domingo, 3 de junio de 2012

Poesía de otro mundo

Con la voluntad cada vez mas débil, un día llegaba a su fin tras toda aquella bella exhibición de luces arrancadas a las flores, a los diamantes o bien a las cristaleras repletas de adornos. Todo tenía ese tono tan particular cuando aquel brillante sol daba con sus lanzas ígneas sobre aquellas grandes extensiones de tierra, decorada con mil y un elementos, desde coloridas flores hasta extraños animales con un cuerno en la cabeza y de crines brillantes en extremo. Las aves parecían emitir la misma alegría en sus vuelos y el viento no se hacía presente, parecía refugiado en alguna profunda cueva o contemplando desde un rincón en el cual no molestara toda la belleza expresada por los colores que fueron lentamente abandonando su brillo con la desaparición nocturna del sol. Los lobos elevarían sus coros llenos de advertencias y anuncios de disponibilidad o de nacimientos de los cachorros, los manantiales cantarán junto al graznido del cuervo, las grandes aves de presa que tenían a la noche como su hogar saldrían para dar caza a rápidos y desafortunados roedores, . Pero aquel destino no era el que sufriría ella.


Aquella bella criatura estaba contemplando el atardecer, quizás esperando a la aparición de las primeras estrellas. Eso solo ella podía afirmarlo. Sus ojos miraban al cielo y en su rostro se dibujaba la sonrisa mas brillante que jamás mortal alguno pudiera ver. Su piel morena estaba perfectamente contrastada con el blanco de la balaustrada desde la cual contemplaba aquel bello cambio entre el día y la noche, ese cambio de relevo en el reinado de aquel y de otros tantos mundos. Una suave brisa comenzaba a soplar y acariciaba con suavidad el rostro de aquella que estaba ahí quizás de por vida, que deleitaba con movimientos de danza o con sencillos gestos llenos de profundo significado el corazón latente de la propia Gaia. Las últimas luces de ese día que moría arrancaba brillo de su largo cabello que caía por el frente de los hombros y la espalda a partes iguales, aportando una sencillez y al mismo tiempo encanto que podría ser rival de cualquier otra que pensara ser digna de competir con ella. Aquel tejido con el que se hacen los sueños pareciera un marco para el retrato de una dama de las altas cortes.


La túnica que aportaba algo de intimidad a su cuerpo daba imprecisión a las auténticas y tentadoras formas de la vasija de aquella alma que había encandilado a mas de un corazón con su luz mágica. No parecía alterada en lo mas absoluto y su postura era distendida, no tenía los músculos en tensión, dejando entrever familiaridad, costumbre en aquella práctica que llevaba a cabo. Los cabellos se agitaban ligeramente por el soplo del suave aire que trae tintes salados a ea nariz armonizada con el resto de su bello rostro, toda una efigie de reina que podría hechizar al mas duro de los hombres o convencer a quien se sintiera condenado por Dios de que siempre había una posible ruta alternativa para la salvación. En aquel rostro cualquiera vería un remanso de paz aun siendo un condenado del infierno, toda una fuente de inspiración aunque no pudiera hacer un solo verso o quizás una auténtica aliada en la vida aunque cada detalle supusiera, por mala suerte, la mas profunda de las traiciones.


El silencio trajo unos pasos hasta donde ella se encontraba. Ese lento caminar estaba tras las sombras que se iban apoderando de todo el paraje únicamente amparado por el luminoso peregrinar de la luna y el titilante muestrario de luces de las estrellas, que guiaban los pasos de navegantes o daban entretenimiento a los amantes que contemplaban el estrellado cielo. Lo único que podía delatar a ese improvisado y recién aparecido personaje era una respiración profunda que no tardó en encontrar un lugar de descanso en la suave curva de un cuello y hombro elegante, capaz de lucir las mas imperiosas e impresionantes alhajas. Un suspiro, aire liberado como un presuroso ángel expulsado de las gloriosas dependencias de los cielos, condenado a vivir en la soledad por el resto de la eternidad, se estrelló como Lucifer contra la tierra, sutil y fuertemente. Unos brazos decididos fueron rodeando aquella delicada y perfecta figura atrapándola, envolviéndola, deseándola como tanto tiempo atrás lo había soñado mas nunca había esperado sentirse tan completamente a la merced de su cercanía y a un mismo tiempo sentirse tan poderoso. Los labios manchados en pecados y muchas esencias sanguinolentas ahora estaban limpios, purificados de los pecados al entrar en contacto con ese terso manto. Un nuevo suspiro se liberó casi al instante de ambas bocas, una emplazada en el cuello y la otra siendo acariciada por la brisa de aquella noche que parecía sentir el calor que los propios cuerpos desprendían a través de las vestiduras.


Dos finas y blancas manos fueron explorando el perfil de aquellas curvas ocultadas por el bello y azulado tejido alrededor de ese cuerpo que al depredador, a ese cazador insaciable de placeres le parecía perfecto y en algunas ocasiones un remanso de paz. Fueron acercándose mas los cuerpos por muchos puntos a un mismo tiempo y lentamente los labios dejaban su impronta en aquella piel, en ese campo en el que depositar deudas de besos y poemas hechos suspiros. Ella podía sentir el latido de un corazón que se aceleraba, que emitía los mas lacerantes rugidos de dolor cuando ella no estaba cerca y que encontraba motivos mas que suficientes para latir cuando en aquel ser magnífico se encontraba próxima, muy próxima a él. Con lento movimiento como si de las hojas de un árbol arrastradas por una suave brisa se trataran, sus manos fueron describiendo y definiendo un recorrido carente de pausa pero tranquilo, como si el tiempo no tuviera importancia. Y es que el tiempo realmente no tenía importancia en ese momento ya que ella estaba en su corazón y muy cerca de su cuerpo. Un lento y cálido caminar con destino a su corazón fue el objetivo de una de sus manos que se deleitó por unos momentos con el sentir de ese poderoso elemento. La tela era tan fina que apenas se entorpecían esas divinas señales de vida. 


La otra mano era sibelina, atrevida y completamente irrespetuosa con los impedimentos que salían a su paso. Los dedos hábiles de aquel amante insaciable se deshicieron con educada delicadeza de ese nudo tan flojo que aun así ceñía la cintura con mucho celo, abrigando su cuerpo. Las dos largas tiras de ese mismo y  sugerente material que anudaban la prenda se dejaron caer sin remedio de revertir el efecto consecuente. Libre de impedimentos aquella mano ambiciosa poco a poco se fue colando y mitigando el frío que recorría la piel con suaves caricias que se unían en una larga pincelada que tomara distintos rumbos de manera constante. El aire contenido al contacto con aquella piel sin obstáculos se liberó lentamente y todo ello los hizo estremecer, suspirar y abandonarse a las sensaciones. Nada importaba ahora mismo, solamente la entrega incondicional a sentir aquellos dedos y aquella piel bajo las yemas, deleitando el sentido del tacto, asesinando con ignorancia el paso del tiempo, desterrando con suspiros las preocupaciones mundanas. 


Los labios ansiosos pero tiernos en su proceder fueron lentamente expandiendo su reinado de ternura y pasión sobre el suave, fino y elegante nexo entre cuerpo y mente de aquella dama. Toda una dama que le hacía sentir afortunado de solamente tener su presencia y mucho mas acariciar con una respetuosa libertad aquella piel, aquel manto de su alma. Sentía cada poro alzarse, levantarse en un estremecimiento general al paso de los pálidos dedos en los que se desprendía un deseo casi incontenible. En ese trayecto por su vientre la tela se fue apartando al inquebrantable avance de esos cinco soldados deseosos de victoria y explorar nuevos territorios. La luna bañó aquel otro suave tejido que marcaba unas formas deseables y tentadoras, resucitadoras del deseo dormido tras mucha meditación que ahora afloraba. Los límites que se estaban rompiendo eran disfrutados al máximo. Él se sentía pletórico en tanto que ella rendía su cuello y lo dejaba a gusto y placer de los actos suaves y delicados de manos y labios. Un susurro se dejaba escuchar en la noche. Promesas de mucho gozo y demostraciones de un cariño profundo en forma de nombre propio que era verso y consuelo ante la intranquilidad de él. Los cuerpos se acercaron mas y mas. A los movimientos de esas enloquecedoras caderas se unieron una suave caricia en su mandíbula que fue posando con mas confianza en una zona la cual presionó para incitarle a besar y depositar aliento y pasión en cada roce de labios. Una sonrisa de placer estampada en sus labios era todo lo  que necesitaba para que las manos, mas confiadas, fueran poco a poco deslizándose a puntos mucho mas secretos. Un suspiro suave llegó a sus oídos al notarse las pieles pegadas y los puntos mas sensibles constantemente adorados por caricias. Entre dos largas y ágiles columnas que eran sus piernas una mano encontró un lugar muy cálido donde refugiarse de la fresca noche. Como agradecimiento a su estancia la mano fue derramando caricias lentas impregnadas en una curiosidad y deseo que no conocían una frontera exacta. En aquellas profundidades la calidez aumentó y las caricias se hicieron apremiantes, señal inconfundible de aquel gusto que se desarrollaba por invadir aquel íntimo lugar, al cual daba trato delicado, pretendiendo dar el máximo agradecimiento posible. En el norte una mano sembraba masajes, caricias, estímulos a unas colinas bien formadas. Los dedos pasaban de un lugar a otro deleitándose de vez en cuando con el constante latir de su corazón, mutuamente alterado y acompañando al de ese deseoso ser que ansiaba cada centímetro de su piel, suspiro de sus labios y estremecimiento de su alma. Aquella era una de sus múltiples formas de demostrarlo


La quería y deseaba profundamente, era el motivo de la adoración que sentía por las pieles, por las miradas intensas e hipnóticas, por aquel cabello moreno que gustaba de acariciar cuando los cuerpos yacían exhaustos en el lecho donde habían consumado profundos y entregados actos. Y ahí sería el campo de batalla, conquistado por las piernas y los brazos en movimiento, rodeándose y cazándose los unos a los otros. Los alientos cálidos comenzaron aquella campaña de ataque contra la boca amiga que deseaban conquistar. Como auténticas, sádicas y lentas bestias reptadoras las lenguas lentamente avanzaron hasta encontrarse y acariciarse largo rato. Ningún otro movimiento se efectuó a excepción de ocasionales caricias, susurros apresurados por la sed del aliento contrario. No existía la necesidad de precipitar nada mas: el deseo era apremiante y la avaricia por causar mas y mas placer se hacía presente en caricias y suspiros con alguna que otra nota de poderoso deleite que era mutuamente respondido y se estrellaba contra las cristaleras por las que la blanca luna penetraba lanzando a través de pétalos azules de vidrio pequeñas caricias, creando una sensación divina. Los labios exploraban el cuello e incluso se atrevían a saciar el hambre de piel en aquellos senos tan bien formados, atrapando el punto mas alto con los labios y deleitándolo con suaves caricias de una lengua que lentamente degustaba el intenso sabor de esa parte tan sensible de aquella dama divina, celestial. Las manos exploraban aquella piel deliciosa en sus flancos, acariciando, haciendo notar un deseo, una necesidad que no tenía cabida en cuerpo y mente humana alguna y que solo ella era capaz de despertar en él de esa manera. 


Deseoso. Así se encontraba cuando ella estaba cerca, el ánimo de su alma. Deseoso de que las pieles se mezclaran y los alientos se reencontraran. En la extensión de un cuerpo de mujer una lengua exploraba con lentitud la tersa piel que exponía un tono moreno a lo largo de sus formas femeninas. De cada poro se podía saborear la esencia de un placer incipiente que va despertando a medida que la luna reinaba en aquella antes fría pero ahora cada vez mas cálida noche. Aquel sabor intenso fue cobrando mas fuerza, causando una obsesión por mas, por mucho mas de lo que se pueda ya saciar en sed y hambre de piel. Las sábanas apenas cubren una espalda que revela dos poderosas alas mientras unos movimientos lentos dejan entrever el baile constante entre esos seres únicos, el encuentro y choque de los amantes que poco a poco se unen de nuevo, en esa noche. Las bocas unidas de nuevo se prodigaban suspiros y susurros de emociones y sentimientos que retaban a lógica y poesía, a la propia lengua que se veía impotente en buscar una palabra que definiera aquello. Los actos se sucedían en un camino que solamente tenía un único destino. Un éxtasis profundo que hizo encender mas de la cuenta a las estrellas y ruborizar a la luna, que sacudió la tierra y despertó la naturaleza cuando un sencillos suspiró salió de dos bocas apasionadas. 


Las alas desplegadas y las miradas encontradas fueron aquello que solamente se podía describir con las palabras. 


Lo demás sencillamente era poesía de otro mundo. 


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