Introducción:
https://www.youtube.com/watch?v=6dtPU2vNP-E
Crónica:
En fechas del día de ayer, en nuestra querida España, mas exactamente en un local embebido de fama sin par entre las gentes del pópulo así como de la élite, el Sham, se conmemoró a espacio previo de la oficialidad de la fecha, el día del nacimiento de Juanjo, un excelso ciudadano de la ciudad de La Coruña. Alcohol y amistades variopintas, de todos los procederes y condiciones se dieron cita en tan majestuoso lugar para poder brindar al cumpleañero una excelente velada que ensalzaría la gloria de su persona y lo haría sentir feliz entre aliados de batalla.
Los asistentes a tan magnífico evento tuvieron la fortuna de contar con la presencia de caballeros distinguidos como Nieto, tan genial y sociable como las crónicas lo describen. Acompañado de su sempiterna gorra, intercambió jocosas gracietas con el personal asistente en medio de un ambiente de total relajación. Mención al vestido blanco de su encantadora acompañante Celia, que según nuestra modista era discreto a la par que elegante. No queda atrás el llamativo color del cabello de la afamada Andy, de belleza sin igual y llena de una energía y alegría que desde luego daba fuerzas incluso al mas perezoso espécimen, como el que aquí suscribe. Todo ello lo aminizaba la multiespiritual presencia de Eva, regalando tan bondadosa mujer una pitillera al celebrante de la fiesta.
El desfile de bellezas continúa y debemos hacer una nota especial a la por todos querida Camyla que deleitó a las buenas gentes con una escalada a una mesa y un chupito de jagermeister, algo que causó un revuelo de inesperado espectáculo entre los celebrantes de tan excelso acto. Continúa así un elenco de dama de probada virtud como los son la pasional Ana Miau, la gran actriz Teresa, la constante y bella Sara y la pizpireta Carla, que a previo descubrimiento de mi persona en el lugar no pudieron por menos que expresar su sorpresa de verme fuera de Adormideras. Sin perder el toque de lafeminidad, la calmada y reposada presencia de Mik fue el contrapunto de los ánimos exhalatados por el alcohol que los prsentes a la fiesta ya mpezaban a asimilar en sus organismos.
Se dieron grandes eventos en tan mágica noche, como la fiesta improvisada en la que Musa y Camyla se ganaron una pegatina de Jagger. Hizo su aparición estelar Richi, acompañado, al igual que muchos de los invitados menos este humilde servidor, del espíritu de Baco y otras deidades de la fiesta en fecha pasadas donde el paganismo reinaba a sus anchas por la bella Europa.
En muy resumidas cuentas, un noche en la que quien suscribe no pudo sentirse mejor acompañado y el cumpleañero tener mejor compañía.
Viva España.
domingo, 28 de septiembre de 2014
martes, 23 de septiembre de 2014
Cálido despertar.
El sol, en medio de un rubor inicial, despuntaba con majestuosa lentitud, dejando entrever esa puntas ígneas, reveladoras de la vida en el mundo. La multitudinaria hierba estaba embriagada por la noche húmeda en la que el rocío se había instalado a descansar de forma (si por él fuera) permanente. Dentro de una antigua casa de pájaros carpinteros que la madre naturaleza había ensanchado con bastante generosidad, un búho dormitaba tranquilamente, dejándose llevar por el manto del sueño matutino. Un último trazo de la luna, hecha en plata pura, dejaba su última caricia sobre el mundo, tan vacío de nada y lleno de todo. Esa luna redondeada en aquella noche que ya pasaba, dejó un último trazo, una delicada caricia de plata pura sobre el cabello con el caballo peinado a la bella criatura, tranquilamente tumbada entre pétalos de rosa azules y cientos de bellos colores.
Las cortinas, impregnadas de detalles tan ínfimos como fascinantes, al igual que los tapices y los libros de las estanterías, se abrieron de paren par revelando un día por llegar y quizás muchas experiencias que vivir. Cuidadosamente la brisa llegó desde el norte para poder promover el baile entre las hojas de los cerezos, cipreses, pinos, castaños, eucaliptos y un sinfín de árboles, narradores en ocasiones de historias milenarias. El sabio ululato del búho dio paso a los alegres cantos de pájaros salidos de muchos cuentos, fantasías, historias, tratados antiguos y demás orígenes. Volaban describiendo desde el mas simple de los círculos hasta intrincados recorridos que nunca eran el mismo. Entre las ramas se movían las ardillas y descansaba algún murciélago sin tiempo para llegar a la cueva en la que reposaban sus familiares. Un lobo paseaba entre los árboles, olisqueando en busca de sustento para sus cachorros a la parque un responsable zorro se afanaba en lo mismo. Pasaban entre los refugios de las hormigas y bajo colmenas de abejas, que junto a las termitas, cigarras y los sempiternos grillos, representaban en extracto mas pequeño aunque también mas variado de la madre naturaleza.
Entre todas esas muestras de formidable color y la maestría de la naturaleza para crear tantas formas de vida similares y distintas, Dos ojos negros se descubríeron tras el fino telón de unos parpados dubitativos a la hora de separarse y revelar tan bello tesoro al mundo. La negrura y brillo del plumaje de los cuervos no se comparaba al de sus ojos y su cabello era una extensión que la noche dejaba como testigo de su presencia en un tiempo no tan lejano; apenas unos pocos minutos. Los dulces cantos de los pájaros fueron una alegría para los oídos de la dama, estirándose justo en ese momento a la par que sus labios emitían un quejido que iba in crescendo hasta hacer vibrar todo el entorno que la rodeaba. El cabecero de la cama, bellamente decorado con motivos florales había sido la sujeción a la realidad en lo que aquel caballero de apasionadas intenciones predicó a lo largo de su piel tras la caída del sol. Una sonrisa se extendió por su rostro cuando unos dedos se deslizaron suaves como un suspiro a lo largo de su vientre y subieron hasta posarse en su rostro. Sintió la presión de unos labios contra los suyos. Recibió a su amante con similar ternura, amoldando los labios y causando un encuentro entre los alientos.
Abrió los ojos a la par que se separaban las bocas y unos ojos la observaban con infinita ternura, dejándose mimar por unos dedos blancos y nada fríos, todo lo contrario, llenos de una calidez que parecía que solo emanaban cuando era su piel la que recibía todas las atenciones. Ella se volvió a estirar, a punto de soltar otro rugido cuando un suave sonido de placer interrumpió la fabricación de tan deliciosa nota, al notar una tibia boca besar su cuello, rodeándose ambos de la presencia del otro. Embebidos en suaves caricias, se dejaron llevar entre sensaciones de dulce placer y pecaminosa y tentadora provocación. Una cacería donde dos cazadores se convertían en presas, donde primaba una exquisita igualdad:
-Mi caballero.-Susurró sensual la criatura mas bella sobre la faz de la tierra, aquel ángel que incitaba con sus maneras y suaves, calidas caricias a cometer muchos tipos distintos de pecados. Buscó sus labios pero estos comenzaron un lento descenso hacia terrenos conocidos pero demasiados fascinantes para visitarlos solo varias veces en una sola noche.
Las cortinas, impregnadas de detalles tan ínfimos como fascinantes, al igual que los tapices y los libros de las estanterías, se abrieron de paren par revelando un día por llegar y quizás muchas experiencias que vivir. Cuidadosamente la brisa llegó desde el norte para poder promover el baile entre las hojas de los cerezos, cipreses, pinos, castaños, eucaliptos y un sinfín de árboles, narradores en ocasiones de historias milenarias. El sabio ululato del búho dio paso a los alegres cantos de pájaros salidos de muchos cuentos, fantasías, historias, tratados antiguos y demás orígenes. Volaban describiendo desde el mas simple de los círculos hasta intrincados recorridos que nunca eran el mismo. Entre las ramas se movían las ardillas y descansaba algún murciélago sin tiempo para llegar a la cueva en la que reposaban sus familiares. Un lobo paseaba entre los árboles, olisqueando en busca de sustento para sus cachorros a la parque un responsable zorro se afanaba en lo mismo. Pasaban entre los refugios de las hormigas y bajo colmenas de abejas, que junto a las termitas, cigarras y los sempiternos grillos, representaban en extracto mas pequeño aunque también mas variado de la madre naturaleza.
Entre todas esas muestras de formidable color y la maestría de la naturaleza para crear tantas formas de vida similares y distintas, Dos ojos negros se descubríeron tras el fino telón de unos parpados dubitativos a la hora de separarse y revelar tan bello tesoro al mundo. La negrura y brillo del plumaje de los cuervos no se comparaba al de sus ojos y su cabello era una extensión que la noche dejaba como testigo de su presencia en un tiempo no tan lejano; apenas unos pocos minutos. Los dulces cantos de los pájaros fueron una alegría para los oídos de la dama, estirándose justo en ese momento a la par que sus labios emitían un quejido que iba in crescendo hasta hacer vibrar todo el entorno que la rodeaba. El cabecero de la cama, bellamente decorado con motivos florales había sido la sujeción a la realidad en lo que aquel caballero de apasionadas intenciones predicó a lo largo de su piel tras la caída del sol. Una sonrisa se extendió por su rostro cuando unos dedos se deslizaron suaves como un suspiro a lo largo de su vientre y subieron hasta posarse en su rostro. Sintió la presión de unos labios contra los suyos. Recibió a su amante con similar ternura, amoldando los labios y causando un encuentro entre los alientos.
Abrió los ojos a la par que se separaban las bocas y unos ojos la observaban con infinita ternura, dejándose mimar por unos dedos blancos y nada fríos, todo lo contrario, llenos de una calidez que parecía que solo emanaban cuando era su piel la que recibía todas las atenciones. Ella se volvió a estirar, a punto de soltar otro rugido cuando un suave sonido de placer interrumpió la fabricación de tan deliciosa nota, al notar una tibia boca besar su cuello, rodeándose ambos de la presencia del otro. Embebidos en suaves caricias, se dejaron llevar entre sensaciones de dulce placer y pecaminosa y tentadora provocación. Una cacería donde dos cazadores se convertían en presas, donde primaba una exquisita igualdad:
-Mi caballero.-Susurró sensual la criatura mas bella sobre la faz de la tierra, aquel ángel que incitaba con sus maneras y suaves, calidas caricias a cometer muchos tipos distintos de pecados. Buscó sus labios pero estos comenzaron un lento descenso hacia terrenos conocidos pero demasiados fascinantes para visitarlos solo varias veces en una sola noche.
Y ahí, entre rosas azules,
poemas susurrados al oído
en medio de una lluvia
de tiernos suspiros capaces
de derretir el hielo mas frío,
como garras de aves rapaces,
los amantes se unieron de nuevo.
viernes, 12 de septiembre de 2014
Al fin.
La gente iba y venía por la calle empedrada y golpeada por el sol. La temperatura era agradable, acompañada de una vista que dejaba en calma los sentimientos mas negativos. Las mesas blancas atestadas de gente sostenía, como es lógico, todo tipo de comidas y bebidas en las que las personas se recreaban en su sabor. Aquel lugar, de los mejores de la ciudad, estaba siempre lleno de clientes, con la presencia de muchos turistas que bajaban en manada de los grandes transatlánticos. Todos los acentos estaban ahí presentes. Las grandes ciudades flotantes esperaban elegantes a que volvieran a llenarse de inflados turistas ingleses o chinos para ir al siguiente destino. La gente iba y venía dejando el dinero a la atenta camarera y luego marchándose para no perder el barco o para regresar a sus quehaceres.
En una de las mesas había una pareja que tomaba algo tranquilamente. Las personas que estaban en las otras mesas, sobretodo los hombres, de vez en cuando miraban a la dama que tranquilamente tomaba un té. Las mujeres, ciertamente, no encontraban el mismo entretenimiento vidual en el caballero que se sentaba frente a la dama. En verdad a ambos no les importaba las miradas que despertaban o dejaban de despertar. se miraban fijamente mientras el tiempo pasaba. El cabello negro, precioso, de ella ondeaba ligeramente por acción de la brisa y constantemente su sonrisa estaba en lo alto, tranquila, sin preocupaciones que enfrentar. Miraba de vez en cuando hacia el puerto, donde había todo un bosque mástiles de barcos que tenían alguna historia que contar en las aguas oceánicas. Sus ojos negros eran penetrantes como dos lanzas de hierro oscuro.
Él estaba vestido de traje negro y miraba a su acompañante con devoción.
Ella era el cúmulo de emociones mas dulce del mundo. Observaba cada detalle de lo que los ojos le permitían ver mientras ella a su vez miraba con completa ternura a dos niños jugando en las inmediaciones. Una de las niñas se le quedó mirando por un momento y ella, por instintiva reacción, correspondió a su curiosidad con una sonrisa que podría dar una nueva vida incluso a los difuntos. El mundo se iluminó por un momento, toda la terraza parecía no albergar ni una sola sombra. La niña volvió a sus juegos y la bella dama la siguió con la mirada por un momento hasta que se perdió de vista y volvió a mirar a su elegante caballero. Este la observaba con el asombro en su rostro, como si fuera la primera vez que la tenía delante. Ella bajó un poco la cabeza sin dejar de sonreír.
-¿Que ocurre?.- Preguntó con cierta timidez a la vez que curiosidad
-No....-Comenzó a decir aquel hombre tan elocuente pero ahora mas falto de palabras que de agua un desierto.-No sabes lo afortunado que me siento en tu presencia.
-Oh vamos - Comenzó a decir la dama con tierna sonrisa pero el caballero interrumpió
-A donde tu quieras ahí te seguiré, solo para poder ver esos ojos negros que me persiguen y me capturan en sueño, ante los cuales no siento temor.
Ella sonrió un poco mas y se puso a beber de su taza de té sin mirar al caballero, halagada hasta lo indecible. Ella no comprendía a que se debía tanta adoración. A lo largo del camino para llegar a ese sitio, mientras paseaban, bellas mujeres ataviadas con vestiduras sin duda mucho mas atrevidas que la suya (un elegante vestido negro sin escote aunque si que resaltaba sus formas) había pasado por delante de ellos. Él en ningún momento había desviado la mirada ni la conversación. Ella era como la única mujer de toda esa ciudad ahora mismo. Quizás del mundo. No hacía ni referencia a amistades comunes. Solo callaba cuando la mirada de ella se posaba en la de él, el caballero lo advertía y dejaba paulatinamente de hablar. Se le iba el hilo y tenía que preguntar en que punto de la conversación iba. El caballero decía muchas tonterías, algunas incoherencias, locuras que solo él entendía pero ella reía igualmente.
Y ahora estaban ahí, frente por frente, degustando un té y un batido de limón. Ella rezumaba elegancia, bondad, luz, carisma, ternura, afecto, inteligencia. Era un todo hecho mujer. Tan compleja de entender como fácil de ofender y aun así no perdía la sonrisa, con la que acuchillaba a sus enemigos y a los que le fallaban en la senda de la vida. El caballero no perdía de vista cada cosa que hacía, cada segundo que pasaba. No se perdía ni de contar cuantas veces se movía su garganta para tragar el líquido que espabilaba en sustitución del tradicional café. Un humilde colgante con una esmeralda decoraba con sencillez y elegancia el cuello de la dama, que había sonreído y casi saltado de alegría cuando lo vio sostenido en su cuello, colocado por el propio hombre que ahora estaba mirándola con adoración.
Y la tarde pasó y llegó la noche. Pasearon tranquilamente, con ella agarrada de su brazo y él en el cielo. Fueron a bailar y rieron ante todo lo bello que les ofrecía las calles de esa ciudad, gris en apariencia pero llena de motivos de alegría. Los músicos callejeros tocaban canciones, los vendedores estaban ocupados ofreciéndole lo mejor a aquella dama ante el ojo vigilante de un caballero que la protegía en cuerpo y alma. Unos cuantos amigos los saludaron. Miradas pícaras al joven y de amabilidad suprema a la buena mujer que había sido tan bellamente anunciada por tanto tiempo. Al fin había llegado en la ciudad y muchos vieron a ese caballero hacer algo que no le veían hacer muy a menudo: Sonreír.
En la noche la fiesta se intensifico y una vez llegados a la habitación ella se acostó dejando por el camino un rastro de sinuosos pasos que encendían imaginaciones y relatos, poesías y caricias de alientos entremezclados en la imaginación de aquel caballero. Pero esa es otra historia.
A la mañana siguiente, aquel mar de luz hecho mujer, amanecía cubierta por sábanas de satén azul y una rosa del mismo color entre ella y el caballero que la protegería ante todo y todos.
En una de las mesas había una pareja que tomaba algo tranquilamente. Las personas que estaban en las otras mesas, sobretodo los hombres, de vez en cuando miraban a la dama que tranquilamente tomaba un té. Las mujeres, ciertamente, no encontraban el mismo entretenimiento vidual en el caballero que se sentaba frente a la dama. En verdad a ambos no les importaba las miradas que despertaban o dejaban de despertar. se miraban fijamente mientras el tiempo pasaba. El cabello negro, precioso, de ella ondeaba ligeramente por acción de la brisa y constantemente su sonrisa estaba en lo alto, tranquila, sin preocupaciones que enfrentar. Miraba de vez en cuando hacia el puerto, donde había todo un bosque mástiles de barcos que tenían alguna historia que contar en las aguas oceánicas. Sus ojos negros eran penetrantes como dos lanzas de hierro oscuro.
Él estaba vestido de traje negro y miraba a su acompañante con devoción.
Ella era el cúmulo de emociones mas dulce del mundo. Observaba cada detalle de lo que los ojos le permitían ver mientras ella a su vez miraba con completa ternura a dos niños jugando en las inmediaciones. Una de las niñas se le quedó mirando por un momento y ella, por instintiva reacción, correspondió a su curiosidad con una sonrisa que podría dar una nueva vida incluso a los difuntos. El mundo se iluminó por un momento, toda la terraza parecía no albergar ni una sola sombra. La niña volvió a sus juegos y la bella dama la siguió con la mirada por un momento hasta que se perdió de vista y volvió a mirar a su elegante caballero. Este la observaba con el asombro en su rostro, como si fuera la primera vez que la tenía delante. Ella bajó un poco la cabeza sin dejar de sonreír.
-¿Que ocurre?.- Preguntó con cierta timidez a la vez que curiosidad
-No....-Comenzó a decir aquel hombre tan elocuente pero ahora mas falto de palabras que de agua un desierto.-No sabes lo afortunado que me siento en tu presencia.
-Oh vamos - Comenzó a decir la dama con tierna sonrisa pero el caballero interrumpió
-A donde tu quieras ahí te seguiré, solo para poder ver esos ojos negros que me persiguen y me capturan en sueño, ante los cuales no siento temor.
Ella sonrió un poco mas y se puso a beber de su taza de té sin mirar al caballero, halagada hasta lo indecible. Ella no comprendía a que se debía tanta adoración. A lo largo del camino para llegar a ese sitio, mientras paseaban, bellas mujeres ataviadas con vestiduras sin duda mucho mas atrevidas que la suya (un elegante vestido negro sin escote aunque si que resaltaba sus formas) había pasado por delante de ellos. Él en ningún momento había desviado la mirada ni la conversación. Ella era como la única mujer de toda esa ciudad ahora mismo. Quizás del mundo. No hacía ni referencia a amistades comunes. Solo callaba cuando la mirada de ella se posaba en la de él, el caballero lo advertía y dejaba paulatinamente de hablar. Se le iba el hilo y tenía que preguntar en que punto de la conversación iba. El caballero decía muchas tonterías, algunas incoherencias, locuras que solo él entendía pero ella reía igualmente.
Y ahora estaban ahí, frente por frente, degustando un té y un batido de limón. Ella rezumaba elegancia, bondad, luz, carisma, ternura, afecto, inteligencia. Era un todo hecho mujer. Tan compleja de entender como fácil de ofender y aun así no perdía la sonrisa, con la que acuchillaba a sus enemigos y a los que le fallaban en la senda de la vida. El caballero no perdía de vista cada cosa que hacía, cada segundo que pasaba. No se perdía ni de contar cuantas veces se movía su garganta para tragar el líquido que espabilaba en sustitución del tradicional café. Un humilde colgante con una esmeralda decoraba con sencillez y elegancia el cuello de la dama, que había sonreído y casi saltado de alegría cuando lo vio sostenido en su cuello, colocado por el propio hombre que ahora estaba mirándola con adoración.
Y la tarde pasó y llegó la noche. Pasearon tranquilamente, con ella agarrada de su brazo y él en el cielo. Fueron a bailar y rieron ante todo lo bello que les ofrecía las calles de esa ciudad, gris en apariencia pero llena de motivos de alegría. Los músicos callejeros tocaban canciones, los vendedores estaban ocupados ofreciéndole lo mejor a aquella dama ante el ojo vigilante de un caballero que la protegía en cuerpo y alma. Unos cuantos amigos los saludaron. Miradas pícaras al joven y de amabilidad suprema a la buena mujer que había sido tan bellamente anunciada por tanto tiempo. Al fin había llegado en la ciudad y muchos vieron a ese caballero hacer algo que no le veían hacer muy a menudo: Sonreír.
En la noche la fiesta se intensifico y una vez llegados a la habitación ella se acostó dejando por el camino un rastro de sinuosos pasos que encendían imaginaciones y relatos, poesías y caricias de alientos entremezclados en la imaginación de aquel caballero. Pero esa es otra historia.
A la mañana siguiente, aquel mar de luz hecho mujer, amanecía cubierta por sábanas de satén azul y una rosa del mismo color entre ella y el caballero que la protegería ante todo y todos.
sábado, 6 de septiembre de 2014
La reina de la noche.
La música sonaba descaradamente fuerte dentro de aquel lugar atestado de gente. Los sonidos inundaban cada parte del ser en medio de los ritmos mas frenéticos que pudieran ser asimilados por los pies de un ser ghumano. Las manos se alzaban al techo buscando sentir la vibración de la música por toda la extensión de cuerpos ataviados con ropas atrevidas unas y no tan provocativas otras. Los latidos del corazón se equiparaban en toda su frecuencia a los de aquel jinete del sonido que modelaba las ondas como un escultor a la arcilla, y sumía a la masa en un tumulto que se movía como una célula viva.
Los grandes focos no se paraban en nadie en concreto, daban su nota de color a esa atmósfera donde los pensamientos mas profundos se ceñían a seguir en pie y bailando, riendo y disfrutando. Los grandes momentos eran brindar con los amigos por los triunfos o por la vida, a veces por el amor. En aquel amor residía la esencia de muchas cosas y dicho amor se daba de muchas formas. Había amores pasajeros, como los de aquel par de hombres que se besaban en una esquina y que se profesaban una pasión ciega algo nublada posteriormente por el alcohol. Existía el amor mas carnal de los seres que se conocen por un tiempo y el reloj de la pasión les impulsa a consumar actos mucho mas cercanos y mas carentes de ropa en los baños de aquel lugar atestado de almas festivas. El gran acontecimiento de la vida se daba por doquier entre aquellas cuatro paredes.
Entre todas esas personas se encontraba la dama mas bella de todas. Era una belleza morena que para el momento se había decidido a lucir las formas de su cuerpo con ropa realmente sensual. Sus ojos oscuros estaban envueltos entre los láseres y la música la llenaba mas que todos los posibles pretendientes que pudieran reunirse a su alrededor en esa y en el resto de las noches de su vida. El discreto escote permitía apreciar, de poderse lograr fijar la vista, unos senos ni grandes ni pequeños, que podrían ser cubiertos por dos manos hábiles pero bien resguardados de aquellos que desearan hacer tal cosa. El vientre liso, de piel suave y blanquecina pero no pálida o cadavérica se insinuaba y cuando se estiraba mucho un azulado motivo pétreo decoraba su ombligo. El baile era continuo y su sonrisa estaba a la vista de todos los que tuvieran un segundo para respirar y encontrarse de frente con esa exuberante danzarina celestial.
Todo era diversión. Los problemas del mundo no existían y nada estaba al alcance del mal. Otras tantas mujeres bailaban luciendo cuerpos mas o menos atractivos, pero ella era la estrella de la noche. Al menos así era a ojos de un discreto ser que la observaba sin dejarse distraer por todos los posibles acercamientos de mujeres que pudieran mostrar algún interés en él. Él era una clase de persona de las que no abundaban en aquel espectáculo de poco disimulado vicio. No pestañeaba ni cuando alguna luz le daba en los ojos muy directamente. Solo tenía ojos para ella y para nadie mas. Entonces se produjo un incidente y el caballero, dando un último sorbo a su bebida, se acercó a la escena.
Un atrevido explorador y curioso de la anatomía femenina había escogido como sujeto de pruebas a la persona equivocada. Al momentos tres grandes montañas movilizaron a toda la gente alrededor hasta poder contener o detener al que había cometido el exceso con la danzarina celestial. Unos ojos de rechazo generalizado fueron clavándose periódicamente ante aquel depravado ser. Los brazos de la dama envolvieron el cuerpo del caballero y este, con una sonrisa amable, bondadosa, impregnada de una sincera y genuíra ternura hacia aquella criatura, por quien daría la vida, se desasió de aquella confortable y perfecta presa.
-Solo vamos a hablar un momento reina de mis sueños. Tendremos unas palabras y entonces volveré para que bailemos toda la noche.-Dijo con una ternura en la voz, una dulzura extrema que revelaba el temblor en la voz de quien desea gritar o derretirse ante los ojos de la persona que ama. tomó sus manos y las besó con suavidad, sin dejar por un segundo de mirar esos ojos que nunca se cansaría de ver. Aun la preocupación estaba pintada en su perfecto rostro. Adivinó que ella pensaba que había causado una situación incómoda para todos los presentes y que no soportaba sentirse culpable. Antes de que ella expresara nada tomó su rostro y le acaricia la mejilla mientras unía sus labios a los de ella en un beso suave, dulce como la miel. de las manos del hombre surgió una rosa azul que entregó elegantemente a la interpelada. A lo lejos una voz un tanto afeminada decía "ya quisiera yo uno así para mi" y varios caballeros asentían.
La bendita bondad e inocencia de la dama le hicieron soltar a aquel caballero que la halagaba cada vez que podía, que la aconsejaba y cuidaba y sobretodo que la adoraba con todo su ser. Y aun conociéndola no pudo evitar cierto gesto a sus aliados de batalla, que se llevaron al ser hasta un lugar algo mas apartado. Lo que aconteció nunca se supo pero quien se dirigía a la bella bailarina lo hacía siempre desde el respeto y la humildad cuando el caballero con fama de celoso estaba a su lado. Y cuando no estaba a su lado también.
Los grandes focos no se paraban en nadie en concreto, daban su nota de color a esa atmósfera donde los pensamientos mas profundos se ceñían a seguir en pie y bailando, riendo y disfrutando. Los grandes momentos eran brindar con los amigos por los triunfos o por la vida, a veces por el amor. En aquel amor residía la esencia de muchas cosas y dicho amor se daba de muchas formas. Había amores pasajeros, como los de aquel par de hombres que se besaban en una esquina y que se profesaban una pasión ciega algo nublada posteriormente por el alcohol. Existía el amor mas carnal de los seres que se conocen por un tiempo y el reloj de la pasión les impulsa a consumar actos mucho mas cercanos y mas carentes de ropa en los baños de aquel lugar atestado de almas festivas. El gran acontecimiento de la vida se daba por doquier entre aquellas cuatro paredes.
Entre todas esas personas se encontraba la dama mas bella de todas. Era una belleza morena que para el momento se había decidido a lucir las formas de su cuerpo con ropa realmente sensual. Sus ojos oscuros estaban envueltos entre los láseres y la música la llenaba mas que todos los posibles pretendientes que pudieran reunirse a su alrededor en esa y en el resto de las noches de su vida. El discreto escote permitía apreciar, de poderse lograr fijar la vista, unos senos ni grandes ni pequeños, que podrían ser cubiertos por dos manos hábiles pero bien resguardados de aquellos que desearan hacer tal cosa. El vientre liso, de piel suave y blanquecina pero no pálida o cadavérica se insinuaba y cuando se estiraba mucho un azulado motivo pétreo decoraba su ombligo. El baile era continuo y su sonrisa estaba a la vista de todos los que tuvieran un segundo para respirar y encontrarse de frente con esa exuberante danzarina celestial.
Todo era diversión. Los problemas del mundo no existían y nada estaba al alcance del mal. Otras tantas mujeres bailaban luciendo cuerpos mas o menos atractivos, pero ella era la estrella de la noche. Al menos así era a ojos de un discreto ser que la observaba sin dejarse distraer por todos los posibles acercamientos de mujeres que pudieran mostrar algún interés en él. Él era una clase de persona de las que no abundaban en aquel espectáculo de poco disimulado vicio. No pestañeaba ni cuando alguna luz le daba en los ojos muy directamente. Solo tenía ojos para ella y para nadie mas. Entonces se produjo un incidente y el caballero, dando un último sorbo a su bebida, se acercó a la escena.
Un atrevido explorador y curioso de la anatomía femenina había escogido como sujeto de pruebas a la persona equivocada. Al momentos tres grandes montañas movilizaron a toda la gente alrededor hasta poder contener o detener al que había cometido el exceso con la danzarina celestial. Unos ojos de rechazo generalizado fueron clavándose periódicamente ante aquel depravado ser. Los brazos de la dama envolvieron el cuerpo del caballero y este, con una sonrisa amable, bondadosa, impregnada de una sincera y genuíra ternura hacia aquella criatura, por quien daría la vida, se desasió de aquella confortable y perfecta presa.
-Solo vamos a hablar un momento reina de mis sueños. Tendremos unas palabras y entonces volveré para que bailemos toda la noche.-Dijo con una ternura en la voz, una dulzura extrema que revelaba el temblor en la voz de quien desea gritar o derretirse ante los ojos de la persona que ama. tomó sus manos y las besó con suavidad, sin dejar por un segundo de mirar esos ojos que nunca se cansaría de ver. Aun la preocupación estaba pintada en su perfecto rostro. Adivinó que ella pensaba que había causado una situación incómoda para todos los presentes y que no soportaba sentirse culpable. Antes de que ella expresara nada tomó su rostro y le acaricia la mejilla mientras unía sus labios a los de ella en un beso suave, dulce como la miel. de las manos del hombre surgió una rosa azul que entregó elegantemente a la interpelada. A lo lejos una voz un tanto afeminada decía "ya quisiera yo uno así para mi" y varios caballeros asentían.
La bendita bondad e inocencia de la dama le hicieron soltar a aquel caballero que la halagaba cada vez que podía, que la aconsejaba y cuidaba y sobretodo que la adoraba con todo su ser. Y aun conociéndola no pudo evitar cierto gesto a sus aliados de batalla, que se llevaron al ser hasta un lugar algo mas apartado. Lo que aconteció nunca se supo pero quien se dirigía a la bella bailarina lo hacía siempre desde el respeto y la humildad cuando el caballero con fama de celoso estaba a su lado. Y cuando no estaba a su lado también.
sábado, 16 de agosto de 2014
La deidad y el poeta
Los pasos seguros de la diosa hicieron cimbrear las caderas en las cuales habitaba el poder de la misma seducción. Observaba con una sonrisa blanca como la luna, ojos negros como la noche y brillantes como el día a aquel sencillo mortal, futuro plato de buen gusto en aquella noche estrellada. El joven se veía nervioso y aquello estaba encendiendo las mas bajas pasiones. Era sumamente atrayente sentir la entrega en sus ojos, algo que sería correspondido sin lugar a dudas. Dejó una sutil caricia en el torso de aquel encantador hombre que hacía escasos momentos había jurado eterna fidelidad y una adoración que pocos habían sido capaces de expresar de una forma tan exquisita, usando incluso versos sueltos para captar la atención de aquella deidad. Pero la enviada del mas dulce pecado veía algo mas en aquellos ojos inocentes y algo temerosos de cada pequeño gesto.
Con naturalidad absoluta, la diosa dejó caer la tela que cubría su cuerpo, haciendo que se rompiera el pesado y tenso silencio con el susurro de la tela al resbalar por su figura y el suspiro de su voluntarioso acompañante al no poder evitar repasar sus formas de mujer. Ella no dudó ni vaciló a la hora de acercarse sin apartar los ojos de él y dejó otra caricia en su cuerpo que fue bajando y bajando mientras con la otra mano atraía su rostro por la nuca y hundía una lengua indómita en aquel foso de poesía que ahora se debatía en fiera lucha contra la exquisita invasora. Los largos y oscuros cabellos de ella se deleitaron con la suave mano de aquel ser humilde de alma e intenciones que había llamado la atención de tan portentosa criatura con forma y maneras de mujer pero mas fuerte de corazón y mente que muchos hombres. Los labios se amoldaban lentamente sin llegar a mezclarse como sucedía con los alientos, cada vez mas agitados ante la intensidad del beso. Un sonido sensual brotó de los labios de la Musa de aquel poeta cuando la otra mano, hasta el momento desconocida descendió por la retaguardia y el sur de aquella mujer, apresando con firme delicadeza aquellas colinas suaves y redondeadas.
-¿Como se atreve?-Susurró contra sus labios la deidad a la vez que empujaba al poeta con brusquedad sobre la cama. Se inclinó antes de que este pudiera decir absolutamente nada y las caderas de ella fueron doblegando en suaves caricias de agua las ansias de escapar de su improvisada presa. en tanto los labios acallaban una disculpa innecesaria. Los juegos entre las dos serpientes de fuego eran de una exquisitez y lubricidad mortíferas para la razón, haciendo volar a ambas mentes a mundos en los que el otro los tomaba de mil formas y los hacía evadirse de sus cuerpos. Las manos de él rodearon la cintura manteniéndose en una posición precaria. Advirtiendo esto ella susurró en su oído tras deslizarse con una caricia constante de sus labios.-Mi poeta... escribe en mi cuerpo aquellos versos que no pueden ser recitados con palabras.-A medida que decía eso hacía notar toda la entereza de su templo de pasión contra la anatomía de su amante.
Y el poeta se hizo fuego en medio del erizamiento de la piel y los latidos acelerados. En medio de una risotada de ella él se colocó en la posición dominante y la miró a los ojos, como a un igual, contestando con un beso en sus labios a la atrevida e insinuante pregunta danzante en las dos estrellas del rostro de ella. Fueron bajando aquellos rayos pálidos, surcando lentamente ese mar de piel morena y deteniéndose entre caricias y suspiros de ambos en aquellas dos colinas que dominaban y daba paso en un suave descenso al valle de venus. Con delicadeza y de nuevo esa firmeza implícita en sus acciones dos columnas perfectamente torneadas fueron dando paso a la ventisca de cálido aliento que se deslizaba como un fantasma entre los poros de la tersa piel de la deidad. La serpiente de fuego dejó un rastro de brillante lava en forma de media luna cuando rodeó el pozo que señalizaba el nacimiento de la vida, encaminándose a su destino final.
Un alzamiento de dos colinas seguidas de la sensual caricia de unos dedos finos en el cabello del poeta fueron los obsequios involuntarios junto al susurro de un nombre. Un manantial bullía en hirviente alimento para aquella serpiente de fuego, la cual se zambulló entre inspiraciones de poemas y espiraciones de obras de arte hechas de aliento femenino. Unos cálidos y dulces dedos dejaron un rastro de caricias en tanto que remoloneaban por las formas divinas de aquella diosa que entregaba su placer a un humilde poeta, de palabras dulces y sinceras y lengua ágil y directa, inmisericorde a la hora de provocar la invasión por todo el ser de ella de sensaciones imposibles de ser descritas salvo mediante notas las cuales estremecían naciones o ruborizaban lunas enteras.
Los ojos de ambos se encontraron entonces y la mujer tan largo tiempo deseada por los labios, los versos y las manos de aquel poeta se encontró con otro ser totalmente distinto. Su amante le devolvía la mirada fiera de quienes están dispuestos a llegar hasta el final en una lucha justa entre iguales por el poder del placer mas divino, abrupto pero sencillamente perfecto de los amantes cuando se ansían con toda la fuerza de lo posible e imposible. El contacto visual se cortó en el momento en que la lengua de aquel caballero descendía a lo largo de ese baluarte de placeres para seguidamente atacar con sutil decisión el punto mas sensible de su anatomía, haciéndola estremecer y arquearse en un triunfal éxtasis que deshizo todo su mundo para reconstruirlo alrededor de esos instantes gloriosos.
Entonces, entre respiraciones aceleradas y lentamente calmadas, los dedos del caballero se entrelazaron con los de la dama. Sin darse cuenta aquel joven poeta miraba sus ojos directamente mientras se llevaba la mano de ella a los labios y la besaba con infinita ternura, abatiendo los párpados en el instante que dejará apenas una muestra de lo que gustaría de expresar. Suavemente se deslizó el cuerpo del gentilhombre al lado del de la bella Musa, fuente de riquezas para el alma. Se contemplaron durante largo rato, abrazados y cubriendo sus cuerpos con la única cobertura del calor de sus corazones.
Con naturalidad absoluta, la diosa dejó caer la tela que cubría su cuerpo, haciendo que se rompiera el pesado y tenso silencio con el susurro de la tela al resbalar por su figura y el suspiro de su voluntarioso acompañante al no poder evitar repasar sus formas de mujer. Ella no dudó ni vaciló a la hora de acercarse sin apartar los ojos de él y dejó otra caricia en su cuerpo que fue bajando y bajando mientras con la otra mano atraía su rostro por la nuca y hundía una lengua indómita en aquel foso de poesía que ahora se debatía en fiera lucha contra la exquisita invasora. Los largos y oscuros cabellos de ella se deleitaron con la suave mano de aquel ser humilde de alma e intenciones que había llamado la atención de tan portentosa criatura con forma y maneras de mujer pero mas fuerte de corazón y mente que muchos hombres. Los labios se amoldaban lentamente sin llegar a mezclarse como sucedía con los alientos, cada vez mas agitados ante la intensidad del beso. Un sonido sensual brotó de los labios de la Musa de aquel poeta cuando la otra mano, hasta el momento desconocida descendió por la retaguardia y el sur de aquella mujer, apresando con firme delicadeza aquellas colinas suaves y redondeadas.
-¿Como se atreve?-Susurró contra sus labios la deidad a la vez que empujaba al poeta con brusquedad sobre la cama. Se inclinó antes de que este pudiera decir absolutamente nada y las caderas de ella fueron doblegando en suaves caricias de agua las ansias de escapar de su improvisada presa. en tanto los labios acallaban una disculpa innecesaria. Los juegos entre las dos serpientes de fuego eran de una exquisitez y lubricidad mortíferas para la razón, haciendo volar a ambas mentes a mundos en los que el otro los tomaba de mil formas y los hacía evadirse de sus cuerpos. Las manos de él rodearon la cintura manteniéndose en una posición precaria. Advirtiendo esto ella susurró en su oído tras deslizarse con una caricia constante de sus labios.-Mi poeta... escribe en mi cuerpo aquellos versos que no pueden ser recitados con palabras.-A medida que decía eso hacía notar toda la entereza de su templo de pasión contra la anatomía de su amante.
Y el poeta se hizo fuego en medio del erizamiento de la piel y los latidos acelerados. En medio de una risotada de ella él se colocó en la posición dominante y la miró a los ojos, como a un igual, contestando con un beso en sus labios a la atrevida e insinuante pregunta danzante en las dos estrellas del rostro de ella. Fueron bajando aquellos rayos pálidos, surcando lentamente ese mar de piel morena y deteniéndose entre caricias y suspiros de ambos en aquellas dos colinas que dominaban y daba paso en un suave descenso al valle de venus. Con delicadeza y de nuevo esa firmeza implícita en sus acciones dos columnas perfectamente torneadas fueron dando paso a la ventisca de cálido aliento que se deslizaba como un fantasma entre los poros de la tersa piel de la deidad. La serpiente de fuego dejó un rastro de brillante lava en forma de media luna cuando rodeó el pozo que señalizaba el nacimiento de la vida, encaminándose a su destino final.
Un alzamiento de dos colinas seguidas de la sensual caricia de unos dedos finos en el cabello del poeta fueron los obsequios involuntarios junto al susurro de un nombre. Un manantial bullía en hirviente alimento para aquella serpiente de fuego, la cual se zambulló entre inspiraciones de poemas y espiraciones de obras de arte hechas de aliento femenino. Unos cálidos y dulces dedos dejaron un rastro de caricias en tanto que remoloneaban por las formas divinas de aquella diosa que entregaba su placer a un humilde poeta, de palabras dulces y sinceras y lengua ágil y directa, inmisericorde a la hora de provocar la invasión por todo el ser de ella de sensaciones imposibles de ser descritas salvo mediante notas las cuales estremecían naciones o ruborizaban lunas enteras.
Los ojos de ambos se encontraron entonces y la mujer tan largo tiempo deseada por los labios, los versos y las manos de aquel poeta se encontró con otro ser totalmente distinto. Su amante le devolvía la mirada fiera de quienes están dispuestos a llegar hasta el final en una lucha justa entre iguales por el poder del placer mas divino, abrupto pero sencillamente perfecto de los amantes cuando se ansían con toda la fuerza de lo posible e imposible. El contacto visual se cortó en el momento en que la lengua de aquel caballero descendía a lo largo de ese baluarte de placeres para seguidamente atacar con sutil decisión el punto mas sensible de su anatomía, haciéndola estremecer y arquearse en un triunfal éxtasis que deshizo todo su mundo para reconstruirlo alrededor de esos instantes gloriosos.
Entonces, entre respiraciones aceleradas y lentamente calmadas, los dedos del caballero se entrelazaron con los de la dama. Sin darse cuenta aquel joven poeta miraba sus ojos directamente mientras se llevaba la mano de ella a los labios y la besaba con infinita ternura, abatiendo los párpados en el instante que dejará apenas una muestra de lo que gustaría de expresar. Suavemente se deslizó el cuerpo del gentilhombre al lado del de la bella Musa, fuente de riquezas para el alma. Se contemplaron durante largo rato, abrazados y cubriendo sus cuerpos con la única cobertura del calor de sus corazones.
miércoles, 6 de agosto de 2014
La dama de lava y el caballero de fuego.
La noche ocultaba los cuerpos que se entremezclaban en una fiera demostración de poder y exuberancia digna de las tierras mas fragantes y salvajes de ese vasto mundo, mas no ocurría lo mismo con los ocasionales sonidos que bailaban con los alientos entremezclados de los dos amantes. Las manos no se contenían en explorar la piel del otro, se dejaban quemar por caricias sutiles y suaves como la mas fina de las sedas, revolviendo el interior, agazapando los miedos en un rincón y llenando de valor en nuevos gestos a quien era el acompañante de aquella mujer atrevida como los rayos de la luna sobre sus cuerpos desnudos. Unas manos cálidas, ardientes en verdad, dejaron un reguero de caricias, siguiendo el curso de ese invisible río entre sus labios y la intimidad de su feminidad. El suave gemido provocó una sonrisa de diabólica, pícara y como réplica obtuvo la mirada de dos ojos que mostraban esa luz infantil y a la vez pasional de quien desea consumirse con las llamaradas del placer quemando su tersa y suave piel, aromatizada con las fragantes esencias de la lujuria hasta morir entre los brazos de quien la poseía y era poseído por ella en esa noche única.
Las curvas de ella eran recorridas por unas manos fuertes que se perdían en rincones recónditos pero bien curtidos en mil batallas de camas en absoluto solitarias. Se movían con fluidez, con ansias, exigentes ante todas las atenciones que su amante le daba, despojado de toda tela como ella, dejándose recorrer por la mirada y la boca hambrienta de aquella mujer, que sorbía todo lo que se desprendía de su aroma, de sus expresiones de lúbrico deleite, retroalimentando el motor de la vida, de la energía en estado puro. Cada centímetro de piel era un motivo de guerra pasional, una utopía a conquistar, a anhelar y pelear por su posesión, una posesión efímera que terminaría quizás esa noche en un "nunca" incompleto, aprovechando cada pequeño gesto para iniciar un nuevo encuentro de los alientos y las esencias que los componían.
Las manos de ella, de aquella deidad nocturna, se movían resueltas a causar el despertar del placer. Sus ojos expresaban una resolución poco íntima a complacer a quien se encontraba en su poder, entregándose con plenitud de facultados a cada pequeña caricia, a cada mínimo gesto que la invitaba a suspirar y cantar sensualmente sonidos en los que el sol había sido un mar de hielo a su lado. Se mordió el labio en el momento en que una boca ávida de los vapores de la fruición y el mas abierto y parejo gozo. los labios, los pausados pero fieros movimientos de su acompañante hicieron acumular las emociones, el deseo hasta hacerlo rebrotar en el mas exquisito gemido de placer. Y dos traviesas, lascivas, excitadas miradas se encontraron por un segundo antes del giro de los acontecimiento.
En aquel giro él la observó desde arriba y con una risotada enterró el rostro entre aquellas enormes montañas que guardaban el enérgico corazón de aquel ser llegado de otros mundos para dar placer a aquellos dispuestos a vivir la aventura de yacer con ella, de dejarse envolver entre sus formas de divinidad del pecado y caer a los abismos insondables y oscuros del mas exquisito placer. Entre tanto una columna de fuego sólido fue recibida con honores en aquel lugar íntimo, dejando escapar la mas impura nota de placer jamás expulsada de los labios de tan tentadora criatura. Los movimientos constantes pronto la llevaron a volar a mundos lejanos en compañía de aquel par, de aquel ser oscuro que pecaría con ella todas las veces que hiciera falta, disfrutando.
Y esa era la divina palabra, toda su libertad era disfrutada y aprovechada, de yacer el uno con el otro, de no temer el paso del tiempo, de sentirse uno, deleitarse poco a poco con cada sensación, cada suspiro encerrado que prontamente se liberaba, cada mirada excitada que dejaba clara la intención de las provocaciones afrontadas. Las cabezas por un momento renegaban y dejaban escapar presurosos los viejos deseos, las expresiones hechizantes, las exigencias de mas placer en idiomas antiguos y nuevos como la misma Gaia, exuberantes como la madre natura. Las bocas se unieron poco a poco para acallar aquel espectáculo de lujuria en estado puro. Unas piernas largas como un día sin pan para el hambriento atraparon al afortunado y este se refugió de tan mortífera y deliciosa acción en el cuello de ella, dejando el brillante reguero de saliva como estandarte de conquista. Los dedos finos y placenteros se perdieron en el cabello de su ardiente caballero de invisible armadura y entonces fueron sacudidos.
Los sacudió el éxtasis cuando desde las propias llamas de aquel libidinoso averno rozaron, de forma paulatina, las puertas del cielo.
Las curvas de ella eran recorridas por unas manos fuertes que se perdían en rincones recónditos pero bien curtidos en mil batallas de camas en absoluto solitarias. Se movían con fluidez, con ansias, exigentes ante todas las atenciones que su amante le daba, despojado de toda tela como ella, dejándose recorrer por la mirada y la boca hambrienta de aquella mujer, que sorbía todo lo que se desprendía de su aroma, de sus expresiones de lúbrico deleite, retroalimentando el motor de la vida, de la energía en estado puro. Cada centímetro de piel era un motivo de guerra pasional, una utopía a conquistar, a anhelar y pelear por su posesión, una posesión efímera que terminaría quizás esa noche en un "nunca" incompleto, aprovechando cada pequeño gesto para iniciar un nuevo encuentro de los alientos y las esencias que los componían.
Las manos de ella, de aquella deidad nocturna, se movían resueltas a causar el despertar del placer. Sus ojos expresaban una resolución poco íntima a complacer a quien se encontraba en su poder, entregándose con plenitud de facultados a cada pequeña caricia, a cada mínimo gesto que la invitaba a suspirar y cantar sensualmente sonidos en los que el sol había sido un mar de hielo a su lado. Se mordió el labio en el momento en que una boca ávida de los vapores de la fruición y el mas abierto y parejo gozo. los labios, los pausados pero fieros movimientos de su acompañante hicieron acumular las emociones, el deseo hasta hacerlo rebrotar en el mas exquisito gemido de placer. Y dos traviesas, lascivas, excitadas miradas se encontraron por un segundo antes del giro de los acontecimiento.
En aquel giro él la observó desde arriba y con una risotada enterró el rostro entre aquellas enormes montañas que guardaban el enérgico corazón de aquel ser llegado de otros mundos para dar placer a aquellos dispuestos a vivir la aventura de yacer con ella, de dejarse envolver entre sus formas de divinidad del pecado y caer a los abismos insondables y oscuros del mas exquisito placer. Entre tanto una columna de fuego sólido fue recibida con honores en aquel lugar íntimo, dejando escapar la mas impura nota de placer jamás expulsada de los labios de tan tentadora criatura. Los movimientos constantes pronto la llevaron a volar a mundos lejanos en compañía de aquel par, de aquel ser oscuro que pecaría con ella todas las veces que hiciera falta, disfrutando.
Y esa era la divina palabra, toda su libertad era disfrutada y aprovechada, de yacer el uno con el otro, de no temer el paso del tiempo, de sentirse uno, deleitarse poco a poco con cada sensación, cada suspiro encerrado que prontamente se liberaba, cada mirada excitada que dejaba clara la intención de las provocaciones afrontadas. Las cabezas por un momento renegaban y dejaban escapar presurosos los viejos deseos, las expresiones hechizantes, las exigencias de mas placer en idiomas antiguos y nuevos como la misma Gaia, exuberantes como la madre natura. Las bocas se unieron poco a poco para acallar aquel espectáculo de lujuria en estado puro. Unas piernas largas como un día sin pan para el hambriento atraparon al afortunado y este se refugió de tan mortífera y deliciosa acción en el cuello de ella, dejando el brillante reguero de saliva como estandarte de conquista. Los dedos finos y placenteros se perdieron en el cabello de su ardiente caballero de invisible armadura y entonces fueron sacudidos.
Los sacudió el éxtasis cuando desde las propias llamas de aquel libidinoso averno rozaron, de forma paulatina, las puertas del cielo.
martes, 15 de julio de 2014
Las tres hijas de la luna.
En medio de las sombras creadas por las nubes, estas se fueron apartando para dar a su majestad la luna, blanca dama de gélida mirada, que clavaba en los seres vivos sus indiferentes pupilas. Recorría el mundo, la bóveda celeste, en una especie de displicente paseo, mirando aquí y allá a todas las extrañas criaturas que paseaban bajo sus milenarios y adorados pies. Se encontraba lejana pero acertaba a observar que en los alrededores de un lago cercano un caballero se aventuraba a acercarse a este. Había caminado mucho tiempo para poder encontrar un lugar en el que poder descansar y así fue. Aquel lugar era bello, con muchas flores abiertas a pesar de la noche que la luna solo iluminaba, bajo aquel techo claveteado de estrellas blancas, rojas, azules, todas belleza y encanto. Pero tras apartar los últimos arbustos su corazón casi explotó ante lo que vio.
La luna reveló la silueta de tres mujeres que se bañaban en ese momento, a aquellas tardías horas de la noche. Sus formas quedaban totalmente expuestas a la apreciación de quien pudiera verlas. Nadaban y reían aunque dos de ellas muchas veces peleaban. Se lanzaban miradas oscas pero al momento se carcajeaban con sus voces agudas que estremecían el agua y dejaban que esta transmitiera una invitación a la diversión a través de la orilla y de ahí a los arbustos, y de ahí al caballero, que miraba absorto a las tres damas nocturnas. Eran risas muy similares a la vez totalmente distintas, pues la de una contagiaba su alegría y la de otra petrificaba de terror a quien la escuchaba. la risa de la tercera era un intervalo de una y otra.
Sin darse cuenta, hipnotizado o sumergido en pensamientos extraños, en ideas volátiles como un volcán, el caballero avanzó un paso y la noche gimió de dolor al escucharse una rama seca crujir. La primera mujer en girarse se puso en pie dejando que el agua resbalara por su piel blanca. Demasiado blanca. Las otras dos se quedaron mirando al extraño mientras la primera se fue acercando hasta salir del lago. A su paso surgían llamas y a continuación, de forma inexplicable, estas se apagaban para dar paso a la escarcha. El movimiento fluido de sus caderas contoneantes daba a entender que tan fogosa podía ser la danza de su cuerpo. Solo contemplarla quemaba el interior de un hombre en gemidos de un profundo y doloroso placer. Dos ojos verde-azulados y una sutil sonrisa fue lo último que vio antes de que dos gélidas y blancas manos tomaran su rostro y el beso mas embriagador, apasionado y venenoso se produjera entre esas bocas.
Fue un beso largo, lento, intenso. La boca de ella se afanaba en explorar cada rincón de la boca de él mientras sus manos bajaban por su cuerpo y de entre sus labios entreabiertos liberaba un excitante sonido, una llamada a pecaminosos actos en los que se pegaban mas a él y desgarrando lentamente su alma en dolor y placer. De las caricias de ella surgía la llamada de la pasión, las caricias mas sensuales y de sus caderas fluía la constante petición de mas. Pero tal como empezó todo termino y la mujer se separó de él, lo observó y sin mediar palabra se marchó de aquel lugar, desnuda como estaba, hasta fundirse con la sombra.
Vino entonces la segunda mujer y se repitió la misma escena pero a la vez de una forma tan contraria como igual de fascinante que la primero. Ella no vino acompañada de fría sensualidad y frenesí, sino de alegría y de un dulce y tierno encanto que derretía los corazones mas gélidos y pétreos. La segunda mujer se estrelló contra él y lo miró a los ojos ignorando el campo de flores moradas y blancas que había crecido tras de ella. Aquellos ojos azules lo estaban matando por dentro, suplicándole que la protegiera, que le diera cobijo entre sus brazos. Su rubio cabello tenía un aroma dulce y era suave como el resto de su cuerpo, blando, cálido. Alzó el rostro un poco para mirar mas de cerca al caballero y sin mas le dio su beso.
Su beso era miel, era despertarse con el amor encima o debajo de uno mismo mientras los rayos del sol iluminaban su desnudez tras una noche de hacer el amor como los dictados del placer ordenaran. Era un exquisito "buenos días" y un amargo "siempre te llevaré dentro de mi". Los labios se movían con encanto, delicadeza, sentimiento, calor. Eran calor de la vida, aquel campo que los hombres y mujeres araban para obtener buenos frutos como la amistad, la felicidad, el amor. De ese beso se soltó un suave suspiro y se produjo el advenimiento de la separación. Se separó de él y con un sonrojo de timidez encantadora, se alejó no sin antes mirar atrás, volverse a sonrojar y perderse entre las sombras.
Vino entonces la tercera mujer. Incomparable. Lo que habían sembrado las dos anteriores a su paso se deshizo, quedó borrado, dejando aquel lugar como había estado al principio. Se acercó con unos ojos como pozos sin fondo que destellaban con la luz de la luna, ahora tras el caballero para poderse guarecer de tan radiante belleza. Sus pasos eran una tormenta de arena y un paño de seda llevado por el viento de dicha tempestad. Era un gesto decidido pero delicado, suave pero firme. El agua hacía brillar levemente la piel y de su desnudez se adivinaban unas formas de mujer hechas para el sano pecado de amarse durante noches enteras, eternos segundos hechos caricias y susurros. No pudo ver mas detalles pues sin darse cuenta esta miró sus ojos y él hizo lo propio. Se miraron largamente. Sus ojos. No paraba de mirar sus ojos negros.
Y supo entonces que no serían necesarios beso o caricia alguna, que su corazón estaría perdido en aquel precioso fondo oscuro. Y sin embargo ella tomó su rostro y depositó los labios mas perfectos jamás sentido sobre los de él, moviéndolos con un mimo y una ternura que levantaban pasiones entre los poros de la piel de aquel afortunado caballero. Su cuerpo se relajó, olvidó a las dos ilusiones, pesadilla y sueño respectivamente de esa noche. Al fin había despertado.
La luna reveló la silueta de tres mujeres que se bañaban en ese momento, a aquellas tardías horas de la noche. Sus formas quedaban totalmente expuestas a la apreciación de quien pudiera verlas. Nadaban y reían aunque dos de ellas muchas veces peleaban. Se lanzaban miradas oscas pero al momento se carcajeaban con sus voces agudas que estremecían el agua y dejaban que esta transmitiera una invitación a la diversión a través de la orilla y de ahí a los arbustos, y de ahí al caballero, que miraba absorto a las tres damas nocturnas. Eran risas muy similares a la vez totalmente distintas, pues la de una contagiaba su alegría y la de otra petrificaba de terror a quien la escuchaba. la risa de la tercera era un intervalo de una y otra.
Sin darse cuenta, hipnotizado o sumergido en pensamientos extraños, en ideas volátiles como un volcán, el caballero avanzó un paso y la noche gimió de dolor al escucharse una rama seca crujir. La primera mujer en girarse se puso en pie dejando que el agua resbalara por su piel blanca. Demasiado blanca. Las otras dos se quedaron mirando al extraño mientras la primera se fue acercando hasta salir del lago. A su paso surgían llamas y a continuación, de forma inexplicable, estas se apagaban para dar paso a la escarcha. El movimiento fluido de sus caderas contoneantes daba a entender que tan fogosa podía ser la danza de su cuerpo. Solo contemplarla quemaba el interior de un hombre en gemidos de un profundo y doloroso placer. Dos ojos verde-azulados y una sutil sonrisa fue lo último que vio antes de que dos gélidas y blancas manos tomaran su rostro y el beso mas embriagador, apasionado y venenoso se produjera entre esas bocas.
Fue un beso largo, lento, intenso. La boca de ella se afanaba en explorar cada rincón de la boca de él mientras sus manos bajaban por su cuerpo y de entre sus labios entreabiertos liberaba un excitante sonido, una llamada a pecaminosos actos en los que se pegaban mas a él y desgarrando lentamente su alma en dolor y placer. De las caricias de ella surgía la llamada de la pasión, las caricias mas sensuales y de sus caderas fluía la constante petición de mas. Pero tal como empezó todo termino y la mujer se separó de él, lo observó y sin mediar palabra se marchó de aquel lugar, desnuda como estaba, hasta fundirse con la sombra.
Vino entonces la segunda mujer y se repitió la misma escena pero a la vez de una forma tan contraria como igual de fascinante que la primero. Ella no vino acompañada de fría sensualidad y frenesí, sino de alegría y de un dulce y tierno encanto que derretía los corazones mas gélidos y pétreos. La segunda mujer se estrelló contra él y lo miró a los ojos ignorando el campo de flores moradas y blancas que había crecido tras de ella. Aquellos ojos azules lo estaban matando por dentro, suplicándole que la protegiera, que le diera cobijo entre sus brazos. Su rubio cabello tenía un aroma dulce y era suave como el resto de su cuerpo, blando, cálido. Alzó el rostro un poco para mirar mas de cerca al caballero y sin mas le dio su beso.
Su beso era miel, era despertarse con el amor encima o debajo de uno mismo mientras los rayos del sol iluminaban su desnudez tras una noche de hacer el amor como los dictados del placer ordenaran. Era un exquisito "buenos días" y un amargo "siempre te llevaré dentro de mi". Los labios se movían con encanto, delicadeza, sentimiento, calor. Eran calor de la vida, aquel campo que los hombres y mujeres araban para obtener buenos frutos como la amistad, la felicidad, el amor. De ese beso se soltó un suave suspiro y se produjo el advenimiento de la separación. Se separó de él y con un sonrojo de timidez encantadora, se alejó no sin antes mirar atrás, volverse a sonrojar y perderse entre las sombras.
Vino entonces la tercera mujer. Incomparable. Lo que habían sembrado las dos anteriores a su paso se deshizo, quedó borrado, dejando aquel lugar como había estado al principio. Se acercó con unos ojos como pozos sin fondo que destellaban con la luz de la luna, ahora tras el caballero para poderse guarecer de tan radiante belleza. Sus pasos eran una tormenta de arena y un paño de seda llevado por el viento de dicha tempestad. Era un gesto decidido pero delicado, suave pero firme. El agua hacía brillar levemente la piel y de su desnudez se adivinaban unas formas de mujer hechas para el sano pecado de amarse durante noches enteras, eternos segundos hechos caricias y susurros. No pudo ver mas detalles pues sin darse cuenta esta miró sus ojos y él hizo lo propio. Se miraron largamente. Sus ojos. No paraba de mirar sus ojos negros.
Y supo entonces que no serían necesarios beso o caricia alguna, que su corazón estaría perdido en aquel precioso fondo oscuro. Y sin embargo ella tomó su rostro y depositó los labios mas perfectos jamás sentido sobre los de él, moviéndolos con un mimo y una ternura que levantaban pasiones entre los poros de la piel de aquel afortunado caballero. Su cuerpo se relajó, olvidó a las dos ilusiones, pesadilla y sueño respectivamente de esa noche. Al fin había despertado.
sábado, 28 de junio de 2014
Piano conccerto
Las sutiles notas de piano sonaban cálidas y cristalinas, contenidas por las cristaleras de aquel lugar tan amplio. Dentro podrían reunirse varios cientos de personas que escucharían aquel recital lento y monótono pero lleno de sentimientos ambiguos, como el vaivén del viento. A veces una nota fuerte y otras una nota mas ligera, suave. El pianista dejaba volar la mente a través de cada espacio entre nota y nota, soltando de vez en cuando un suspiro disimulado para no quebrar el bello palacio que estaba formando a través de las notas. Los cimientos eran los graves y las cristaleras, como las de aquel lugar, eran las notas mas agujas, sin apenas filo y suaves como la caricia de una amante ruborizada pero decidida a complacer.
Era una noche totalmente despejada y las estrellas parecían un público en perfecta sintonía con lo que ahí se interpretaba. Y así era, pues cada nota hacía parpadear a una de las estrellas y luego la misma nota podía quizás hacer brillar con mas intensidad a otra. Solo les faltaba moverse a través de la bóveda celeste, danzando, o quizás repetir la nota para crear una reverberación mágica que despertara los sentidos o sosegara el alma. Las bailarinas, pues, no eran las estrellas, sino las hojas de los árboles que en el exterior eran mecidas por la brisa, a la que le gustaba rondar aquel lugar ente las flores, llevando los aromas de perfumes elaborados por Gaia a todos los rincones de aquel lugar. Cada nota podía ser quizás un aroma y con esa melodía formarse una fragancia seductora o acorde a lo que cada puntada musical transmitiera.
Y esa música era un reflejo del alma del pianista, que era todo aquello mencionado y a la vez mucho mas. Y a la vez nada de eso. Era un ser material metido en un mundo inmaterial, lleno de sueños, ilusiones, versos, canciones, risas, fiestas, bailes, miradas. La mirada. Su mirada. Pensó en sus ojos y la música pasó a ser extraña, sutil e inevitable, suave pero firme, cálida y sensual. Las estrellas titilaban desplegando una batería de brillos anaranjados, enérgicos y azules claros, sosegados y quizás algo olvidadizos. Cada nota daba a todo lo que la música tocaba un aura de extrema delicadeza, como si se fuera a romper cada detalle con solo pensar en él. Así era ella para él, un ser divino pero no exento de una exquisita delicadeza, capaz de romperse ante el pensamiento excesivamente fuerte que se le pudiera dirigir.
Dos manos se deslizaron entonces desde sus hombros a lo largo de su torso y rodearon suave y cálidamente su cuello. Poco a poco se fueron cerrando alrededor de este a la vez que unos labios besaban con delicadeza su hombro y subían en una caricia constante hasta su cuello, el cual presionaron un poco mas antes de subir a su oído y dejar salir un suave y sutil suspiro. Cada gesto era una señal para despertar los instintos y a la vez la ternura depositada en cada acción invitaba a la quietud. Él dejó de tocar el piano para depositar ambas manos sobre sus brazos y girar el rostro para encontrarse con esos ojos.
Mirar sus ojos era caer en un abismo que llevaba al cielo mas divino, mas perfecto, donde ella sería la única palabra que se pronunciara, la última antes de volver a reencarnar en medio de gritos de impotencia porel inevitable tránsito a la siguiente vida. Era luz y oscuridad. Una luz celestial y una oscuridad diabólica e insondable, sabia y a la vez ingenua. Cada contradicción era una pincelada para componer el retrato de la dama que había inspirado la últimas notas de esa noche, tan misteriosas y fascinantes como claras y transparentes. Los minutos pasaron en total silencio mirándose mutuamente hasta que los dedos comenzaron a moverse de nuevo tocando cada tecla con la intención de expresar algo prácticamente imposible de abarcar con palabras.
Cada nota era un sentimiento, una sensación, una idea o una historia que se entrelazaba con otras tantas parejas posibles en ese baile de imaginación, y de cada enlazamiento surgía una joya única narrada sin palabras, solo a través de aquellas miradas que él solo tenía para ella. Sintió su mano acariciarle la mejilla suavemente mientras le dedicaba esa sonrisa que hacía perder la compostura y todo el desánimo ante la vida. Con sosiego y ternura se miraron unos segundos mas y ella se sentó a su lado, dejando caer la cabeza sobre su hombro, esperando que continuara el concierto. Y él no la defraudó. Tocó notas de todos los colores y todas las formas, olores y sabores.
Tocó notas que hablaban de historias sencillas como una risa perdida en la brisa, la caricia de una madre a su hijo o una amante a su amado. Dejó volar los dedos por las teclas narrando como un suspiro se encontró con otro y de la nada formaron el fuego y la vida. Describió con perfecto detalle a través de ritmos lentos el crecimiento de un árbol y después de un bosque, el corretear de las ardillas. Su música habló de una casa en medio de la nada rodeada de todo. Le hizo sentir en la piel la mirada del deseo cuando sus ojos se encontraron con los de ella y entonces quiso dejar de tocar, abrazarla, decirle que no la dejaría nunca atrás, pero eso sería un cruel final para tan bella melodía. Sencillamente se dejó llevar por la propia música que destilaban sus manos finas, suaves y capaces de dar sensibles y tiernas caricias a aquella dama que podría llevárselo consigo y no extrañaría nada de lo que dejara atrás.
Poco a poco ella se fue quedando dormida y él no cesó en su música hasta que estuvo bien abrazada a su sueños. Elegantemente, como si de un sueño dentro de la realidad se tratara, ella fue deslizándose hasta apoyar la cabeza en sus piernas y él, a través de delicadas y sutiles notas fue cuidando su sueño toda la noche.
martes, 3 de junio de 2014
Tres besos.
La noche llegaba a su fin. Desparramadas entre la hierba, colgando con lánguida y rechoncha elegancia, las gotas de rocío daban paso a la mañana soleada que se ocultaba tras esa noche estrellada. La brisa cambiaba su registro para hacer al gallo cantar y a los pájaros despertarse, uniéndose al coro de sonidos matutinos. la gran extensión de bosque contaba con un claro en el cual yacían dos figuras que se encontraban dormitando, a punto de recobrarse de un sueño profundo. Las flores de miles de colores los contemplaban desperezarse. Como salidos de una película, un gran número de animales se acercaron a ellos y los observaron con la curiosidad innata del ser irracional que encuentra algo poco propio de su mundo. La bella dama, con el cabello revuelto se quedó observando maravillada a esas criaturas tan peculiares, pues a pesar de su aspecto tan común los colores eran otro tema aparte. Las ardillas eran rojizas con pequeñas líneas verdes pardo o grises. Los ciervos eran rojos, alguna urraca era de color magenta y los petirrojos eran completamente azul claro con una gran mancha blanca en el pecho.
Los ojos de esa bella mujer se posaron entonces sobre los de aquel ser que la había acompañado toda la noche. Se metió entre dos grandes alas que resplandecían con todos los colores del arco iris según la luz del sol naciente incidiera de un modo u otro. Su protector le acunó entre sus brazos por unos instantes antes de dar un suave beso en su frente y luego otro tras posarse sobre ella, pero esta vez en el corazón. Una serpiente rojiza o rosada, según se aprecie, se deslizó lentamente a lo largo de la tersa y suave piel que unía dos colinas: sus senos fueron rodeados con besos y delicados mordiscos que formaron el símbolo de un infinito como el infinito cariño y profundo sentimiento de amor que podría profesarle sin palabras el poeta a la Musa. Y así lo hizo. De pronto el rostro de ese caballero se perdió entre las plumas y unas manos acariciaron con cuidado una zona muy concreta de aquel poema hecho carne y placer.
Dicha serpiente rojiza se fue paseando con total impunidad entre los bellos pilares de sílfide de la dama, saboreando la exótica diferencia de matices entre regiones tan cercanas como el vientre y las zonas mas íntimas de su ser. Las manos rodearon lentamente las dos piernas y las separaron otro poco mientras otras dos manos agarraban con suavidad el cabello del amante, como renegando y al mismo tiempo exigiendo mas cercanía, mas de ese calor que le hacía cerrar los ojos, dejarse llevar ante las oleadas de anticipado placer, de musical armonía con la naturaleza, que aquel ser le propiciaría cada vez que tuviera la oportunidad. Un suspiro hizo callara todo el bosque y un sinuoso movimiento de caderas fue un grito silencioso, demandante de mas. Dos labios se abrieron un poco mas para recibir el profundo beso de una serpiente roja que había emergido dedos pálidos labios para invadir ese idílico espacio.
En el revuelto de plumas y cuerpos poco se podía adivinar y poco se dejaba a la imaginación ante los deliciosos sonidos que la bella mujer, amante, Musa, aquella Flor pura y, aun mismo tiempo, hecha para pecar. De sus labios brotaba poco a poco la esencia del placer, el néctar de Astarté que se deslizaba entre dos labios delicados que con voraz ternura buscaban tan anhelado tesoro líquido natural de los manantiales de la lubricidad. los dedos presionaban la piel dulcemente, con una delicadeza impropia y contraria a lo que la boca estaba haciendo en aquellos instantes. Los suaves roces de labios a veces ocultaban a dicha serpiente ecarlata, la cual volvía a lanzarse al ataque una vez se sentía realmente preparada para sorprender a la excelsa víctima.
El gusto de aquel delicioso y esencial fluido era adictivo, no solo por su fuerte sabor sino también por el acompañamiento de deliciosos sonidos que la bella dama le regalaba en cada paseo de su lengua. La voz de ella era deliciosa a la hora de expresar las sensaciones en forma de discordantes y aun mismo tiempo armoniosas. Las manos de ella no dejaban de pasear por su cabello a la par que movía con delicadeza las caderas en una sutil demanda de mas. La respiración se agitaba y relajaba a tiempos desiguales. Las sorpresas en ese lugar tan apartado y a la vez cercano eran constantes; las pausas se intercalaban con rítmicas caricias y luego cesaban para poder introducirse de nuevo pocos segundos después en aquel interior tan acogedor.
Poco a poco la tensión se hizo mas y mas ante los ataques al punto mas delicado de esa constitución tan elegante, ahora exaltada ante las emociones y las sensaciones de constante placer. Los dulces besos se convirtieron en un inesperado mordisco en un lateral que hizo saltar esas excitantes caderas de la sorpresa y soltar una estridente y perfecta carcajada. Sencillamente perfecta. Las mentes, desestabilizadas por los las emociones, las caricias, los besos, lamidas, aromas, sensaciones, deseos, se unían y separaban constantemente, en un baile que desmontaba la vida ante los ojos mismos y la volvía a formar rodeada de cientos o miles de brillantes matices.
El grito final fue estremecedor. Excelsamente estremecedor. Ambos temblaron de placer cuando este se hizo presente en el cuerpo de quien inspiraba los mas dulces versos susurrados en el oído de la dama mas bella del mundo. De su mundo. Aquella esencia fue devorada, bebida con fruición entre respiraciones agitadas y movimientos de cadera cargados de deseo y sensualidad. Las manos ascendieron entonces por la extensión de todo su cuerpo y rodearon la figura algo sudorosa de quien en las noches encendía la llama de la pasión en su interior con apenas una mirada o unas pocas palabras. Se miraron fijamente mientras recobraban la compostura y en el tercer beso del día rieron y disfrutaron de una gloriosa mañana.
Los ojos de esa bella mujer se posaron entonces sobre los de aquel ser que la había acompañado toda la noche. Se metió entre dos grandes alas que resplandecían con todos los colores del arco iris según la luz del sol naciente incidiera de un modo u otro. Su protector le acunó entre sus brazos por unos instantes antes de dar un suave beso en su frente y luego otro tras posarse sobre ella, pero esta vez en el corazón. Una serpiente rojiza o rosada, según se aprecie, se deslizó lentamente a lo largo de la tersa y suave piel que unía dos colinas: sus senos fueron rodeados con besos y delicados mordiscos que formaron el símbolo de un infinito como el infinito cariño y profundo sentimiento de amor que podría profesarle sin palabras el poeta a la Musa. Y así lo hizo. De pronto el rostro de ese caballero se perdió entre las plumas y unas manos acariciaron con cuidado una zona muy concreta de aquel poema hecho carne y placer.
Dicha serpiente rojiza se fue paseando con total impunidad entre los bellos pilares de sílfide de la dama, saboreando la exótica diferencia de matices entre regiones tan cercanas como el vientre y las zonas mas íntimas de su ser. Las manos rodearon lentamente las dos piernas y las separaron otro poco mientras otras dos manos agarraban con suavidad el cabello del amante, como renegando y al mismo tiempo exigiendo mas cercanía, mas de ese calor que le hacía cerrar los ojos, dejarse llevar ante las oleadas de anticipado placer, de musical armonía con la naturaleza, que aquel ser le propiciaría cada vez que tuviera la oportunidad. Un suspiro hizo callara todo el bosque y un sinuoso movimiento de caderas fue un grito silencioso, demandante de mas. Dos labios se abrieron un poco mas para recibir el profundo beso de una serpiente roja que había emergido dedos pálidos labios para invadir ese idílico espacio.
En el revuelto de plumas y cuerpos poco se podía adivinar y poco se dejaba a la imaginación ante los deliciosos sonidos que la bella mujer, amante, Musa, aquella Flor pura y, aun mismo tiempo, hecha para pecar. De sus labios brotaba poco a poco la esencia del placer, el néctar de Astarté que se deslizaba entre dos labios delicados que con voraz ternura buscaban tan anhelado tesoro líquido natural de los manantiales de la lubricidad. los dedos presionaban la piel dulcemente, con una delicadeza impropia y contraria a lo que la boca estaba haciendo en aquellos instantes. Los suaves roces de labios a veces ocultaban a dicha serpiente ecarlata, la cual volvía a lanzarse al ataque una vez se sentía realmente preparada para sorprender a la excelsa víctima.
El gusto de aquel delicioso y esencial fluido era adictivo, no solo por su fuerte sabor sino también por el acompañamiento de deliciosos sonidos que la bella dama le regalaba en cada paseo de su lengua. La voz de ella era deliciosa a la hora de expresar las sensaciones en forma de discordantes y aun mismo tiempo armoniosas. Las manos de ella no dejaban de pasear por su cabello a la par que movía con delicadeza las caderas en una sutil demanda de mas. La respiración se agitaba y relajaba a tiempos desiguales. Las sorpresas en ese lugar tan apartado y a la vez cercano eran constantes; las pausas se intercalaban con rítmicas caricias y luego cesaban para poder introducirse de nuevo pocos segundos después en aquel interior tan acogedor.
Poco a poco la tensión se hizo mas y mas ante los ataques al punto mas delicado de esa constitución tan elegante, ahora exaltada ante las emociones y las sensaciones de constante placer. Los dulces besos se convirtieron en un inesperado mordisco en un lateral que hizo saltar esas excitantes caderas de la sorpresa y soltar una estridente y perfecta carcajada. Sencillamente perfecta. Las mentes, desestabilizadas por los las emociones, las caricias, los besos, lamidas, aromas, sensaciones, deseos, se unían y separaban constantemente, en un baile que desmontaba la vida ante los ojos mismos y la volvía a formar rodeada de cientos o miles de brillantes matices.
El grito final fue estremecedor. Excelsamente estremecedor. Ambos temblaron de placer cuando este se hizo presente en el cuerpo de quien inspiraba los mas dulces versos susurrados en el oído de la dama mas bella del mundo. De su mundo. Aquella esencia fue devorada, bebida con fruición entre respiraciones agitadas y movimientos de cadera cargados de deseo y sensualidad. Las manos ascendieron entonces por la extensión de todo su cuerpo y rodearon la figura algo sudorosa de quien en las noches encendía la llama de la pasión en su interior con apenas una mirada o unas pocas palabras. Se miraron fijamente mientras recobraban la compostura y en el tercer beso del día rieron y disfrutaron de una gloriosa mañana.
jueves, 1 de mayo de 2014
Piel de Musa.
Quiero darte un beso
Que sea un suspiro al viento
amor en lento movimiento
y mi alma temblará si te siento
En tu piel de Musa perderme
desde este segundo hasta siempre
Danzar juntos hasta el alba
en una danza digna de Arabia.
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