La diosa se despertó. Era una divinidad oscura, retorcida, deseosa de ser complacida. Ese día se levantó con ganas de que todo fuera nuevo para ella. Su cuerpo estaba tendido en la cama mientras su mente viajaba a mil rincones perdidos e inhabitados a donde solo los sueños podían llegar. Su mas fiel acompañante enroscaba ese cuerpo de mujer exquisitamente elaborado para el pecado de la carne, moviéndose sutilmente pero de forma constante. En la habitación apenas existía mas decoración que la cama y un espejo de cuerpo entero, bruñido hasta que pudiera reflejar de de la forma mas detallada posible aquel entorno tan pobre de mobiliario mas rico en poder y belleza.
Unos pocos hombres y mujeres estaban ahí para atender sus demandas. Habían sido elegidos entre los mas bellos seres con capacidad de vivir y morir, y habían postrado sus cuerpos, mentes y voluntad a esa mujer hecha en otro mundo.
Quien sí poseía el placer y el privilegio de tocar por obra y gracia el cuerpo de la diosa era un ser diabólico, casi caprichoso, lleno de un veneno letal, que con su oscuro y fino cuerpo estaba advirtiendo a todos aquellos que deseaban a la mujer que no se acercaran mientras ella descansaba o él estuviera cerca. Esa actitud posesiva complacía a la diosa, que muchas veces terminaba cediendo a los deseos de la serpiente ¿o eran sus deseos en todo momento? quien sabe.
La diosa oscura, complacida por la fiel compañía de su consejero, amigo, amante y potencial asesino, ya despierta del todo, posó los pies sobre el suelo y caminó hacia el espejo tras desasirse de aquel oscuro y elegante reptil, mirando su propia desnudez en el espejo. Todos se habían postrado al paso de la exquisita obra del mal, que admiraba su propia belleza con vanidad, ambición, ego, deseo y una completa seguridad en que ella no tenía rival. Sin duda había sido engendrada para tener las miradas de todos puestas en ella, ser tomada como ejemplo, como guía de sus maldades y de su destino.
—Querido.-Dijo entonces, con una pequeña sonrisa.—No remolonees. A mi cuerpo le falta tus escamas.
La serpiente salió de la cama, oliendo el aire con su lengua bífida. En la habitación se respiraba un aroma a deseo y placer nocturno. Muchos eran los que podían yacer con esa mujer por capricho de esta, aun entre torbellinos de recelo y muertes prematuras por causa de su amada serpiente. Avanzó, provocando los estremecimientos de las pieles ajenas cuando pasaba cerca de estas, rozando su cuerpo con el de las mujeres y asustando a los hombres con inesperados bufidos de irritación. La criatura ascendió por una de sus torneadas piernas, dando varias vueltas hasta que pasó con deliberada y deseable lentitud con un roce continuo sobre su feminidad. Se deslizó hasta que su cabeza sobrepasó el exquisito canal que formaban sus senos y apoyó la cabeza sobre su hombro, cerca del oído, con los colmillos siempre cargados de veneno y las intenciones cargadas de desesperada y oscura intención.
—Me pregunto que podría ponerme.—Dijo la mujer, con una pequeña sonrisa de exquisita placidez.
—Oh, vamos, querida.—Dijo la serpiente. Su voz era baja, como si no quisiera que nadie mas salvo ella la escuchaba e innegablemente oscura.—Aun no ha llegado ningún dios que hile prendas de vestir para deidades como tú.-El cuerpo de la serpiente apretó mas su cuerpo contra el de la mujer.-Sabes que nadie puede decirte lo que debes y no debes hacer.
La mujer se contempló a si misma, con la serpiente enroscada alrededor de su cuerpo, sin impedirle los movimientos. Para ser un animal tan largo, no notaba el peso y se podía mover con la libertad necesaria para que, al agitar sus caderas, todos la miraran con una devoción rayana en la locura. La mujer, si es que realmente podía referirse a una criatura tan bella y oscura con ese apelativo, no parecía muy convencida.
—Eres exquisita y perfecta. Y eso lo sabemos ambos, querida.—Dijo la serpiente.
—Puedo tener lo que yo quiera.—Dijo la mujer. No era una pregunta, era una clara afirmación.
—Todo lo que tu quieras.—En cada palabra había veneno, pero la diosa oscura sabía que aquel veneno para ella era lo que le daba vida.
La mujer miró a una de las siervas. Era una criatura de aspecto encantador, con un cuerpo fino y lleno de gracia. Sus ojos azules estaban iluminados por la entera devoción de servir a quien había posado los ojos en ella. La serpiente miró a la pequeña muñeca y emitió lo que parecía una pequeña risa.
—Mírala, querida.—Dijo la serpiente.—Parece que esté a punto de desmayarse al contemplarte.
—¿Por que nunca te miran a ti?.—Preguntó la diosa, deslizando suavemente los dedos por el cuerpo del ofidio.
—Porque yo solamente soy una extensión de tí, querida, soy la voz que te dice que tu cuerpo, tu mente y tu alma deberían estar al mas alto nivel a los ojos de la simple raza humana.
—Tú también eres exquisitamente bello.—Dijo la criatura de ojos grises que era su amante ocasional.
—Ambos sabemos que tú eres mas bella que yo.
—Puede ser. Sí, seguramente sea así.
La diosa avanzó hacia la joven y bella mujer. Le hizo un gesto para que se pudiera en pie y tomando su mano la llevó a la cama, donde la acostó y, acariciándose ambas mutuamente, comenzaron a demandar devoción la una y a expresarla con viveza la otra.
Los testigos de aquel espectáculo no podían contener apenas sus deseos de unirse, pero aquella gran serpiente negra estaba alrededor de sus cuerpos, protegiendo y al mismo tiempo participando de cada uno de los sutiles y placenteros besos, caricia o mordisco que se prodigaban las mujeres. La humedad y el sudor comenzó a reinar y poco a poco todo fue deviniendo en sonidos mucho mas pasionales que culminaron con un éxtasis imposible de negar aunque la razón quisiera imponerse.
El corazón de la joven no pudo con tanto placer. La diosa le dedicó un último beso en aquellos labios que poco a poco se enfriaban y salió fuera de aquella habitación. El palacio era una oda al poder, a la oscuridad, a la sangre y al deseo mas carnal. Por todas partes se apreciaban estatuas y tapices que representaban alternamente escenas sangrientas o bien lúbricas en demasía. La oscuridad que rodeaba a aquella mujer sometía a su paso a casi todas las criaturas vivientes, a las que de vez en cuando regalaba una mirada o una sonrisa.
—Observa, diosa exquisita. Mira sus ojos devorándote, esperando la fortuna de ser los siguientes a los que consumas lentamente o con totalmente falta de compasión. Eres libre de hacer con sus cuerpos y sus mentes lo que quieras.—El dulce veneno de sus palabras hizo a la diosa tomar un joven que parecía en éxtasis.—Parece que esté viendo un bello rostro, lleno de luzy bondad.
—Solo quiero que vea mi rostro cuando deje de respirar.—Y se fundió con el joven en un beso mortal que corroía lo poco de cordura que le quedaba. La vida no escapó del todo de aquel cuerpo pero una locura suave y dulce pareció apoderarse de sus instintos.
Salieron a los campos. La insolencia parecía algo desterrado de aquellas tierras, pero sin embargo se había apoderado una atmósfera general de tensión, de una respiración contenida. La mujer de oscuras y lujuriosas intenciones acariciaba suavemente la cabeza de la serpiente.
—Me adoran.—Dijo la mujer mientras miraba a todos los presentes, que paraban de hacer sus actividades para adorarla con los ojos a ella y a su exquisita y suprema desnudez.
La serpiente se permitió algo similar a una sonrisa.
—Lo hacen ¿te satisface?—Dijo el ofidio mientras se dejaba acariciar, sin permitir en momento alguno que la diosa dejara de amarse y considerarse perfecta.
—¿Por que esta egolatría?—Preguntó la mujer, sentándose debajo de un árbol, con un anillo de hombres y mujeres postrados ante ella.
—¿Y por que no?.—Preguntó la serpiente, comenzando a recorrer el cuerpo de la mujer para presumir de sus privilegios ante los demás simples humanos, de bellas facciones pero humanos a fin de cuentas.
La diosa sonrió.
—Buen punto.— Y sin mas, pidió a la serpiente una última cosa.—Hazme tuya.
La serpiente emitió un siseo prolongado, comenzó a moverse de forma extraña, transformándose en lo que parecía un ser humano mas. Sin embargo, este, al besar los labios de su amante, no se quedó loco ni murió, sino que le hizo saber que incluso en un mundo de devoción a una oscuridad deidad, las tornas podían
jueves, 25 de abril de 2019
lunes, 24 de diciembre de 2018
El relato inacabado.
El palacio de aquel famoso lord se encontraba atestado de
gente. Era un hombre que había servido a su majestad, el rey y que quería
mostrar un poco de su poderío desde la buena voluntad y la diversión. Había
acudido lo mejor de los mejor de la sociedad, desde los mas distinguidos nobles
hasta genios de la ciencia o valientes y condecorados militares. Unos se hacían
acompañar de sus sirvientes, otros depositaban su confianza y el ser
complacidos en sus deseos por los sirvientes de aquel lord. Había dado instrucciones
claras de que cada persona ahí presente no se apeara la máscara en momento
alguno, que era todo mas misterioso y mágico cuando el anonimato acompañaba.
Había entre los invitados una cierta doncella, afamada por
su belleza digna de las tierras exóticas de las que había venido a muy temprana
edad. Inglaterra se había convertido para ella en un hogar mas digno de su
confianza que las tierras americanas, pero no dejó nunca de soñar con volver a
aquellos parajes.
Su vestido había sido elegido de entre una amplia variedad
que su modista le había puesto delante. Mil tipos de diseños, encajes, escotes
mas o menos escandalosos habían pasado por delante de sus narices. Se había
decidido por uno negro y rojo, bordeado en sutiles líneas azules que no parecían
tener un patrón fijo. Un diseño extraño, pero fue verlo y enamorarse de él al
momento. Así es como se había presentado ante el Lord, que se quedó encandilado
por la voz de la joven y su magnífica conversación.
Le acompañaba una sirvienta que el padre de la joven había
designado. Esta iba ataviada con un vestido sin duda mucho mas sencillo, de
tonos pardos igual que la máscara, que imitaba a un petirrojo en pico y
colores. La de su protegida era una máscara hecha en fina porcelana de color
blanco con sutiles líneas azules color claro que asemejaba al rostro de un lobo
blanco.
Por todo el salón principal, de gran amplitud, se había
distribuido una serie de tarimas donde había una orquesta y artistas que se
iban turnando en sus habilidades circenses. Desde malabaristas hasta
entrenadores de pequeños animales, estos deleitaban las fantasías mas
variopintas de los presentes, que bebían y reían asiduamente. La joven, por su parte, aprovechaba ese
anonimato para conocer a desconocidos en calidad de personas antes que de
banqueros o generales. En los vals no le faltaban parejas para poder perderse
entre las notas de la música, disfrutando de las habilidades del propio lord o
de muchos otros honrados voluntarios.
Fue entonces que lo vio.
Se cruzó con esa mirada que parecía hecha de puro deseo. Fue
solo una décima de segundo y esos ojos negros se perdieron entre la multitud
mientras ella bailaba, lo cual provocó que perdiese el pie y pisase a su
acompañante, el tercero o cuarto de esa noche.
-Disculpe caballero.-Dijo la mujer, claramente avergonzada
por su equivocación-Me distraje.
-Por favor señorita, o señora, no tenga la mas mínima
preocupación, estos pies que usted ve han recorrido muchos kilómetros descalzos
allá por las Indias.-Dijo su interlocutor con una sonrisa que lucía un diente
de oro.-Bebamos para celebrar mi nueva herida de guerra.
-En verdad lo lamento, caballero.-Dijo la mujer, perdida en
timidez, con el recuerdo de esa furtiva mirada aun en el corazón. Aceptó la
copa de buena gana y tras un breve intercambio de palabras este hombre se
perdió entre la multitud con una improvisada amiga.
Sin mas que hacer, no tardó en encontrar a su protectora
cerca de ella, mirándola fijamente. Era una mujer que se había preocupado por
su bienestar desde que tenía memoria y que hablaba con quienes la jovencita
interpreto que debían de tratarse de otros sirvientes.
Ella le sonrió y se acercó. Cuando llegó a donde los
asistentes de los invitados se encontraban todos los presentes en aquel pequeño
grupo hicieron una pequeña inclinación de cabeza. Pero antes de que pudiera
contar la anécdota un toquecito en el hombro le hizo darse la vuelta.
Los ojos negros que había visto estaban delante de ella.
-Señorita.-Dijo con un extraño acento una voz profunda y
envolvente detrás de una máscara en forma de lobo negro.-¿Me concede este
baile?
Palabras sencillas y gestos sencillos, pero aquellos ojos no
eran en absoluto sencillos. Irradiaban algo que parecía muy fuera de lo común.
Los militares tenían una clara solvencia y resolución, los exploradores eran
inquietos y los antropólogos eran ojos que perduraban en el completo y
constante análisis de la persona que tenía delante, con mayor o menor interés.
Pero aquellos ojos, de una profundidad insondable parecían
estar en un punto medio entre todas esas características y muchas mas. Cuando
se unieron al resto de parejas, la muchacha pudo ver, o mas bien comprobar la
fuerza de aquel que era ahora su pareja de baile. Parecía llevarla en todo
momento, pero al mismo tiempo, si ella deseaba un cambio de sentido, él no
tenía problema en concedérselo. Iba ataviado con un sencillo traje de gala que
parecía diseñado para una suerte de militar explorador. Una combinación
extraña, incluyendo un toque salvaje, animal, pero sin duda el material de la
tela, de un rojo oscuro, le sentaba bien. La mano que ella tenía sobre el
hombro de él afirmaba una buena constitución muscular y los pocos rasgos que
dejaban ver su máscara oscura eran sin muy varoniles, imposibles de ser
confundidos con el género femenino.
-Por el acento que tiene su voz, diría que no es de esta
tierra.-Dijo ella, para romper el hielo.
-Una observación muy acertada, señorita. Soy de tierras del
Este que muy poca gente se atreve a explorar con la naturalidad con que
nosotros los hacemos. -Su voz destilaba seguridad, suavidad y profundo mundo
interior.
-Polonia.-Se aventuró a decir ella.
Él la miró con cierta sorpresa.
-Indudablemente cerca pero no
exacta.-Dijo el caballero con una sonrisa arrebatadoramente blanca, mostrando
unos dientes blancos, perfectamente alineados. Incluso aquella dama que tantas
atenciones había llamado tenía un cierto defecto.
-Me inclino por Rusia
entonces.-Dijo ella. Se dio cuenta de lo débil que había sonado su voz, pues en
su mente solo existía el deseo de mirar sus ojos.
-Exactamente.-Dijo él en lo que
parecía un susurró cuando la música cambio a una pieza mucho mas lenta, donde
las parejas, en general, se acercaron mas.
-Nunca he visitado Rusia.-Dijo
ella, dejándose llevar ahora por él.
-Entonces mi país estará encantado
de recibirla con los brazos abiertos. Los mismos Urales se apartarán para no
estorbar a su montura.
Hablaron mas y mas, mientras las
piezas se sucedían. Los conocimientos de aquel hombre eran exageradamente
amplios mientras el control del cuerpo en el baile parecía no tener punto mas
fino de control. Ella le habló de su padre que no había podido asistir por
aquella enfermedad, la gota, que ya no le dejaba caminar. Le habló de su vida
de estudios y preparación para la vida de una señorita. En ese punto su voz
denotó la poca apetencia de aquella vida.
-No envidio esa vida que os
quieren dar.
-Bueno, es normal, dado que
vuestra vida, por lo que me contáis es mucho mas emocionante que lo que pueda
experimentar una dama de un señor con tierras, como es mi caso.
-En absoluto, solo he sabido
aprovechar el momento y he sabido que momentos u oportunidades me eran
realmente beneficiosas para lo que mas quiero: mi libertad.-Dijo el caballero,
como si estuviera perdido en algún punto entre el baile y un recuerdo.-Yo
podría haber sido zar o príncipe o algo por el estilo.
-No me diga.-Dijo ella.-¿Todo este
tipo he estado bailando con alguien de sangre azul? Sabía que el baile de esta
noche era de gran nivel pero no hasta ese punto.
Él rió. Era una risa extraña,
cavernosa, resonante, como si penetrara hasta lo mas profundo pero sin herir el
oído ajeno de quien la escuchara. La dama se asombró de que no se hubieran
girado todos a contemplarlos.
El escritor se inclinó sobre la
silla, mirando hacia el techo blanco. La lámpara de aceite iluminaba la
estancia parca en riquezas pero rica en detalles, con tapices de guerreros y
libros de fantasías o conocimientos. Había alguna ilustración técnica de
ingenios militares o proyectos hechos en la infancia. Dejó salir un notable y
frustrado suspiro mientras miraba las hojas de papel en su posición desgarbada.
La noche era total fuera de aquel lugar donde él vivía desde hacia toda una
vida humana.
Dos manos blancas se posaron sobre
sus hombros, y bajaron por estos para rodear su torso. Él sonrió, dejándose
envolver por aquella mujer perfecta a los ojos de casi cualquier hombre o
mujer. Se dejó envolver por sus brazos y sintió la curvatura de sus pechos en
la parte de atrás de la cabeza. Supuso que estaba mirando lo que tenía escrito.
-Quizás demasiado tópico para ti,
amor.-Dijo una voz de terciopelo una vez que los labios de la mujer se fueron
deslizando desde el cabello con pequeños besos hasta directamente su oído.- Se
ven las intenciones de ese caballero del este para con la inocente damisela.-Y
tras esto hizo que sus labios se posaran en el cuello de él, justo donde la
sangre circulaba rauda y veloz gracias a su seductora cercanía.
-Lo se.-Dijo él, hechizado ante las
maneras de ella, pero confiado en no correr ningún peligro para con su vida.-Nunca
he sido vampiro y no se como, en medio de tanta gente, con una celosa
cuidadora, podría nuestro coprotagonista sacar de ahí a su futura víctima.
Los labios femeninos que tenía en
su cuello no pronunciaron palabra, dejando que el silencio supusiera un lienzo
de quietud en aquella estancia. Finalmente ella sonrió contra la piel de su
amado, tan vulnerable, tan humano y tan simplemente exquisito.
-Serías un vampiro pésimo.-Dijo
ella finalmente, dejando traslucir una sutil sonrisa en una de las comisuras de
sus labios.
Él alzó la ceja, herido en su
orgullo como posible vampiro, aunque finalmente lo tomó como de quien venía, y
ya era suficiente una crisis con la inspiración.
-¿Gracias?.-Dijo él, suspirando de
nuevo, aunque esta vez no de frustración, mientras esas finas manos de amante o
asesina (o ambas) lo estrechaban un poco mas.
-No me malinterpretes amor,.-Dijo
ella, con un tono distendido, dando un beso largo de nuevo en ese punto tan
vulnerable para los vivos.- seguramente serías un bello vampiro y tendrías que
apartar a todas las mujeres a manos llenas de tu camino aunque solo fuera para
ir a la tienda de la esquina a pedir unos riñones de cerdo, pero tu bondad,
honestidad y buen corazón te causarían mas de un dilema así tuvieras la yugular
de la mujer mas bella del mundo a tu entera disposición, ciegamente entregada
para que te alimentaras de ella.
-¿Se puede saber el motivo por el
que es mas sencillo cazar a los hombres que a las mujeres?.-Preguntó el escritor,
sabiendo que su sonrojo ante tan dulces palabras había quedado al descubierto, alzando
una mano y acariciando el perfecto rostro de su amada inmortal.-Aunque me
supongo la respuesta.
Ella bajó a su hombro y dejó otro
beso en este antes de alzarse y apoyarse sobre una de las esquinas del
escritorio. Aun él se preguntaba como era tan afortunado de hacerle el amor a
esa perfecta diosa de la muerte cuando sus excitaciones congeniaban.
-Cuando me veía obligada a
alimentarme de alguien en una fiesta, los hombres son el mejor objetivo. Nadie
les cuida, salvando aquellos que son muy jóvenes, en cuyo caso sí que se les
asigna a un miembro del servicio de la mas alta confianza, los cuales a su vez
se portan como una extensión de sus progenitores. No, lo ideal son los adultos hechos y derechos y
cuanto mas confiados y pagados de si mismos, mejor. Nadie les cuida, nadie les
recuerda que tienen que estar cerca de sus sirvientes o permanecer en grupo
para mutua protección ante gorrones y pervertidos pasados de copas.-Su tono era
el que emplearía un profesor de ciencia natural para explicar a sus alumnos las
diferencias entre las distintas especie de batracios.
>>Es entonces mucho mas
sencillo acercarse. Cuando la noche ha avanzado resulta hasta insultantemente
fácil. El alcohol ya se encuentra en sus venas pero no se le pueden pedir peras
al olmo. El contacto visual y físico, perfume mediante, este último ni muy sutil ni muy fuerte,
aunque en nuestro caso ya desprendemos un aroma lo suficientemente atractivo.
En sus nubladas cabezas ven la oportunidad de oro para recrearse en su
masculinidad y simplemente dejarse llevar en medio de unos torpes empujones de
caderas. Pero sin duda nunca llegué a ese punto. Para cuando se dan cuenta ya
están a punto de soltar el último hálito de vida, entre los matorrales del
jardín de cualquier señor y nada importuna mi retirada en sentido
contrario.<<
Ella terminó y le miró, esperando
ver asco, repulsa, miedo. No vio nada de eso.
-¿Alguna vez sentiste
remordimientos?.-Dijo el escritor mientras tomaba la mano de su amada y besando
sus nudillos fríos y clínicamente inertes.
-No.-Dijo ella con apenas un
susurro.
El silencio se instaló en aquel
lugar. Finalmente él habló.
-No puedo morder el cuello de la
mujer mas bella del mundo. Murió hace tiempo, pero resucitó y ahora está aquí,
a mi lado.-Dijo él atrayéndola hacia sí y apoyando la cabeza en el espacio que
existe entre el pecho y el vientre.
Ella sonrió y se sentó con elegancia
sobre las piernas de él, tomando ese rostro cálido, con esos ojos tan
maravillosamente inocentes y besó sus labios. El calor de la vida contra el
frío de la muerte, un contraste imposible pero sin duda hecho realidad en esa
maravillosa noche de luna llena.
El hombre y la dama alada.
Mis manos
rodeaban la voluptuosidad de su cuerpo destinado al pecado mas carnal. Ella,
sonriente, con unos ojos que brillaban de deseo, parecía querer memorizar cada
poro de mi piel, a través de la ropa, la cual iba poco a poco desapareciendo,
estando mi cabeza centrada en otras cuestiones, aunque las prendas cayeran al
suelo echas jirones. Sentía su calor contra mi calor, mucho mas apagado por mi
naturaleza humana, mucho mas proclive a ideas mas gráciles, pero incapaz de
fijar o asentar otra idea que no fuera aquella anatomía diseñada para la
lujuria. Me hablaba con un tono de voz colmado de encantadora sexualidad. Tomó
mi rostro y beso mis labios. La carnosidad de su boca se materializó con fuego
y deseos de ver mi equilibrio y moralidad quebrados. Acepté su proposición
silenciosa. Diría mas, pues tomé la iniciativa en tanto las lenguas se
entrelazaban y se iban conociendo mutuamente.
Mi cuerpo
reaccionó de forma visible, ella se separó lo justo para mirarme a los ojos,
sabedora de su victoria y sus manos deshicieron mi ropa. No fue necesario que
yo hiciera lo mismo, pues su desnudez fue mostrada desde el primer momento en
que apareció en mi habitación, así había sido su método para cazarme. No sé en qué
momento me vi en la cama, con su cuerpo diabólicamente perfecto sobre el mío,
con sus senos pegados a la piel desnuda de mi torso. Mis manos delinearon las
caderas y la fina cintura, y repitieron ese trayecto varias veces hasta que se
hizo insuficiente ese espacio. Me aventuré hacia rincones mas dignos de secretismo.
Ella suspiraba de un modo de invitaba incluso al mas humilde a sentirse
poderoso y ultraterrenal, con sus ojos brillantes de deseo de mujer, ilusión de
niña e intenciones de demonio. Aquellas alas que ella portaba no fueron
impedimento para mis manos y sus vaivenes, que fueron al lugar de su donosa
retaguardia, que con seguridad muchos había contemplado con abierto deseo. Ella
dejó salir un suspiro mas marcado, junto a una sensación de plena aceptación
que corrió por todo mi cuerpo hasta quedar ahí, en aquella parte de mi
intimidad que la súcubo se había empeñado en reavivar con gentil y decisiva lascivia.
Me miró a
los ojos, tomando mis manos, asentadas en aquella parte redondeada de su
cuerpo, y haciendo que yo tocara cada una de las zonas que cualquier hombre
daría una mano por tocar. Me miraba con abierto deseo, como si fuera ese ideal de purasangre que muchas damas de alta
y aja cuna desearan. Murmuró algo, se relamió ligeramente y condujo una de mis
manos hacia el interior de aquel espacio entre sus piernas. Noté calor, mucho
calor, y la obvia señal húmeda de que ella estaba preparada desde hacía mucho
tiempo para consumar actos condenados por los mas básicos conceptos de la
moralidad. Y entonces decidí que dicha moralidad, aquello tan subjetivo, no
tenía espacio entre nuestros cuerpos tan apretados el uno contra el otro.
Por mi
parte yo la miraba atentamente, con una sonrisa impregnada en deseo y un par de
gotas de lujuria. Ella subió un poco su cuerpo y mi boca se encontró con sus
aureolas y esa punta excitada por el calor y el roce de las pieles. El sabor
era fuerte, la temperatura era cálida, mas de lo que un ser humano puede emitir
sin considerarlo febril, revelando la naturaleza de aquella dama venida de un
mundo destinado a la lujuria. Saboreé su cuerpo, su piel, mis manos apenas se
contenían ya en los límites a explorar, y sentí la imperante necesidad de que
ella finalmente abriera su cuerpo a mi. Mas aun.
Por
instinto o experiencia, ella advirtió mi urgencia, sonrió de nuevo de esa
manera, lasciva y perfecta y unió su cuerpo al mío. Sus manos se apoyaron en mi
torso mientras las mías se asentaban en sus caderas, que iniciaron un lento
vaivén cargado de erotismo y claras intenciones de complacencia mutua. Ella se
movía con ese brillo en los ojos de abierto deseo, como si para sus mas fieles
e íntimos objetivos vitales no hubiera nada mas allá de mi rostro, visiblemente
alterado por el placer. Sentí sus uñas rasgar levemente mi piel mientras las
naturalezas de ambos se expresaban de formas varias. Mis dedos subieron a sus
grandes senos, tomando una de esas puntas cálidas y lo apretaron, con la
consiguiente nota de placer añadido, lo cual derivó en movimientos mas
marcados.
Mis caderas
se acompasaban a los movimientos de ella, regocijándome en el espectáculo que
ofrecía ver esa ciega entrega, sin juicios ni prejuicios, tan solo viviendo el
momento con plena capacidad de satisfacción mutua. Sentía mi rostro sonriente,
invitándola a darme mas de aquello que poca gente podría darme en el otro
mundo, el de los mortales como yo. Ella se mostró demandante, exigente, con mi
cuerpo unido al suyo, moviéndose con decisión. Las preguntas mas racionales se desvanecían,
y yo estaba encantado de ello, pues sabía que con esa dama del mas primitivo
deseo, no existían las trampas ni las segundas intenciones. No dudé en dejarme
llevar, en expresar mi placer abiertamente, con mis manos deslizándose por su
piel, suaves pero al mismo tiempo decididas.
Mi tensión
fue en aumento, la de todo mi cuerpo mientras mi mente se sumía en una nube de
despreocupación cuando finalmente estallé de placer. Mi esencia se entremezcló
con la suya, como dos corrientes que se cruzan al abrir un embalse. El último
choque de los cuerpos fue tan sentido y entregado que involuntariamente me alcé
unos cuantos palmos, acercándome a sus senos, que se posaron en mi cara una vez
ella hubo conquistado con su feminidad hasta el último rincón de mi. Me deleité
con el sabor de su piel, deslizando las manos por aquellas caderas que habían
regalado uno de los bailes mas exquisitos de mi existencia en estos mundos.
Que curioso
era todo aquello. Una vida consagrándome al bien y la justicia y fue un ser supuestamente
diabólico quien me regaló un sentimiento pleno de libertad.
A la mañana
siguiente unos labios se posaron sobre los míos y una lengua invadió mi boca.
La tentadora dama demandaba su correspondiente tributo.
miércoles, 21 de noviembre de 2018
Carta de añoranza
Mi querida CDP:
He olido de nuevo la sangre, aunque esta vez a través del recuerdo. Vagar entre los árboles y en aquel claro donde se encontraba nuestra cama me hace pensar en los buenos momentos. Te echo en falta, para poder desahogar el dolor tan profundo que acarreo y que yo trocaba por tus gritos de agonía. Que rabia me da no poder volver en el tiempo, hace que mis zarpas se tensen o que mis instrumentos me recuerden su función de forma bana, arrojándome su brillo con la luz de la luna.
Tengo en la memoria tu rostro, empañado en lágrimas, mostrando el dolor y luego ese cansancio que o provocaba con los amantes que están toda la noche realizando cada una de las mas artificiosas fantasías. Quiero hurgar en tus heridas, hacerte soltar esos lamentos que luego eran música y placer para mis oídos y mi cuerpo. Tu cuerpo tan deseado por hombres y mujeres era mio en aquellas noches solitarias, donde mi cabeza reposaba entre tus maravillosos pechos y rodeaba tu cuerpo buscando esas heridas, aun abiertas, a las que me gustaba recordarles que permanecer así era parte de su función para convertirte en un ser casi divino.
Quien me diría, contruyéndome a mi mismo en las fantasías mas polémicas, que podría hacer un arte de aquello que supone el dolor para el ser humano. Pero no cualquier ser humano, sino tú, el lienzo mas perfecto que pueda encontrar un pintor como yo, con la mente mas abierta y luminosa en estas lides con la que congeniar de una manera tan abierta y pura. El deseo en aquellos tiempos era mucho, como sentirse libre y al mismo tiempo limitado por unas normas no escritas que parecían estar a merced de nuestros instintos, que podríamos hacer o deshacer a placer. Echo en falta todo eso, la lanceta en mi mano, tu espalda desnuda, tu casi desnudez, tu piel esperando a dar el siguiente paso en el concepto de "belleza", transformada por mis manos para que la sangre a su vez maquillara tu cuerpo con rojizo fervor.
También recuerdo nuestros juegos con Nat, como su cuerpo estaba a nuestra merced, como dejaban entrever nuestros deseos que el dolor ajeno era algo sencillamente demasiado irresistible para poder negarse a causar un poco mas. El sabor de la sangre viene a mi boca mientras escribo esto y mis ojos se abren un poco mas, como en esos momentos donde tus músculos me recordaban el milagro de la anatomía humana entre espasmos y gritos salvajes de un dolor intenso.
Muchas cosas han ocurrido desde tu ausencia pero sinceramente prefiero contártelas en directo algún día, si es que ese día se produce. Solo era para que supieras que aun pienso en esos momentos maravillosos.
Te quiere tu hermanito salvaje, sádico y absolutamente devoto de tu persona.
Atentamente; tu lan.
He olido de nuevo la sangre, aunque esta vez a través del recuerdo. Vagar entre los árboles y en aquel claro donde se encontraba nuestra cama me hace pensar en los buenos momentos. Te echo en falta, para poder desahogar el dolor tan profundo que acarreo y que yo trocaba por tus gritos de agonía. Que rabia me da no poder volver en el tiempo, hace que mis zarpas se tensen o que mis instrumentos me recuerden su función de forma bana, arrojándome su brillo con la luz de la luna.
Tengo en la memoria tu rostro, empañado en lágrimas, mostrando el dolor y luego ese cansancio que o provocaba con los amantes que están toda la noche realizando cada una de las mas artificiosas fantasías. Quiero hurgar en tus heridas, hacerte soltar esos lamentos que luego eran música y placer para mis oídos y mi cuerpo. Tu cuerpo tan deseado por hombres y mujeres era mio en aquellas noches solitarias, donde mi cabeza reposaba entre tus maravillosos pechos y rodeaba tu cuerpo buscando esas heridas, aun abiertas, a las que me gustaba recordarles que permanecer así era parte de su función para convertirte en un ser casi divino.
Quien me diría, contruyéndome a mi mismo en las fantasías mas polémicas, que podría hacer un arte de aquello que supone el dolor para el ser humano. Pero no cualquier ser humano, sino tú, el lienzo mas perfecto que pueda encontrar un pintor como yo, con la mente mas abierta y luminosa en estas lides con la que congeniar de una manera tan abierta y pura. El deseo en aquellos tiempos era mucho, como sentirse libre y al mismo tiempo limitado por unas normas no escritas que parecían estar a merced de nuestros instintos, que podríamos hacer o deshacer a placer. Echo en falta todo eso, la lanceta en mi mano, tu espalda desnuda, tu casi desnudez, tu piel esperando a dar el siguiente paso en el concepto de "belleza", transformada por mis manos para que la sangre a su vez maquillara tu cuerpo con rojizo fervor.
También recuerdo nuestros juegos con Nat, como su cuerpo estaba a nuestra merced, como dejaban entrever nuestros deseos que el dolor ajeno era algo sencillamente demasiado irresistible para poder negarse a causar un poco mas. El sabor de la sangre viene a mi boca mientras escribo esto y mis ojos se abren un poco mas, como en esos momentos donde tus músculos me recordaban el milagro de la anatomía humana entre espasmos y gritos salvajes de un dolor intenso.
Muchas cosas han ocurrido desde tu ausencia pero sinceramente prefiero contártelas en directo algún día, si es que ese día se produce. Solo era para que supieras que aun pienso en esos momentos maravillosos.
Te quiere tu hermanito salvaje, sádico y absolutamente devoto de tu persona.
Atentamente; tu lan.
viernes, 19 de octubre de 2018
El recibimiento.
Que noche tan solitaria aquella. Las cortinas de los altos ventanales, a lo largo de aquella mansión apenas podían ofrecer un poco de su fantasmagórico baile. La quietud era casi opresiva en aquel lugar donde normalmente reinaba algo mas de movimiento en según que áreas. El lugar mas predominante era un cierto pasillo con cientos de puertas a los lados y dos grandes puertas de roble al fondo. Ahí era donde se reunían todas las invitadas del anfitrión para consumar alguna fiesta o quien sabe que maravillas para los sentidos.
Dicho anfitrión se encontraba en ese momento paseando entre las solitarias estatuas de los pasillos, contemplando las pinturas que decoraban las paredes. De vez en cuando entraba en alguna habitación, veía su soledad, y apagaba la luz para poder dejar a los recuerdos seguir ahí, tranquilos.
No era tristeza lo que sentía dicho anfitrión, ahora bajo la forma de un gato negro de grandes ojos que pasaba a la forma de un caballero delgado de porte orgulloso y elegante en ciertos momentos de la noche. En aquel lugar el anochecer era todo un espectáculo pues la luna no solamente era mas grande y brillante que la conocida por el ser humano, sino que las estrellas presentaban multitud de colores y destellos. Uno podía contemplar esos destellos durante horas sin cansarse mientras pensaba o dejaba vagar las ideas hasta encontrar la inspiración.
Fue mirando las estrellas que vio dos particularmente intensas esa noche. Una de color verde y otra de color violeta. Seguramente en la realidad eran dos bolas de tremendo poder calorífico que podrían desintegrar cualquier elemento de aquel fastuoso hogar mucho antes de arañas las superficies de dichos astros, pero en aquella distancia sin duda eran dos pequeños espectáculos, cuyas coloraciones le hicieron recordar a dos damas que suponían el mayor de los peligros y el mas exquisito de los placeres para el hombre.
Las estatuas, con sus ojos vacíos de emoción en al mayoría de casos, le recordaban los hitos de su poder, los momentos donde alguien como él, un simple hombre, había creado casi de la nada, y con el poder de una mirada femenina, un mundo solo para ellos dos. Ángeles con grandes alas o caballeros portando espadas de ensueño estaban congelados en una eternidad hecha de mármol. Damas que bailaban junto a silfos o criaturas del séptimo averno se encontraban repartidas por igual. Había columnas que sostenían toda la estructura de aquel lugar. Algunas tenía detalles en su parte alta, otras los poseían en su parte baja y algunas eran todo un dictamen modelo a seguir para alcanzar la perfección en el arte de la escultura y la arquitectura.
El anfitrión caminaba en la fría, oscura y solitaria noche, con la luna entrando por los ventanales cuando se decidió a entrar en la habitación que esa noche le daría cobijo.
Abrió la puerta y no podía ser una decoración mas sencilla la que le recibió. Salvo por dos detalles.
El techo mostraba abiertamente unas vigas de madera antigua que parecían tener sus buenos siglos de edad. En un lado de aquella habitación un humilde escritorio con un par de historias a medio empezar. La silla se encontraba en perfectas condiciones aunque sin barnizar, por lo que las probabilidad de encontrar astillas eran altas.
Junto en frente de la puerta estaba la ama y en ella, tumbadas, se encontraban las dos estrellas que momentos antes había contemplados. Las conocía bien. Bueno, siempre le sorprendía, como era el caso. Sus cuerpos habrían estado desnudos de no ser por los caros conjuntos de lencería que los realzaban en todas sus virtudes físicas.
Una de ellas, con los ojos de la muerte, y otra, con los ojos de la maleficencia, miraban el recién llegado ahora con una mezcla de curiosidad, interés y ¿deseo?. En otros momentos el anfitrión habría salido corriendo o habría desconfiado, mas en ese momento, rodeado de la soledad, con tantos años de batallas y negociaciones, de discusiones con propios y extraños, incluso de ataques a su propia integridad política, simplemente se acercó a ellas, aun vacilante. Contempló el hueco que había entre ambos cuerpos, capaz de hacer suspirar de placer o gritar de dolor a cualquier ser viviente. Y sin mas se unió a ellas.
Una de las dos criaturas nocturnas tenía una piel blanca gélida al tacto, pero sus formas eran de una perfección similar a la esculpida por algún perverso genio de la belleza. La otra, con unos ojos enormes y unas orejas propias de los seres del bosque, rodeó con una de sus largas piernas la caderas del recién llegado. La pálida dama, quizás en nombre de ambas, tomó el rostro del caballero mientras se alzaba levemente y posó los labios con toda delicadeza sobre los de él, besando con terciopelo y peligro. La otra dama, un ser de cabello nocturno y formas envidiable para muchas mujeres de cortes reales, deslizó unos finos dedos por el torno del caballero mientras su lengua paseaba a lo largo de toda la línea de su cuello.
En unos pocos minutos, las ropas habían desaparecido y aquel compañero de la soledad conoció placeres inimaginables para una mente racional.
sábado, 18 de agosto de 2018
Amor:
Amor:
Creo que si tuviera que expresar en palabras todas aquellas sensaciones que me recorren cuando te veo, no existiría diccionario del alma capaz de describir algo semejante. No podría imaginar que vocablo estaría a la altura de mi alegría y mi dicha cuando apareces de esa forma ante mía, tan sorpresivamente, y te abrazo y acaricio tu rostro. No puedo estar una vida, porque no es suficiente, investigando que hálito con sonido me haría describir a la perfección el júbilo de tenerte cerca y las ansias de una mayor cercanía, en medio de las noches o de los días. Si pudieras verte en mis ojos, si pudiera contemplar como atesoro cada pequeño gesto de tu parte como si fuera una gran hazaña para el amor. Y podría estar dedicando líneas y mas líneas a cada pequeña parte de ti que pude descubrir en cada una de las veces que te he visto y hemos hablado.
Quien sabe que tipo de declaración o misiva sea esta, pero tengo claro que verte es mi corazón acelerado, mis ojos en tus ojos, tratando de asimilar lo pequeño que uno se siente, de lo vulnerable que el mas aguerrido caballero puede volverse si está siendo observado por los ojos correctos. Estoy feliz de poderme expresar a través de la letra escrita y se mucho mas transparente cuando se trata de mis sentimientos, y es una lástima no poderlo hacer cara a cara, por miedo, cobardía, temor y respeto a ese lazo que nos une. Que tantos pensamientos te dediqué pensando en un idilio, en la forma en la que todos podríamos ser felices, los unos con los otros algunas veces, y otras creando un mundo donde solo estemos tú y yo, como un gesto de egoísmo pero en el que primaría tu libertad y felicidad por encima de todas las cosas.
Si tan solo tuviera el valor de poder expresarte cada pequeño detalle que mi alma ha elaborado en relación a ti, de como cada pequeña gota de experiencia es adquirida para convertirla en un precioso recuerdo que me da mas fuera y mas felicidad. La efervescencia del amor está en mi desde que he podido sacarte la primera sonrisa y he querido ser el que las provoque un día tras otro, e invitarte a pensar y a conocer parte de mi mundo, el cual no es perfecto, pero está salpicado de tu recuerdo constantemente.
De tu sonrisa se desprende la amabilidad, el peligro y la luz, junto a un sinfín de matices que pueden producir mil esencias de sentimiento en el corazón de hasta el mas duro de los hombres. Ilumina con cada pequeño gesto mi mundo, esperando siempre a recibir otro rayo de sol, como el sediento que no tiene suficiente agua.
Tus ojos, como diría el poeta, son dos luceros del alba, sendas representaciones de la mirada que Venus posó sobre los afortunados que conseguían su atención y a los que regalaba el favor de su presencia y sus artes divinas. Aquella mirada asistió a situaciones terribles, porque tu vida sigue siendo humana y siguen siendo humanos los que te rodean, pero siempre ha reflejado la comprensión y las grandes ideas que has tenido para hacer mas dulce la existencia de aquellos que te rodeamos.
Tu cabello se mueve con el aire, cada hebra de dulce material por separado, siempre brillando o dejando la esencia de un perfume enigmático tras de sí. Desprendes elegancia y saber estar, una educación maravillosa aunada a la paciencia de quien me escucha y hasta disfruta con mis diatribas. Y espero poder reunirme siempre contigo, encontrarte de pronto a la vuelta de la esquina o en mis sueños mas bellos. Y a tu lado estar algún día.
Atte: el hombre que te ama.
sábado, 9 de junio de 2018
El milagro vino de los cielos.
En medio de aquella ventisca parecía que nada podía caminar por encima de la nieve, y mucho menos por debajo de las nubes que asolaban cualquier rastro de luz solar. Témpanos de hielo afilados como las palabras de despecho decoraban los árboles, sacudidos por el gélido viento del norte. A medida que el viajero ascendía el viento era mas inmisericorde, como si una mano divina quisiera impedir su llegada al destino. Dicho hombre, o mas bien niño, caminaba con dificultad, sufriendo las inclemencias temporales con mas entereza que muchos hombres curtidos. Apenas debía de tener quince pero su valor era digno de un soldado de cuarenta. Sus ansias le empujaban paso a paso hacia aquella historia que había oído, de la que quedaba solo un testigo conocido. O vivo. O cuerdo.
Su anfitrión vivía solitariamente, con toda la dignidad que era posible en los tiempos que contemplaban aquel lugar infestado de impuestos altos y señores abusivos. Justo en ese momento se despertaba de su siesta de varias horas, con los recuerdos nebulosos del último sueño. De nuevo aquel sueño, aquel fragmento del pasado repitiéndose en bucle. Aun se le repetía en cada sentido las sensaciones que percibió en esos segundos; el humo, el brillo del fuego y este siendo extinguido por el batir de las alas. Recordó que lo último que contempló momentos antes de verla aparecer era el cadáver de uno de sus hombres, rogando a Dios por una salvación a su alma pecadora. Murió en sus brazos con apenas dieciséis. Lamentaba cada muerte en cada momento de su vida. Antaño se habría desesperado, ahora todo se limitaba a un suspiro y una mirada al vacío, sumiéndose en sus propios pensamientos. La vida dura de la montaña hacía que apenas se percatara de que llamaban a la puerta, pensando aquel hombre ya anciano que era el viento. hasta que escuchó una voz.
-¡Abra!¡Por el amor de todo lo bueno, abra la puerta, por favor!-Los golpes se volvieron algo mas débiles.
El joven que estaba al otro lado de la puerta estaba aterido de frío. Aquel invierno no era normal. De pronto la puerta se abrió y encontró dos ojos que lo miraban inquisitivamente. parecía ignorar el hecho de que una de las peores ventiscas del último medio siglo estaba azotando todo aquello con la furia de mil demonios.
-¿Quien eres? ¿Que quieres?-Preguntó con voz firme, en un tono lo suficientemente alto para hacerse escuchar sin esforzarse..
A pesar de su vida de ermitaño, era un hombre de buena planta, con ojos oscuros y que no permitían asomar la compasión o la amabilidad, al menos en un principio. Por detrás de él apenas se podía vislumbrar una mesa, dos sillas y una chimenea improvisada.
-¡Soy Roderic Penton, soy estudiante de historia y mitólogo, y me interesa mucho su historia, comandante Bellestorm!-Dijo el hambre.-¡Por el amor de todo lo bueno en el mundo, voy a morir de frío!
Tras unos cuantos segundos de consideración el hombre se hizo a un lado y el estudiante conocido como Roderic Penton entró y se lanzó casi de cabeza contra la chimenea.
El anciano miró al reciñen llegado mientras se calentaba. Un buen espécimen de humano que probablemente tenía mas de una atención por parte del sexo opuesto, delgado, quizás en exceso, apenas duraría tres minutos en un campo de batalla sin la providencia de Ella.
-Hacía tiempo que no escuchaba mi apellido.-Dijo el anciano sentándose en una silla mientras contemplaba lo que era mínimamente visible a través del cristal cubierto casi en su totalidad de nieve.-la última vez que escuché mi apellido fue por boca de otro chaval como tú, con ansias de protagonismo por conseguir una buena historia que contarle a sus amigos. Lo eché a bastonazos de aquí.- Dijo el hombre mas mayor de la cabaña agarrando su bastón, enviando así un mensaje.
-Yo solo quiero escribir sobre su historia, comandante, sobre lo que vio hace tanto tiempo en aquel campo de batalla.-Dijo Penton.
El comandante Bellestorm lo miró. Ese niño apenas era una sombra del arrogante "caballero" que le vino a preguntar. y no había pizca de ambición, solo sed de conocimiento.
<<Éramos una de las compañías menos prometedoras de todo el ejército. Toda esa paparrucha de los salvadores de la patria vino después, para ensalzar la imagen de un ejército que casi e aniquilado por completo antes siquiera de que choquen las fuerzas mas directas. El imperio era bueno. Tuve la oportunidad de ver sus ejercicios y demostraciones de artillería en los tiempos en que yo era un cadete y hasta el día de la batalla habían aprendido un par de cosas contra los bárbaros del oeste. Eran buenos, muy buenos. Su disciplina era ejemplar. Tenían una costumbre. Los lideraba un tipo de piel aceitunada que solía considerar que era suficiente para darle algo de chance a la infantería. Nunca lo descargaban todo, como hacíamos nosotros. Es como si se repartieran responsabilidades o méritos.>>
<<Ese día fue terrible, una auténtica masacre que solo Ella pudo salvar. Teníamos una desventaja de cinco a uno, con el viento en contra, lo que favorecía el alcance de ellos y nuestra posición solo favorecía a la caballería que había sido hostigada durante semanas hasta que llegaron la mayoría heridos y totalmente desequilibrados. Miré a mis hombres y ellos me devolvieron la mirada ese día. Una mirada como pocas he visto. Sin decir nada, sabiendo que ese día podríamos morir todos nosotros, supe que no me dejarían caer. Y yo a ellos, esa panda de bastardos salidos de las peores cloacas de la capital, tampoco.>>
-Sin duda la versión oficial es mucho mas...-Penton no supo que palabra usar.
-¿Bella? ¿Poética? ¿Halagüeña? No hijo, la guerra es terrible, es una de las mayores mierdas que hay en este mundo creada por el hombre después de la envidia o los celos. Sentir que no tienes opción, que te vas a filas o que matan de hambre y frío a tu familia porque te encarcelan, que te obligan a empuñar una espada o un arco o lo que sea que tengas en casa si no te puedes permitir una simple daga. Pero bueno, vamos a darte tu historia.
<<Nuestra caballería estaba totalmente destrozada y nosotros estábamos al frente con azadas y poco mas. Y entonces los vimos aparecer a lo lejos. Los Corazones Puros, la élite del ejército imperial que hasta el momento nadie había derrotado en combate. "Necesitamos un milagro", dijo uno de mis hombres cuando vimos avanzar las monturas en lo que las filas de la infantería enemiga se abrían para dar paso. Sí, en verdad lo necesitábamos. Y el milagro llegó.>>
El anciano perdió la mirada en un punto y rememoró.
Recordaba cada instante previo, desde el aroma del humo hasta el relincho de los caballos asustados por lo que se veía encima. Varias toneladas de carne y hierro se acercaban hacia ellos. Ese día llovía como pocas veces se había visto, el barro en ciertos puntos de aquel lugar cubría muy por encima del pie, dificultando el caminar y mas aun escapar de las hordas enemigas. Un hombre joven de buena planta y, en ese momento, con uno de sus hombres muriendo a sus pies, vio como aquel muro negro se acercaba cada vez mas rápido. Era increíble lo maravilloso de aquellos jinetes, a los que parecía no influirle el barro ni la lluvia. Un muro, como bien se dijo, alto, rápido y muy ruidoso. la muerte era inminente y dedicó sus últimos recuerdos a su amada... hasta que las nubes de pronto se abrieron.
Eran, como poco, dos centenas. Iban todas montadas en magníficos caballos alados, o lobos, o hipogrifos, o lo que fuere que pudiera tener alas e impusiera el terror. Al frente iba aquella mujer. La belleza que desprendía era salvaje, indómita, capaz de atravesar murallas y corazones con aquellos ojos que rebosaban la sabiduría y la garra suficiente como para acongojar a mas de un general. Su cabeza estaba coronada por la noche y mil espinas, y en cada espina había un juramento de venganza y justicia. En una mano llevaba una espada llameante y en la otra una balanza, y a su vez, en sendos platos una copa y un pájaro. La espada era la ira de los cielos y del reino de las Valquirias. Eso era ella, una Valquiria que volaba por los cielos repartiendo justicia a lomos de un hipogrifo negro de pico plateado y ojos color añil. .
La escena por un momento se congeló, justo al momento en que los caballeros pertenecientes a Los Corazones Puros se cernían sobre la compañía de ese joven soldado que había sido llamado a filas por la fuerza. Al momento los cielos estaban vacíos y en el siguiente instante todas aquellas monturas tocaban tierra para proteger... ¿a quien?. Aquel futuro anciano ermitaño no recordaría nada mas que esos ojos mirándole y una mano que se extendía hacia él. Una mano pálida pero firme en su ofrecimiento. la espada de llamas había sido envainada y sin pensarlo mas, aceptó aquel ofrecimiento. Tomó aquella mano. Lo que siguió fue aun mas confuso si cabe. Vio mundos enteros a sus pies, vidas posibles lo que fue, lo que pudo haber sido, sintió su cuerpo recorrido por mil sentimientos y emociones, todos ellos inefables. Escuchó estruendos y sonidos similares a enjambres de avispas, silbidos mas agudos que los de cualquier flecha cortando el aire. Y finalmente él y su compañía estaban ahí, en medio de un campo, en casa.
-¿Así?¿Sin mas?.-Preguntó el impresionado recién llegado, al que el viejo le había ofrecido una taza de chocolate caliente mientras contaba su relato.-Es lo mas... espectacular que me han contando nunca.
-Pues créeme hijo. Para mi fue nada mas y nada menos que un milagro de los cielos.
Su anfitrión vivía solitariamente, con toda la dignidad que era posible en los tiempos que contemplaban aquel lugar infestado de impuestos altos y señores abusivos. Justo en ese momento se despertaba de su siesta de varias horas, con los recuerdos nebulosos del último sueño. De nuevo aquel sueño, aquel fragmento del pasado repitiéndose en bucle. Aun se le repetía en cada sentido las sensaciones que percibió en esos segundos; el humo, el brillo del fuego y este siendo extinguido por el batir de las alas. Recordó que lo último que contempló momentos antes de verla aparecer era el cadáver de uno de sus hombres, rogando a Dios por una salvación a su alma pecadora. Murió en sus brazos con apenas dieciséis. Lamentaba cada muerte en cada momento de su vida. Antaño se habría desesperado, ahora todo se limitaba a un suspiro y una mirada al vacío, sumiéndose en sus propios pensamientos. La vida dura de la montaña hacía que apenas se percatara de que llamaban a la puerta, pensando aquel hombre ya anciano que era el viento. hasta que escuchó una voz.
-¡Abra!¡Por el amor de todo lo bueno, abra la puerta, por favor!-Los golpes se volvieron algo mas débiles.
El joven que estaba al otro lado de la puerta estaba aterido de frío. Aquel invierno no era normal. De pronto la puerta se abrió y encontró dos ojos que lo miraban inquisitivamente. parecía ignorar el hecho de que una de las peores ventiscas del último medio siglo estaba azotando todo aquello con la furia de mil demonios.
-¿Quien eres? ¿Que quieres?-Preguntó con voz firme, en un tono lo suficientemente alto para hacerse escuchar sin esforzarse..
A pesar de su vida de ermitaño, era un hombre de buena planta, con ojos oscuros y que no permitían asomar la compasión o la amabilidad, al menos en un principio. Por detrás de él apenas se podía vislumbrar una mesa, dos sillas y una chimenea improvisada.
-¡Soy Roderic Penton, soy estudiante de historia y mitólogo, y me interesa mucho su historia, comandante Bellestorm!-Dijo el hambre.-¡Por el amor de todo lo bueno en el mundo, voy a morir de frío!
Tras unos cuantos segundos de consideración el hombre se hizo a un lado y el estudiante conocido como Roderic Penton entró y se lanzó casi de cabeza contra la chimenea.
El anciano miró al reciñen llegado mientras se calentaba. Un buen espécimen de humano que probablemente tenía mas de una atención por parte del sexo opuesto, delgado, quizás en exceso, apenas duraría tres minutos en un campo de batalla sin la providencia de Ella.
-Hacía tiempo que no escuchaba mi apellido.-Dijo el anciano sentándose en una silla mientras contemplaba lo que era mínimamente visible a través del cristal cubierto casi en su totalidad de nieve.-la última vez que escuché mi apellido fue por boca de otro chaval como tú, con ansias de protagonismo por conseguir una buena historia que contarle a sus amigos. Lo eché a bastonazos de aquí.- Dijo el hombre mas mayor de la cabaña agarrando su bastón, enviando así un mensaje.
-Yo solo quiero escribir sobre su historia, comandante, sobre lo que vio hace tanto tiempo en aquel campo de batalla.-Dijo Penton.
El comandante Bellestorm lo miró. Ese niño apenas era una sombra del arrogante "caballero" que le vino a preguntar. y no había pizca de ambición, solo sed de conocimiento.
<<Éramos una de las compañías menos prometedoras de todo el ejército. Toda esa paparrucha de los salvadores de la patria vino después, para ensalzar la imagen de un ejército que casi e aniquilado por completo antes siquiera de que choquen las fuerzas mas directas. El imperio era bueno. Tuve la oportunidad de ver sus ejercicios y demostraciones de artillería en los tiempos en que yo era un cadete y hasta el día de la batalla habían aprendido un par de cosas contra los bárbaros del oeste. Eran buenos, muy buenos. Su disciplina era ejemplar. Tenían una costumbre. Los lideraba un tipo de piel aceitunada que solía considerar que era suficiente para darle algo de chance a la infantería. Nunca lo descargaban todo, como hacíamos nosotros. Es como si se repartieran responsabilidades o méritos.>>
<<Ese día fue terrible, una auténtica masacre que solo Ella pudo salvar. Teníamos una desventaja de cinco a uno, con el viento en contra, lo que favorecía el alcance de ellos y nuestra posición solo favorecía a la caballería que había sido hostigada durante semanas hasta que llegaron la mayoría heridos y totalmente desequilibrados. Miré a mis hombres y ellos me devolvieron la mirada ese día. Una mirada como pocas he visto. Sin decir nada, sabiendo que ese día podríamos morir todos nosotros, supe que no me dejarían caer. Y yo a ellos, esa panda de bastardos salidos de las peores cloacas de la capital, tampoco.>>
-Sin duda la versión oficial es mucho mas...-Penton no supo que palabra usar.
-¿Bella? ¿Poética? ¿Halagüeña? No hijo, la guerra es terrible, es una de las mayores mierdas que hay en este mundo creada por el hombre después de la envidia o los celos. Sentir que no tienes opción, que te vas a filas o que matan de hambre y frío a tu familia porque te encarcelan, que te obligan a empuñar una espada o un arco o lo que sea que tengas en casa si no te puedes permitir una simple daga. Pero bueno, vamos a darte tu historia.
<<Nuestra caballería estaba totalmente destrozada y nosotros estábamos al frente con azadas y poco mas. Y entonces los vimos aparecer a lo lejos. Los Corazones Puros, la élite del ejército imperial que hasta el momento nadie había derrotado en combate. "Necesitamos un milagro", dijo uno de mis hombres cuando vimos avanzar las monturas en lo que las filas de la infantería enemiga se abrían para dar paso. Sí, en verdad lo necesitábamos. Y el milagro llegó.>>
El anciano perdió la mirada en un punto y rememoró.
Recordaba cada instante previo, desde el aroma del humo hasta el relincho de los caballos asustados por lo que se veía encima. Varias toneladas de carne y hierro se acercaban hacia ellos. Ese día llovía como pocas veces se había visto, el barro en ciertos puntos de aquel lugar cubría muy por encima del pie, dificultando el caminar y mas aun escapar de las hordas enemigas. Un hombre joven de buena planta y, en ese momento, con uno de sus hombres muriendo a sus pies, vio como aquel muro negro se acercaba cada vez mas rápido. Era increíble lo maravilloso de aquellos jinetes, a los que parecía no influirle el barro ni la lluvia. Un muro, como bien se dijo, alto, rápido y muy ruidoso. la muerte era inminente y dedicó sus últimos recuerdos a su amada... hasta que las nubes de pronto se abrieron.
Eran, como poco, dos centenas. Iban todas montadas en magníficos caballos alados, o lobos, o hipogrifos, o lo que fuere que pudiera tener alas e impusiera el terror. Al frente iba aquella mujer. La belleza que desprendía era salvaje, indómita, capaz de atravesar murallas y corazones con aquellos ojos que rebosaban la sabiduría y la garra suficiente como para acongojar a mas de un general. Su cabeza estaba coronada por la noche y mil espinas, y en cada espina había un juramento de venganza y justicia. En una mano llevaba una espada llameante y en la otra una balanza, y a su vez, en sendos platos una copa y un pájaro. La espada era la ira de los cielos y del reino de las Valquirias. Eso era ella, una Valquiria que volaba por los cielos repartiendo justicia a lomos de un hipogrifo negro de pico plateado y ojos color añil. .
La escena por un momento se congeló, justo al momento en que los caballeros pertenecientes a Los Corazones Puros se cernían sobre la compañía de ese joven soldado que había sido llamado a filas por la fuerza. Al momento los cielos estaban vacíos y en el siguiente instante todas aquellas monturas tocaban tierra para proteger... ¿a quien?. Aquel futuro anciano ermitaño no recordaría nada mas que esos ojos mirándole y una mano que se extendía hacia él. Una mano pálida pero firme en su ofrecimiento. la espada de llamas había sido envainada y sin pensarlo mas, aceptó aquel ofrecimiento. Tomó aquella mano. Lo que siguió fue aun mas confuso si cabe. Vio mundos enteros a sus pies, vidas posibles lo que fue, lo que pudo haber sido, sintió su cuerpo recorrido por mil sentimientos y emociones, todos ellos inefables. Escuchó estruendos y sonidos similares a enjambres de avispas, silbidos mas agudos que los de cualquier flecha cortando el aire. Y finalmente él y su compañía estaban ahí, en medio de un campo, en casa.
-¿Así?¿Sin mas?.-Preguntó el impresionado recién llegado, al que el viejo le había ofrecido una taza de chocolate caliente mientras contaba su relato.-Es lo mas... espectacular que me han contando nunca.
-Pues créeme hijo. Para mi fue nada mas y nada menos que un milagro de los cielos.
viernes, 4 de mayo de 2018
Eres tan sumamente especial cada vez que te veo. Inefable en la máxima expresión de una palabra tan incorpórea, la clave exacta, entre mi alma y el sol. No sabría como describirme a mi mismo en los momentos de esos largos abrazos o de mis explicaciones variopintas en temas varios, pero sí que puedo describirte a ti y la verdad es que eres todo un bálsamo revitalizante que estoy seguro de que muchos gustarían de probar en todas las expresiones posibles de la palabra "amor" o "pasión". No sabes hasta que punto me cuesta expresar cada palabra sin darle esa característica cursi o manida del amor romántico, es algo que va mucho mas allá, algo que habita dentro de mi y que quiero expresar pero aquí está la cobardía presente para impedirlo. Quizás hablo muy en caliente pero puedo decir que ahora mismo, en este momento, llegarías con mucha facilidad a ser una persona muy especial en mi vida si ambos nos lo propusiéramos.
jueves, 1 de marzo de 2018
Al fin libres.
Él la abrazó por detrás. Sus cuerpos se rozaron aun con las ropas puestas. Se escuchaba de fondo el caos que se extendía a todo su alrededor. Los gritos y el llanto. Aquel lugar era todo un caos con ciertos de voces alrededor que invocaban a fuerzas desconocidas e intangibles.
-Van a terminar matándose.-Susurró aquella voz con el dulce acento de tierras lejanas.
-Todos aquellos a los que quiero están a salvo. Sangrarán unos cuantos días mas pero se repondrán.-Dejó aquellas palabras susurrantes contra la piel de su cuello desnudo. La noche había caído hace rato pero en lo mas mínimo se habían apaciguado los gritos y todo el estruendo.
-¿Que ha cambiado?.-Preguntó ella. Su piel se había erizado notoriamente, y mas al sur notaba las manos de su amante acariciando su cuerpo, con delicadeza pero decisión.
-Nada, solamente te deseo esta noche, y aquellas que las que nos permitamos estar.-Dijo con un deje de ansiedad en su voz, como el viajero que lleva mucho tiempo sin beber y ya está deseando beber.
-¿Solo esta noche?-Murmuró ella, dejándose besar toda la extensión de su cuello, girando todo su cuerpo hecho para la tentación y rodeando el cuello de él con sus brazos.
Sus cuerpos se pegaron un poco mas. cada una de aquellas partes era mas interesante que la anterior a ojos de su amante. Ella acarició los labios de su apasionado ángel caído en un beso lento que se fue intensificando. Las lenguas y los alientos se mezclaron para dar paso a caricias mucho mas cercanas, mas confiadas y astutas.
-Mi ángel caído.-susurró ella suavemente mientras se acomodaba sobre él tras tirarlo encima de un sofá de aquella habitación. Colocando ambas piernas a cada lado de su cuerpo se comenzó a mover suavemente, tentando a aquel derrotado de los cielo y expulsado del paraíso. El deseo brillaba en sus ojos.
Las manos de aquel hombre dejaban entrever la ansiosa necesidad de que la ropa desapareciera, de que aquellas molestas prendas, por muy cortas y reveladoras que fueran en el caso de ella, desapareciera de una vez por todas. Por debajo de la tela las reacciones se hicieron notables y sus ansias de mas les hicieron arrancar la ropa el uno del otro. Ella acarició su torso, él paseó las manos por enésima vez a lo largo de aquella extensión de piel deliciosamente maldita. Ella se acercó mas, las bocas se volvieron a unir junto a otro punto de sus anatomías.
Un suspiro, el nombre de ella y el de él salieron al mismo tiempo de sendas bocas. las caderas de ella marcaban un ritmo. Las manos de él tomaron un punto de apoyo y siguieron el ritmo de sus caderas, marcando cada paso hacia la gloriosa y dulce agonía del placer mas bendito. Los lechos que habían sido ocupados con anterioridad quedaban atrás, las viejas memorias que dictaban cada retazo del pasado habían sido quebrados, salvo aquel que hablaba de una preciosa dama que había tentado con sus artes a un caballero. De mente sensual y maneras educadas aquel hombre se había convertido en el dador de placer y en el principal aclamador de las formas de ese cuerpo firme y fresco por la juventud. Ella tomó las manos para que explorara libremente. incitándole a tocar todo aquello que alcanzara. Esa noche eran el uno del otro, desde una simple posesión hasta los amos absolutos de la voluntad ajena. Eran los amos del infierno, en medio de la tierra, celando a todos los ángeles puros del cielo. Cada movimiento de cadera se acompañaba de un cadencioso suspiro o sonidos capaces de ruborizar al mismísimo Casanova. Ella acariciaba el torso de su "víctima" mientras se movía con insistencia, con demanda, deseando obtener hasta el mas exquisito suspiro de placer.
Los movimientos se sucedieron entre susurros, palabras, juramentos, promesas, deudas, destrucción y dolor fuera de esas puertas. Dentro de aquella habitación había dos amantes que se regocijaban en la absoluta libertad que les embargaba cuando se ataban por unos breves instantes en comparación a toda la eternidad. Cada uno con su vida, sus frustraciones, su dolor, su pasado, pero ahí eran libres. Sí, ahí eran al fin libres.
-Van a terminar matándose.-Susurró aquella voz con el dulce acento de tierras lejanas.
-Todos aquellos a los que quiero están a salvo. Sangrarán unos cuantos días mas pero se repondrán.-Dejó aquellas palabras susurrantes contra la piel de su cuello desnudo. La noche había caído hace rato pero en lo mas mínimo se habían apaciguado los gritos y todo el estruendo.
-¿Que ha cambiado?.-Preguntó ella. Su piel se había erizado notoriamente, y mas al sur notaba las manos de su amante acariciando su cuerpo, con delicadeza pero decisión.
-Nada, solamente te deseo esta noche, y aquellas que las que nos permitamos estar.-Dijo con un deje de ansiedad en su voz, como el viajero que lleva mucho tiempo sin beber y ya está deseando beber.
-¿Solo esta noche?-Murmuró ella, dejándose besar toda la extensión de su cuello, girando todo su cuerpo hecho para la tentación y rodeando el cuello de él con sus brazos.
Sus cuerpos se pegaron un poco mas. cada una de aquellas partes era mas interesante que la anterior a ojos de su amante. Ella acarició los labios de su apasionado ángel caído en un beso lento que se fue intensificando. Las lenguas y los alientos se mezclaron para dar paso a caricias mucho mas cercanas, mas confiadas y astutas.
-Mi ángel caído.-susurró ella suavemente mientras se acomodaba sobre él tras tirarlo encima de un sofá de aquella habitación. Colocando ambas piernas a cada lado de su cuerpo se comenzó a mover suavemente, tentando a aquel derrotado de los cielo y expulsado del paraíso. El deseo brillaba en sus ojos.
Las manos de aquel hombre dejaban entrever la ansiosa necesidad de que la ropa desapareciera, de que aquellas molestas prendas, por muy cortas y reveladoras que fueran en el caso de ella, desapareciera de una vez por todas. Por debajo de la tela las reacciones se hicieron notables y sus ansias de mas les hicieron arrancar la ropa el uno del otro. Ella acarició su torso, él paseó las manos por enésima vez a lo largo de aquella extensión de piel deliciosamente maldita. Ella se acercó mas, las bocas se volvieron a unir junto a otro punto de sus anatomías.
Un suspiro, el nombre de ella y el de él salieron al mismo tiempo de sendas bocas. las caderas de ella marcaban un ritmo. Las manos de él tomaron un punto de apoyo y siguieron el ritmo de sus caderas, marcando cada paso hacia la gloriosa y dulce agonía del placer mas bendito. Los lechos que habían sido ocupados con anterioridad quedaban atrás, las viejas memorias que dictaban cada retazo del pasado habían sido quebrados, salvo aquel que hablaba de una preciosa dama que había tentado con sus artes a un caballero. De mente sensual y maneras educadas aquel hombre se había convertido en el dador de placer y en el principal aclamador de las formas de ese cuerpo firme y fresco por la juventud. Ella tomó las manos para que explorara libremente. incitándole a tocar todo aquello que alcanzara. Esa noche eran el uno del otro, desde una simple posesión hasta los amos absolutos de la voluntad ajena. Eran los amos del infierno, en medio de la tierra, celando a todos los ángeles puros del cielo. Cada movimiento de cadera se acompañaba de un cadencioso suspiro o sonidos capaces de ruborizar al mismísimo Casanova. Ella acariciaba el torso de su "víctima" mientras se movía con insistencia, con demanda, deseando obtener hasta el mas exquisito suspiro de placer.
Los movimientos se sucedieron entre susurros, palabras, juramentos, promesas, deudas, destrucción y dolor fuera de esas puertas. Dentro de aquella habitación había dos amantes que se regocijaban en la absoluta libertad que les embargaba cuando se ataban por unos breves instantes en comparación a toda la eternidad. Cada uno con su vida, sus frustraciones, su dolor, su pasado, pero ahí eran libres. Sí, ahí eran al fin libres.
Dedicado a la que probablemente sea una de las mujeres mas libres que jamás haya conocido.
lunes, 15 de enero de 2018
Cuando un buen hombre se va (padre e hija 2ª parte.)
Toda la
ciudad había sido cubierta por un manto de nubes, como si los mismos cielos
hubieran escuchado de la terrible noticia. Caía una lluvia fina que dejaba todo
humedecido, que parecieran las lágrimas de los ángeles que despedían el alma de
un hombre para darle una alegre bienvenida a los cielos. En cada calle, de
buena y mala fama, en cada taberna, incluso en cada corazón, ese cielo
representaba el estado de ánimo y la devastación de sus ciudadanos.
Había
muerto un hombre bueno, un hombre amable, que nunca había distinguido por
clase, profesión, género o forma de vida. Aquel hombre anciano, de sonrisa
siempre afable, de talante siempre generoso, dispuesto a ser un gran vecino, un
buen amigo y un excelente padre y marido. Todas las personas que lo conocían lo
lloraban en ese momento. la estampa que daba aquella calle, donde esa tienda de
de dulces había dado tanta felicidad, era ahora mismo la imagen misma de la
pena y la congoja.
Hacía
varias horas que aparecieron los primeros hombres y mujeres. Vecinos de aquella
tienda, clientes habituales que pasaban todos los días y pertenecían a buenas
familias. El hijo de aquel hombres los recibió como lo habría hecho su padre,
con una sonrisa a pesar de los ojos llorosos. Intercambió unas cuantas
palabras, aceptó aquel sincero pésame de una de las mujeres mas acaudaladas de
la ciudad, una anciana elegante a pesar de su edad y de humor ácido, aunque en
aquel momento sin apenas palabras con las que poder hablar. Un opulento
banquero, junto a sus hijos, abrazó a ese hombre humilde como su padre, entre
lágrimas.
—Era una de
las personas mas grandes que he visto. Ni todo lo que yo puedo poseer en la
cartera o el corazón serían capaces de reparar este daño.— Dijo antes de
refugiarse en el pecho de su esposa.
Llegaron
mas carros. Desde los barrios obreros se movilizaron marinos, trabajadores de
la construcción, mineros, cocheros particulares y públicos, descargadores de
cajas, repartidores de periódico, de paquetes de correos, taberneros,
costureras, secretarias de jueces, artesanos, artistas ambulantes, carteros, feligreses de las tabernas sin
oficio, prostitutas, panaderos, carniceros, incluso algún ladrón que se día
juró no herir la memoria de aquel hombre.
—Señor—Dijo
un trabajador de los muelles.—En nombre de todos mis hombres le damos nuestro
pésame por la muerte de su padre, probablemente uno de los mejores hombres que
ha conocido esta ciudad, y quizás todo el país. Quizás solo visité su tienda un
par de veces pero me dejó grandes recuerdos.
El hijo de
aquel hombre, con los ojos en lágrimas abrazó a ese hombre de humilde familia y
gran corazón. Hizo lo mismo con cada persona que se le acercaba. El hijo de ese
hombre había heredado la generosidad de su padre, con mas temperamento pero sin
duda era la viva imagen de él. Varias lavanderas tomaron sus anos y las
besaron, jurando y perjurando sobre la bondad de ese noble vendedor de
caramelos que alegró sus rostros hace tantos años y los de sus hijos, ahí
presentes en ese momento. Los carros se iban marchando para dejar paso a otros.
Llegaron
casi al mismo tiempo un grupo de cincuenta carros. La gente no cabía de asombro
al ver a los mas distinguidos diplomáticos y nobles bajarse de ellos, todos con
galas de luto a excepción de la representación de la marina real, que iba de
blanco, con uniforme de gala. En el brazo izquierdo llevaban un brazalete
negro, como señal de luto. Un hombre de rasgos finos comandaba esa comitiva.
Presentes estaban también tres de los mejores generales que casi al unísono
dieron su pésame a ese hijo huérfano ahora de padre.
—Señor, mi
padre, al igual que yo, fue general, un hombre curtido en la batalla. Conoció a
su padre cuando ambos aun tenía en pelo negro. Fueron amigos en la infancia y
no me pasa desapercibido que su padre hablaba con merecido orgullo de
usted.—Dijo uno de aquellos tres hombres, que bajaban la cabeza en señal de
respeto.
—Gracias
general. Mi padre me habló hace tiempo de su padre y puedo decirle que él
estaba orgulloso de usted, y con motivo, por lo que veo.—Dijo aquel hijo huérfano
antes de fundirse con ese hombre de espaldas anchas en un fuerte abrazo.
El cuerpo
diplomático casi al completo fue pasando, Hombres que normalmente mostraban la
vida imagen de la dignidad y el orgullo, este se mostraban entristecidos por
una de las mas grandes pérdidas para todo el reino.
—Llevo mas
de cuarenta años usando la palabra en favor a los interese de su Majestad,
buscando los mas pequeños recovecos para encontrar una paz duradera, pero hoy
no tengo palabras para describir la pena que siento.—Dijo un anciano de rostro
ceñudo y cejas pobladas de blanco, con su monóculo y su experiencia
internacional cargada a la espalda.
Aquel almirante de la marina real que
había llegado minutos antes miró su reloj. Faltaban diez segundos. Pasado este
tiempo se escuchó en la lejanía, desde el puerto, una serie de explosiones.
Salvas de cañón de uno de los principales barcos de aquella nación. Mientras
sonaban los estruendosos truenos de metal, los dos marineros que acompañaban a
ese gran hombre bajaron la cabeza en señal de respeto. Un sincero homenaje de
la gente de mar a un hombre dulce y encantador que había compartido lo poco que
tenía con quienes mas lo necesitaban. El hijo agradeció aquel gesto dándole la
mano al almirante.
Seguidamente llegaron profesores de
universidad, catedráticos, profesores y profesoras de colegios al servicio de
la corona y de pago personal. Dieron un sentido pésame. Llegaron los huérfanos,
aquellos niños estaban particularmente dolidos ante la muerte de alguien que
había reparado en su presencia, que había sido el motivo de muchas alegrías en
forma de dulce. Llegaron casi al mismo tiempo que otra parte de la nobleza,
comerciantes ricos y no tan ricos, secretarios. Todo el cuerpo ministerial se
congregó alrededor de aquel hombre que había perdido a una de las personas mas
queridas por toda la nación.
De un carromato se bajaron tres personas,
un hombre, una bellísima y joven mujer, probablemente su hija, y una mujer de
piel oscura. Los tres vestidos de negro. El rostro de la jovencita de grandes
ojos era una máscara de dolor. La otra mujer, el ama de llaves, mantenía el
tipo lo mejor que podía. El padre, con aquellos ojos ocultos en unas gafas
oscuras, se acercó al representante de la familia que estaba de luto.
La mas joven de aquella familia fue la
que llegó primero frente a ese chico ya crecido pero aun vigoroso.
—Mi pésame es poco en comparación al
dolor que se extendió por todo el estudio de danza cuando nos enteramos de la
noticia. Fui clienta de tu padre durante toda mi infancia desde aquel día
saliendo de la ópera con mi padre.—Dijo ella.— Ponemos todos nuestros recursos
a tu plena disposición.
—Mi señora, es decir, señorita.—Dijo
entonces aquel hombre.— Yo tuve el honor de ver su primera aparición, con sus
Majestades presentes, aquel día que usted se estrenaba para el ballet nacional.
El honor de tenerla aquí delante llena mi corazón de un sincero agradecimiento
a mi padre por haber sido capaz de congregar, en el pesar de su muerte, a tanta
gente que me habla de su conocida bondad.—Tomó las manos de aquella
mujer.—Muchas gracias.—Dijo con sincera emoción en la mirada.
Mientras tanto en los cielos pasaba algo.
Aparte de la llovizna que se había aligerado, se escuchaba algo mas, como una
especie de zumbido constante que se fue intensificando. Era quizás un homenaje
por parte de los ángeles de la modernidad, de los caballero con alas de aquel
nuevo siglo. Comandaba aquel grupo de aguerridos pilotos un hombre de gran
mostacho que habló por radio y dijo lo siguiente:
—Que sea este día, un día triste como
hoy, el día en que todos los hombres y mujeres lloraron a la vez la pérdida de
un gran hombre, y que nos haga entender que no existen las diferencias a los
ojos de la misma muerte— Decía a través de la radio el líder de la formación. —Y
que la carga que llevamos en nuestros aviones sea lo mas mortífero que jamás se
use entre las naciones.
—Capitán, estaremos sobre el punto en
treinta segundos.—Dijo su mano derecha.
—Bien, a mi señal.—Dijo el líder de
escuadrón. En su brazo izquierdo, al igual que todos aquellos pilotos, lo mejor
de lo mejor de la Corona, lucía un brazalete negro, como señal de luto y
respeto.-Vale ¡Formación, ya!
Justo en ese momento cientos e incluso
miles de cabezas se alzaron la mirada para explorar los cielos, justo a tiempo de ver como catorce
de los mejores aparatos y aviadores formaban en el aire un enorme y veloz
caramelo. La parte baja de aquellos aeroplanos habían sido pintadas de verde.
—¿Verde?.-Preguntó una condesa a una
mujer de aficiones variadas.— ¿Por que verde?
—Por su sabor favorito: la menta.—Le
respondió un vagabundo, con una lágrima rodando por sus desgastadas mejillas.—
Cuanto se le extrañará en este mundo.
En los cielos, aquellos hombres giraron con impecable coordinación
sus aparatos e hicieron otra pasada.
—¿Flancos?.—Preguntó el capitán —¿Listos?
—Flancos derechos listos.—Dijo el ala
derecha.
—Flancos izquierdos listos.—Respondió la
parte izquierda del envoltorio del caramelo volador.
—Abrir el caramelo en tres, dos, uno
¡abrir, abrir!
En ese momento los dos flancos se
abrieron y abandonaron la formación para dejar paso al grupo principal, cuyos pilotos, en sus
respectivos aparatos, liberaron la carga. De aquellos aviones comenzaron a caer
caramelos, bombones, piruletas, todo lo imaginable que pudiera ser dulce y
ponerle una sonrisa en el rostro a un niño o un adulto.
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