lunes, 24 de diciembre de 2018

El hombre y la dama alada.


Mis manos rodeaban la voluptuosidad de su cuerpo destinado al pecado mas carnal. Ella, sonriente, con unos ojos que brillaban de deseo, parecía querer memorizar cada poro de mi piel, a través de la ropa, la cual iba poco a poco desapareciendo, estando mi cabeza centrada en otras cuestiones, aunque las prendas cayeran al suelo echas jirones. Sentía su calor contra mi calor, mucho mas apagado por mi naturaleza humana, mucho mas proclive a ideas mas gráciles, pero incapaz de fijar o asentar otra idea que no fuera aquella anatomía diseñada para la lujuria. Me hablaba con un tono de voz colmado de encantadora sexualidad. Tomó mi rostro y beso mis labios. La carnosidad de su boca se materializó con fuego y deseos de ver mi equilibrio y moralidad quebrados. Acepté su proposición silenciosa. Diría mas, pues tomé la iniciativa en tanto las lenguas se entrelazaban y se iban conociendo mutuamente.
Mi cuerpo reaccionó de forma visible, ella se separó lo justo para mirarme a los ojos, sabedora de su victoria y sus manos deshicieron mi ropa. No fue necesario que yo hiciera lo mismo, pues su desnudez fue mostrada desde el primer momento en que apareció en mi habitación, así había sido su método para cazarme. No sé en qué momento me vi en la cama, con su cuerpo diabólicamente perfecto sobre el mío, con sus senos pegados a la piel desnuda de mi torso. Mis manos delinearon las caderas y la fina cintura, y repitieron ese trayecto varias veces hasta que se hizo insuficiente ese espacio. Me aventuré hacia rincones mas dignos de secretismo. Ella suspiraba de un modo de invitaba incluso al mas humilde a sentirse poderoso y ultraterrenal, con sus ojos brillantes de deseo de mujer, ilusión de niña e intenciones de demonio. Aquellas alas que ella portaba no fueron impedimento para mis manos y sus vaivenes, que fueron al lugar de su donosa retaguardia, que con seguridad muchos había contemplado con abierto deseo. Ella dejó salir un suspiro mas marcado, junto a una sensación de plena aceptación que corrió por todo mi cuerpo hasta quedar ahí, en aquella parte de mi intimidad que la súcubo se había empeñado en reavivar con gentil y decisiva lascivia.
Me miró a los ojos, tomando mis manos, asentadas en aquella parte redondeada de su cuerpo, y haciendo que yo tocara cada una de las zonas que cualquier hombre daría una mano por tocar. Me miraba con abierto deseo, como si fuera ese  ideal de purasangre que muchas damas de alta y aja cuna desearan. Murmuró algo, se relamió ligeramente y condujo una de mis manos hacia el interior de aquel espacio entre sus piernas. Noté calor, mucho calor, y la obvia señal húmeda de que ella estaba preparada desde hacía mucho tiempo para consumar actos condenados por los mas básicos conceptos de la moralidad. Y entonces decidí que dicha moralidad, aquello tan subjetivo, no tenía espacio entre nuestros cuerpos tan apretados el uno contra el otro.
Por mi parte yo la miraba atentamente, con una sonrisa impregnada en deseo y un par de gotas de lujuria. Ella subió un poco su cuerpo y mi boca se encontró con sus aureolas y esa punta excitada por el calor y el roce de las pieles. El sabor era fuerte, la temperatura era cálida, mas de lo que un ser humano puede emitir sin considerarlo febril, revelando la naturaleza de aquella dama venida de un mundo destinado a la lujuria. Saboreé su cuerpo, su piel, mis manos apenas se contenían ya en los límites a explorar, y sentí la imperante necesidad de que ella finalmente abriera su cuerpo a mi. Mas aun.
Por instinto o experiencia, ella advirtió mi urgencia, sonrió de nuevo de esa manera, lasciva y perfecta y unió su cuerpo al mío. Sus manos se apoyaron en mi torso mientras las mías se asentaban en sus caderas, que iniciaron un lento vaivén cargado de erotismo y claras intenciones de complacencia mutua. Ella se movía con ese brillo en los ojos de abierto deseo, como si para sus mas fieles e íntimos objetivos vitales no hubiera nada mas allá de mi rostro, visiblemente alterado por el placer. Sentí sus uñas rasgar levemente mi piel mientras las naturalezas de ambos se expresaban de formas varias. Mis dedos subieron a sus grandes senos, tomando una de esas puntas cálidas y lo apretaron, con la consiguiente nota de placer añadido, lo cual derivó en movimientos mas marcados.
Mis caderas se acompasaban a los movimientos de ella, regocijándome en el espectáculo que ofrecía ver esa ciega entrega, sin juicios ni prejuicios, tan solo viviendo el momento con plena capacidad de satisfacción mutua. Sentía mi rostro sonriente, invitándola a darme mas de aquello que poca gente podría darme en el otro mundo, el de los mortales como yo. Ella se mostró demandante, exigente, con mi cuerpo unido al suyo, moviéndose con decisión. Las preguntas mas racionales se desvanecían, y yo estaba encantado de ello, pues sabía que con esa dama del mas primitivo deseo, no existían las trampas ni las segundas intenciones. No dudé en dejarme llevar, en expresar mi placer abiertamente, con mis manos deslizándose por su piel, suaves pero al mismo tiempo decididas.
Mi tensión fue en aumento, la de todo mi cuerpo mientras mi mente se sumía en una nube de despreocupación cuando finalmente estallé de placer. Mi esencia se entremezcló con la suya, como dos corrientes que se cruzan al abrir un embalse. El último choque de los cuerpos fue tan sentido y entregado que involuntariamente me alcé unos cuantos palmos, acercándome a sus senos, que se posaron en mi cara una vez ella hubo conquistado con su feminidad hasta el último rincón de mi. Me deleité con el sabor de su piel, deslizando las manos por aquellas caderas que habían regalado uno de los bailes mas exquisitos de mi existencia en estos mundos.
Que curioso era todo aquello. Una vida consagrándome al bien y la justicia y fue un ser supuestamente diabólico quien me regaló un sentimiento pleno de libertad.
A la mañana siguiente unos labios se posaron sobre los míos y una lengua invadió mi boca. La tentadora dama demandaba su correspondiente tributo.


miércoles, 21 de noviembre de 2018

Carta de añoranza

   Mi querida CDP:

   He olido de nuevo la sangre, aunque esta vez a través del recuerdo. Vagar entre los árboles y en aquel claro donde se encontraba nuestra cama me hace pensar en los buenos momentos. Te echo en falta, para poder  desahogar el dolor tan profundo que acarreo y que yo trocaba por tus gritos de agonía. Que rabia me da no poder volver en el tiempo, hace que mis zarpas se tensen o que mis instrumentos me recuerden su función de forma bana, arrojándome su brillo con la luz de la luna.
 
   Tengo en la memoria tu rostro, empañado en lágrimas, mostrando el dolor y luego ese cansancio que o provocaba con los amantes que están toda la noche realizando cada una de las mas artificiosas fantasías. Quiero hurgar en tus heridas, hacerte soltar esos lamentos que luego eran música y placer para mis oídos y mi cuerpo. Tu cuerpo tan deseado por hombres y mujeres era mio en aquellas noches solitarias, donde mi cabeza reposaba entre tus maravillosos pechos y rodeaba tu cuerpo buscando esas heridas, aun abiertas, a las que me gustaba recordarles que permanecer así era parte de su función para convertirte en un ser casi divino.

   Quien me diría, contruyéndome a mi mismo en las fantasías mas polémicas, que podría hacer un arte de aquello que supone el dolor para el ser humano. Pero no cualquier ser humano, sino tú, el lienzo mas perfecto que pueda encontrar un pintor como yo, con la mente mas abierta y luminosa en estas lides con la que congeniar de una manera tan abierta y pura. El deseo en aquellos tiempos era mucho, como sentirse libre y al mismo tiempo limitado por unas normas no escritas que parecían estar a merced de nuestros instintos, que podríamos hacer o deshacer a placer. Echo en falta todo eso, la lanceta en mi mano, tu espalda desnuda, tu casi desnudez, tu piel esperando a dar el siguiente paso en el concepto de "belleza", transformada por mis manos para que la sangre a su vez maquillara tu cuerpo con rojizo fervor.

   También recuerdo nuestros juegos con Nat, como su cuerpo estaba a nuestra merced, como dejaban entrever nuestros deseos que el dolor ajeno era algo sencillamente demasiado irresistible para poder negarse a causar un poco mas. El sabor de la sangre viene a mi boca mientras escribo esto y mis ojos se abren un poco mas, como en esos momentos donde tus músculos me recordaban el milagro de la anatomía humana entre espasmos y gritos salvajes de un dolor intenso.
 
   Muchas cosas han ocurrido desde tu ausencia pero sinceramente prefiero contártelas en directo algún día, si es que ese día se produce. Solo era para que supieras que aun pienso en esos momentos maravillosos.

   Te quiere tu hermanito salvaje, sádico y absolutamente devoto de tu persona.

   Atentamente; tu lan.

viernes, 19 de octubre de 2018

El recibimiento.

 

Que noche tan solitaria aquella. Las cortinas de los altos ventanales, a lo largo de aquella mansión apenas podían ofrecer un poco de su fantasmagórico baile. La quietud era casi opresiva en aquel lugar donde normalmente reinaba algo mas de movimiento en según que áreas. El lugar mas predominante era un cierto pasillo con cientos de puertas a los lados y dos grandes puertas de roble al fondo. Ahí era donde se reunían todas las invitadas del anfitrión para consumar alguna fiesta o quien sabe que maravillas para los sentidos. 
   Dicho anfitrión se encontraba en ese momento paseando entre las solitarias estatuas de los pasillos, contemplando las pinturas que decoraban las paredes. De vez en cuando entraba en alguna habitación, veía su soledad, y apagaba la luz para poder dejar a los recuerdos seguir ahí, tranquilos. 
   No era tristeza lo que sentía dicho anfitrión, ahora bajo la forma de un gato negro de grandes ojos que pasaba a la forma de un caballero delgado de porte orgulloso y elegante en ciertos momentos de la noche. En aquel lugar el anochecer era todo un espectáculo pues la luna no solamente era mas grande y brillante que la conocida por el ser humano, sino que las estrellas presentaban multitud de colores y destellos. Uno podía contemplar esos destellos durante horas sin cansarse mientras pensaba o dejaba vagar las ideas hasta encontrar la inspiración. 
   Fue mirando las estrellas que vio dos particularmente intensas esa noche. Una de color verde y otra de color violeta. Seguramente en la realidad eran dos bolas de tremendo poder calorífico que podrían desintegrar cualquier elemento de aquel fastuoso hogar mucho antes de arañas las superficies de dichos astros, pero en aquella distancia sin duda eran dos pequeños espectáculos, cuyas coloraciones le hicieron recordar a dos damas que suponían el mayor de los peligros y el mas exquisito de los placeres para el hombre. 
   Las estatuas, con sus ojos vacíos de emoción en al mayoría de casos, le recordaban los hitos de su poder, los momentos donde alguien como él, un simple hombre, había creado casi de la nada, y con el poder de una mirada femenina, un mundo solo para ellos dos. Ángeles con grandes alas o caballeros portando espadas de ensueño estaban congelados en una eternidad hecha de mármol. Damas que bailaban junto a silfos o criaturas del séptimo averno se encontraban repartidas por igual. Había columnas que sostenían toda la estructura de aquel lugar. Algunas tenía detalles en su parte alta, otras los poseían en su parte baja y algunas eran todo un dictamen modelo a seguir para alcanzar la perfección en el arte de la escultura y la arquitectura. 
   El anfitrión caminaba en la fría, oscura y solitaria noche, con la luna entrando por los ventanales cuando se decidió a entrar en la habitación que esa noche le daría cobijo. 
   Abrió la puerta y no podía ser una decoración mas sencilla la que le recibió. Salvo por dos detalles. 
   El techo mostraba abiertamente unas vigas de madera antigua que parecían tener sus buenos siglos de edad. En un lado de aquella habitación un humilde escritorio con un par de historias a medio empezar. La silla se encontraba en perfectas condiciones aunque sin barnizar, por lo que las probabilidad de encontrar astillas eran altas. 
   Junto en frente de la puerta estaba la ama y en ella, tumbadas, se encontraban las dos estrellas que momentos antes había contemplados. Las conocía bien. Bueno, siempre le sorprendía, como era el caso. Sus cuerpos habrían estado desnudos de no ser por los caros conjuntos de lencería que los realzaban en todas sus virtudes físicas.
   Una de ellas, con los ojos de la muerte, y otra, con los ojos de la maleficencia, miraban el recién llegado ahora con una mezcla de curiosidad, interés y ¿deseo?. En otros momentos el anfitrión habría salido corriendo o habría desconfiado, mas en ese momento, rodeado de la soledad, con tantos años de batallas y negociaciones, de discusiones con propios y extraños, incluso de ataques a su propia integridad política, simplemente se acercó a ellas, aun vacilante. Contempló el hueco que había entre ambos cuerpos, capaz de hacer suspirar de placer o gritar de dolor a cualquier ser viviente. Y sin mas se unió a ellas. 
   Una de las dos criaturas nocturnas tenía una piel blanca gélida al tacto, pero sus formas eran de una perfección similar a la esculpida por algún perverso genio de la belleza. La otra, con unos ojos enormes y unas orejas propias de los seres del bosque, rodeó con una de sus largas piernas la caderas del recién llegado. La pálida dama, quizás en nombre de ambas, tomó el rostro del caballero mientras se alzaba levemente y posó los labios con toda delicadeza sobre los de él, besando con terciopelo y peligro. La otra dama, un ser de cabello nocturno y formas envidiable para muchas mujeres de cortes reales, deslizó unos finos dedos por el torno del caballero mientras su lengua paseaba a lo largo de toda la línea de su cuello.

   En unos pocos minutos, las ropas habían desaparecido y aquel compañero de la soledad conoció placeres inimaginables para una mente racional. 

sábado, 18 de agosto de 2018

Amor:

   Amor:

   Creo que si tuviera que expresar en palabras todas aquellas sensaciones que me recorren cuando te veo, no existiría diccionario del alma capaz de describir algo semejante. No podría imaginar que vocablo estaría a la altura de mi alegría y mi dicha cuando apareces de esa forma ante mía, tan sorpresivamente, y te abrazo y acaricio tu rostro. No puedo estar una vida, porque no es suficiente, investigando que hálito con sonido me haría describir a la perfección el júbilo de tenerte cerca y las ansias de una mayor cercanía, en medio de las noches o de los días. Si pudieras verte en mis ojos, si pudiera contemplar como atesoro cada pequeño gesto de tu parte como si fuera una gran hazaña para el amor. Y podría estar dedicando líneas y mas líneas a cada pequeña parte de ti que pude descubrir en cada una de las veces que te he visto y hemos hablado. 
   
   Quien sabe que tipo de declaración o misiva sea esta, pero tengo claro que verte es mi corazón acelerado, mis ojos en tus ojos, tratando de asimilar lo pequeño que uno se siente, de lo vulnerable que el mas aguerrido caballero puede volverse si está siendo observado por los ojos correctos. Estoy feliz de poderme expresar a través de la letra escrita y se mucho mas transparente cuando se trata de mis sentimientos, y es una lástima no poderlo hacer cara a cara, por miedo, cobardía, temor y respeto a ese lazo que nos une. Que tantos pensamientos te dediqué pensando en un idilio, en la forma en la que todos podríamos ser felices, los unos con los otros algunas veces, y otras creando un mundo donde solo estemos tú y yo, como un gesto de egoísmo pero en el que primaría tu libertad y felicidad por encima de todas las cosas. 
   
   Si tan solo tuviera el valor de poder expresarte cada pequeño detalle que mi alma ha elaborado en relación a ti, de como cada pequeña gota de experiencia es adquirida para convertirla en un precioso recuerdo que me da mas fuera y mas felicidad. La efervescencia del amor está en mi desde que he podido sacarte la primera sonrisa y he querido ser el que las provoque un día tras otro, e invitarte a pensar y a conocer parte de mi mundo, el cual no es perfecto, pero está salpicado de tu recuerdo constantemente.

   De tu sonrisa se desprende la amabilidad, el peligro y la luz, junto a un sinfín de matices que pueden producir mil esencias de sentimiento en el corazón de hasta el mas duro de los hombres. Ilumina con cada pequeño gesto mi mundo, esperando siempre a recibir otro rayo de sol, como el sediento que no tiene suficiente agua.

   Tus ojos, como diría el poeta, son dos luceros del alba, sendas representaciones de la mirada que Venus posó sobre los afortunados que conseguían su atención y a los que regalaba el favor de su presencia y sus artes divinas. Aquella mirada asistió a situaciones terribles, porque tu vida sigue siendo humana y siguen siendo humanos los que te rodean, pero siempre ha reflejado la comprensión y las grandes ideas que has tenido para hacer mas dulce la existencia de aquellos que te rodeamos.

   Tu cabello se mueve con el aire, cada hebra de dulce material por separado, siempre brillando o dejando la esencia de un perfume enigmático tras de sí. Desprendes elegancia y saber estar, una educación maravillosa aunada a la paciencia de quien me escucha y hasta disfruta con mis diatribas. Y espero poder reunirme siempre contigo, encontrarte de pronto a la vuelta de la esquina o en mis sueños mas bellos. Y a tu lado estar algún día. 

Atte: el hombre que te ama. 

sábado, 9 de junio de 2018

El milagro vino de los cielos.

   En medio de aquella ventisca parecía que nada podía caminar por encima de la nieve, y mucho menos por debajo de las nubes que asolaban cualquier rastro de luz solar. Témpanos de hielo afilados como las palabras de despecho decoraban los árboles, sacudidos por el gélido viento del norte. A medida que el viajero ascendía el viento era mas inmisericorde, como si una mano divina quisiera impedir su llegada al destino. Dicho hombre, o mas bien niño, caminaba con dificultad, sufriendo las inclemencias temporales con mas entereza que muchos hombres curtidos. Apenas debía de tener quince pero su valor era digno de un soldado de cuarenta. Sus ansias le empujaban paso a paso hacia aquella historia que había oído, de la que quedaba solo un testigo conocido. O vivo. O cuerdo.

   Su anfitrión vivía solitariamente, con toda la dignidad que era posible en los tiempos que contemplaban aquel lugar infestado de impuestos altos y señores abusivos. Justo en ese momento se despertaba de su siesta de varias horas, con los recuerdos nebulosos del último sueño. De nuevo aquel sueño, aquel fragmento del pasado repitiéndose en bucle. Aun se le repetía en cada sentido las sensaciones que percibió en esos segundos; el humo, el brillo del fuego y este siendo extinguido por el batir de las alas. Recordó que lo último que contempló momentos antes de verla aparecer era el cadáver de uno de sus hombres, rogando a Dios por una salvación a su alma pecadora. Murió en sus brazos con apenas dieciséis. Lamentaba cada muerte en cada momento de su vida. Antaño se habría desesperado, ahora todo se limitaba a un suspiro y una mirada al vacío, sumiéndose en sus propios pensamientos. La vida dura de la montaña hacía que apenas se percatara de que llamaban a la puerta, pensando aquel hombre ya anciano que era el viento. hasta que escuchó una voz.

   -¡Abra!¡Por el amor de todo lo bueno, abra la puerta, por favor!-Los golpes se volvieron algo mas débiles.
   El joven que estaba al otro lado de la puerta estaba aterido de frío. Aquel invierno no era normal. De pronto la puerta se abrió y encontró dos ojos que lo miraban inquisitivamente. parecía ignorar el hecho de que una de las peores ventiscas del último medio siglo estaba azotando todo aquello con la furia de mil demonios.
   -¿Quien eres? ¿Que quieres?-Preguntó con voz firme, en un tono lo suficientemente alto para hacerse escuchar sin esforzarse..
   A pesar de su vida de ermitaño, era un hombre de buena planta, con ojos oscuros y que no permitían asomar la compasión o la amabilidad, al menos en un principio. Por detrás de él apenas se podía vislumbrar una mesa, dos sillas y una chimenea improvisada.
   -¡Soy Roderic Penton, soy estudiante de historia y mitólogo, y me interesa mucho su historia, comandante Bellestorm!-Dijo el hambre.-¡Por el amor de todo lo bueno en el mundo, voy a morir de frío!
   Tras unos cuantos segundos de consideración el hombre se hizo a un lado y el estudiante conocido como Roderic Penton entró y se lanzó casi de cabeza contra la chimenea.
   El anciano miró al reciñen llegado mientras se calentaba. Un buen espécimen de humano que probablemente tenía mas de una atención por parte del sexo opuesto, delgado, quizás en exceso, apenas duraría tres minutos en un campo de batalla sin la providencia de Ella.
   -Hacía tiempo que no escuchaba mi apellido.-Dijo el anciano sentándose en una silla mientras contemplaba lo que era mínimamente visible a través del cristal cubierto casi en su totalidad de nieve.-la última vez que escuché mi apellido fue por boca de otro chaval como tú, con ansias de protagonismo por conseguir una buena historia que contarle a sus amigos. Lo eché a bastonazos de aquí.- Dijo el hombre mas mayor de la cabaña agarrando su bastón, enviando así un mensaje.
   -Yo solo quiero escribir sobre su historia, comandante, sobre lo que vio hace tanto tiempo en aquel campo de batalla.-Dijo Penton.
   El comandante Bellestorm lo miró. Ese niño apenas era una sombra del arrogante "caballero" que le vino a preguntar. y no había pizca de ambición, solo sed de conocimiento.

   <<Éramos una de las compañías menos prometedoras de todo el ejército. Toda esa paparrucha de los salvadores de la patria vino después, para ensalzar la imagen de un ejército que casi e aniquilado por completo antes siquiera de que choquen las fuerzas mas directas. El imperio era bueno. Tuve la oportunidad de ver sus ejercicios y demostraciones de artillería en los tiempos en que yo era un cadete y hasta el día de la batalla habían aprendido un par de cosas contra los bárbaros del oeste. Eran buenos, muy buenos. Su disciplina era ejemplar. Tenían una costumbre. Los lideraba un tipo de piel aceitunada que solía considerar que era suficiente para darle algo de chance a la infantería. Nunca lo descargaban todo, como hacíamos nosotros. Es como si se repartieran responsabilidades o méritos.>>
   <<Ese día fue terrible, una auténtica masacre que solo Ella pudo salvar. Teníamos una desventaja de cinco a uno, con el viento en contra, lo que favorecía el alcance de ellos y nuestra posición solo favorecía a la caballería que había sido hostigada durante semanas hasta que llegaron la mayoría heridos y totalmente desequilibrados. Miré a mis hombres y ellos me devolvieron la mirada ese día. Una mirada como pocas he visto. Sin decir nada, sabiendo que ese día podríamos morir todos nosotros, supe que no me dejarían caer. Y yo a ellos, esa panda de bastardos salidos de las peores cloacas de la capital, tampoco.>>

   -Sin duda la versión oficial es mucho mas...-Penton no supo que palabra usar.
   -¿Bella? ¿Poética? ¿Halagüeña? No hijo, la guerra es terrible, es una de las mayores mierdas que hay en este mundo creada por el hombre después de la envidia o los celos. Sentir que no tienes opción, que te vas a filas o que matan de hambre y frío a tu familia porque te encarcelan, que te obligan a empuñar una espada o un arco o lo que sea que tengas en casa si no te puedes permitir una simple daga. Pero bueno, vamos a darte tu historia.

   <<Nuestra caballería estaba totalmente destrozada y nosotros estábamos al frente con azadas y poco mas. Y entonces los vimos aparecer a lo lejos. Los Corazones Puros, la élite del ejército imperial que hasta el momento nadie había derrotado en combate. "Necesitamos un milagro", dijo uno de mis hombres cuando vimos avanzar las monturas en lo que las filas de la infantería enemiga se abrían para dar paso. Sí, en verdad lo necesitábamos. Y el milagro llegó.>>

   El anciano perdió la mirada en un punto y rememoró. 

   Recordaba cada instante previo, desde el aroma del humo hasta el relincho de los caballos asustados por lo que se veía encima. Varias toneladas de carne y hierro se acercaban hacia ellos. Ese día llovía como pocas veces se había visto, el barro en ciertos puntos de aquel lugar cubría muy por encima del pie, dificultando el caminar y mas aun escapar de las hordas enemigas. Un hombre joven de buena planta y, en ese momento, con uno de sus hombres muriendo a sus pies, vio como aquel muro negro se acercaba cada vez mas rápido. Era increíble lo maravilloso de aquellos jinetes, a los que parecía no influirle el barro ni la lluvia. Un muro, como bien se dijo, alto, rápido y muy ruidoso. la muerte era inminente y dedicó sus últimos recuerdos a su amada... hasta que las nubes de pronto se abrieron. 

   Eran, como poco, dos centenas. Iban todas montadas en magníficos caballos alados, o lobos, o hipogrifos, o lo que fuere que pudiera tener alas e impusiera el terror. Al frente iba aquella mujer. La belleza que desprendía era salvaje, indómita, capaz de atravesar murallas y corazones con aquellos ojos que rebosaban la sabiduría y la garra suficiente como para acongojar a mas de un general. Su cabeza estaba coronada por la noche y mil espinas, y en cada espina había un juramento de venganza y justicia. En una mano llevaba una espada llameante y en la otra una balanza, y a su vez, en sendos platos una copa y un pájaro. La espada era la ira de los cielos y del reino de las Valquirias. Eso era ella, una Valquiria que volaba por los cielos repartiendo justicia a lomos de un hipogrifo negro de pico plateado y ojos color añil. . 

   La escena por un momento se congeló, justo al momento en que los caballeros pertenecientes a Los Corazones Puros se cernían sobre la compañía de ese joven soldado que había sido llamado a filas por la fuerza. Al momento los cielos estaban vacíos y en el siguiente instante todas aquellas monturas tocaban tierra para proteger... ¿a quien?. Aquel futuro anciano ermitaño no recordaría nada mas que esos ojos mirándole y una mano que se extendía hacia él. Una mano pálida pero firme en su ofrecimiento. la espada de llamas había sido envainada y sin pensarlo mas, aceptó aquel ofrecimiento. Tomó aquella mano. Lo que siguió fue aun mas confuso si cabe. Vio mundos enteros a sus pies, vidas posibles lo que fue, lo que pudo haber sido, sintió su cuerpo recorrido por mil sentimientos y emociones, todos ellos inefables. Escuchó estruendos y sonidos similares a enjambres de avispas, silbidos mas agudos que los de cualquier flecha cortando el aire. Y finalmente él y su compañía estaban ahí, en medio de un campo, en casa. 

   
   -¿Así?¿Sin mas?.-Preguntó el impresionado recién llegado, al que el viejo le había ofrecido una taza de chocolate caliente mientras contaba su relato.-Es lo mas... espectacular que me han contando nunca. 
   -Pues créeme hijo. Para mi fue nada mas y nada menos que un milagro de los cielos. 

viernes, 4 de mayo de 2018

Eres tan sumamente especial cada vez que te veo. Inefable en la máxima expresión de una palabra tan incorpórea, la clave exacta, entre mi alma y el sol. No sabría como describirme a mi mismo en los momentos de esos largos abrazos o de mis explicaciones variopintas en temas varios, pero sí que puedo describirte a ti y la verdad es que eres todo un bálsamo revitalizante que estoy seguro de que muchos gustarían de probar en todas las expresiones posibles de la palabra "amor" o "pasión". No sabes hasta que punto me cuesta expresar cada palabra sin darle esa característica cursi o manida del amor romántico, es algo que va mucho mas allá, algo que habita dentro de mi y que quiero expresar pero aquí está la cobardía presente para impedirlo. Quizás hablo muy en caliente pero puedo decir que ahora mismo, en este momento, llegarías con mucha facilidad a ser una persona muy especial en mi vida si ambos nos lo propusiéramos.

jueves, 1 de marzo de 2018

Al fin libres.

Él la abrazó por detrás. Sus cuerpos se rozaron aun con las ropas puestas. Se escuchaba de fondo el caos que se extendía a todo su alrededor. Los gritos y el llanto. Aquel lugar era todo un caos con ciertos de voces alrededor que invocaban a fuerzas desconocidas e intangibles. 
   -Van a terminar matándose.-Susurró aquella voz con el dulce acento de tierras lejanas. 
   -Todos aquellos a los que quiero están a salvo. Sangrarán unos cuantos días mas pero se repondrán.-Dejó aquellas palabras susurrantes contra la piel de su cuello desnudo. La noche había caído hace rato pero en lo mas mínimo se habían apaciguado los gritos y todo el estruendo. 
   -¿Que ha cambiado?.-Preguntó ella. Su piel se había erizado notoriamente, y mas al sur notaba las manos de su amante acariciando su cuerpo, con delicadeza pero decisión. 
   -Nada, solamente te deseo esta noche, y aquellas que las que nos permitamos estar.-Dijo con un deje de ansiedad en su voz, como el viajero que lleva mucho tiempo sin beber y ya está deseando beber.
  -¿Solo esta noche?-Murmuró ella, dejándose besar toda la extensión de su cuello, girando todo su cuerpo hecho para la tentación y rodeando el cuello de él con sus brazos. 
   Sus cuerpos se pegaron un poco mas. cada una de aquellas partes era mas interesante que la anterior a ojos de su amante. Ella acarició los labios de su apasionado ángel caído en un beso lento que se fue intensificando. Las lenguas y los alientos se mezclaron para dar paso a caricias mucho mas cercanas, mas confiadas y astutas. 
   -Mi ángel caído.-susurró ella suavemente mientras se acomodaba sobre él tras tirarlo encima de un sofá de aquella habitación. Colocando ambas piernas a cada lado de su cuerpo se comenzó a mover suavemente, tentando a aquel derrotado de los cielo y expulsado del paraíso. El deseo brillaba en sus ojos. 
   Las manos de aquel hombre dejaban entrever la ansiosa necesidad de que la ropa desapareciera, de que aquellas molestas prendas, por muy cortas y reveladoras que fueran en el caso de ella, desapareciera de una vez por todas. Por debajo de la tela las reacciones se hicieron notables y sus ansias de mas les hicieron arrancar la ropa el uno del otro. Ella acarició su torso, él paseó las manos por enésima vez a lo largo de aquella extensión de piel deliciosamente maldita. Ella se acercó mas, las bocas se volvieron a unir junto a otro punto de sus anatomías. 

  Un suspiro, el nombre de ella y el de él salieron al mismo tiempo de sendas bocas. las caderas de ella marcaban un ritmo. Las manos de él tomaron un punto de apoyo y siguieron el ritmo de sus caderas, marcando cada paso hacia la gloriosa y dulce agonía del placer mas bendito. Los lechos que habían sido ocupados con anterioridad quedaban atrás, las viejas memorias que dictaban cada retazo del pasado habían sido quebrados, salvo aquel que hablaba de una preciosa dama que había tentado con sus artes a un caballero. De mente sensual y maneras educadas aquel hombre se había convertido en el dador de placer y en el principal aclamador de las formas de ese cuerpo firme y fresco por la juventud. Ella tomó las manos para que explorara libremente. incitándole a tocar todo aquello que alcanzara. Esa noche eran el uno del otro, desde una simple posesión hasta los amos absolutos de la voluntad ajena. Eran los amos del infierno, en medio de la tierra, celando a todos los ángeles puros del cielo. Cada movimiento de cadera se acompañaba de un cadencioso suspiro o sonidos capaces de ruborizar al mismísimo Casanova. Ella acariciaba el torso de su "víctima" mientras se movía con insistencia, con demanda, deseando obtener hasta el mas exquisito suspiro de placer. 

   Los movimientos se sucedieron entre susurros, palabras, juramentos, promesas, deudas, destrucción y dolor fuera de esas puertas. Dentro de aquella habitación había dos amantes que se regocijaban en la absoluta libertad que les embargaba cuando se ataban por unos breves instantes en comparación a toda la eternidad. Cada uno con su vida, sus frustraciones, su dolor, su pasado, pero ahí eran libres. Sí, ahí eran al fin libres. 


Dedicado a la que probablemente sea una de las mujeres mas libres que jamás haya conocido. 

lunes, 15 de enero de 2018

Cuando un buen hombre se va (padre e hija 2ª parte.)

Toda la ciudad había sido cubierta por un manto de nubes, como si los mismos cielos hubieran escuchado de la terrible noticia. Caía una lluvia fina que dejaba todo humedecido, que parecieran las lágrimas de los ángeles que despedían el alma de un hombre para darle una alegre bienvenida a los cielos. En cada calle, de buena y mala fama, en cada taberna, incluso en cada corazón, ese cielo representaba el estado de ánimo y la devastación de sus ciudadanos.
Había muerto un hombre bueno, un hombre amable, que nunca había distinguido por clase, profesión, género o forma de vida. Aquel hombre anciano, de sonrisa siempre afable, de talante siempre generoso, dispuesto a ser un gran vecino, un buen amigo y un excelente padre y marido. Todas las personas que lo conocían lo lloraban en ese momento. la estampa que daba aquella calle, donde esa tienda de de dulces había dado tanta felicidad, era ahora mismo la imagen misma de la pena y la congoja.
Hacía varias horas que aparecieron los primeros hombres y mujeres. Vecinos de aquella tienda, clientes habituales que pasaban todos los días y pertenecían a buenas familias. El hijo de aquel hombres los recibió como lo habría hecho su padre, con una sonrisa a pesar de los ojos llorosos. Intercambió unas cuantas palabras, aceptó aquel sincero pésame de una de las mujeres mas acaudaladas de la ciudad, una anciana elegante a pesar de su edad y de humor ácido, aunque en aquel momento sin apenas palabras con las que poder hablar. Un opulento banquero, junto a sus hijos, abrazó a ese hombre humilde como su padre, entre lágrimas.
—Era una de las personas mas grandes que he visto. Ni todo lo que yo puedo poseer en la cartera o el corazón serían capaces de reparar este daño.— Dijo antes de refugiarse en el pecho de su esposa.
Llegaron mas carros. Desde los barrios obreros se movilizaron marinos, trabajadores de la construcción, mineros, cocheros particulares y públicos, descargadores de cajas, repartidores de periódico, de paquetes de correos, taberneros, costureras, secretarias de jueces, artesanos, artistas ambulantes,  carteros, feligreses de las tabernas sin oficio, prostitutas, panaderos, carniceros, incluso algún ladrón que se día juró no herir la memoria de aquel hombre.
—Señor—Dijo un trabajador de los muelles.—En nombre de todos mis hombres le damos nuestro pésame por la muerte de su padre, probablemente uno de los mejores hombres que ha conocido esta ciudad, y quizás todo el país. Quizás solo visité su tienda un par de veces pero me dejó grandes recuerdos.
El hijo de aquel hombre, con los ojos en lágrimas abrazó a ese hombre de humilde familia y gran corazón. Hizo lo mismo con cada persona que se le acercaba. El hijo de ese hombre había heredado la generosidad de su padre, con mas temperamento pero sin duda era la viva imagen de él. Varias lavanderas tomaron sus anos y las besaron, jurando y perjurando sobre la bondad de ese noble vendedor de caramelos que alegró sus rostros hace tantos años y los de sus hijos, ahí presentes en ese momento. Los carros se iban marchando para dejar paso a otros.
Llegaron casi al mismo tiempo un grupo de cincuenta carros. La gente no cabía de asombro al ver a los mas distinguidos diplomáticos y nobles bajarse de ellos, todos con galas de luto a excepción de la representación de la marina real, que iba de blanco, con uniforme de gala. En el brazo izquierdo llevaban un brazalete negro, como señal de luto. Un hombre de rasgos finos comandaba esa comitiva. Presentes estaban también tres de los mejores generales que casi al unísono dieron su pésame a ese hijo huérfano ahora de padre.
—Señor, mi padre, al igual que yo, fue general, un hombre curtido en la batalla. Conoció a su padre cuando ambos aun tenía en pelo negro. Fueron amigos en la infancia y no me pasa desapercibido que su padre hablaba con merecido orgullo de usted.—Dijo uno de aquellos tres hombres, que bajaban la cabeza en señal de respeto.
—Gracias general. Mi padre me habló hace tiempo de su padre y puedo decirle que él estaba orgulloso de usted, y con motivo, por lo que veo.—Dijo aquel hijo huérfano antes de fundirse con ese hombre de espaldas anchas en un fuerte abrazo.
El cuerpo diplomático casi al completo fue pasando, Hombres que normalmente mostraban la vida imagen de la dignidad y el orgullo, este se mostraban entristecidos por una de las mas grandes pérdidas para todo el reino.
—Llevo mas de cuarenta años usando la palabra en favor a los interese de su Majestad, buscando los mas pequeños recovecos para encontrar una paz duradera, pero hoy no tengo palabras para describir la pena que siento.—Dijo un anciano de rostro ceñudo y cejas pobladas de blanco, con su monóculo y su experiencia internacional cargada a la espalda.
   Aquel almirante de la marina real que había llegado minutos antes miró su reloj. Faltaban diez  segundos. Pasado este tiempo se escuchó en la lejanía, desde el puerto, una serie de explosiones. Salvas de cañón de uno de los principales barcos de aquella nación. Mientras sonaban los estruendosos truenos de metal, los dos marineros que acompañaban a ese gran hombre bajaron la cabeza en señal de respeto. Un sincero homenaje de la gente de mar a un hombre dulce y encantador que había compartido lo poco que tenía con quienes mas lo necesitaban. El hijo agradeció aquel gesto dándole la mano al almirante.

   Seguidamente llegaron profesores de universidad, catedráticos, profesores y profesoras de colegios al servicio de la corona y de pago personal. Dieron un sentido pésame. Llegaron los huérfanos, aquellos niños estaban particularmente dolidos ante la muerte de alguien que había reparado en su presencia, que había sido el motivo de muchas alegrías en forma de dulce. Llegaron casi al mismo tiempo que otra parte de la nobleza, comerciantes ricos y no tan ricos, secretarios. Todo el cuerpo ministerial se congregó alrededor de aquel hombre que había perdido a una de las personas mas queridas por toda la nación.

   De un carromato se bajaron tres personas, un hombre, una bellísima y joven mujer, probablemente su hija, y una mujer de piel oscura. Los tres vestidos de negro. El rostro de la jovencita de grandes ojos era una máscara de dolor. La otra mujer, el ama de llaves, mantenía el tipo lo mejor que podía. El padre, con aquellos ojos ocultos en unas gafas oscuras, se acercó al representante de la familia que estaba de luto.

La mas joven de aquella familia fue la que llegó primero frente a ese chico ya crecido pero aun vigoroso.
   —Mi pésame es poco en comparación al dolor que se extendió por todo el estudio de danza cuando nos enteramos de la noticia. Fui clienta de tu padre durante toda mi infancia desde aquel día saliendo de la ópera con mi padre.—Dijo ella.— Ponemos todos nuestros recursos a tu plena disposición.
   —Mi señora, es decir, señorita.—Dijo entonces aquel hombre.— Yo tuve el honor de ver su primera aparición, con sus Majestades presentes, aquel día que usted se estrenaba para el ballet nacional. El honor de tenerla aquí delante llena mi corazón de un sincero agradecimiento a mi padre por haber sido capaz de congregar, en el pesar de su muerte, a tanta gente que me habla de su conocida bondad.—Tomó las manos de aquella mujer.—Muchas gracias.—Dijo con sincera emoción en la mirada.

   Mientras tanto en los cielos pasaba algo. Aparte de la llovizna que se había aligerado, se escuchaba algo mas, como una especie de zumbido constante que se fue intensificando. Era quizás un homenaje por parte de los ángeles de la modernidad, de los caballero con alas de aquel nuevo siglo. Comandaba aquel grupo de aguerridos pilotos un hombre de gran mostacho que habló por radio y dijo lo siguiente:

   —Que sea este día, un día triste como hoy, el día en que todos los hombres y mujeres lloraron a la vez la pérdida de un gran hombre, y que nos haga entender que no existen las diferencias a los ojos de la misma muerte— Decía a través de la radio el líder de la formación. —Y que la carga que llevamos en nuestros aviones sea lo mas mortífero que jamás se use entre las naciones.
   —Capitán, estaremos sobre el punto en treinta segundos.—Dijo su mano derecha.
   —Bien, a mi señal.—Dijo el líder de escuadrón. En su brazo izquierdo, al igual que todos aquellos pilotos, lo mejor de lo mejor de la Corona, lucía un brazalete negro, como señal de luto y respeto.-Vale ¡Formación, ya!
   Justo en ese momento cientos e incluso miles de cabezas se alzaron la mirada para explorar  los cielos, justo a tiempo de ver como catorce de los mejores aparatos y aviadores formaban en el aire un enorme y veloz caramelo. La parte baja de aquellos aeroplanos habían sido pintadas de verde.

   —¿Verde?.-Preguntó una condesa a una mujer de aficiones variadas.— ¿Por que verde?
   —Por su sabor favorito: la menta.—Le respondió un vagabundo, con una lágrima rodando por sus desgastadas mejillas.— Cuanto se le extrañará en este mundo.

   En los cielos, aquellos  hombres giraron con impecable coordinación sus aparatos e hicieron otra pasada.
   —¿Flancos?.—Preguntó el capitán —¿Listos?
   —Flancos derechos listos.—Dijo el ala derecha.
   —Flancos izquierdos listos.—Respondió la parte izquierda del envoltorio del caramelo volador.
   —Abrir el caramelo en tres, dos, uno ¡abrir, abrir!
   En ese momento los dos flancos se abrieron y abandonaron la formación para dejar paso  al grupo principal, cuyos pilotos, en sus respectivos aparatos, liberaron la carga. De aquellos aviones comenzaron a caer caramelos, bombones, piruletas, todo lo imaginable que pudiera ser dulce y ponerle una sonrisa en el rostro a un niño o un adulto.

   La muchedumbre, como por arte de magia, de golpe se maravilló ante aquello. Que dicha, algo dulce que poder llevarse a la boca mientras despedían con una sonrisa a aquel hombre tan dulce, tan afable, considerado santo para los grandes reyes y los mas bajos mendigos.  Todas las lágrimas hasta ese momento tenían el mismo valor, el de dolor de un buen hombre que ha partido, quien sabe, si a otro mundo donde se le necesitara mas que en este. 

viernes, 8 de diciembre de 2017

Las tres tormentas (o "Tres Reinas: segunda parte)

   Aquel reino era sin duda de lo mas provechoso en cuando al comercio, el arte y la viva representación de las buenas gentes era aquel palacio que parecía detallado al milímetro por el cincel de un dios. Ese reino era quizás el mas lejano, algunos decían que solo se podía llegar a el con la imaginación aunque la llegada de gentes de todo tipo demostraba lo contrario. Todo parecía ir en marcha, desde los molineros con el trigo hasta los orfebres con sus cargamentos de joyas en el almacén esperando a ser convertidos en joyas. Las tres reinas gozaban de la admiración y el apoyo de sus súbditos, eran un ejemplo de ética, buen saber y cultura, de fuerza y belleza, elegancia, sutileza y deseos de ver a su pueblo en buen estado. Había entre los súbditos uno muy especial, que gozaba con el favor de aquellas mujeres. Un loco andante que sabía escribir, que gustaba de usar la imaginación para algo mas que ganar dinero, inventar excusas o hacer el mal en el mal en  el mas general de sus aspectos. Redactaba historias de todo tipo y por supuesto aquellas mujeres eran parte de las musas que le llevaban a conciliar todo tipo de escenas en forma de letras. Pero un día algo salió terriblemente mal.

   Saliendo de una taberna, dejando atrás a los amigos para abrazar la cama y quien sabe si algún sueño, con las tres reinas dormidas en sus aposentos en aquel palacio tan magnífico, dos hombres asaltaron a ese hombre, el cual se resistió al principio pero fue llevado totalmente inconsciente fuera de la ciudad. Lo que los secuestradores no sabían era que durante aquel acto contra el bien hubo un testigo; Un solitario mochuelo que voló hacia el castillo. Fuera de los muros de la ciudad, entre los bosques, esperaba un ejército que había aprovechado una noche de bruma para poder acampar y al día siguiente atacar la ciudad. Era un ejército llegado de tierras lejanas que se conformaba por hombres y mujeres malvados, bajo las órdenes de un cruel general que nada mas tomar una ciudad siempre mataba a mucha gente solo por disfrutar.

   -Los tomaremos por sorpresa cuando hayan llegado todos nuestros hombres y no sabrán que les ha golpeado.-Decía el general.-Tú eres el arquitecto de la ciudad.-le dijo a aquel hombre secuestrado.
   -Sí y no te pienso revelar un solo detalle.-Dijo desafiante, lo que e costó una bofetada y un puñetazo.

   Lejos de ahí, entre los muros del castillo, el mochuelo recitaba un secreto a la reina sabia. Esta abrió los ojos y salió de la cama para despertar a las otras dos damas de aquella particular realeza sin reyes. Al momento la guardia de la ciudad se estaba movilizando por orden de las tres reinas, que se encargaban de poner a salvo a toda aquella población de repente arrancada de la cama y asustada por los golpes en la puerta y el aviso de inminente ataque enemigo. Cada perso na y varias de las obras de arte o patrimonio de la ciudad fue llevada al puerto. Ahí varios barcos se preparaban para trasladar a la población, en caso de necesidad, a un área mas segura.

   Mientras la reina mas bella coordinaba acciones de salvaguarda de monumentos y elegía posiciones estratégicas para refugiar a la gente que vivía lejos del puerto y no podrían llegar a tiempo, la reina sabia tenía una pequeña discusión con cuatro generales del mas alto rango.
   -Majestad, con apenas un par de balistas y unos cuantos caballos puedo reducir al grueso de su ejército. Todos los años en el desierto del sur me han servido de mucho.-Dijo el primero de los generales, un hombre de buena familia que tenía la tradición militar en la sangre.
   -Tonterías.-Dijo otro hombre de cabello entrecano, ojos marrones con un atisbo de locura.-Debemos atacar de frente, ser sólidos, estar juntos y darles donde mas les duele.
   -Siempre pensando en destrozar todo lo que tienes por delante, es mejor esperar, ser paiente y ablandarlos con con las máquinas de defensa de los muros.-Dijo un hombrecillo irritante e irritable que poseía esa cualidad autónoma de tener siempre la razón.

   La reina mas fuerte, aquella guerras, encontraba todas las opciones maravillosas aunque estaba mas ocupada pensando que hacer para que no saliera herido aquel hombre que deleitaba a las tres con su visión del mundo.
   -¡SEÑORES!.-Dijo de pronto la reina sabia.- Si no se ponen de acuerdo y proponen opciones tan dispares desde luego que no conseguiremos nada aparte de que hay un hombre nuestro ahí dentro y no vamos a dejarle morir. Gracias a él ustedes tres están aquí.

   Fue entonces que por toda la ciudad se fue haciendo el silencio. Ls tres mujeres se quedaron calladas y escucharon. Gritos. Gritos de un dolor intenso. Gritos que llegaban desde el otro lado de las muradas, desde la dirección exacta de aquel campamento.

   El látigo se estrellaba contra la espalda de ese joven poeta y contador de historias, arquitecto de reinos y mago ocasional. Los gritos salían de su boca como insultos a aquel fragante bosque que ahora había sido ocupado por tan indeseables seres.  Era puñales que taladraban el oído de quien no disfrutara del dolor ajeno. pero el hombre del látigo lo disfrutaba, aquel torturador insaciable de sangre.
   -¡Habla!.-Decía el miserable.-¡Habla antes de que sea tarde, maldita escoria!-Decía el hombre, dándole de latigazos a ese soñador. Entonces sin mas se puso frente por frente y se extrañó.-¿Por que diablos estás sonriendo?.
   Entonces el hombre miró a ese torturador, antes hombre y ahora bestia sin criterio ni casi razón y susurró apenas:
   -Yo que tú me ponía algo de abrigo.-Y sin mas cayó inconsciente.
   -Ha perdido la razón.-Dijo sin mas el torturador, que se contentó con darle un par de puñetazos en el estómago.-Sí, inconsciente. Desatarle y llevarlo a la celda.-Ordenó a unos cuantos ayudantes.

   El general se encontraba mirando un mapa de lo que aproximadamente sabían de la ciudad. Era una obra magnífica con los pocos detalles que conocían. reconocía la genialidad con la que estaba diseñado cada rincón hasta donde sus espías le habían revelado. Todo el estado mayor se encontraba alrededor de aquel hombre infame cuando de pronto entró un soldado.
   -¡General, en las murallas de la ciudad!.-Dijo el mensajero.
El general salió de su tienda y vio que en lo alto de la muralla había tres figuras.
   -¡Ja! vienen a rendirse.-Concluyó el general con una sonrisa triunfal.-Creo que es nuestra conquista mas rápida.

   En lo alto de las murallas las tres reinas miraban hacia el campamento. Sus rostros, desde la distancia a la que se encontraba el general no se podían distinguir pero quien los viera de cerca se plantearía que decir o hacer unas cuantas veces. la reina mas bella ya no tenía en su rostro aquellas dos precisas praderas, a cambio de eso se habían formado dos esferas completamente blancas. El vestido negro que portaba, hasta el momento carente de movimiento, comenzó a agitarse, entonces la reina mas bella tomó un cabello y lo dejó volar con el viento, diciendo una sola palabra.
   -Dolor.-Su voz no era un grito, pero pareció reverberar en los corazones de quienes la lograron escuchar.

De pronto lo que era un cielo despejado se convirtió en un banco de nubes. No tardaron en llegar los relámpagos y las nevadas. En apenas unos pocos segundos todo estaba cubierto de una nieve espesa. Los hombres comenzaron a intentar abrigarse, a buscar una respuesta a aquel evento tan desastroso. El frío era tan intenso que cortaba la piel en un par de segundos de exposición. La dama de cabellos de platino señaló al campamento y los vientos parecieron obedecer y tomar una sola dirección. Era curioso el fenómeno visto desde las propias murallas, porque dentro de la ciudad seguía el mismo cielo despejado, con las estrellas y la luna. las tiendas de campaña comenzaron a volar y los animales tales que caballos o mascotas de los pelotones enemigos comenzaron a correr, huyendo de aquel horror.

   La segunda reina entonces tomó un cabello negro como la noche y lo dejó volar con aquel viento huracanado y susurró una palabra.
   -Locura.-la reina sabía sonrió terriblemente, con ese ácido sarcasmo, esa broma muda que volaba a tanta velocidad hacia las mentes inteligentes.

   De pronto de entre las nubes surgió una bandada de cuervos. Graznaban y cubrieron todo el cielo. Apenas podía verse nada, los fuegos y las velas estaba inservibles por aquel frío, los hombres se tambaleaban mientras buscaban algo que reconocieran. La locura viajó entre ellos, desquiciando las mentes, haciéndoles ver y pensar o creer cosas imposibles. De entre las alas de los cuervos llegaron las pesadillas, que danzaban entre aquellos malvados. Pronto la gran mayoría de aquellos seres inmundos cedieron a la locura. Con un ojo medio abierto y otro cerrado por el moratón que le dejó un puñetazo, el secuestrado vio con sus propios ojos como un hombre del general comenzó a dar vueltas recitando canciones de cuna, otros se pegaban entre ellos, pensándose enemigos acérrimos. Sin embargo pasaba algo curioso. por mucho que se matan entre ellos, por mucho que se cortara, amputaran y atravesaran, la muerte no les sobrevenía. Se veía por todos lados, cada uno de aquellos hombres caminaba con huesos rotos y se retorcía ante los picotazos de los cuervos o el corte del gélido viento, pero no morían. 

   Durante unos cuantos instantes la tercera reina contempló aquel espectáculo. Se escuchaban los gritos desde aquellas distancias. Gritos que suplicaban a todos los dioses que terminara ese tormento. Entonces aquella mujer fuerte, digna de altares y poemas, tomó uno de su cabello y se deshizo con el viento, dejando aquel pequeño hilo volar con el viento.
   Las nubes se deshicieron de pronto cuando la reina mas bella bajó la mano y la mas sabia con un elegante gesto mandó las pesadillas a su reino junto a los cuervos. Cuando el cielo se despejó, sin embargo, no les llegó toda la luz que debiera. 
   -Misericordia.-Dijo entonces la tercera reina, desde los cielos, montada sobre una criatura alada. A su lado, a su alrededor, cientos de jinetes montaban en aquellos seres con cuerpo de león y cabeza de águila. Todos portaban una armadura plateada, a excepción de aquella mujer, que era oscura como la noche y en su casco se adivinaban dos alas a imitación de las de sus compañeros alados.-¡Carga!.-Dijo con decisión y cientos de aquellos hombres y mujeres la siguieron a la batalla. 
   Apenas quedaba nada que pudiera responder a ese ataque entre las filas enemigas. Los enloquecidos heridos cayeron, los hombres sanos apenas pudieron resistir el envite mientras el general daba órdenes desesperado, con heridas profundas en su pecho, por el ataque de uno de sus propios hombres y un corte profundo y quemaduras en la cara. El poeta secuestrado vio aquella gloriosa imagen de los hombres y mujeres del reino al que servía cargando desde los cielos para terminar con la amenaza de la paz. Siguió con la mirada el vuelo de aquella reina guerra, de esa auténtica Valquiria que que no temía a nada ni nadie. 
   
Con el ejército en retirada, aquel humilde servidor de la bondad, la sabiduría y la belleza fue liberado y curado de sus heridas, quedando en deuda con aquellas tres mujeres tan excelsas e inspiradoras para su imaginación, un ejemplo de libertad, fuerza, elegancia y poder. 

domingo, 3 de diciembre de 2017

Padre e Hija

Las calles eran iluminadas por aquellos nuevos ingenios. Bombillas les llamaban. El bombillero recorría las calles colocando aquellas pequeñas esferas de luz en unos soportes con cables. Iba escoltado de dos guardias, que guardaban la valiosa carga de aquellos extraños y recientes aparatos.  Algunas tiendas, las de mayor éxito, se habían podido permitir aquella iluminación. Electricidad lo llamaban y parecía estar destinada a quedarse en aquel nuevo mundo que abría las puertas a nuevos descubrimientos. Los carruajes llevaban a los mas poderosos de aquí para allá. Otros coches mas humildes transportaban a hombres y mujeres apurados hacia sus destinos. Las calles estaban ligeramente húmedas, producto de la llegada del invierno.
Entre los pocos transeúntes caminaban dos figuras de estatura muy diferente. la mas pequeña iba de la mano del mas mayor. El caballero era de porte elegante, distinguido en las maneras y el proceder. Tenia rasgos finos pero marcados y las mejillas ligeramente hundidas, con muchas angulosidades. La dama tendría unos cinco años, iba bien vestida, con una postura recta, enseñada por su padre para mantener sana la columna vertebral y parecía gustar de probar la resistencia de otro nuevo invento revolucionario: las botas para la lluvia.
-¡papi!.-Dijo de pronto la niña.
Aquel hombre miró a su hija adorada.
-¿Sí, hija?.-Dijo con una pequeña y discreta sonrisa, aun había posibles testigos.
-Me gustó mucho la ópera. Me gustaron los señores disfrazados.
-¿De verdad?.-El hombre se maravilló ante aquello.-¿te gustaría volver? ¿no se te hizo aburrido?
-No, me gustó mucho.-la niña rio.-Yo ayer me disfracé en el colegio.-Dijo la niña dando pequeños saltos en los charcos cada vez que pasaban por uno.
-De árbol bailarín.-Dijo su progenitor, saludando a unos conocidos que pasaron por su lado.
-¡Siiiiii, de árbol bailarín!-a niña comenzó hacer la danza del árbol bailarín.
Aquel hombre, fiel a los principios regios de la paternidad, se sintió embargado de la misma felicidad que su hija sentía al interpretar una danza. Apenas podía disimular la sonrisa cuando la veía tan feliz.
-¡Papi mira, brilla!.-Dijo señalando una de esas novedosas esferas de luz.-¿Por que brilla?¿Tiene luciérnagas dentro?
-No, hija. Se llaman bombillas y sirven para darle luz a las calles.
-¿Y porque no hay velas?.-Preguntó la niña, con los ojos de su madre en el rostro.
-Eso es lo que me estoy preguntando desde hace semanas.-Dijo ese hombre pertrechado con sus mejores galas.
-¡Papi, mira!.-Dijo aquel pequeño ángel.-¡Aun queda una tienda de dulces abierta! ¿podemos ir?
El hombre entonces miró su reloj de bolsillo y el cielo, plomizo que amenazaba lluvia. La tienda estaba situada en la esquina entre una de las calles principales y una calle secundaría.
-Está bien, pero no deberíamos retrasarnos, mañana tienes que ir a la escuela y hay que ir a la cama.-El padre tomó a la niña de la mano con toda delicadeza y solamente la soltó cuando ella, producto de la emoción, trató de abrir la puerta, demasiado pesada para ella.
El hombre de porte distinguido abrió la puerta, haciendo sonar una pequeña campanita que avisaba de la llegada de un cliente. Les salió a atender un hombre entrado en años, muy entrado en años realmente, de baja estatura, seguramente a punto de retirarse de aquel negocio si la pálida dama no se adelantaba antes.
-¡Buenas noches a los últimos clientes del día!, por favor no duden en mirar cuanto gusten, tenemos algunos muestras gratuitas de dulces llegaros de algún país muy exótico.
-Buenas noches tenga usted, buen hombre. Mi hija no ha podido resistir la tentación.-Aquel señor se volvió hacia su hija.- Cariño no deshagas ni rompas nada.
-¡Ja! No se preocupe, señor.-El vendedor tomó una bolsa de papel.-Toma encanto, llénala hasta los topes y tráela.-Y volviéndose de nuevo al padre le informó.-Siempre mis primeros y últimos clientes tienen mitad de precio.
-Una magnífica oferta.-Dijo el hombre mientras no perdía de vista a su hija.
-Una pequeña idea que practico como detalle a los clientes desde hace mas de cuarenta y cinco años.
En todo momento el caballero permanecía de espaldas al anciano vendedor, apoyado en el mostrador, con el sombrero de copa levemente bajado.
-Si no es mucha indiscreción, le veo muy bien vestido ¿vienen de algún evento importante?
-De la ópera.-Dijo aquel padre.
-¿De la ópera? Vaya, una niña con inquietudes culturales.-Dijo ese anciano entrañable, realmente querido por todos los niños del barrio.
-Desde luego. Ella me arrastró a mi por si se lo está preguntando.
El anciano rio ante ese pequeño detalle. Era una risa suave acompañada de alguna que otra tos.
De pronto la niña volvió con la bolsa llena de dulces. El padre muy solícito ayudó a la niña a subir la bolsa al mostrador.
-¡Quiero pagar yo!.-Dijo la niña, extendiendo su inocente manita.
El anciano reía de nuevo con mas tosecillas. El hombre recién llegado de la ópera con su hija llevó la mano a la cartera y le dio unas cuantas monedas a su hija, que a su vez las depositó en el mostrador con una sonrisa.
-Muchas gracias señorita, que tenga buena noche caballero y que disfruten de los dulces.-Los despidió el buen hombre, anciano vendedor e ilustre ciudadano.

Padre e hija caminaron hablando alegremente hasta la casa. Era una casa de buena arquitectura, detallada en el exterior y en el interior reinaba la sobriedad y la humildad para ser aquel barrio de tanta riqueza andante y existente. Casi todo el esfuerzo dentro de aquel hogar estaba puesto en la habitación de ella, la razón de la existencia de aquel hombre atormentado por el pasado. En la entrada les esperaba la señora Amy Clement, ama de llaves, limpiadora, esclarecedora de misterios como calcetines desparejados y cocinera a tiempo casi completo. Una mujer que había tenido una vida difícil en los campos de cultivo, donde mucha gente de piel oscura moría día sí y día también a causa del hambre, las heridas y la falta de esperanza.
-Hola Amy.-Dijo la princesa de la casa mostrando su bolsa de dulces.-¿quieres?.
-No señorita, muchas gracias.-Dijo la señora Clement con un tono de voz cargado de sincera ternura y adoración hacia aquel ser de luz.
-Creo que debería acostarme ya.-Dijo la niña, bostezando ostensiblemente.-Buenas noches papi.-
-Buenas noches, princesa.-Dijo aquel hombre, enternecido por el lento caminar de esa criatura.
-Señor.-Dijo la señora Clement.-¿Puedo hablar con usted?.-Estaba sonriendo pero su voz estaba cargada de algo que no era precisamente una promesa de conversación distendida en temas intelectuales.
Lo que siguió fue un recordatorio de lo que significaba la palabra "horario de sueño" y "horario escolar", todo ello acompañado de palabras en el idioma natal de la señora Clement que aquel hombre tenía algo oxidado pero podía extrapolar su significado a través de la expresión de su rostro, el movimiento de sus manos y la respiración acelerada.

Ya entrada la noche, tres sombras se colaron en aquel barrio de gente adinerada. Tres hombres de vida conflictiva y costumbres violentas, afanados en el chollo del secuestro y otros asuntos realmente turbios. Con las ganancias de sus últimos quehaceres se habían podido comprar un carro, totalmente pintado de negro con una capota, que hacía las veces de tapadera para camuflar sus golpes en forma de transporte para transeúntes.
-¿Es esa la casa?.-Peguntó uno de aquellos maleantes.
-Esa es.-Dijo el otro mientras preparaba el gancho y la cuerda.-Recordar, entramos, secuestramos a la niña y dejamos la nota pidiendo un rescate. Es muy rico ese tipo así que no escatimaré en el precio.-Dijo con una sucia sonrisa el secuestrador.
Uno de los hombres se quedó en el puesto de conductor mientras los otros dos lanzaban un gancho hasta el tejado. Con todo ingenio habían recubierto las puntas de aquel gancho con telas para que no hiciera tanto ruido. Sacrificaban el agarre mas efectivo a cambio de un poco mas de sigilo. Tras unos pocos intento aquella cuerda pudo permanecer tensa mientras los hombres escalaban por ella y abrían la ventana que daba a la habitación del único motivo de cordura para aquel señor de fama incierta.
En cuando agarraron a la niña esta hizo lo obvio y se puso a gritar, mas rápidamente le taparon la boca. Sin embargo parecía que alguien se había despertado.
-Rápido, atranca la puerta.-Dijo el que parecía el líder de aquella banda. Su voz era calmada, denotando mucha profesionalidad en aquellos tejemanejes.
Una pequeña silla donde la niña se sentaba para jugar al te con sus amigas de trapo en los momentos de soledad parecía ser suficiente. Se equivocaban.
De pronto la puerta salto hacia adelante, quedando tumbada y atravesando el dintel entraron ochenta kilos de rabia e instinto maternal hecho mujer. La señora Clement portaba dos cuchillos de longitud respetable y vio tan solo como la niña desparecía por la ventana. En la habitación quedaban ella y el otro secuestrador. Este sacó un cuchillo.
-Créeme, soy lo mejor que te ha pasado esta noche, cariño.- Y con toda determinación casi homicida la señora Clement se abalanzó contra ese hombre, que probablemente no saldría de ahí. No al menos con todos los dedos o las dos orejas.
Mientras esto sucedía, el secuestrador que tenía aquel sueño hecho niña había llevado a la secuestrada al carro y dio dos golpes indicando que se movieran. La niña aun estaba siendo sostenida por aquel hombre, pataleando pero apenas le quedaban ya fuerzas. Sus lágrimas caían amargamente, quería que papi viniera y la abrazara, tenía miedo al no entender que sucedía. El hombre dio dos golpes en el techo para indicar al conductor que se moviera, que tenían que arrancar. No sucedió nada. De nuevo otros dos golpes. Nada. El líder del grupo asomó la cabeza. Su compañero conductor y los caballos parecían paralizados.
La luna incidió sobre una figura en medio de la carretera. Parecía un hombre. Apenas había unos pocos metros de distancia entre él y los caballos que tiraban del carro donde el principal motivo de aquel ser para existir y dejar a la humanidad existir estaba llorando de miedo. la figura avanzó casi como si flotara, sin dejar de mirar a esa comitiva de malhechores. De pronto, como por arte de magia, a un sencillo gesto de la mano, los dos caballos cayeron al suelo, como adormecidos. El demonio poseía unos ojos penetrantes como el golpe de un látigo bien usado por un hombre lleno de crueldad. El conductor se agarró el pecho, donde estaba una cruz regalo de su hermanastra y comenzó a santiguarse. El líder se metió de nuevo dentro del carruaje y cerró las ventanas. La niña apenas tenía ya fuerzas para llorar pero estas se renovaron cuando papi abrió la puerta a pesar de que esta estaba atrancada por dentro.
-¡PAPIIIIIIIIIIIII!.-Lloraba la niña desconsolada, saltando a los brazos de su amado padre y rescatador.-¡Tengo miedo! ¡tengo mucho miedo!.
-Tranquila mi amor, tranquila, papi está aquí, papi no se va a marchar.-Su rostro era el reflejo de un hombre preocupado, de un padre que quería a la luz de sus ojos, abrazó a su hija.-¿Estás bien, tienes alguna herida?.-Dijo, examinando a su hija.
-¡No, pero tengo miedo!-Volvió a llorar la niña.
Apareció entonces la señora Clement. Antes de que pudiera hacer nada, el hombre puso en brazos de la valiente ama de llaves al motivo de su cordura.
-Señora Clemen, por favor, lleve a mi hija a su habitación y dele un poco de chocolate caliente. El chocolate aleja la tristeza.-Dijo con todo encanto y ternura.-Tranquila, mi dulce verso hecho princesa, volveré en seguida.
Mientras el último "tuve mucho miedo" seguido de un "tranquila, cariño, papá va hablar con ese señor malo para que no haga mas cosas malas" se perdía por la puerta de la casa, un hombre de distinguida estampa entraba en el carro y se sentaba frente al líder de aquella banda. Por extraño que parezca, durante toda la breve conversación entre padre, hija y cocinera experta, aquel hombre había sido atenazado por una fuerza que lo había paralizado completamente. La pequeña puerta del carro se cerró.
-Ella es mi vida.-Dijo aquel hombre que hacía unas pocas horas compartía una bella velada de ópera con su hija.-Su madre partió a los brazos de Dios hace dos años. A pesar de que mi sospecha es que el Señor me la arrebató, siempre le dije a mi pequeña que Él la había reclamado porque el mundo no merecía tanta belleza y bondad. Y cada día, dentro de mi negro corazón de piedra, vivo con un miedo sincero a que me arrebaten a mi pequeña.
La luna fue ocultada por unas pocas nubes y se hizo la oscuridad, salvando aquellos revolucionarios artefactos, las bombillas, que pronto comenzaron a titilar y apagarse una a una. Y de pronto la oscuridad, con la salvedad de dos luces rojizas que brillaban en el interior de un carro. Un escalofrío recorrió al espalda del secuestrador.
-Ella es muy inteligente, y no soy el mejor padre del mundo. La señora Clement, nuestra encantadora ama de llaves, me expuso de forma muy vehemente mi error de llevar a mi hija a sesiones de ópera en semana de escuela. No soy perfecto. Y he tenido muy mala suerte en la vida. Pero tú.-Su voz era una cuchilla de acero en el corazón de ese pobre desgraciado. Esas dos brasas infernales parecieron recobrar mas intensidad-Tú trataste de arrebatarme el único remanso de paz que encuentro en toda esta podrida humanidad.
De pronto el carro comenzó a temblar, se escucharon gritos apagados y finalmente, el silencio. La puerta se abrió y aquel padre responsable de vida ocupada se subió y se sentó junto al conductor.
-¿Trabajáis solos o tenéis un jefe por encima de ese patán que os comandaba?.-Dijo con seriedad.
-Trabajábamos solos.-El miedo atenazaba cada músculo de aquel pobre diablo.
-Mas te vale que sea verdad, aunque supongo que con toda la experiencia de tu jefe debía de disponer de un contable, que ahora mismo podría estar emborrachándose en la taberna de turno. -El hombre de elegante porte miró atentamente a su interrogado y vio esa señal de verdad descubierta".-Lo sabía. Dile que lo que hay dentro del carro es el destino de cada uno de ellos como osen siquiera tener la idea de tocarle un pelo a mi hija.
Y de pronto los caballos despertaron y aquel hombre los espoleo, ya solo en su puesto, corriendo calle abajo como alma que no se llevó, al menos ese día, el diablo.

La pequeña princesa de la casa estaba acompañada de la señora Clement. Estaba mucho mas tranquila e incluso se había animad hablar de los señores disfrazados de la ópera. El ama de llaves sonreía y se interesaba por todo lo que la niña le decía. En verdad tenía el aura de un ángel. Cada sorbo de chocolate le devolvía un poco el color a sus mejillas. A los pocos minutos aquel caballero nocturno entrada por la puerta y abrazaba a su hija, sentándose a la mesa. Los ojos rojos de papá estaban cargados de absoluto amor.
-Amo, es hora de irse a la cama.-Dijo aquel padre después de un rato.
-¿Puedo dormir hoy contigo?.-Preguntó la niña, con esos grandes ojos calco de los de su madre.
-Por supuesto que puedes.-Dijo la figura paterna de la casa.
Y padre e hija se metieron en la cama de él, grande y espaciosa, mas vacía que nunca desde hacía tres años desde que la tisis le había arrebatado a uno de los dos únicos motivos de felicidad en toda su larga vida.
-Papá.-Dijo la niña, ya quedándose algo adormilada por el chocolate.-¿Por que no te late el corazón?
Aquel envolvió a su hija, al motivo de su cordura entre sus brazos.
-Porque hace mucho tiempo le di la mitad de mi corazón a tu madre, que se lo llevó a los cielos y la otra mitad te la di a ti, por eso tu corazón sí que late.-ese caballero a la princesa mas bella de todo el reino.
A las pocas semanas aquel momento había pasado a ser un recuerdo nublado en la memoria de esa pequeña princesa de la casa. Una mañana ella se levantó para desayunar con la insistencia de la señora Clement. La cocinera de la casa siempre tenía algunas ideas originales para amenizar el desayuno, y dado que su jefe le daba carta blanca en el uso de ingredientes ella tenía plena disposición de darle sorpresivos y nutritivos desayunos a la mas pequeña. La pequeña tenía entre sus brazos una muñeca de trapo recién comprada por su padre como regalo de cumpleaños. Era una muñeca muy bonita, procedente de uno de los mejores jugueteros de la ciudad. Aquel caballero fue testigo de como la muñeca y la niña tenían un flechazo de amor y absoluta afinidad. Solo por eso al juguetero le llegó de forma anónima un sobre con el doble del precio y en billetes recién salidos de la imprenta.
-¡Papi!.-Dijo de pronto la niña. Se le había ocurrido una magnífica idea.-¿Puedo llevar a Felicia para que juegue con mis amigas? Les hablé de ella el otro día y la quieren conocer.
-Por supuesto mi niña.-Dijo con una pequeña y complaciente sonrisa aquel hombre muy querido por sus vecinos y respetado por superiores y subalternos.
-¡Gracias papi!.-Y se agarró a la mano de la señora Clement que la acompañó hacia la escuela.
Un reconocido ministro había ideado un sistema de transporte para los colegios que permitía una red de diligencias, carros y carruajes para transportar a los niños desde sus casas hasta el colegio de forma segura. El vehículo tirado por caballos tenía dos pisos, nada mas y nada menos. La señorita que atendía a los niños y los recogía siempre se mostraba sonriente.
-Oh ¿muñeca nueva?.-Dijo aquela amable mujer amante de los niños mientras entre ella y la señora Clement ayudaban a la pequeña a subir.
-¡Sí! ¿verdad que es bonita? Se llama Felicia.
-Encantada Felicia.-Dijo la señorita del carromato Mientras este se ponía en movimiento.
-Señor, su hija ya está de camino al colegio, que tenga un buen día en el trabajo.-Dijo la señora Clement a su jefe.
-Muchas gracias por sus buenos deseos, señora Clement pero hay un inconveniente.-Y entonces le mostró su agenda del día.-Hoy tengo el día libre. No hay clientes que recibir ni encargos ni nada.-El hombre se quedó pensando que hacer.-Creo que terminaré esa maqueta de aquel castillo tan famoso.
-Me parece una idea magnífica, señor.-Dijo el ama de llaves mientras recogía el cesto de la ropa sucia.-Iré a lavar y tender la ropa.

Pocas horas después, estando centrado en construir y terminar una torre de homenaje, ese hombre de negocios con el día libre de pronto sintió al advenimiento de uno de esos momentos. Entonces vio una imagen terrible pasando como un relámpago por delante de sus ojos. Su niña lloraba, con Felicia en sus brazos. A la muñeca le faltaba un brazo y una sombra con risa burlona se alejaba. Apenas fue unos segundos pero cuando volvió en si la torre de homenaje estaba destrozada entre sus dedos.
-¡Señora Clement!.-Llamó a través de la ventana.-¡Es urgente!
-¡Enseguida señor!.-Se despidió de otra ama de llaves, empleada de sus vecinos, poderosos banqueros y corrió escaleras arriba.
Cuando llegó se encontró a su señor sentado en el sofá, con los ojos perdidos, mirando lo que quedaba de la maqueta destrozada. Pocas veces su señor era tan poco cuidadoso con la construcción de sus maquetas, uno de las pocas aficiones capaz de abstraerlo lo suficiente.
-Señora Clement, hoy saldré yo a recibir a mi hija. Quiero que usted prepare un chocolate caliente para mi niña.
Momentos después el hombre estaba en la entrada de la casa, con el rostro tenso. Dos calles antes llegaron los sollozos de su hija. Le partía el alma verla llorar. Iba murmurando un nombre masculino y otro femenino. El femenino era "Felicia", el nombre de su bella muñeca.
La niña se bajó llorando.
-Tuvo una pelea con un niño y su muñeca Felicia se rompió. Mire el brazo de la pobre, está colgando de un hilo.-Explicó la cuidadora mientras ponía a la niña en brazos de aquel hombre de rasgos tan perfectos.
-Papi.-Lloraba la niña.-La ha roto ese tonto niño la ha roto.
-Mi princesa.-Susurró el padre a su hija.-¿te ha hecho algo a ti?
-No...-Dijo la niña sorbiéndose los mocos con el pañuelo que papá le ofrecía.-Un niño nuevo que quería quitarme a Felicia. Me la quiso quitar y le pegué y me la quitó y la rompiço.-las lágrimas afloraban de nuevo.
El hombre miró a la preocupada cuidadora.
-Yo me encargo a partir de este punto, señorita. Muchas gracias.-Y hasta se permitió una sonrisa sutil, de medio lado.
Una vez dentro la señora Clement le ofreció un chocolate reciñen hecho. Ambos adultos se sentaron a cada lado y esperaron pacientemente mientras Felicia reposaba en una estantería en la entrada, junto a los documentos y papeles del trabajo de papá.
-¿Se puede curar?.-preguntó finalmente la niña.
El padre miró a la mujer adulta de la casa.
-¿Señora Clement?.-Preguntó el hombre, visiblemente preocupado y triste por la tristeza de su hija.
-Preferiría dejarlo en manos de un profesional.-Dijo, con toda sinceridad, la sabía de los tres.
-Que así sea.-La sombra, el demonio, el asesino despiadado envolvió en sus brazos a su hija y la abrazó suavemente comenzando a tararearle una suave canción de la tierra natal de aquel hombre.
Mientras lo hacía subió a la niña y la dejó dormida en compañía de uno de sus peluches favoritos. Bajó a la entrada de la casa donde la Señora Clement tomaba a la muñeca.
-Parece que está muy rota. Si tira un poco mas se había desgarrado del todo.
-Podría encontrar a los padres de ese pequeño miserable y hacerles la vida imposible durante generaciones enteras.-Dijo el hombre, con los ojos encendidos en maldad.
-Pero no lo hará porque a mi no me da la gana y porque su hija no dejaría de ser desdichada de esa forma.-Dijo la señora Clement.-Y en el fondo usted lo sabe.
El hombre no tuvo mas remedio que bajar la cabeza aceptando aquella verdad.
-Tengo una idea.-Dijo la señora de pronto.-Deme papel y pluma. Enviaré un mensaje a un amigo.

Felicia fue depositada en una pequeña cama al lado de la cama de la princesa de la casa. Esa dulce y bella niña la atendía en lo posible. Aquel demonio en la tierra la miraba todos los días y participaba en las terapias de rehabilitación, las cuales apenas avanzaban.
Sonó el timbre y el buen hombre recibió en su casa a un hombre espigado y de rostro pedante. Por instinto el anfitrión se colocó a la misma altura y adoptó el mismo rostro que el invitado.
-¿En que le puedo ayudar, señor?.-Preguntó el anfitrión.
-Soy el doctor, creo que tengo que atender en esta casa a una muñeca.
Siguieron unas muy formales presentaciones, la felicidad de la señora Clement al ver a su amigo de la infancia y un afectuoso abrazo. El docto fue formalmente presentado a la niña, que abrió los ojos como platos.
-¿Es usted médico de muñecas?.-preguntó, y miró a su padre.
-Y mecánicos de trenes de juguete, y general de soldaditos de plomo, un largo etcétera, señorita ¿donde está mi paciente?
-Aquí.-Dijo la niña toda triste señalando a la muñeca, tendido en la cama y rodeada de otras amigas de trapo que venían siempre a desearle algún bien.
El doctor examinó a su paciente durante unos cuantos minutos.
-Es grave pero puedo hacer algo. Intentaré que sea lo mas rápido posible y no quiero interrupción de ningún tipo.
Padre, hija y ama de llaves salieron mientras las amigas de Felicia se retiraban una a una con ayuda de la niña. La niña se sentó en las rodillas de su progenitor mientras balanceaba las piernas y miraba la puerta de su propia habitación.
-Mi pequeña.-Dijo ese hombre capaz de cualquier cosa por ese pequeño ángel.-¿Ese niño te hizo algo malo aparte de romper a Felicia?
La niña negó con la cabeza. El padre la abrazó mientras esperaban pacientemente a que el doctor de juguetes hiciera su trabajo lo mejor posible. Le asombraba hasta que punto ese niño y él se parecían, capaces de hacer el mal por el mal. Sus recuerdos volaron hasta los momentos en los que él había sido una miserable bestia insaciable.
Mientras tanto, el médico de juguetes estaba encendiendo incienso y recitaba un cántico en palabras antiguas. Convocaba a los espíritus y les hablaba sobre sus deseos de recuperar a esa muñeca de su maltrecho brazo.  Los espíritus le escucharon y acudieron en su ayuda, bailando y cantando con él.
Al otro lado de la puerta, el padre lo escuchaba todo mientras acunaba a su hija. Seguidamente miró a su ama de llaves.
-Señora Clement, no quiero prejuzgar a su amigo pero solamente una vez escuché cosas similares y fue en un ritual de magia negra..-Sus ojos estaban comenzando a incendiarse.
-No no no, no hay de qué preocuparse, jefe, él tiene su método de trabajo. Si se da cuenta no se irradia nada negativo.-Dijo la señora Clement.
Era verdad. Aquel hombre era capaz de identificar a aquellos que se asemejaban y a los que eran contrarios a él. Y esto era algo muy contrario a su naturaleza, contra la que luchaba desde hacía décadas para poder salvaguardar a sus seres queridos. Bueno, mas bien a su ser querido.
Aparentemente la niña no había escuchado ni visto nada, pues trataba de concentrarse en algo que no fuera el dolor de la que se había convertido en su muñeca favorita.
-Antes de que hicieran daño a Felicia estuvimos aprendiendo un baile para la obra de teatro, papi.-Dijo de pronto aquella pequeña bendición de ojos color miel.
-Oh, eso es maravilloso, cariño.-Dijo la señora Clement.-¿Nos lo muestras?
La niña saltó de las piernas de su padre y se puso a bailar. Es probablemente lo que mas le gustaba hacer a su pequeña, bailar. Cada vez que bailaba parecía olvidarse hasta del mas mínimo de sus problemas. Y alegraba el alma verla bailar. De pronto la puerta se abrió.
Apareció aquel hombre de piel oscura con el rostro perlado de sudor, entre una nube de incienso. Ahí dentro pareciera que hubiera estallado una batalla. El hombre finalmente sonrió cuando en su baile, la niña iba hacer el vuelo del colibrí que pasa cerca del río.
-La operación ha sido todo un éxito.-Dijo el doctor y dejó pasar a la niña que abrazó a su recién curada amiga de trapo.
-¡Muchas gracias!-Dijo la niña, abrazando muy fuerte a Felicia.
El padre de aquella criatura miró a su pequeño ángel feliz y llevó la mano al bolsillo para pagar a ese hombre.
-Oh no no, esto es un servicio gratuito, parte de mi hobbie.-Dijo, negándose a aceptar el dinero.
-Pero de alguna manera le tengo que pagar, caballero.-Dijo el hombre.
-Ya me invitarán a algo algún día.-Dijo ese señor y con una inclinación de cabeza se retiró tranquilamente.
Aquella casa volvía a ser, a pesar de su anfitrión de pasado oscuro, un remanso de paz. Sin embargo, por precaución, Felicia se quedó en casa durante unas cuantas semanas. Aquel niño parecía gustar de hacer la vida imposible a las señoritas de la escuela y sus amigas de trapo.

Pasaron unas cuantas semanas mas. Llegó el invierno. La nieve caía por todas partes y lo inundaba todo de blanco. Los muñecos de nieve empezaban a aflorar en aquel barrio pudiente y en los barrios pobres también. Era algo universal, al alcance de cualquier mano, ya estuviera enfundada en guante de piel o desnuda. Los niños se divertían. Algunas amigas de la hija fueron invitadas a esa bella casa para tomar algo y de paso jugar en la nieve del patio trasero, que era realmente amplio. Desde su despacho, aquel hombre de ojos rojizos terminaba parte de su trabajo, con documentos históricos y legales de por medio. Dejó salir un suspiro. Podría hacer eso todos los días, era algo que le gustaba pero realmente tedioso. Miró al otro lado de su despacho donde estaba la maqueta a medio construir de un barco pirata muy famoso en ciertas latitudes tropicales. Por un momento sintió la tentación apoderarse de él. Pero no, debía de terminar aquello. El hombre de la casa había puesto a la señora Clement como improvisada vigilante de las actividades lúdicas de su hija y sus amigas. Igualmente tenía un oído puesto en el patio, con la ventana levemente entreabierta aprovechando que la nieve se había detenido y entraba una brisa invernal que le recordaba a su antiguo hogar.
De vez en cuando escuchaba a la señora Clement riendo, hablando o entreteniéndose con la niñas. Ella era una de las pocas mujeres que podían ponerle en su sitio cuando sus instintos se disparaban o cometía alguna falta de tipo paterno-filial. Ser padre era duro, incluso en una situación de riqueza como aquella. Aquel hombre se dedicaba a escribir a máquina unas copias para cierto ministro cuando de pronto escuchó otra voz femenina, la intervención de la señora Clement y unos pasos hacia la casa. Los dedos dejaron de escribir para quedarse totalmente quietos con una "N" a medio avanzar hasta el papel.
-Señor, tenemos visita.-Dijo la señora Clement cuando entró por la puerta.
Los ojos del señor de la casa miraron la agenda con rapidez. No tenía visitas programadas para esa hora. Entrecerró los ojos, con sospecha, se levantó y bajó las escaleras precedida del ama de llaves. En el salón de invitado se encontraba su pequeña, con un chocolate caliente en las manos y una mujer madura, de unos cuarenta y tantos, con nariz fina, ojos ambarinos y aun conservando un cierto atractivo de épocas pasadas. El hombre miró a su hija, que le sonrió con un bigote de chocolate, señal inequívoca de que no era nada malo.
-Usted debe de ser el padre de esta señorita.-Dijo aquella mujer. Acento de tierras del este.
-Soy yo, sí... ¿en que puedo ayudarla?.-Preguntó el hombre sentándose frente por frente.
-Soy la maestra de teatro y coreógrafa de la escuela de su hija.-Dijo aquella mujer de mirada penetrante.
-Es la que me enseña las danzas papi, como la del árbol feliz y las ardillas sonrientes.
-Oh.-Dijo el buen hombre. No sabía que mas decir.-Hija, ven un momento con papi.-Dojo con una cálida sonrisa. La niña obedeció y tomando las manos de su hija preguntó.-¿te ffias de esta mujer?
-Sí, es bastante seria y pone esa cara que pones cuando algo no te gusta.-Dijo la niña soltando una pequeña risita.
-¿Cual cara?.-Dijo todo serio, alzando levemente una ceja.
-Justo esa.-Dijo e nuevo con otra risita.-A mi me cae bien aunque el resto de niñas le tienen un poco de miedo.
-Mmmmmmmm comprendo.-Invitó a su hija a sentarse de nuevo. y él hizo lo propio mirando de nuevo a aquella mujer.-Creo que viene a proponerme algo.
-Pues sí.-Dijo la mujer, sentándose algo mas derecha.-Quiero que su hija haga una prueba para el ballet nacional.
El hombre miró durante un rato que pareció eterno a aquella mujer, que no había dudado ni vacilado un solo instante en su proposición. A continuación miró a su hija, a su niña, su pequeña. Aquellas palabras de la mujer encendieron su rostro como pocas veces había hecho él.
-Hija.-Dijo la pesadilla de muchos hombres poderosos.-¿quieres hacer esa prueba?
-¡SIIIIIIIIIIIIIIIIII!-Y se puso a saltar de felicidad.
El padre hizo un gesto con la mano hacia la señora
-Adelante pues.-Dijo el caballero.

Pasaron las semanas, y los meses y los años. Durante todo ese tiempo aquel hombre vio crecer a su ángel. Cada día se ponía mas guapa y mas alta. Su cuerpo parecía tener un plan perfectamente estructurado de crecimiento. Aquel hombre se sentía feliz de ver que su niña cumplía su sueño. Vio con dolor como sus pies eran destrozados por las pruebas, los ensayos, vio las lágrimas de aquella princesa de cuento hecha mujer. Secó sus lágrimas y haciendo un esfuerzo titánico limpió sus heridas. Las carnicerías de toda la ciudad recibían a la señora Clement como si fuera la reina del país entero ante las cantidades de dinero que dejaba por riñones y sangre. A veces ese hombre miraba a su niña ensayando, invitada por ella. Le hablaba de las compañeras, de los compañeros, de sus profesores. Un día repitió mas de tres veces en la semana el nombre de un chico. Cuando un día vio el rubor en las mejillas de su niño tras hablar con ese chico se dio cuenta: el primer amor. La señora Clement era una bendición, mas que nunca, cuando atendía los pies de su hija en su lugar porque él tenía que recibir a banqueros, ministros, diplomáticos y demás gente importante. Renegó del club de caballeros ante lo inesperadamente mal visto que era que un hombre se encargara el solo de su hija. "Tienes una criada para algo" le habían dicho.
Trece años pasaron, llenos del primer desamor, restaurantes caros y baratos, épocas buenas y malas, una oleada de asesinatos en la ciudad. Épocas de terror. Su princesa crecía sin ser ajena a todo aquello, su cabeza se llenó de ideas de libertad. Las exponía constantemente en la mesa. Llegó entonces el gran día.

El público entraba por la puerta de forma ordenada. Entre esas personas un hombre distinguido y a su lado una mujer entrada en carnes con la piel negra. La gente los miraba con extrañeza pero era orden absoluta e indiscutible que los dos estuvieran presentes. El gran teatro hacía sido estrenado hacía un par de años y aquel hombre de porte y elegante vestir había sido parte fundamental en los acuerdos de construcción y la elaboración de los planos.
Su rostro era una máscara blanca de impasibilidad pero adquiría los tintes de la cordialidad en persona cuando un amigo o un compañero de trabajo se le acercaba. La mujer se color se sentía algo intimidada por todo ese despliegue de poder.
-Está claro que nunca he estado en un teatro, esto es precioso.-Dijo la señora Clement. Iba muy guapa acorde a la ocasión.-Señor, iré buscando los asientos.
-Adelante señora Clement.
Aquel hombre estaba realmente nervioso a pesar de disimularlo muy bien. pasaron los minutos y los invitados fueron llamados a sentarse. Sus Majestades presenciarían aquel espectáculo en el palco real. Cuando todos estuvieron en sus asientos, los reyes entraron con toda la gala y elegancia. Los espectadores se pusieron en pie y miraron en dirección al palco. Los reyes saludaron, el público saludó, los reyes se sentaron y el público se sentó. La señora Clement se sentó a la izquierda de su jefe. A la derecha un asiento vacío. Se levantó el telón. Comenzó el espectáculo.

Una obra que nunca pasaría de moda comenzó su desarrollo con aquella icónica melodía inicial. El padre miraba como su niña interpretaba, como sentía la música y se convertía en ella. Entraban mas bailarinas y bailarines, entre ellos el tres veces nombrado, el único que había conocido a aquel hombre en una faceta poco amigable y había sobrevivido. El padre de aquella princesa de la casa miró a sus majestades y luego a los palcos superiores. había todo tipo de rostros: alegres, emocionados, aburridos. Miró sus ojos. A pesar de la distancia podía ver varios pares de ojos incendiados como los suyos. Sus intenciones eran desconocidas pero se portaban acorde a lo establecido en la sociedad y esa noche nadie molestaría a su niña en su gran día. Volvió a mirar al escenario, disfrutando de ver a su niña y aquella danza. De árbol feliz a elegante cisne.
-Estoy muy orgulloso de nuestra hija.-Dijo entonces el padre muy bajito.
Un brazo blanco rodeó su brazo derecho y una cabeza se apoyó sobre su hombro.
-Y yo estoy muy orgullosa de ambos, mi amor.-Aquella voz era terciopelo, hecha para cantar. Su aroma era el mismo.-Lo has hecho muy bien en mi ausencia.-Unos labios se posaron en su mejilla.
-Te echo tanto de menos, Petra-Musitó en apenas un susurró.
-Y yo a vosotros, cariño.-Una fantasmagórica mano se deslizó por su rostro.-Él me ha permitido estar hoy aquí como gesto de solemne respeto.

Y juntos, miraron como esa niña, la niña de sus ojos, con los ojos de su madre, cumplía su sueño y nacía como leyenda del ballet ante el mundo.