El pétalo de rosa cayó desde aquellas lagunas de cristal azul. Con leve danzar, movido por las brisas, o quizás por las manos de los ángeles, se posó en la piel desnuda, justo entre los senos expuestos de la mujer. La respiración constante del sueño cobró un nuevo ritmo y dos grandes ojos negros se abrieron poco a poco. Se estiró, dejando ver algo mas de una piel suave y delicada, muy tersa, agradable sin duda al tacto y al olfato. Miró a su alrededor, a las columnas que sostenían esa habitación de cristal, casi como un palacio en sí mismo, decorado con las grandes escenas de criaturas mágicas y leyendas muy antiguas de tierras diversas. Sus labios sonrieron perezosamente mientras se incorporaba. Se dio cuenta de su desnudez, su sonrisa se afianzó mas, y se quedó mirando la puerta con atrevida picardia. Sería bonito que alguien entrara para sorprenderlo en toda su gloria y envolverlo entre sus aterciopelados encantos y frescor casi inmaculado.
Se colocó unas pocas prendas ligeras, confeccionadas con sedas, terciopelos y satenes.
Una mezcolanza de telas curiosamente bien complementadas entre ellas en color y costura. Se dirigió a la puerta, mirando por última vez esa cama que, al abandonar aquella diosa la estancia, se deshizo en una explosión de color junto a todo lo demás. Salió a un pasillo colmado de ventanas, por las que el Sol entraba araudales. El suelo de mármol blanco era muy cálido para tratarse de un material tan frío y poco propenso a recibir con calidez los pies que lo pisen. Por el rabillo del ojo le parecía ver extrañas formas que la contemplaban. Eran las ideas del creador, o de lo que fuere que la retuviera de tan dulce forma. Estatuas de piedra decoradas con piedras preciosas flanqueaban las paredes del pasillo, todas ellas de hombres, mujeres y criaturas fantásticas que portaban un instrumento, o un arma o una expresión de enloquecedora dulzura junto a un cántaro de agua que expulsaba el líquido elemento en el suelo y que este parecía absorber al momento. Un fiero toro miró a la mujer con su piel de ébano y sus ojos de rubí, como si la fuera a embestir de un momento a otro. Se paró frente a la estatua de un caballero que ofrecía su mano para ser acompañada. Estaba hecha de mármol blanco y desprendía una cierta energía y algo de melancolía. La mano tendida era delicada pero el gesto sin duda, aunque estático, era decidido a que la interpelada aceptara su petición. La dama se encontró dando la mano a la estatua y de pronto todo cambió.
En un remolino de color y la sensación de vértigo por un segundo, la mujer se encontró en un bosque. La estatua estaba a su lado, con ese mismo además de invitación, pero esta vez sonrió y cuando la dama tocó su rostro la estatua se convirtió en miles de pétalos azules que fueron formando, por una extraña brisa, una alfombra sobre la verde hierba de aquel claro en el bosque. la mujer sonrió, bastante impresionada, y se internó entre los árboles, a la aventura de la magia y el color.
Entre las ramas y raíces de los árboles la mujer sintió una extraña sensación. Según avanzaba la tela de sus ropajes iba desapareciendo, siendo sustituida a su vez por una manto de verdor inmaterial que cubría poco a poco su nunca total desnudez. A donde mirara veía una flor o un animal único. Lo mas normal fue un unicornio que pasó como una exhalación frente a ella aunque se quedó a buena distancia para observar a la recién llegada. Una mariposa de oro y otra de plata bailaban a su alrededor junto a unos cuantos petirrojos. O mas bien petipúpuras de pico esmeralda. A sus pies muchas flores dejaban sentir sus pétalos en los pies de la mujer, desnudos desde el comienzo de esa aventura. Tres o cuatro ciervos verdes pardo, con ramas como cuerpo y un imponente ciervo macho cuyas astas eran las ramas de un sauce llorón le miró con ojos azules, vivos y orgullosos. Las ardillas parloteaban, admiradas por la belleza de la dama mientras sus colas de fuego dejaban una rastro brillante ahí por donde corrían. Muchos pájaros la observaban, como un cuervo y una urraca de ébano o un kiwi de madera común y pico anaranjado. Una libélula se movía entre charcos de agua cristalina, alrededor de los juncos y su cola y alas emitía destellos periódicos para hacerse notar.
Con su vestido verde de sustancia etérea, la dama asistía al espectáculo de una noche que llegaba rápido e iba cuajando el cielo de estrellas. Sus ojos brillaban también como dos estrellas ante la visión de una luna llena enorme que asistía a un espectáculo de millones de luces de distintos colores. Las hebras de una enredadera se aferraron poco a poco a la luna y el agua que se desprendió de esta circuló como un río hasta fusionarse con ese verdor del que estaba provista aquella mujer especial, a la que muchos habían amado. El bosque y la luna se fusionaron entonces alrededor de su cuerpo y colmaron de blanco y luz el vestido que tapaba de ojos inmerecidos ese cuerpo de pecado y sueño. El maravilloso y colorido viaje llegó entonces a otro claro.
En su centro había un gran árbol y la hierba era fresca. Los pétalos azules había terminado hace rato y la dama se había dedicado a vagar por entre los árboles mucho tiempo. Lo único que había en ese claro era un gran árbol, enorme realmente. Probablemente las raíces de aquel sabio árbol estaría profundas hasta casi tocar el centro de ese mundo. En sus ramas crecían todo tipo de frutos y en una de las mas altas había alguien observándola. Con rostro pálido y provisto de algo parecido unos pantalones confeccionados con ese verdor agreste e inmaterial, dos grandes alas opalinas se encontraban suspendidas en una lánguida cascada de plumas. La criatura humanoide la observó y descendió de un salto desde gran altura, ofreciendo un gran espectáculo de color al abrir las alas y reflejar estas los rayos de la luna. Voló alrededor de la mujer, que seguía al ser en todo momento con ojos maravillados, como aquella primera vez que lo había visto, tan tímido y a la vez presumido de sus alas enormes y cálidas.
Tras la breve exhibición, a la luz de la luna, el caballero alado tomó tierra y se acercó a la dama, con sus alas por delante envolvieron aquel cuerpo tan deseado, cárcel de irresistibles formas para un alma de luz, bondad y amor al color y la vida. Con una suave voz, cálida, llena de amor, el ser susurró en el oído de la dama, estrechándola entre sus alas:
-Te echaban de menos
martes, 14 de julio de 2015
viernes, 10 de julio de 2015
El general y el violinista.
Era un día algo lluvioso en aquella ciudad de la capital. Las nubes tapaban el cielo mientras ciudadanos con mas o menos tareas por cumplir iban esquivando charcos y a otros congéneres. Los claros del día anterior habían sido un extraño preámbulo climatológico de lo que se avecinaba en aquel momento. Aunque por el momento la lluvia estaba cesando, reduciéndose a una llovizna ligera y no demasiado aborrecible para los amantes del buen día. Los edificios revelaban las manchas de la humedad con bastante orgullo y algunos abandonaban sus refugios antipluviales para poder continuar, con cierta prisa, los quehaceres diarios.
En una de las calles de esa ciudad, dedicaba al comercio de productos bastante valiosos para niños mimados y para exigentes profesionales, que requirieran de los mejores productos para sus campos respectivos, había un músico ambulante. Tocaba el violín y de vez en cuando, a pesar de las luvias, la gente se quedaba a mirar y escuchar como aquel hombre se ganaba el pan de forma honrada. Fuera de la manera que fuera, el anciano, pues estaba mas en la senectud que en la juventud, tocaba de manera muy fluida, sin equivocarse ni una sola vez. Seguramente llevaba desde una temprana edad tocando ese instrumento que tanta magia había despertado en los corazones de las personas a lo largo de los años. Su rostro denotaba, eso sí, la máxima concentración para no equivocarse. Quizás, y solo quizás, fuera un hombre bastante perfeccionista, o sencillamente se exigía con todas las de la ley a mejorar hasta el último de sus días en ese mundo tan variopinto. Entonces su vida daría un pequeño giro.
Con alegre y saltarín caminar, coronada con una ristra de rosas azules, y a pesar del pesado día, una niña se acercó hasta donde se encontraba el músico. Al igual que otros niños, miraba con curiosidad y sorpresa al músico que había reparado en la niña. El anciano les dedicó una pequeña sonrisa a todos los presentes al acabar con una larga nota final. La gente aplaudió. Algunos transeúntes le dejaron unas monedas y se marcharon. La niña continuó ahí, esperando a que tocara algo mas. Todo esto lo observaban dos mujeres desde una cierta distancia, apoyadas en el alfeizar de una ventana:
-Quien conquistara a su padre.-Dijo una dama entrada en edad pero que sin duda mantenía una elegancia, saber estar y educación mas que dignos de cualquier cohorte.
-Yo acabo de llegar, señora. ¿Quien es su padre?.-Dijo una dama bastante mas joven, provista de una gran belleza y exuberancia física, pelo negro y ojos extrañamente claros que a mucho de sus acompañantes nocturnos dejaba en ocasiones sin habla.-El pichón va bien vestido.-Dijo observando las ropas de la niña.-Para conquistar a un hombre hay que conquistar a su madre o bien a su hija.
-Oh, créeme que casi todas tus compañeras, aquellas con el coraje o el ego suficiente, lo han intentado, pero ese hombre está enamorado hasta las trancas. Puedes tomar té con la niña hasta hartarte e incluso ofrecerte de cuidadora. Una de mis chicas estuvo un año aguantando las encantadoras risotadas de la niña. Vino enamorada de la criatura pero sin su padre del brazo. Como que cada año me pide un permiso de una semana y yo no tengo mas que dárselo porque sabe ponerse bastante irritante.
-Me intriga... ¿Quien es su padre, mi señora?.-Preguntó la jovenzuela, tapándose el exótico vestido de sedas y telas transparentes por causa del frío.
-Ahí lo tienes.-Dijo la mujer mirando en una dirección. La joven le siguió la mirada.
Tras la niña, vestida con un abrigo marrón y zapatos del mismo color, surgió una sombra. Varios de los niños que lo conocieran se apartaron ligeramente. Otros, imitando a sus padres cuando estaban con ellos y se cruzaban con aquel hombre, se cuadraron y saludaron, al igual que todos los guardias presentes. Ataviado con abrigo negro y ropa oscura en general, un hombre de gran palidez miraba al violinista. Su rostro era una máscara de piedra y en sus ojos una imperturbabilidad absoluta, acorde con su faz.
-¿Ese no es...?.-Preguntó la joven mientras la señora de la casa de entretenimiento sonreía y asentía.-¿Como pudo nacer un ángel como esa niña de la semilla de semejante monstruo?. Solo se conocen un par de anécdotas de lo que ha hecho en el campo de batalla pero lo suficiente para que la gente salga corriendo al verle.
-Créeme cariño cuando te digo que son anécdotas falsas. Un par de sus hombres, habituales clientes de este distinguido lugar. dicen que es un hombre bastante honorable, aunque fiero en la batalla. Y sobre tu pregunta, otro de sus hombres, también cliente de aquí, le preguntó sobre la contrapuesta alegría de su hija con respecto a su progenitor y el hombre dijo "A veces los ángeles de Dios se conmiseran de nosotros, los pobres mortales, y nos dan un regalo que ni todo el oro del mundo puede igualar"
-Si el general se entera de esto...-Dijo la joven.
-Al día siguiente el que lo contó fue destinado a una gran distancia de aquí, muy muy lejos. Podría haberlo ejecutado pero no lo hizo, según algunos porque se levantó con buen día y según otros porque tenía fiesta de té con su hija en unos minutos.
.Dios santo...-Dijo la joven mientras observaba la escena.
El violinista, obviamente, reparó en la presencia de ese poderoso hombre, algo delgado y de mirada y rostro congelados en el tiempo y la emoción. La niña tomó la mano de su padre, escoltada y vigilada en todo momento por un par de sirvientes y de los mejores guardias del reino, hombres capaces de reducir a varias personas con solo usar sus manos. El violinista comenzó una pieza realmente rápida y totalmente militar. Era de esas canciones que la tropa cantaba cuando tenía que hacer una larga marcha, para tenerlos entretenidos y mantenerlos con la moral alta si el enemigo no había sido especialmente combativo. Los guardias comenzaron a cantar por lo bajo la letra y todos los presentes con familia o pasado y presente militar también. El general seguía imperturbable. La niña tarareaba con una voz tan dulce que podría matar de ternura a cualquiera.
-Tiene buena voz.-Dijo una dama entre la multitud a su marido, ambos cantantes de ópera desde hace muchos años.
-No como el ángel con el que me casé.-Dijo el hombre, dando el mas dulce de los besos a su esposa.
La pieza finalizó y entonces el músico abrió los ojos, pues siempre los cerraba cuando se metía dentro de su mundo de música y sueños del pasado. Se encontró entonces al general, protagonista de sangrientas y crueles batallas y de actos heroicos y honorables, frente a él. La niña lo había arrastrado hasta donde se encontraba el violinista. Este por un momento pensó que su atrevimiento había sido demasiado, consciente de un par de anécdotas que se contaban sobre ese hombre. Aunque si iba a morir lo haría en pie, como muchos de sus compañeros de unidad habían hecho hacía tantos años. Entonces el general bajó la mirada a su hija, a ese ángel, producto del mas bello acto de amor que hubieran contemplado las paredes del castillo real entre la mas bella enviada de Dios y ese hombre inalterable, frío y poco hablador. El general sonrió.
-Esa niña se ha ganado el cielo.-Dijo la joven. La dueña de aquel distinguido local productor de entretenimientos varios y espectáculos muy motivadores para el hombre cansado y harto de la vida, asintió de nuevo con una sonrisa.
El hombre protagonista de ese par de habladurías, hincó rodilla en tierra frente a su hija, para estar a la altura de esta. Miró aquellos ojos que había heredado de su madre. Entonces dijo.
-Hija, este hombre ha alegrado mi corazón y a todos mis hombres durante muchos años. Fue teniente de caballería y fue a la reserva cuando...
-¿Que es la reserva, padre?.-Preguntó la niña. El general sonrió de nuevo
-Es cuando un soldado se hace mayor pero puede combatir. Si su nación le necesita tomará las armas para defenderte a ti y a todos estos señores que ves a tu alrededor.
La niña miró al músico. Este miró al general, sorprendido por ser reconocido después de tantos años de vagar por el mundo.
-También yo le saqué alguna melodía nocturna cuando ambos éramos mas jóvenes.-Dijo la jefa de las cortesanas. La joven soltó una risotada.
-¿Cuanto le damos a este hombre?.-Preguntó el general poniéndose en pie y haciendo un gesto a uno de los sirivientes que le acompañaban, este le tendió un sacó bastante abultado.
-Cien.-Dijo la niña con una gran sonrisa. la lluvia seguía cayendo pero el violinista en ese momento dejó de sentir el agua.
-¿Cien? ¿Cien que? ¿Cien granos de trigo?.-Dijo la joven cortesana que, en efecto, acababa de confirmar que era nueva en la ciudad.
-Cien...- El violinista vio con estupefacción como el propio general, de su propia mano, tomaba una bolsa bastante abultada de tela y se la ponía en la mano al hombre que tanto había dado por la nació. El violinista se quedó mirando la bolsa sin poder creerse lo que tenía en las manos.
-¿Quiere algo mas?.-Preguntó ese hombre tan temido por muchos y deseado económicamente por otras. En su voz había respecto, reconocimiento, humildad.
-Ah yo...-El violinista miró la bolsa tratando de no echarse a llorar.-Gracias...solo puedo decir gracias. Mi mujer se va a llevar una gran alegría.
-Compre algo bonito algo que la haga sonreír tanto como lo hace mi hija cada día. Me despido pues, tengo asuntos que atender con mi ángel.-Dijo aquel hombre mirando a su hija, que en esos momentos había reparado en la presencia de una tienda de dulces.-Un placer.-Se cuadró y saludó al teniente.
El teniente correspondió, cerró el estuche con las ganancias de ese día y se fue a darle la buena noticia a su mujer.
Y ese hombre, de nuevo con el rostro imperturbable, entró en la tienda de golosinas, donde su hija se había internado en afortunada expedición para los dueños del local.
En una de las calles de esa ciudad, dedicaba al comercio de productos bastante valiosos para niños mimados y para exigentes profesionales, que requirieran de los mejores productos para sus campos respectivos, había un músico ambulante. Tocaba el violín y de vez en cuando, a pesar de las luvias, la gente se quedaba a mirar y escuchar como aquel hombre se ganaba el pan de forma honrada. Fuera de la manera que fuera, el anciano, pues estaba mas en la senectud que en la juventud, tocaba de manera muy fluida, sin equivocarse ni una sola vez. Seguramente llevaba desde una temprana edad tocando ese instrumento que tanta magia había despertado en los corazones de las personas a lo largo de los años. Su rostro denotaba, eso sí, la máxima concentración para no equivocarse. Quizás, y solo quizás, fuera un hombre bastante perfeccionista, o sencillamente se exigía con todas las de la ley a mejorar hasta el último de sus días en ese mundo tan variopinto. Entonces su vida daría un pequeño giro.
Con alegre y saltarín caminar, coronada con una ristra de rosas azules, y a pesar del pesado día, una niña se acercó hasta donde se encontraba el músico. Al igual que otros niños, miraba con curiosidad y sorpresa al músico que había reparado en la niña. El anciano les dedicó una pequeña sonrisa a todos los presentes al acabar con una larga nota final. La gente aplaudió. Algunos transeúntes le dejaron unas monedas y se marcharon. La niña continuó ahí, esperando a que tocara algo mas. Todo esto lo observaban dos mujeres desde una cierta distancia, apoyadas en el alfeizar de una ventana:
-Quien conquistara a su padre.-Dijo una dama entrada en edad pero que sin duda mantenía una elegancia, saber estar y educación mas que dignos de cualquier cohorte.
-Yo acabo de llegar, señora. ¿Quien es su padre?.-Dijo una dama bastante mas joven, provista de una gran belleza y exuberancia física, pelo negro y ojos extrañamente claros que a mucho de sus acompañantes nocturnos dejaba en ocasiones sin habla.-El pichón va bien vestido.-Dijo observando las ropas de la niña.-Para conquistar a un hombre hay que conquistar a su madre o bien a su hija.
-Oh, créeme que casi todas tus compañeras, aquellas con el coraje o el ego suficiente, lo han intentado, pero ese hombre está enamorado hasta las trancas. Puedes tomar té con la niña hasta hartarte e incluso ofrecerte de cuidadora. Una de mis chicas estuvo un año aguantando las encantadoras risotadas de la niña. Vino enamorada de la criatura pero sin su padre del brazo. Como que cada año me pide un permiso de una semana y yo no tengo mas que dárselo porque sabe ponerse bastante irritante.
-Me intriga... ¿Quien es su padre, mi señora?.-Preguntó la jovenzuela, tapándose el exótico vestido de sedas y telas transparentes por causa del frío.
-Ahí lo tienes.-Dijo la mujer mirando en una dirección. La joven le siguió la mirada.
Tras la niña, vestida con un abrigo marrón y zapatos del mismo color, surgió una sombra. Varios de los niños que lo conocieran se apartaron ligeramente. Otros, imitando a sus padres cuando estaban con ellos y se cruzaban con aquel hombre, se cuadraron y saludaron, al igual que todos los guardias presentes. Ataviado con abrigo negro y ropa oscura en general, un hombre de gran palidez miraba al violinista. Su rostro era una máscara de piedra y en sus ojos una imperturbabilidad absoluta, acorde con su faz.
-¿Ese no es...?.-Preguntó la joven mientras la señora de la casa de entretenimiento sonreía y asentía.-¿Como pudo nacer un ángel como esa niña de la semilla de semejante monstruo?. Solo se conocen un par de anécdotas de lo que ha hecho en el campo de batalla pero lo suficiente para que la gente salga corriendo al verle.
-Créeme cariño cuando te digo que son anécdotas falsas. Un par de sus hombres, habituales clientes de este distinguido lugar. dicen que es un hombre bastante honorable, aunque fiero en la batalla. Y sobre tu pregunta, otro de sus hombres, también cliente de aquí, le preguntó sobre la contrapuesta alegría de su hija con respecto a su progenitor y el hombre dijo "A veces los ángeles de Dios se conmiseran de nosotros, los pobres mortales, y nos dan un regalo que ni todo el oro del mundo puede igualar"
-Si el general se entera de esto...-Dijo la joven.
-Al día siguiente el que lo contó fue destinado a una gran distancia de aquí, muy muy lejos. Podría haberlo ejecutado pero no lo hizo, según algunos porque se levantó con buen día y según otros porque tenía fiesta de té con su hija en unos minutos.
.Dios santo...-Dijo la joven mientras observaba la escena.
El violinista, obviamente, reparó en la presencia de ese poderoso hombre, algo delgado y de mirada y rostro congelados en el tiempo y la emoción. La niña tomó la mano de su padre, escoltada y vigilada en todo momento por un par de sirvientes y de los mejores guardias del reino, hombres capaces de reducir a varias personas con solo usar sus manos. El violinista comenzó una pieza realmente rápida y totalmente militar. Era de esas canciones que la tropa cantaba cuando tenía que hacer una larga marcha, para tenerlos entretenidos y mantenerlos con la moral alta si el enemigo no había sido especialmente combativo. Los guardias comenzaron a cantar por lo bajo la letra y todos los presentes con familia o pasado y presente militar también. El general seguía imperturbable. La niña tarareaba con una voz tan dulce que podría matar de ternura a cualquiera.
-Tiene buena voz.-Dijo una dama entre la multitud a su marido, ambos cantantes de ópera desde hace muchos años.
-No como el ángel con el que me casé.-Dijo el hombre, dando el mas dulce de los besos a su esposa.
La pieza finalizó y entonces el músico abrió los ojos, pues siempre los cerraba cuando se metía dentro de su mundo de música y sueños del pasado. Se encontró entonces al general, protagonista de sangrientas y crueles batallas y de actos heroicos y honorables, frente a él. La niña lo había arrastrado hasta donde se encontraba el violinista. Este por un momento pensó que su atrevimiento había sido demasiado, consciente de un par de anécdotas que se contaban sobre ese hombre. Aunque si iba a morir lo haría en pie, como muchos de sus compañeros de unidad habían hecho hacía tantos años. Entonces el general bajó la mirada a su hija, a ese ángel, producto del mas bello acto de amor que hubieran contemplado las paredes del castillo real entre la mas bella enviada de Dios y ese hombre inalterable, frío y poco hablador. El general sonrió.
-Esa niña se ha ganado el cielo.-Dijo la joven. La dueña de aquel distinguido local productor de entretenimientos varios y espectáculos muy motivadores para el hombre cansado y harto de la vida, asintió de nuevo con una sonrisa.
El hombre protagonista de ese par de habladurías, hincó rodilla en tierra frente a su hija, para estar a la altura de esta. Miró aquellos ojos que había heredado de su madre. Entonces dijo.
-Hija, este hombre ha alegrado mi corazón y a todos mis hombres durante muchos años. Fue teniente de caballería y fue a la reserva cuando...
-¿Que es la reserva, padre?.-Preguntó la niña. El general sonrió de nuevo
-Es cuando un soldado se hace mayor pero puede combatir. Si su nación le necesita tomará las armas para defenderte a ti y a todos estos señores que ves a tu alrededor.
La niña miró al músico. Este miró al general, sorprendido por ser reconocido después de tantos años de vagar por el mundo.
-También yo le saqué alguna melodía nocturna cuando ambos éramos mas jóvenes.-Dijo la jefa de las cortesanas. La joven soltó una risotada.
-¿Cuanto le damos a este hombre?.-Preguntó el general poniéndose en pie y haciendo un gesto a uno de los sirivientes que le acompañaban, este le tendió un sacó bastante abultado.
-Cien.-Dijo la niña con una gran sonrisa. la lluvia seguía cayendo pero el violinista en ese momento dejó de sentir el agua.
-¿Cien? ¿Cien que? ¿Cien granos de trigo?.-Dijo la joven cortesana que, en efecto, acababa de confirmar que era nueva en la ciudad.
-Cien...- El violinista vio con estupefacción como el propio general, de su propia mano, tomaba una bolsa bastante abultada de tela y se la ponía en la mano al hombre que tanto había dado por la nació. El violinista se quedó mirando la bolsa sin poder creerse lo que tenía en las manos.
-¿Quiere algo mas?.-Preguntó ese hombre tan temido por muchos y deseado económicamente por otras. En su voz había respecto, reconocimiento, humildad.
-Ah yo...-El violinista miró la bolsa tratando de no echarse a llorar.-Gracias...solo puedo decir gracias. Mi mujer se va a llevar una gran alegría.
-Compre algo bonito algo que la haga sonreír tanto como lo hace mi hija cada día. Me despido pues, tengo asuntos que atender con mi ángel.-Dijo aquel hombre mirando a su hija, que en esos momentos había reparado en la presencia de una tienda de dulces.-Un placer.-Se cuadró y saludó al teniente.
El teniente correspondió, cerró el estuche con las ganancias de ese día y se fue a darle la buena noticia a su mujer.
Y ese hombre, de nuevo con el rostro imperturbable, entró en la tienda de golosinas, donde su hija se había internado en afortunada expedición para los dueños del local.
lunes, 25 de mayo de 2015
El erudito y la visita inesperada.
Las velas en aquella sobria habitación eran los únicos elementos que portaban alguna claridad a aquella noche tan oscura. Sobre la mesa de madera maciza, provista a su vez de dos cajones para almacenar a saber que documentos de gran valor, se apreciaban desparramados otros tantos legajos de edad casi impensable para el sencillo y casual observador. Tales papeles fueron ordenados, por enésima vez, para dar algo de cordura y orden a esa noche de estudio que se cernía por delante. Los grandes cuadros que decoraban las paredes de esa habitación, tan falta de mobiliario, eran de una riqueza en detalles sencillamente sobresaliente. Los temas de tales obras eran variados, viéndose en ellos unos paisajes que conjuntaban cielos verdes con árboles rosáceos y animales imposibles en ese plano de realidad. Se avistaban en otros costumbres o festividades extrañas. Un par de ellos representaban figuras humanas llevando a cabo actos poco decorosos.
Frente a las crónicas de batallas milenarias se encontraba un hombre de afamada circunspección y escasez de palabras. La barba le confería toques de sabia y temible estampa, de esos individuos que solo temen la ira de Dios, y que miran a los hombres como sus iguales o sus eternos enemigos, obstáculos en la acumulación casi desquiciante de conocimientos. Los rasgos de su rostro estaban surcados de las arrugas que proporcionan los gestos de dureza a la hora de dar órdenes. La vista cansada ya le impedía ver las letras con toda claridad. Cuando comenzaba la lectura de algún sesudo estudio o análisis de otros autores, de su mismo o superior renombre, el tiempo pasaba con total indiferencia, por delante y alrededor de él, creando un extraño refugia de conocimiento atemporal. Al finalizar un párrafo y apartar una página de por lo menos doscientos años cerró los ojos y llevó la vista hacia uno de los cuadros.
Dicha pintura se encontraba enmarcada en madera de ébano y dividida en dos partes. En una se libraba una batalla entre seres de otros mundos, dotados de la genialidad, magia, perfección de los cuentos, carentes de defectos propios de los humanos. Estos peleaban contra los iguales de aquel sabio que se metía a menudo en esos mundos. Criaturas de rasgos faciales finos y muy nobles tomaban las armas, como un mortal mas, para enfrentarse a los estúpidos, bruscos y adaptables humanos. En aquella primera parte, de manera perfectamente distinguida, se adivinaba qué parte del campo de batalla correspondía a las criaturas no humanas y cuales a los sencillos humanos. sobre unos caía fuegos y flechas y sobre otros hojas de plata cortantes y rayos. Lo único que permanecía homogéneo era el suelo, cubierto indistintamente de cadáveres de los dos bandos.
En la segunda parte del cuadro los contendientes firmaban una paz que al parecer no iba a ser duradera del todo según las crónicas históricas. Poco a poco las fronteras se irían disolviendo por obra u gracia de escaramuzas de ambos imperios o por la gran influencia que músicos de una lado y comerciantes del otro ejercerían sobre sus opuestos. Mas en aquella segunda parte queda claramente reflejado las indisolubles diferencias. Desde la letra con la que cada uno de los máximos dirigentes firmaba hasta los fondos, representación de la atmósfera en la que todos los envueltos en dicha trama se movían. Un niño humano, hijo del rey iría cada verano a convivir entre los elfos y lo mismo haría el vástago de los elfos.
No tardó en surgir el amor entre unas especies y otras. A ellos le acompañaron las idílicas relaciones casi mágicas de unos con otros. También hubo celos, traición, batallas entre pequeños señores. Y así como la s fronteras se empzaron a diluir igualmente comenzaron a reforzarse los ejércitos. Y todo volvió a comenzar.
-Padre.-Se escuchó entonces por encima del sonido del viento. Aquella habitación producía bastante eco por al ausencia de mobiliario.- Tengo una noticia que darte.
El hombre estudioso se volvió con los ojos aun puestos en en el pasado al que había pertenecido, en el que había influido decisivamente junto a sus hombres. Sus ojos destellaron por un momento con la alegría de ver a aquella criatura que había engendrado en una noche de amor profundo con la madre de esta, la mujer mas bella y descorazonadoramente tierna que pudiera cualquier ser viviente conocer. Ambas cualidades las había heredado la pequeña y joven dama que tenía ante sí, con un bello vestido verde como las hojas del bosque, regalo de los elfos por sus contribuciones a la paz entre hombres y habitantes feéricos. En su cabeza lucía una corona de flores que al fijar la vista uno se daba cuenta de que eran rosas.
-Seguro que es mas importante que el estudio de fortalezas que solo yo he visitado.-Dijo el hombre poniéndose en pie para abrazar a la mujer mas bella (junto a la madre de esta) que cualquier humano, elfo o bestia de los elementos pudiera conocer.-¿De que se trata, hija mía?.-El hombre, aunque viviendo mas en el pasado que en el presente, era consciente del nerviosismo de su hija pero también de una cierta algarabía emocional.
Separándose de su padre se giró hacia la puerta y apareció por esta un joven espigado, de rostro delgado, facciones suaves y muy bellas, melena oscura y unas orejas endemoniadamente puntiagudas. Con aires elegantes y una cierta sonrisa tímida y ojos cargados de aun mas cierto temor, el muchacho avanzó hasta ponerse frente a ese hombre que había derramado sangre de ambas especies.
-Te presento a Eldoran, padre. Le conocí hace un tiempo y deseamos compartir una vida lo mas larga posible el uno con el otro.-Ella se abrazó a su pareja y este tendió su mano hacia el que sería su suegro.
-Encantado señor. Me llamo Eldoran. Soy hijo del general Derumel, duque, por extraño que parezca en alguien como yo, de las tierras bajas de los ríos que nunca habría visitado de no ser por la insistencia de su hija en que le conociera a usted.-Dijo mientras estrechaba la mano de aquel sabio hombre que probablemente ya no estudiaría ninguna fortaleza antigua en lo que restaba de día.
-Yo pelee contra tu padre hace treinta años y luego junto a él diez años después en aquellas colinas dejadas de la mano de Dios. Me habló de ti mientras se desangraba en mis brazos. Me dijo que eras un buen chico y bromeó, por raro que parezca en la gente de su personalidad con el hecho de que mi hija y tu pudierais...
-Él tenía visiones del futuro señor.-Dijo el chaval, visiblemente afectado pero al mismo tiempo tiñendo su voz de una curiosa nostalgia- Por eso aquel asedio de hace un par de siglos fue afrontado con tanta confianza por los caballeros de plata y mi padre.
-No llevas ni dos minutos en mi presencia y ya has tirado por tierra uno de mis estudios mas ambiciosos hasta la fecha. Te tengo que hacer una preguntas hijo.-El hombre miró a su hija, la cual estaba feliz por la rápida afinidad entre suegro y yerno.-Hija tráenos un poco de limonada con especias suaves. Esta va a ser una noche larga.
Y de nuevo, siendo visto por Dios y otras deidades de nombres largos o suaves y fluidos se estableció una nueva conexión en el telar del destino entre dos mundos.
Frente a las crónicas de batallas milenarias se encontraba un hombre de afamada circunspección y escasez de palabras. La barba le confería toques de sabia y temible estampa, de esos individuos que solo temen la ira de Dios, y que miran a los hombres como sus iguales o sus eternos enemigos, obstáculos en la acumulación casi desquiciante de conocimientos. Los rasgos de su rostro estaban surcados de las arrugas que proporcionan los gestos de dureza a la hora de dar órdenes. La vista cansada ya le impedía ver las letras con toda claridad. Cuando comenzaba la lectura de algún sesudo estudio o análisis de otros autores, de su mismo o superior renombre, el tiempo pasaba con total indiferencia, por delante y alrededor de él, creando un extraño refugia de conocimiento atemporal. Al finalizar un párrafo y apartar una página de por lo menos doscientos años cerró los ojos y llevó la vista hacia uno de los cuadros.
Dicha pintura se encontraba enmarcada en madera de ébano y dividida en dos partes. En una se libraba una batalla entre seres de otros mundos, dotados de la genialidad, magia, perfección de los cuentos, carentes de defectos propios de los humanos. Estos peleaban contra los iguales de aquel sabio que se metía a menudo en esos mundos. Criaturas de rasgos faciales finos y muy nobles tomaban las armas, como un mortal mas, para enfrentarse a los estúpidos, bruscos y adaptables humanos. En aquella primera parte, de manera perfectamente distinguida, se adivinaba qué parte del campo de batalla correspondía a las criaturas no humanas y cuales a los sencillos humanos. sobre unos caía fuegos y flechas y sobre otros hojas de plata cortantes y rayos. Lo único que permanecía homogéneo era el suelo, cubierto indistintamente de cadáveres de los dos bandos.
En la segunda parte del cuadro los contendientes firmaban una paz que al parecer no iba a ser duradera del todo según las crónicas históricas. Poco a poco las fronteras se irían disolviendo por obra u gracia de escaramuzas de ambos imperios o por la gran influencia que músicos de una lado y comerciantes del otro ejercerían sobre sus opuestos. Mas en aquella segunda parte queda claramente reflejado las indisolubles diferencias. Desde la letra con la que cada uno de los máximos dirigentes firmaba hasta los fondos, representación de la atmósfera en la que todos los envueltos en dicha trama se movían. Un niño humano, hijo del rey iría cada verano a convivir entre los elfos y lo mismo haría el vástago de los elfos.
No tardó en surgir el amor entre unas especies y otras. A ellos le acompañaron las idílicas relaciones casi mágicas de unos con otros. También hubo celos, traición, batallas entre pequeños señores. Y así como la s fronteras se empzaron a diluir igualmente comenzaron a reforzarse los ejércitos. Y todo volvió a comenzar.
-Padre.-Se escuchó entonces por encima del sonido del viento. Aquella habitación producía bastante eco por al ausencia de mobiliario.- Tengo una noticia que darte.
El hombre estudioso se volvió con los ojos aun puestos en en el pasado al que había pertenecido, en el que había influido decisivamente junto a sus hombres. Sus ojos destellaron por un momento con la alegría de ver a aquella criatura que había engendrado en una noche de amor profundo con la madre de esta, la mujer mas bella y descorazonadoramente tierna que pudiera cualquier ser viviente conocer. Ambas cualidades las había heredado la pequeña y joven dama que tenía ante sí, con un bello vestido verde como las hojas del bosque, regalo de los elfos por sus contribuciones a la paz entre hombres y habitantes feéricos. En su cabeza lucía una corona de flores que al fijar la vista uno se daba cuenta de que eran rosas.
-Seguro que es mas importante que el estudio de fortalezas que solo yo he visitado.-Dijo el hombre poniéndose en pie para abrazar a la mujer mas bella (junto a la madre de esta) que cualquier humano, elfo o bestia de los elementos pudiera conocer.-¿De que se trata, hija mía?.-El hombre, aunque viviendo mas en el pasado que en el presente, era consciente del nerviosismo de su hija pero también de una cierta algarabía emocional.
Separándose de su padre se giró hacia la puerta y apareció por esta un joven espigado, de rostro delgado, facciones suaves y muy bellas, melena oscura y unas orejas endemoniadamente puntiagudas. Con aires elegantes y una cierta sonrisa tímida y ojos cargados de aun mas cierto temor, el muchacho avanzó hasta ponerse frente a ese hombre que había derramado sangre de ambas especies.
-Te presento a Eldoran, padre. Le conocí hace un tiempo y deseamos compartir una vida lo mas larga posible el uno con el otro.-Ella se abrazó a su pareja y este tendió su mano hacia el que sería su suegro.
-Encantado señor. Me llamo Eldoran. Soy hijo del general Derumel, duque, por extraño que parezca en alguien como yo, de las tierras bajas de los ríos que nunca habría visitado de no ser por la insistencia de su hija en que le conociera a usted.-Dijo mientras estrechaba la mano de aquel sabio hombre que probablemente ya no estudiaría ninguna fortaleza antigua en lo que restaba de día.
-Yo pelee contra tu padre hace treinta años y luego junto a él diez años después en aquellas colinas dejadas de la mano de Dios. Me habló de ti mientras se desangraba en mis brazos. Me dijo que eras un buen chico y bromeó, por raro que parezca en la gente de su personalidad con el hecho de que mi hija y tu pudierais...
-Él tenía visiones del futuro señor.-Dijo el chaval, visiblemente afectado pero al mismo tiempo tiñendo su voz de una curiosa nostalgia- Por eso aquel asedio de hace un par de siglos fue afrontado con tanta confianza por los caballeros de plata y mi padre.
-No llevas ni dos minutos en mi presencia y ya has tirado por tierra uno de mis estudios mas ambiciosos hasta la fecha. Te tengo que hacer una preguntas hijo.-El hombre miró a su hija, la cual estaba feliz por la rápida afinidad entre suegro y yerno.-Hija tráenos un poco de limonada con especias suaves. Esta va a ser una noche larga.
Y de nuevo, siendo visto por Dios y otras deidades de nombres largos o suaves y fluidos se estableció una nueva conexión en el telar del destino entre dos mundos.
martes, 21 de abril de 2015
La dulce eternidad
La miraba con rostro impasible, una máscara de piedra dura de quebrar pero meramente ornamental. Los ojos de él miraban de vez en cuando a la ventana de grandes y limpios cristales por los cuales se podía ver la luna. Era una noche clara y suave, apacible en toda su extensión de la palabra. La mano de él acariciaba con delicadeza el cabello negro de la dama conquistadora de su corazón. La vida era larga y las circunstancias siempre inesperadas pero aunque conociera a otra mujer ella sería importante, realmente importante para él. Era única en todos los aspectos mas variados. El sueño pesado de ella le permitía a ese hombre o lo que fuera poder consolarse acariciando el tejido de las ilusiones que se desparramaba libremente por sus hombros y espalda desnuda. Nunca se había sentido tan dichoso de poder realizar tales actos...
En medio de sus divagaciones ella se acomodó un poco mas y sintió cerca el aliento de la fina y dulce boca contra su torso. El fantasmal aliento hizo que se le erizaran los pelos de la nuca y un leve sonrojo acudiera a su rostro, convirtiendo la piedra blanca en rosada. Otro momento y el cuerpo de ella se deslizó enteramente para pegarse mas al amante que la había complacido de formas tan dulces, tiernas, pasionales. Él sintió sus senos, sus caderas.Y entonces ella susurró su nombre.
La sola mención de su nombre en los labios de ella fue algo tan dulce como sus besos, Tan ardiente como el mismo infierno pero infinitamente mas divino que el propio cielo. El la observó y en su rostro continuaba la piedra, mas en sus ojos brillaba una luz tan intensa como la que portaban esas dos esferas, ahora ocultas tras unos párpados caídos por el sueño. Acarició su mejilla suavemente.Su piel era delicada, suave, tersa. Le encantaba adorarla en silencio mientras ella descansaba, visitando mundos de ensueño que le hacían removerse un poco.
La luna fue pasando poco a poco por la bóveda celeste, dejando tras de sí una noche que quedaba atrás para dar paso al día prometedor y feliz que siempre le brindaba la compañía de la dama mas bella de su mundo. Los pájaros comenzaron a cantar y las ventanas se abrieron para dejar paso a la brisa matutina. Las mantas cubría el cuerpo de esa mujer tan especial en la que había escrita cientos de historias con sus besos y dibujado picantes escenas con su lengua y manos. Sobre esa cama ellos había dejado una parte de ellos cuando llegaba el alba y todas las mañas ella habría los ojos. Y abrió los ojos.
El mundo cobró luz al ver esos ojos negros que podía esclavizar cualquier voluntad. Ella posó una mano en su torso para apoyarse y con delicadeza susurró un "holo" que a el lo llevó a mundos felices y recuerdos y planes mágicos. Le acarició la mejilla y acercó sus labios a los de ella, saboreando aquel aliento tan dulce, cálido. La estrechó entre sus brazos, creando un contraste entre pieles, ente culturas, vidas que solo podía dar como resultado una incipiente chispa que condujo a la creación de una llama. Ella de nuevo abrió los ojos tras ese beso y se escondió en su cuello mientras su mano le acariciaba suavemente el brazo.
-Soñé contigo.-Dijo con la dulzura de la miel, dejando sentir su aliento contra la yugular de este, erizándole la piel al momento.
-Y tu eres un sueño hecho realidad.-Susurró el, acariciando su cabello con delicadeza, como si se fuera a romper toda ella de un momento a otro. La adoraba por encima de todas las cosas... ella era el amor en vida, la búsqueda del poeta que por fin había llegado a su fin y sentía entre sus brazos, contra su cuerpo, el fruto de sus esfuerzos.
miércoles, 25 de marzo de 2015
El joyero.
Las nubes desvelaron,
en lo alto de los cielos,
una luna llena de recelo
ante lo que se avecinaba en
esa calle de maestros joyeros.
Doblaron las campanas, invocando
sacando de una nada brumosa
la figura de una dama o quizás diosa,
envuelta en la oscuridad mas lechosa
Cada paso hacía que la piedra centenaria
dejara de lado su pasado y se sintiera infanta.
Y sonó la pequeña campanilla que anunciaba la llegada de un nuevo cliente. Aquel joyero de gran fama se encontraba inmerso en una obra detallada para un rey o quizás un marqués pudiente. Los grandes y ornamentados blasones a los lados del acceso de aquel humilde local, hablaban de la buena fe de grandes famlias que lo pudieron contratar. Y girose el buen hombre y descubrió ante él una aparición casi fantasmal. Como envuelta en sombras una mujer avanzaba lentamente hacia él, pareciendo que flotaba envuelta en las brumas de una noche clara, como del color de su piel, moribunda señal de estar a punto de pasar a otra vida.
-Buen día tenga.-Dijo el joyero, un hombre delgado de rostro vulgar pero maneras educadas y de buen hablar.- Dígame ¿que desea la dama de este humilde servidor.
-Vengo por su buena fama de tasador.-Dijo la mujer, y al sutil trazo de una sonrisa blanca sencillamente el hombre observó la muerte misma ante él, pero esto no lo amilanó. Entonces la pálida dama extrajo un anillo de su mano izquierda. Sencillo para toda la pomposa y recargada joyería con la que venían reyes y emperadores a pedirle favores. Era de plata fina, y aunque provisto de siete gemas, estas eran discretas, bastante sencillas.
Se rozaron entonces los dedos de ambos al llevar a cabo el intercambio y entonces sintió el orfebre la fría garra de la muerte, llevarse parte de su vida, dejando su alma a su suerte. Un escalofrio le recorrió el espinazo pero el dejó de lado ese momento aciago y con declarado y profesional respeto dedicó su mas amable sonrisa y procedió examinar la joya con todo su acierto.
-Es mas antiguo que el mas bueno de los vinos.-Dijo el joyero sin dudar, no dándole tiempo a la dama a demandar nada mas.-Pasó por quizás 30 generaciones de honradas mujeres, pero una de ellas se malogró e hirió de muerte la tradición de sus parientes.-Miró entonces el joyero a su última clienta, del día o quizás de la vida.-Desprende un aroma a sangre.- Sentenció aquel hombre valiente, pudiente y carente de todo sentido de superviviente.
-Sin duda vuestra fama no es un engaño de aquellos que se quieren dar importancia.-Dijo la dama y se acercó un poco mas, con inesperada calidez en unos labios rojos, llameantes de una crueldad que se quería desatar.-¿Cual es el precio de vuestros servicios?.
-Que me permitan una larga vida con mis vicios y sacrificios en honra a la profesión que mi familia ha practicado desde hace siglos.-Dijo el hombre.
-Un precio demasiado bajo. Os honraré con esto.-y en gentil y suave acto le dió el mas mortífero y cruel beso. Un beso no solo lento, sino dotado de todo el peso de lo divino, de lo perfecto.
El abrazo de la muerte fue solo doloroso por un instante, con testigos de lujo aposentados en los estantes, presenciado la conversión de su dueño a esos oscuros caminantes.
Tras aquel ínfimo y eterno momento, los grandes ojos de la dama se dejaron ver como un amanecer de rojizo satén. Siendo llevaba por los instintos, tras una última caricia, dejó tras de sí una sorda melodía.
Y sin testigos presentes, el joyero marchó al lado dela muerte, sin rumbo hacia una mejor suerte, sin infieno ni cielo que lo quisieran presente.
en lo alto de los cielos,
una luna llena de recelo
ante lo que se avecinaba en
esa calle de maestros joyeros.
Doblaron las campanas, invocando
sacando de una nada brumosa
la figura de una dama o quizás diosa,
envuelta en la oscuridad mas lechosa
Cada paso hacía que la piedra centenaria
dejara de lado su pasado y se sintiera infanta.
Y sonó la pequeña campanilla que anunciaba la llegada de un nuevo cliente. Aquel joyero de gran fama se encontraba inmerso en una obra detallada para un rey o quizás un marqués pudiente. Los grandes y ornamentados blasones a los lados del acceso de aquel humilde local, hablaban de la buena fe de grandes famlias que lo pudieron contratar. Y girose el buen hombre y descubrió ante él una aparición casi fantasmal. Como envuelta en sombras una mujer avanzaba lentamente hacia él, pareciendo que flotaba envuelta en las brumas de una noche clara, como del color de su piel, moribunda señal de estar a punto de pasar a otra vida.
-Buen día tenga.-Dijo el joyero, un hombre delgado de rostro vulgar pero maneras educadas y de buen hablar.- Dígame ¿que desea la dama de este humilde servidor.
-Vengo por su buena fama de tasador.-Dijo la mujer, y al sutil trazo de una sonrisa blanca sencillamente el hombre observó la muerte misma ante él, pero esto no lo amilanó. Entonces la pálida dama extrajo un anillo de su mano izquierda. Sencillo para toda la pomposa y recargada joyería con la que venían reyes y emperadores a pedirle favores. Era de plata fina, y aunque provisto de siete gemas, estas eran discretas, bastante sencillas.
Se rozaron entonces los dedos de ambos al llevar a cabo el intercambio y entonces sintió el orfebre la fría garra de la muerte, llevarse parte de su vida, dejando su alma a su suerte. Un escalofrio le recorrió el espinazo pero el dejó de lado ese momento aciago y con declarado y profesional respeto dedicó su mas amable sonrisa y procedió examinar la joya con todo su acierto.
-Es mas antiguo que el mas bueno de los vinos.-Dijo el joyero sin dudar, no dándole tiempo a la dama a demandar nada mas.-Pasó por quizás 30 generaciones de honradas mujeres, pero una de ellas se malogró e hirió de muerte la tradición de sus parientes.-Miró entonces el joyero a su última clienta, del día o quizás de la vida.-Desprende un aroma a sangre.- Sentenció aquel hombre valiente, pudiente y carente de todo sentido de superviviente.
-Sin duda vuestra fama no es un engaño de aquellos que se quieren dar importancia.-Dijo la dama y se acercó un poco mas, con inesperada calidez en unos labios rojos, llameantes de una crueldad que se quería desatar.-¿Cual es el precio de vuestros servicios?.
-Que me permitan una larga vida con mis vicios y sacrificios en honra a la profesión que mi familia ha practicado desde hace siglos.-Dijo el hombre.
-Un precio demasiado bajo. Os honraré con esto.-y en gentil y suave acto le dió el mas mortífero y cruel beso. Un beso no solo lento, sino dotado de todo el peso de lo divino, de lo perfecto.
El abrazo de la muerte fue solo doloroso por un instante, con testigos de lujo aposentados en los estantes, presenciado la conversión de su dueño a esos oscuros caminantes.
Tras aquel ínfimo y eterno momento, los grandes ojos de la dama se dejaron ver como un amanecer de rojizo satén. Siendo llevaba por los instintos, tras una última caricia, dejó tras de sí una sorda melodía.
Y sin testigos presentes, el joyero marchó al lado dela muerte, sin rumbo hacia una mejor suerte, sin infieno ni cielo que lo quisieran presente.
miércoles, 25 de febrero de 2015
La hija de la Luna y el caballero oscuro.
La noche caía dulcemente y las estrellas titilaban cálidas, como luces de esperanza para los navegantes y viajeros. Sonreía la luna a su hija, alumna aventajada de Terpsícore, hija pródiga del Olimpo y envidia de Afrodita. La cascada rompía el murmullo nocturno, bañando en aguas de cristal puro el fondo lleno de criaturas imposibles. Peces de diamante, anguilas de zafiro y esmeralda, despertando y siendo contempladas por los árboles de maderas nobles y mas nobles historias que contar, se repartían en aquel lago y aquel claro respectivamente, esparciendo la vida silenciosa del bosque en el que una dama se bañaba. La brisa, enmudecida por la caída de agua, traía la primavera, la promesa de mas vida a las flores de metales preciosos que abrían sus pétalos a pesar de las horas para aspirar el aroma de la mas Dulce Flor de aquel lugar.
La dama, dulce gota de rocía oscuro hecho mujer, dejaba bailar a las gotas de agua y a las ninfas alrededor de su cuerpo. Las libélulas y pequeños pececillos la rodeaban de vez en cuando, curiosos, expectantes, ante cada fluido movimiento de río, de sus manos paseando por su cuerpo para quitarse una mugre inexistente, pues ella alejaba toda suciedad del cuerpo y el alma de quienes la contemplaban, quemaba en pasión la piel de quienes la tocaban y se sumían en pavoroso infierno aquellos que la ofendían. Sonreía, tarareando una canción milenaria, no tanto como la canción del amor, casi tan antigua como Gaia. Eran notas sueltas que los grandes sabios y músicos habían encontrado dentro de sus almas cuando la inspiración faltaba. Su cabello negro era una continuación sin estrellas de aquella noche dulce de primavera. Tiernamente, con movimientos que perdían el norte y se dirigían al sur la dama, como bien se dijo, limpiaba su cuerpo y su alma.
La soledad la acompañaba hasta la llegada al lugar de un ser extraño, demasiado común para ese mundo, pero sin duda capacitado y con el poder de encontrarse ante el mismo diablo o Dios y mirarlos a los ojos. Observó a la dama con un gesto inexpresivo mas a la vez batallando contra sus instintos por tocar el agua, enemiga acérrima el líquido elemento desde tiempos inmemoriales. Portaba un pelaje fino, negro, suave como el cabello de aquella mujer perfecta con defectos, diosa cálida en corazón y alma, Tras pensarlo optó por quedarse mirando, pensando en cosas demasiado sabias para ser escritas por los mas grandes eruditos. Con gran paciencia estudiaba el lugar. la cascada de agua sumergía en su perpetuo rugido cualquier otro sonido bello o desagradable y para colmo, tras sus aguas, náyades a cientos, bailaban entre gota y gota con farolillos de miles de colores. Aquel espectáculo habría explotado cualquier mente dotada de la genialidad para el arte.
La luna fue entonces ocultada por las nubes y todo quedó a oscuras a excepción de los ojos del visitante, que se encendieron como dos farolas, como el faro que guía y pierde al buen y mal viajero. La deidad humana miró entonces a su alrededor, perdida, trastocada por esa repentina oscuridad. hasta la náyades habían perdido cierto brillo. las sombras comenzaron a llegar pero las garras de las pesadillas no se pudieron hacer con aquel alma tan dulce y pura, pues el caballero oscuro sencillamente abrió la boca...y maulló.
La diosa se volvió, abrió aquellos ojos negros de bondad y maldad infinitas, de sabiduría y corrección excelsas y se acercó lentamente, con su desnudad de glorioso pecado a aquel caballero. Sus pechos fueron revelándose junto a su cintura de avispa, su vientre, planicie y pausa entre sus senos y el centro de su infinito placer. Quien viera aquella escena de gloria enloquecería, se dejaría llevar por el deseo mas puro y su corazón se consumiría en cuestión de segundos. Fue la frialdad de aquel caballero lo que le impidió explotar en ese mismo momento. Una vez fuera del agua, aquel caballero, con dos ojos naranjas, morados al momento siguiente, se acercó con sus cuatro patas y cola en alto, no tuvo tiempo de frotar en franco reconocimiento su lomo negro contra aquellos pies de dríade, raíces de cordura y razón, aladas con fantasía e iluminación, pues la dama tomó al felino y comenzó a acariciarlo suavemente.
-¿Mi caballero oscuro viene a protegerme como en cada noche? ¿viene a vigilar mi sueño? y me trae bellos regalos.-Dijo con una sonrisa blanca, y fundente de voluntades aquella dama de las tierras del fuego, tomando la rosa azul que el caballero oscuro portaba entre sus pequeños dientes. Este se acomodó contra el pecho de la mujer de los cielos, del ángel mas bello de Dios emitiendo un aterciopelado ronroneo, constante, initerrumpido mas que para dar un beso en la nariz perfectamente esculpido por los dioses de aquella deidad superior. Fue entonces que la luna comenzó a brillar y todo pareció nacer de nuevo, lejos de las pesadillas o de los miedos.
domingo, 15 de febrero de 2015
Pensamientos de escritor 20: "El amor o la Musa."
En todos mis largos años de vida, nada me ha parecido mas extraño que el amor. Por motivos que ignoro nací con un concepto anticuado del amor. El amor para mi es esa dulce sintonia, esa armonía y melodía inconfundible que ha hecho del mundo lo que en parte es hoy. Los amores pasajeros en mi opinión son sencillas relaciones quebradas. El amor verdadero es el que perdura incluso mas allá de la muerte. Cada pequeño pedazo de corazón que se une a otro pequeño pedazo de corazón de la persona ajena, es un acto que debe ser visto con todo respeto, decoro y admiración, pues la capacidad de sentir no todos la tienen. Solo hubo un caso de amor en el que mi ira fuera tremebunda pero de eso no hablaremos. Hablemos del motivos de cada una de las rosas azules que hay en mi blogg.
La Musa, todos ya sabréis a estas alturas quien es, es el motivo de mis pensamientos en este y obviamente en todos los días. San Valentín para mi es un esfuerzo un poco mas alto de la media a realizar para que esa dama de ojos negros y cabello hecho de la mas suave noche sonría. La Musa, en este caso, es una dama física, que existe, que tiene sentimientos, problemas, virtudes y defectos. Y la responsable de haberme inspirado durante casi 6 años. Es la responsable de mi sonrisa, de muchas de mis risas y de momentos de gran intimidad en los que parecía que la distancia no existía. Los grandes amantes de las historia, conocidos a través de la leyenda o la literatura, deberían de contemplar, a mi humilde parecer, con todo respeto la presencia de la Musa como una semejante, pues podría decirse que es una amante intelectual, sentimental, cálida, que rompe las fronteras físicas del cuerpo e intangibles de la mente para revelar que aun queda esperanza en la humanidad. Si es que es humana.
Ella es luminosa y oscuramente bella, fascinante en sus maneras, educación y expresión, correcta en el trato a todos los hombres, mujeres y niños al margen de la raza, posición social o económica, religión o dogma de cualquier tipo que se practique. Tiene elegante caminar y mas elegante razonar para poder dejar contra las cuerdas a muchos rivales en debates varios que surjan para la ocasión. De gustos sencillos, ella es como un gato: A raíz de darle cierta independencia te devolverá ese respeto en su intimidad con una fiel amistad que nadie mas podrá superar pues es amiga de sus amigos.Estoy diciendo de todo y a la vez no estoy diciendo nada que tenga una cierta coherencia y cierto orden, pero esa es su esencia. Definirla es imposible en el plano del espíritu. Físicamente sí, desde luego.
Ella es, como todos saben, muy especial para mi. La adoro y respeto hasta el punto de que corrijo a la gente cuando dice "tu Musa". No es mía (que mas quisiera mi parte oscura que así fuera pues solo la oscuridad del hombre quiere ser posesiva con otras personas), Ella es de este mundo oscuro lleno de muchas cosas malas a las que ella, con su carrera, trata de dar una cierta solución. También es obra de Gaia o de Dios, nunca se quien es el responsable. Todos los hechos que a su alrededor acontecen están teñidos de un tinte de aventura y cruda realidad que casi asemeja al realismo mágico que influyó en mi país durante unos años.
Tengo muchas teorías sobre el amor pero ella es responsable de una en la que me encuentro constantemente sumergido a la hora de darle veracidad. Se basa en la siguiente: Si esa persona que está presente en tu vida con mas o menos asiduidad comienza a mostrarte sus defectos, sus virtudes y todo el conjunto de sus hechos, del concepto de los mismos, si logras ver el todo de esa personas, muy probablemente estás enamorado de esa personas. Ese momento en que te das cuenta llega en forma de "revelación", Un día me golpeó esa realidad mientras no pensaba en nada en concreto, sencillamente la vi de pronto en mi mente, sonriente, alegre, sensual, entristecida, festejando un logro ajeno o propio, furiosa. Sencillamente en cada una de esas actitudes deseaba unirme a ella, ser parte de ese todo.
El amor es quizás para mi lo mas importante a pesar de mis constantes referencias al asesinato de tal o cual persona. Soy un hombre de fe. No una fe religiosa, sino fe de que las cosas saldrán bien y de que ella encontrará pronto la felicidad. Pues es lo que deseo de ella. Que sea feliz. Es cuando mas me inspira junto a esos momentos en los que puedo ver esos bonitos ojos negros tratando de hipnotizarme y, para que negarlo, lográndolo.
No se que mas decir que ya no haya dicho con anterioridad. ¿Que la quiero? ya lo sabe ¿que la deseo? ya lo sabe ¿que la amo? creo que lo sospecha.
Resumiré diciendo que para mi el amor y la Musa son la misma cara de la moneda.
Arrebatadoramente bella por fuera, sencillamente mágica por dentro.
domingo, 8 de febrero de 2015
El vendedor de sueños.
Era un día de Diciembre y las grandes cortinas que cubrían las ventanas de la mansión ejecutaban su baile fantasmagórico contra las paredes revestidas del mas blanco mármol. Era luna nueva y la oscuridad solo era rota por unos cuantos candelabros puestos ahí y allá, precariamente sostenidos en aldabones de hierro centenario. Cada losa de piedra del suelo contaba la historia de truculentos sucesos, de almas rotas en medio de crueles desamores, traiciones impías y fratricidios demasiado numerosos como para ser contados en varias vidas, como las arrebatadas entre los tabiques de aquel lugar funesto. Por su pasillo, envuelta en sudor y sangre corría una joven. Su cabello revuelto estaba apagado en lo que antes era un brillo dorado y perfecto. Sus vestiduras estaban rasgadas y parte de su lechosa piel se adivinaba entre los rasgones y pruebas de la fatalidad. Los ojos azules estaban desencajados por el terror de aquello que habían contemplado. No había nada mas terrible; contemplar la muerte de cerca, para el inocente, era la ruptura con toda realidad y posible descanso.
Se despertó entonces la dama bañada en gélido sudor, con los ojos impregnados en lágrimas pero vigilando de no emitir sonido alguno que despertara a su amada familia. Sus hermanos estaban junto a ella, respirando profundamente mientras, intranquila, se puso algo mas abrigado tras desasirse del abrazo del pequeño de aquella humilde, unida y honrada familia. Se miró en un espejo, su rostro era realmente bello, algo que no tenía muy en cuenta, a diferencia del resto de jóvenes de su edad, infatigables a la hora de tratar de impresionar a los caballeros que pasaban por esa vasta y encantadora ciudad llena de historia y leyendas. La pesadilla la dejó agitada. Se puso algo de abrigo y salió a tomar el aire, yendo a otra habitación y cerrando la puerta, abriendo la ventana y topándose con una inesperada visita.
Posado con majestuosa indiferencia al mundo, siendo su pata derecha lo mas importante en ese momento, en lo que se hallaba limpiándola con todo cuidado, la Luna le arrancó algún brillo al pelaje del gato posado sobre un pequeño saliente, obra de un defecto de construcción de la casa. Los grandes ojos del felino estaban cerrados, concentrados en su labor de súbita importancia e ignorando a la simple mortal que casi a su lado estaba. Esta lo contemplaba maravillada, sorprendida en parte por no verlo huir. como es natural en todo gato. En su trabajo, teniendo acceso a muchos libros de muchos tipos, los de cuentos eran de sus favoritos. Meterse en mundos fantásticos con ogros bondadosos y caballeros de oscura armadura y corazón, tristes por la pérdida de su amor. Cuentos había de gatos a cientos y casi todos parecían ciertos al ser escritos y leídos por la manos y ojos adecuados.
La dama contemplaba al esmerado cuidador de su pelaje. Era elegante, casi hecho de una sola pieza de un río negro que se hubiera helado y se estuviera derritiendo. Sus orejas se movían de vez en cuando, apreciando cada sonido que le rodeaba. La cola no se movía, fluía en el aire con un movimiento continuo carente de brusquedad en el cambio de trayectoria o de recorrido, como siguiendo una melodía, ya fuera la del viento o la interpretada por los silfos. No pensó que lo volvería hacer después de aquella pesadilla tan terrible, pero la dama sonrió y se sintió tentada de estirar la mano, mas no quería interrumpir la labor sagrada que aquel siervo de la noche y del sabio o la bruja estaba totalmente concentrado en consumar. Los ojos de la dama alternaban entre el cielo nocturno, la plaza a la que daba esa ventana, obviamente vacía por las horas y el gato que, en un ejercicio de originalidad, cambió de pata que limpiar, Su mente comenzó a divagar y con el cúmulo de emociones y preocupaciones de sus labios salió un suspiro.
Es curioso como en todo momento, al pesar del chirriar de la bisagra de la ventana, el viento agitando el cabello de la dama, esparciendo su aroma por todo el área circundante al gato y ella, este no haría reparado en la bella mujer hasta la liberación de ese aire rápido y preocupado, reflejo de miedos y vicisitudes diversas. La dama pudo ver, algo sorprendida, y quizás asustadas que los ojos del gato eran verdes. Este se le quedó mirando y poco a poco los nervios la fueron invadiendo. Eran dos esferas perfectas y amarillas los ojos de aquel gato tranquilo, superior a toda condición humana, dios en miniatura de la muerte, la vida, el misterio y la leyenda, mensajero entre mundos. Curiosamente al pestañear estas cambiaron a un amarillo mas intenso. la dama pensaba que estaba ofuscada pero al siguiente pestañeo eran verdes y entonces el gato saltó dentro de la habitación y salió corriendo por la puerta entreabierta.
La mujer, esa bella dama, echó a correr con toda gracia y elegancia, preocupada por el sueño de sus hermanos, casa adelante tratando de hacer el mínimo ruido posible. El gato entonces se puso en la puerta que daba a la plaza. Este gato era extraño, pues de pronto estaba sentado de espaldas a la puerta, como si la estuviera esperando. La luz apenas llegaba en la entrada de la casa y todo era sombras. Salvo los ojos de aquel gran gato negro, displicente en sus formas y coqueto en sus andares. La mirada fijamente y al reflejo de la lampara de aceite que la bella dama encendió, a esta le pareció ver por un segundo lo que podría interpretarse como una sonrisa demasiado... extraña.
-Gatito, no hagas ruido.-Dijo la mujer mas bella de aquella ciudad.-Mis hermanos duermen y deben descansar pues al madrugar deben alimentarse de comida y conocimientos en la escuela.-Dijo suavemente. Su voz era una caricia al alma. Los grandes ojos azules de ella vieron entonces que algo sonaba fuera y el gato se puso a rascar la puerta, inesperadamente emocionado por salir.
Eran sonidos de muchas cosas. Desde música hasta fuegos artificiales. Todo fue repentino, como llegado de ninguna parte y con destino a ninguna otra. La mujer, esa bella mujer que había cosechado mas suspiros que trigo todos los campos de su ciudad juntos, se aceleró sin casi reparar en el gato de brillantes ojos para saber lo que ocurría, temerosa de no poder impedir que sus hermanos, que toda su familia, que toda la ciudad se despertara. Fue entonces cuando abrió la puerta.
La plaza, momentos antes completamente vacía ahora estaba ocupada por una especie de feria ambulante. Quizás la mas grande de todos los tiempos de aquel lugar. Y la mas colorida y la mas variada. Aunque todo reconcentrado en un solo carromato de gran tamaño delante del cual, a la espera de clientes, se encontraba un solo vendedor. O director de pista, pues vestía como los grandes drigentes de los circos, con todas sus maravillas incluidas. Su sombrero de copa era de dos colores: una mistad negro y la otra blanco. Su traje era de muchos colores, todos en continua y sutil transición de una tonalidad a otra. La bella dama se fue acercando, sorprendida y cada vez mas confusa sobre el hecho de que de la nada surgiera todo ese despliegue de luz y de color. Expuestas a la venta había cientos o miles de cosas. La altura de aquel mostrador era de quizás varias decenas de metros. La encantadora criatura se paró a mirar aquellas maravillas. Y sus ojos entonces repararon en un libro. Su corazón se aceleró.
Ante sus ojos se encontraba uno de los libros mas fabulosos de cuentos de caballeros que nunca jamás habían sido escritos. Hacía siglos que se le había perdido la pista. La idea de poder llevarlo a la biblioteca era algo que no imaginaba. Obviamente, dado su humilde corazón, el reconocimiento de la comunidad le era indiferente. Ella solo quería que los demás niños se pudieran sumergir dentro de aquel mundo maravilloso al que ella solo tenía acceso en una de las pocas páginas que se conservaban, vetadas a los manoseos infantiles mas no a su memoria.
-Ahhhhh la dama tiene un excelente gus...to.-Dijo el vendedor pero cuando la dama dirigió su mirada de ojos azules a aquel hombre espigado y de sonrisa traviesa, misteriosa y quien sabe si velo de a saber que intenciones, este enmudeció por un momento.-Vaya. No me esperaba esto.-Dijo. El gato lo acompañaba montado en su hombro, dejando salir pequeños ronroneos, como cavilaciones milenarias
Entonces sacó aquel extraño individuo un reloj con nueve manecillas, que se movían de una forma extraña, unas daban vueltas completas, luego se paraban e iban en el otro sentido, otras estaban quietas del todo. Solo una permanecía en un movimiento constante aunque demasiado lento para ser los segundos y demasiado rápido para ser los minutos. La dama no había visto algo así en toda su joven vida. Sin duda no había visto muchas cosas en toda su vida. Otro descubrimiento importante era el hecho de que nadie mas hubiera acudido a la gran demostración de artificios y sonido de aquel extraño hombre. Ella estaba sola. Los nervios empezaron a fluir poco a poco por su cuerpo y sus ojos comenzaron a mirar la puerta de su propia casa con ánimo de correr hacia ella por si ocurría algo. No estaba segura de si se trataba de un sueño o quien sabe de que acontecimiento único.
-Hemos llegado en el momento exacto parece ser.-Dijo aquel hombre extraño de sonrisa afilada y algo animalesca. El gato maulló y parece que asintió ante aquel obvio hecho.-Mmmm veamos.-Dijo el hombre que de un salto muy, muy alto se encaramó a una tabla suelta de su puesto y empezó a ver que tenía.-Quizás esto...-Dijo el vendedor mientras aterrizaba limpiamente a escasos centímetros de aquel valioso libro. El corazón casi le da un vuelco a la encantadora mujercita y le provoca un desmayo. En la mano del hombre había una rosa verde, al parecer hecha de una sola pieza a partir de una esmeralda.-Quizás esto le interese a la dam...-pero el hombre en cuestión no pudo terminar pues el gato bufó y casi le da un zarpazo en la cara.-Bueno vale vale....-Dijo. Pero no contento con ello el gato soltó un larguísimo maullido acompañado de un par de bufidos mas.-Se me hace obvio que es lo que quiere.-le dijo este extraño acróbata de las mercancías al gato.-Ya se que la esmeralda le encanta... pero está bien. Se la entregaremos en persona. La pereza a veces me consume. Una fría rosa de esmeralda merece ser portada por las manos frías de la muerte... o por una bella difunda.
Aquel hombre estaba loco. Hablaba con gatos y sobre personas muertas. ¿Quien habría de querer entregar nada tan bello a una persona fallecida? Entonces a la bella damisela de plateada cabellera se le formó uno de los pocos cúmulos de valor que podría reunir en aquella noche cerrada y se atrevió a preguntar
-Disculpe.-Dijo lo mas educadamente posible.-¿Me podría decir el precio de...?
-¿Este bonito vestido?-Dijo sacando de su sombreros un sensual vestido que dejaba poco a la imaginación, de tonos rojizos y rosados. El gato volvió a bufar por el movimiento brusco del hombro sobre el que se hallaba y por su disconformidad sobre el posible regalo.-De acuerdo de acuerdo. Pero seguro que su novio, en caso de tenerlo, me agradecería muchas cosas.-Dijo moviendo las cejas y recreándose en el sonrojo de la deidad plateada hecha mujer.
-No, yo lo que quería era...-Comenzó de nuevo a decir la dulce bibliotecaria.-
-NO me diga mas, encantadora damisela.-Dijo, haciendo énfasis en ese "No" inicial y sacando de entre sus manos una exorbitante cantidad de dulces que al caer al suelo parecían convertirse en diamantes y luego desparecían. Sacó entonces una gran saca, no sin esfuerzo, de detrás del mostrador, encima del cual salto de nuevo, provocando otro vuelco a su corazón.- veinte kilos de los mas dulces caramelos, gominolas y demás de todo este bello mundo, creadas por artesanos de poblaciones en cuya sangre corre el azu...-Pero el gato volvió a interrumpir.-Oh vaya. No me digas que tu podrías vender mucho mejor que yo. Vale está bien. Pero...- de pronto se interrumpió y los ojos color extraño de aquel hombre, antes verdes y ahora rojos en lenta transición al violeta, miraron la luna.-Mmmmmm...
Miró a la joven entonces mientras la mano de aquel "caballero" tomaba la de la dama. Vio a continuación en su rostro una sonrisa y cuando bajó al vista, algo avergonzada, de su mano pendía un anillo de plata con una rosa como motivo principal. Parecía que la rosa pudiera mover sus pétalos. El vendedor miró la rosa junto a ella, se acerco a este, sopló y los pétalos en efecto, se movieron.
-Este bonito anillo está creado con los deseos de un hombre de ver feliz a la dueña de sus suspiros. Lo creó una vez un poeta con todos los sentimientos que guardaba por una dama a la que adoraba en secreto. Ella está lejos de...- Y el gato lo volvió a interrumpir con lo que parecía una señal de claro hartazgo.-Tu no dejas que me ponga romántico ni aunque te paguen con una tonelada de esturion.-El gato volvió a maullar con resoluta indiferencia.-Ya y luego cuando estás en su regazo bien contento que estás.-El gato entonces escondió la cabeza detrás del largo cabello del vendedor.-Cobarde...-Se volvió a la dama.-¿Por donde íbamos querida?.-Dijo retirando el anillo de su mano con toda suavidad.
-Yo...quería...-Temió de nuevo una interrupción y sencillamente se quedó mirando el libro.
El vendedor siguió la mirada de la dama y con un "oh, claro. Es obvio" seguido de un asentimiento dio una palmada al culo del gato ante lo que parecía una risotada de burla del propio felino. Tomó el libro entre sus manos. Lo miró y la miró. Seguidamente tomó el reloj y volvió a mirar la luna esta vez con unos ojos azules calco de los de la dama.
-Este libro fue escrito por las manos de un antiguo cuentacuentos que sin duda dejó una huella imborrable en los corazones de muchos niños. Cada una de las historias que se lean en estas páginas ensalzarán el espíritu. Él me lo regaló cuando combatimos codo con codo en una batalla ya olvidada hace muchos años. Demasiados. Me dijo que se lo diera a su pariente de corazón mas puro, que ella sabría cuidarlo. Ningún otro hombre ni mujer, solo quizás los niños, podrás valorar con toda la fuerza del amor por la lectura, lo que en este libro se cuenta. Así pues te hago entrega de tu herencia. Y no dudes sobre su destino pues tienes sus mismos ojos azules-Sonrió ampliamente.-Ah y feliz cumpleaños
Los ojos llenos de lágrimas, producto de la emoción, miraban el libro sin poder creérselo. Fuera locura o no, aquel libro durante tanto tiempo buscado, ahora estaba en sus manos. Corrió hasta donde estaba la biblioteca de aquella gloriosa ciudad, abriendo las puertas bruscamente, ignorando a los vigilantes que se ocupaban de que no robaran nada. Aquel libro sería lo que diera a muchos niños la inspiración para la ciencia, el arte, la literatura, el amor. La poesía.
Apoyado ahora sobre dos grandes alas opalinas, el vendedor alzó el vuelo hasta donde la Luna le esperaba para dejarlo caer lentamente entre caricias de materno amor sobre una cama con sábanas de satén azul, portando una rosa azul con la que acarició el rostro de aquella que lo inspiraba a seguir respirando. Ella abrió los ojos y mirando aquellos ojos sencillamente susurró el mas dulce:
Posado con majestuosa indiferencia al mundo, siendo su pata derecha lo mas importante en ese momento, en lo que se hallaba limpiándola con todo cuidado, la Luna le arrancó algún brillo al pelaje del gato posado sobre un pequeño saliente, obra de un defecto de construcción de la casa. Los grandes ojos del felino estaban cerrados, concentrados en su labor de súbita importancia e ignorando a la simple mortal que casi a su lado estaba. Esta lo contemplaba maravillada, sorprendida en parte por no verlo huir. como es natural en todo gato. En su trabajo, teniendo acceso a muchos libros de muchos tipos, los de cuentos eran de sus favoritos. Meterse en mundos fantásticos con ogros bondadosos y caballeros de oscura armadura y corazón, tristes por la pérdida de su amor. Cuentos había de gatos a cientos y casi todos parecían ciertos al ser escritos y leídos por la manos y ojos adecuados.
La dama contemplaba al esmerado cuidador de su pelaje. Era elegante, casi hecho de una sola pieza de un río negro que se hubiera helado y se estuviera derritiendo. Sus orejas se movían de vez en cuando, apreciando cada sonido que le rodeaba. La cola no se movía, fluía en el aire con un movimiento continuo carente de brusquedad en el cambio de trayectoria o de recorrido, como siguiendo una melodía, ya fuera la del viento o la interpretada por los silfos. No pensó que lo volvería hacer después de aquella pesadilla tan terrible, pero la dama sonrió y se sintió tentada de estirar la mano, mas no quería interrumpir la labor sagrada que aquel siervo de la noche y del sabio o la bruja estaba totalmente concentrado en consumar. Los ojos de la dama alternaban entre el cielo nocturno, la plaza a la que daba esa ventana, obviamente vacía por las horas y el gato que, en un ejercicio de originalidad, cambió de pata que limpiar, Su mente comenzó a divagar y con el cúmulo de emociones y preocupaciones de sus labios salió un suspiro.
Es curioso como en todo momento, al pesar del chirriar de la bisagra de la ventana, el viento agitando el cabello de la dama, esparciendo su aroma por todo el área circundante al gato y ella, este no haría reparado en la bella mujer hasta la liberación de ese aire rápido y preocupado, reflejo de miedos y vicisitudes diversas. La dama pudo ver, algo sorprendida, y quizás asustadas que los ojos del gato eran verdes. Este se le quedó mirando y poco a poco los nervios la fueron invadiendo. Eran dos esferas perfectas y amarillas los ojos de aquel gato tranquilo, superior a toda condición humana, dios en miniatura de la muerte, la vida, el misterio y la leyenda, mensajero entre mundos. Curiosamente al pestañear estas cambiaron a un amarillo mas intenso. la dama pensaba que estaba ofuscada pero al siguiente pestañeo eran verdes y entonces el gato saltó dentro de la habitación y salió corriendo por la puerta entreabierta.
La mujer, esa bella dama, echó a correr con toda gracia y elegancia, preocupada por el sueño de sus hermanos, casa adelante tratando de hacer el mínimo ruido posible. El gato entonces se puso en la puerta que daba a la plaza. Este gato era extraño, pues de pronto estaba sentado de espaldas a la puerta, como si la estuviera esperando. La luz apenas llegaba en la entrada de la casa y todo era sombras. Salvo los ojos de aquel gran gato negro, displicente en sus formas y coqueto en sus andares. La mirada fijamente y al reflejo de la lampara de aceite que la bella dama encendió, a esta le pareció ver por un segundo lo que podría interpretarse como una sonrisa demasiado... extraña.
-Gatito, no hagas ruido.-Dijo la mujer mas bella de aquella ciudad.-Mis hermanos duermen y deben descansar pues al madrugar deben alimentarse de comida y conocimientos en la escuela.-Dijo suavemente. Su voz era una caricia al alma. Los grandes ojos azules de ella vieron entonces que algo sonaba fuera y el gato se puso a rascar la puerta, inesperadamente emocionado por salir.
Eran sonidos de muchas cosas. Desde música hasta fuegos artificiales. Todo fue repentino, como llegado de ninguna parte y con destino a ninguna otra. La mujer, esa bella mujer que había cosechado mas suspiros que trigo todos los campos de su ciudad juntos, se aceleró sin casi reparar en el gato de brillantes ojos para saber lo que ocurría, temerosa de no poder impedir que sus hermanos, que toda su familia, que toda la ciudad se despertara. Fue entonces cuando abrió la puerta.
La plaza, momentos antes completamente vacía ahora estaba ocupada por una especie de feria ambulante. Quizás la mas grande de todos los tiempos de aquel lugar. Y la mas colorida y la mas variada. Aunque todo reconcentrado en un solo carromato de gran tamaño delante del cual, a la espera de clientes, se encontraba un solo vendedor. O director de pista, pues vestía como los grandes drigentes de los circos, con todas sus maravillas incluidas. Su sombrero de copa era de dos colores: una mistad negro y la otra blanco. Su traje era de muchos colores, todos en continua y sutil transición de una tonalidad a otra. La bella dama se fue acercando, sorprendida y cada vez mas confusa sobre el hecho de que de la nada surgiera todo ese despliegue de luz y de color. Expuestas a la venta había cientos o miles de cosas. La altura de aquel mostrador era de quizás varias decenas de metros. La encantadora criatura se paró a mirar aquellas maravillas. Y sus ojos entonces repararon en un libro. Su corazón se aceleró.
Ante sus ojos se encontraba uno de los libros mas fabulosos de cuentos de caballeros que nunca jamás habían sido escritos. Hacía siglos que se le había perdido la pista. La idea de poder llevarlo a la biblioteca era algo que no imaginaba. Obviamente, dado su humilde corazón, el reconocimiento de la comunidad le era indiferente. Ella solo quería que los demás niños se pudieran sumergir dentro de aquel mundo maravilloso al que ella solo tenía acceso en una de las pocas páginas que se conservaban, vetadas a los manoseos infantiles mas no a su memoria.
-Ahhhhh la dama tiene un excelente gus...to.-Dijo el vendedor pero cuando la dama dirigió su mirada de ojos azules a aquel hombre espigado y de sonrisa traviesa, misteriosa y quien sabe si velo de a saber que intenciones, este enmudeció por un momento.-Vaya. No me esperaba esto.-Dijo. El gato lo acompañaba montado en su hombro, dejando salir pequeños ronroneos, como cavilaciones milenarias
Entonces sacó aquel extraño individuo un reloj con nueve manecillas, que se movían de una forma extraña, unas daban vueltas completas, luego se paraban e iban en el otro sentido, otras estaban quietas del todo. Solo una permanecía en un movimiento constante aunque demasiado lento para ser los segundos y demasiado rápido para ser los minutos. La dama no había visto algo así en toda su joven vida. Sin duda no había visto muchas cosas en toda su vida. Otro descubrimiento importante era el hecho de que nadie mas hubiera acudido a la gran demostración de artificios y sonido de aquel extraño hombre. Ella estaba sola. Los nervios empezaron a fluir poco a poco por su cuerpo y sus ojos comenzaron a mirar la puerta de su propia casa con ánimo de correr hacia ella por si ocurría algo. No estaba segura de si se trataba de un sueño o quien sabe de que acontecimiento único.
-Hemos llegado en el momento exacto parece ser.-Dijo aquel hombre extraño de sonrisa afilada y algo animalesca. El gato maulló y parece que asintió ante aquel obvio hecho.-Mmmm veamos.-Dijo el hombre que de un salto muy, muy alto se encaramó a una tabla suelta de su puesto y empezó a ver que tenía.-Quizás esto...-Dijo el vendedor mientras aterrizaba limpiamente a escasos centímetros de aquel valioso libro. El corazón casi le da un vuelco a la encantadora mujercita y le provoca un desmayo. En la mano del hombre había una rosa verde, al parecer hecha de una sola pieza a partir de una esmeralda.-Quizás esto le interese a la dam...-pero el hombre en cuestión no pudo terminar pues el gato bufó y casi le da un zarpazo en la cara.-Bueno vale vale....-Dijo. Pero no contento con ello el gato soltó un larguísimo maullido acompañado de un par de bufidos mas.-Se me hace obvio que es lo que quiere.-le dijo este extraño acróbata de las mercancías al gato.-Ya se que la esmeralda le encanta... pero está bien. Se la entregaremos en persona. La pereza a veces me consume. Una fría rosa de esmeralda merece ser portada por las manos frías de la muerte... o por una bella difunda.
Aquel hombre estaba loco. Hablaba con gatos y sobre personas muertas. ¿Quien habría de querer entregar nada tan bello a una persona fallecida? Entonces a la bella damisela de plateada cabellera se le formó uno de los pocos cúmulos de valor que podría reunir en aquella noche cerrada y se atrevió a preguntar
-Disculpe.-Dijo lo mas educadamente posible.-¿Me podría decir el precio de...?
-¿Este bonito vestido?-Dijo sacando de su sombreros un sensual vestido que dejaba poco a la imaginación, de tonos rojizos y rosados. El gato volvió a bufar por el movimiento brusco del hombro sobre el que se hallaba y por su disconformidad sobre el posible regalo.-De acuerdo de acuerdo. Pero seguro que su novio, en caso de tenerlo, me agradecería muchas cosas.-Dijo moviendo las cejas y recreándose en el sonrojo de la deidad plateada hecha mujer.
-No, yo lo que quería era...-Comenzó de nuevo a decir la dulce bibliotecaria.-
-NO me diga mas, encantadora damisela.-Dijo, haciendo énfasis en ese "No" inicial y sacando de entre sus manos una exorbitante cantidad de dulces que al caer al suelo parecían convertirse en diamantes y luego desparecían. Sacó entonces una gran saca, no sin esfuerzo, de detrás del mostrador, encima del cual salto de nuevo, provocando otro vuelco a su corazón.- veinte kilos de los mas dulces caramelos, gominolas y demás de todo este bello mundo, creadas por artesanos de poblaciones en cuya sangre corre el azu...-Pero el gato volvió a interrumpir.-Oh vaya. No me digas que tu podrías vender mucho mejor que yo. Vale está bien. Pero...- de pronto se interrumpió y los ojos color extraño de aquel hombre, antes verdes y ahora rojos en lenta transición al violeta, miraron la luna.-Mmmmmm...
Miró a la joven entonces mientras la mano de aquel "caballero" tomaba la de la dama. Vio a continuación en su rostro una sonrisa y cuando bajó al vista, algo avergonzada, de su mano pendía un anillo de plata con una rosa como motivo principal. Parecía que la rosa pudiera mover sus pétalos. El vendedor miró la rosa junto a ella, se acerco a este, sopló y los pétalos en efecto, se movieron.
-Este bonito anillo está creado con los deseos de un hombre de ver feliz a la dueña de sus suspiros. Lo creó una vez un poeta con todos los sentimientos que guardaba por una dama a la que adoraba en secreto. Ella está lejos de...- Y el gato lo volvió a interrumpir con lo que parecía una señal de claro hartazgo.-Tu no dejas que me ponga romántico ni aunque te paguen con una tonelada de esturion.-El gato volvió a maullar con resoluta indiferencia.-Ya y luego cuando estás en su regazo bien contento que estás.-El gato entonces escondió la cabeza detrás del largo cabello del vendedor.-Cobarde...-Se volvió a la dama.-¿Por donde íbamos querida?.-Dijo retirando el anillo de su mano con toda suavidad.
-Yo...quería...-Temió de nuevo una interrupción y sencillamente se quedó mirando el libro.
El vendedor siguió la mirada de la dama y con un "oh, claro. Es obvio" seguido de un asentimiento dio una palmada al culo del gato ante lo que parecía una risotada de burla del propio felino. Tomó el libro entre sus manos. Lo miró y la miró. Seguidamente tomó el reloj y volvió a mirar la luna esta vez con unos ojos azules calco de los de la dama.
-Este libro fue escrito por las manos de un antiguo cuentacuentos que sin duda dejó una huella imborrable en los corazones de muchos niños. Cada una de las historias que se lean en estas páginas ensalzarán el espíritu. Él me lo regaló cuando combatimos codo con codo en una batalla ya olvidada hace muchos años. Demasiados. Me dijo que se lo diera a su pariente de corazón mas puro, que ella sabría cuidarlo. Ningún otro hombre ni mujer, solo quizás los niños, podrás valorar con toda la fuerza del amor por la lectura, lo que en este libro se cuenta. Así pues te hago entrega de tu herencia. Y no dudes sobre su destino pues tienes sus mismos ojos azules-Sonrió ampliamente.-Ah y feliz cumpleaños
Los ojos llenos de lágrimas, producto de la emoción, miraban el libro sin poder creérselo. Fuera locura o no, aquel libro durante tanto tiempo buscado, ahora estaba en sus manos. Corrió hasta donde estaba la biblioteca de aquella gloriosa ciudad, abriendo las puertas bruscamente, ignorando a los vigilantes que se ocupaban de que no robaran nada. Aquel libro sería lo que diera a muchos niños la inspiración para la ciencia, el arte, la literatura, el amor. La poesía.
Apoyado ahora sobre dos grandes alas opalinas, el vendedor alzó el vuelo hasta donde la Luna le esperaba para dejarlo caer lentamente entre caricias de materno amor sobre una cama con sábanas de satén azul, portando una rosa azul con la que acarició el rostro de aquella que lo inspiraba a seguir respirando. Ella abrió los ojos y mirando aquellos ojos sencillamente susurró el mas dulce:
Feliz cumpleaños Musa de mis versos.
miércoles, 17 de diciembre de 2014
Tango de fuego
El bosque se mecía lentamente al marcado paso que la brisa demandaba desde las mas altas cotas descendentes de las montañas. De entre sus nevadas cumbres bajaba el revitalizante aire que pronto convertiría en lágrimas puntiagudas y heladas a las gotas de agua del rocío. Aunque para eso aun quedaba. Muchas aves de vivos colores y de mas común y no tan vistosa ralea aun permanecían en sus hogares estivales antes de que el invierno llegara. Uno de esos pequeños señores de los cielos surcó el manso y perezoso aire hasta posarse sobre una ventana. A través de esta se veía una bella habitación.
En las paredes había cientos de fotos de bellos caballeros que posaban faltos de ropa. La iluminación era mortecina y sobresalían los tonos rojizos y rosados por todas partes, acompañado por un aroma dulce, muy dulce y a la vez que invitaba a despertar recuerdos gratos del pasado y crear unos nuevos. Los ojos del pájaro observaron que detrás de un biombo se ocultaba una figura que hablaba muchas cosas que tan delicado ser no entendía. Se la veía emocionada. Entonces el ser salió, dando a mostrar el cuerpo en su gloriosa y femenina forma y el pájaro en el mas literal de los sentidos... explotó.
La mujer de exuberantes curvas miró las fotos y se preguntó a que se debía que no hubiera ninguno de esos hombres en la cama. En las zonas en teoría mas ocultas de su cuerpo se empezaba a despertar un calor intenso e insaciable. La bella dama agarró la carta de nuevo, aquel papel grueso cuya fortaleza no le había servido para ocultar las quemaduras de los bordes que se formaban cada vez que la mujer tomaba ansiosa la carta. A las doce en punto sería la cita con aquel admirador secreto que había impregnado su varonil aroma entre aquellas líneas. De solo imaginar como sería la mujer paseaba sus manos por su cuerpo de forma inconsciente sin dejarse un solo rincón.
Sentándose en la cama para tranquilizarse dejó la carta a un lado, ya hecha casi cenizas y miró el reloj. ¿Como es que el tiempo pasaba tan condenadamente lento? Se dejó caer en la cama y paseó las manos por su cuerpo pensando que tan ardiente sería su acompañante y con la primera campanada de las doce este no le decepcionó.
En las primera campanada unos brazos rodearon sus muslos. En la segunda abrió los ojos y su cuerpo casi se incendia al ver tan varoniles facciones y una sonrisa tan lasciva como llena de deseo. En la tercera campanada, sin apartar la vista de sus ojos el invitado inesperado saca la lengua y comienza suavemente a pasear por aquel monte de venus sin apenas una mácula, dando la sensación de haber estado intacto por siempre. Aquel simple contacto, acompañado de una fuerza sobrehumana hizo tumbar a la encendida dama en su lecho rojo y rendirse a las sensaciones, sin impedirle ello responder con caricias a un cabello peinado al estilo mas moderno y elegante. Una risotada se escuchó en la habitación, no se sabía de quien de los dos.
Entonces aquella boca comenzó a ascender poco a poco , con las manos peinando cada centímetro de aquella ardiente piel. Las poderosas manos se fueron amoldando a cada espacio, siendo una sustituta de aquella traviesa lengua de hace unos momentos, dedicando cada caricia con un beso mas al norte que el anterior. Entonces las bocas se juntaron en la caricia lenta y ardiente del viento que pueda encontrarse cualquier aventurero en el mas cálido desierto. Se encontraron las lengua en una pelea funesta para la cordura y el pudor, quedando esto relegados del espacio y del tiempo.
La dama se contorsionaba con gestos sutiles, exigiendo mas y mas hasta que ella reclamó aquello que por obvios motivos le pertenecía. Tumbó a aquel sujeto en la cama y con afiladas uñas le comenzó a arrancar la ropa sin miramiento alguno. Los cortes en la piel no parecían sino divertir a aquel demoníaco invitado que dejaba caricias aquí y allá por aquel cuerpo y jugueteaba con las zonas mas sensibles de aquella veleidosa diosa del placer. la mujer echó la cabeza hacia atrás como tratando de de la locura invasora rondante en sus pensamientos.
Se miraron a los ojos sabores de lo que ambos querían y todo se volvió una retorcida batalla entre sábanas rosas y rojas que solo dejaban escapar el sonido de las mas turbias y desenfrenadas expresiones de placer. En cada movimiento se dejaba entrever todo un espectáculo carente de cualquier virtud citada en las escrituras. Se mataban entre ellos con bocas, manos gemidos y la gula del placer era saciada con el aliento del otro. Guerreraban las lenguas en todos los planos de la realidad y las palabras ya había dejado de tener sentido hacía mucho tiempo. Pero también había risas y alguna barbaridad expresada en voz bien alta con la sensual voz de aquella mujer o la profunda voz de él. aquel enviado del infierno para complacer a uno de los mas lujuriosos seres sobre aquel mundo.
Y así bailaron hasta rociar en sudor cada centímetro de sus cuerpo y quemar en placer los pocos pedazos de cama que quedaron tras cientos de noches en aquel tango de fuego.
En las paredes había cientos de fotos de bellos caballeros que posaban faltos de ropa. La iluminación era mortecina y sobresalían los tonos rojizos y rosados por todas partes, acompañado por un aroma dulce, muy dulce y a la vez que invitaba a despertar recuerdos gratos del pasado y crear unos nuevos. Los ojos del pájaro observaron que detrás de un biombo se ocultaba una figura que hablaba muchas cosas que tan delicado ser no entendía. Se la veía emocionada. Entonces el ser salió, dando a mostrar el cuerpo en su gloriosa y femenina forma y el pájaro en el mas literal de los sentidos... explotó.
La mujer de exuberantes curvas miró las fotos y se preguntó a que se debía que no hubiera ninguno de esos hombres en la cama. En las zonas en teoría mas ocultas de su cuerpo se empezaba a despertar un calor intenso e insaciable. La bella dama agarró la carta de nuevo, aquel papel grueso cuya fortaleza no le había servido para ocultar las quemaduras de los bordes que se formaban cada vez que la mujer tomaba ansiosa la carta. A las doce en punto sería la cita con aquel admirador secreto que había impregnado su varonil aroma entre aquellas líneas. De solo imaginar como sería la mujer paseaba sus manos por su cuerpo de forma inconsciente sin dejarse un solo rincón.
Sentándose en la cama para tranquilizarse dejó la carta a un lado, ya hecha casi cenizas y miró el reloj. ¿Como es que el tiempo pasaba tan condenadamente lento? Se dejó caer en la cama y paseó las manos por su cuerpo pensando que tan ardiente sería su acompañante y con la primera campanada de las doce este no le decepcionó.
En las primera campanada unos brazos rodearon sus muslos. En la segunda abrió los ojos y su cuerpo casi se incendia al ver tan varoniles facciones y una sonrisa tan lasciva como llena de deseo. En la tercera campanada, sin apartar la vista de sus ojos el invitado inesperado saca la lengua y comienza suavemente a pasear por aquel monte de venus sin apenas una mácula, dando la sensación de haber estado intacto por siempre. Aquel simple contacto, acompañado de una fuerza sobrehumana hizo tumbar a la encendida dama en su lecho rojo y rendirse a las sensaciones, sin impedirle ello responder con caricias a un cabello peinado al estilo mas moderno y elegante. Una risotada se escuchó en la habitación, no se sabía de quien de los dos.
Entonces aquella boca comenzó a ascender poco a poco , con las manos peinando cada centímetro de aquella ardiente piel. Las poderosas manos se fueron amoldando a cada espacio, siendo una sustituta de aquella traviesa lengua de hace unos momentos, dedicando cada caricia con un beso mas al norte que el anterior. Entonces las bocas se juntaron en la caricia lenta y ardiente del viento que pueda encontrarse cualquier aventurero en el mas cálido desierto. Se encontraron las lengua en una pelea funesta para la cordura y el pudor, quedando esto relegados del espacio y del tiempo.
La dama se contorsionaba con gestos sutiles, exigiendo mas y mas hasta que ella reclamó aquello que por obvios motivos le pertenecía. Tumbó a aquel sujeto en la cama y con afiladas uñas le comenzó a arrancar la ropa sin miramiento alguno. Los cortes en la piel no parecían sino divertir a aquel demoníaco invitado que dejaba caricias aquí y allá por aquel cuerpo y jugueteaba con las zonas mas sensibles de aquella veleidosa diosa del placer. la mujer echó la cabeza hacia atrás como tratando de de la locura invasora rondante en sus pensamientos.
Se miraron a los ojos sabores de lo que ambos querían y todo se volvió una retorcida batalla entre sábanas rosas y rojas que solo dejaban escapar el sonido de las mas turbias y desenfrenadas expresiones de placer. En cada movimiento se dejaba entrever todo un espectáculo carente de cualquier virtud citada en las escrituras. Se mataban entre ellos con bocas, manos gemidos y la gula del placer era saciada con el aliento del otro. Guerreraban las lenguas en todos los planos de la realidad y las palabras ya había dejado de tener sentido hacía mucho tiempo. Pero también había risas y alguna barbaridad expresada en voz bien alta con la sensual voz de aquella mujer o la profunda voz de él. aquel enviado del infierno para complacer a uno de los mas lujuriosos seres sobre aquel mundo.
Y así bailaron hasta rociar en sudor cada centímetro de sus cuerpo y quemar en placer los pocos pedazos de cama que quedaron tras cientos de noches en aquel tango de fuego.
| Dedicado a la bella Francesca, |
jueves, 4 de diciembre de 2014
Les hablé de tí.
Y es que no lo puedo ocultar por mas tiempo; les hablé de ti a cada persona que he conocido. Les hablé de la motivación de cada uno de mis versos, de la inspiración que me llena cada vez que te veo y cada vez que en mis sueños te siento. describí a aquella corriente, aquella brisa que llena y rejuvenece mi alma vieja cuando te presentas con todo ese halo de dichosa juventud. hablé de Gaia, de su enemigo, que es mi amigo, el fuego que prendes en mi y de la que podría ser la última chispa de luz en este mundo y en todos los que habitas. Sí, les hablé de tí.
Hablé sobre los versos que poco a poco enhebraba en medio de la oscura noche, observando aquellos retazos de inspiración que al principio se me hicieron confusos. El viento de la juventud los movía pero se veían tan iluminados, tan misteriosamente iluminados que decidí seguirlos. Y al ponerse el viento en contra ellos marcaban un camino y yo lo seguí mas admirado por la fuerza con que podría recitar cada línea que te dedicara. Aquellos hilos, papeles, libros, eran cada uno de tus suspiros y de los míos entremezclados en tiempos distintos pero dentro del mismo corazón unido por recuerdos en común.
Hablé de mis temores de no encontrarte un día entre mis brazos, de que algo te pasara en la guerra contra la igualdad y la justicia, cuyo estandarte enarbolas con tesón y sin menguar en tus deseos de poder solucionar cada problema que te acontece. Mis temores se hicieron conmigo varias veces y pusieron en cada rincón de mi mente tu rostro lleno de infelicidad, y aquella imagen me atormentaba, me dejaba un sabor de sangre muerta y bilis diabólica. Estabas radiante y al momento triste ante una injusticia o un acto de cobardía de unos pocos sobre muchos inocentes. Y es que eres valiente al enfrentar el peligro pero mi corazón se encoge si me fío de mis grandes miedos. Les hablé, en concreto, de no poder ver nunca esos ojos negros en los que me gustaría morir un día para formar parte de su luz.
Les hablé, como bien dije, de tus ojos negros, profundos, luminosos y a la vez misteriosos, fascinantes como los romances de dos amantes. Les hablé de tu cabello, seda de sueños pintada de noche sin luna pero cuajada, por su brillo, de estrellas danzantes, del deseo de mis dedos de perderse entre esas hebras para nunca encontrar una salida entre un beso de pasión y una caricia de ternura. Hablé de ese cuerpo de pecado del que tu eres su única dueña y a quien no vendes riquezas ni promesas, sino que entregas a quien ante tu juicio bien lo merece. Mis manos piensan y se preguntan si serían mis dedos, justos pinceles o plumas que pudieran escribir sobre tu piel la biblia que hable de como adorarte.
Hablé de tu voz, cálida y teñida de miles de matices, que rondan desde la mas maternal ternura hasta la mas fría de todas las furias. Aquella voz plagada de goce es donde yo me recrearía y con tus susurros a mi oído poder decir que caminé por el aire de tus suspiros. Dejar que poco a poco aquella voz cantante sea lentamente sumergida en incoherentes palabras de placer, o acallarla en medio de unos de tus raptos de oscuridad con un dulce, tierno, apasionado, cálido beso que silencio las mentiras y la tristeza. Dije que era tu voz el canto de un ángel, la alegría de Gaia y la esencia que da vida a mi sonrisa.
Les hablé de tu forma de bailar, de como a los arroyos de las montañas y a los oasis de Arabia les das cuerpo de mujer y los conviertes en lo mas necesario para este sediento poeta, que poco a poco sucumbe a las ansias de yacer cotigo unas veces o de unirme a tu baile y dejarme llevar por lo que el destino decida. En el movimiento de tus brazos alzas y juegas con el aire que te rodea, embebido de las respiraciones frenéticas o las exhalaciones tranquilas en las piezas lentas.
Les hablé de ti como un profeta que tiene por religión a tu persona, que no importa que las puertas del cielo se le cierren con tal de poder morir y caminar hasta la luz de tus ojos, ser parte de ese cosmos que parece aguardar contenido, lleno de razones para vivir un segundo mas, para recitar un verso mas, para soñarte y crearte una vez mas...
hablé de lo mucho que te amo...
Hablé sobre los versos que poco a poco enhebraba en medio de la oscura noche, observando aquellos retazos de inspiración que al principio se me hicieron confusos. El viento de la juventud los movía pero se veían tan iluminados, tan misteriosamente iluminados que decidí seguirlos. Y al ponerse el viento en contra ellos marcaban un camino y yo lo seguí mas admirado por la fuerza con que podría recitar cada línea que te dedicara. Aquellos hilos, papeles, libros, eran cada uno de tus suspiros y de los míos entremezclados en tiempos distintos pero dentro del mismo corazón unido por recuerdos en común.
Hablé de mis temores de no encontrarte un día entre mis brazos, de que algo te pasara en la guerra contra la igualdad y la justicia, cuyo estandarte enarbolas con tesón y sin menguar en tus deseos de poder solucionar cada problema que te acontece. Mis temores se hicieron conmigo varias veces y pusieron en cada rincón de mi mente tu rostro lleno de infelicidad, y aquella imagen me atormentaba, me dejaba un sabor de sangre muerta y bilis diabólica. Estabas radiante y al momento triste ante una injusticia o un acto de cobardía de unos pocos sobre muchos inocentes. Y es que eres valiente al enfrentar el peligro pero mi corazón se encoge si me fío de mis grandes miedos. Les hablé, en concreto, de no poder ver nunca esos ojos negros en los que me gustaría morir un día para formar parte de su luz.
Les hablé, como bien dije, de tus ojos negros, profundos, luminosos y a la vez misteriosos, fascinantes como los romances de dos amantes. Les hablé de tu cabello, seda de sueños pintada de noche sin luna pero cuajada, por su brillo, de estrellas danzantes, del deseo de mis dedos de perderse entre esas hebras para nunca encontrar una salida entre un beso de pasión y una caricia de ternura. Hablé de ese cuerpo de pecado del que tu eres su única dueña y a quien no vendes riquezas ni promesas, sino que entregas a quien ante tu juicio bien lo merece. Mis manos piensan y se preguntan si serían mis dedos, justos pinceles o plumas que pudieran escribir sobre tu piel la biblia que hable de como adorarte.
Hablé de tu voz, cálida y teñida de miles de matices, que rondan desde la mas maternal ternura hasta la mas fría de todas las furias. Aquella voz plagada de goce es donde yo me recrearía y con tus susurros a mi oído poder decir que caminé por el aire de tus suspiros. Dejar que poco a poco aquella voz cantante sea lentamente sumergida en incoherentes palabras de placer, o acallarla en medio de unos de tus raptos de oscuridad con un dulce, tierno, apasionado, cálido beso que silencio las mentiras y la tristeza. Dije que era tu voz el canto de un ángel, la alegría de Gaia y la esencia que da vida a mi sonrisa.
Les hablé de tu forma de bailar, de como a los arroyos de las montañas y a los oasis de Arabia les das cuerpo de mujer y los conviertes en lo mas necesario para este sediento poeta, que poco a poco sucumbe a las ansias de yacer cotigo unas veces o de unirme a tu baile y dejarme llevar por lo que el destino decida. En el movimiento de tus brazos alzas y juegas con el aire que te rodea, embebido de las respiraciones frenéticas o las exhalaciones tranquilas en las piezas lentas.
Les hablé de ti como un profeta que tiene por religión a tu persona, que no importa que las puertas del cielo se le cierren con tal de poder morir y caminar hasta la luz de tus ojos, ser parte de ese cosmos que parece aguardar contenido, lleno de razones para vivir un segundo mas, para recitar un verso mas, para soñarte y crearte una vez mas...
hablé de lo mucho que te amo...
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