viernes, 23 de diciembre de 2011

El vestido de los elfos.

La caricias de la brisa en sincronía a un aullido dedicado a esa luna llena del mes de diciembre era en esa noche tan estrellada y especial uno de los múltiples elementos a destacar en ese mágico evento. Al amparo de los árboles las lechuzas atisbaban algún roedor despistado que pronto sería presa de una hambrienta recua de crías a punto de emprender su primer vuelo. El rocío de una nueva mañana se amontonaba en las orquídeas y en las rosas que sembraban ese campo salvaje lleno de vegetación libre en crecimiento e historia, indomable hasta el día de hoy. En medio de ese campo salvaje, con las alas caídas en gesto casi fúnebre estaba un hombre de negros apéndices voladores sentado en una roca. Sin embargo por lo triste de su gesto alado, nada mas lejos de al realidad estaba su rostro, impregnado en medio de una especie de júbilo secreto que solamente el entendía cuando al amparo de un brillo, de un vestido de luz lunar procedente de la pálida y celeste dama, una mujer de impetuosa elegancia se acercó a él. 


Cita extraña aquella que reunía a un poeta con su musa, con esa dama de cabello negro como esa noche, pero infinitamente mas fino y bello. Su tez morena, símbolo de raíces exóticas y aun presentes en el mundo (ella era prueba indiscutible) no aportaba mas que la belleza de las reinas Incas y Mayas. A esa nariz perfectamente equilibrada con el resto de su cara seguían esos labios que nunca podá mirar mas de cinco segundos. unos labios que escondían el secreto de una voz sedosa y alegre, cuan cristalina corriente de agua entre las las rocas de ese lugar en el que se encontraban, mágico y esplendoroso, salvaje y a la vez creado por su mente para enmarcar a esa musa en un lugar ideal. No podía estar mas bella, no era posible una visión tan espléndida, se preguntaría el poeta o el caballero si no sería todo eso un espejismo. Pero sentía el aire en la cara que traía el aroma de su piel morena y perfectamente. Veía claramente el movimiento de sus pies y de sus caderas moverse a lo largo de todo ese paraje para darle el espectáculo de su cercanía. Y ese cuello adornado con un colgante que él hacía no mucho que le había regalado. Un lobo con un ojo de rubo y otro de zafiro guardaba la zona mas cercana a su corazón. Dos ojos celosos e iracundos eran los d ese colgante. ´´Celosos e iracundos por quien dañe a esta musa... celosos e iracundos serán is ojos a quien toque su cuerpo, mente, alma o corazón con malas intenciones´´. Un poco de saliva se coló por su garganta ya que quitaba el aliento la presencia de esa ensoñación hecha realidad en un mundo imaginado y a la vez tan existente como el ser humano y sus daños al mundo natural. Pero ese mundo era el suyo propio, hecho para ella, aun con muchos detalles que añadir. 


Contempló el resto de su cuerpo, que no iba desnudo y que una parte muy muy pequeña, realmente minúscula a otra ocasiones y a otra mujeres desearía que así fuera. El morbo y los instintos salvajes estaban dormidos en ese momento, anestesiados por su presencia y su prestancia, su elegancia y su sonrisa. El sonrojo de sus mejillas, dos faros encarnados sobresaliendo levemente por encima de su ya de pos sí bello rostro, estaban prendidas, deleitando los ojos impregnados en alegría de ese hombre con alas. Lentamente la vio acercarse con un vestido negro en el cual reinaban unas final lineas de un azul que a ella pertenecían. A juego con las alas de ese ser abyecto lleno de tormentos interiores que solamente se marchaban cuando en las noches sus caminos se cruzaban. Ella siempre tenía las palabras precisas dichas desde su conocimiento de la mente humana para tranquilizar con certezas irrefutables sus preocupaciones. Cuan cerca le gustaría tenerla y a la vez sentir sus cálidas manos que pronto se hicieron presentes ante sus labios indignos de besar semejantes obras maestras de la ingeniería de Gaia. En un atisbo seguía viendo esa luz rojiza, preciosa y suave en las mejillas de ella. Ofrecía no una sino dos de sus manos y una suave risa salió de la garganta de ese caballero oscurecido por la tristeza e iluminado por la alegría de la presencia de ella, la mas bella criatura que en esos días podía encontrarse. Tan humilde era ella que no podía concebir algo tan espectacular como ver su sonrisa cuando esta emergía de entre sus labios. dos perfectos y mortíferos rayos ni muy finos ni muy gruesos, en perfecta proporción al resto de su fino y equilibrado rostro. Un espectáculo digno de ver era también su cabello que en ese momento acariciaba la brisa dándole a su porte de reina y bailarina un toque mas que sobrenatural, una amalgama de detalles y palabras que no podría ser expresado en mil años ni por diez mil artistas. No habría retrato que lograra atrapar toda la gracia de sus movimientos y poema que pudiera retransmitir esa aura de tranquilidad que emanaba de todo su ser. 


Su vestido ni se alborotaba de forma retorcida o caprichosa, sencillamente permanecía en lenta sintonía con esa suave brisa nocturna. Esa tela que nombre desconocido, tejida por los elfos de los bosques, había sido el mas ambicioso regalo que se le podía hacer nunca a una dama de su porte y aun así no era del nivel suficiente para poder equiparar sus formas, tantos físicas como espirituales. Todo ello en una pieza mas que perfecta con dos alas que él, indigno caballero pero de sentimiento afortunado en ese momento, lucia abiertas de par en par, en un gesto ofrecido de refugio a ese cuerpo fino hecho para la danza y la elegancia. Nada mas necesitaba en ese momento. Que le quitaran de delante la lujuria, la sangre, las matanzas, los gritos de su víctimas o amante, que le quitaran la gloria y las medallas, las promesas y los juramentos, el solo se debía en ese momento a esa amiga que había llegado un ben día  que esperaba que no se fuera. Finalmente, en un beso suavemente sus finos dedos se envolvieron dama y caballero en un abrazo cargado de todo un sentimiento de amistad y gozo que al menos ese ser abyecto sentía como una bendición a su miserable alma. No quería mas que el poder disfrutar de esa compañía certera en sus palabras, dulce en sus gestos y bondadosa en sus acciones, inocente en su movimientos y a la vez llena d e una fuerza interior que nadie podría igualar en la vida. 


La luna contemplaba eso, seca de sentimientos pues todos se los había agenciado el caballero para componer el mas bello poema. 


El nombre de ella. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario