viernes, 27 de julio de 2012

Mañana fantasiosa

Las suaves mejillas estaban distendidas en una gesto de tranquilidad que reflejaba aquel armonioso rostro. A los pequeños detalles se podía uno remitir para darse cuenta de que estaba dormida, aun en los brazos de ese dios afortunado que cuidaba su sueño, una tarea que solamente estaba reservada para unos pocos. La encomienda de aquel noble guardíán que trataba por todos los medios de protegerla del mal externo estaba llegando a su fin, cuando ella despertara y le deleitara a él y al mundo con una de esas sonrisas que dejaban entrever el bien en los corazones de incluso los mas fríos y malvados. Los primeros rayos acariciaban su rostro y sus párpados estaban comenzando a abrirse a la par que unos dedos acariciaban con la máxima delicadeza aquel rostro. No paraba de mirar aquellos rasgos tan suaves, tan bellamente delineados por algún experto cincel de dios escultor. Aquella pequeña semidiosa, diosa completa o ángel de Dios despertaba y con su despertar comenzaba realmente para él el auténtico día. Miró aquellos ojos abrirse y escuchó aquella bella voz soltar un adormilado ´´hola´´ con esa medio sonrisa que lo enloquecía muchas veces. 

Siguió unos cuantos minutos mas en lo que ella se volvía a dormir por un momento con aquellas lentas caricias, con paseos constantes en esos finos rasgos que estaban formando un terreno conocido pero siempre nuevo ya que nunca se cansaría de demostrar de esa y otras tantas formas toda aquella ternura que deseaba transmitir en actos y gestos. Cuando abrió de nuevo los ojos, le dedicó esa bella sonrisa que lentamente llenaba su voluntad con ansias por abrazarla y susurrarle tiernos versos al oído. Con ternura posó sus delicados y blancos dedos en aquellos suaves labios, dulces como la misma miel, dejando una lenta caricia en estos y descendiendo con sus dedos hasta ese fino cuello, desplegando todo un reino de cariño y sentimientos dentro de ese pequeño territorio que era el cuerpo de ella. su cabello estaba totalmente desplegado sobre la almohada que había sido a su vez reposo de esa mente inteligente y tan fascinante, digna de conocer hasta el último roncón de su cerebro. Cada palabra que infundía conocimiento sobre su persona era algo digno de recoger en la memoria y guardarlo como un gran tesoro. Y a esa colección de conocimientos se unían la experiencia de su risa, de sus bromas, chistes y muchas otras pequeñas cosas que la hacían un ser lleno de maravilla. Con una nerviosa lentitud se acercó y sin tratar de no dar mucho temblor a su voz por al moción susurró en su oído. 


Vuela la esencia de una noche pasada
que promete una nueva y bella batalla.
Las caricias del sol con todo su arte
reclaman esa sonrisa como estandarte. 

Tan sencillos versos fueron dichos con cada latido de un corazón que estaba deseoso de mucho mas y aquellos dedos que estaban en su cuello, subieron a su mejilla, guiando a aquel rostro en un suave giro y posando los labios en su frente sonrió para volver a admirar aquel bello rostro, esa faz perfecta que carecía de un solo defecto a sus ojos de poeta, que encontraban cada centímetro de su cuerpo tan agradable como tierno o placentero. Ella sonrió un poco mas. Con unas pocas palabras de esa exquisita dama no pudo por menos que sonreír con mas amplitud que antes. Adoraba aquellas palabras dichas con su voz cristalina y tan dulce que podía adquirir una infinidad de matices en sus imaginaciones mas secretas y ocultas al mundo. LA miró mientras se estiraba y sus manos suavemente se deslizaban por sus alas, acariciándolas con extrema delicadeza, como si se fueran a romper en cualquier momento. Se miraron un instante, estremeciéndose las pieles por la cercanía y una lenta y suave caricia que recorría todo el pecho y el vientre de ella. Aquella suave piel era deleite de sensaciones nunca antes experimentadas por aquel hombre que tenía tanto que decir mediante gestos ahí donde no cabían las palabras. Con las miradas clavadas la una en la del otro y viceversa él rompió ese silencio:

-Necesitas muchas cosas, como todos pero yo quiero darte esto. Quiero darte cada mañana impregnada en una ternura que no has conocido de manos de nadie, que nadie mas que tu conocería. Y poder con suaves caricias darte un dulce desperar, vertiendo versos susurrados en tu oído, que insuflan en tu corazón el mas agradable sentir.-Le sonrió mirando aquellos grandes ojos que ahora le miraban totalmente despierta. Las alas se movieron levemente para dejar una caricia en todo ese cuerpo que tanto deseaba y al mismo tiempo era capaz de darle un calor que iría directamente al corazón y relajaría sus instintos mas depredadores.- Seré el mas galante caballero que hayas conocido nunca cada vez que esté en mi mano y no me domine la ira o los viejos demonios. Si estás cerca de mi no llegaran nunca siquiera a imaginar lo que supone dominarme.- Acarició aquel rostro lentamente quedándose en silencio, sin mas que decir que no fuera desde el corazón con la propia mirada, una caricia al alma y un beso al corazón dado con unos ojos llenos de una tristeza y oscuridad que se volatilizaba cuando ella estaba presente. Le debía tanto que no se podría compensar ni con todas las joyas del mundo. Los grandes tapices los contemplaban con tranquila y relajada felicidad, Algunas bailarinas iban de lienzo en lienzo junto a silfos y elfos, deleitando el lugar con algarabía y buenas visiones. Se deleitaron con el espectáculo de música y baile que se desarrollaba en las paredes de aquella amplia y majestuosa habitación en la que llovían pétalos de rosa. La reacción esperada y la cual así fue es que ella en seguida estaba fuera de la cama, vestida y perfectamente engalanada para ese baile. Y al son de aquella música silvestre comenzó a bailar con esas pinturas tan realistas. 

Se movía lentamente cuando había que moverse lentamente. En cada compás, representación ya sea del vaivén de los árboles y sus ramas o de las algas en el fondo del mar, ella era una planta mas que se agitaba al son de la música y el viento, con cada una de sus dos ramas que eran los brazos al son de la música. Sus ojos cerrados era la clara prueba de que ahora era parte de un bello bosque en el que las criaturas mas fascinantes mostraban su agradecimiento a los dioses con un nuevo baile que poco a poco se iba tornando mas animado, como la alegría que infundía cada rayo al alma cuando esta travesaba la tierra y daba en todas aquellas afortunadas criaturas con el privilegio de la vida. La dama era una de esas afortunadas criaturas, que tenía en sus mas bellos rasgos el de saber disfrutar cada momento como si fuera el último. Su cabello se agitaba como las ramas de los sauces llorones que crecían de vez en cuando a la vera de alguna laguna o zona similar en aquellos lienzos que estaban ya poblados por miles de seres que habían declarado ese día, ese momento bello de día como el despertar de la Musa, un momento de celebración.

 Aquel solitario caballero la contemplaba bailar, deleitándose en cada movimiento de ella. La amante Brisa entraba por la ventana abierta de par en par para unirse a esa fiesta en aquella habitación, seductora e incansable en sus intentos de envolver los sentidos en sentimientos mucho mas fríos y a la vez fascinantes. Llegaron los espíritus de los grandes danzarines de la lluvia y las estrellas con batir de tambores y ritmos de sus territorios, bajando así los cielos junto a una lluvia de pétalos azules que llenó todo al momento. Los grandes danzarines estaban pletóricos, en el mas sumido éxtasis de felicidad, de contacto con sus dioses. al espectáculo no tenía palabras con las que describirse. Ella estaba en el centro, bailando con toda la felicidad del mundo, escuchando las notas reiterativas, casi mántricas de aquellos que estaban destinados a traer baile y fortuna a las tribus. Los cánticos ascendían hasta lo mas alto de los cielos, expandiéndose por todos los lares de aquel y otros mundos. Aquellas notas hablaban de una criatura divina que cuando bailaba, podía encender los corazones de los hombres y al mismo tiempos sumirlos en el mas tranquilo de los lagos emocionales. Los animales que volaban y corrían fueron hasta aquel lugar, a ese amplio espacio en el que las enredaderas comenzaban a cubrir las posiciones verticales como paredes y columnas.

Las siguientes en acudir fueron las arenas de los desiertos, ardientes en todo momento del día y frías como el hielo por las noches. Trajeron hasta ella una cuantas notas que conoció al momento e hizo mover sus caderas al son de una música ben conocida. A sus oídos acudían los sonidos del laúd, del qanún y del nay siempre liderados por el sempiterno darbuka. Las voces de los grandes dioses de arabia se alzaban al viento, se mezclaban con los grandes nativos de las tierras mas áridas del oeste en sus pequeños cantos llenos de una seductor desgarro que invitaba a l unión de cuerpos y al éxtasis de esa danza en la que poco a poco se sumía cada uno de ellos. Ni las plumas estaban quietas, se movían junto al resto del cuerpo n una danza aérea que sumía todo aquello en una alegría infinita, imparable, que parecía no tener fin. bailaban y cantaban aquellas bellas formas de vida de los bosques élficos y las llanuras de los nativos. Las arenas del desierto establecían su reinado de seducción y lentos movimientos de cadera que aquella Musa lentamente regalaba al caballero que tan basto mundo reconstruía de forma constante. Las miradas se encontraron y se podía apreciar en ella una sonrisa que reflejaba cierta picardía un mensaje muy claro y seductor que decía´´acércate pequeño caballero, bailemos todo este día y la noche también´´. Un cambio de ritmo la hizo precipitarse en todo un vaivén del cuerpo que poco a poco los fueron acercando una vez los pies de aquel afortunado se posaron en la arena. Ya no había paredes aunque si aquellos seres mágicos que salieron de los cuadros para bailar y disfrutar. 

Las sedas que cubrían el cuerpo de ella, volaban libres alrededor de aquel cuerpo que deseaba fervientemente tener entre sus brazos. Su mas seductora mirada lo atrapó lentamente hasta que los ondulantes movimientos de ella se prodigaron a lo largo de aquel cuerpo delgado y pálido, lo cual le hizo estremecer. Lo invitó a seguir aquellas ondas acuáticas en forma de caderas y cintura que poco a poco hacían sentir su contorno contra el resto del cuerpo de ese afortunado. El baile lentamente se extendió por sus cuerpo y danzaron lentamente para separarse y ella dedicar unos frenéticos pasos circulares que la imbuyeron de una magia imparable. Haciendo crecer un sentimiento a su alrededor que no tenía nombre. La Brisa competía con ella y las ninfas y otras damas de los bosques, lagos, ríos, mares y montañas salvajes se unían a la danza lentamente. Los maches de aquellas especies tampoco se negaban al placer de la danza, creando así un bello y variado espectáculo. Algunos se quedaban extasiados con la Musa, la cual bailaba con aquella gracia tan envidiable y otros se empeñaban en superarla, algo solamente posible para unos pocos. En medio de toda una lluvia de pétalos multicolor se presentó la última invitada. 

La diosa Terpsícore hizo acto de presencia y se unió a su hija, a su alumna,  completando el plantel de aquella fiesta impregnada en magia y perfección. Así fue aquella mañana, que cierto caballero estaría dispuesto a regalarle cada día con tal de verla sonreír una y otra vez. Bailaron todos juntos al son de las mas maravillosas composiciones hechas por una gran orquesta de bosques y sonidos que la madre Gaia regalaba a sus hijos en cada momento del día, algo que no dejaba de ser bello por mucho que se repitiera. Fueron acariciados por las brisas, las hojas, las flores y cada uno de los elementos de las naturaleza con la fortaleza de la tierra, al fluidez del agua, la seducción del fuego y la ligereza del viento. 

Ya todo ello alrededor de ella, la Musa... 


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