que le mirara a los ojos y ella, aun con los ojos resplandecientes por las lágrimas, fue tranquilizándose hasta que se hubo dormido de nuevo entre sus zarpas, entre aquellas garras capaces de cortar árboles y dar tiernas caricias a un largo cabello negro. 

jueves, 25 de abril de 2019

La diosa y la serpiente.

   La diosa se despertó. Era una divinidad oscura, retorcida, deseosa de ser complacida. Ese día se levantó con ganas de que todo fuera nuevo para ella. Su cuerpo estaba tendido en la cama mientras su mente viajaba a mil rincones perdidos e inhabitados a donde solo los sueños podían llegar. Su mas fiel acompañante enroscaba ese cuerpo de mujer exquisitamente elaborado para el pecado de la carne, moviéndose sutilmente pero de forma constante. En la habitación apenas existía mas decoración que la cama y un espejo de cuerpo entero, bruñido hasta que  pudiera reflejar de de la forma mas detallada posible aquel entorno tan pobre de mobiliario mas rico en poder y belleza.
Unos pocos hombres y mujeres estaban ahí para atender sus demandas. Habían sido elegidos entre los mas bellos seres con capacidad de vivir y morir, y habían postrado sus cuerpos, mentes y voluntad a esa mujer hecha en otro mundo. 
   Quien sí poseía el placer y el privilegio de tocar por obra y gracia el cuerpo de la diosa era un ser diabólico, casi caprichoso, lleno de un veneno letal, que con su oscuro y fino cuerpo estaba advirtiendo a todos aquellos que deseaban a la mujer que no se acercaran mientras ella descansaba o él estuviera cerca. Esa actitud posesiva complacía a la diosa, que muchas veces terminaba cediendo a los deseos de la serpiente ¿o eran sus deseos en todo momento? quien sabe.
   La diosa oscura, complacida por la fiel compañía de su consejero, amigo, amante y potencial asesino, ya despierta del todo, posó los pies sobre el suelo y caminó hacia el espejo tras desasirse de aquel oscuro y elegante reptil, mirando su propia desnudez en el espejo. Todos se habían postrado al paso de la exquisita obra del mal, que admiraba su propia belleza con vanidad, ambición, ego, deseo y una completa seguridad en que ella no tenía rival. Sin duda había sido engendrada para tener las miradas de todos puestas en ella, ser tomada como ejemplo, como guía de sus maldades y de su destino. 
   —Querido.-Dijo entonces, con una pequeña sonrisa.—No remolonees. A mi cuerpo le falta  tus escamas.
La serpiente salió de la cama, oliendo el aire con su lengua bífida. En la habitación se respiraba un aroma a deseo y placer nocturno. Muchos eran los que podían yacer con esa mujer por capricho de esta, aun entre torbellinos de recelo y muertes prematuras por causa de su amada serpiente. Avanzó, provocando los estremecimientos de las pieles ajenas cuando pasaba cerca de estas, rozando su cuerpo con el de las mujeres y asustando a los hombres con inesperados bufidos de irritación. La criatura ascendió por una de sus torneadas piernas, dando varias vueltas hasta que pasó con deliberada y deseable lentitud con un roce continuo sobre su feminidad. Se deslizó hasta que su cabeza sobrepasó el exquisito canal que formaban sus senos y apoyó la cabeza sobre su hombro, cerca del oído, con los colmillos siempre cargados de veneno y las intenciones cargadas de desesperada y oscura intención. 
   —Me pregunto que podría ponerme.—Dijo la mujer, con una  pequeña sonrisa de exquisita placidez. 
   —Oh, vamos, querida.—Dijo la serpiente. Su voz era baja, como si no quisiera que nadie mas salvo ella la escuchaba e innegablemente oscura.—Aun no ha llegado ningún dios que hile prendas de vestir para deidades como tú.-El cuerpo de la serpiente apretó mas su cuerpo contra el de la mujer.-Sabes que nadie puede decirte lo que debes y no debes hacer. 
   La mujer se contempló a si misma, con la serpiente enroscada alrededor de su cuerpo, sin impedirle los movimientos. Para ser un animal tan largo, no notaba el peso y se podía mover con la libertad necesaria para que, al agitar sus caderas, todos la miraran con una devoción rayana en la locura. La mujer, si es que realmente podía referirse a una criatura tan bella y oscura con ese apelativo, no parecía muy convencida. 
   —Eres exquisita y perfecta. Y eso lo sabemos ambos, querida.—Dijo la serpiente. 
   —Puedo tener lo que yo quiera.—Dijo la mujer. No era una pregunta, era una clara afirmación. 
   —Todo lo que tu quieras.—En cada palabra había veneno, pero la diosa oscura sabía que aquel veneno para ella era lo que le daba vida. 
    La mujer miró a una de las siervas. Era una criatura de aspecto encantador, con un cuerpo fino y lleno de gracia. Sus ojos azules estaban iluminados por la entera devoción de servir a quien había posado los ojos en ella. La serpiente miró a la pequeña muñeca y emitió lo que parecía una pequeña risa. 
   —Mírala, querida.—Dijo la serpiente.—Parece que esté a punto de desmayarse al contemplarte. 
   —¿Por que nunca te miran a ti?.—Preguntó la diosa, deslizando suavemente los dedos por el cuerpo del ofidio. 
   —Porque yo solamente soy una extensión de tí, querida, soy la voz que te dice que tu cuerpo, tu mente y tu alma deberían estar al mas alto nivel a los ojos de la simple raza humana.
   —Tú también eres exquisitamente bello.—Dijo la criatura de ojos grises que era su amante ocasional.
   —Ambos sabemos que tú eres mas bella que yo.
   —Puede ser. Sí, seguramente sea así. 
   La diosa avanzó hacia la joven y bella mujer. Le hizo un gesto para que se pudiera en pie y tomando su mano la llevó a la cama, donde la acostó y, acariciándose ambas mutuamente, comenzaron a demandar devoción la una y a expresarla con viveza la otra.
   Los testigos de aquel espectáculo no podían contener apenas sus deseos de unirse, pero aquella gran serpiente negra estaba alrededor de sus cuerpos, protegiendo y al mismo tiempo participando de cada uno de los sutiles y placenteros besos, caricia o mordisco que se prodigaban las mujeres. La humedad y el sudor comenzó a reinar y poco a poco todo fue deviniendo en sonidos mucho mas pasionales que culminaron con un éxtasis imposible de negar aunque la razón quisiera imponerse.
   El corazón de la joven no pudo con tanto placer. La diosa le dedicó un último beso en aquellos labios que poco a poco se enfriaban y salió fuera de aquella habitación. El palacio era una oda al poder, a la oscuridad, a la sangre y al deseo mas carnal. Por todas partes se apreciaban estatuas y tapices que representaban alternamente escenas sangrientas o bien lúbricas en demasía. La oscuridad que rodeaba a aquella mujer sometía a su paso a casi todas las criaturas vivientes, a las que de vez en cuando regalaba una mirada o una sonrisa. 
   —Observa, diosa exquisita. Mira sus ojos devorándote, esperando la fortuna de ser los siguientes a los que consumas lentamente o con totalmente falta de compasión. Eres libre de hacer con sus cuerpos y sus mentes lo que quieras.—El dulce veneno de sus palabras hizo a la diosa tomar un joven que parecía en éxtasis.—Parece que esté viendo un bello rostro, lleno de luzy bondad. 
   —Solo quiero que vea mi rostro cuando deje de respirar.—Y se fundió con el joven en un beso mortal que corroía lo poco de cordura que le quedaba. La vida no escapó del todo de aquel cuerpo pero una locura suave y dulce pareció apoderarse de sus instintos. 
   Salieron a los campos. La insolencia parecía algo desterrado de aquellas tierras, pero sin embargo se había apoderado una atmósfera general de tensión, de una respiración contenida. La mujer de oscuras y lujuriosas intenciones acariciaba suavemente la cabeza de la serpiente. 
   —Me adoran.—Dijo la mujer mientras miraba a todos los presentes, que paraban de hacer sus actividades para adorarla con los ojos a ella y a su exquisita y suprema desnudez. 
   La serpiente se permitió algo similar a una sonrisa. 
   —Lo hacen ¿te satisface?—Dijo el ofidio mientras se dejaba acariciar, sin permitir en momento alguno que la diosa dejara de amarse y considerarse perfecta. 
   —¿Por que esta egolatría?—Preguntó la mujer, sentándose debajo de un árbol, con un anillo de hombres y mujeres postrados ante ella. 
   —¿Y por que no?.—Preguntó la serpiente, comenzando a recorrer el cuerpo de la mujer para presumir de sus privilegios ante los demás simples humanos, de bellas facciones pero humanos a fin de cuentas.
   La diosa sonrió. 
   —Buen punto.— Y sin mas, pidió a la serpiente una última cosa.—Hazme tuya. 
   La serpiente emitió un siseo prolongado, comenzó a moverse de forma extraña, transformándose en lo que parecía un ser humano mas. Sin embargo, este, al besar los labios de su amante, no se quedó loco ni murió, sino que le hizo saber que incluso en un mundo de devoción a una oscuridad deidad, las tornas podían