jueves, 15 de agosto de 2013

En vida y sueño.

El amante recorría lentamente la suave curva de una de sus redondeadas caderas con suaves besos. El estremecimiento se hizo palpable en la piel delicada, suave, cálida de su bella acompañante, giró levemente el rostro y dejó salir una sonrisa llena de gozo, con esa pereza producto del fuego, dándole un toque felino a esos ojos negros como la noche. El dueño de los labios que la exploraban paseaba una mano por una de esas perfectas piernas, que se movía lentamente como prueba de los maravillosos instantes que habían vivido hacía tan solo unas horas. Con un suave movimiento él se puso a la altura de su oído y le susurró un dulce "te quiero", cargado de unos sentimientos imposibles de comprender y describir. Las formas de su cuerpo le parecían perfectas desde el primer momento en que la vio y solamente su presencia ya era una invitación a placeres capaces de quitar la cordura incluso al mas racional de los seres vivos. Si una sola mirada se posaba en él con toque mínimamente insinuante, eso era mas que suficiente para incendiar un bosque entero. 

Aun era de noche en la habitación y la luna bañaba su desnudez, la de ambos,a,oldándose a los cuerpos de sugerentes curvas y blanca piel, como si siempre la hubieran llevado puesta. Una mano blanca, delgada, paseó por el cabello de la bailarina nocturna que tenía entre los brazos y un suave suspiro se derramo en la curva de su cuello, dejando sentir la calidez del aliento y la delicia de su proximidad. La avidez, el deseo, la pasión, todo eso aun flotaba en el aire. Aun quería seguir consumiendo la frustración, la ira, la tristeza para dejar paso a la paz, a la harmonía de los cuerpos y los espíritus de ambos. Cada ocasión en la que esos labios saboreaban su piel sentía que el deseo volvía una y otra vez y los suspiros de tan dulce acompañante eran una perfecta correspondencia. Los dedos se delizaban por su pie y con tranquilidad, emitiendo una especie de inconsciente ronroneo ella se giró para quedar frente por frente. Se miraron profundamente a los ojos en lo que duraban los segundos. De no ser por su mortalidad se habrían mirado estaciones enteras, hasta que todas las hojas de los árboles cayeran y volvienran a crecer en sus ramas mil veces. 

Unos dedos se posaron en un torso cálido y blanquecino, desprovisto de esas formas tan atractivas que hacían ruborizarse a las mujeres, pero ese sencillo gesto lo hizo sentirse inmensamente afortunado. Él correspondió posando una mano entre los suaves senos de ella, dejándola caer como una pluma ligeramente a la izquierda. Notaron el corazón el uno del otro mientras se miraban a los ojos y ella sonrió, dejando a ese que llaman poeta sin aliento por unos momentos. La maravilla que contemplaba sus ojos no tenía cabida en poema alguno. No había redondilla o serventesio que pudiera equiparar esa luz mágica, que daba esperanza a los corazones tristes. Y la música tampoco bastaría para que el tiempo le diera la razón a esos ojos cuando se cantara su canción durante mil años. Los dedos de aquella bailarina ardiente acariciaron apenas sin dejar de mirar sus ojos, como si con ello le estuviera transmitiendo un mensaje a su amante, una sensación de seguridad, una intención de tranquilizarlo aun mas de lo que ya estaba. La sugerencia de sus movimientos, la entrega con que sus caderas se movían fieramente cuando las estrellas observaban nunca se borraría de su memoria y mucho menos esos momentos posteriores en los que ambos se decían sin palabras lo que lo que ninguna leyenda pudiera explicar. 

Los cuerpos se acercaron de nuevo, sin ninguna insinuación y un manto de plumas los cubrió a ambos. Ella dejó sus manos sobre el torso de él, como si quisiera tranquilizar sus propios latidos y él lentamente rodeó el fino cuerpo de ella, envolviéndolo en sensaciones de seguridad, de cálida compañía y una fervorosa ternura. No permitiría que nada le pasara a ella. No permitiría que nada le hiciera daño y, si eso sucedía, no permitiría que su sonrisa se borrara mas de unos pocos segundos. La haría aflorar de nuevo desde el interior de su alma para que iluminara el mundo. Él nunca la retendría contara su voluntad, no le haría daño jamás y estaría dispuesto a cometer todos los actos de entrega posibles para demostrar que estaría ahí por siempre, en lo bueno y en lo malo. Bajo la nariz del amante se encontraba el cabello de ella, que desprendía ese aroma limpio, fresco, como el de una flor en la primavera mas perfecta. La luz de su mirada era como el sol y su sonrisa era la inspiración de los poetas. Los dedos blancos fueron un peine durante unos momentos, deslizándose por su cabello, un manto de seda negra. Cerró los ojos, escuchándola respirar a medida que ella se iba quedando de nuevo dormida tras los intensos actos de entrega que habían realizado en la cama, llegando a tocar el cielo varias veces, sobrepasando sus límites para yacer juntosentre las estrellas. Con dulzura los dedos de aquel hombre afortunado pasearon por el cabello de ella, dándole esa sensación de paz que añoraba desde hacía tanto tiempo. 

Permanecieron juntos hasta que ambos, dormidos como estaban, se reunieron en el mundo de los sueños para decirse todo aquello que había faltado en tan gloriosa noche. 



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