sábado, 8 de febrero de 2014

El gran día.


El general se alzó sobre el pequeño montículo de rocas que le permitía poder ver y ser visto por el resto de sus hombres, espada en mano y con la armadura puesta, observando todos los rostros hasta donde le alcanzaba la vista. El cielo era una alegoría de lo que quizás pasaría en breves instantes, pues estaba teñido de rojo como el mar de sangre que habían dejado todos aquellos hombres a su paso, el rojo mas oscuro de la sangre de los demonios mezclado con negros profundos carentes de la belleza que tiene habitualmente dicho pigmento. Los ojos de aquel hombre de extraño origen miraron a todos los hombres y mujeres que estuvieran dispuestos a luchar en nombre de lo sagrado. Habían recorrido miles de leguas persiguiendo lo soñado durante tantos años. Era el instante final de aquel largo camino de pérdidas y sufrimiento; habían construido puentes por donde pasaban los caballos blancos y negros, de crin rojiza como el atardecer y brunas como las noches mas oscuras y carentes de luna. El sol había contemplado el alzamiento y la caída de las flechas y los versos sobre los enemigos de aquella poderosa comunidad constituida por seres extraños, siempre soñadores, siempre trabajadores de la retórica, el saber, la lírica y la música, ahora armados contra su peor enemigo: el mal, la tristeza y la desesperación.

Se callaron los murmullos cuando la espada se alzó para dejar ver un brilló que inundó toda aquella planicie, todos esas caras esperanzadas. Un baño de luz que llenó los ojos y cada poro de la piel de cada hombre y mujer, tiñendo en blanco inmaculado su rostro y haciéndolos parecer dioses por un breve instante. Sonaron las primeras ovaciones que no tuvieron tiempo de extenderse, pues de pronto un silencio que fue impuesto por un trueno lejano. Se acercaba de frente una de las mas violentas oleadas de malévolos demonios que jamás hubiera contemplado hombre, mujer, niño o anciano alguno. El general observó lo que se acercaba y no dudó en dirigirse con voz clara, alzando de nuevo la espada con la que esa noche, igual que otras tantas, haría la justicia del bien:

-Esta es su sonrisa.- Dijo con voz potente, llena de una razón inmisericorde hacia cualquier cuestionamiento. Todo el mundo sabía que se refería a su espada, apodada con el nombre de la mujer que lo había traído hasta ese momento, hasta ese lugar.- Y esa sonrisa voy a verla esta noche porque al otro lado de esa colina se encuentra el motivo por el que tanto tiempo hemos luchado todos nosotros. Cada uno de vosotros tiene un sueño al otro lado de esa colina: la memoria de los muertos, la dulce caricia de vuestra amada, el abrazo de vuestros hijos, y esos malvados han secuestrado a las alegrías de nuestras vidas para no dejarlas escapar, para que se pudran en sus propios excrementos; pero les vamos a sacar de ahí. No dejaremos que les toquen o siquiera les miren. Yo lucho por la sonrisa de la mujer mas bella de mi mundo y hoy es el día en que la luna y las estrellas, el sol, los planetas, los grandes sabios celestes y Dios la enviaron a este mundo para rescatarlo de la oscuridad y que recuperará toda la gloria pasada, presente y futura de la creación poética. Nos atacarán con todo lo que tienen y nosotros le enviaremos todos y cada uno de los nombres de nuestros corazones en forma de fuego, hielo, acero, sangre, lágrimas de cristal bendecido, notas musicales, versos, historias, sonrisas, flores... en forma de cada uno de nuestros sueños cumplidos transformados en una forma nueva de alejar la oscuridad. Hoy es ese día.-Dijo con un grito potente.

Todo un bosque de armas extrañas se alzaron. Había espadas de metales extraños, de exóticas formas y materiales como tierra, madera o papel; lanzas ensortijadas en todo tipo de inscripciones en lenguas olvidadas con hojas temibles o aparentemente poco amenazantes, tridentes descomunales en cuyas tres puntas había otras tres puntas y afinando la vista se encontraban otras tres. Había arcos de maderas claras y oscuras, uno totalmente rojo que nunca fue pintado, otro naranja que estaba siempre candente al tacto empuñado por una mujer de piel rojiza. Había puñales de doble hoja o lo que en apariencia eran sencillos cuchillos de cocina. sin embargo había también libros, instrumentos musicales, astrolabios, cartabones. Las antorchas se alzaban dejando ver llamas de todos los colores y de algunas de color verdoso parecían salir ramas de árbol; de las azules podría decirse que estaban incendiadas en agua. Las miradas de todos aquellos y aquellas combatientes estaban puestos en el hombre que los había guiado hasta ahí, el cual en ese momento alzó el vuelo con dos grandes alas impregnadas en destellos multicolor, lanzando cientos de luces hacia la gran nube que se les aproximaba la cual se abrió y dejó ver lo que ocultaba.

Los grandes horrores se estaba abriendo paso a través de un pequeño bosque el cual quedó sumido en la mas completa desesperación. Criaturas deformes con varias manos, piernas, ojos u orejas avanzaban torpemente a través de la poca vegetación que quedaba viva. Todo lo que tocaban quedaba para siempre muerto en las manos de quienes desean el mal en este mundo y eso era para lo que venían el ejército de los caballeros poetas, de los músicos mercenarios, de los legionarios cantores. La nube se fue abriendo, mostrando los mas dantescos horrores, rodeando a todos aquellos buenos hombres y mujeres que parecían estar siendo devorados por el eterno abismo de la sempiterna oscuridad. Le acompañaba a todo aquel desastre los lamentos de las mujeres, niños, hombres, amores, que habían suplicado día y noche y llamaban a gritos a sus rescatadores, que en ese momento libraban una batalla contra la locura.No sucumbirían y no sucumbieron.

Dos alas se debatían furiosamente junto a otros camaradas alados, contra los pequeños y grandes dragones de fiero rugido que se lanzaban contra ellos, mientras un coro estaba afinando las voces y lanzaban una solitaria nota desde lo profundo de sus gargantas para ahuyentar la niebla tóxica de Desesperación. Donde antes se encontraba el general ahora un sencillo hombre de largo cabello movía la batuta llevando el compás de una melodía suave, concentrado pero al mismo tiempo consciente de todo lo que le estaba rodeando. Los poetas tenía sus libros abiertos y con una sonrisa elocuente, vivaz, unas veces pedante y otras humilde, recitaban los mas dulces versos que estaba dedicados a las mujeres de sus vidas. Al otro lado de aquella colina mujeres y niños parecían escuchar de fondo el murmullo y un dudoso "ese es mi marido" "ese es mi papá""suena como la flauta de mi amado" fue de celda en celda, causando la duda pero encendiendo las primeras llamas de la esperanza. Los niños estaban subidos a los hombros de sus hermanos o de sus amigos, contemplando el furioso batir de alas de un extraño ser de larga cabellera que portaba una espada con un nombre inscrito y que repartía mandobles y versos a partes iguales entre aquellas legiones oscuras:
Oh poderoso nombre de verdad
de luz esperanza, dulce beldad
no caeré en vuestra negra danza
Pues a Ella debo alcanzar

 Una mujer alzó su canto a las nubes que pronto empezaron a soltar una leve llovizna de tintes esmeraldas, un color muy esmerado, que hacía crecer la vida por donde quiera que esta hubiera estado.

Los tigres, bisontes, zorros, lobos, pájaros, perros, gatos, salamandras brillantes, topos cegatos se unieron a la batalla desde los bosques. Los enanos, con sus lenguaje tan poco elegante, empezaron a invocar sus propios hechizos protectores, llenando todo de una cacofonía de voces que daba un curioso sentido a todo aquello. El fuego caía de los cielos mientras el general de aquellas tropas, de aquellos hombres fieros, recibía un par de heridas de criaturas malvadas y bebedoras de sangre, libadoras de vida, enloquecidas por la ira, la desidia y de rostros tan bellos como fueron sus anhelos. Sus garras venenosas no llegaron a tocarle pero cayó y cayó hasta casi dar contra el suelo, siendo levantado por un trovador y un anciano cuentacuentos que depositaron en él una confianza ciega de cara a la victoria, al que hicieron alzar el vuelo con una canción sobre los ríos y un cuento sobre el mar y la luna. El Sol prestó su fuerza para que en cada una de aquella hojas de acero y de papel con tinta hubiera un nuevo brillo de esperanza. Sonaban por todas partes los instrumentos mas variados jamás vistos, unas veces tocando la misma canción y otras veces ramificándose en la fuerza mas devastadora del bien: la cultura y el folclore. Una dama de rostro salvaje e indómito enviaba con sus danzas bellos escarabajos de miles de colores y los gusanos y topos llevaron a cabo la mas excelente labor de zapador, devolviendo a varias de esas criaturas al abismo del que habían venido. Una sombra atrapó a un hombre que estaba a punto de ser aplastado por un ogro maloliente y horrendo, salvándolo de una muerte segura al aparecer unos metros mas allá, entre un tabernero y sus hijos los cuales querían rescatar a su esposa y madre. Los asistentes de campo se afanaban en atender a los heridos, que con unas vendas y la mirada de dos ojos azules volvían enardecidos al campo de batalla, enarbolando sus armas, instrumentos, papeles o voces; a veces, incluso solo una sonrisa.

La Bella Gente se unió bajo el estandarte triangular con una pantera de mirada algo antipática. La portadora de dicha enseña se lanzaba con dos mortíferas espadas para repartir elegantes, aceradas y mortíferas caricias entre los enemigos de la luz. Al lado de esa mujer iba otra dama, blanca como el mármol y vestida con tonos verdosos que hacían pensar un origen equivocada al que se le podría achacar. Pasando rauda y veloz entre un grupo de violinistas que mantenían a raya a unas cuantas harpías, la pálida dama iba montada sobre un gran lobo negro de mirada feroz y ojos anaranjados, que son total falta de cuidado y completamente lleno de seguridad se metió en el altercado entre varios poetas y espeluznantes híbridos entre hombres y arañas u otros insectos. Los furibundos rugidos y zarpazos barrían áreas enteras junto a los sutiles pero mortales golpes de la mujer que enarbolaba una espada y una daga de cristal verdoso, fino como el papel y cortante como el despecho de una dama. Los arqueros dispararon una lluvia de flechas para cubrir el cielo que tenían inmediatamente encima de ellos mientras terminaban dejando un reguero de patas y de cientos de ojos y cabezas, las cuales pronto eran convertidas en calabazas o en gruesos troncos de árbol que cubrían el cielo con sus frondosas y coloridas hojas. La dama blanca sonreía, exultante y gloriosa, ante los exabruptos de su lupino compañero en una lengua tan vasta como extensa a la hora de ofender verbalmente.

La batalla era dura, mas dura de lo que nadie habría podido imaginar, pero era realmente bella pues no existían los cadáveres, la sangre ni nada similar. Todo se convertía en vegetación, en rosas de todos los colores, en claveles, crisantemos, rododendros, orquídeos, tulipanes rojos y negros, violetas, amapola. El líquido de la vida seguía cayendo a finas gotas, terminando también con las nubes de oscuridad que trataban de alzarse por encima y hacer su devastadora voluntad de truenos y rayos. Un diablillo retorcido y cruel se lanzó, lleno de malignas intenciones, hacia un anciano sentado en un tocón. Cuando este anciano abrió los ojos azules, invidentes y sonrió con toda bondad, el demonio salió espantado de terror, dejando al anciano disfrutar de aquel sonido extraño junto a una bolsa de dulces que en ese momento estaba degustando en compañía de una dama que se mostraba encantada por el bonito gato que le devolvía la mirada de color morado. El lobo negro saltaba en ese momento para abrir en canal a un dragón (mas tarde un intrincado laberinto de ramas y claveles) que se había llevado la pata perteneciente a la señorita del gato.

El portador de aquel maravilloso verso estaba sumido en pleno vuelo cuando una flecha dio justo en el centro de su pecho, provocando una herida casi mortal que lo hizo caer y caer a través de una densa oscuridad. Movía las alas con energía pero seguía cayendo hasta lo mas profundo mientras la vista se le nublaba. Un golpe y de pronto la oscuridad. Desesperación sonrió con malicia pero se le congeló el gesto en el momento en que dos dagas atravesaban su pecho y destrozaban su cuerpo haciéndola soltar un último grito digno de su nombre, convirtiendose a posteriori en cientos de mariposas veloces. Tras una opinión rápida sobre los humanos y sus torpezas dos brazos delgados pero realmente fuertes arrastraron a aquel hombre hasta donde se encontraban los ojos azules que todo lo curaban junto a un anciano que antes había ahuyentado a un demonio con solo una sonrisa. Le extrajeron la flecha y como por arte de magia (o quizás realmente sí era magia) los pequeños sollozos cesaron, las alas resplandecieron de nuevo y de una explosión de felicidad y color la espada se transformó en una rosa azul que guió a los cielos junto al resto de su cuerpo, subiendo y subiendo hasta llegar a traspasar las mas altas nubes. Y sencillamente se dejó caer como quien se deja llevar por el mas abrumador sentimiento de alegría y bienestar al encontrarse frente a la mujer a la que iba dedicado ese regalo. Las alas quedaron pegadas al cuerpo como las del halcón que se abalanza sobre su presa y cayendo sobre su objetivo, una cristalera se rompió en mil pedazos que se fueron convirtiendo en granos de azucar para aterrizar en un camastro, ahora convertido en cama de plumas y una habitación con tapices majestuosos que ilustraban todo tipo de escenas.

Las dos alas y los dos brazos, ya libres de la armadura por arte de magia se cernieron sobre ese cuerpo tan magnífico, tan atrayente, tan equilibrado en sus divinas proporciones. Los ojos se acercaron aun mas a los de ella y la miró mientras con la rosa azul acariciaba su mejilla y susurraba suavemente contra esos labios que lo habían hecho suspirar y recitar cientos de poesías a la noche estrellada un dulce y tierno:


Sincero y calmado 
hoy me siento.
Cantando y riendo
mi corazón recuerdo.

Dulce tu risa de ensueño.
Aniquiladora de males,
da caza como sabueso
a las tristes banalidades

Eres la Musa de mis días,
de mis torpes pasos ;
de una letra sin bridas
que hace lo salvaje manso.

Por favor, toma mi mano
mira mis ojos humanos
volaremos muy lejos, muy alto 
hasta el sol con su reclamo.




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