La noche ocultaba los cuerpos que se entremezclaban en una fiera demostración de poder y exuberancia digna de las tierras mas fragantes y salvajes de ese vasto mundo, mas no ocurría lo mismo con los ocasionales sonidos que bailaban con los alientos entremezclados de los dos amantes. Las manos no se contenían en explorar la piel del otro, se dejaban quemar por caricias sutiles y suaves como la mas fina de las sedas, revolviendo el interior, agazapando los miedos en un rincón y llenando de valor en nuevos gestos a quien era el acompañante de aquella mujer atrevida como los rayos de la luna sobre sus cuerpos desnudos. Unas manos cálidas, ardientes en verdad, dejaron un reguero de caricias, siguiendo el curso de ese invisible río entre sus labios y la intimidad de su feminidad. El suave gemido provocó una sonrisa de diabólica, pícara y como réplica obtuvo la mirada de dos ojos que mostraban esa luz infantil y a la vez pasional de quien desea consumirse con las llamaradas del placer quemando su tersa y suave piel, aromatizada con las fragantes esencias de la lujuria hasta morir entre los brazos de quien la poseía y era poseído por ella en esa noche única.
Las curvas de ella eran recorridas por unas manos fuertes que se perdían en rincones recónditos pero bien curtidos en mil batallas de camas en absoluto solitarias. Se movían con fluidez, con ansias, exigentes ante todas las atenciones que su amante le daba, despojado de toda tela como ella, dejándose recorrer por la mirada y la boca hambrienta de aquella mujer, que sorbía todo lo que se desprendía de su aroma, de sus expresiones de lúbrico deleite, retroalimentando el motor de la vida, de la energía en estado puro. Cada centímetro de piel era un motivo de guerra pasional, una utopía a conquistar, a anhelar y pelear por su posesión, una posesión efímera que terminaría quizás esa noche en un "nunca" incompleto, aprovechando cada pequeño gesto para iniciar un nuevo encuentro de los alientos y las esencias que los componían.
Las manos de ella, de aquella deidad nocturna, se movían resueltas a causar el despertar del placer. Sus ojos expresaban una resolución poco íntima a complacer a quien se encontraba en su poder, entregándose con plenitud de facultados a cada pequeña caricia, a cada mínimo gesto que la invitaba a suspirar y cantar sensualmente sonidos en los que el sol había sido un mar de hielo a su lado. Se mordió el labio en el momento en que una boca ávida de los vapores de la fruición y el mas abierto y parejo gozo. los labios, los pausados pero fieros movimientos de su acompañante hicieron acumular las emociones, el deseo hasta hacerlo rebrotar en el mas exquisito gemido de placer. Y dos traviesas, lascivas, excitadas miradas se encontraron por un segundo antes del giro de los acontecimiento.
En aquel giro él la observó desde arriba y con una risotada enterró el rostro entre aquellas enormes montañas que guardaban el enérgico corazón de aquel ser llegado de otros mundos para dar placer a aquellos dispuestos a vivir la aventura de yacer con ella, de dejarse envolver entre sus formas de divinidad del pecado y caer a los abismos insondables y oscuros del mas exquisito placer. Entre tanto una columna de fuego sólido fue recibida con honores en aquel lugar íntimo, dejando escapar la mas impura nota de placer jamás expulsada de los labios de tan tentadora criatura. Los movimientos constantes pronto la llevaron a volar a mundos lejanos en compañía de aquel par, de aquel ser oscuro que pecaría con ella todas las veces que hiciera falta, disfrutando.
Y esa era la divina palabra, toda su libertad era disfrutada y aprovechada, de yacer el uno con el otro, de no temer el paso del tiempo, de sentirse uno, deleitarse poco a poco con cada sensación, cada suspiro encerrado que prontamente se liberaba, cada mirada excitada que dejaba clara la intención de las provocaciones afrontadas. Las cabezas por un momento renegaban y dejaban escapar presurosos los viejos deseos, las expresiones hechizantes, las exigencias de mas placer en idiomas antiguos y nuevos como la misma Gaia, exuberantes como la madre natura. Las bocas se unieron poco a poco para acallar aquel espectáculo de lujuria en estado puro. Unas piernas largas como un día sin pan para el hambriento atraparon al afortunado y este se refugió de tan mortífera y deliciosa acción en el cuello de ella, dejando el brillante reguero de saliva como estandarte de conquista. Los dedos finos y placenteros se perdieron en el cabello de su ardiente caballero de invisible armadura y entonces fueron sacudidos.
Los sacudió el éxtasis cuando desde las propias llamas de aquel libidinoso averno rozaron, de forma paulatina, las puertas del cielo.
miércoles, 6 de agosto de 2014
martes, 15 de julio de 2014
Las tres hijas de la luna.
En medio de las sombras creadas por las nubes, estas se fueron apartando para dar a su majestad la luna, blanca dama de gélida mirada, que clavaba en los seres vivos sus indiferentes pupilas. Recorría el mundo, la bóveda celeste, en una especie de displicente paseo, mirando aquí y allá a todas las extrañas criaturas que paseaban bajo sus milenarios y adorados pies. Se encontraba lejana pero acertaba a observar que en los alrededores de un lago cercano un caballero se aventuraba a acercarse a este. Había caminado mucho tiempo para poder encontrar un lugar en el que poder descansar y así fue. Aquel lugar era bello, con muchas flores abiertas a pesar de la noche que la luna solo iluminaba, bajo aquel techo claveteado de estrellas blancas, rojas, azules, todas belleza y encanto. Pero tras apartar los últimos arbustos su corazón casi explotó ante lo que vio.
La luna reveló la silueta de tres mujeres que se bañaban en ese momento, a aquellas tardías horas de la noche. Sus formas quedaban totalmente expuestas a la apreciación de quien pudiera verlas. Nadaban y reían aunque dos de ellas muchas veces peleaban. Se lanzaban miradas oscas pero al momento se carcajeaban con sus voces agudas que estremecían el agua y dejaban que esta transmitiera una invitación a la diversión a través de la orilla y de ahí a los arbustos, y de ahí al caballero, que miraba absorto a las tres damas nocturnas. Eran risas muy similares a la vez totalmente distintas, pues la de una contagiaba su alegría y la de otra petrificaba de terror a quien la escuchaba. la risa de la tercera era un intervalo de una y otra.
Sin darse cuenta, hipnotizado o sumergido en pensamientos extraños, en ideas volátiles como un volcán, el caballero avanzó un paso y la noche gimió de dolor al escucharse una rama seca crujir. La primera mujer en girarse se puso en pie dejando que el agua resbalara por su piel blanca. Demasiado blanca. Las otras dos se quedaron mirando al extraño mientras la primera se fue acercando hasta salir del lago. A su paso surgían llamas y a continuación, de forma inexplicable, estas se apagaban para dar paso a la escarcha. El movimiento fluido de sus caderas contoneantes daba a entender que tan fogosa podía ser la danza de su cuerpo. Solo contemplarla quemaba el interior de un hombre en gemidos de un profundo y doloroso placer. Dos ojos verde-azulados y una sutil sonrisa fue lo último que vio antes de que dos gélidas y blancas manos tomaran su rostro y el beso mas embriagador, apasionado y venenoso se produjera entre esas bocas.
Fue un beso largo, lento, intenso. La boca de ella se afanaba en explorar cada rincón de la boca de él mientras sus manos bajaban por su cuerpo y de entre sus labios entreabiertos liberaba un excitante sonido, una llamada a pecaminosos actos en los que se pegaban mas a él y desgarrando lentamente su alma en dolor y placer. De las caricias de ella surgía la llamada de la pasión, las caricias mas sensuales y de sus caderas fluía la constante petición de mas. Pero tal como empezó todo termino y la mujer se separó de él, lo observó y sin mediar palabra se marchó de aquel lugar, desnuda como estaba, hasta fundirse con la sombra.
Vino entonces la segunda mujer y se repitió la misma escena pero a la vez de una forma tan contraria como igual de fascinante que la primero. Ella no vino acompañada de fría sensualidad y frenesí, sino de alegría y de un dulce y tierno encanto que derretía los corazones mas gélidos y pétreos. La segunda mujer se estrelló contra él y lo miró a los ojos ignorando el campo de flores moradas y blancas que había crecido tras de ella. Aquellos ojos azules lo estaban matando por dentro, suplicándole que la protegiera, que le diera cobijo entre sus brazos. Su rubio cabello tenía un aroma dulce y era suave como el resto de su cuerpo, blando, cálido. Alzó el rostro un poco para mirar mas de cerca al caballero y sin mas le dio su beso.
Su beso era miel, era despertarse con el amor encima o debajo de uno mismo mientras los rayos del sol iluminaban su desnudez tras una noche de hacer el amor como los dictados del placer ordenaran. Era un exquisito "buenos días" y un amargo "siempre te llevaré dentro de mi". Los labios se movían con encanto, delicadeza, sentimiento, calor. Eran calor de la vida, aquel campo que los hombres y mujeres araban para obtener buenos frutos como la amistad, la felicidad, el amor. De ese beso se soltó un suave suspiro y se produjo el advenimiento de la separación. Se separó de él y con un sonrojo de timidez encantadora, se alejó no sin antes mirar atrás, volverse a sonrojar y perderse entre las sombras.
Vino entonces la tercera mujer. Incomparable. Lo que habían sembrado las dos anteriores a su paso se deshizo, quedó borrado, dejando aquel lugar como había estado al principio. Se acercó con unos ojos como pozos sin fondo que destellaban con la luz de la luna, ahora tras el caballero para poderse guarecer de tan radiante belleza. Sus pasos eran una tormenta de arena y un paño de seda llevado por el viento de dicha tempestad. Era un gesto decidido pero delicado, suave pero firme. El agua hacía brillar levemente la piel y de su desnudez se adivinaban unas formas de mujer hechas para el sano pecado de amarse durante noches enteras, eternos segundos hechos caricias y susurros. No pudo ver mas detalles pues sin darse cuenta esta miró sus ojos y él hizo lo propio. Se miraron largamente. Sus ojos. No paraba de mirar sus ojos negros.
Y supo entonces que no serían necesarios beso o caricia alguna, que su corazón estaría perdido en aquel precioso fondo oscuro. Y sin embargo ella tomó su rostro y depositó los labios mas perfectos jamás sentido sobre los de él, moviéndolos con un mimo y una ternura que levantaban pasiones entre los poros de la piel de aquel afortunado caballero. Su cuerpo se relajó, olvidó a las dos ilusiones, pesadilla y sueño respectivamente de esa noche. Al fin había despertado.
La luna reveló la silueta de tres mujeres que se bañaban en ese momento, a aquellas tardías horas de la noche. Sus formas quedaban totalmente expuestas a la apreciación de quien pudiera verlas. Nadaban y reían aunque dos de ellas muchas veces peleaban. Se lanzaban miradas oscas pero al momento se carcajeaban con sus voces agudas que estremecían el agua y dejaban que esta transmitiera una invitación a la diversión a través de la orilla y de ahí a los arbustos, y de ahí al caballero, que miraba absorto a las tres damas nocturnas. Eran risas muy similares a la vez totalmente distintas, pues la de una contagiaba su alegría y la de otra petrificaba de terror a quien la escuchaba. la risa de la tercera era un intervalo de una y otra.
Sin darse cuenta, hipnotizado o sumergido en pensamientos extraños, en ideas volátiles como un volcán, el caballero avanzó un paso y la noche gimió de dolor al escucharse una rama seca crujir. La primera mujer en girarse se puso en pie dejando que el agua resbalara por su piel blanca. Demasiado blanca. Las otras dos se quedaron mirando al extraño mientras la primera se fue acercando hasta salir del lago. A su paso surgían llamas y a continuación, de forma inexplicable, estas se apagaban para dar paso a la escarcha. El movimiento fluido de sus caderas contoneantes daba a entender que tan fogosa podía ser la danza de su cuerpo. Solo contemplarla quemaba el interior de un hombre en gemidos de un profundo y doloroso placer. Dos ojos verde-azulados y una sutil sonrisa fue lo último que vio antes de que dos gélidas y blancas manos tomaran su rostro y el beso mas embriagador, apasionado y venenoso se produjera entre esas bocas.
Fue un beso largo, lento, intenso. La boca de ella se afanaba en explorar cada rincón de la boca de él mientras sus manos bajaban por su cuerpo y de entre sus labios entreabiertos liberaba un excitante sonido, una llamada a pecaminosos actos en los que se pegaban mas a él y desgarrando lentamente su alma en dolor y placer. De las caricias de ella surgía la llamada de la pasión, las caricias mas sensuales y de sus caderas fluía la constante petición de mas. Pero tal como empezó todo termino y la mujer se separó de él, lo observó y sin mediar palabra se marchó de aquel lugar, desnuda como estaba, hasta fundirse con la sombra.
Vino entonces la segunda mujer y se repitió la misma escena pero a la vez de una forma tan contraria como igual de fascinante que la primero. Ella no vino acompañada de fría sensualidad y frenesí, sino de alegría y de un dulce y tierno encanto que derretía los corazones mas gélidos y pétreos. La segunda mujer se estrelló contra él y lo miró a los ojos ignorando el campo de flores moradas y blancas que había crecido tras de ella. Aquellos ojos azules lo estaban matando por dentro, suplicándole que la protegiera, que le diera cobijo entre sus brazos. Su rubio cabello tenía un aroma dulce y era suave como el resto de su cuerpo, blando, cálido. Alzó el rostro un poco para mirar mas de cerca al caballero y sin mas le dio su beso.
Su beso era miel, era despertarse con el amor encima o debajo de uno mismo mientras los rayos del sol iluminaban su desnudez tras una noche de hacer el amor como los dictados del placer ordenaran. Era un exquisito "buenos días" y un amargo "siempre te llevaré dentro de mi". Los labios se movían con encanto, delicadeza, sentimiento, calor. Eran calor de la vida, aquel campo que los hombres y mujeres araban para obtener buenos frutos como la amistad, la felicidad, el amor. De ese beso se soltó un suave suspiro y se produjo el advenimiento de la separación. Se separó de él y con un sonrojo de timidez encantadora, se alejó no sin antes mirar atrás, volverse a sonrojar y perderse entre las sombras.
Vino entonces la tercera mujer. Incomparable. Lo que habían sembrado las dos anteriores a su paso se deshizo, quedó borrado, dejando aquel lugar como había estado al principio. Se acercó con unos ojos como pozos sin fondo que destellaban con la luz de la luna, ahora tras el caballero para poderse guarecer de tan radiante belleza. Sus pasos eran una tormenta de arena y un paño de seda llevado por el viento de dicha tempestad. Era un gesto decidido pero delicado, suave pero firme. El agua hacía brillar levemente la piel y de su desnudez se adivinaban unas formas de mujer hechas para el sano pecado de amarse durante noches enteras, eternos segundos hechos caricias y susurros. No pudo ver mas detalles pues sin darse cuenta esta miró sus ojos y él hizo lo propio. Se miraron largamente. Sus ojos. No paraba de mirar sus ojos negros.
Y supo entonces que no serían necesarios beso o caricia alguna, que su corazón estaría perdido en aquel precioso fondo oscuro. Y sin embargo ella tomó su rostro y depositó los labios mas perfectos jamás sentido sobre los de él, moviéndolos con un mimo y una ternura que levantaban pasiones entre los poros de la piel de aquel afortunado caballero. Su cuerpo se relajó, olvidó a las dos ilusiones, pesadilla y sueño respectivamente de esa noche. Al fin había despertado.
sábado, 28 de junio de 2014
Piano conccerto
Las sutiles notas de piano sonaban cálidas y cristalinas, contenidas por las cristaleras de aquel lugar tan amplio. Dentro podrían reunirse varios cientos de personas que escucharían aquel recital lento y monótono pero lleno de sentimientos ambiguos, como el vaivén del viento. A veces una nota fuerte y otras una nota mas ligera, suave. El pianista dejaba volar la mente a través de cada espacio entre nota y nota, soltando de vez en cuando un suspiro disimulado para no quebrar el bello palacio que estaba formando a través de las notas. Los cimientos eran los graves y las cristaleras, como las de aquel lugar, eran las notas mas agujas, sin apenas filo y suaves como la caricia de una amante ruborizada pero decidida a complacer.
Era una noche totalmente despejada y las estrellas parecían un público en perfecta sintonía con lo que ahí se interpretaba. Y así era, pues cada nota hacía parpadear a una de las estrellas y luego la misma nota podía quizás hacer brillar con mas intensidad a otra. Solo les faltaba moverse a través de la bóveda celeste, danzando, o quizás repetir la nota para crear una reverberación mágica que despertara los sentidos o sosegara el alma. Las bailarinas, pues, no eran las estrellas, sino las hojas de los árboles que en el exterior eran mecidas por la brisa, a la que le gustaba rondar aquel lugar ente las flores, llevando los aromas de perfumes elaborados por Gaia a todos los rincones de aquel lugar. Cada nota podía ser quizás un aroma y con esa melodía formarse una fragancia seductora o acorde a lo que cada puntada musical transmitiera.
Y esa música era un reflejo del alma del pianista, que era todo aquello mencionado y a la vez mucho mas. Y a la vez nada de eso. Era un ser material metido en un mundo inmaterial, lleno de sueños, ilusiones, versos, canciones, risas, fiestas, bailes, miradas. La mirada. Su mirada. Pensó en sus ojos y la música pasó a ser extraña, sutil e inevitable, suave pero firme, cálida y sensual. Las estrellas titilaban desplegando una batería de brillos anaranjados, enérgicos y azules claros, sosegados y quizás algo olvidadizos. Cada nota daba a todo lo que la música tocaba un aura de extrema delicadeza, como si se fuera a romper cada detalle con solo pensar en él. Así era ella para él, un ser divino pero no exento de una exquisita delicadeza, capaz de romperse ante el pensamiento excesivamente fuerte que se le pudiera dirigir.
Dos manos se deslizaron entonces desde sus hombros a lo largo de su torso y rodearon suave y cálidamente su cuello. Poco a poco se fueron cerrando alrededor de este a la vez que unos labios besaban con delicadeza su hombro y subían en una caricia constante hasta su cuello, el cual presionaron un poco mas antes de subir a su oído y dejar salir un suave y sutil suspiro. Cada gesto era una señal para despertar los instintos y a la vez la ternura depositada en cada acción invitaba a la quietud. Él dejó de tocar el piano para depositar ambas manos sobre sus brazos y girar el rostro para encontrarse con esos ojos.
Mirar sus ojos era caer en un abismo que llevaba al cielo mas divino, mas perfecto, donde ella sería la única palabra que se pronunciara, la última antes de volver a reencarnar en medio de gritos de impotencia porel inevitable tránsito a la siguiente vida. Era luz y oscuridad. Una luz celestial y una oscuridad diabólica e insondable, sabia y a la vez ingenua. Cada contradicción era una pincelada para componer el retrato de la dama que había inspirado la últimas notas de esa noche, tan misteriosas y fascinantes como claras y transparentes. Los minutos pasaron en total silencio mirándose mutuamente hasta que los dedos comenzaron a moverse de nuevo tocando cada tecla con la intención de expresar algo prácticamente imposible de abarcar con palabras.
Cada nota era un sentimiento, una sensación, una idea o una historia que se entrelazaba con otras tantas parejas posibles en ese baile de imaginación, y de cada enlazamiento surgía una joya única narrada sin palabras, solo a través de aquellas miradas que él solo tenía para ella. Sintió su mano acariciarle la mejilla suavemente mientras le dedicaba esa sonrisa que hacía perder la compostura y todo el desánimo ante la vida. Con sosiego y ternura se miraron unos segundos mas y ella se sentó a su lado, dejando caer la cabeza sobre su hombro, esperando que continuara el concierto. Y él no la defraudó. Tocó notas de todos los colores y todas las formas, olores y sabores.
Tocó notas que hablaban de historias sencillas como una risa perdida en la brisa, la caricia de una madre a su hijo o una amante a su amado. Dejó volar los dedos por las teclas narrando como un suspiro se encontró con otro y de la nada formaron el fuego y la vida. Describió con perfecto detalle a través de ritmos lentos el crecimiento de un árbol y después de un bosque, el corretear de las ardillas. Su música habló de una casa en medio de la nada rodeada de todo. Le hizo sentir en la piel la mirada del deseo cuando sus ojos se encontraron con los de ella y entonces quiso dejar de tocar, abrazarla, decirle que no la dejaría nunca atrás, pero eso sería un cruel final para tan bella melodía. Sencillamente se dejó llevar por la propia música que destilaban sus manos finas, suaves y capaces de dar sensibles y tiernas caricias a aquella dama que podría llevárselo consigo y no extrañaría nada de lo que dejara atrás.
Poco a poco ella se fue quedando dormida y él no cesó en su música hasta que estuvo bien abrazada a su sueños. Elegantemente, como si de un sueño dentro de la realidad se tratara, ella fue deslizándose hasta apoyar la cabeza en sus piernas y él, a través de delicadas y sutiles notas fue cuidando su sueño toda la noche.
martes, 3 de junio de 2014
Tres besos.
La noche llegaba a su fin. Desparramadas entre la hierba, colgando con lánguida y rechoncha elegancia, las gotas de rocío daban paso a la mañana soleada que se ocultaba tras esa noche estrellada. La brisa cambiaba su registro para hacer al gallo cantar y a los pájaros despertarse, uniéndose al coro de sonidos matutinos. la gran extensión de bosque contaba con un claro en el cual yacían dos figuras que se encontraban dormitando, a punto de recobrarse de un sueño profundo. Las flores de miles de colores los contemplaban desperezarse. Como salidos de una película, un gran número de animales se acercaron a ellos y los observaron con la curiosidad innata del ser irracional que encuentra algo poco propio de su mundo. La bella dama, con el cabello revuelto se quedó observando maravillada a esas criaturas tan peculiares, pues a pesar de su aspecto tan común los colores eran otro tema aparte. Las ardillas eran rojizas con pequeñas líneas verdes pardo o grises. Los ciervos eran rojos, alguna urraca era de color magenta y los petirrojos eran completamente azul claro con una gran mancha blanca en el pecho.
Los ojos de esa bella mujer se posaron entonces sobre los de aquel ser que la había acompañado toda la noche. Se metió entre dos grandes alas que resplandecían con todos los colores del arco iris según la luz del sol naciente incidiera de un modo u otro. Su protector le acunó entre sus brazos por unos instantes antes de dar un suave beso en su frente y luego otro tras posarse sobre ella, pero esta vez en el corazón. Una serpiente rojiza o rosada, según se aprecie, se deslizó lentamente a lo largo de la tersa y suave piel que unía dos colinas: sus senos fueron rodeados con besos y delicados mordiscos que formaron el símbolo de un infinito como el infinito cariño y profundo sentimiento de amor que podría profesarle sin palabras el poeta a la Musa. Y así lo hizo. De pronto el rostro de ese caballero se perdió entre las plumas y unas manos acariciaron con cuidado una zona muy concreta de aquel poema hecho carne y placer.
Dicha serpiente rojiza se fue paseando con total impunidad entre los bellos pilares de sílfide de la dama, saboreando la exótica diferencia de matices entre regiones tan cercanas como el vientre y las zonas mas íntimas de su ser. Las manos rodearon lentamente las dos piernas y las separaron otro poco mientras otras dos manos agarraban con suavidad el cabello del amante, como renegando y al mismo tiempo exigiendo mas cercanía, mas de ese calor que le hacía cerrar los ojos, dejarse llevar ante las oleadas de anticipado placer, de musical armonía con la naturaleza, que aquel ser le propiciaría cada vez que tuviera la oportunidad. Un suspiro hizo callara todo el bosque y un sinuoso movimiento de caderas fue un grito silencioso, demandante de mas. Dos labios se abrieron un poco mas para recibir el profundo beso de una serpiente roja que había emergido dedos pálidos labios para invadir ese idílico espacio.
En el revuelto de plumas y cuerpos poco se podía adivinar y poco se dejaba a la imaginación ante los deliciosos sonidos que la bella mujer, amante, Musa, aquella Flor pura y, aun mismo tiempo, hecha para pecar. De sus labios brotaba poco a poco la esencia del placer, el néctar de Astarté que se deslizaba entre dos labios delicados que con voraz ternura buscaban tan anhelado tesoro líquido natural de los manantiales de la lubricidad. los dedos presionaban la piel dulcemente, con una delicadeza impropia y contraria a lo que la boca estaba haciendo en aquellos instantes. Los suaves roces de labios a veces ocultaban a dicha serpiente ecarlata, la cual volvía a lanzarse al ataque una vez se sentía realmente preparada para sorprender a la excelsa víctima.
El gusto de aquel delicioso y esencial fluido era adictivo, no solo por su fuerte sabor sino también por el acompañamiento de deliciosos sonidos que la bella dama le regalaba en cada paseo de su lengua. La voz de ella era deliciosa a la hora de expresar las sensaciones en forma de discordantes y aun mismo tiempo armoniosas. Las manos de ella no dejaban de pasear por su cabello a la par que movía con delicadeza las caderas en una sutil demanda de mas. La respiración se agitaba y relajaba a tiempos desiguales. Las sorpresas en ese lugar tan apartado y a la vez cercano eran constantes; las pausas se intercalaban con rítmicas caricias y luego cesaban para poder introducirse de nuevo pocos segundos después en aquel interior tan acogedor.
Poco a poco la tensión se hizo mas y mas ante los ataques al punto mas delicado de esa constitución tan elegante, ahora exaltada ante las emociones y las sensaciones de constante placer. Los dulces besos se convirtieron en un inesperado mordisco en un lateral que hizo saltar esas excitantes caderas de la sorpresa y soltar una estridente y perfecta carcajada. Sencillamente perfecta. Las mentes, desestabilizadas por los las emociones, las caricias, los besos, lamidas, aromas, sensaciones, deseos, se unían y separaban constantemente, en un baile que desmontaba la vida ante los ojos mismos y la volvía a formar rodeada de cientos o miles de brillantes matices.
El grito final fue estremecedor. Excelsamente estremecedor. Ambos temblaron de placer cuando este se hizo presente en el cuerpo de quien inspiraba los mas dulces versos susurrados en el oído de la dama mas bella del mundo. De su mundo. Aquella esencia fue devorada, bebida con fruición entre respiraciones agitadas y movimientos de cadera cargados de deseo y sensualidad. Las manos ascendieron entonces por la extensión de todo su cuerpo y rodearon la figura algo sudorosa de quien en las noches encendía la llama de la pasión en su interior con apenas una mirada o unas pocas palabras. Se miraron fijamente mientras recobraban la compostura y en el tercer beso del día rieron y disfrutaron de una gloriosa mañana.
Los ojos de esa bella mujer se posaron entonces sobre los de aquel ser que la había acompañado toda la noche. Se metió entre dos grandes alas que resplandecían con todos los colores del arco iris según la luz del sol naciente incidiera de un modo u otro. Su protector le acunó entre sus brazos por unos instantes antes de dar un suave beso en su frente y luego otro tras posarse sobre ella, pero esta vez en el corazón. Una serpiente rojiza o rosada, según se aprecie, se deslizó lentamente a lo largo de la tersa y suave piel que unía dos colinas: sus senos fueron rodeados con besos y delicados mordiscos que formaron el símbolo de un infinito como el infinito cariño y profundo sentimiento de amor que podría profesarle sin palabras el poeta a la Musa. Y así lo hizo. De pronto el rostro de ese caballero se perdió entre las plumas y unas manos acariciaron con cuidado una zona muy concreta de aquel poema hecho carne y placer.
Dicha serpiente rojiza se fue paseando con total impunidad entre los bellos pilares de sílfide de la dama, saboreando la exótica diferencia de matices entre regiones tan cercanas como el vientre y las zonas mas íntimas de su ser. Las manos rodearon lentamente las dos piernas y las separaron otro poco mientras otras dos manos agarraban con suavidad el cabello del amante, como renegando y al mismo tiempo exigiendo mas cercanía, mas de ese calor que le hacía cerrar los ojos, dejarse llevar ante las oleadas de anticipado placer, de musical armonía con la naturaleza, que aquel ser le propiciaría cada vez que tuviera la oportunidad. Un suspiro hizo callara todo el bosque y un sinuoso movimiento de caderas fue un grito silencioso, demandante de mas. Dos labios se abrieron un poco mas para recibir el profundo beso de una serpiente roja que había emergido dedos pálidos labios para invadir ese idílico espacio.
En el revuelto de plumas y cuerpos poco se podía adivinar y poco se dejaba a la imaginación ante los deliciosos sonidos que la bella mujer, amante, Musa, aquella Flor pura y, aun mismo tiempo, hecha para pecar. De sus labios brotaba poco a poco la esencia del placer, el néctar de Astarté que se deslizaba entre dos labios delicados que con voraz ternura buscaban tan anhelado tesoro líquido natural de los manantiales de la lubricidad. los dedos presionaban la piel dulcemente, con una delicadeza impropia y contraria a lo que la boca estaba haciendo en aquellos instantes. Los suaves roces de labios a veces ocultaban a dicha serpiente ecarlata, la cual volvía a lanzarse al ataque una vez se sentía realmente preparada para sorprender a la excelsa víctima.
El gusto de aquel delicioso y esencial fluido era adictivo, no solo por su fuerte sabor sino también por el acompañamiento de deliciosos sonidos que la bella dama le regalaba en cada paseo de su lengua. La voz de ella era deliciosa a la hora de expresar las sensaciones en forma de discordantes y aun mismo tiempo armoniosas. Las manos de ella no dejaban de pasear por su cabello a la par que movía con delicadeza las caderas en una sutil demanda de mas. La respiración se agitaba y relajaba a tiempos desiguales. Las sorpresas en ese lugar tan apartado y a la vez cercano eran constantes; las pausas se intercalaban con rítmicas caricias y luego cesaban para poder introducirse de nuevo pocos segundos después en aquel interior tan acogedor.
Poco a poco la tensión se hizo mas y mas ante los ataques al punto mas delicado de esa constitución tan elegante, ahora exaltada ante las emociones y las sensaciones de constante placer. Los dulces besos se convirtieron en un inesperado mordisco en un lateral que hizo saltar esas excitantes caderas de la sorpresa y soltar una estridente y perfecta carcajada. Sencillamente perfecta. Las mentes, desestabilizadas por los las emociones, las caricias, los besos, lamidas, aromas, sensaciones, deseos, se unían y separaban constantemente, en un baile que desmontaba la vida ante los ojos mismos y la volvía a formar rodeada de cientos o miles de brillantes matices.
El grito final fue estremecedor. Excelsamente estremecedor. Ambos temblaron de placer cuando este se hizo presente en el cuerpo de quien inspiraba los mas dulces versos susurrados en el oído de la dama mas bella del mundo. De su mundo. Aquella esencia fue devorada, bebida con fruición entre respiraciones agitadas y movimientos de cadera cargados de deseo y sensualidad. Las manos ascendieron entonces por la extensión de todo su cuerpo y rodearon la figura algo sudorosa de quien en las noches encendía la llama de la pasión en su interior con apenas una mirada o unas pocas palabras. Se miraron fijamente mientras recobraban la compostura y en el tercer beso del día rieron y disfrutaron de una gloriosa mañana.
jueves, 1 de mayo de 2014
Piel de Musa.
Quiero darte un beso
Que sea un suspiro al viento
amor en lento movimiento
y mi alma temblará si te siento
En tu piel de Musa perderme
desde este segundo hasta siempre
Danzar juntos hasta el alba
en una danza digna de Arabia.
martes, 22 de abril de 2014
Poemas al viento
La noche rompía su tranquila velada con el desgarro de la luna en dos partes. Un ensordecedor grito de agonía quebró con dantesca facilidad el silencio de aquel manto estelar de contemplación que eran las estrellas. En la cabeza de aquel hombre atormentado se abrían paso imágenes aterradoras, pesadillas que caminaban por el filo de la realidad, por la frontera de lo fantásticos y lo verídico. Las grandes olas negras golpeaban contra el acantilado junto a los fantasmas de un pasado oscuro, un presente incierto y un futuro negro como boca de lobo. Los trazos en tinta azul resaltaban en su brillo, marca de nacimiento inconfundible por parte de dos solitarias velas cuya llama era aporte de sensualidad velada a la noche resquebrajada.
El grito se reprodujo de nuevo acompañado de un tormento paralizante, terrorífico, que se extendió a la mano del escritor, sentado frente al papel, con pluma en mano y ahora inútil por la punta rota en su ataque de desquiciada locura. Y de pronto se hizo la oscuridad. Y de pronto el fuego se hizo en ese pequeño cubículo apenas iluminado, depositario y confesor de locuras, de delirios. Los grandes cuadros ocupaban en pequeña cantidad toda la extensión de la habitación, recuerdos felices de un pasado que quizás nunca mas se repetiría. Cuando el dinero deja de fluir la felicidad paraliza su cauce, da menos motivos para sonreír, para contentar esa ambición y avaricia del ser humano que provoca tan falsa estima por uno mismo en lo tocante a lo material. Dos ojos se volvieron al foco de aquel fuego y una figura se erguía.
Negra como la noche, la muerte lo observaba desde el fondo de una túnica. el miedo se apoderaba de quien contemplaba esa clásica guadaña con motivos macabros, pequeñas calaveras humanas pertenecientes a infantes que habían abandonado el mundo demasiado temprano. la luz parecía huir aunque ello no lo hacía en absoluto invisible. Sencillamente era la ausencia de todos los colores a excepción del negro mas desolador. No era el negro aterciopelado de aquella noche brillante, luminosa, sino el mas oscuro y opresivo mensaje final en forma de un color como era ese negro angustioso, desesperante y eterno. Se apreciaban de todo aquel ser dos manos blancas y finas, propias de una dama de la alta corte. Pero en lo mas absoluto irradiaba la frivolidad o el desencanto por lo banalmente pobre; al contrario, eran firmes y a pesar de su liviano aspecto, sostenían ese pesado instrumento segador de almas con una firmeza sobreentendia.
-Vengo a por tu alma, ha llegado la hora de que abandones este cuerpo y esta vida. Tus horas han llegado a su fin por deseo del destino mismo.-Dijo con una voz similar al terciopelo pero con el invierno polar en cada sonido que emitía.
El hombre la observó, a la muerte perfecta, presente en cuerpo y eternidad delante de su estampa, esperando quizás una contestación, asombrado por el hecho de que la parca le avise de que ha llegado su hora, como el canto del gallo avisa al granjero de que es hora de despertar o la brisa marina al marinero de que se acerca la tormenta. Todo se hacía oscuridad y silencio con cada segundo que pasaba, debilitando la determinación del escritor a resistirse. Pero no del todo cedió y entonces habló.
-Disculpe pero no puedo evitar expresar mi deseo de seguir apegado a la vida.Señaló entonces el papel que tenía en pleno escritorio.-lea usted lo que estoy escribiendo. está inacabado y me gustaría terminarlo. De lo contrario, si se me olvida o no lo escribo seré condenado y por tanto eso influirá negativamente en el peso de mi alma.-Dijo pero antes de que pudiera seguir hablando la muerte, expresando cierto escepticismo se rió.
-¿Como te van a condenar si antes de que termine esta noche estarás muerto?.-Esta dio un paso, o casi se podría decir que flotó sin causar siquiera el sonido del roce de esa tópica capa negra con el suelo. Todo era un silencio, como si nada mas pudiera alterar esa conversación.-¿A no ser que tu estés...?.-Entonces se respiró en el ambiente una sensación general de duda, como si cada objeto de aquel lugar se volviera inseguro en su posición, en su lugar. las mismas pinturas daban esa sensación de duda, de no estar seguros de lo que estaba aconteciendo cuando fueran plasmadas, quizás fruto de una duda del propio pintor que no pudo ser confirmada o corregida.
-Lo estoy...-Dijo el escritor. No sabía a que se refería la muerte, solo era una vaga intuición e la que se basaba por tantos cientos de historias que su memoria recopilaba o que leía de libros viejos como el mismo Matusalén.-No puedo abandonar aun este mundo. Se que no soy nadie para negarme a los designios de la pálida dama pero necesito vivir un poco mas, el tiempo suficiente para poder ver sus ojos una última vez, y es cierto que soy humano y por tanto un perfecto insatisfecho, que quiero ver sus ojos cientos de veces, miles de veces, millones de veces recopiladas en vidas y vidas anteras...
De nuevo la muerte interrumpió.
-Está bien, guarda silencio pues dictaré sentencia.-la muerte dio otro paso, sintiendo que el alma misma de aquel escritor se estremecía tanto como si la Musa le fuera a abandonar para no aparecer jamás siquiera en sus pensamientos, dejándolo vacía en una gran parte de su corazón para siempre.-Para prologar tu vida deberás pagar un tributo regular. Recitarás un poema que no escribirás, que susurrarás por la noche y que solo yo escucharé. Si no lo haces al menos una vez antes de cada luna vendré de nuevo a por tí a segar tu vida sin mas ni mas.-Dijo con fría determinación. Acto seguido la habitación quedó vacía de toda presencia extracorporea, tan solo con un alma temblorosa por la presión sufrida, tendida en el suelo y sin ganas de levantarse hasta que llegó el amanecer.
Llegado el amanecer unas manos lo recogieron y lo tumbaron en la cama. Dos grandes ojos negros lo observaban con la preocupación pintada en cada cuenca llena de luz. Y así fue como el escritor nasrró a la Musa su aventura y esta le reconfortó. Pero eso es otra historia...
El grito se reprodujo de nuevo acompañado de un tormento paralizante, terrorífico, que se extendió a la mano del escritor, sentado frente al papel, con pluma en mano y ahora inútil por la punta rota en su ataque de desquiciada locura. Y de pronto se hizo la oscuridad. Y de pronto el fuego se hizo en ese pequeño cubículo apenas iluminado, depositario y confesor de locuras, de delirios. Los grandes cuadros ocupaban en pequeña cantidad toda la extensión de la habitación, recuerdos felices de un pasado que quizás nunca mas se repetiría. Cuando el dinero deja de fluir la felicidad paraliza su cauce, da menos motivos para sonreír, para contentar esa ambición y avaricia del ser humano que provoca tan falsa estima por uno mismo en lo tocante a lo material. Dos ojos se volvieron al foco de aquel fuego y una figura se erguía.
Negra como la noche, la muerte lo observaba desde el fondo de una túnica. el miedo se apoderaba de quien contemplaba esa clásica guadaña con motivos macabros, pequeñas calaveras humanas pertenecientes a infantes que habían abandonado el mundo demasiado temprano. la luz parecía huir aunque ello no lo hacía en absoluto invisible. Sencillamente era la ausencia de todos los colores a excepción del negro mas desolador. No era el negro aterciopelado de aquella noche brillante, luminosa, sino el mas oscuro y opresivo mensaje final en forma de un color como era ese negro angustioso, desesperante y eterno. Se apreciaban de todo aquel ser dos manos blancas y finas, propias de una dama de la alta corte. Pero en lo mas absoluto irradiaba la frivolidad o el desencanto por lo banalmente pobre; al contrario, eran firmes y a pesar de su liviano aspecto, sostenían ese pesado instrumento segador de almas con una firmeza sobreentendia.
-Vengo a por tu alma, ha llegado la hora de que abandones este cuerpo y esta vida. Tus horas han llegado a su fin por deseo del destino mismo.-Dijo con una voz similar al terciopelo pero con el invierno polar en cada sonido que emitía.
El hombre la observó, a la muerte perfecta, presente en cuerpo y eternidad delante de su estampa, esperando quizás una contestación, asombrado por el hecho de que la parca le avise de que ha llegado su hora, como el canto del gallo avisa al granjero de que es hora de despertar o la brisa marina al marinero de que se acerca la tormenta. Todo se hacía oscuridad y silencio con cada segundo que pasaba, debilitando la determinación del escritor a resistirse. Pero no del todo cedió y entonces habló.
-Disculpe pero no puedo evitar expresar mi deseo de seguir apegado a la vida.Señaló entonces el papel que tenía en pleno escritorio.-lea usted lo que estoy escribiendo. está inacabado y me gustaría terminarlo. De lo contrario, si se me olvida o no lo escribo seré condenado y por tanto eso influirá negativamente en el peso de mi alma.-Dijo pero antes de que pudiera seguir hablando la muerte, expresando cierto escepticismo se rió.
-¿Como te van a condenar si antes de que termine esta noche estarás muerto?.-Esta dio un paso, o casi se podría decir que flotó sin causar siquiera el sonido del roce de esa tópica capa negra con el suelo. Todo era un silencio, como si nada mas pudiera alterar esa conversación.-¿A no ser que tu estés...?.-Entonces se respiró en el ambiente una sensación general de duda, como si cada objeto de aquel lugar se volviera inseguro en su posición, en su lugar. las mismas pinturas daban esa sensación de duda, de no estar seguros de lo que estaba aconteciendo cuando fueran plasmadas, quizás fruto de una duda del propio pintor que no pudo ser confirmada o corregida.
-Lo estoy...-Dijo el escritor. No sabía a que se refería la muerte, solo era una vaga intuición e la que se basaba por tantos cientos de historias que su memoria recopilaba o que leía de libros viejos como el mismo Matusalén.-No puedo abandonar aun este mundo. Se que no soy nadie para negarme a los designios de la pálida dama pero necesito vivir un poco mas, el tiempo suficiente para poder ver sus ojos una última vez, y es cierto que soy humano y por tanto un perfecto insatisfecho, que quiero ver sus ojos cientos de veces, miles de veces, millones de veces recopiladas en vidas y vidas anteras...
De nuevo la muerte interrumpió.
-Está bien, guarda silencio pues dictaré sentencia.-la muerte dio otro paso, sintiendo que el alma misma de aquel escritor se estremecía tanto como si la Musa le fuera a abandonar para no aparecer jamás siquiera en sus pensamientos, dejándolo vacía en una gran parte de su corazón para siempre.-Para prologar tu vida deberás pagar un tributo regular. Recitarás un poema que no escribirás, que susurrarás por la noche y que solo yo escucharé. Si no lo haces al menos una vez antes de cada luna vendré de nuevo a por tí a segar tu vida sin mas ni mas.-Dijo con fría determinación. Acto seguido la habitación quedó vacía de toda presencia extracorporea, tan solo con un alma temblorosa por la presión sufrida, tendida en el suelo y sin ganas de levantarse hasta que llegó el amanecer.
Llegado el amanecer unas manos lo recogieron y lo tumbaron en la cama. Dos grandes ojos negros lo observaban con la preocupación pintada en cada cuenca llena de luz. Y así fue como el escritor nasrró a la Musa su aventura y esta le reconfortó. Pero eso es otra historia...
sábado, 19 de abril de 2014
Sentencia (parte 2)
En medio del mar, un barco atravesaba tranquilamente sus aguas. El cielo se encontraba enturbiado por nubes que amenazaban tormenta, mas parecían indecisas en lo que a descargar las aguas se refería. Las olas moderadas sacudían la nave con un lento vaivén, penetrando en las aguas como un tierno amante de madera a su elegante y azulada acompañante eterna. En ese justo momento solamente soplaba una brisa que traía la cercanía de la tierra firme pues se encontraban a punto de entrar en puerto esa curiosa y mas que bella tripulación. Era una de las tripulaciones mas extrañas que se pudieran ver en aquellos tiempos, donde la piratería parecía un un mundo para los hombres. Las mujeres se veían relegadas al papel de prisioneras o amantes de dichos aguerridos y despiadados guerreros de los mares. Pero esta vez era al revés. Todas las bellas mujeres de aquella embarcación poseían un papel papel protagonista.
Entre los tripulantes varones, el único que podía destacar entre esa masa de jóvenes atractivos y fuertes era precisamente el menos atractivo y fuerte. Sus ojos contemplaron el puerto y lo alternaron con la mercancía que llevaban a bordo, sencillos instrumentos de juegos sexuales que no tenían voz ni voto en aquel lugar. Muchos parecían poco interesados en ese hecho dada la impulsividad y la ardiente juventud y energía que corría por sus cuerpos semidesnudos. El elemento diferenciador de los demás sentía cierta pena y su machismo recalcitrante le estaba presionando contra el pecho, convirtiendo el sentimiento de circunspección en una rabia sorda, mas la razón se impuso de nuevo. Era su sentencia, su condena. Debía de enfrentar a los fantasmas del pasado, de toda su existencia. Él no era como ellos, o al menos dedicaba noches enteras a tratar de convencerse de eso. Muchas de aquellas mujeres apenas lo miraban a pesar de las atentas miradas que él les dedicaba de vez en cuando. Sabía que era consciente de que a su vez ellas tenían constancia de ser observadas pero no parecían ver nada especial en él. Y el resto de esclavos no es que fueran precisamente amables con él pero tampoco se metían con él. No en exceso.
Una figura se puso a su lado y emitió una especie de bajo gruñido. Una enorme pantera observa el mar junto a aquel humilde sirviente. La pantera no lo quería tampoco, lo despreciaba en la misma medida. Dejó salir un bajísimo suspiro, como si expresarlo en alto interrumpiera el frágil hilo de sus pensamientos. Su mente se encontraba en una cama, perdido entre curvas de mujer y acariciando esa piel a la que dichas formas pertenecían. Si le hubieran desatado habría sido mucho mejor para ambos. No fue así. Y pensando que se encontraría ahora en medio de un bosque terminó en aquellos lares. Todo era bastante triste e ese momento para él, demasiado rabioso, demasiado orgulloso para ser capaz de ver la diversión que sus inteligente compañeros tenían mas facilidad para segregar en sus ideales. Aunque no todo eran cosas malas.
Ese momento era uno de sus momentos de asueto aunque sus cálculos le decían que era momento de volver al trabajo. Con la rapier que él mismo había tenido que elegir junto a unas cuantas joyas que le encantaría quitarse porque no era su estilo, fue empujado sin mucha delicadeza primero por un esclavo sexual y luego por la pantera, que juzgaba como muy lento su caminar y quería llegar pronto a su destino. Tras comprobar que todo estaba bien en su vestuario y sacar una leve sonrisa entró por detrás de la pantera en lo que era el camarote de la capitana. Esta era la mas bella de todas las mujeres, la mas deseada, lamas fuerte, inteligente, cruel y educada de todas damas casi salidas de un cuento. Tras unos saludos iniciales y una elegante reverencia la capitana le dio la lista de cosas que debía de hacer. Él se puso a ello en seguida no sin antes haberle recitado un poema que había pensado en las noches en vela, el cual decía tal que así:
"Caminante acuático
que se balancea firme.
La sirena en su canto
apenas se reprime.
Si el marino se acerca
que nadie la detenga.
Es la Dama de los Mares;
no hay quien la contenga"
Primero peinó el cabello de la capitana, a continuación le dio los retoques para que estuviera aun mas perfecta de lo que jamás podría estar una mujer tan aventurera y aguerrida como ella. Nadie podría superarla en belleza y elegancia. Al menos nadie en los siete mares, pues que él supiera, el motivo de sus inspiraciones poéticas no se había dado a la mar en momento alguno de su vida y se mantenía en tierra firme. Le preparó el desayuno, limpió y sirvió la comida a toda la tripulación, amantes incluídos, fue ofendido en su honor unas cuantas veces con frases de voces agudas y graves, limpió sables (de acero y metales diversos), esquivó unas cuantas peleas, pescó dos atunes y tres lubinas, le dio todo a la bella pantera para que comiera pescado fresco y se permitió un descanso de la duración (literal de un suspiro) antes de un sinfín mas de tareas. La noche llegaba cuando terminó todo lo que tenía que hacer. Y fue justo en la noche cuando todo sucedió.
La tormenta aun no se había decidido a descargar sus dulces aguas como las lágrimas de una santa, no había estrellas que se pudieran ver y no existía luna alguna en ese momento. Casi todos se habían echado a dormir pero ese servil ser no podía dormir, como era habitual en él. Era un ser nocturno, acostumbrado a estar noches despierto y días durmiendo, solo que esta vez se encontraban agotado que precisamente no podía descansar, sumido en su espiral de auto-odio y auto-compasión. Hasta que los escuchó al otro lado de la embarcación. Encontrándose él en un lugar bien oculto, donde sería difícil que lo descubrieran, una de aquellas mujeres parecía no muy cómoda con uno de los siervos sexuales. Este, realmente exudando ansias ocultas por ser castigado, tenía la mano sobre la boca de la señorita y con la otra la manoseaba de forma poco decorosa, muy vulgar a decir verdad. Entonces todos los poetas derramaron una lágrima cuando una frase salió de sus labios
-Tu hoy follas conmigo ahora.-Soltó el muro, pues era excesivamente grande, musculoso y sí, guapo como todos los hombres a excepción del espía que los observaba.-Soy guapo y fuerte, todas quieren follar conmigo y tu no vas a ser una excepción zo...-No pudo terminar la frase pues un ruído lo alertó.
Y ahí estaba un enclenque cadáver pálido y medio desnutrido, espada en mano, lágrimas de sangre en los ojos y determinación asesina en el corazón, fluyendo por todo su cuerpo, sediento del placer de la sangre, de la venganza y sobretodo sediento de algo que no tenía nombre.
-Coño, pero si es la mariposita faldera de la capitana, mas inútil que la polla de su Santidad y mas débil que una hoja seca..-se rió el miserable mientras dedicaba tantas románticas ideas para su próxima obra de arte al humilde mayordomo, que veía su propia ira incrementada con cada halago.-Y encima viene armado-dijo mientras observaba la rapier en su mano, afilada, mortal si era bien usada.-No seas maricona, tira eso y enfréntate a mi como un hombre.
-Tengo una idea mejor.-Dijo el sirviente con una ira fría como la escarcha que aparecía en los lugares mas helados...como por ejemplo bajo sus pies ahora mismo.-Me enfrentaré a ti como caballero alado a las órdenes y por la Luz de la Musa y en nombre de la capitana...-El primer puñetazo le calló en toda la mejilla izquierda, haciéndole ver las estrellas.
-TU capitana, maricón miserable. Eres su siervo y ella TU capitana.-Dijo mientras se reía.-No tienes puta idea del mar. Tu capitana es MI capitana y estaba de follarme a MI zorra que por cierto ¿donde coño...?-Antes de acabar la pregunta un fuerte golpe le dio en la nuca al apuesto marinero pero este, a pesar de tambalearse se repuso rápidamente y estampó su puño contra la cara de la bella mujer, de ojos azules, labios voluptuosos y mirada tan perversa como clara en sus pensamientos.-Hija de...
Entonces el torso desnudo de aquel apuesto, guapo, salvaje, maleducado y deplorable ser se convirtió en la espalda de un erizo a la inversa. Cientos de cuchillas lo atravesaron con la velocidad del rayo. Lo artísticamente mas cuestionable para una persona normal fue el momento en que todas esa cuchillas se separaron las unas de las otras sin retroceder, rápidas como un suspiro de impaciencia, desmembrando, triturando a ese miserable. De pronto la luna hizo su aparición y contempló como dos grandes alas aceradas estaban manchadas con tripas aun colgando y trozos de órganos. El siervo reprimió las ganas de bailar y reír, de expresar cuan exultante era su felicidad, de sentirse al fin realmente útil. El acero grisáceo que no se encontraba manchado era de una factura artesanal muy notable y de sobresaliente calidad. La mujer, algo impresionada pero con la respiración tranquila, las alas, el siervo, la luna y las piernas inertes, único retazo de ese bastardo, fueron los únicos testigos.
La mujer y el siervo se miraron por un momento y ella preguntó, tratando de deisimular su incipiente miedo :
-¿Que eres?
Y el siervo, con una reverencia, provocando la caída de unos cuantos trozos de hígado y la mitad de una pleura pulmonar respondíó:
-Solo un humilde mayordomo... -Dicho esto, las alas desaparecieron, la mujer se fue a la cama, la luna se ocultó de nuevo, la lluvia apareció y una solitaria figura, en medio del vaivén de ese amante de madera a su amada acuosa, limpiaba la cubierta con tranquilidad pasmosa.-La capitana se enfadará conmigo...
jueves, 17 de abril de 2014
Sentencia (parte 1)
En un lejano lugar de un tiempo y espacio totalmente desconocido, se encontraba una habitación muy particular. Dicha estancia se encontraba atestada de imágenes que reproducían escenas llevadas a cabo entre parejas de amantes, algunos consistentes en humanos siendo seducidos por los mas bellos demonios. Por un ventanal se colaban nada mas y nada menos que tres lunas de un marcado tono rojizo que despertaba en el ambiente la musicalidad del placer. A pesar de estar cerradas las ventanas, en los alrededores se apreciaba el aroma de la lujuria liberándose por esa luz carmesí. Los instintos volvían a sus orígenes animales en los que el ser humano perdía toda piedad y no pensaba en moralidades o éticas inútiles para seres como el que justo entraba por la puerta.
Sus ojos verdeazulados se colocaron sobre el cuerpo de su víctima, yaciente e indefenso en una gran cama hecha con perfecta elaboración artesanal. Las curvas de su voluptuoso cuerpo no ocultaron el regocijo de ver a ese hombre, condenado por un gran crimen imperdonable, ahora totalmente suyo por un periodo de siete días que sin duda no iban a ser suficientes para todas las ideas que tenía en mente, a cada cual mas perversa, oscura y placentera para ella; o quizás para ambos. La luz de las tres lunas le daba a esa depredadora un aspecto bastante siniestro pero al mismo tiempo la dotaba de un aura acorde a la de una divinidad del placer devastador placer, porque el placer puede devastar cuando se ignoran los límites.
El condenado estaba asustado. La idea de estar atado era algo realmente contraproducente para lo que sus estándares del placer suponía. Si bien su mente perturbada había soñado con ataduras, estas desde luego no estaban en su cuerpo sino en la de alguna amante imaginada o quien sabe si real. Aquel criminal (porque cometió un cruento crimen) estaba a punto de recibir el castigo. Nunca su crimen sería revelado pues no existían palabras que pudiera describir con precisión la gravedad de sus actos.
La criatura lo observó y de pronto se estaba abalanzando sobre su presa, desnudando ambos cuerpos y dejando que las pieles se rozasen mientras ella susurraba cada uno de los planes que tenía para aquel ser deplorable que hoy recibiría todo el peso de la justicia. Sus curvas se apretaban con con toda contundencia contra el torso pálido y desnudo, creando consecuentes y caóticas reacciones en su cuerpo, y es que no se podía negar que aquella escultural dama nocturna poseía las formas mas idóneas para el pecado mas perfecto. Desde su cabello liso hasta la punta de los pies eran una invitación a ser besados, acariciados, lamidos, a hundirse en todas las fantasías que cualquier mente caldeada pudiera idear.
-Por fin. Ahora eres solo mio delgadito buenorro.-Dijo la lujuriosa dama sin ocultar sus intenciones mientras deshacía poco a poco las inhibiciones conservadoras de su presa con besos a lo largo de todo el cuerpo, sin dejarse un solo centímetro de piel por el camino, de esa piel blanca y algo fría en un principio que ahora irradiaba ese calor tan característico de la excitación.
-Por esta semana... y al parecer tengo otros deberes que cumplir, querida.-Dijo la presa, atreviéndose por vez primera a hablar, mas cuando lo hizo, fue dicho con toda confianza y sin un atisbo de temor. Era la voz de alguien que acepta su condena abiertamente. y si bien no hay nada mas peligroso que un hombre sin miedo a morir, este no era el caso pues el futuro cadáver se encontraba atado, aceptando el plancetentero y lúbrico destino que le aguardaba.
-¡NO! eres mío para siempre y podré...podré....-la mujer no terminó la frase pues se encontraba en un estado casi rayano en la locura. Frotñándose contra su cuerpo, mientras devoraba su cuello y el lóbulo de su oreja, la criatura le preguntó con una sensualidad que estremecería hasta al mismísimo San Pedro.-¿Unas últimas palabras antes de que se ejecute la sentencia?
Tan abrasados por dentro como estaban sus pensamientos, el condenado no tuvo tiempo antes de que una boca voraz como el mismísimo Leviatán se lanzara sobre la suya y lo besara con una pasión desmedida en lo que ambos cuerpos se unían en un lugar mu distinto entre sus bocas. Sus besos eran de fuego puro, de lava incandescente, de hierro fundido cayendo con aplomo en el molde que daría forma a una música tan antigua como el mismo mundo; o es sucedería cuando dejaran respirar al culpable del crimen. Lentos o desmedidamente rápidos, sus besos eran un constante asedio para sus sentidos. Y en el sur unas caderas con una curvatura perfecta se movían con ansias, con sed y hambre de lo que entre sus piernas estaba devorando lentamente unas veces y con frenesí casi animal otras.
La criatura oscura estaba exultante, casi diríase que gloriosa mientras se movía salvaje, indomable con ese pobre diablo entre sus piernas, brindándole sin remedio un placer largamente perseguido, anhelado y que hasta el momento nunca había experimentado por parte de aquel que se encontraba atado, el cual deseaba poder participar de forma mas activa pero parecía una estipulación de la sentencia el no poder defenderse adecuadamente en aquel campo de batalla horizontal. Los ojos verdeazulados se clavaron en los orbes ni por asomo tan bonitos pero igualmente abiertos de par en par, mostrando a ese caballero caído en desgracia la visión de esa parte del infierno dedicada a uno de los pecados mas cuestionados de los siete yerros capitales. Las tres lunas iluminaban uno de sus perfiles al entrar todas por la misma ventana que daba a un espacio extraño habitado por extrañas criaturas, apartado del resto del mundo para que nada los molestara. Para que nada molestara a la depredadora lujuriosa que se cobraba a su ansiada víctima.
Los cuerpos en tensión fueron una deliciosa alerta para avisar de que aquel punto y aparte llegaría pronto, haciéndolos estallar prontamente en placer, liberando toda una retaíla de de lascivas expresiones sin un significado concreto, sencillamente el reducto verbal por la cual el placer de la lujuria reinante se liberaba por la grandeza de aquella sensación. Los fluidos mas íntimos se mezclaron y fueron la firma de que el primer encuentro de tantos que se darían a partir de ese momento por un periodo de siete días...
Los ojos de la criatura oscura resplandecían triunfales, excitados, extasiados por haber por fin completado aquel ciclo que necesitaba como si fuera el aire que los sencillos humanos como aquel respiraban. Aunque poco duró la diversión pues cuando se acercaba el momento de una segunda vuelta, de un segundo asedio a la cordura y la decencia, las sombras envolvieron a a la presa y se lo llevaron de ahí, dejando en el ambiente el aroma de las dulzón libertinaje y un rugido de rabia.
Sus ojos verdeazulados se colocaron sobre el cuerpo de su víctima, yaciente e indefenso en una gran cama hecha con perfecta elaboración artesanal. Las curvas de su voluptuoso cuerpo no ocultaron el regocijo de ver a ese hombre, condenado por un gran crimen imperdonable, ahora totalmente suyo por un periodo de siete días que sin duda no iban a ser suficientes para todas las ideas que tenía en mente, a cada cual mas perversa, oscura y placentera para ella; o quizás para ambos. La luz de las tres lunas le daba a esa depredadora un aspecto bastante siniestro pero al mismo tiempo la dotaba de un aura acorde a la de una divinidad del placer devastador placer, porque el placer puede devastar cuando se ignoran los límites.
El condenado estaba asustado. La idea de estar atado era algo realmente contraproducente para lo que sus estándares del placer suponía. Si bien su mente perturbada había soñado con ataduras, estas desde luego no estaban en su cuerpo sino en la de alguna amante imaginada o quien sabe si real. Aquel criminal (porque cometió un cruento crimen) estaba a punto de recibir el castigo. Nunca su crimen sería revelado pues no existían palabras que pudiera describir con precisión la gravedad de sus actos.
La criatura lo observó y de pronto se estaba abalanzando sobre su presa, desnudando ambos cuerpos y dejando que las pieles se rozasen mientras ella susurraba cada uno de los planes que tenía para aquel ser deplorable que hoy recibiría todo el peso de la justicia. Sus curvas se apretaban con con toda contundencia contra el torso pálido y desnudo, creando consecuentes y caóticas reacciones en su cuerpo, y es que no se podía negar que aquella escultural dama nocturna poseía las formas mas idóneas para el pecado mas perfecto. Desde su cabello liso hasta la punta de los pies eran una invitación a ser besados, acariciados, lamidos, a hundirse en todas las fantasías que cualquier mente caldeada pudiera idear.
-Por fin. Ahora eres solo mio delgadito buenorro.-Dijo la lujuriosa dama sin ocultar sus intenciones mientras deshacía poco a poco las inhibiciones conservadoras de su presa con besos a lo largo de todo el cuerpo, sin dejarse un solo centímetro de piel por el camino, de esa piel blanca y algo fría en un principio que ahora irradiaba ese calor tan característico de la excitación.
-Por esta semana... y al parecer tengo otros deberes que cumplir, querida.-Dijo la presa, atreviéndose por vez primera a hablar, mas cuando lo hizo, fue dicho con toda confianza y sin un atisbo de temor. Era la voz de alguien que acepta su condena abiertamente. y si bien no hay nada mas peligroso que un hombre sin miedo a morir, este no era el caso pues el futuro cadáver se encontraba atado, aceptando el plancetentero y lúbrico destino que le aguardaba.
-¡NO! eres mío para siempre y podré...podré....-la mujer no terminó la frase pues se encontraba en un estado casi rayano en la locura. Frotñándose contra su cuerpo, mientras devoraba su cuello y el lóbulo de su oreja, la criatura le preguntó con una sensualidad que estremecería hasta al mismísimo San Pedro.-¿Unas últimas palabras antes de que se ejecute la sentencia?
Tan abrasados por dentro como estaban sus pensamientos, el condenado no tuvo tiempo antes de que una boca voraz como el mismísimo Leviatán se lanzara sobre la suya y lo besara con una pasión desmedida en lo que ambos cuerpos se unían en un lugar mu distinto entre sus bocas. Sus besos eran de fuego puro, de lava incandescente, de hierro fundido cayendo con aplomo en el molde que daría forma a una música tan antigua como el mismo mundo; o es sucedería cuando dejaran respirar al culpable del crimen. Lentos o desmedidamente rápidos, sus besos eran un constante asedio para sus sentidos. Y en el sur unas caderas con una curvatura perfecta se movían con ansias, con sed y hambre de lo que entre sus piernas estaba devorando lentamente unas veces y con frenesí casi animal otras.
La criatura oscura estaba exultante, casi diríase que gloriosa mientras se movía salvaje, indomable con ese pobre diablo entre sus piernas, brindándole sin remedio un placer largamente perseguido, anhelado y que hasta el momento nunca había experimentado por parte de aquel que se encontraba atado, el cual deseaba poder participar de forma mas activa pero parecía una estipulación de la sentencia el no poder defenderse adecuadamente en aquel campo de batalla horizontal. Los ojos verdeazulados se clavaron en los orbes ni por asomo tan bonitos pero igualmente abiertos de par en par, mostrando a ese caballero caído en desgracia la visión de esa parte del infierno dedicada a uno de los pecados mas cuestionados de los siete yerros capitales. Las tres lunas iluminaban uno de sus perfiles al entrar todas por la misma ventana que daba a un espacio extraño habitado por extrañas criaturas, apartado del resto del mundo para que nada los molestara. Para que nada molestara a la depredadora lujuriosa que se cobraba a su ansiada víctima.
Los cuerpos en tensión fueron una deliciosa alerta para avisar de que aquel punto y aparte llegaría pronto, haciéndolos estallar prontamente en placer, liberando toda una retaíla de de lascivas expresiones sin un significado concreto, sencillamente el reducto verbal por la cual el placer de la lujuria reinante se liberaba por la grandeza de aquella sensación. Los fluidos mas íntimos se mezclaron y fueron la firma de que el primer encuentro de tantos que se darían a partir de ese momento por un periodo de siete días...
Los ojos de la criatura oscura resplandecían triunfales, excitados, extasiados por haber por fin completado aquel ciclo que necesitaba como si fuera el aire que los sencillos humanos como aquel respiraban. Aunque poco duró la diversión pues cuando se acercaba el momento de una segunda vuelta, de un segundo asedio a la cordura y la decencia, las sombras envolvieron a a la presa y se lo llevaron de ahí, dejando en el ambiente el aroma de las dulzón libertinaje y un rugido de rabia.
Carta a la Musa VII
Bella Musa de mis versos:
Estas líneas están escritas, como siempre, desde el mas entregado sentimiento que habita en mi corazón, cuyo nombre no me atrevo a pronunciar como si fuera a incurrir en un pecado mortal. Puedo asegurar que dicho sentimiento es legítimo, pero es bonito mantenerlo en una secreta obviedad, le da un toque de complejidad totalmente innecesario mas ya sabes como soy. Además la expresión del mismo creo que debería ser guardado para un intercambio de palabras en privado. Veo esta carta como la necesidad de expandir aun mas el hecho de que mis sentimientos buenos están inspirados por la existencia de tu sonrisa, el brillo de tus ojos, el sonido de tu voz y muchos elementos mas. Tu propia vida, las acciones que realizas en esta existencia, en este devenir de acontecimientos que nos moldean como las manos de un escultor a la arcilla, es digna de inspirar mis sentimientos hacia ti. Sufro y río contigo, con tus desgracias y tus alegrías respectivamente. Hay muchas cosas que puedo decir y de ahí que te escriba estas humildes líneas.
El agrado que me produce tu presencia opaca con diferencia todo aquello triste que me puedas llegar a narrar. Este mundo no es una utopía y cada vez se parece mas al infierno de Dante, sin embargo eso no impide que cuando tu apareces, muchos de los problemas que tanto me agobian se queden a un lado, pues apareció la salvadora de mi día. Seguramente pensarás que exagero pero incluso cuando tu día también es malo me ayuda a distraerme de mis demonios. Tus problemas, si bien mas complejos que los míos, suponen un reto que me ayuda a cambiar la mente, a configurarla de otra forma para que puedan serte útiles mis palabras, que sea una herramienta para hacerte sonreír de nuevo. Me gustaría que la vida te diera todo regalos y dulces y joyas y mucha felicidad, pero al parecer eso no es posible en la vida de nadie por lo que tus complicaciones las veo como un reto que ayude a ambos a crecer, a ser mas sabios mas inteligentes y mas fuertes en la vida.
Tu presencia ilumina a la propia luz, extingue las llamas de ira y los ríos de tristeza que parecen invadir todo mi ser constantemente. Son pocas las veces en las que, estando triste y apareciendo tú, mi estado anímico hubiera quedado igual o peor que antes de que hicieras acto de aparición. La verdad es que no recuerdo nada concreto que no fueran fruto de la paranoia posterior que todo hombre inseguro tiene dentro de sí mismo. Cuando apareces es como si la luz fuera música, como si todo lo dominara por dentro y por fuera de mi mundo. Y mi mundo es la luz de tus ojos, la risa tan estridentemente linda que tienes, creándose así una bella paradoja donde la luz es creación de sí misma. Y es que tu te has hecho a ti misma a raíz de las experiencias que has vivido y a su vez creas un futuro determinado. Tu luz es mi alimento, la abierta forma de expresarte sin perder esa elegancia, esa compostura tan madura y sin perder calidez es lo que muchas veces me hace ver los problemas por su verdadera dimensión. Creo que no hay nadie mínimamente parecida a ti en ese aspecto, tan encantadora y bella, inteligente, educada, única...mágica.
Tu belleza parece sacada de un cuento que los trovadores y cuentacuentos les cantan y narran a niños y mayores. Describirte es imposible. Hay tal cantidad de detalles en los que poder pararse durante horas a hablar que la eternidad es ridículamente corta. Cuando contemplo alguna imagen tuya muchas veces me quedo sin aliento, como si contemplara al ser mas perfecto del universo, Por encima de cosas tan banales como el color de las flores, que es lo que les da ese aura de perfección divina, o del mismo Dios. Se que eso último tal vez te ofenda pero es un símil para demostrar hasta que punto llegas dentro de mi corazón. Soy devoto de la causa de tu felicidad, de tu bienestar y de que seas una persona a gusto contigo misma, que no dudes en consultarme cuando necesites un hombro sobre el que llorar o un sesudo análisis de tu situación. Soy eso, un devoto todoterreno de la causa de tu felicidad, nada mas y nada menos. Con todas sus consecuencias.
Me siento feliz de haberte conocido y de pensar que aun me queda tanto por conocer de ti. Eres una persona fascinante, llena de esa luz que ya mencioné y que parece siempre estar brillando constantemente. A día de hoy creo que eres una de las tres personas mas importantes en mi vida. hasta ese punto has llegado Musa de mi inspiración; puedes brindarme mas felicidad de la que te imaginas con el mas pequeño de los gestos. Quizás pienses que merezco mas y puede ser cierto o no, pero veo tanta belleza en tí, por dentro y por fuera, que siento que la cabeza me explotará de todas las cosas que deseo decirte a la cara, sin estos párrafos a la deriva en un mar de locura de por medio. Quiero llegar a ver de ti a todo tu ser, física, mental y espiritualmente. Quiero conocer toda tu vida, ser parte de ella sí, pero ser parte fundamental de tu felicidad, aun desde la sombra. Eres el cúmulo mas grande de razones por las que seguir con vida que he conocido jamás.
Siempre me tendrás a tu lado. Aunque el sol se detenga junto a la luna y el tiempo; aunque la vida se extinga de este planeta y el resto de la galaxia. Voy a estar a tu lado, atento a tu aparición casi mariana en mi día para poder ayudarte, escucharte, consolarte o distraerte. Tu a cambio solo debes dejarte llevar y decirme que tan bien estoy realizando el hito de lograr esas sonrisa que se apagó por el motivo que sea. No me importa la causa, me importa que el resultado sea esa sonrisa radiante, enorme, preciosa, luminosa, inspiradora y a veces hasta seductora. nada seduce mas que tu mirada y tu sonrisa o esa actitud a veces tan etérea, sutil, que tee da un aura de fascinación irresistible en miles de ocasiones y solo negable en unas pocas.
Y ese será el último punto de esta carta. lo mucho que a veces llego a desearte, como si no pudieras salir de mi cabeza hasta que pudiéramos yacer en algún lugar, me da igual cual lugar sea, para poder decirte con caricias y pequeños gestos aquello que provocas en mis mas bajas inspiraciones. De día, de noche, con o sin sol y luna, solo importaría vivir ese momento al máximo pues no se sabe cuando será el siguiente; quizás nunca. Te deseo con toda la pasión de mi pálido cuerpo de manos hábiles e intenciones ardientes como el infierno. Tu eres la inspiración de todo ese idilio que supone que dos personas pierdan la vergüenza y se demuestren deseo y sentimientos y actitudes múltiples como amor, deseo, confianza, complicidad...
Espero que todo este cúmulo de ideas te hagan reflexionar o pensar pero sobretod sonreír. Todo es siempre dedicado a esa sonrisa... todo por esa sonrisa.
Te añoro, te deseo, te necesito...
Atte: un poeta ciego de vista pero no de corazón.
Estas líneas están escritas, como siempre, desde el mas entregado sentimiento que habita en mi corazón, cuyo nombre no me atrevo a pronunciar como si fuera a incurrir en un pecado mortal. Puedo asegurar que dicho sentimiento es legítimo, pero es bonito mantenerlo en una secreta obviedad, le da un toque de complejidad totalmente innecesario mas ya sabes como soy. Además la expresión del mismo creo que debería ser guardado para un intercambio de palabras en privado. Veo esta carta como la necesidad de expandir aun mas el hecho de que mis sentimientos buenos están inspirados por la existencia de tu sonrisa, el brillo de tus ojos, el sonido de tu voz y muchos elementos mas. Tu propia vida, las acciones que realizas en esta existencia, en este devenir de acontecimientos que nos moldean como las manos de un escultor a la arcilla, es digna de inspirar mis sentimientos hacia ti. Sufro y río contigo, con tus desgracias y tus alegrías respectivamente. Hay muchas cosas que puedo decir y de ahí que te escriba estas humildes líneas.
El agrado que me produce tu presencia opaca con diferencia todo aquello triste que me puedas llegar a narrar. Este mundo no es una utopía y cada vez se parece mas al infierno de Dante, sin embargo eso no impide que cuando tu apareces, muchos de los problemas que tanto me agobian se queden a un lado, pues apareció la salvadora de mi día. Seguramente pensarás que exagero pero incluso cuando tu día también es malo me ayuda a distraerme de mis demonios. Tus problemas, si bien mas complejos que los míos, suponen un reto que me ayuda a cambiar la mente, a configurarla de otra forma para que puedan serte útiles mis palabras, que sea una herramienta para hacerte sonreír de nuevo. Me gustaría que la vida te diera todo regalos y dulces y joyas y mucha felicidad, pero al parecer eso no es posible en la vida de nadie por lo que tus complicaciones las veo como un reto que ayude a ambos a crecer, a ser mas sabios mas inteligentes y mas fuertes en la vida.
Tu presencia ilumina a la propia luz, extingue las llamas de ira y los ríos de tristeza que parecen invadir todo mi ser constantemente. Son pocas las veces en las que, estando triste y apareciendo tú, mi estado anímico hubiera quedado igual o peor que antes de que hicieras acto de aparición. La verdad es que no recuerdo nada concreto que no fueran fruto de la paranoia posterior que todo hombre inseguro tiene dentro de sí mismo. Cuando apareces es como si la luz fuera música, como si todo lo dominara por dentro y por fuera de mi mundo. Y mi mundo es la luz de tus ojos, la risa tan estridentemente linda que tienes, creándose así una bella paradoja donde la luz es creación de sí misma. Y es que tu te has hecho a ti misma a raíz de las experiencias que has vivido y a su vez creas un futuro determinado. Tu luz es mi alimento, la abierta forma de expresarte sin perder esa elegancia, esa compostura tan madura y sin perder calidez es lo que muchas veces me hace ver los problemas por su verdadera dimensión. Creo que no hay nadie mínimamente parecida a ti en ese aspecto, tan encantadora y bella, inteligente, educada, única...mágica.
Tu belleza parece sacada de un cuento que los trovadores y cuentacuentos les cantan y narran a niños y mayores. Describirte es imposible. Hay tal cantidad de detalles en los que poder pararse durante horas a hablar que la eternidad es ridículamente corta. Cuando contemplo alguna imagen tuya muchas veces me quedo sin aliento, como si contemplara al ser mas perfecto del universo, Por encima de cosas tan banales como el color de las flores, que es lo que les da ese aura de perfección divina, o del mismo Dios. Se que eso último tal vez te ofenda pero es un símil para demostrar hasta que punto llegas dentro de mi corazón. Soy devoto de la causa de tu felicidad, de tu bienestar y de que seas una persona a gusto contigo misma, que no dudes en consultarme cuando necesites un hombro sobre el que llorar o un sesudo análisis de tu situación. Soy eso, un devoto todoterreno de la causa de tu felicidad, nada mas y nada menos. Con todas sus consecuencias.
Me siento feliz de haberte conocido y de pensar que aun me queda tanto por conocer de ti. Eres una persona fascinante, llena de esa luz que ya mencioné y que parece siempre estar brillando constantemente. A día de hoy creo que eres una de las tres personas mas importantes en mi vida. hasta ese punto has llegado Musa de mi inspiración; puedes brindarme mas felicidad de la que te imaginas con el mas pequeño de los gestos. Quizás pienses que merezco mas y puede ser cierto o no, pero veo tanta belleza en tí, por dentro y por fuera, que siento que la cabeza me explotará de todas las cosas que deseo decirte a la cara, sin estos párrafos a la deriva en un mar de locura de por medio. Quiero llegar a ver de ti a todo tu ser, física, mental y espiritualmente. Quiero conocer toda tu vida, ser parte de ella sí, pero ser parte fundamental de tu felicidad, aun desde la sombra. Eres el cúmulo mas grande de razones por las que seguir con vida que he conocido jamás.
Siempre me tendrás a tu lado. Aunque el sol se detenga junto a la luna y el tiempo; aunque la vida se extinga de este planeta y el resto de la galaxia. Voy a estar a tu lado, atento a tu aparición casi mariana en mi día para poder ayudarte, escucharte, consolarte o distraerte. Tu a cambio solo debes dejarte llevar y decirme que tan bien estoy realizando el hito de lograr esas sonrisa que se apagó por el motivo que sea. No me importa la causa, me importa que el resultado sea esa sonrisa radiante, enorme, preciosa, luminosa, inspiradora y a veces hasta seductora. nada seduce mas que tu mirada y tu sonrisa o esa actitud a veces tan etérea, sutil, que tee da un aura de fascinación irresistible en miles de ocasiones y solo negable en unas pocas.
Y ese será el último punto de esta carta. lo mucho que a veces llego a desearte, como si no pudieras salir de mi cabeza hasta que pudiéramos yacer en algún lugar, me da igual cual lugar sea, para poder decirte con caricias y pequeños gestos aquello que provocas en mis mas bajas inspiraciones. De día, de noche, con o sin sol y luna, solo importaría vivir ese momento al máximo pues no se sabe cuando será el siguiente; quizás nunca. Te deseo con toda la pasión de mi pálido cuerpo de manos hábiles e intenciones ardientes como el infierno. Tu eres la inspiración de todo ese idilio que supone que dos personas pierdan la vergüenza y se demuestren deseo y sentimientos y actitudes múltiples como amor, deseo, confianza, complicidad...
Espero que todo este cúmulo de ideas te hagan reflexionar o pensar pero sobretod sonreír. Todo es siempre dedicado a esa sonrisa... todo por esa sonrisa.
Te añoro, te deseo, te necesito...
Atte: un poeta ciego de vista pero no de corazón.
lunes, 7 de abril de 2014
Rosa lunar.
Era una noche fría de invierno. La tormenta, mas allá de la frontera con la realidad que establecía un gran ventanal, era la tónica general de aquel día frío y triste, violento como el mar embravecido que unos metros mas allá batía contra el acantilado. La habitación apenas estaba iluminada por unas pocas velas. Los grandes y fastuosos candelabros y las complejas lámparas de araña del techo se encontraban apagadas. Demasiada luz le causaba cierta irritación al hombre que se encontraba escribiendo las locuras de su corazón y los sentimientos de su cabeza. O quizás fuera al revés. Su concentración era máxima. Su rostro era una máscara de piedra que solamente movía los ojos para fijar estos la la llama que poco a poco consumía una vela de cera roja y otra de cera blanca.
Con un trueno sonando en la lejanía lo acompañó un grito casi seguido de lo que parecía una risotada. El cuerpo del escritor se enderezó un poco y ladeó su cabeza, con máxima concentración, esperando escuchar de nuevo ese sonido. No pasó nada en absoluto, por lo que el escritor volvió a concentrarse, pensando que había sido su imaginación, el talento que le quedaba en pie y aun resistía a la locura; o que cada vez se entregaba mas a ella. Él podría llegar a vivir de su imaginación de no ser por una suerte de defectos que le impedían la concentración en los planes a largo plazo así como el hecho de ser víctima de sus emociones cada vez que estas trataban de imponerse.
Otro relámpago, el trueno, el grito y la risotada aunque esta vez con cierto tinto de angustia. El rostro de piedra se puso en pie junto al resto del cuerpo con brusca decisión y casi tiró la solla de madera en la que se encontraba aposentado desde hace bastante rato. las rodillas le recordaron su entumecimiento y todo el dolor le sacudió de arriba abajo pero no había tiempo para lamentos propios. Abrió la gran puerta y en la cama se encontraba un bulto, cubierto con todas las sábanas del lugar. Y por primera vez aquel rostro de piedra sonrió.Se acercó a donde se encontraba ella, la mujer mas bella del mundo, y de paso la mas temerosa a ese tipo de eventos atmosféricos.
-Musa bella de mis versos... -Dijo con voz aterciopelada, llena de una infinita ternura, aquel hombre de rostro pétreo cuya máscara se había caído a pedazos.-No temas a los rayos y los truenos. Son las órdenes que Dios le da a sus ángeles para que cumplan bien su trabajo.-Dijo con todo convencimiento mientras acariciaba parte del suave cabello que se veía por encima de la ropa de cama.
Poco poco sus ojos, tras unos cuantos centímetros de frente (nunca se sabrá cuantos), asomaron, y entonces la luz se hizo en la habitación. Aquellos focos de esperanza para la humanidad de su interior se hicieron dueños de toda la escena, de todo el mundo, del universo entero. Toda la rabia y los malos sentimientos dejaron de existir; todo el rechazo por lo bueno del ser humano se fue disolviendo y en su lugar, en el justo lugar donde antes reinaba casi el mismísimo diablo, ahora solo se encontraba ella, tan opuesta y tan similar a la mas tentadora de las criaturas existentes en todos los planos.
Con una voz indescriptible, tan suave aniñada y firme, un himno de luz hasta para los sordos, ella dijo:
-Es que me dan miedo. No se por que pero me dan miedo. Ya se que no me van hacer nada pero...-No dijo nada mas y se ocultó de nuevo cuando sonó otro rayo seguido de su correspondiente trueno. Quizás la vulnerabilidad era uno delos factores que le hacían quererla en cada día que pasaba, ignorando la vulnerabilidad propia que le causaban aquellos grandes ojos oscuros y expresivos que seducían y estremecían de miedo por igual.
El rostro pétreo quebrado entonces fue hacia la ventana de otra habitación, pues lo que tenía planeado no debía llevarse a cabo en presencia de la bella Musa de sus sueños, y la abrió, por lo que todo el viento entró en la habitación, la lluvia y el sonido de los truenos aun mas terribles que antes. Tomó todo el aire que pudo y le habló a la tormenta con respeto, caballerosidad y confianza.
-Disculpe señora tormenta, pero resulta que encontrándome en plena escritura de un poema para la mujer mas bella de mi mundo, sus truenos la despertaron y no la dejan dormir. Os teme por vuestra fuerza y poder, capaz de arrasar flotas enteras en los buenos tiempos del imperio de "El Prudente" y aun en los días que corren forzar el reposo de un barco sobre el lecho marino por toda la eternidad. me preguntaba si pudierais al menos dejar de impartir las órdenes por mandato de Dios. Se que no soy nadie para poder discutir los deseos del Altísimo pero es algo que pido con toda la fe de mi corazón. su sueño es mi sueño, su sonrisa mi luz que me guía, y cuando duerme se muestra bella como la Musa que es.
De pronto la calma se hizo absoluta. Las nubes fueron deshaciéndose poco a poco y la luna emergió de entre estas. La dama pálida de los cielos le entregó entonces una rosa blanca que brillaba como ella. Sus pétalos estaban algo fríos al tacto pero mostraban una suavidad envidiable para la mayoría de rosas de aquel lugar. Aquel anestesista de tormentas se fue a la habitación donde uno de los motivos mas bellos para vivir dormía, ya mas tranquila porque los truenos habían cesado. la observó largo rato, con la rosa entre las manos. Se hizo mil preguntas pero ya serían todas contestadas con el paso del tiempo.
Dejó la rosa en la elaborada mesita de noche, junto al libro que narraba las aventuras de un extraño grupo de individuos que debían portar una joya a un lugar lleno de sombras. Sin hacer ruído, el ser que habitaba aquel lugar, volviendo a su rostro de piedra, dejó dormir a uno de los mayores motivos de su sonrisa.
Con un trueno sonando en la lejanía lo acompañó un grito casi seguido de lo que parecía una risotada. El cuerpo del escritor se enderezó un poco y ladeó su cabeza, con máxima concentración, esperando escuchar de nuevo ese sonido. No pasó nada en absoluto, por lo que el escritor volvió a concentrarse, pensando que había sido su imaginación, el talento que le quedaba en pie y aun resistía a la locura; o que cada vez se entregaba mas a ella. Él podría llegar a vivir de su imaginación de no ser por una suerte de defectos que le impedían la concentración en los planes a largo plazo así como el hecho de ser víctima de sus emociones cada vez que estas trataban de imponerse.
Otro relámpago, el trueno, el grito y la risotada aunque esta vez con cierto tinto de angustia. El rostro de piedra se puso en pie junto al resto del cuerpo con brusca decisión y casi tiró la solla de madera en la que se encontraba aposentado desde hace bastante rato. las rodillas le recordaron su entumecimiento y todo el dolor le sacudió de arriba abajo pero no había tiempo para lamentos propios. Abrió la gran puerta y en la cama se encontraba un bulto, cubierto con todas las sábanas del lugar. Y por primera vez aquel rostro de piedra sonrió.Se acercó a donde se encontraba ella, la mujer mas bella del mundo, y de paso la mas temerosa a ese tipo de eventos atmosféricos.
-Musa bella de mis versos... -Dijo con voz aterciopelada, llena de una infinita ternura, aquel hombre de rostro pétreo cuya máscara se había caído a pedazos.-No temas a los rayos y los truenos. Son las órdenes que Dios le da a sus ángeles para que cumplan bien su trabajo.-Dijo con todo convencimiento mientras acariciaba parte del suave cabello que se veía por encima de la ropa de cama.
Poco poco sus ojos, tras unos cuantos centímetros de frente (nunca se sabrá cuantos), asomaron, y entonces la luz se hizo en la habitación. Aquellos focos de esperanza para la humanidad de su interior se hicieron dueños de toda la escena, de todo el mundo, del universo entero. Toda la rabia y los malos sentimientos dejaron de existir; todo el rechazo por lo bueno del ser humano se fue disolviendo y en su lugar, en el justo lugar donde antes reinaba casi el mismísimo diablo, ahora solo se encontraba ella, tan opuesta y tan similar a la mas tentadora de las criaturas existentes en todos los planos.
Con una voz indescriptible, tan suave aniñada y firme, un himno de luz hasta para los sordos, ella dijo:
-Es que me dan miedo. No se por que pero me dan miedo. Ya se que no me van hacer nada pero...-No dijo nada mas y se ocultó de nuevo cuando sonó otro rayo seguido de su correspondiente trueno. Quizás la vulnerabilidad era uno delos factores que le hacían quererla en cada día que pasaba, ignorando la vulnerabilidad propia que le causaban aquellos grandes ojos oscuros y expresivos que seducían y estremecían de miedo por igual.
El rostro pétreo quebrado entonces fue hacia la ventana de otra habitación, pues lo que tenía planeado no debía llevarse a cabo en presencia de la bella Musa de sus sueños, y la abrió, por lo que todo el viento entró en la habitación, la lluvia y el sonido de los truenos aun mas terribles que antes. Tomó todo el aire que pudo y le habló a la tormenta con respeto, caballerosidad y confianza.
-Disculpe señora tormenta, pero resulta que encontrándome en plena escritura de un poema para la mujer mas bella de mi mundo, sus truenos la despertaron y no la dejan dormir. Os teme por vuestra fuerza y poder, capaz de arrasar flotas enteras en los buenos tiempos del imperio de "El Prudente" y aun en los días que corren forzar el reposo de un barco sobre el lecho marino por toda la eternidad. me preguntaba si pudierais al menos dejar de impartir las órdenes por mandato de Dios. Se que no soy nadie para poder discutir los deseos del Altísimo pero es algo que pido con toda la fe de mi corazón. su sueño es mi sueño, su sonrisa mi luz que me guía, y cuando duerme se muestra bella como la Musa que es.
De pronto la calma se hizo absoluta. Las nubes fueron deshaciéndose poco a poco y la luna emergió de entre estas. La dama pálida de los cielos le entregó entonces una rosa blanca que brillaba como ella. Sus pétalos estaban algo fríos al tacto pero mostraban una suavidad envidiable para la mayoría de rosas de aquel lugar. Aquel anestesista de tormentas se fue a la habitación donde uno de los motivos mas bellos para vivir dormía, ya mas tranquila porque los truenos habían cesado. la observó largo rato, con la rosa entre las manos. Se hizo mil preguntas pero ya serían todas contestadas con el paso del tiempo.
Dejó la rosa en la elaborada mesita de noche, junto al libro que narraba las aventuras de un extraño grupo de individuos que debían portar una joya a un lugar lleno de sombras. Sin hacer ruído, el ser que habitaba aquel lugar, volviendo a su rostro de piedra, dejó dormir a uno de los mayores motivos de su sonrisa.
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